sábado, 20 de diciembre de 2014

Burros por camellos




La navidad, como todo en aquellos pueblos, se resolvía con la austeridad que tantas veces hemos contado por aquí. Las calles eran más bien oscuras y el ambiente navideño se vivía en la mayor de las intimidades, con olor a leña de encina, adobo matancero y chorizos colgando de los cuarterones. Pero había un halo de ilusión y misterio, difícilmente superable por la excesiva luminaria comercial, y los Papá Noeles americanos de este tiempo de compraventa que nos ha tocado en suerte.

Por las calles sombrías, ya de noche, la gente recorría el pueblo empleándose en villancicos de toda la vida, tocando botellas de anís El Mono, raspadas hasta la extenuación con viejos tenedores, que le dejaban la cara al Darwin de la etiqueta, como al Ecce Homo de Borja. También sonaban panderetas, almireces y zambombas hechas con tripa de la matanza. La algarabía nocturna se cerraba con algún tímido y afónico cohete en Nochebuena, que daba dos estallidos, y el segundo ya casi ni se oía, al tiempo que dos o tres mujerinas enlutadas pasaban sigilosas sobre la oscuridad, regresando de la Misa del Gallo.

No había decoraciones por las calles, ni árboles de navidad anglosajones (de origen celta), pero sí belenes en algunas casas, que en los pueblos se llamaban nacimientos. Los niños íbamos a buscar musgo a los canchales sitos en las umbrías escarpadas, para alfombrar de verdor los suelos de aquellos parajes navideños de corcha, palos, piedras y demás elementos naturales, y dar soporte a las figuras de barro, a las que faltaban piernas, brazos y manos, y había que colocar el musgo aquí o allá para mantenerlas en pie, en una especie de hospital de lisiados del siglo uno. El nacimiento de la iglesia era el nacimiento estrella, en el que todo el mundo se volcaba. Los artistas locales colaboraban haciendo chozos con escobas del campo, “engarillas” de palo, yugos, puentes de corcha, molinos de tabla y toda suerte de aperos y labranzas propios de una forma de vida extremeña que no distaba mucho de la Judea de aquellos tiempos evangélicos.

Las cenas navideñas se salvaban con un guiso de conejo, que los niños detestábamos, y algún abuelo diseccionando el turrón de cacahuete con la precisión de un cirujano, junto a la mirada pasmada del nieto goloso, poco acostumbrado a chocolates y demás “dulzainas” de tiempos venideros. No faltaba alguna abuela que siempre, ante el rechazo del guiso, te decía: “¿Tú erah el que teníah jambri ?..., tú lo que tienih eh jambri golosa”. Al final de la cena, los comensales hablaban con una peladilla en la boca, y los mayores se atrevían con una copa de rancio coñac, que podía tener más años que alguno de los presentes, pero que aún era apto para trabar lenguas... o para soltarlas más de la cuenta.

En las teles en blanco y negro de los bares, sonaban las muñecas de Famosa, que tardaban un mes en llegar al portal, o el incombustible Raphael, por entonces joven, gustándose con el villancico de “El tamborilero...”; o tal vez Matías Prats en las campanadas de nochevieja..., o los anuncios de juguetes que nunca vimos en los escaparates del pueblo.

Alguna vez, cada equis años, nos sorprendía una nevada inesperada, y hacíamos muñecos de nieve, vistiéndolos con el abrigo apolillado del abuelo, mientras sonaba tímidamente el sorteo de lotería por la vieja radio del vecino, entre silbidos e interferencias: “Cuarenta y cuatro mil setecientos noveeeeenta y uuuunooooo / cincuenta miiiiiil peseeeeetaaaaasss”. Una voz campestre y tabacuna, con tono de cazalla, preguntaba: ¿Ondi ha caíu el gordu? / En Sevilla, creu... / ¡¡Pa´quí no moh toca nunca una puta mierda!!

Por supuesto, el día mágico para los niños, por encima de todos los días del año, eran los Reyes Magos, y quizá, aún más en especial, esa madrugada de ensueño. Teníamos el privilegio de que aún no había sido localizada Extremadura por el gordo mediático y comercial de Santa Claus, con sus ínfulas televisivas y opulencia de quinta avenida neoyorquina.

Los niños aguantábamos sin dormir hasta entrada la madrugada, en silencio, a la espera de algún indicio que nos hiciera sospechar la cercanía de tan sublime acontecimiento...; tal vez un ruido de pezuñas de camello en las calles recién asfaltadas. Mirábamos por la ventana unos cagajones recientes en mitad del cemento, y sospechábamos que eran de algún camello que andaba ya en pleno reparto, pero siempre había algún familiar que nos sacaba del embeleso, diciéndonos que no, que el excremento era del burro de tío no sé quién, que acababa de pasar por la calle. Al final el cansancio nos vencía, y cerrábamos los ojos, poco a poco, perdiendo un año más la oportunidad de aguantarles el tipo a sus majestades.

Los reyes ponían escaleras en los rollos de las calles, para subir a las viejas ventanas de madera desgastada; o bien subían por los balcones de rejas oxidadas, rozando los líquenes del granito. A pesar de lo gordos que sabíamos que estaban, pensábamos que tenían algún don antigravitatorio, que les permitía subir a todas partes, porque, claro está, ellos eran magos, y no había que darle más vueltas.

Nuestros abuelos engañaron a la generación de nuestros padres, con reyes que tenían dificultad para acceder a las casas, debido a la estrechez de las calles, y por eso, les contaban, venían más escasos de la cuenta; cosa que aquellos niños no entendían, pues ya sabían calibrar muy bien la anchura de las calles y la gordura de los camellos, y acababan sospechando que todo era, como de costumbre, un subterfugio de la imaginación que nace de la escasez, y termina haciendo un brindis con la mentira piadosa.

Los críos quedaban extasiados frente a los escaparates con juguetes, como los niños pobres de los cuentos de Dickens. Eran pequeños escaparates rurales que se cerraban con cuarterones de madera, pintada de marrón oscuro, y que exhibían un escueto muestrario, con turrones Monerris Planelles de cacahuete (la almendra aún era un lujo), alguna muñeca vestida al estilo de la revista Hola, un caballo blanco de plástico, con ribetes en la grupa, y el regalo más solicitado, que podía ser, por ejemplo, una caja de Juegos Reunidos.

Los reyes magos estaban adaptados a las circunstancias geográficas y socioculturales de cada lugar. Según nuestros mayores, los reyes venían en bestias que alguien les dejaba, para que descansaran los camellos en el Villar de Plasencia, y desde allí traían los regalos en enormes serones. Al enterarnos que los reyes llegaban al pueblo con serones, y tal vez en burro, teníamos nuestras dudas sobre la generosidad de aquellas campechanas majestades, que ya, de entrada, empezaban a darnos “burro por camello”, algo que nos sonaba quizá... a gato por liebre; pero todo valía, porque nuestra ilusión era insobornable, y no cabía en todos los serones del mundo. Los reyes llegaban escasos a los pueblos, sí, y quizá no eran tan magos como nos habían contado, pero la magia nuestra consistía en rellenar los huecos que dejaba el desánimo, con el entusiasmo infantil, que era lo único que nos sobraba en cantidadPosiblemente hoy se cambiaría la ilusión de aquel tiempo por el exceso de consumo absurdo, innecesario, yermo, que nos vuelve banales y hasta incluso, con perdón, un poco idiotas.

El despertar de la mañana de reyes solía ser un tanto contradictorio, alternando felicidad con decepción: no era extraño encontrar algún juguete que para nada habías pedido, pues los juguetes de la tele, no sabíamos muy bien por qué razón, no llegaban a los pueblos, siendo los reyes tan magos como eran... Te sentabas allí, junto a la hoguera de la chimenea, a madurar un rato tu ambivalencia anímica, y luego corrías raudo a casa de los padrinos, a ver si Melchor había dejado alguna cosa a tu nombre, aunque allí el regalo estaba exento de pedidos, y podía ser cualquier cosa inesperada. Te costaba creer lo listos que podían llegar a ser los reyes, que conocían hasta el compadreo de cada una de las familias de aquellos pequeños pueblos extremeños perdidos en el mapa.

A pesar de los pocos regalos, aún éramos afortunados. Nos contaban que a los niños de otros tiempos los despachaban con una naranja y un real. Aún así, estos niños seguían creyendo en los reyes con auténtico fervor (pobrecillos), hasta que un día, para desquitarlos del asunto, cuando tenían cierta edad, en lugar del consabido carbón, les dejaban tres o cuatro "cagajones" en los zapatos. Los cagajones (excremento de los equinos), como podemos ver, tenían una presencia demasiado abundante y cruel, degenerando en un áspero mensaje escatológico, aplicado a numerosos lances de la vida aldeana.

Un buen día te confirmaban la cruel noticia, ya ligeramente sospechada, de que los reyes eran los padres. Aunque ya te lo habían contado con malicia los muchachones gamberros que capitaneaban las calles, no habías querido creerlo, aferrándote a esa burbuja frágil y evanescente de la ilusión. El mundo siempre acaba colocando diques de racionalidad a la fantasía. Así fue entonces, y así parece seguir siendo.

Corría el año ochenta y ocho, y un grupo de jovenzuelos ochenteros, allá en el pueblo que me vio nacer, tuvimos la ocurrencia, una buena tarde, de improvisar una cabalgata de reyes. Era la primera cabalgata que se hacía, de manera precipitada y sin más medios que los que pudimos encontrar en tiempo récord: capas antiguas de los antepasados, ropas viejas, coronas forradas de papel de plata, cojines para el relleno de las barrigas, barbas bien pobladas de algodón, para ocultar las caras de mozalbetes que se adivinaban con facilidad..., corcha quemada para teñir caras y manos, y toda clase de ropajes sacados de los baúles, para reyes y pajes, así como la adquisición de algunos asnos, que aún los había en cantidad. Para rematar el asunto, una raquítica bolsa de caramelos comprados por nosotros mismos, y un pregón que dejó intrigados a los vecinos, que preguntaban: “¿Reyih maguh, aquí en el pueblu?”... Aparecimos en la oscuridad, con faroles antiguos portados por los pajes, y alguien comentó, posteriormente, que la estampa fue emocionante, antigua y verdadera. Tenía, pues, el encanto de lo inesperado y la magia que a menudo otorga la improvisación. Según nos vieron aparecer, algunos niños preguntaban a los padres, una vez más, por qué los reyes iban en burros. Esta vez a nosotros, sí, nos tocaba volver a dar “burro por camello”, en un eterno cambalache donde las cosas nunca son como se esperan. Luego las cabalgatas se convirtieron en una cosa ya municipal por los pueblos de los contornos, con indumentaria comprada al efecto y tractores adornados, emulando las cabalgatas televisadas.

Mientras bebían los peces en el río, y volvían a beber..., mientras una burra, rin rin, no dejaba de ir año tras año a Belén..., mientras San José veía sus calzones roídos una y mil veces por los mismos ratones..., y mientras los pastorcillos seguían trayendo regalos en su humilde zurrón, ro po pon pon..., fuimos amontonando navidades, hasta que un día supimos que los reyes, en todo orden de cosas, eran también los padres. Así nos lo fue haciendo saber un mundo nada amable, y desprovisto de sensibilidad, que se empeñaba siempre en hacernos bajar hasta el valle que la nieve cubrió.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com


sábado, 6 de diciembre de 2014

El último portillo




A pesar del dicho que relata que no se pueden poner puertas al campo, vamos a colocar unas cuantas por aquí; pues no son, sino puertas, los portillos, “engarillas” y demás cierres rústicos que sirvieron para colocar barreras de propiedad en los campos de aquella verde Extremadura que aquí proso en estos tragicómicos relatos.

Los portillos eran pequeños e irrisorios obstáculos, que bloqueaban la entrada de prados y cortinales, en los bellos parajes de aquellas tierras de “cachimán” y granito. Podían ser, tan sólo, una informe membrana de palos engarzados con alambres, o unas tablas viejas recicladas para el caso, o unos ramajos arrancados a la maleza, para darles un nuevo cuerpo de resistencia, como desnutridos guardianes de escasas pertenencias..., o a veces guardianes de la nada.

La anatomía del portillo era grotesca, deforme, irregular, pero a un tiempo bella. El portillo era, tal vez, una barrera imaginaria, más que real; un inofensivo vigilante fácilmente abatible: apenas una patada a una piedra de la entrada, o a un palo seco de higuera, bastaban para franquear tan endeble fortaleza prerromana. El portillo, más que evitar el paso, lo estorbaba, como si tal vez su misión fuese más bien disuasoria.

Nuestro amigo, el portillo, era un humilde custodio de las pequeñas cosas, deportado a veredas o callejas de menor importancia; al contrario que su prima hermana, la “engarilla”, de mayor estatus, que ejercía en caminos de primer orden, con una estampa altanera de hierros oxidados y cerrojos chirriantes, aunque también, a veces, dislocada y aquejada de reumas invernales, olvidada por lejanos herederos y hundida sobre tierras húmedas y yerbajos.

Un buen día, el surrealismo popular hizo su aportación funcional al portillo de toda la vida, y aparecieron los portillos tapados con somieres viejos: son esos somieres de láminas y alambres que ahora vemos por todas partes, con mejor voluntad que acierto estético por parte de los artistas rurales de la improvisación. Estos somieres tuvieron sus días de vino y rosas, supliendo a las antiguas jergas de tablón y bálago, pasando a recibir las costillas de afligidos campesinos, o a servir de soporte en nuestro propio nacimiento. Posteriormente, ya digo, fueron relegados a un papel menor, oxidados y expatriados por esos campos de dios, a la intemperie de soles, vientos y lluvias.

El portillo era también un punto de confluencia, una especie de embudo donde esperar animales despavoridos: “¡Jalea lah ovejah, que van pal portillu!” Hasta incluso, con cierta ironía rural, surgió la figura, casi literaria, de “El salvaje al portillo,” que definía, perfectamente, con un extraño “fino humor” extremeño, a los hombres especialmente toscos en sus maneras, que eran reclamados para cualquier comando de operaciones especiales. Cómo serían los tales salvajes, cuando eran considerados así en un ambiente donde las delicadezas no recibieron nunca el visado.

Por estas esqueléticas entradas, pasaron, como Pedro por su casa, los sempiternos conejos de aquella Hispania, que así, como “tierra de conejos”, describieran a su llegada los fenicios. De la misma manera pasaron por allí, zorros, lobos, hurones, y toda suerte de alimañas..., incluyendo algunas humanas, que haberlas haylas.

Los niños llevábamos los burros a bucólicos cortinales perdidos en hondonadas propias de monasterios benedictinos. Los burros, apeados, se saltaban con frecuencia los portillos, para nuestra desazón, y la bronca consiguiente de algún abuelo que no perdía detalle: “¡No sabih apeal el burru, ni claval la ehtaca..., con la de vecih que te he enseñau a jacelu..., quierih jacel lah cosah... y luegu no tienih albeliá...!”

Algunas paredes derruidas quitaban protagonismo al portillo, no sabiéndose muy bien cuál era la entrada oficial, con paredes caídas por doquier, cual ruinas de una Numancia celtíbera, de arévacos tristes e inertes, entregados, ahora ya, a un moderno imperio neo romano, de oropeles y fanfarrias.

La gente de aquel tiempo tenía por costumbre ir a levantar portillos en los ratos libres (que la verdad no eran muchos). También lo usaban como antídoto contra el holgazaneo de mozos ociosos. Cuando nuestros abuelos veían a los jóvenes vagueando o escuchando música en algún radio cassette de Andorra, en aquellos días vacacionales de los años ochenta, solían decir por lo bajini: “A ehtuh loh mandaba yo a levantal portilluh”, o tal vez: “Con la de portilluh caíuh que tieni su agüelu, y ehti paí jaciendu bobah...”

Había portillos de carrascal, de cortinal, de prado, de melonar, de olivar, y, sobre todo, portillos caídos, más que en pie; portillos siempre mostrándose en su condición más pobre, sin alharacas ni tonterías, dándonos, sin saberlo, pequeñas lecciones de humildad.

A través del portillo pasaron toda la flora y la fauna que conformaron la variopinta piel curtida de aquellos tiempos: alacranes en noches de tormentas veraniegas; perrinos falderos pegados al pantalón de pana de su amo; burros con carricoches cargados de pasto; mujerinas con calderillas de higos chumbos; “guarrapos” ibéricos hozando suelos en busca de bellotas imposibles; niños de un pasado en blanco y negro, buscando nidos y nueces en el nogal; inocentes niñas de posguerra recogiendo moras en verano, o flores para los versos de mayo, cantando canciones de su tiempo, que devolvían los ecos de las vaguadas: Tiene la Tarara un vestido blanco, que sólo se pone en el Jueves Santo; la Tarara sí, la Tatara no, la Tarara madre que la bailo yo...”

Una tarde cualquiera de los noventa, un hombrino viejo, de esos que pululan por estos textos, se adentró por la selvática maleza, en su postrero viaje al cortinal. Agarró la última piedra que le dejó levantar la “rabaílla”, y comprendió que aquella era, sí, la última piedra que sus manos nunca más levantarían. Miró triste a lo lejos, con el ceño fruncido y las recias arrugas marcadas en el entrecejo, vencido, y ya perdido ese punto colérico de nervio y furia, que otrora le diese fama de hombre “jerrizo”. En ese mismo instante, supo que aquel era el último portillo..., el último portillo de la vida y de la muerte. Fueron testigos, el sol del ocaso, las montañas nevadas de Traslasierra, los últimos pájaros de la tarde, y el aire cierzo, que se llevó, como un villano, las últimas gotas de sudor hacia las más lejanas constelaciones del olvido.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS



sábado, 15 de noviembre de 2014

Los oficios perdidos



Por una calle de piedra, hierba y "cagajones", avanzaba un niño con su abuelo, camino del zapatero. El zapatero era uno de aquellos hombres afables que ya casi se perdieron, charladores y joviales. Ambos se sentaron en una banqueta, al calor humano del humilde zapatero, que machaba el calzado sobre la bigornia, al rescoldo de un brasero de picón encastrado sobre una oquedad hecha en el suelo, todo bajo un techo de teja vana. Este hombre podía llamarse tal vez... Venancio, no importa, era el antiguo zapatero de un pueblo cualquiera, un batallador de aquellos oficios perdidos que hicieron de la honradez y el trabajo bien hecho, la mejor garantía de calidad, sin papel alguno que sellar. El niño, claro está, desde ese mismo instante, soñó con ser un honrado zapatero, exactamente igual a lo que vio, y hacer un día “bordeguines” (borceguíes) campestres, botas de piel de hierro con cordones, sandalias de piel calada para niños... calzados, en fin, para pisar los guijarros de una tierra extremeña tan bizarra como bella.

Fueron oficios diluidos en el tiempo, donde nada había “made in China”, pues todo era “made in pueblo”; una suerte de autarquía en la que todo se fabricaba a muy poca distancia, todo lo más en algún pueblo de las cercanías, sin residuos sólidos urbanos con que dañar el medio, ni obsolescencias para esquilmar los bolsillos de la gente cabal.

En los días de lluvia y tormenta, los herreros herraban las bestias con una corrobla de hombres a su alrededor, disertando sobre lo más rudimentario de la filosofía popular. Cada herrero era especialista en distintas variantes del oficio: algunos estañaban cacharros de toda índole y procedencia: orinales, pucheros, tazas o fuentes de porcelana; otros eran diestros en hacer “engarillas”, otros arreglaban y aguzaban con maestría las rejas de arar... El ambiente de la fragua era sombrío y antiguo como ninguno, con fuegos infernales que a los niños nos servían para dar imagen a las famosas calderas de Pedro Botero, de las que tantas veces habíamos oído hablar. Los herreros machaban hasta la saciedad los hierros incandescentes, no haciéndose recomendable vivir al lado de la herrería, como le pasara al pobre Favio, de Quevedo, entre otras muchas tribulaciones.

En la misma línea, los caldereros se afanaban en sartenes, trébedes y demás menaje rural de hierro, que abastecía a las casas de la más elemental logística destinada a la subsistencia.

Otros ilustres machadores eran los carpinteros: fabricantes de escaños, puertas, camillas, banquetas para niños, ventanas, sobrados... y hasta algunos, incluso, cajas funerarias. El ambiente de las carpinterías rurales era similar a aquellas carpinterías de las antiguas películas en blanco y negro de Pinocho; aquí, en cambio, con un Gepetto aldeano que tenía, tal vez, a un muñeco de carne y hueso como ayudante.

Un día cualquiera sonaba la voz del pielero: “¡¡El pieleeeerooooo, piel de conejoooo, quién vendeeeeee...!!” El pielero era lo más parecido al tío del sebo que pudiéramos imaginar los más pequeños, y no podía ser de otra forma, con aquellos pellejos colgando del hombro y la tétrica imagen de asesino en serie de la España profunda, con su blusa de dril manchada de sangre y sebo, y esa imagen de conjunto que podría encajar perfectamente en el entorno de la familia de Pascual Duarte; aunque quizá, el pielero, hasta fuese buena persona, mira tú.

Otro buen día, como llevado por el viento, sonaba el inconfundible silbato del afilador, venido desde tierras galaicas, con su bicicleta adaptada a la piedra de afilar, y las cubiertas de las ruedas raídas de andar por mil caminos. Los niños se arremolinaban en torno al afilador, frecuentemente bromista y dicharachero. Las mujeres aparecían con sus tijeras, cada vez más desgastadas: “Cuántu cuehta... hay que vel... ca´ añu eh máh caru...”

También estaban los albarderos y los guarnicioneros, encargados de albardas, cinchas, cabezadas, colleras y toda suerte de aparejos asnales tan propios de aquel tiempo.

De vez en cuando surgían unos pequeños Leonarnos Da Vincis por los pueblos, como salidos de un famélico Renacimiento español, capaces de hacer artesanías y apaños de lo más variado, adaptándose, claro está, a las necesidades propias del momento. Estos Da Vincis, lo mismo hacían cortinas de papel de periódico, ramos y cintas para las defunciones, que arreglaban transistores y radios viejas, todo ello con especial maestría y esmero, con amor al trabajo bien hecho.

Aún quedaban estancos con un pequeño mostrador, donde vendían paquetes de ideales, celtas cortos, cajas de cerillas (aquellas minúsculas cajas del gallino), sellos del generalísimo, sobres, papel de fumar y tabaco de liar. La estanquera compaginaba el estanco con sus tareas domésticas, y al entrar por la puerta, el tiempo se ralentizaba, transportándote, no sé, a una especie de Macondo, de García Márquez, donde el estrés no formaba parte de lo cotidiano. Los niños íbamos a hacer recados al estanco. Abrías la tranca de la vieja puerta y pronunciabas, con voz de pito, el nombre de la dueña, y al cabo de un rato, desde el fondo del pasillo, aparecía una sombra sigilosa, que iba cobrando forma y te decía: “Qué quierih, bonitu”, / “un paqueti de Idealih pa´ tíu Eduardu”..., dejando claro que no era para nosotros... qué inocentes. En los pueblos todo tenía un dueño o un destinatario; era algo que formaba parte de un protocolo, donde cada cosa tenía que tener, indefectiblemente, sus propias señas de identidad.

Los Barberos/peluqueros apuraban las fieras barbas extremeñas. Aquellos hombres polivalentes, que podían ser barberos y albarderos, al tiempo que hacerse cargo del correo del pueblo, todo con la misma probidad y buen hacer. A los niños nos dejaban el pelo casi al cero, por recomendación de nuestras madres, y con un gallino en la parte delantera del flequillo, con el consiguiente cabreo por nuestra parte, que veíamos ya triunfar en la tele a Camilo Sexto, Nino Bravo, Pirri, Johan Cruyff y otros melenudos de postín. Los padres tardaron en aceptar el mundo yé yé, que llamaba a las puertas con insultante arrogancia anglosajona, pero al final, como era de esperar, pudieron más las cosas del mundo que las cosas de siempre.

El esquilador de burros, que no era el mismo que el esquilador de ovejas, grababa filigranas en el lomo del pollino, logrando que el burro pareciese una alfombra persa andante, falseando la realidad del jumento, con unas galanuras que nada tenían que ver con su triste vida “desgalanada”.

Por los barrios de piedra y soportales, sonaba la trompeta de los antiguos alguaciles: “Con permiso del señor alcalde, se hace saber, que durante dos días estará el cobrador de la luz en la posada de...” Después del ruido de la trompeta, se hacía un silencio sepulcral, y hasta los niños intuíamos que algo muy solemne e importante estaba a punto de escucharse. Nunca faltaba la exhortación al silencio por parte de algún rudo viandante, con un seco y cortante: “¡¡Callálsuh , hohtia!!”

Los cabreros de concejo partían con las cabras por las mañanas. La gente le llevaba las cabras, y éstas se encargaban de volver solas a casa, al atardecer. En cierta ocasión, aún siendo un chaval, me presté a llevar unas cabras de alguien que llegaba ya tarde, y tuve un largo peregrinar por caminos y veredas, detrás del cabrero al que nunca encontraba. Preguntaba a la gente, y me decían: “Por ahí mihmu va, corri que lo cogih”, y nada... al cabo de un rato, otra vez: “Ahí mihmituuuu acaba de pasal, corri que le echah manu...”, y tampoco. Así estuve hasta bien entrado en la dehesa, cuando por fin di caza al cabrero, ya al borde de la desesperación.

Al llegar las fiestas aparecían los buhoneros, que vendían golosinas en modestos puestecillos, o aquellos otros que venían con la pequeña ruleta de la suerte, donde lo más que te tocaba era un cigarrillo de caramelo, que te ponías en la boca, a caballo entre el niño goloso que aún eras, y el hombre chulesco del oeste que te obligaban a ser.

En los pueblos había siempre alguna mujer encargada de las chucherías: pipas, globos, cromos... Las vendía en una humilde cesta los domingos, y luego en su propia casa. Salíamos por la puerta de su vivienda, mascando chicle americano y cambiando el cromo de Santillana por el de Asensi, que estaba siempre repetido.

Los "luceros" (electricistas) aparecían con largas escaleras para arreglar los cables que habíamos fastidiado los niños con algún balón. Llegaba el lucero al atardecer, y gateaba a las alturas, escoltado por golondrinas, con un fondo de chimeneas y un cielo lírico, entre rojizo y gris.

Aún quedaban parederos de aquellos que sembraron de paredes de granito, o de pizarra, los campos extremeños, ahora ya casi derruidas en los montes, como en un Machu Pichu propio ofrendado a los falsos viracochas. También vimos silleros que venían a las plazas a arreglar los hondones de las sillas de nea, desvencijadas por las ásperas posaderas campesinas y las uñas de los gatos. Panaderos que amasaban con amor un pan sin antioxidantes ni química alguna... Alfareros embadurnados de arcilla, que llenaron las casas de cántaros y tinajas para beber el agua de los pozos y las fuentes, y que recordamos como auténticos hombres de barro, dándole al torno, con niños y vecinos a su alrededor... En fin, y junto a éstas, otras tantas ocupaciones que dejaré sin duda en el tintero.

Por detrás de nosotros hubo oficios de los que sólo supimos por boca de nuestros mayores. No llegamos a conocer a los legendarios ciegos que venían con sus coplas, casi sacados del Lazarillo de Tormes. Me cuentan cosas sobre el ciego del Casar: con gafas negras, alto y delgado, y un niño que tocaba un triángulo, mientras el ciego, con voz trémula, canturreaba coplas con argumentos lacrimógenos: “En la estación de Alicante, / a un tren subió un militar, / en un coche de segunda que para su casa va, (…) Señora no tengo madre, / pero buena no será, / que siendo yo muy pequeño me entregó a un militar...”

Tampoco conocimos a los porqueros de concejo, boyeros de concejo, pescadores en los ríos, ni a sus barcas o balsas hechas con planchas de corcho... ni a los loberos... ni a los rabanes en las montaneras... ni a los vendedores de especias que llegaban por las matanzas pregonando: “Anísss, cominooooo, pimieeeeeeeeeeenta y clavoooooo! También se nos escaparon los fotógrafos en las fiestas, que hacían retratos familiares con el reclamo del pajarillo para los niños. Son esas fotos ajadas que ahora duermen dentro de cajas de camisas, en el fondo de un baúl, y que algunos un buen día tuvimos a bien rescatar para gloria de un libro que circula por ahí.

Era un tiempo manufacturado, de entrega, rectitud y denuedo, donde el trabajo, aunque duro, aún era patrimonio de las personas, y donde la honradez, aún con salvedades, era moneda corriente. Casi todos eran pluriempleados de las pequeñas cosas, ajenos a un mundo que había de llegar luego, parasitado de opulencias e injusticias, y ofrecido a los dioses paganos de la usura.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com


lunes, 27 de octubre de 2014

Las lavanderas


Marchaban los burros cargados de serones con baños de cinc, portadores de la inmundicia y el resuello de aquellas vidas entregadas al polvo de los campos. Las mujeres llevaban el cabestro de las bestias, camino de los ríos, arroyos o regatos de aguas bravas, para lavar las ropas almidonadas de sudores, y entregar los esfuerzos a las alegres aguas viajeras. Otras marchaban con el baño a la cabeza, sobre “la rodilla” (rosca de trapo acolchada y circular), y el lavador sobre el costado. Todas caminaban por las rutas del agua, que eran, quizá, como rutas medievales en pleno siglo XX.

Hasta principios de los ochenta, como ya sabréis a estas alturas, aún quedaba un puñado de aquellos pueblos de la alta Extremadura, sin noticias del agua corriente. Las mujeres emprendían una constante peregrinación al agua: al agua de beber o al agua de lavar. Se encontraban por los caminos entre ellas, tanto o más que en el casco urbano de los pueblos: “!Eh, María, ¿también vah pa´ la laveria?, / Sí, habrá que aprovechal ahora ehtuh díah que han veníu algu bueninuh!”

En verano se lavaba la ropa en los ríos, y el resto del año, ya más pluvioso, en los caudalosos arroyos de las cercanías. Las mujeres colocaban junto al agua el lavador de madera con almohadilla, o con espuma, donde arrodillarse, hecho por el carpintero del pueblo, pues aún quedaban carpinteros y otros oficios propios de aquellas necesidades.

El jabón de sosa castigaba una y otra vez las cascarrias agrestes de las telas; era el único detergente disponible, y el único azote de mugres y zurraspas adosadas a las ropas interiores. Estas zurraspas en los pueblos recibían el nombre de “palominos”, y ofrecían una obstinada resistencia, obligando a las esforzadas lavanderas a emplearse a fondo sobre la roca, una y otra vez, contra los insurrectos palominos.

Algunas mujeres tenían todo el día la misma canción en la boca, como una letanía..., dale que te pego escurriendo el lienzo sobre el agua y canturreando hasta la saciedad la misma pieza. Las mujeres mayores, cantaban... no sé: "Eres más chica que un huevo y ya te quieres casar, anda ve y dile a tu madre, que te prepare el ajuar..." Las mujeres un poco más jóvenes, y afectadas de modernidad, tal vez cantaban alguna de aquellas canciones de Luis Aguilé, que irrumpieron de golpe en la España antigua de jota y alborada. Podían pasarse horas sobre el arroyo cantando: "Cuando salí de cuba, dejé mi vida, dejé mi amor, cuando salí de Cuba, dejé enterrado mi corazón..." A su vez, los pájaros entonaban también sus trinos de siempre. Todo era un festival de melodías más o menos disonantes.

Las grandes sábanas se tendían sobre canchos y paredes; a veces las defecaban los pájaros ante el disgusto de las lavanderas: “¡Alaaaalma quien loh criooo, ya me cagarun lah sábanaah loh tíuh joíuuuh!” El resto de la colada, quedaba también expuesta a los viandantes: camisas blancas que sudaron lo insudable en la era o en la siega; calcetines de lana llenos de “tomatinos” (agujeros); colchas con dibujos de frutas u ornamentos de la India, o de sitios imposibles de precisar; enaguas zurcidas con esmero; calzoncillos de patera larga con los citados palominos ya al fin defenestrados... La ropa, allí tendida, perdía su recato en favor del sol y el viento.

De niño, y en estos días de "laveria", me apartaba a zonas alejadas, arroyo abajo, quedándome extasiado escuchando el ruido relajante del agua sobre la piedra, la constancia milenaria del agua a su paso hacia la eternidad. Momentos de paz y silencio que también vivieron los místicos en sus retiros, como Gonzalo de Berceo..., o San Juan de la Cruz, y que debieron inspirarles cosas tan bellas y profundas como: “Entréme donde no supe, y quedéme no sabiendo, toda ciencia trascendiendo”.

Las conversaciones afanosas y los chismes, eran moneda corriente mientras se lavaba: “Poh he oíu decil... a mi tampocu me creáih... peru dicin paí que la muchacha de... la que se fue a servil a Madrid, ya se habrá echau un mediu noviu... / Sí, peru creu que eh algu rajamantah...”/ Poh a mí tampocu me creáih, peru contarun ehta mañana en el comerciu que...”

En las mañanas gélidas de invierno, las mujeres rompían el carámbano con las manos, y en los meses de calor se tapaban la cabeza con pañuelos dispuestos contra el sol. Todo era una lucha contra los imponderables de la naturaleza. Algunas lavanderas, incluso, lavaban ropa de encargo para otra gente. Lavando y lavando... siempre lavando. Las manos curtidas y agrietadas de viento, agua y jabones; manos que no recibieron crema hidratante alguna, más allá del adobo en la matanza.

Los burros lavanderos quedaban atados a una higuera, y a veces las ovejas se acercaban por allí a comer las hierbas de los verdinales, quedando una perfecta estampa de belén navideño, con ovejas sobre el musgo verde, pastores con albarcas y lavanderas sobre ríos de papel de plata. Todo era hermoso y bucólico, si no fuera porque se desarrollaba en el marco de la lucha áspera de siempre, arrostrando inclemencias de la más amplia gama existencial.

Si la ropa iba muy sucia, se dejaba enjabonada hasta el día siguiente. Me cuentan de un generoso molinero que permitía a las mujeres dejar la ropa de un día para otro, al lado del molino, para evitarles un pesado viaje de ida y vuelta. Allí, en el gran río de lavanderas y pescadores, un molinero, sí, mirando por el prójimo, y convirtiendo las orillas del Alagón en las márgenes de un Cafarnaum de bondades y evangelios. Eran otros tiempos donde mucha gente aún vivía la vida desde la buena intención hacia los otros.

Había preferencia de unos lugares a otros por parte de las lavanderas: unas gustaban de arroyos aquí o allá, y otras de ríos. En los meses lluviosos, cualquier pequeño regato cercano al pueblo era válido para estos menesteres. La elección del lugar, poco alteraba la suerte de aquellas mujeres que entregaron tanto con tan poco a cambio; aquellas sufridas mujeres y niñas de posguerra, heroínas anónimas de un tiempo de más “pulgas que esperanzas”.

En época de vacaciones, algunos niños se iban por todo el día con la madre o la abuela. Se pasaban la jornada entera entretenidos con los juguetes que ofrecía la industria lúdica y rupestre de los campos. En todo caso, como mucho, se llevaban un minúsculo barquillo de corcha que servía para surcar mil veces los arroyos. No era extraño que un niño, accidentalmente, metiese el pie en el barro camuflado por las hierbas de los humedales, y una abuela enfurecida le gritase: "¡Uyyyyy comu se ha puehtuuuuu, poh no te diji que no te desapartarah de pa´quí!". Otra de las lavanderas salía siempre en defensa del infante: “Déjilo, tía, no ve que ehtá paí solinu y aburríu, probecitu”. Y parecía surtir efecto la exhortación a la compasión de aquellas improvisadas samaritanas, pues la abuela se ablandaba por momentos.

Por los regatos corría el agua primaveral junto a las margaritas, y los pájaros cantaban en las frondosidades de los álamos cercanos. El agua se llevaba la cochambre de las ropas en un corto tránsito de aguas que bajaban a los ríos..., ríos que a su vez, al igual que la vida, iban a dar a la mar, como dijese siglos atrás Jorge Manrique.

Con la llegada del agua corriente se acabó el suplicio de las lavanderas. Ya entrados los ochenta, llegaron las televisivas lavadoras de los anuncios a poner fin a aquellas caravanas de la “laveria”, que así se decía en el lenguaje coloquial.

Caía el sol sobre las montañas extremeñas, y regresaban las mujeres, con el olor del poleo impregnado en las faldas, y el reloj del campanario marcando el final de la jornada. Volvían, lentamente, con los días vencidos y el sudor de las prendas ya entregado a las corrientes. Los burros, con el serón de la ropa a cuestas, marcaban una sombra alargada sobre un suelo de tierra hollada de pezuñas. Las ropas blanquecinas volvían dobladas y prestas de nuevo a la rueca incesante de los trajines, en un constante bucle inevitable y excesivamente dilatado en el tiempo.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com

sábado, 4 de octubre de 2014

Periquillo el aguador


Por las calles, plazas y rincones, podíamos escuchar canciones infantiles asociadas a los juegos, canciones del más absoluto arraigo popular, con algunas variantes locales que alguien, sin duda, sobrescribió algún día, para darle un tinte personalizado a aquellas cancioncillas que se cantaban de papagayo en los juegos de la España rural, y llenaban de contagiosa alegría los espacios abiertos. Eran un hermoso legado acústico, un regalo para los oídos acostumbrados a groserías y exabruptos de toda índole. Estos “juegos/canciones” eran, tal vez, parte del azúcar que endulzaba el café de puchero que se vertía por todas partes sobre el mantel de la vulgaridad.

Por aquí citaré tan sólo algunas de estas piezas, pues otras muchas las recordaréis sin demasiado esfuerzo, e incluso versiones distintas a las aquí citadas. Ya Joaquín Díaz y otros folcloristas, hicieron un trabajo ímprobo rescatando muchas de estas joyas, y poniéndolas otra vez al servicio del recuerdo.

Las canciones iban aparejadas a juegos de lo más variado. Recuerdo aquella, por ejemplo, en la que nos colocaban boca abajo, sobre las rodillas del que hacía de “la madre”, como si fueran a azotarnos, y dándonos diversos golpes con palmas y nudillos sobre la espalda, nos cantaban: “De codín de codán, / de la cabra coneján, / del palacio a la cocina, / cuántos dedos tienes encima”. Y si fallabas, que era lo más corriente, seguía la misma secuencia de golpes, cantándonos, acto seguido: “Si hubieras dicho... cuatro, / hubieras acertado, / de codín de codán, / de la cabra coneján...” Nunca entendí aquello tan absurdo de la “cabra coneján”, tal vez fuera un extraño híbrido entre cabra y conejo, no lo sé, pero luego comprendí que las cosas más disparatadas, sencillamente tienen que ser así, y nada más, sin un ápice de raciocinio que las contamine.

Los muchachos saltaban al brinquillo desentonando cancioncillas repletas de atontadas retahílas y frases inconexas, inventando el vocabulario al más puro conceptismo rural, que hasta el mismísimo Quevedo hubiese aprobado: “Felipe Sánchez, / lo que no quitante, / lo que no quita tiña, / lo de mi primo burriña...”

A los niños más pequeños, a falta de juguetes, se les agasajaba también con alguna de estas perlas tratadas hoy aquí. Recuerdo una tierna versión del “Pinto pinto gorgorito”, tomándoles las diminutas manos: “Pinto pinto gorgorito, / que viene la vaca del veinticinco, / qué calleja, moraleja, / que tiene un buey que sabe arar y cantear, / da la vuelta a la redonda, / que dice el rey que esa manita que se esconda...”

De punta a punta de la calle nos cogíamos de las manos para cantar la mítica: “A tapar la calle, / que no pase nadie, / que pase mi abuelo / comiendo buñuelos...”, pero un vozarrón de aquellos a los que ya estábamos por suerte acostumbrados, destrozaba la magia del momento: “¡¡Quitalsuh de ahí a tomal por culu, ¿no veih que tienin que pasal lah behtiah...?!!” Inmediatamente rompíamos la cadena solidaria para dejar paso a las bestias, las pobres bestias aquellas, que no eran más que nobles animales, muy alejadas de las bestias apocalípticas que hoy nos tocan en suerte, y que no piden permiso para pasar la calle, ni para entrar en nuestras vidas.

Al acabar el juego, a través de una ventana, bajo la parra de una casa, nos llegaba el cántico meloso de una abuela, que acunaba al nieto con una antigua nana que llevábamos impresa en lo más arcano de nuestra infancia: “Pajarillos que cantáis en la laguna, / no despertéis al niño que está en la cuna; / ea la nana, ea la nana, / duérmete lucerito de la mañana...” Pero el niño que estaba en la cuna, un día despertó a un tiempo de memeces, y despertó para seguir durmiendo, en un mundo de dormidos con muy pocos despiertos.

Había unos curiosos artilugios de papiroflexia, compuestos de cuatro pequeñas pirámides de papel, que se insertaban en los dedos de la mano, y se movían abriendo y cerrando, a la manera de una flor. El extraño objeto de papel servía para elegir distintas opciones de lo más variado. Mientras se abría y se cerraba, se canturreaba: “Ehta eh la nochi, / ehti eh el día, / y ehti eh el culu de tía María...” Las niñas lo usaban a menudo para especular con novios y novias, en un traicionero sorteo donde siempre se escondía alguna sorpresa entre malévola y desternillante.

O tal vez las canciones se centraban, quizá, en la trágica vida de años precedentes, donde la muerte, en particular la de los niños, convivía con la propia vida (qué contradicción) como dos colegas de macabras aventuras. Hubo un personaje, “Periquillo el aguador”, del que siempre tuve compasión, y al que otorgo el homenaje póstumo de dar título a este relato, pues no hay nada más cruel que, una vez finado, tengas que andar por ahí como un muñeco de trapo, sin hallar reposo alguno, tal como debió acontecerle al pobre Periquillo: “Periquillo el aguador, / muerto lo llevan en un serón, / el serón era de paja, / muerto lo llevan en una caja, / la caja era de pino, / muerto lo llevan en un pepino, / el pepino era de a cuatro, / muerto lo llevan en un zapato, / el zapato era ya viejo, / muerto lo llevan en un pellejo...”

Las niñas chocaban las palmas de las manos, nerviosas y pizpiretas, cantando, desde su inocencia, canciones crueles camufladas de comedia: “Don federico mató a su mujer, / la hizo tasajos y la fue a vender...” Claro que el tal Don Federico, cual psicópata de pacotilla, seguía buscándose la vida por ahí, sin el más mínimo remordimiento, y hasta incluso acababa triunfando: “Don Federico perdió su cartera, / para casarse con una costurera, / la costurera perdió su dedal, / para casarse con un general, / el general perdió su espada, / para casarse con una bella dama, / la bella dama perdió su abanico, / para casarse con don Federico”.

No sé por qué, los juegos de palmas, abundaban en una extraña fusión de crueldad y jolgorio: “En la calle-lle / veinticuatro-tro, / se ha cometido-do /un asesinato-to. / Una vieja-ja / mato un gato-to / con la punta-ta / del zapato-to”. Era, tal vez, el viejo instinto de poner al mal tiempo buena cara, o soslayar, quizá, lo más cutre del ser humano, con una envoltura tragicómica. Algunas de estas canciones tenían un tono más simpático, y se nos revelaban como interculturales: “Soy el chino capuchino mandarín, chin chin, / que he venido del país de la ilusión, chon chon, / mi coleta es de tamaño natural , chan chan, / y con ella me divierto sin parar...”

Alguna vieja pasaba por la calle, con una calderilla de patatas, interrumpiendo el juego, y con cara de alcahuetilla, aunque con gesto de una cierta ternura, preguntaba: “¿A que ningunu se sabi ehti reflán?, y entonces, en un forzado castellano “fisno”, que usaban siempre las viejas cuando recitaban algo de memoria, decía: “En el monte hay una cabra ética, perlética, pelambrética, peluda, pelapelambruda. Y tiene unos hijos, éticos, perléticos, pelambréticos, peludos, pelapelambrudos...” Nosotros nos reíamos a carcajada limpia, con la misma inocencia de la anciana. A estas alturas, y en estos tiempos pelambréticos, echamos en falta aquellos tiempos en los que, hasta las cabras, por lo que se ve, eran éticas.

Por las matanzas próximas a la navidad, había costumbre de colocar columpios en las vigas de los corrales, y todos los niños, como locos, pugnábamos por “ehcolumbealnuh”, que así se decía en extremeño. Las niñas, a la vez que chirriaban las sogas en la majestuosa viga, cantaban villancicos reservados para aquellos eventos: “Dime niño, de quién eres, / todo vestido de blanco, / soy de la Virgen María / y del Espíritu Santo...” Mientras tanto, el trajín matancero seguía su curso, ignorándonos por completo, con el olor al adobo de la artesa, impregnando todo el ambiente.

Y allí andábamos, por todas partes, en aquellas concavidades de piedra, barro y sol, como Antón Pirulero, atendiendo cada uno a nuestro juego y pagando nuestras prendas. La mayor prenda que pagábamos, sin lugar a dudas, era despertar bruscamente del juego, y volver a la atroz realidad de un mundo adulto y descarnado.

Un día, escuchando una bella canción de Pablo Guerrero, recordé de golpe todas estas melodías perdidas de mi infancia: “A la ronda ronda del anillo dentro del agua. / Pagaré señal y prenda antes jamás pagadas. / Te traeré postales verdes de ciudades olvidadas. / A la ronda ronda del anillo dentro del agua”.

Unas niñas cantaban, saltando a la comba, en algún lugar de las afueras. Podíamos escucharlas desde lejos, subidos en un cerro, divisando el pueblo, con un fondo de tejados y montañas hurdanas en lontananza. Desde lo alto, nos llegaban las voces como una brisa intermitente, que a veces el aire se llevaba... y luego nos devolvía, como si el aire, en su lado más infantil y lorquiano, se prestara a jugar un rato por ahí, mientras duraba el atardecer... “Soy la reina de los mares, / y ustedes lo van a ver, / tiro mi pañuelo al agua / y lo vuelvo a recoger”.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com

lunes, 15 de septiembre de 2014

Las trojes



Al igual que Alicia cruzaba el espejo hacia un mundo lleno de fantasía, los niños levantábamos la tranca de la puerta de la troje, y accedíamos a un lugar tenebroso de embeleso y esperpento, de duendes pueblerinos escondidos tras las vigas de castaño, o de murciélagos colgados de amenazantes cabrios carcomidos. Allí, en aquella arquitectura pobre y caprichosa, lejos de pompas e imperios, apenas llegaba la luz de un "ventanillo" improvisado en la pared, o de alguna teja movida por los gatos. Las trojes, de repente, eran un azaroso parque infantil de telarañas y oscuras intenciones. En aquel parque, los infantes, pasábamos largas horas, a veces solos, a veces con temblorosos amigos de aventura. Una vez llegada la noche, la troje alcanzaba la magia suprema, con la luz misérrima de una bombilla de 40 vatios alumbrando una gran superficie. Las siluetas, claro está, se tornaban totalmente indefinidas; de esta manera, las cosas se postraban a los pies de la imaginación infantil, y adquirían las formas antojadizas que siempre esculpe el miedo. Las brujas, sin más, se proyectaban siniestras desde ropajes oscuros colgados en grandes clavos pinchados sobre paredes de adobe, y en ocasiones se reían con sus caras ocultas en viejas gorras montehermoseñas, o quizá escondidas tras algún torcido puntal de madera, o tras una trinchera de sacos de picón.

Las trojes eran granero y desván, todo en uno. Por allí convivían las bellotas, las patatas o el trigo, con el retrato de algún tatarabuelo que ningún niño conocía, o del primo hermano de la bisabuela, que lucía ufano el uniforme militar de su paso por la guerra de Cuba, ahora durmiendo el sueño de los justos..., sueño de inútiles batallas perdidas y olvidadas. Podíamos hallar, también, alguna vetusta trilla desdentada, hamacas de tablas descompuestas, baúles forrados de latas de colores apagados, tajos rotos de corcha, pucheros despostillados, trébedes mugrientas, espejos rotos que ya cumplieron sobradamente el maleficio, antiguos reclinatorios que quedaron cojos de carcoma y fe; garrafas de antiguos vinos que causaron estragos en trasiegos pendencieros de otros tiempos, cestos de mimbre de Baños de Montemayor, maletas de madera que hicieron dos viajes, no más: el de la mili, y el de un contrato de tornero-fresador por seis meses en Madrid. Y así un largo inventario de cosas aparcadas, que dejaron su impronta en la anónima historia de algunas vidas.

Era extraño y curioso que aún hubiese cosas desechables donde casi nada sobraba, donde casi todo hacía falta, aunque, por supuesto, aquellos objetos no eran propios del desván de ricas casas solariegas; no podíamos ver, claro está, el arpa del poema de Bécquer, sino más bien, allí, desde la troje, “en el ángulo oscuro, de su dueño tal vez olvidada, silenciosa y cubierta de polvo, veíase la tinaja...,” la tinaja o la artesa de la matanza, o tal vez el celemín, o la cuartilla de madera, o el liendro desliendrado..., o quién sabe qué otros objetos descansando en la quietud de un camposanto de recuerdos baldíos y confinados a la nada.

¡¡Callálsuh, coñu, que se oyi un ruiu en lah ehtrojih!! De las trojes venían ruidos, ruidos incluso misteriosos que casi siempre eran de procedencia gatuna... Los gatos... los sempiternos gatos. Ruidos también de lluvias persistentes. En los días de aquellas lluvias tenaces, los baños de barro hacían su apaño bajo las goteras, que eran como gotas malayas inquietando el sueño de los campesinos. Todo inquietaba el sueño de la gente, todo era, sí, un cúmulo de adversidades y zancadillas donde, casi siempre, hacía su agosto la Ley de Murphy con total impunidad, como ya se ha dicho aquí reiteradamente.

En algún baúl de la troje estaban los libros de la escuela de posguerra: el Catón, la Juanita, y aquellos cuentos de la editorial Calleja (“tienes más cuento que Calleja”, se decía). Dormían, todos ellos, junto a la licencia de la mili de cualquier antepasado, guardada en un canuto de lata, rodeada de antruejos de un lejano carnaval, o una pera de goma para hacer lavativas, que nadie tuvo la osadía de tirar, no fuera a ser que hiciese falta para algo.

Los niños pegábamos el ojo a los agujeros que dejaban los nudos de las tablas, y mirábamos el submundo que se ofrecía por debajo, como desde un plano superior, sintiéndonos inexpugnables. Por aquel orificio interdimensional, podíamos observar al abuelo, junto al chupón, atizando la lumbre. Por estos mismos agujeros caían los gusanos de las bellotas, a veces, con tan mala fortuna, que aparecían en el tazón del café portugués de puchero, justo al punto de mojar la magdalena.

Las abuelas nos buscaban por todas partes, sin saber nada de nosotros, sin sospechar lo más mínimo que pudiéramos estar en lo más alto de la casa, en silencio, agazapados, absortos en el encanto misterioso de la troje. Al ser descubierta nuestra presencia en las alturas, bajábamos raudos a tierra hostil, sabedores de que allí, en las regiones del sur, imperaba la ley de la zapatilla, que acto seguido íbamos a experimentar nada más cruzar la aduana.

Los agujeros en las paredes de las trojes, servían para esconder las limas oxidadas o, incluso, el vino peleón de los viejos borrachines de antaño, que subían sigilosos con la coartada de coger la cebada de las cabras, y bajaban ya beodos, como pequeños alienígenas grises con barba de tres días, con la lengua trabada en torpes lenguajes de no se sabe qué lejanos planetas.

Por las trojes deambulaban los gatos en su espacio natural. Las gatas parían en lugares inesperados, y en las trojes donde no circulaban los gatos, los parientes extremeños de Mickey Mouse, hacían de su capa un sayo, y se daban un desordenado festín de trigo y centeno.

Las trojes nos permitían desconectar con el mundo de abajo, que nada nos gustaba, y al subir por allí, jugábamos al escondite, a inventar cuentos de miedo, a rebuscar en los baúles, a reinventar, en fin, mundos imaginarios llenos de fantasmas, que eran, tal vez, prefiguraciones de lo que posteriormente veríamos en el cine... y hasta en la vida misma.

En aquella oscura estancia fuimos felices a ratos, pues, aunque sabíamos de las crujías que se soportaban bajo nuestros pies, allí arriba todo era distinto, las leyes de los hombres quedaban a merced de las leyes de los niños, pero eso sí, tan sólo por un breve espacio de tiempo, el breve y mezquino espacio de tiempo que siempre otorga la felicidad.

Una tarde cualquiera del pasado nos quedamos allí, ya para siempre, mirando por una ventanilla los verdes campos extremeños, el arcoiris de un día de primavera, o tal vez el crepúsculo final de un tiempo que quedó guardado en las arcas de la troje, que son las arcas de la memoria, llenas de arquetipos de un mundo más real de lo que seguramente hubiéramos podido imaginar.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com

domingo, 27 de julio de 2014

Al fresco



Si tuviera que elegir un momento de aquella vida echada al viento y a la naturaleza, tal vez elegiría el fresco en las noches de verano, con sensaciones, olores y silencios dignos de ese hedonismo escaso que a veces nos brindaba la justicia divina. Las noches de verano tenían un punto que tocaba el cielo, y nos alejaban de aquella rácana y cicatera realidad que la emprendía contra nosotros durante las interminables horas del día. Al caer la noche, la arquitectura popular se mostraba distinta, con un rostro más afable. Se diría que, los poyos, las parras o los pozos, en las horas afanosas del día, eran el decorado de un mezquino Míster Hyde, un tanto gañán y “farraguas”, que, por las noches, en cambio, se trocaba en un amable Doctor Jekyll, reposado y comprensivo.

Los aldeanos encontraban en el fresco un rato de placer inesperado. Se sentaban por allí, en poyos de cantería, o en sillas de nea, y se enganchaban en redundantes conversaciones agropecuarias, los unos, y en pláticas hacendosas, o de actualidad rural, las otras.

Antes del fresco, con las últimas luces de la tarde, podíamos ver la figura de un viejo chepudo con una calderilla de cinc, regando la puerta de la casa con agua del pozo, salpicando con la mano allí o acá, buscando, sin mucho éxito, robarle unos grados celsius a un suelo calcinado de soles inmisericordes..., buscando, quizá, una limosna de frescura, una perra chica de refrigerio.

El fresco que conocimos de niños, tenía poyos y lanchas de cantería, bombillas de plato, calles de rollos y una vitalidad incomprensible para nuestros días.

Los viejos, ya digo, hablaban de su tiempo y de sus cosas: "Me acuerdu yo de tíu Venanciu..., esi hombri sí que sabía canteal..., fue el que me enseñó a mi...; tiraba la paja doh o treh metruh pa´rriba con una desenvoltura..., ¡buaggg!, no he vihtu otra cosa igual".

Los gatos subían y bajaban de las parras, cazando langostos, como finos acróbatas de su tiempo... El nieto obedecía los mandatos del abuelo, y le traía agua fresca de la tinaja, con el puchero a prueba de escrúpulos... Algún perro pasaba raudo por la calle, sospechando hostilidad en el ambiente... Una vieja se quitaba la zapatilla para darle a un "arañón" inexistente... Un hombre volvía de la taberna canturreando una copla de Farina... en fin.

A veces se hacía un breve silencio cuando pasaba gente por la calle: "Eh ¿vaih pa´llá? /"Siiii, vamuh a vel si moh recogemuh yaaaa".

Uno de los momentos más tragicómicos del fresco era, en los calores asfixiantes, la expectación generada por el aire canalla que no se dignaba en moverse un ápice: “Ahora paeci que se muevi... ahora paeci que no... laaaa maaaadri que lo pa.... ahooora, ahoooooora ya paeci que quieri venil una mareinaaaa / Uyyy, cómu se agraeci, poh yo creu que vieni algu solanu, lo mihmu trai agua...”

Los campesinos más castizos, desafiando al termómetro, hablaban de irse a dormir a la era, o con el burro al cortinal; claro que muchas veces era una simple declamación de tradición oral, que se quedaba en nada..., no más allá de la puesta en escena del anciano octogenario que gustaba vacilar a los contertulios.

Por las paredes blancas de jalbiego los saltarrostros posaban estáticos, elegantes, majestuosos, deteniendo el tiempo, ya de por sí lento y paciente, a la par que los cortos silencios del fresco eran rotos por el bostezo estentóreo de algún viejo, que acto seguido decía: “Habrá que recogel loh bártuluh y acohtalsi.”

En las noches de calores tórridos, algunos argonautas emprendían paseos nocturnos por el campo, buscando al esquivo aire fresco, en noches iluminadas por gigantescas lunas llenas, que mostraban un paisaje como sacado de otro planeta..., planeta, sin duda, más tranquilo y amable que éste; de otro planeta que, como quiera que fuese, nos hacía sospechar otras formas de vida sitas en las antípodas de la viriata tierra que nos vio nacer. Nosotros, mientras tanto, seguíamos anclados a una vida bajo mínimos, tirando más bien a extremófila..., de curioso parecido fonético con Extremadura, ciertamente..

Algunas noches nos llegaban los titiriteros, arrastrando caravanas de desaliño indumentario, que diría el poeta, y vidas rotas por los caminos de la convulsa España. En el pueblo se comentaba: "Ehta nochi hay títarih en la plaza". La gente caminaba hacia la plaza con la silla de palo en la mano. A la vuelta de "loh títarih" siempre preguntaba algún viejo: “De qué ha síu la función...”, y una vieja muy resuelta contestaba: "Naaaa, bobáh..., cosah pa´ la genti nueva."

El día después de los “títarih”, los niños emulaban a los titiriteros con inocentes actuaciones al fondo de calles sin salida, e invitaban a la vecindad, anunciando por las casas, a bombo y platillo, el sitio y la hora de la función; y allí luego obsequiaban a los pacientes espectadores con saltos, “perinaltas” y "ñáñaras", y hasta incluso canciones ya demasiado ye-yés para los gustos de posguerra de unos ancianos que esperaban ser deleitados con "La hija de Juan Simón", de Juanito Valderrama.

En otras ocasiones era el cine de verano el que venía a ponernos un punto moderno y americano. Era un espectáculo de baja intensidad, con películas desgastadas por miles de sesiones, que aquellas pobres gentes conseguían de saldo; así como un cinematógrafo casi heredado de los hermanos Lumière, proyectado sobre la pared de alguna centenaria ermita. El resultado de todo aquello era un corte cada media hora, siempre en el momento más emocionante, cuando los Siete magníficos avanzaban en hilera, como jinetes horteras del Apocalipsis, levantando el polvo del desierto, que no era más que un polvo mínimo añadido al terregal nuestro. Y tocaba esperar, sí, durante largo rato, a que uniesen la cinta desgastada y cenicienta. La espera, claro está, no nos pillaba por sorpresa, pues lo nuestro, siempre, era un gozo “interruptus”, y la paciencia formaba parte del hatillo con que el destino tenía a bien obsequiarnos cada día.

Los incipientes televisores emitían por las noches las obras de teatro de “Estudio 1”, y alguna gente empezó a ser infiel al fresco, acudiendo a las casas de los pocos vecinos que ya incluían la bien llamada caja tonta entre los escasos muebles de la casa extremeña. Aquellas primeras teles de los pueblos, con un toro de terciopelo asaeteado de banderillas, encima del aparato, junto al souvenir de las cuevas de Arenas de San Pedro. La tele de aquellos años ya era una leve avanzadilla de la pandemia que vendría luego idiotizando y alejando a las familias de algo tan esencial como la comunicación. Curiosamente, ya el sistema empezaba a jugar el tocomocho de las palabras, calificando a la tele como “medio de comunicación”, cuando era, abiertamente, un medio de “incomunicación” entre las personas, y el fresco comenzó a ser una de las primeras víctimas de todo aquello. Luego, afortunadamente, la gente empezó a estar un tanto saturada de tele, y, al cabo de unos años, volvió a reverdecer la milenaria costumbre de sentarse por las calles en las noches de verano. Eso sí, la ergonomía cambió sustancialmente, pasando del poyo y la silla de palo, a las acolchadas hamacas regulables, que hasta los más viejos, a día de hoy, lucen orgullosos como regalo de hijos o nietos.

A partir de cierta hora no se escuchaba nada más que el coro relajante de las ranas en las lagunas, y los conciertos de ronquidos inarmónicos provenientes de las ventanas abiertas; ronquidos propios del gigante Gargantúa, que espantaban a los gatos que osaban subirse a las ventanas.

Cualquier noche de septiembre, el aire cierzo nos dejaba vacías las calles, y el pueblo se perdía en un grisáceo letargo nocturno, tan sólo con árboles y poetas de bronce expuestos al viento, en una terca soledad de granito y pizarra. El fresco estival iba tocando a su fin, hasta acabar, poco a poco, diluido en “El sueño de una noche de verano”.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com

viernes, 27 de junio de 2014

Siesta y cabezá



Ni gritos, ni estallidos verbales, ni algarabía por las calles, ni estruendo de carros y cascos de las bestias golpeando los guijarros, ni trajín rural de ningún tipo..., nada de nada, sólo silencio. Tan sólo niños y chicharras teníamos licencia para dar por saco en aquellas horas sacrosantas, licencia para conculcar el silencio milenario de la siesta. El tiempo parecía detenerse, dando una tregua a la zozobra de la sufrida gente; un mísero y corto receso que permitía desconectar de una realidad demasiado áspera como para ser vivida sin interrupción.

Las calles y los campos eran lugares intransitables, hornos de tierra y piedra donde, en ausencia de sombrero, se cocían hasta los pensamientos. Temperaturas inhumanas que parecían mostrarnos un planeta más cercano al sol de lo que nos habían contado.

Los campesinos madrugaban para aprovechar la fresca, y aguantaban por la noche al fresco. Tanta fresca y fresco relegaban el sueño nocturno a la mínima expresión, haciendo obligatoria esa ancestral costumbre tan española y moruna de la siesta.

Los hombres llegaban del campo “ehcalamecíuh” (exhaustos), vencidos del calor y el trabajo, buscando, ávidos, el gazpacho de poleo y la justa y merecida entrega al descanso, que no era más que un breve armisticio pactado con la miseria, un instante de nada, que se hacía soluble en la dura jornada.

Podíamos dividir la siesta en dos categorías: la siesta fugaz, o “cabezá”, en escaño de madera, con ronquido y mosca cojonera rondando la boina del abuelo, y la excelsa siesta de “pijama y orinal”, que acuñara el insigne Camilo José Cela. Esta última, en los pueblos, se llevaba a cabo en habitaciones lóbregas de tabiques de adobe, con suelos de granito, más propios de ermitas románicas, y alfombras de corcha colocadas a los pies de gigantescas camas de hierro, que a veces ofrecían problemas de accesibilidad a los minúsculos pigmeos extremeños de edad provecta, que afrontaban la escalada como alpinistas artrósicos de calzoncillos de patera larga: “¡Ca´ veh me cuehta máh gateal a la joía cama, meee caaaguen toa la órdigaaaa!”

Las sobreprotectoras abuelas aconsejaban a los nietos no salir a la calle en esas horas proscritas de la siesta, con la eterna coletilla de: “No salgah a la calli, prenda, que cain cócuh en la cabeza”. Nunca supimos qué tipo de cocos eran los que caían, aunque, en cualquier caso, los cocos nos caían por todas partes, tanto al sol como a la sombra; nos caían en el resto de lances de la vida, en aquella jungla amenazante y recia que era, sin duda, la infancia rural. Algunas veces se echaban en siesta las abuelas, dejando a los nietos jugando en el sereno de la casa, bajo el expreso mandato de no pisar la calle. Recuerdo haberme salido en cierta ocasión a jugar por ahí, y haber experimentado luego la justiciera zapatilla en las nalgas que a todo infante otorgó natura.

A veces los niños éramos forzados a dormir la siesta, y andábamos por allí, echados en la cama, buscando musarañas o cualquier otro elemento de distracción, hasta que, poco a poco, nos íbamos quedando dormidos mirando aquellos bellos cuadros de San Miguel Arcángel, o de ángeles de la guarda protegiendo a niños que cruzaban pasarelas junto a precipicios.

En la trilla también podíamos ver raquíticas e improvisadas siestas, con trilladores echados a la sombra de las hacinas, y el gran sombrero redondo de paja puesto sobre la cara, como los mejicanos de las películas del oeste; aunque estos mejicanos de pueblo, ciertamente, trabajaban bastante más, y se movían con mucha más soltura que los chicanos despatarrados y perezosos que podíamos ver en los “spaghetti western”.

En los campos castigados por el sol cruel y despiadado del verano, las vacas se “amosquilaban” bajo las encinas, las ovejas buscaban sombras por doquier, y todo era una continua lucha de sombra y sol. Aquella brutal dicotomía estaba tan interiorizada entre la gente, que incluso el cubata rural de los bares (anís y coñac), adoptaba el nombre de “sol y sombra”, para expresar la frontal dualidad del bien y el mal, de la verdad y la mentira, de la paz y la guerra, del blanco y negro de un tablero de ajedrez con un jaque constante a la existencia convulsa de aquellos habitantes. Todo allí, en una tierra donde no había medias tintas, donde todo era, sin más, o sol, o sombra.

Pastores y cabreros dormían la siesta en los chozos, o bajo los árboles de copa extensa; o a la sombra, quizá, de algún cancho generoso, o tal vez junto a la orilla de arroyos con chopos frondosos que dejaban el bello canto de los ruiseñores al atardecer. Nadie usaba despertadores ni relojes, ni falta que hacían. El único reloj era el propio sol marcando su posición en las alturas, o el fiel compromiso que nace del deber, que es el reloj más preciso y fiable de todos.

Aún era posible, en aquel tiempo, encontrar octogenarios echando un “pabilu” en los poyos de las calles, con sus almidonadas camisas blancas y alguno de aquellos antiguos chalecos negros. Cerraban los ojos, pañosos de cataratas, y se quedaban quietos, como en un ensayo de la ausencia definitiva que intuían ya cercana.

Otra escena frecuente en los hogares, era un padre, o un abuelo, dando una cabezada en la silla coja y destartalada que había en todas las casas, y, cuando la pata de la silla fallaba, se despertaban, con sobresalto incluido, diciendo frases del estilo: “Me he queau trahpuehtu..., me cagüen sane, habrá que echalsi un ratu en siehta.”

La siesta también se llevaba a cabo en lugares surrealistas e imprevistos: en pajares, en las trojes de las casas, encima de viejas mantas zamoranas, con alforja por almohada, o en algún viejo cuarto lleno de melones, junto a higos secos colocados sobre telas de esparto..., y eso sí, todo ello acompañado de un zumbido constante de moscas y moscones que provocaban un efecto somnífero imposible de aguantar más allá de dos o tres minutos, sin acabar, al fin, entregando la cuchara en favor del desalmado de Morfeo.

A finales de los setenta empezaron a ser habituales los televisores en las casas, y con ellos nos llegaron las primeras telenovelas de sobremesa. Durante la emisión de tan novedoso acontecimiento, desde el fondo de la alcoba oscura, se oían los ronquidos del ciclópeo padre de familia, que a veces, desde el cuarto, asustaba a los televidentes con un seco vozarrón: ¡Ponel esu máh baju de una puta veh, que no hay quien pegui oju en ehta casa!

Sobre las cinco y media de la tarde, iban llegando los primeros ruidos callejeros, desperezándose la oxidada maquinaria acústica de la vida rural, con labriegos que no engrasaban los ejes de las carretas, como en la canción. Alguna que otra tarde, una vez concluida la siesta, nos sorprendían las repentinas tormentas de verano, con olor a tierra mojada y mujerinas asomadas a las cortinas diciendo: ¡Uyyyy, vaya revolturiu que se ha formau en pocu ratuuu!! Y la vecina contestando desde la puerta de enfrente: ¡¡Uyyyy, dioh míuuuu, la ropa que tenía tendía en el canchu, cómu se habrá puehtuuuu!!

Todo volvía a su ritmo, un extraño ritmo entre cansino y eléctrico, pero siguiendo el curso de las leyes naturales. La vida seguía después del paréntesis de la siesta, con sus claroscuros, y el tiempo no era más que un trilero, un tahúr insobornable, que nos dejaba, siempre, ausencias imperdonables y expresiones en el rostro que alternaban, sí, a veces sol, y a veces sombra.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com

martes, 27 de mayo de 2014

Viejos al sol




A veces estaban al sol, como a veces a la sombra, a veces en un poyo, como a veces en una desvencijada silla de nea. A veces estaban presentes, como a veces casi ausentes. Eran los viejos y viejas que vimos desde niños; viejos viejísimos, antediluvianos, con las arrugas marcadas a fuego, y viejas viejísimas, con el luto adosado a la piel, y numerosas faltriqueras donde guardaban los caramelos para los nietos que se dignaban en ir a visitarlas. Ancianos que vimos y aún seguimos viendo, pero, aquellos abuelos y bisabuelos de entonces, venían como de otras épocas lejanas, como de otras edades rancias de olor a cretona. Eran el reducto de siglos pasados, que dejaron una delegación en el siglo veinte, para que conociésemos las formas de vida que durante eones permanecieron inmutables.

En aquel tiempo, podíamos distinguir dos generaciones de viejos: nuestros abuelos, que nos hablaban de la guerra civil, de la “Cuesta de las perdices” o “La batalla del Ebro”, y nuestros bisabuelos, con sus holgadas blusas de dril, que nos relataban episodios de la Guerra de Cuba, o nos contaban peripecias, por ejemplo, de algún legendario personaje de su época, que andaba descalzo y se desplazaba montado en una vaca por mitad del pueblo.

Los bisabuelos hablaban con voz trémula y débil, ya casi desde el palimpsesto de la urna cineraria, que diría el escritor pedante y socarrón. Nos hablaban, sí, con un tono aflautado y quebradizo, de sus cosas de entonces, de vivencias perdidas en la noche de los tiempos..., de cuando no existía la luz eléctrica..., de cuando la palabra dada era más importante que los contratos por escrito, que llegaron, luego, de la mano de los prestidigitadores de la mentira, que a día de hoy podemos percibir por todas partes.

Aquellos ancianos cretácicos se sentaban en poyos de cantería, o en sillones de mimbre, cual figuras indiferentes de un museo de cera derretido al sol, rígidos y estáticos durante horas, como mantis religiosas con las manos encima del bastón, inclinándose ligeramente para soltar alguna débil ventosidad, inaudible en el silencio octogenario de la tarde. Al cabo de un rato, salía la hija de alguno de ellos  buscando al progenitor: "Amuh pa' entru, padri...; ¡¡uyyyyyy, cómu se ha puehtu loh pantalonih de tierra..., poh no le diji que se sentara pa' ehta otra parti, que ehtá el poyu máh limpiu!!

Había algún viejo “pirongu” que aún montaba en burro, a la manera de un “Conde Olinos extremeño”, que en las mañanas de San Juan llevase a su burro a beber a la laguna, y en vez de un lindo cantar, canturrease “El Algabeño” u otras coplas flamencas de su tiempo. O podíamos verlo, también, cargando leña, o poniendo la cincha al mulo, o haciendo un receso y apurando un Celtas Cortos con los dedos agrietados y amarillentos de la nicotina.

Aquellos viejos tenían aún esa "extraña costumbre" de hablar durante horas, a veces martilleando sobre el mismo tema, como una gota malaya ajena a los relojes. Ellos, allí, erre que erre, inmersos en las redes sociales de su tiempo, hasta que un burro rebuznaba en el corral, y los devolvía a la realidad, haciéndolos cerrar el “facebook” en favor del tocino y los garbanzos.

Por todas partes se repartían las “viejinas” sentadas en minúsculas sillas de nea, zurciendo medias y calcetines sobre originales huevos de madera, luego sustituidos por bombillas fundidas. Hablaban entre ellas, con voz de alcahuetillas, o rompían los silencios con algún escandaloso suspiro de España: ¡¡Aaaaayyyyy, Crihtu benditu!! También podíamos verlas detrás de las cortinas, que a veces apartaban un poco para mirar disimuladamente, o aprovechaban algún roto de las mismas, que les permitía avistar la actualidad, y hacer la consiguiente crónica social, como sagaces reporteras de aguja y retal, trabajando para la universal emisora del chismorreo, a través de las ondas hertzianas del boca a boca.

Otra estampa costumbrista era la del viejo, al atardecer, comiéndose el chorizo y el pan en el poyo de “la su puerta”, y el gato, al lado, esperando ver caer la tripa al suelo, cosa que era harto difícil, pues, al caer la tripa, el gato se encargaba de dejar en evidencia al mismísimo Newton.

Algunos abuelos eran sobradamente verbales, y nos exponían curiosos problemas de ingenio, nos cantaban canciones heredadas de sus ancestros y, cuando el ambiente lo requería, nos contaban cuentos de lobos. Los lobos eran el único elemento de terror que daba la tierra extremeña, pues aún no estaban de moda los hollywoodienses vampiros, ni la repulsiva casquería zombi, abigarrada de símbolos satánicos.

Por cualquier parte podíamos encontrar a viejos sordos, que hablaban a voces sentados en los poyos, y aireaban a grito pelado sus comentarios inoportunos sobre los transeúntes que pasaban por la calle delante de sus mismas narices: "¿Éhta eh la que queó preñáaaa?”/ "Esu dicin; a mi tampucu me jágah muchu casuuuu”/ “No hablih tan reciu, coñu, que te va a oil”.

Al oscurecer, podíamos ver a dos comadres ancianas cruzarse por la calle, una de ellas, con la imagen de la Sagrada Familia a la cadera, y la otra con una calderilla de huevos del corral: “¿A qué hora dijerun que era mañana la novena?”/ “A lah nuevi, creu... o esu me paeci habel entendíu.”

Estaba también el viejo “tullíu” (tullido), que se resistía a quedar al margen de la hacienda, y sentía pavor imaginando las cosas manga por hombro, preguntando constantemente por esto y por aquello, y recibiendo un largo rosario de mentiras piadosas que le dejaban, tan sólo, un momentáneo estado de tranquilidad.

Viejos que se “remuaban” en la fiesta del patrón del pueblo, y olían desde lejos a alcanfor. Viejos haciendo vino de pitarra. Viejos echando bellotas a las cabras en el “jerrau” de madera. Viejas matando a besos al “nietinu”, de manera compulsiva. Viejas picando pan duro en las sopas de ajo. Viejos sonriendo, con dos dientes por sonrisa. Viejos depositarios de un saber que no viene en los libros, ni en los modernos tratados de marketing. Viejos y viejas que nunca volverán, pero que antes de irse nos enseñaron a ser buenas personas, frente a un mundo y un sistema de cosas que nos quiere, en cambio, miserables.

Nos dejaron, en fin, principios morales, cuentos, refranes, chascarrillos... Aún recuerdo un tesoro verbal que me pasó mi abuelo, que a su vez le enseñó un viajante, cuando él era apenas un muchacho, y que versa sobre un hermoso y surrealista diálogo entre un borracho y el eco:

Cruzaba un borracho enteco,
cierta calle, cuando el eco
respondió a su voz potente...

¡¡teeeeenteeeeee!!

Dijo el borracho parándose:
Quién manda.
Por estas calles ¿quién anda
que mis palabras oyó?...

¡¡Yooooooo!!

¿Y quién eres, que me cucas tanto el bulto?
¡sal cobarde, de rabia mi pecho arde
por echarte mil pelucas!

¡Luuuuuucaaaas!

¿Lucas Gómez, el del Cese,
el que tanto porfiaba,
que la voz se le enroncaba
esperando a que bebiese?

¿Eeeeeese?

Y que haces aquí a estas horas chafarino,
¿quieres alegrarme el paso con algún recio sabino?

¡¡Viiiiiino!!

¿Vino dices?, pues aquí sentado te espero.
Pero antes Lucas, sólo una cosa te pido:
¿cuántos tragos me consiento?...

¡¡sieeeeentoooo!!

¿Ciento?, ¡virgen soberana!...
Dijo, y se durmió al instante,
y en la calle un vigilante
lo encontró por la mañana.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com