lunes, 7 de diciembre de 2015

Tras la cortina



Tal vez la curiosidad haya sido una de las debilidades humanas más acusadas a lo largo de la historia, desde las cavernas hasta nuestros días, pero el cotilleo que se daba en aquellos pueblos nuestros tenía unas señas de identidad que lo hacían particularmente cómico y literario.

Hasta la ciencia ha sido siempre, en gran medida, hija de la curiosidad; incluso el propio Albert Einstein llegó a justificar sus dotes científicas diciendo: "No tengo talentos especiales, pero soy profundamente curioso". Y así, con esta inconfesable falla humana, que ni los genios pudieron eludir, fuimos creciendo y deambulando por las calles empedradas, metabolizando aquella cultura del chismorreo, desde nuestra naturaleza infantil, tan dada a imitar toda clase de tachas humanas.

Muchos eran los escenarios y atalayas del curioseo, pero si había un clásico por excelencia, ese era, sin duda, la cortina de la puerta, y aquella forma sutil de desplazarla hacia un lado con los dedos índice y corazón. Aquella cortina remendada permitía a las detectivezcas ancianas observar de incógnito cualquier lance del trajín callejero. Las “viejinas” sentían en la cortina un fortín inexpugnable, que les daba una sensación de invisibilidad tan sólo superada por el anonimato cibernético de nuestros días.

Los niños íbamos de un lado para otro, como correveidiles de un reino cizañero, portando mensajes fantasiosos que se iban deformando de boca en boca, con la ilusión de poder ser el que añadiese más pólvora al bulo... el que engordase aún más la bola de nieve que iba creciendo sin miramientos, y a su paso aplastaba todo lo que encontraba por el camino, en un irreversible avance incisivo y lenguaraz.

Las mujeres más dadas al cotilleo, ponían cara de sorpresa al hablar. Usaban un tono grandilocuente, a la par que iban susurrando sus noticias novedosas a la mujer de enfrente, que no paraba de decir constantemente: “Uyyyy, uyyyyyyyy”. Ambas miraban levemente hacia los lados, para confirmar la ausencia de “curiosos”, sin advertir que posiblemente cualquiera de las dos fuese la primera en dejar en evidencia a la otra, una calle más abajo, con una tercera confidente, que esperaba al acecho, en un cómico e interminable carrusel de confidencias.

Algunas de las frases con las que las mujeres iniciaban la conversación en las solanas, podían ser: “Pueh te quieru decil...", "Dicin que el otru día...", "Creu habel entendíu...", "Pueh a lo que te voy...”, etc. Luego, acto seguido, la conversación se precipitaba como un tranvía sin frenos, degenerando en un estruendoso charloteo polifónico, hasta que la caída del sol corría el telón del teatro de la solana, poniendo fin, tan sólo por ese día, al “cuenterreteo”.

Además de las “alcahuetillas” de pañuelo negro a la cabeza, desplegaban también sus artes por las calles los “alcahuetillos” de pana y boina, a los que las malas lenguas denominaban “Alcahuétih de pútah póbrih...” Estos últimos ponían un tremendo énfasis al hablar, colocando el dedo en forma de garfio entre ambos interlocutores, a la vez que entornaban ligeramente los ojos y torcían la boca desdentada, justo antes de lanzar su clásico e inevitable: “Creeeeeuuu queee...”

Muchas veces oí de niño la frase: “Tieni una vasija mu chiquina...” para referirse a la gente que, apenas era conocedora de un hecho, le faltaba tiempo para salir a contarlo a diestro y siniestro, casi siempre, claro está, sin tiempo para contrastar la certeza de la noticia.

No podía faltarnos la figura del cuentista vocacional, que aparecía en el sitio más insospechado, tanto en el casco urbano como en recónditos parajes silvestres. Podías encontrarlo en cualquier esquina, de tal forma que, al intentar esquivarlo, como por bilocación (cual Sor María Jesús de Ágreda) aparecía también en la calle opuesta, nuevamente sonriéndote y condenándote indefectiblemente al tostón, con la noticia que recientemente le había llegado (o se acababa de inventar), y que entregaba a todos, nervioso e impaciente, en su inestimable papel de divulgador social.

La frase que más oímos desde niños, a la hora de contar secretos, era: “Ehtu que quei aquí entre nusótruh...”; y efectivamente, quedaba entre ambos, exactamente el tiempo necesario para que el receptor se convirtiese en emisor una esquina más arriba, con la sorpresa de que el nuevo oyente... ¡oh, casualidad!, era ya conocedor de tan inquietante revelación, y hasta incluso añadía una serie de matices desconocidos con aportaciones de cosecha propia.

Otro de los riesgos del cuchicheo era ser escuchado, a corta distancia, por algún familiar del individuo damnificado... familiar que luego iba contando y distorsionando el mensaje inicial, dando lugar a malos entendidos, que acababan en largos años de enemistad entre unos y otros, evitándose luego por las esquinas, o situándose en extremos opuestos de la barra del bar. También se daba el caso donde el propio interlocutor era pariente del hombre o mujer objeto del chisme, sin que el cuentista hubiese advertido esta circunstancia... Todo esto obligaba a depurar el cotilleo hasta límites insospechados, donde los reflejos valían su peso en oro, calculando parentescos de un lado u otro con una agilidad mental de tal calibre, que obligaba al cotilla rural a no bajar nunca la guardia, o, como diría Baudelaire, “a ser sublime sin interrupción”, en sus farragosas artes del cacareo.

Ante la posibilidad de que el mensaje lanzado fuese un infundio, o incluso un invento sobre la marcha, el propio emisor se curaba en salud advirtiendo a los oyentes de que no daba garantías de veracidad sobre lo que iba a contar, excusándose previamente ("excusatio non petita...") con frases como: “A mi tampocu me creáih...", "No sé si será verdah, peru dicin paí que...”

Estaba también el mentiroso compulsivo, que no se agachaba a recoger las trolas; algunas de ellas pasaban al acervo popular, como parte de una original antología del disparate local, en ocasiones rozando el surrealismo, como, por ejemplo, una supuesta avioneta que paró en el aire, en pleno campo, asomándose el piloto por una ventanilla y preguntándole a un campesino por dónde se iba a Plasencia...; dejándonos, de paso, claras muestras de una desconcertante tecnología antigravitatoria.

El espionaje clandestino también contaba con múltiples seguidores. Se espiaba desde lugares variados y pintorescos: ventanillas de trojes y corrales... ventanas con o sin visillos... la susodicha cortina de tela, o de palillos... y hasta se podía dar el caso de algún que otro espía especialista en letrinas campestres, apostado detrás de una higuera o zarzal, con propósitos inconfesables que hubieran dejado mojigato al mismísimo Marqués de Sade.

Había pueblos pequeños, sitos en las sierras cacereñas, donde la carretera subía y moría en la propia aldea. Allí no pasaba una mosca sin ser requisada, como si de una aduana se tratara, a base de largos interrogatorios que dejaban a la víctima sin energía, y desprovista de intimidad.

Hablaban las mujeres en las calles, resueltas y dicharacheras, lavando en el charco de agua... en los poyos de granito... a la salida de la novena...; hablaban los hombres tomando el chato en la taberna... en los trascorrales... al calor de la fragua...; hablaban los niños a la salida de la escuela... en los juegos callejeros... en las afueras del pueblo, entre hierbas y olores... El lenguaje era un río ingobernable, una corriente de agua brava que arrastraba a su paso todo lo que encontraba, sin conmiseración con nada ni con nadie, llevándose por delante hasta los sabios y antiguos refranes que invitan a la prudencia.

Poco hemos cambiado en este mundo tecnológico que ha fiado nuestra espiritualidad a una suerte de cachivaches perecederos, y sigue dando pábulo a vulgares chismes de un famoseo de baja estopa, contribuyendo a moldear una sociedad iletrada y bajuna... aunque eso sí, con los “afeites de la actual cosmética”, que diría Machado.

Ya en las cuevas del período magdaleniense peninsular, si pudiéramos rebobinar, encontraríamos, por ejemplo, a alguna moza rupestre, sapiens sapiens, cuchicheándole a la amiga sobre lo mal que le sentaba el abrigo de mamut a la vecina de cueva... la misma que no iba nunca a la peluquería, y parecía, en vez de cromañona, una vulgar neandertal despelujada; confirmándonos que sí, que esta epidemia del cotilleo es consustancial al ser humano, como tantas otras flaquezas, que a falta de poder dominarlas, nos debería quedar al menos la nobleza de reconocerlas.

Dos comadres, de pañuelo negro a la cabeza, charlaban al oscurecer, repasando la crónica rosa de un tiempo gris, navegando entre dimes y diretes, mientras en el cielo de la agreste Extremadura, iba apareciendo una media luna anciana, con barbilla puntiaguda y cara de alcahueta, apartando suavemente con los dedos la cortina estrellada del firmamento aldeano.

Así, desde pequeños, fuimos teniendo noticias de las miserias humanas que hicieron parada y fonda en nuestras vidas, aquellas que estuvieron desde el principio de los tiempos, y estarán hasta el final de los mismos.

Sólo me resta deciros, que a mí tampoco me creáis nada de lo que aquí os he contado, pues tan sólo fueron cosas que dicen... creo... cuentan... parece ser... que fueron ciertas, y yo tan sólo fui testigo, como vosotros, de aquello que vi y escuché en los turbios e imprecisos mentideros del pasado.


JORGE SÁNCHES MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com


sábado, 14 de noviembre de 2015

De camilla y brasero



Caía la tarde de enero, y una mujer, a la puerta, encendía el brasero de picón... ese oro negro de los pobres, un oro basto y sucio que se prendía y se avivaba con un trozo de cartón, mientras pasaba la vecina de vuelta a casa: “Hay que vel, qué fríu jaci... se quean loh deuh engarañáuh.”

Volvíamos a casa los niños, con el aire gélido del invierno y el viento traqueteando los platos de aquellas viejas bombillas que tanto se han citado por aquí... y nos sentábamos allí, al calor del brasero, y al calor humano, que nunca ha sido superado en grados por los modernos sistemas de calefacción y confort de nuestros días.

La expresión peyorativa de “dar la brasa”, aquí cobraba un sentido más amable. Dar la brasa era como dar la vida, pues la brasa no era otra cosa sino una fiel amiga, pequeña y benefactora, que habitaba en el borrajo de una lumbre, o bajo las faldas de una modesta camilla. Se daba la brasa como el que da lo mejor que tiene, como el que ofrece abrigo y calor al más necesitado.

Removíamos el brasero con la “badila”, que era una vieja barra de hierro terminada en una paleta... o hasta incluso se removía con la propia alambrera del brasero. A veces, cuando el brasero ya estaba “moquicaíu” (medio apagado), se trasvasaban unas brasas del borrajo de la lumbre al brasero... ¡y cómo se agradecía nuevamente aquel calor intenso!, como un soplo de vida nueva que provocaba una sonrisa contagiosa, y comentarios del estilo: “¡¡Cómu se agraeci el calorcinu ahora, ¿eh?!!”

El gato friolero y zalamero, se subía a las piernas, manchándonos de ceniza el pantalón, o se quedaba dormido encima de la caja del brasero, oculto entre las faldas, y le dabas sin querer con el pie, con la sensación de tocar un muñeco de peluche, con pelo de tiña.

La prolongada exposición al brasero dejaba en las piernas una especie de tatuajes rurales, llamados “cabrillas”, que nada tenían que ver con las Pléyades en lo alto del firmamento, sino más bien con unas irregulares telas metálicas marcadas en la piel, que no se quitaban a veces hasta entrado el mes de junio.

Me cuentan que antiguamente, en la escuela, el maestro, o la maestra, tenían braseros bajo sus pies, pero los niños se quedaban “arrecíuh” (ateridos) en el pupitre, metiendo la pluma en el tintero con manos tiritonas, aunque alguna compasiva maestra dejaba a las niñas acercarse al brasero y calentarse las manos en medio de un cómico concierto de rechinar de dientes.

Los piconeros preparaban el picón de tarmas, o incluso de jaras; este último de menos calidad, pero más asequible a las diminutas economías. Podíamos ver aquellos montones de picón humeantes entre la propia niebla de la mañana.

Desde niño tuve noticias de una curiosa escena de camilla en casa de mis abuelos maternos. Allá, por los años cuarenta, mi abuelo compró una radio de aquellas de madera oscura y tela de saco, con un amplio repertorio de silbidos y fugaces emisoras francesas colándose como psicofonías del Palacio de Linares... Después de cenar, mi abuelo dejaba entrar a todos los radioyentes del pueblo que quisieran acercarse al novedoso acontecimiento. La escena era la siguiente: mis abuelos, mi madre y mi tío, aún muy niños, sentados a la camilla, escuchando la radio colocada encima de la propia mesa, y la gente que iba llegando, sentada al lado, en banquetas de un antiguo salón de baile. Escuchaban con suma atención los consejos de Elena Francis, o las canciones del Niño Marchena en Radio Andorra, que hacían emocionarse a los asistentes de lágrima fácil. Todo ello, bajo la luz ocre y casi crepuscular de una pobre bombilla colgada de un cuarterón de castaño. Luego, por las calles oscuras e invernales, la gente regresaba a sus casas con la sonrisa de quien necesita muy poco, o casi nada, para ser feliz.

El ahora tan temible monóxido de carbono, era un burdo aprendiz de villano, fácilmente reducido a la nada por las grietas y “talleras” que abundaban por todas partes; a través de ellas el aire nos fusilaba sobre un paredón ahumado y frío... y además por la espalda, como un traicionero sicario enviado desde la helada Siberia hasta la recia Extremadura.

Nos sentábamos en casa de los abuelos a la camilla, al rescoldo del brasero, con un café portugués de puchero y unas perrunillas en un plato de duralex, o tal vez unas magdalenas cuadradas, de aquellas que se hacían en la tahona y se comían “amolledidas” en el café. Las abuelas te contaban chascarrillos; casi siempre eran los mismos, pero cada vez cobraban una nueva naturaleza... La abuela, antes de terminar el cuento, se quedaba traspuesta en el silencio de la tarde lluviosa, y después de media hora, despertaba súbitamente y decía: “Uyyyy, prenda, yo creu que me he queau algu amorrongá”. Luego te relataba, por ejemplo, que “otrah vecih” (antiguamente), desde la ventana, se veía pasar por las calles a gente bullanguera corriéndole los campanillos a un hombre casquivano que se “desapartó” de la mujer. Mientras la abuela hacía ganchillo sobre la camilla, mirábamos pasar a mozos y mozas con zarrios carnavalescos y toda clase de ropajes y “andarríuh”, haciendo gala de una suerte de dadaísmo autóctono... un surrealismo propio que a veces se abría puertas en cualquier sitio, improvisando una alegría necesaria... la ración de alegría imprescindible que nos sacaba del pozo del desánimo y nos devolvía, sin ansiolíticos, a la claridad del día.

A veces las cosas venían mal dadas por “las calles de la burla”, y te acusaban de “cicateru” en el juego de pídola, o te enemistabas “para siempre” con alguno de tus mejores amigos, por el interminable plazo de un día... Tocaba entonces “meter la guitarra en el costal”, marcharse a casa, y sentarse allí, taciturno, al calor del brasero en la camilla, con los codos en el hule y las manos en las mejillas, haciendo las primeras reflexiones sobre la torpeza humana... la de los otros, y a veces, inevitablemente, la propia.

Cuando se iba la luz, bajo el azote de lluvias y tormentas, se colocaba una vela en la camilla; el abuelo, mientras tanto, se quedaba extasiado, con la mirada perdida, pensando en media cuartilla de trigo arriba o abajo... o en una linde imposible... o en un trato que nunca llegó a consumar.

La camilla, en su versatilidad, podía servir para el “conviti” del mayordomo, o la comunión de la nietina... o el raquítico cumpleaños del padre, que recibía a los vecinos con cuatro mantecaos y una copina de anís La Castellana, de una botella que llevaba varias décadas en la misma alacena, detrás de un almirez de cobre que apenas se usó.

Según me contaron, hace muchos años, las camillas con faldas eran propias de las casas bien, y en las casas más corrientes la gente se sentaba tan sólo a la lumbre, o en todo caso las mujeres cosían alrededor de un simple brasero, sin camilla, con los pies puestos sobre las tablas, hablando de lo divino y de lo humano. Por tanto, la imagen tan sencilla y candorosa que conocemos de la gente sentada a la camilla, en su día fue una estampa más propia de casas de una cierta distinción: la casa del cura, de la maestra, del boticario, del alcalde...

Las camillas vestían faldas de paño con numerosas quemaduras, y lucían hules con el mapa de España, que los más cursis llamarían “mapa preconstitucional,” con aquella Castilla la Vieja, verdaderamente vieja... y en lo más alto, la ciudad de Santander, como puerto de Castilla. A menudo el hule estaba desgastado y podíamos apreciar una España descolorida y agostada, como metáfora de lo que ha sido siempre la historia cainita y convulsa de este país nuestro, lleno de motines y pronunciamientos, y sembrado de eternos reinos de taifas con ambiciones desmedidas. Algún cigarro descuidado sobre el hule, dejó para siempre un punto negro en un lugar indefinido de la provincia de Soria, tal vez la Numancia donde los arévacos sucumbieron estoicamente bajo la brasa del cigarro gigante de Escipión. El hule tenía manchas de café, migas de pan y azúcar esparcida que las moscas bajaban a degustar como golosas mensajeras de un reino menesteroso.

Luego vinieron los braseros eléctricos, más funcionales, engordando a las grandes eléctricas, que ya empezaban a dar buena cuenta de los bolsillos de la pobre gente.

Aún encontramos camillas y braseros, como habréis podido constatar, pero aquellas escenas de camilla que conocimos tenían un duende ya extinguido... un halo, no sé... de afecto y cercanía, sin televisión, cachivaches tecnológicos, ni demás bodrios alienantes con los que hemos ido aceptando a la fuerza los automatismos del mundo actual. Todo ello nos lleva a pensar, con Manrique, “cómo a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor...”

El viento soplaba recio ya entrada la noche, y una lluvia de invierno azotaba el techo de teja vana. Dentro de la casa, dos ancianos posaban estáticos, frente a frente, en la camilla; el hombre repasando una y mil veces el mismo libro desvencijado de Gabriel y Galán... quizá leyéndole en voz alta a la anciana el poema de “El Crihtu Benditu”, para emocionarse siempre al punto aquel de: “Ni me jizu marquéh, ni menihtru, ni alcaldi siquiera...” Y así, en su sencillez perfectamente asumida, se iban apagando, lentamente, a la noche y a la vida, como la brasa amorosa del brasero.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS


martes, 6 de octubre de 2015

Jugando a la pelota



Cuando un día oímos hablar de deporte, supimos que no era otra cosa, sino deporte, lo que habíamos hecho desde siempre, saltando paredes de campo, gateando a los árboles y corriendo en todas las direcciones. Y no era, sino deporte, lo que hicieron nuestros mayores toda su vida, levantando sacos de trigo, cavando garbanzos, o caminando durante horas por montes y pedregales. Y deporte fue lo que hicieron aquellos antepasados que no conocimos, que sin saberlo, fueron atletas de sudor al viento, corredores en pista de tierra... plusmarquistas de la necesidad.

Claro está, que una sociedad sedentaria, necesita inventar nuevas formas de volver a sus orígenes, para lo que estaba y sigue estando concebido el cuerpo humano, que es para andar y desplazarse de un lado para otro... y en esto, mira tú, apareció el deporte.

Allá por los años sesenta llegó de pleno la fiebre futbolera a la vida rural, y comenzaron a organizarse partidos entre pueblos. Eran partidos con masajistas que llevaban alcohol y vendas en cajas de zapatos, y jugadores que exhibían camisetas de rayas, imitando al Atlético de Madrid, o de Bilbao, camisetas que los mozos conseguían arrancando jaras en la dehesa, al tiempo que improvisaban porterías de palos de encina, quedando claro que hasta el fútbol, tan moderno, aún estaba supeditado a los elementos propios de la tierra. Solían ganar los pueblos que portaban jugadores procedentes de colegios de curas, con técnica depurada, frente a los aguerridos mozos lugareños, que a lo más que llegaban es a estampar el balón en la cara de algún distraído espectador, como en cierta ocasión me ocurrió siendo muy pequeño.

En las fiestas de los pueblos empezó a ser habitual el partido de solteros contra casados. Eran partidos de pantalón arremangado, intentando entallar la pelota con las sandalias de material, cosa que no siempre era fácil. Lo de acertar un pase al compañero, se convertía en una “delicatessen” sólo para unos cuantos elegidos. Algunos casados empezaban a lucir una incipiente barriguilla cervecera, y se escuchaban los gritos socarrones del público: ¡¡Tú ya Manolo, sopitah y buen vinuuuu!!

El término fútbol aún nos sonaba como una cosa un tanto extranjera, y lo de “balompié” nos resultaba demasiado cursi, así que el deporte del fútbol, para nosotros, se quedó en “jugar al balón”, sin más, y para nuestros mayores nunca pasó de “jugar o a la pelota”.

Al balón se jugaba en las calles con la indispensable colaboración de los tejados, que a menudo eran receptores de los escasos balones que portaban los niños de aquella Extremadura limitada en lujos y tonterías. El tejado se quedaba la pelota, a veces para siempre, no sin antes haber pagado el consiguiente peaje en forma de gotera. En algunas ocasiones nos íbamos a jugar a los valles idílicos de las afueras, aunque a menudo nos llegaba la visita frustrante de un pastor, para recordarnos que aquel lugar estaba reservado al ganado, y tan sólo se hacía la oportuna excepción en los días señalados de las fiestas patronales; pero el fútbol se abría paso por todas partes, como las enredaderas, y al final acabábamos jugando hasta en los sitios más insospechados.

Nuestras porterías infantiles, con frecuencia, eran dos “gorruscos” (piedras gordas y pesadas), o dos botes de hojalata, que los había por doquier. Y no faltaba nunca el niño gordito con el balón debajo del brazo, y en la otra mano la rebanada de pan con mantequilla y azúcar. Sus dotes atléticas no eran grandes, pero eso sí, era el dueño del balón. Los equipos se formaban echando pie; de esta forma, el dueño del balón, y otro, se colocaban frente a frente, como en un duelo al sol, y avanzaban colocando un pie inmediatamente por delante del otro. Cuando quedaba un espacio reducido entre los pies rivales, uno de ellos decía: monta y cabe, y elegía jugador. El dueño del balón se convertía por momentos en una estrella “pop” a la que casi pedíamos autógrafos a fin de que tuviera a bien dejarnos jugar con “el su balón.”

Se jugaba preferentemente por las tardes, portando como merienda un “zalico” de pan y una pastilla o dos de chocolate, que acabó sustituyendo las meriendas antiguas de pan con higos secos de nuestros antepasados. Alguna vez se daba el caso (como me recordó un amigo) de que un perro famélico se llevaba el pan de la merienda, al dejarlo por descuido en el suelo; desde lejos se escuchaba el grito del niño, mientras el perro se perdía en la lejanía, como un ser lastimero salido de un inframundo perruno, en una escena más propia del Lazarillo de Tormes.

Luego, ya en la adolescencia, caímos ante el arrobo del fútbol de manera absoluta, escuchando interminables carruseles deportivos por la radio. Cuando en mis primeras lecturas juveniles leí a Albert Camus, en “El Extranjero”, relatando aquellas plomizas tardes de fútbol en Argel, pude comprender que el mundo simétrico y global, cocinado en las calderas de algún oculto mago negro, empezaba a ser muy parecido en todas partes.

Algunos ancianos fueron armonizando los toros con el fútbol, en una obligada simbiosis pueblerina de adaptación a los nuevos tiempos. Cuando vi a mi abuelo y a otros de su generación viendo fútbol, y emitiendo opiniones al respecto, había algo que no me cuadraba; aunque sus comentarios no pasaban más allá de cosas como: “Ehtuh de blancu no pierdin nunca la pelota”... o tal vez: “Loh de colorau ehtán siempri mu atentuh loh unuh con loh otruh”.

Todo era fútbol a todas horas. Durante la comida, se escuchaban en la calle risas de un gamberrismo un tanto impostado, y entre risa y risa, sonaba un balonazo en la puerta, hasta que el comensal afectado se asomaba, con el gesto áspero y el rostro “renegrío”, tan propio de aquel tiempo, y les espetaba: “Ilsuh a tomal por culu a jugal a la pelota pa´ la vuehtra puerta”.

Ya nos iban llegando los vientos de la moderna cultura competitiva, con películas y demás inventos donde todo consistía en ser el número uno, ganar y machacar al contrincante sin demasiada delicadeza. Y así íbamos asumiendo el rol que nos tocaba vivir. Cada uno, en su especialidad, intentaba superar a los rivales, y encaramar el ego a las alturas. A un servidor le otorgó natura unas piernas rápidas y veloces para ganar carreras rurales. Recuerdo una de las primeras, en la era, donde un triunfo apoteósico me trajo los halagos de los curtidos trilladores. Pero además de luces, cómo no, había sombras: mi acreditada fama de correcaminos me condenó a la persecución habitual de un grupo de muchachones mayores, que para verme en acción, corrían detrás de mi con un langosto en la mano, al objeto de introducirlo en mi camiseta. A mis espaldas, ya a lo lejos, podía escuchar sus risas cavernícolas, con la tranquilidad de saber que nunca lograrían darme alcance.

El deporte femenino se resumía en unas niñas corriendo al pilla pilla, de manera pizpireta, o saltando a la comba, o a la teja... y el contacto con la pelota se resolvía botando ésta contra el suelo, o lanzándola sobre la pared, en aquellos juegos con canciones, de los que ya hemos hablado por aquí: “Te pe té, caaaafé, arroz con leche, sardinas en escabeche...”

Las bicicletas, refutando al genial Fernán Gómez, lo mismo eran para el verano como para el invierno... Las bicis se convirtieron en un lujo que no estaba al alcance de todos. Los pequeños, a falta de bici propia, aprendimos a montar en las bicis de los mayores, metiendo la cadera bajo la barra y pedaleando en posturas claramente circenses. Eran enormes bicis, cuyas cámaras rojas servían para los “tiraores” (tirachinas). El aprendizaje de la bici costaba numerosas caídas, y hasta perder el control y meterse en el comedor de alguna casa en plena comida, como en algún caso que conocí, más propio de los hermanos Marx. Luego fuimos alocados e intrépidos ciclistas transportando por el pueblo a otros niños en el portamaletas, y dando vueltas y vueltas hasta la saciedad, con la emoción en el rostro, el aire sobre el pelo, y una sensación de aventura y libertad difícilmente superable por ninguna videoconsola.

Algunos obreros regresaban de la obra en los pantanos en una humilde bicicleta, “haciendo deporte por partida doble”. Se bajaban sigilosos de la bici al llegar a las calles de rollos, para preservarla del impacto con las piedras. Eran antiguas bicicletas de guardabarros acabados en una gran goma, casi rozando el suelo, con timbre, portamaletas y bobina para el faro, que se proyectaba en la parte delantera, como una especie de gárgola metálica y triste.

Llegó un tiempo en el que todo eran bicis por todas partes: bicis para ir a la era, bicis para ir a la escuela, sita en los pueblos cercanos, bicis para el baño en los ríos, bicis para el gamberreo callejero, bicis para presumir; bicis, en fin, para todos los eventos y quehaceres de la vida rural.

Todo era ejercicio continuo, y la obesidad y el colesterol eran una pareja de baile con escaso predicamento. Conozco el caso de un familiar que en un reconocimiento médico que le hicieron, el galeno quedó asombrado al comprobar sus bajísimas pulsaciones, y no pudo por menos que preguntarle: "¿Qué deporte practica usted?", y éste, con cierta extrañeza, contestó: "Yoooo... no paru de un lau pa´ otru".

Nosotros, fervorosos deportistas de pueblo, queríamos ser como esos otros deportistas afamados de la tele. Todo esto nos llevó, también, al coleccionismo, y nos pusimos a coleccionar cromos de manera compulsiva, cromos de futbolistas yé yés, con melenas horteras y pantalones ajustados, marcando paquete; o también cromos de ciclistas que salían en unas bolsas de pipas rancias, donde todos teníamos el álbum casi completo, a falta del malogrado Luis Ocaña, que a nadie le salía, y cuyo premio consistía en una guitarra... hasta que alguien decidió comprar el gran saco de pipas para hacerse con el preciado instrumento. Los chavales nos arremolinábamos en torno al bar, para ver la guitarra y el citado cromo imposible.

Luego ya por los ochenta, todo empezó a parecerse más a lo propio de este tiempo.

En las tardes antiguas y grises de aquella infancia perdida, un buen día, dejamos las pelotas de goma desinfladas en oscuras trojes, dentro de cajas de cartón, que un día, al hacer “dehcuaji” o limpieza en profundidad, fueron todas a tomar por saco, a los modernos contenedores de plástico y olvido.

Las pelotas de ahora, mueven cifras astronómicas de dinero, corruptela y usura, cifras obscenas que superan con creces los límites de la indecencia a la que nunca debió llegar el ser humano.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS


domingo, 19 de julio de 2015

La calleja



Era la hermana pobre, la cenicienta de las calles, estrecha y oscura, pequeña y olvidada, a menudo con gallinas picando hierba, y de tarde en tarde la aparición esporádica de algún transeúnte afanado en los quehaceres de la tierra.

La calleja, en el casco urbano, daba más bien a las afueras del pueblo, y nos llevaba a espacios secundarios, relegados a la nada, donde nuestra protagonista perdía su estatus de calleja en favor de algo más pequeño y humilde todavía, como era la vereda, a menudo invadida por yerbajos y ortigas, y la presencia intimidatoria de excrementos de animales domésticos... y de sus propios dueños.

La calleja era estrecha, como una metáfora de la vida, aunque, sin embargo, la estrechez no representaba problema alguno, pues formaba parte de la propia dinámica de la tierra, donde todo era estrecho y pequeño. La calleja estaba pensada para el paso de animales y personas, cuando aún las maquinarias no demandaban espacios más holgados.

A veces la calleja se mostraba en su versión mínima, y se quedaba tan sólo en “callejina”. La callejina era hijastra de la propia calleja, y por ella pasaban, claro está, burrinos, hombrinos, mujerinas... y toda la fauna menguante de aquellos reinos de Liliput. Todo era tan diminuto, que tal vez por esa razón encontraban su hábitat natural las pulgas, que campaban a sus anchas, cogiéndose a las canillas de las piernas para viajar de un lado a otro, como el que coge un taxi aquí o allá; viajaban a placer surtiéndose de la sangre que, con escasez, recorría las venas de los pobres habitantes de aquel pequeño planeta gris de las cascarrias.

Al llegar la noche, las callejas quedaban desprovistas de luz, ni siquiera la luz pobre de las bombillas de plato les llegaba; así pues, la calleja era pacto de las tinieblas, y de su oscuridad tan sólo aparecía, de tarde en tarde, algún viejo campesino con un farol de aceite, o una “moderna” linterna de petaca... o tal vez algún borrachín de reconocida solera, canturreando aquella canción sesentera de: “Tres cosas hay en la vida, salud, dinero y amor...”, aunque en su vida, lo más probable, es que no hubiese ninguna de las tres.

Nuestra amiga, la calleja, no tenía derecho a ventanas, si acaso a algún ventanillo diminuto en lo alto de una troje, o en la parte baja de un corral. Los niños nos asomábamos a las ventanillas de los corrales, esperando encontrar un mundo mágico de emoción y misterio, pero tan sólo nos llegaba la imagen en penumbra de un burro comiendo paja en el pilón, y un marcado e inconfundible olor a corral. El resto, como siempre, lo ponía nuestra imaginación.

Las callejas, a pesar de su escaso protagonismo, tenían también sus nombres propios, humildes, como ellas, a la vez que bellos y literarios: “Calleja de los pinchos, calleja de las tenerías, calleja de los palomares...” La hechura de las callejas era informe y arbitraria; cada una era distinta, con sus señas de identidad, alejadas de un molde frío e impersonal, tan propio de las cosas de hoy, casi todas similares en apariencia y engaño.

Ni que decir tiene que la calleja no era recomendable para juegos de persecución: la escapatoria era improbable, dada su angosta anatomía, y algunas eran callejas ciegas, sin salida; cuando encontrabas refugio en la calleja, sabías que tu destino como jugador estaba sentenciado, y en no pocas ocasiones te tocaba escapar espoleado por puntapiés, vardascazos o capones.

A la pobre calleja se le perdía el respeto con suma facilidad, llegando a convertirse en improvisado meadero en las fiestas populares, donde también se hacían aguas mayores si el apretón no daba otra oportunidad. Al terminar las fiestas, las callejas desprendían un fuerte olor a orín que algún vecino intentaba mitigar a golpe de manguera... Todo esto, es cierto, sí, aún sigue ocurriendo a día de hoy.

Dada su ubicación, las callejas fueron las últimas calles del pueblo en ser asfaltadas, conservando intacto su encanto centenario, y las piedras primigenias que algún antepasado colocó en siglos precedentes; piedras irregulares que dejaron “trompicones” de la más variada plasticidad artística... todo al más puro estilo del cine mudo, sólo que aquel cine nuestro se proyectaba con una amplia sonoridad de tacos e improperios.

El rincón era pariente cercano de la calleja, y en más de una ocasión las callejas terminaban en rincones, que albergaban escenarios surrealistas, con pozos de piedra ocultos en carcomidas y ajadas puertas de madera, donde nadie sospechaba su presencia. Rincones donde sólo habitaban cabras, cerdos o gallinas, sin rastro de vida humana, con la excepción, quizá, de algún mozo viejo con cierta vocación de ermitaño, que vivía apartado del mundo en su rincón. Aún quedan algunos rincones por los pueblos, con distinta fisonomía, ya encementados en su mayoría, y con la presencia esporádica de forasteros despistados que acaban en los rincones pensando que la calle continúa, aunque nunca falta una mujerina samaritana para indicarles: “Eeeeee, señol, que esa calli no va a ningún lau”; y efectivamente, algunas de aquellas calles parecían no ir a ningún lado, en el sentido más estricto.

En invierno, las callejas de piedra se llenaban de musgo y basilios, que los niños reventábamos con los dedos para sentir el agua verdosa, que a veces nos manchaba la ropa, y hurgábamos en los huecos húmedos de las paredes para extraer caracolillos... Cuántas veces los críos nos pasábamos las horas muertas jugando en aquellas concavidades de magia y naturaleza viva.

A la calleja, normalmente, no daban las puertas de las casas, más bien encontrábamos corrales con puertas rotas, olor a estiércol y garrapatas dispuestas a darnos la bienvenida, a la par que algún gorrino asomando el hocico por la puerta rota del corral, nervioso y estresado por el hambre, y con aquella mirada triste y porcina que tantas veces vimos de niños, mendigando algún trozo de cualquier cosa... tal vez la cáscara de un melón rodeada de moscas, que los críos acercábamos a la puerta temerosos de quedarnos sin dedos.

También estaba la calleja de campo, que daba a pozos pequeños, a entradas rústicas y portillos de los que tanto hemos hablado por aquí... callejas flanqueadas por paredes de granito, ahora ya derruidas... callejas que morían en la entrada de un cortinal... callejas que daban a otras callejas, que a su vez daban a más callejas, en un maravilloso y anárquico laberinto, donde el mismísimo Minotauro hubiese dejado escapar a sus víctimas por aburrimiento.

Bastaba salir a pasear por aquellas callejas asilvestradas para encontrar la paz y el sosiego ahora tan solicitados. No hacían falta técnicas orientales de relajación, tan demandadas por esta sociedad pueril y desnortada, dispuesta a pagar hasta por el aire que respira. Bastaba, decía, salir al campo y sentir, con el gran Garcilaso de la Vega, aquello de: “Y en el silencio sólo escuchaba un susurro de abejas que sonaban...”

Algunas de aquellas vías agropecuarias estaban atravesadas por arroyos o regatos que nos obligaban a realizar saltos de longitud, yendo a parar nuestro pie al agua, o al barro, con relativa frecuencia. También hallábamos abundantes zarzales y comíamos directamente las moras, sin miedo alguno, pues estábamos a salvo de este mundo actual de química y basura que nos trajo el mismísimo demonio de la mano de sus adoradores.

Callejas, en fin, que fueron un homenaje a la humildad, callejas tomadas por la maleza, que aún siguen ocultando formas de vida de un pasado del que ya no quedan ni siquiera cronistas, de aquellos de boina y reposada cháchara, que tanto echamos de menos, pues al igual que las callejas, quedaron ya asfaltados en cemento y olvido.

Contemplando una calleja, se me ocurrió pensar en la grandeza inveterada de las pequeñas cosas de siempre, las cosas que no reclaman su presencia, ni necesitan ser vistas para existir. La calleja nos enseñó a rebajar nuestras pulsiones megalómanas, a saber que las cosas auxiliares tienen también su dignidad, sin grandes aspavientos para llamar la atención, como las cosas de nuestro tiempo, cargadas de embustes y oropeles.

Así también, un buen día, despojados ya de vanidades que a nada nos llevaron, de orgullos y pretensiones vacuas... diremos, pues, con el poeta: “Como tú, calleja humilde, como tú”. Comprenderemos, sí, que al final estuvimos hechos como aquella piedra pequeña de León Felipe, que no sirvió para piedra de una lonja, ni piedra de una audiencia, sino tan sólo para ser lanzada por una honda, para ser precipitada por barrancos y hondonadas, hasta acabar en las simas profundas de la tierra.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com


domingo, 7 de junio de 2015

Quitando la tranca



Nos pasamos la infancia quitando y echando trancas de casas y corrales, trancas grandes y oxidadas, trancas pintadas de negro, trancas desencajadas, trancas de un tiempo igualmente vivido a trancas y barrancas, que fue conformando lo que fuimos como personas, lo que seremos de por vida hasta que echemos un día la tranca inevitable y última.

Los cierres de edificios que conocimos, eran más bien escasos en número y variedad, como casi todo en aquellos pueblos nuestros. Trancas, cerrojos y pasadores de hierro nos daban la casi totalidad de artilugios destinados al efecto. La anatomía de la tranca era tan simple, tan rudimentaria, que hasta el cerrojo, a su lado, parecía un mecanismo de alta tecnología. La tranca, pobrecilla, se iba desajustando con el tiempo, y llegaba a tener generosas holguras, girando en falso, y obligándonos a dar otra vuelta más para ejecutar el cierre con éxito, no siendo buenas consejeras las prisas.

Aquellas trancas se quitaban bruscamente, anunciando a las claras la entrada en la vivienda, a la vez que el arrastre de la puerta caída, y las bisagras chirriantes, disipaban las pocas dudas que aún pudieran quedar. Ciertamente, no eran necesarias esas figurillas de peces de metal dorado que cuelgan en las entradas de tiendas y farmacias. La tranca era noble, familiar y directa. Algunas veces, en el mismo barrio, coincidían trancazos y arrastres de distintas puertas, provocando un concierto disonante, que no era sino el concierto de la tierra misma, atrancada y arrastrada por fatigas y desgastes, que hacían mella también en la propia piel de las cosas.

Las puertas de los corrales daban acceso a un mundo espectral y lóbrego, donde las almas en pena se desplazaban sorteando pilones impregnados de estiércol y gallinaza, y los niños huían espantados recreando escenas de miedos aldeanos. Algunos muchachos mayores, a sabiendas de que otros niños asustadizos se ofrecían voluntarios a entrar de noche al corral, a por los huevos de las gallinas, se colaban previamente en el mismo, y cuando el infante, receloso, introducía su mano en la oscuridad para quitar la tranca, encontraba el tacto de una siniestra mano fría tocando la suya. El niño corría despavorido a relatar el suceso a los miembros de la casa, pero cuando estos acudían al corral, claro está, ya no había nadie, aunque tal vez el jocoso fantasma del pajar, estaba ya integrado en la propia comitiva cazafantasmas; y una abuela, con su aporte racional, sentenciaba: “Esu eh que al niñu, probecitu, se le tieni que habel figurau alguna cosa”.

En ocasiones, en el interior de las puertas de los corrales, encontrábamos a perros “cerberos” guardando, más que el infierno, el humilde inventario de las cosas mínimas. Eran siempre perros con más hambre que vergüenza, dispuestos a vender su fiereza por un pedazo de pan duro, tal como Esaú vendiese su primogenitura por un plato de lentejas.

La manera de acceder a las casas nos mostraba un código fácilmente descifrable: Cuando sonaba bruscamente la tranca de la puerta, era señal inequívoca de que alguien de la propia casa entraba, o en todo caso era persona suficientemente allegada como para tomarse la osadía de soltar trancazos en confianza. Cuando la tranca sonaba levemente, era señal de gente próxima a la familia, que se tomaba la licencia de abrir por su cuenta y riesgo, pero dejando entrever una cierta prudencia. El resto de la gente no tocaba nunca la tranca, llamaba a la puerta "torteando", osease, dando varios golpes con los nudillos en la madera. Al fondo de la casa se oía: “¿Quién va?...”, y el visitante contestaba: “Un servidor...” Algunas mujeres tradicionales, para llamar, introducían ligeramente la cabeza por la puerta, y en un tono dulce y beatífico declamaban: “Ave María Purísima”, y la mujer anfitriona acudía a través de la oscuridad, rauda como una “rejileta”, y en el mismo tono contestaba: “Sin pecado concebida.”

Conocimos puertas que daban paso a otros mundos... a mundos de oscuridades y fríos invernales, de estancias de ambiente huraño y alma de pedernal, con olor a vicio y Zotal, como perfumes bastardos de un pasado rural que nos quedó marcado a fuego en la piel.

De niños, veíamos aquellos grandes portones de madera en los “tinaos”, como murallas insalvables, que parecían más bien fortalezas de castillos, repletos de ovejas berreando y mastines ladrando a lobos, a veces imaginarios.

Cuando los cerrojos tocaban a su fin, dejaban su sitio a un palo debidamente insertado, y luego a una larga sucesión de palos que iban marcando la dilatada existencia de la puerta centenaria... o a veces, simplemente, una cuerda atada de cualquier manera salvaba el problema, a la espera del arreglo pendiente, que podía durar, probablemente, años.

Los viejos exhibían grandes llaves de hierro por las calles, que servían también para silbar por el agujero del extremo, y llevarse detrás a los niños, como renqueantes flautistas de Hamelin, con pocas ganas de tonterías. Cuando estas llaves se extraviaban, provocaban gran turbación entre los parroquianos... pues no había copias. A falta de copias, la llave era usada una y mil veces por todos. A menudo era escondida en una ventanilla de granito, o en agujeros imposibles de paredes de piedra... en la tallera de una puerta vieja... detrás de grandes tinajones de barro... en las grietas de poyos de cantería... y sobre todo, con frecuencia, en el mismo sitio donde nos dejaban la merienda con la pastilla de chocolate Kitín y el coscurro de pan de hogaza envueltos en papel de comercio, pues al papel de aluminio aún le quedaban varios lustros para ser presentado en sociedad.

La gente hablaba desde las puertas de las casas, frente a frente, mientras la lluvia ponía una cortina de fertilidad y esperanza entre las palabras. No era tampoco extraño ver a un burro asomado a la puerta del corral, como un burlesco dueño falsario del edificio, o a un hombre sexagenario, asomado a la puerta, con los antebrazos apoyados en la parte inferior, con el mechero de piedra, encendiendo un cigarro de tabaco de liar, quedándose allí, ensimismado y vacío de pensamientos. Otros viejos se sentaban abajo, en el umbral, o tal vez en el quicio de la puerta, como el abuelo de la canción, cambiando, esta vez, la vara de avellano por la vardasca de olivo.

Al acostarse la gente, en aquellas casas labriegas, la pregunta más recurrente era: ¿Habéih echau la tranca de arriba...? Efectivamente, las casas tenían puertas dobles, con dos trancas; la tranca de arriba impedía el acceso a la vivienda. Parece como si, desde siempre, las cosas de arriba nos cortasen el paso y las de abajo nos dejasen fluir tranquilamente.

En algunas casas de cierto abolengo se colocaban aldabas para llamar a la puerta... aldabas que eran grandes anillones de hierro, o manos de bronce semicerradas, con la bola adosada, que hacían un ruido estruendoso muchos metros a la redonda.

Conocimos trancas de todas las hechuras y tamaños: trancas de hierro basto y pesado... trancas de corralones... trancas de cuchitriles... trancas de alacenas... trancas clavadas con un pequeño clavo que, al caerse, dejaban a la puerta desprovista de la propia tranca.

De monaguillos nos tocó llevar pesados manojos de llaves de hierro atadas con un cordel. Eran llaves que abrían puertas de iglesias, sacristías, campanarios... puertas de coros en las alturas, y hasta puertas de antiguos cementerios adosados a iglesias.

Muchas de las casas tenían dos entradas, “la de alanti y la de atráh”, que permanecían abiertas sin miedo al hurto de indeseables, pues, salvo excepciones, la honradez era moneda corriente, y el afán de enriquecerse con lo ajeno, aún no estaba suficientemente enquistado en la sociedad, a pesar de la pobreza. La puerta principal (o de “alanti”), en algunas casas sólo se abría en ocasiones especiales, siendo la de atrás la que sufría el roce del ajetreo diario. Ambas puertas daban a calles distintas, y a barrios distantes. El contacto más frecuente se tenía con los vecinos de la puerta de atrás; los vecinos eran más vecinos por las puertas de atrás, donde la vida transcurría en confianza, diálogo, poyos compartidos, risas y algarabías cotidianas.

Ahora las únicas trancas que nos van quedando son las de algunos jóvenes en los botellones contemporáneos... aunque antiguamente el vino tabernero, y el de pitarra, también nos dejaron generosas trancas para la historia, pero aquellas melopeas recibían nombres más propios del lugar, como “filuseras” y otros por el estilo.

Luego, ya por los ochenta, empezaron a extenderse los candados y llaveras modernas con abundantes llaves de bolsillo, portadas en aquellos llaveros horteras que te regalaban en todas partes... Escudos y relieves de una España setentera que se afanaba en abrir puertas por doquier, aunque algunas nunca supimos muy bien a dónde daban. Manojos de llaves, en fin, que los padres de familia movían en el bolsillo las tardes aburridas de domingo, paseando con la mujer y el niño de la mano, mientras un romántico olor a jazmín embriagaba el final de la tarde.

Y así fuimos por la vida encontrando más trancas cerradas que abiertas, llamando a puertas que nunca nos abrieron... sabiendo de llaves escondidas en lugares inaccesibles, remotos y profundos. Mientras de niños cantábamos por las calles: “Dónde están las llaves, matarile rile rile...”, de adultos supimos que estaban, como no podía ser de otra manera, en el fondo del mar.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com




sábado, 9 de mayo de 2015

Desde un reino color sepia



Nos observaban desde las paredes de adobe, colgados de cordones aterciopelados sobre rústicos clavos de hierro. Parecían hablarnos desde un universo paralelo de color sepia, desde un eterno presente donde los recuerdos viven inmutables. Sus semblantes estaban más vivos de lo que seguramente pensábamos, y a veces, incluso, nos miraban afligidos, como desde un pobre purgatorio extremeño con goteras en el alma. Eran aquellos rostros antiguos de los retratos, con los que crecimos desde niños, y a los que fuimos incorporando poco a poco, como parte del escenario atávico de nuestras vidas, aunque sabíamos que su reino no era ya de este mundo.

Los retratos despertaban cada mañana insensibles al azote del tiempo, como en aquel brevísimo relato de Augusto Monterroso, que decía: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Algunos estaban retocados a lápiz y difuminados en tono pastel, por vete a saber qué artistas minuciosos de otros tiempos. Podíamos ver viejos retratos de bodas, o el busto, quizá, de algún antepasado que se fue a Argentina para no volver, y seguía posando cada día allí, con su pelo engominado, el gesto egregio, y la mirada perdida hacia el techo de madera de castaño... o tal vez el retrato de los abuelos de un amigo nuestro, que sonreían recién casados, y nos aguardaban siempre a la entrada de la casa, a pesar de que nunca nos preocupamos de preguntar quiénes eran.

No había álbumes. Eso de los álbumes era una cosa moderna que llegó más tarde; hasta el nombre nos sonaba como un poco extranjero... tal vez americano. Nuestras fotos estaban en cajas de pañuelos de cartón amarillento, o en cajas de lata de Cola Cao, con aquella sonriente madre joven, de pelo ondulado, elevando hacia lo alto la bandeja, con la inconfundible estética de las enciclopedias Álvarez de la escuela.

De tarde en tarde aparecía por sorpresa una foto cien veces buscada, que alguien guardó en algún libro de poemas de Gabriel y Galán, en la página de “Mi vaquerillo”, o en alguna antigua y deshojada edición de “El Joven Cristiano”.

A veces, en la misma caja de las fotos había un sobre con postales ya un tanto pasadas, enviadas desde una playa de Alicante, o desde el Pilar de Zaragoza, así como otro sobre portador de recordatorios de difuntos, que nos dejaba un extraño poso de tristeza nada más cerrarlo... u otro sobre, tal vez, con recordatorios de primeras comuniones, y caras de niños angelicales que luego no lo fueron... o invitaciones de boda en el Alfonso VIII de Plasencia... o una bolsa llena de cartas atrasadas que casi siempre empezaban con el mismo encabezamiento: “Queridos hijos y nietos, os escribo la presente...”

Algunos antepasados sólo tenían fotos de la mili, que eran las fotos más recurrentes, o alguna foto de estudio de recién casados, hecha en Béjar o en Plasencia. También eran frecuentes las fotos de familia realizadas en las fiestas del pueblo por alguno de aquellos fotógrafos ambulantes, que colocaban de fondo un enorme paño con columnas y plantas de otras tierras exóticas. Allí el abuelo, con el rostro oscuro y agrietado del tiempo, y la nieta, de blanco deslumbrante, sentada en su rodilla.

Estaban las fotos de comunión con el traje de marinero para el niño, o el traje de novia para la niña, el librillo blanco nacarado y el rosario en la mano... o las fotos sesenteras de bodas y bautizos... o las consabidas fotos de los hermanos en la escuela, con el plumero al lado, el mapa de una España desnutrida a sus espaldas, y las caras inocentes imposibles de hallar en nuestros días.

Corría el año 1988, cuando un jovenzuelo, que ahora prosa estos relatos, con su cámara réflex heredada, se echó a recorrer los campos y las calles de su añorado pueblo, fotografiando gentes, cosas, corrales, andurriales y parajes de lo más variado, en lugar de prodigarse en discotecas de su tiempo, bailando canciones de Boney M. o de Mecano. Las personas mayores preguntaban dónde iban a salir luego las “afotos”: ¿Quizá en algún periódico, o en la televisión...? No concebían, pues, el interés por rescatarlos del olvido, sin más, y devolverlos un día al acervo popular de imágenes y recuerdos. Hice las fotos, en parte por un inopinado gesto juvenil y bohemio, y en parte, también, sabedor de que en pocos años, ni los rincones ni los ancianos de edad provecta, resistirían al paso insobornable del tiempo, como así fue realmente. Por ahí andan dichas fotos, que son casi postales, como parte de un legado de imágenes que tuve a bien rescatar para la eternidad, sin ser consciente en su momento del acierto.

Hace pocos años tuve ocasión, también, de participar activamente en un proyecto de recuperación de imágenes para un libro de mi pueblo natal. Me tocó el arduo trabajo de digitalización y edición de fotos antiguas. Tuve ocasión de entrar en las entrañas de cada imagen, en los detalles más ínfimos e inadvertidos, y descubrir incluso a personajes secundarios que hacían su vida ignorantes de acabar en un futuro siendo pacto de las modernas tecnologías. Así me encontré, por ejemplo, con gallinas a lo lejos, picando hierba, viejinas barriendo la puerta en lontananza, o perros escuálidos que pasaban por allí, como pudieron no haber pasado, sin noticias de su visita a la inmortalidad.

Otra costumbre de aquellas tierras nuestras, era llevar las fotos de la novia, los hijos o la esposa, en las carteras de los hombres, como una especie de amuleto o estampa religiosa, que a fuerza de asientos y estrujamientos acababan altamente deterioradas. Alguna que otra me tocó reparar con paciencia de relojero.

Me encontré con fotos muy recurrentes, como aquellas de los quintos de los sesenta, que eran una secuencia de imágenes repetidas, donde tan sólo se intercambiaban las posiciones de los protagonistas y los objetos: uno con la guitarra, otro con los chorizos, otro con el tamboril, otro con la bota de vino (sin duda la más solicitada). En la siguiente imagen, cambiaban de manos la guitarra, los chorizos, el tamboril... y así sucesivamente. La única variante, en cada foto, era el brillo etílico en los ojos y la progresiva expresión beoda en los rostros, fruto de la bota de vino que se repartía generosa de mano en mano, dejando a aquellos efebos rurales en clara evidencia para la posteridad.

Abundaban también las fotos de procesiones de santos y patrones, o aquellas fotos de la visita de la Virgen de la Peña en los años cincuenta, donde la mayor parte de las jóvenes de la época aparecían portando la imagen, sorprendidas por algún fotógrafo que acudió al evento.

También eran clásicas las fotos de maestras con niñas y maestros con niños, desde principios del siglo XX, incluso. Podíamos ver, también, fotos de niñas en la feria de Ahigal, con vestidos de cuadros hechos por las madres costureras, y bolsos y complementos de cosecha propia. En todas las imágenes podemos apreciar a los críos ágiles y lígrimos, sin rastro de obesidad infantil; obviamente, también, sin comida rápida ni bebidas azucaradas, y por contra, gran actividad física, a veces más de la debida.

Antes del salto al color, hubo una brusca transición del sepia al blanco y negro, y a partir de los sesenta irrumpieron las fotos de las primeras cámaras personales que algunos privilegiados ya portaban: tal vez el cura, el maestro o alguien de un rancio abolengo rural. Estas primeras cámaras se dedicaron a inmortalizar momentos de lo más triviales, momentos que anteriormente nadie se encargaba de plasmar: aquellos equipos de fútbol, con el pantalón arremangado y el pañuelo atado a la cabeza... niños jugando en la plaza... jóvenes bailando en las verbenas... vecinos sentados a la puerta... niñas saltando a la comba, etc. Las niñas, siempre más coquetas, con frecuencia se ofrecían para posar sonrientes en las fotos, mientras los niños, ya ejerciendo su rol de pistoleros rudos y distantes, se mostraban esquivos, y tan sólo aparecen por ahí en algunas fotos de monaguillos y poco más, con un gesto entre tímido, fugitivo y canalla.

Desde la vieja cama de hierro, cada noche, antes de apagar la luz con la llave de pera, teníamos en frente el retrato de un bisabuelo al que no conocimos, y al que podíamos ver el gesto cambiado de una noche para otra, en virtud, tal vez, de nuestro propio estado de ánimo.

La gente antiguamente se hacía fotos de estudio en Plasencia, que suponían un día entero de ida y vuelta en burro, demostrándose, por cierto, que las compañías de viajes “low cost” ya estaban inventadas tiempo atrás, por el módico coste de un poco de alfalfa... por supuesto sin plomo.

Las niñas, los días de lluvia y frío, pedían a las abuelas que les sacaran las fotos del baúl y les contaran cosas sobre aquellos protagonistas del pasado. Eran siempre las mismas historias, pero seguían teniendo el mismo encanto. “Mira prenda, ehta afotu eh de cuandu tu agüelu ehtrenó la pelliza el día de añu nuevu...”, “Ehta otra eh de cuandu fuimuh mayordomuh de San Antoniu...”

En los setenta empezaron a llegar las cámaras compactas, que fueron ya asequibles al común de los mortales, hasta alcanzar su apogeo en los ochenta. Las fotos, claro está, bajaron de calidad: todo el mundo hacía fotos por doquier... fotos desenfocadas, movidas, descentradas, pobres de luz... y con más entusiasmo, en fin, que acierto. De aquella época quedaron todas esas estampas de grupos de amigos, donde todos aparecen con mucho pelo y pocos quilos, frente a las fotos actuales, con muchos quilos y poco pelo... o las fotos femeninas de la misma década, de cuerpos gráciles y esbeltos, que aún se cuelan por las redes sociales provocando confusión entre los visitantes.

Aquellas imágenes antiguas parecían trasladarnos a un pasado que de golpe se hacía presente, y desde aquel pasado-presente, podíamos ver con nitidez nuestro presente-futuro, como en aquel verso melancólico de César Vallejo: “Me moriré en París, con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo.”

Así fuimos pasando la vida fotograma a fotograma, hasta llegar al mundo digitalizado y “digidiotizado” en que vivimos, donde hemos digitalizado también las relaciones humanas, el correo, las cuentas bancarias, los viajes... y hasta quizá los pensamientos.

Al derruir la casa antigua, alguien guardó en la penumbra de una troje, o de un baúl, los retratos de antaño, confinando a aquellos antepasados a una segunda muerte, que es la muerte del olvido. Mientras estuvieron a la luz, tuvieron cierta vida, y hacían cada día su fotosíntesis a la vista de aquellos que pudimos, durante años, compartir nuestras luces y sombras con ellos... saludarlos, y hasta incluso, en alguna medida, quererlos.

Desde las moradas de su reino de color sepia, han vuelto a la vida aquellos rostros, gracias a esta moderna verbena de escaneos y digitalizaciones. A veces, al progreso, en su afán de fagocitarnos sin piedad, se le escapan estos pequeños detalles de ogro bueno. No recuerdo en qué cuento leí hace años, que el demonio tiene tal cantidad de ollas en ebullición, que siempre se deja alguna destapada.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com


domingo, 19 de abril de 2015

Al pardear




Conocimos atardeceres bellos y cargados de una lírica que ahora ya es historia. La luz vaporosa de aquellos ocasos marcaba momentos de un encanto indescriptible. Para referirse a estos atardeceres, los lugareños, de manera menos fina, usaban la expresión de “Al pardear”, que era exactamente lo mismo, pero mucho más acorde a las hablas extremeñas, y a la propia dinámica áspera y vital de la tierra.

Al pardear, podíamos ver regresar a las cabras del cabrial de concejo, y a los rebaños de ovejas levantando grandes polvaredas, como en El Quijote; hombres regresando a casa, montados en burro, con una talega delante del cuerpo..., segadores de vuelta al pueblo con las camisas encartonadas de sudores..., mujeres guardando las gallinas callejeras en el corral, y niños, muchos niños, corriendo y tropezando por todas partes.

Las bombillas de plato de las calles, iban encendiéndose con lentitud de tortuga y una humildad inusitada en las modernas luminarias. Poco a poco, como pidiendo permiso, iban dejando tímidos destellos de su presencia. Las apagaba y las encendía, claro está, el lucero, pues no había programación posible más que la humana. Qué privilegio aquel, cuando las personas aún eran imprescindibles.

Podíamos percibir en las calles el olor a leña de encina, a juego con los atardeceres invernales. Después de la larga jornada, los hombres pasaban en busca de la panilla de vino peleón en la taberna, o quizá trasegaban el vino de pitarra en la discreta intimidad del hogar..., aunque el vino pegaba exactamente igual, pero al menos la lengua se enredaba en casa, y se iban a acostar sin adquirir fama de borrachines, que era fama de difícil enmienda. El alcohol, de esta manera, se hacía soluble en el colchón de lana, quedando disipado al amanecer. El vino de pitarra tenía tal cantidad de grados, que a los niños nos recordaba al olor del pegamento Imedio; se diría que colocaba con tan sólo pasar la nariz por la boca de la botella. A veces, al pardear, nos mandaban los abuelos con la garrafa a por el vino a granel del tabernero. Según aquellos hombres, "casi abstemios”, ellos, ni que decir tiene, no bebían prácticamente nada: apenas una copina de aguardiente por la mañana, una panilla de vino en la comida, un par de chatos taberneros al oscurecer, un “vasino de pitarra” cenando... y un “vininu sueltu” cuando emparejaba a venir algún pariente a casa. Total, nada de nada.

Los niños apurábamos los juegos al límite mismo de la luz solar. Recuerdo una de aquellas tardes interminables, jugando al escondite, en versión espartana, con muchachones mayores blandiendo vardascas de olivo que atizaban las piernas de las víctimas descubiertas. Me escondí detrás de unos haces de tarma (en uno de aquellos rincones extremeños de estética celta) en la trasera de un corral. Al cabo de más de una hora, con la luz de la tarde feneciendo, comprendí que mis perseguidores ya hacía tiempo que habían abandonado su misión de búsqueda y flagelo. Fui saliendo con sigilo, con la desconfianza a flor de piel, tan propia de aquel tiempo, y una vez comprobada mi libertad, me fui tranquilamente caminando hacia casa, observando las estampas propias del atardecer, con viejos partiendo tarmas para la lumbre, y viejinas corcovadas encendiendo el brasero a la puerta. Al regresar a casa, por ciertas calles, no era extraño encontrar algún perro enemigo, que nos tenía fichados, y nos hacía correr despavoridos, llegando a casa justo a tiempo de evitar la bronca por la tardanza.

Dos niñas sentadas en un poyo, ordenaban con esmero las mariquitas recortadas, y les colocaban vestidos de lunares y pelucas rubias con coletas: “Yo creu que le quea mejol el vehtíu azul...” / “Poh a mi me guhta máh el colorau”. La voz de una madre sonaba desde dentro de la puerta: “¡¡La ceeenaaa!!” La otra niña, inocente y timorata, preguntaba: “¿Vah a ehtal mañana aquí pa´ jugal?”; y la voz hacendosa de la madre, rompía nuevamente el encanto, con tono cortante y desabrido: “Mañana tieni cosah que jacel”.

Entre la luz liviana del atardecer, un suspiro de España nos hacía voltear la cara hacia la puerta gris de un corral, y podíamos ver el rostro compungido, casi espectral, de una anciana con pañuelo negro a la cabeza, en el trasfondo oscuro del edificio. Eran rostros desgastados, imprecisos, como llegados de generaciones aún más antiguas que las que pudimos llegar a conocer; rostros que parecían sacados de las Pinturas negras de Goya, o de las mismísimas caras de Bélmez.

Los pastores, recién llegados de las ovejas, conversaban aún por las esquinas, con alforja al hombro y un extremeño en el habla aún más arcaico que el que tú y yo conocimos: “Ya venía yo barruntandu de un tiempu a ehta parti, que al pardeal, lah ovejah...” Eran verdaderamente libres, ajenos a esta caverna de Platón donde vivimos inmersos sin saberlo.

Los niños corríamos en todas las direcciones, y al final de la tarde, ya agotados de juegos y carreras, nos sentábamos en algún poyo de granito, aún caldeado por el sol, donde un hombre, con un zalico de pan en la mano, cortaba con la navaja un gran tomate, de aquellos que aún sabían a tomate, y nos relataba historias de su paso "obligado" por la División Azul, y de cuando caminaron sobre los lagos helados de Stalingrado..., o cuando, en una huida en tromba, una bala le atravesó el cuerpo sin dañar órganos vitales. Mirábamos con cara de asombro, y allí, con la luz mortecina del atardecer, tuvimos las primeras noticias de la insensatez de las guerras, y la estupidez humana en su conjunto.

Los atardeceres estivales eran de tipo juanramoniano, con puestas de sol ensangrentadas y olor a pasto; vacas mugiendo en la distancia, y aviones y golondrinas engullendo mosquitos al vuelo.

Entre la luz híbrida del atardecer y las primeras bombillas, una niña regresaba a casa con la lechera de porcelana en la mano, cantando canciones de Marisol, y los pájaros acudían a los cables juntándose en hilera. Por debajo de ellos, algún hombre de gesto avinagrado, ordeñaba las cabras recién llegadas del cabrial, y un niño, a su lado, intentaba aprender a ordeñar con poco éxito: “No ehpurrincha la teta, papa...”, / Cómu va a ehpurrinchal, si ehtáh engarañáu... y no tienih albeliá pa jacel naaa...”

En los atardeceres de verano, la gente regaba las lanchas de cantería de las puertas, y se sentaba en el poyo a comentar la jornada, entre muchachos intentando derribar murciélagos con las tarmas del corral, y el sol ocultándose tras las tejas rancias y las chimeneas “despostilladas”, recubiertas de humos y pelos de gatos sarnosos.

Luego, por los ochenta, conocimos aquellas puestas de sol veraniegas al final del baño en los pantanos (con fotos que acabaron en recurrentes postales caseras), a la vez que los adolescentes volvían al pueblo en bicicleta, sin luces ni frenos..., con los respectivos ángeles de la guarda pedaleando al lado.

Las mujeres mayores nos contaban que “otrah vecih” (antiguamente) mozas y mozos bailaban toda la tarde con el tamboril, hasta la hora de encenderse las luces, momento en que las jóvenes doncellas aldeanas salían corriendo para casa, cual cenicientas recatadas.

Allá por el siglo XVI escribió San Juan de la Cruz aquello de: “Al atardecer de la vida, te examinarán del amor”. Y ahí, tal vez, en ese pardear final, veremos cuánto hemos dado a cambio de no esperar nada..., cuánto hemos tenido en cuenta el sufrimiento ajeno más que el medraje propio; en qué medida, en fin, hemos estado a bien con esa cosa antigua y pasada de moda que se llama “conciencia”. Ojalá sea cierto que un día conozcamos una justicia rotunda y verdadera, que saque las vergüenzas a esta patraña que nos vendieron por justicia.

Al pardear, iban haciendo sombra las piedras de guijarro sobre una tierra encenagada de atardeceres con fecha de caducidad en las vidas..., vidas que van ineludiblemente pardeando hacia el ocaso último, esperando a que el tiempo, ese impostor implacable, les marque la caída final de la tarde.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com

sábado, 28 de marzo de 2015

Paraíso en la tierra





La primavera llegaba con toda su carga de colores y olores imposibles de expresar; sensaciones que nos marcaron para siempre, infinitamente superiores al mundo virtual que ahora se nos ofrece a cambio de dinero.

La vida de los niños en aquellos pueblos se desarrollaba en total contacto con el medio. Tal vez en primavera era cuando más frecuentábamos las salidas al campo, que teníamos a dos patadas de casa. Allí, en aquel entorno silvestre, vivíamos en perfecta comunión con la naturaleza. Parte de nuestros juegos y enredos transcurrían entre canchos y andurriales próximos al pueblo. Nos echábamos en los verdes forrajales, en un silencio de insectos y olor a margaritas, oyendo el trino de los pájaros, contemplando el vuelo de las mariposas, o viendo las bandadas de aves trazando un arco en el cielo, que acababa transformándose en una uve de victoria. Quedábamos quietos, hipnotizados, sintiéndonos, sin saberlo, burladores del mundo y del espacio-tiempo, hasta que las campanas del pueblo nos devolvían a la realidad..., que ni maldita las ganas de volver a ella.

Jugábamos por los campos al Capitán Trueno, o al Jabato. Todos los niños, lógicamente, queríamos ser el Capitán Trueno, o en todo caso Crispín, pero nunca el gordinflón de Goliath. Lo mismo pasaba con el Jabato, donde nadie quería ser el orondo Taurus ni el flacucho y melindroso poeta griego Fideo. Cuando no había consenso, se pasaba a jugar, por ejemplo, a los mosqueteros, y el problema volvía, una vez más, cuando todos pugnábamos por ser D´Artagnan, aunque alguno se conformaba con Athos o Aramis. La norma, en estos casos, consistía en pedir raudo y veloz el personaje..., claro que el truco consistía en proponer tú mismo el juego, y en décimas de segundo pronunciar el nombre deseado. Con estas cosas pasábamos largas tardes primaverales, con espadas de vardascas de olivo metidas por la presilla de las calzonas cortas. En lo más alto de los canchos se veían nuestras siluetas, entre revoloteo de gorriones y el sol desapareciendo tímidamente tras los collados poblados de encinas.

Cuando ibas al campo con tu abuelo, sin compañero de aventuras, uno de los recursos era jugar a Tarzán, y lanzar el famoso grito, en forma de alarido esperpéntico, que a veces te devolvía el eco de las vaguadas, y otras, simplemente, espantaba a los pájaros de los árboles y zarzales cercanos, o a las ovejas del cortinal más próximo. Tu abuelo acababa llamándote al orden y pidiéndote una cierta calma, que duraba tan poco como el tiempo de regresar tu abuelo nuevamente a sus asuntos.

Los arroyos corrían entre jolgorio de pájaros y cielos aborregados. Desde lo alto de los cerros, podíamos ver a los campesinos en las hondonadas, como pequeños puntos negros sobre un manto policromo, con un fondo de montañas nevadas, a la par que un solitario Renault Cuatro Latas pasaba por alguna estrecha carretera, casi integrada en el paisaje, con las cunetas rebosantes de maleza. En el silencio tan sólo escuchábamos, como una voz antigua, perdida en el vacío, uno de aquellos gritos arrieros que de niños oímos hasta la saciedad: ¡¡Burruuuu aquíííí!!

Los olores primaverales se mezclaban con el olor a cirio de las procesiones, donde se cantaban saetas desde lugares ocultos e insólitos. Me contaron de dos mozos voluntariosos, en los años cuarenta, de escasas dotes para el canto, que se atrevieron con una saeta desde la ventanilla de una troje, desentonando y provocando las risas contenidas al paso de la procesión..., o de un hombre de voz aflautada, escondido en un bidón de obra, que año tras año sorprendía con su estilo tiritón y aflamencado.

Los chavales de ciudad nos llegaban por Semana Santa, perfectamente pulidos, con una piel de porcelana nada habitual en aquellos lares curtidos de soles y cierzos inmisericordes. Por ahí salimos en algunas fotos con ellos, fotos que nos hacían sus padres (portadores de las únicas cámaras de la época), donde aparecemos siempre con gesto tímido y actitud retraída, como niños de una tribu rural subordinada.

Cuando estos chavales nos acompañaban por el pueblo, siempre había alguna mujer mayor que les preguntaba: ¿Poh y tú de quién erih, bonitu?, y una vez enterada del linaje, volvía a la carga, con voz de asombro: “¡Uyyyy, poh si no te conocía... cómu hah enverneciuuuu...!; ya me diju tu agüela que llegabaih ehta tardi...” El chaval se limitaba a asentir con la cabeza y a poner cara de circunstancias, mientras continuaba con nosotros hacia el parque de atracciones primaverales, a correr por ahí, con los demás, entre canchales rodeados de amapolas..., o quizá junto a las ruinas de lagares de aceite abandonados, y cargados de misterio, que dejaban intrigados a los infantes advenedizos.

Y luego llegaba mayo...,“que por mayo era por mayo, cuando hacía la calor...,” cargado ya de flores y ríos de deshielo que ofrecían bondadosos sus aguas..., aguas que luego desembocaban en otros ríos mayores, labrando onduladas esculturas en la piedra, como un Gaudí milenario, de paciencia infinita, que hubiese modelado el granito hacia formas de otros mundos, tal vez formas de mágicas ciudades olvidadas. Aquellos parajes de las obras del agua, recibían nombres locales como “Las Potras” y cosas por el estilo; nombres toscos y adaptados a la recia existencia campesina.

Todo en aquel entorno estaba presto al deleite de los sentidos: mariquitas que revoloteaban desde la palma de las manos; mariposas blancas de la buena suerte; margaritas del sí y el no, que alentaban ilusiones; la flor de la escoba con su olor inconfundible; el olor a hierba recién segada; los caños abundantes de las fuentes; los jarales florecidos, y las grandes extensiones de agua del pantano de Gabriel y Galán, que veíamos como un lago Tiberíades autóctono, con fondo de montañas hurdanas y albercanas... Todo en una paz y un sosiego que no se pagan con dinero. Quizá el paraíso del que hablan algunas profecías, tenga cosas en común con los momentos vividos en aquellas primaveras.

Las niñas se afanaban en recoger amapolas y margaritas para confeccionar los ramos a la Virgen. No faltaba tampoco el jardín de alguna maestra o señora de postín rural, donde se cultivaban claveles y rosas de pasión, dando lugar a ramos para las niñas más allegadas. Y luego allí, en la iglesia, en la tarde de las comuniones, las niñas se mostraban nerviosas, en la antesala de lo que iba a ser su efímera tarde de gloria. Y comenzaba el recital, con gestos histriónicos y lastimeros, que hacían llorar a las mujeres asistentes. En aquellos versos de mayo, siempre se escuchaba el mismo sonsonete, heredado de generación en generación: “nino nino nonino nonino, nino nino nonino noní...”

Por mayo llegaba también El Corpus, con altares de fabricación casera repartidos por los barrios, repletos de ornamentos naturales, con macetas de geranios, tomillo y junco por el suelo, flores en tarros de cristal, colchas bordadas, y alguna imagen del Sagrado Corazón que la gente tenía en sus casas. Las sábanas blancas colgadas de las cuerdas, formaban tabiques casi imaginarios, que daban cierre a un surrealista escenario callejero, de un abigarrado e improvisado plateresco extremeño.

Tan pronto hacía sol como tan pronto aparecían las nubes, salidas de la nada, y se ponía a llover con profusión, o a “chuceal”, dando lugar, en aquellos días, a una de las estampas más habituales de la primavera, que eran los hombres regresando del campo con manojos de espárragos atados con cuerdas. Aún recuerdo a mi abuelo volviendo sonriente de esta guisa.

Los trigales eran objeto de pequeños hurtos infantiles, más por juego y travesura que por hacer verdaderamente daño. La espiga en la mano de los niños era todo un clásico; eran las chuches naturales que daba la tierra, infinitamente más sanas que las de ahora. Comíamos las espigas con cuidado de no “añurgarnos” con ellas, y chupábamos las campanillas dulces que encontrábamos al paso por los caminos. Las inocentes niñas de generaciones pasadas, apenas se atrevían a tocar las espigas. Cuenta mi madre, que siendo niña, ella y una íntima amiga, decidieron, no sin grandes dudas, coger cuatro espigas que se mostraban sugerentes tras las paredes de un camino. Al poco tiempo el remordimiento las hizo ir raudas a confesarse, y habiendo escuchado al cura decir que lo robado sólo se restituye devolviéndolo a su dueño, tuvieron la ocurrencia de cortar cuatro espigas de un trigal propio, y lanzarlas al trigal perjudicado, para calmar sus afligidas conciencias. Semejante acto de nobleza y candidez, sería objeto de mofa en este tiempo, algo inconcebible a día de hoy, donde la mentira y el latrocinio son “activos” imprescindibles para el medraje..., ya puestos a usar la jerga de la tecnocracia.

Los niños setenteros tuvimos el privilegio de jugar y gozar por los campos paradisíacos, algo que apenas disfrutaron aquellos otros niños flacos y desnutridos de posguerra, que fueron nuestros mayores, para los cuales el campo era sinónimo de trabajo. Aquellas sufridas criaturas, sí, que sacaban los cerdos al campo, oxeaban pájaros, comían tajadas de tocino y arreciaban a golpe de Ceregumil.

Ante aquella explosión de vida y naturaleza, de la que apenas éramos conscientes, vivíamos, en cambio, con total sencillez, sabedores de nuestras limitaciones, que no eran tan distintas a las de ahora. Estábamos aún muy lejos de alcanzar este mundo de vanidades y petulancias, que nos otorga un protagonismo bastardo (sublimación del ego), para luego rebajarnos a la mínima expresión humana.

Fueron abriles y mayos que vimos desde la mirada asombrada del niño que fuimos, rodeados de vida a borbotones, en un tiempo mágico de trigales y amapolas, de campos tornasolados y flores a porfía. Paisajes y verdores de un regalo caído del cielo, que nos brindó un trozo de paraíso en la tierra, y una impronta en el alma que llevaremos de por vida. Mientras tanto, seguimos esperando, como aquel olmo herido por el rayo, otro milagro de la primavera.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com