sábado, 9 de mayo de 2015

Desde un reino color sepia



Nos observaban desde las paredes de adobe, colgados de cordones aterciopelados sobre rústicos clavos de hierro. Parecían hablarnos desde un universo paralelo de color sepia, desde un eterno presente donde los recuerdos viven inmutables. Sus semblantes estaban más vivos de lo que seguramente pensábamos, y a veces, incluso, nos miraban afligidos, como desde un pobre purgatorio extremeño con goteras en el alma. Eran aquellos rostros antiguos de los retratos, con los que crecimos desde niños, y a los que fuimos incorporando poco a poco, como parte del escenario atávico de nuestras vidas, aunque sabíamos que su reino no era ya de este mundo.

Los retratos despertaban cada mañana insensibles al azote del tiempo, como en aquel brevísimo relato de Augusto Monterroso, que decía: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Algunos estaban retocados a lápiz y difuminados en tono pastel, por vete a saber qué artistas minuciosos de otros tiempos. Podíamos ver viejos retratos de bodas, o el busto, quizá, de algún antepasado que se fue a Argentina para no volver, y seguía posando cada día allí, con su pelo engominado, el gesto egregio, y la mirada perdida hacia el techo de madera de castaño... o tal vez el retrato de los abuelos de un amigo nuestro, que sonreían recién casados, y nos aguardaban siempre a la entrada de la casa, a pesar de que nunca nos preocupamos de preguntar quiénes eran.

No había álbumes. Eso de los álbumes era una cosa moderna que llegó más tarde; hasta el nombre nos sonaba como un poco extranjero... tal vez americano. Nuestras fotos estaban en cajas de pañuelos de cartón amarillento, o en cajas de lata de Cola Cao, con aquella sonriente madre joven, de pelo ondulado, elevando hacia lo alto la bandeja, con la inconfundible estética de las enciclopedias Álvarez de la escuela.

De tarde en tarde aparecía por sorpresa una foto cien veces buscada, que alguien guardó en algún libro de poemas de Gabriel y Galán, en la página de “Mi vaquerillo”, o en alguna antigua y deshojada edición de “El Joven Cristiano”.

A veces, en la misma caja de las fotos había un sobre con postales ya un tanto pasadas, enviadas desde una playa de Alicante, o desde el Pilar de Zaragoza, así como otro sobre portador de recordatorios de difuntos, que nos dejaba un extraño poso de tristeza nada más cerrarlo... u otro sobre, tal vez, con recordatorios de primeras comuniones, y caras de niños angelicales que luego no lo fueron... o invitaciones de boda en el Alfonso VIII de Plasencia... o una bolsa llena de cartas atrasadas que casi siempre empezaban con el mismo encabezamiento: “Queridos hijos y nietos, os escribo la presente...”

Algunos antepasados sólo tenían fotos de la mili, que eran las fotos más recurrentes, o alguna foto de estudio de recién casados, hecha en Béjar o en Plasencia. También eran frecuentes las fotos de familia realizadas en las fiestas del pueblo por alguno de aquellos fotógrafos ambulantes, que colocaban de fondo un enorme paño con columnas y plantas de otras tierras exóticas. Allí el abuelo, con el rostro oscuro y agrietado del tiempo, y la nieta, de blanco deslumbrante, sentada en su rodilla.

Estaban las fotos de comunión con el traje de marinero para el niño, o el traje de novia para la niña, el librillo blanco nacarado y el rosario en la mano... o las fotos sesenteras de bodas y bautizos... o las consabidas fotos de los hermanos en la escuela, con el plumero al lado, el mapa de una España desnutrida a sus espaldas, y las caras inocentes imposibles de hallar en nuestros días.

Corría el año 1988, cuando un jovenzuelo, que ahora prosa estos relatos, con su cámara réflex heredada, se echó a recorrer los campos y las calles de su añorado pueblo, fotografiando gentes, cosas, corrales, andurriales y parajes de lo más variado, en lugar de prodigarse en discotecas de su tiempo, bailando canciones de Boney M. o de Mecano. Las personas mayores preguntaban dónde iban a salir luego las “afotos”: ¿Quizá en algún periódico, o en la televisión...? No concebían, pues, el interés por rescatarlos del olvido, sin más, y devolverlos un día al acervo popular de imágenes y recuerdos. Hice las fotos, en parte por un inopinado gesto juvenil y bohemio, y en parte, también, sabedor de que en pocos años, ni los rincones ni los ancianos de edad provecta, resistirían al paso insobornable del tiempo, como así fue realmente. Por ahí andan dichas fotos, que son casi postales, como parte de un legado de imágenes que tuve a bien rescatar para la eternidad, sin ser consciente en su momento del acierto.

Hace pocos años tuve ocasión, también, de participar activamente en un proyecto de recuperación de imágenes para un libro de mi pueblo natal. Me tocó el arduo trabajo de digitalización y edición de fotos antiguas. Tuve ocasión de entrar en las entrañas de cada imagen, en los detalles más ínfimos e inadvertidos, y descubrir incluso a personajes secundarios que hacían su vida ignorantes de acabar en un futuro siendo pacto de las modernas tecnologías. Así me encontré, por ejemplo, con gallinas a lo lejos, picando hierba, viejinas barriendo la puerta en lontananza, o perros escuálidos que pasaban por allí, como pudieron no haber pasado, sin noticias de su visita a la inmortalidad.

Otra costumbre de aquellas tierras nuestras, era llevar las fotos de la novia, los hijos o la esposa, en las carteras de los hombres, como una especie de amuleto o estampa religiosa, que a fuerza de asientos y estrujamientos acababan altamente deterioradas. Alguna que otra me tocó reparar con paciencia de relojero.

Me encontré con fotos muy recurrentes, como aquellas de los quintos de los sesenta, que eran una secuencia de imágenes repetidas, donde tan sólo se intercambiaban las posiciones de los protagonistas y los objetos: uno con la guitarra, otro con los chorizos, otro con el tamboril, otro con la bota de vino (sin duda la más solicitada). En la siguiente imagen, cambiaban de manos la guitarra, los chorizos, el tamboril... y así sucesivamente. La única variante, en cada foto, era el brillo etílico en los ojos y la progresiva expresión beoda en los rostros, fruto de la bota de vino que se repartía generosa de mano en mano, dejando a aquellos efebos rurales en clara evidencia para la posteridad.

Abundaban también las fotos de procesiones de santos y patrones, o aquellas fotos de la visita de la Virgen de la Peña en los años cincuenta, donde la mayor parte de las jóvenes de la época aparecían portando la imagen, sorprendidas por algún fotógrafo que acudió al evento.

También eran clásicas las fotos de maestras con niñas y maestros con niños, desde principios del siglo XX, incluso. Podíamos ver, también, fotos de niñas en la feria de Ahigal, con vestidos de cuadros hechos por las madres costureras, y bolsos y complementos de cosecha propia. En todas las imágenes podemos apreciar a los críos ágiles y lígrimos, sin rastro de obesidad infantil; obviamente, también, sin comida rápida ni bebidas azucaradas, y por contra, gran actividad física, a veces más de la debida.

Antes del salto al color, hubo una brusca transición del sepia al blanco y negro, y a partir de los sesenta irrumpieron las fotos de las primeras cámaras personales que algunos privilegiados ya portaban: tal vez el cura, el maestro o alguien de un rancio abolengo rural. Estas primeras cámaras se dedicaron a inmortalizar momentos de lo más triviales, momentos que anteriormente nadie se encargaba de plasmar: aquellos equipos de fútbol, con el pantalón arremangado y el pañuelo atado a la cabeza... niños jugando en la plaza... jóvenes bailando en las verbenas... vecinos sentados a la puerta... niñas saltando a la comba, etc. Las niñas, siempre más coquetas, con frecuencia se ofrecían para posar sonrientes en las fotos, mientras los niños, ya ejerciendo su rol de pistoleros rudos y distantes, se mostraban esquivos, y tan sólo aparecen por ahí en algunas fotos de monaguillos y poco más, con un gesto entre tímido, fugitivo y canalla.

Desde la vieja cama de hierro, cada noche, antes de apagar la luz con la llave de pera, teníamos en frente el retrato de un bisabuelo al que no conocimos, y al que podíamos ver el gesto cambiado de una noche para otra, en virtud, tal vez, de nuestro propio estado de ánimo.

La gente antiguamente se hacía fotos de estudio en Plasencia, que suponían un día entero de ida y vuelta en burro, demostrándose, por cierto, que las compañías de viajes “low cost” ya estaban inventadas tiempo atrás, por el módico coste de un poco de alfalfa... por supuesto sin plomo.

Las niñas, los días de lluvia y frío, pedían a las abuelas que les sacaran las fotos del baúl y les contaran cosas sobre aquellos protagonistas del pasado. Eran siempre las mismas historias, pero seguían teniendo el mismo encanto. “Mira prenda, ehta afotu eh de cuandu tu agüelu ehtrenó la pelliza el día de añu nuevu...”, “Ehta otra eh de cuandu fuimuh mayordomuh de San Antoniu...”

En los setenta empezaron a llegar las cámaras compactas, que fueron ya asequibles al común de los mortales, hasta alcanzar su apogeo en los ochenta. Las fotos, claro está, bajaron de calidad: todo el mundo hacía fotos por doquier... fotos desenfocadas, movidas, descentradas, pobres de luz... y con más entusiasmo, en fin, que acierto. De aquella época quedaron todas esas estampas de grupos de amigos, donde todos aparecen con mucho pelo y pocos quilos, frente a las fotos actuales, con muchos quilos y poco pelo... o las fotos femeninas de la misma década, de cuerpos gráciles y esbeltos, que aún se cuelan por las redes sociales provocando confusión entre los visitantes.

Aquellas imágenes antiguas parecían trasladarnos a un pasado que de golpe se hacía presente, y desde aquel pasado-presente, podíamos ver con nitidez nuestro presente-futuro, como en aquel verso melancólico de César Vallejo: “Me moriré en París, con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo.”

Así fuimos pasando la vida fotograma a fotograma, hasta llegar al mundo digitalizado y “digidiotizado” en que vivimos, donde hemos digitalizado también las relaciones humanas, el correo, las cuentas bancarias, los viajes... y hasta quizá los pensamientos.

Al derruir la casa antigua, alguien guardó en la penumbra de una troje, o de un baúl, los retratos de antaño, confinando a aquellos antepasados a una segunda muerte, que es la muerte del olvido. Mientras estuvieron a la luz, tuvieron cierta vida, y hacían cada día su fotosíntesis a la vista de aquellos que pudimos, durante años, compartir nuestras luces y sombras con ellos... saludarlos, y hasta incluso, en alguna medida, quererlos.

Desde las moradas de su reino de color sepia, han vuelto a la vida aquellos rostros, gracias a esta moderna verbena de escaneos y digitalizaciones. A veces, al progreso, en su afán de fagocitarnos sin piedad, se le escapan estos pequeños detalles de ogro bueno. No recuerdo en qué cuento leí hace años, que el demonio tiene tal cantidad de ollas en ebullición, que siempre se deja alguna destapada.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com