sábado, 14 de noviembre de 2015

De camilla y brasero



Caía la tarde de enero, y una mujer, a la puerta, encendía el brasero de picón... ese oro negro de los pobres, un oro basto y sucio que se prendía y se avivaba con un trozo de cartón, mientras pasaba la vecina de vuelta a casa: “Hay que vel, qué fríu jaci... se quean loh deuh engarañáuh.”

Volvíamos a casa los niños, con el aire gélido del invierno y el viento traqueteando los platos de aquellas viejas bombillas que tanto se han citado por aquí... y nos sentábamos allí, al calor del brasero, y al calor humano, que nunca ha sido superado en grados por los modernos sistemas de calefacción y confort de nuestros días.

La expresión peyorativa de “dar la brasa”, aquí cobraba un sentido más amable. Dar la brasa era como dar la vida, pues la brasa no era otra cosa sino una fiel amiga, pequeña y benefactora, que habitaba en el borrajo de una lumbre, o bajo las faldas de una modesta camilla. Se daba la brasa como el que da lo mejor que tiene, como el que ofrece abrigo y calor al más necesitado.

Removíamos el brasero con la “badila”, que era una vieja barra de hierro terminada en una paleta... o hasta incluso se removía con la propia alambrera del brasero. A veces, cuando el brasero ya estaba “moquicaíu” (medio apagado), se trasvasaban unas brasas del borrajo de la lumbre al brasero... ¡y cómo se agradecía nuevamente aquel calor intenso!, como un soplo de vida nueva que provocaba una sonrisa contagiosa, y comentarios del estilo: “¡¡Cómu se agraeci el calorcinu ahora, ¿eh?!!”

El gato friolero y zalamero, se subía a las piernas, manchándonos de ceniza el pantalón, o se quedaba dormido encima de la caja del brasero, oculto entre las faldas, y le dabas sin querer con el pie, con la sensación de tocar un muñeco de peluche, con pelo de tiña.

La prolongada exposición al brasero dejaba en las piernas una especie de tatuajes rurales, llamados “cabrillas”, que nada tenían que ver con las Pléyades en lo alto del firmamento, sino más bien con unas irregulares telas metálicas marcadas en la piel, que no se quitaban a veces hasta entrado el mes de junio.

Me cuentan que antiguamente, en la escuela, el maestro, o la maestra, tenían braseros bajo sus pies, pero los niños se quedaban “arrecíuh” (ateridos) en el pupitre, metiendo la pluma en el tintero con manos tiritonas, aunque alguna compasiva maestra dejaba a las niñas acercarse al brasero y calentarse las manos en medio de un cómico concierto de rechinar de dientes.

Los piconeros preparaban el picón de tarmas, o incluso de jaras; este último de menos calidad, pero más asequible a las diminutas economías. Podíamos ver aquellos montones de picón humeantes entre la propia niebla de la mañana.

Desde niño tuve noticias de una curiosa escena de camilla en casa de mis abuelos maternos. Allá, por los años cuarenta, mi abuelo compró una radio de aquellas de madera oscura y tela de saco, con un amplio repertorio de silbidos y fugaces emisoras francesas colándose como psicofonías del Palacio de Linares... Después de cenar, mi abuelo dejaba entrar a todos los radioyentes del pueblo que quisieran acercarse al novedoso acontecimiento. La escena era la siguiente: mis abuelos, mi madre y mi tío, aún muy niños, sentados a la camilla, escuchando la radio colocada encima de la propia mesa, y la gente que iba llegando, sentada al lado, en banquetas de un antiguo salón de baile. Escuchaban con suma atención los consejos de Elena Francis, o las canciones del Niño Marchena en Radio Andorra, que hacían emocionarse a los asistentes de lágrima fácil. Todo ello, bajo la luz ocre y casi crepuscular de una pobre bombilla colgada de un cuarterón de castaño. Luego, por las calles oscuras e invernales, la gente regresaba a sus casas con la sonrisa de quien necesita muy poco, o casi nada, para ser feliz.

El ahora tan temible monóxido de carbono, era un burdo aprendiz de villano, fácilmente reducido a la nada por las grietas y “talleras” que abundaban por todas partes; a través de ellas el aire nos fusilaba sobre un paredón ahumado y frío... y además por la espalda, como un traicionero sicario enviado desde la helada Siberia hasta la recia Extremadura.

Nos sentábamos en casa de los abuelos a la camilla, al rescoldo del brasero, con un café portugués de puchero y unas perrunillas en un plato de duralex, o tal vez unas magdalenas cuadradas, de aquellas que se hacían en la tahona y se comían “amolledidas” en el café. Las abuelas te contaban chascarrillos; casi siempre eran los mismos, pero cada vez cobraban una nueva naturaleza... La abuela, antes de terminar el cuento, se quedaba traspuesta en el silencio de la tarde lluviosa, y después de media hora, despertaba súbitamente y decía: “Uyyyy, prenda, yo creu que me he queau algu amorrongá”. Luego te relataba, por ejemplo, que “otrah vecih” (antiguamente), desde la ventana, se veía pasar por las calles a gente bullanguera corriéndole los campanillos a un hombre casquivano que se “desapartó” de la mujer. Mientras la abuela hacía ganchillo sobre la camilla, mirábamos pasar a mozos y mozas con zarrios carnavalescos y toda clase de ropajes y “andarríuh”, haciendo gala de una suerte de dadaísmo autóctono... un surrealismo propio que a veces se abría puertas en cualquier sitio, improvisando una alegría necesaria... la ración de alegría imprescindible que nos sacaba del pozo del desánimo y nos devolvía, sin ansiolíticos, a la claridad del día.

A veces las cosas venían mal dadas por “las calles de la burla”, y te acusaban de “cicateru” en el juego de pídola, o te enemistabas “para siempre” con alguno de tus mejores amigos, por el interminable plazo de un día... Tocaba entonces “meter la guitarra en el costal”, marcharse a casa, y sentarse allí, taciturno, al calor del brasero en la camilla, con los codos en el hule y las manos en las mejillas, haciendo las primeras reflexiones sobre la torpeza humana... la de los otros, y a veces, inevitablemente, la propia.

Cuando se iba la luz, bajo el azote de lluvias y tormentas, se colocaba una vela en la camilla; el abuelo, mientras tanto, se quedaba extasiado, con la mirada perdida, pensando en media cuartilla de trigo arriba o abajo... o en una linde imposible... o en un trato que nunca llegó a consumar.

La camilla, en su versatilidad, podía servir para el “conviti” del mayordomo, o la comunión de la nietina... o el raquítico cumpleaños del padre, que recibía a los vecinos con cuatro mantecaos y una copina de anís La Castellana, de una botella que llevaba varias décadas en la misma alacena, detrás de un almirez de cobre que apenas se usó.

Según me contaron, hace muchos años, las camillas con faldas eran propias de las casas bien, y en las casas más corrientes la gente se sentaba tan sólo a la lumbre, o en todo caso las mujeres cosían alrededor de un simple brasero, sin camilla, con los pies puestos sobre las tablas, hablando de lo divino y de lo humano. Por tanto, la imagen tan sencilla y candorosa que conocemos de la gente sentada a la camilla, en su día fue una estampa más propia de casas de una cierta distinción: la casa del cura, de la maestra, del boticario, del alcalde...

Las camillas vestían faldas de paño con numerosas quemaduras, y lucían hules con el mapa de España, que los más cursis llamarían “mapa preconstitucional,” con aquella Castilla la Vieja, verdaderamente vieja... y en lo más alto, la ciudad de Santander, como puerto de Castilla. A menudo el hule estaba desgastado y podíamos apreciar una España descolorida y agostada, como metáfora de lo que ha sido siempre la historia cainita y convulsa de este país nuestro, lleno de motines y pronunciamientos, y sembrado de eternos reinos de taifas con ambiciones desmedidas. Algún cigarro descuidado sobre el hule, dejó para siempre un punto negro en un lugar indefinido de la provincia de Soria, tal vez la Numancia donde los arévacos sucumbieron estoicamente bajo la brasa del cigarro gigante de Escipión. El hule tenía manchas de café, migas de pan y azúcar esparcida que las moscas bajaban a degustar como golosas mensajeras de un reino menesteroso.

Luego vinieron los braseros eléctricos, más funcionales, engordando a las grandes eléctricas, que ya empezaban a dar buena cuenta de los bolsillos de la pobre gente.

Aún encontramos camillas y braseros, como habréis podido constatar, pero aquellas escenas de camilla que conocimos tenían un duende ya extinguido... un halo, no sé... de afecto y cercanía, sin televisión, cachivaches tecnológicos, ni demás bodrios alienantes con los que hemos ido aceptando a la fuerza los automatismos del mundo actual. Todo ello nos lleva a pensar, con Manrique, “cómo a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor...”

El viento soplaba recio ya entrada la noche, y una lluvia de invierno azotaba el techo de teja vana. Dentro de la casa, dos ancianos posaban estáticos, frente a frente, en la camilla; el hombre repasando una y mil veces el mismo libro desvencijado de Gabriel y Galán... quizá leyéndole en voz alta a la anciana el poema de “El Crihtu Benditu”, para emocionarse siempre al punto aquel de: “Ni me jizu marquéh, ni menihtru, ni alcaldi siquiera...” Y así, en su sencillez perfectamente asumida, se iban apagando, lentamente, a la noche y a la vida, como la brasa amorosa del brasero.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS