sábado, 17 de septiembre de 2016

Madrugadas


Entre gallos y media noche pasaba de puntillas la madrugada, alternando silencios absolutos con ronquidos descompasados. Tan sólo la siesta se ofrecía como una fugaz y luminosa franquicia de la madrugada, pero era en esta última donde el tiempo parecía dar una tregua suficiente, capaz de mitigar los excesos del día. La madrugada nos cubría con su manto negro y estrellado; era, sin duda, una aliada perfecta e infalible..., una madre amorosa, reparadora de fatigas y “descalientos”..., de “aginos” y cuitas campesinas.

Eran noches de colchones de lana, carraspera senil y tos perruna...; madrugadas de orinal de porcelana, alfombras de corcha sobre suelos helados de cantería, y meadas a golpe intermitente de próstata, con ventosidad incontrolada, que irrumpía como un trueno repentino, salido del interior de un pijama de patera larga. Después, un largo bostezo y rechinar de dientes ante el frío, reintegraban nuevamente al viejo lugareño en su lecho antiguo, que era como una madriguera frente a todas las hostilidades del día.

Al levantarse, los habitantes de aquellas guaridas de adobe, descubrían, no con mucha sorpresa, que habían sido pasto de pulgas, chinches, mosquitos, violeros y toda una fauna nocturna y sutil de bebedores empedernidos, que a menudo daban buena cuenta de la sangre labriega, que, generosa, se entregaba a otras formas de vida. Y así amanecían marcados de "borrunchus" (ronchas) en la piel, y compulsivas “picañas” mañaneras durante el corto desayuno de "plingá" de aceite y café de puchero... Era el precio que se pagaba por un descanso necesario, que, claro está, no podía resultar gratis. “La madri que loh parió... me han acribillau de arriba abaju”.

En algunas casas, las pequeñas “lamparillas de mariposa” lucían toda la noche, en honor de los difuntos de la familia, a veces junto a imágenes de santos, en sus hornacinas, que se transportaban cada veinticuatro horas de casa en casa (aún se sigue haciendo).

Nos relataban los abuelos que en otros tiempos los lobos se acercaban a los pueblos de madrugada, en busca de desperdicios matanceros, aprovechando las tenebrosas noches y el silencio de aquellas aldeas. Tan sólo los perros alertaban de su presencia a través de temerosos ladridos. El lobo aparecía en la tradición oral como uno de los dueños de la noche, un siniestro personaje de mirada profunda.

La madrugada de la noche de San Juan, nos llenaba a los niños de inquietud, con historias de brujas y aquelarres en los valles cercanos, que nos relataban algunas ancianas con gesto también de brujillas y alcahuetas. Los más chicos teníamos la convicción absoluta de que esa noche las brujas pululaban por las calles a sus anchas, arrastrando faldones, con pelos encrespados, y que en las casas protegidas no osaban entrar. A pesar de todo, el ruido de las maderas del piso de arriba, en sus contracciones y dilataciones, nos provocaba un intenso terror nocturno, advirtiéndonos de la presencia de duendes inquietos, con algún sobresalto inesperado a veces, que fácilmente podía ser cualquier gato de la casa tirando un puchero de barro en la troje.

El incansable reloj del campanario, y el rebuzno de algún burro del vecindario, de tarde en tarde alteraban la paz de la madrugada, dejando paso, nuevamente, al silencio sideral que todo lo cubría.

Nada había más misterioso que una noche cerrada de invierno en uno de aquellos pueblecillos nuestros: la lluvia machacona sobre las tejas..., las goteras incesantes en los barreños..., el viento silbando melodías inacabadas..., y azotando canalones de lata..., o planchas de hojalata desprendidas de portones de “tinaos” y corrales... Era un mundo de hojalata, una sinfonía de hojalata pobre y nocturna.

Las lechuzas sobrevolaban majestuosas los tejados, como un rayo blanquecino sobre la oscuridad, y tal vez entraban en las iglesias a beber de algún velón de aceite, tal y como recitábamos en los versos escolares, donde un tal San Cristobalón se apresuraba siempre a espantarlas.

Las mujeres, al punto de acostarse, rezaban la oración de San Antonio para recuperar la cabra perdida, la oveja perdida, el anillo perdido..., la esperanza perdida: “El mar sosiega su ira, / redímense encarcelados. / Miembros y bienes perdidos / recobran mozos y ancianos...”

Las madrugadas de nuestros ancestros supimos que transcurrían sin luces en las calles, no más allá de algún farol de aceite en noches cerradas, llevado por un hombre en sus nocturnos quehaceres, o la generosa luna llena iluminando las frescas madrugadas otoñales..., o tal vez las luciérnagas poniendo su encanto lumínico en medio de la oscuridad. Por unas horas el mundo quedaba libre de la actividad humana. En su libro de poemas "Mundo a solas", especulaba Aleixandre con un mundo anterior a la aparición del hombre en la tierra, y la esperanzadora fantasía de que nunca apareciese: "Humano, nunca nazcas", pedía sin éxito. No obstante, en aquellas noches, nos envolvía un silencio antiguo y primigenio, que, por momentos, ponía en duda la propia existencia humana, donde lo más humano que portaba la madrugada, eran las estatuas de bronce de las plazas, o las huellas de pisadas en las calles de tierra.

Me cuentan que, allá por la posguerra, en el pueblo había un pequeño transformador de luz (de escasa capacidad) junto al río, de tal manera que no estaban permitídas más de dos bombillas de cuarenta vatios por hogar, a riesgo de cortarte la luz por el plazo de un mes, en caso de excederte. Así le aconteció a mis abuelos en cierta ocasión, condenados a estar un mes a base de candil de aceite y trompicones en las baldosas levantadas, por osar encender tres bombillas... Algunos, de manera ingeniosa, colgaban la misma bombilla en sitios diversos a través de un largo cable, con distintos ganchos en vigas, marcos de puertas o cuarterones de corrales, y así multiplicaban la miseria haciéndola parecer menos miseria.

Las calurosas madrugadas veraniegas nos invitaban a abrir todos los agujeros posibles de nuestros edificios rurales; puertas y ventanas dejaban pasar el aire, cuando al aire burlón le daba la gana pasar, pues no siempre el aire se dignaba en ello. Los que sí pasaban sin permiso eran los saltarrostros, que, como inesperados justicieros, eliminaban a los insectos que nos vampirizaban. En las noches más tórridas, la gente dormía con la puerta principal abierta, en ocasiones encima de una manta vieja, con la cabeza junto al umbral de la entrada, y los sueños, de esta forma, quedaban al borde de las calles de rollos..., aquellas calles de tierra y rollos, que hacían más llevadero el verano, frente al cemento achicharrante de nuestros días.

Cuántas veces oímos de niños aquello de: "Entre las doce y la una, corre la mala fortuna..."; y así nos afanábamos en quedar dormidos antes de la hora indicada. Claro que después venía "la hora bruja", sobre las tres de la madrugada, opuesta a la hora nona de la tarde. En esa terrorífica hora, afortunadamente, éramos ya clientes de Morfeo.., y el ángel de la guarda había escuchado sobradamente nuestros ruegos desde algún cuadro torcido, que, frente a nosotros, colgaba de una vieja pared encalada.

Podíamos imaginar a los pastores de otro tiempo en chozas y majadas, mirando el firmamento poco antes de acostarse, entre coros de grillos, ladridos de mastines y el canto del cárabo desde lejanas encinas.

Por unas horas se paraba el mundo, igualando riquezas y pobrezas. Cuánta de aquella humilde gente esperaba que la madrugada les diese unas horas de cortesía, que la madrugada fuese, incluso, interminable; pero la madrugada, como un Pedro Simón temeroso, siempre los negaba antes de cantar el gallo, y los entregaba, cabizbajos, al implacable sanedrín del día, que despuntaba con una luz voraz y decidida, con todos los quehaceres y tormentos por delante.

Hemos prostituidos la mística de la madrugada, robándole el componente trascendental que siempre tuvo, en favor de alocadas noches frívolas y etílicas, zascandileando la oscuridad de un mundo vacío y consumista.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com