sábado, 9 de abril de 2016

El pueblo de al lado


Desde lo alto de un monte, podíamos contemplar pequeños pueblos, casi medievales, con sus tejados, sus chimeneas humeantes y sus verdores periféricos, como sacados de los cuentos que nos contaron a la lumbre. Eran pueblos próximos, pueblos de al lado los unos de los otros, pueblos que compartieron los mismos claroscuros y las mismas inquietudes..., que compartieron, también, los mismos azotes de la historia, las mismas hambrunas y la misma cosmovisión provinciana del mundo. Pueblos, en fin, que vivieron condenados a una estrecha relación de amor y odio.

El pueblo de al lado tenía, básicamente, las mismas calles que el nuestro, los mismos soportales, las mismas caras curtidas a las puertas de las casas; los mismos niños con las mismas piernas flacas, llenas de cascarrias y mataduras; los mismos tábanos acosándonos en verano, y seguramente los mismos corrales con el mismo número de pulgas. En el pueblo de al lado veíamos nuestros defectos, pues nos resultaba más cómodo verlos en el pueblo de al lado que reconocerlos en nosotros mismos, como suele ocurrir en todo orden de cosas cuando entra en juego la torpe condición humana. Lo que realmente veíamos en el pueblo de al lado, sí, era lo que menos nos gustaba de nosotros, pues, en el fondo, éramos clones de lo más básico, réplicas de aquello que nace de la escasez y deviene en temores y prejuicios. Así pues, “cagajón” arriba o garrapata abajo, compartíamos también las mismas cuitas y las mismas alegrías.

El primer contacto de un niño de aquellas aldeas con el mundo exterior, podía ser, tal vez, la entrada con el abuelo, a lomos de un burro, en alguno de aquellos pueblos cercanos. En la entrada siempre había algún anciano sentado al sol, viendo la vida pasar, o alguna persona deficiente, que nos miraba fijamente con sonrisa ingenua, y nuestra reacción era siempre temerosa, con esos miedos irracionales e infantiles hacia todo lo desconocido.

A la entrada de los pueblos era frecuente encontrar una cruz de piedra, humilladero de antiguos caminantes, y alguna pequeña ermita con nombres de santos o santas habituales luego en los nombres de los vecinos. A los pueblos de al lado se podía llegar igualmente por caminos silvestres, que daban entrada al casco urbano a través de andurriales y accesos secundarios, llenos de burros, cabras, gallinas y demás fauna local..., haciéndonos comprender, aún más si cabe, la similitud con todo lo propio, que era también de naturaleza menesterosa.

En el pueblo de al lado había un acento ligeramente distinto al nuestro, que incluso nos hacía cierta gracia y enriquecía aún más ese gran acervo lingüístico propio de aquellas comarcas. Lo del Castúo (que nadie se me enfade), no existió nunca como lengua o dialecto extremeño; fue un invento nacido al calor de la fiebre identitaria de los ochenta, con bellotas en pegatinas de coches (o en llaveros de bar de carretera), y otras muestras del extremeñismo exacerbado que nos fascinó repentinamente. Lo que por allí se hablaba (y en menor medida se sigue hablando) era “el extremeño”, sin más; ese dialecto nuestro, o tal vez lengua (en opinión de algunos expertos) con diferencias en las “hablas” según la ubicación geográfica, “hablas” condimentadas con localismos propios de cada aldea; todo ello sobre la base imponente del castellano antiguo. Cuando de adolescente cayeron en mis manos versos de Góngora, Quevedo, Arcipreste de Hita..., o libros como La Celestina o El Lazarillo de Tormes, pude descubrir el origen de aquella forma nuestra de hablar, y comprender, gratamente, que no estábamos tan alejados de la cultura como lo estamos ahora. Nadábamos en la abundancia de un léxico generoso, ya fagocitado por un lenguaje pobre y superficial, abigarrado de anglicismos, neologismos y complejos de toda índole, mientras nos suministran por los medios la alfalfa necesaria para implantar la cultura de la incultura, que acaba siempre elevada en los altares de la mediocridad.

Las rivalidades juveniles entre pueblos vecinos, solían reducirse a lo más primario: estaba mal visto zurrarse la badana entre los mozos del propio pueblo, pero había una cierta aquiescencia entre el personal masculino, si el enfrentamiento era con forasteros (siempre los malvados forasteros). Eran disputas todavía propias de tribus prerromanas, cuando la desconfianza a invasiones por aquí o por allá estaba a flor de piel.

Las muchachas de los años 40 y 50 de los pueblos cercanos, en cambio, me cuentan que algunas eran amigas entre sí, y se juntaban en las zonas limítrofes para charlar entre ellas de sus cosas de entonces, sentadas sobre piedras de granito, en tardes primaverales de domingo, viacrucis, flores y mariposas blancas revoloteando alrededor.

Nuestros antepasados se trataron con vecinos de los pueblos cercanos mucho más que nosotros, que tuvimos una relación menor y un tanto hostil. Los tratos en las ferias de ganado, o el intercambio de productos de la tierra mutuamente demandados, abrían las puertas al contacto social, con una relación bastante jovial, convirtiéndose en una especie de fenicios con alforjas y banastas de castaño.

Todo un clásico eran (y aún siguen siendo) las pintadas en las señales de carretera, contenedoras de topónimos cercanos, siempre con letras tachadas aquí o allá, buscando el chiste facilón y grotesco hacia el pueblo vecino. De la misma naturaleza conflictiva eran las líneas divisorias entre municipios, que podían ser ríos, arroyos, paredes de granito, una piedra de gran tamaño o una cruz de madera colocada junto a un camino. Eran lugar de encuentro para las pueriles disputas fronterizas. Allí, los chavales, forzadamente envalentonados, nos llamábamos de "nombri" (nos insultábamos), “jaciéndunuh muécah” (gestos faciales de burla). Frente a frente, las hordas muchachiles llamadas a la contienda peliculera, se citaban en las fronteras, y al final todo quedaba en improperios de trinchera a trinchera, y unas cuantas piedras lanzadas hacia algún sitio indefinido del espacio. Una vez curados de la mostrenca e impulsiva pubertad, nuestra relación con los habitantes cercanos iba mejorando con el tiempo, en la medida en que íbamos comprendiendo que, al igual que aconsejara Don Quijote a Sancho: “Sobre el cimiento de la necedad no asienta ningún discreto edificio”.

Un buen día, incluso, descubrías que algunos de los chavales del pueblo de al lado te caían bien, y que, a nada que hubiera una mínima predisposición por ambas partes, era tan fácil hacer buena gavilla con ellos como con cualquiera de tus paisanos. Allí empezabas a entender lo absurdo de las barreras que nos imponemos, o nos imponen, y que con frecuencia nos arrastran hacia el fango viscoso del espíritu gregario.

Cuando ocurría cualquier "azurzu" (trastada, gamberrada) perpetrado por infantes o jovenzuelos, y aparecía, verbigracia, una puerta rayada, pintada, meada..., o un canalón roto, sin encontrar al culpable, siempre había algún vecino que, con gesto trascendente y cara de alcahuete, se aventuraba a especular con supuestos visitantes furtivos de tal o cual pueblo, que fulanito vio pasar con aviesas intenciones; pero al final, los culpables, como ocurre casi siempre, estaban mucho más cerca de lo esperado.

Ni que decir tiene que los varones jóvenes de cada pueblo no tenían el más mínimo interés en presumir de educación o sapiencia; por el contrario, estaba mucho más cotizado ser grandes bebedores y valerosos contendientes frente a las tropas forasteras... Tener a los mozos que más trasegaran, y a los más guerreros, era todo un orgullo para el mocerío local. En las noches parranderas retumbaban en las tabernas gritos y proclamas cavernarias de autoafirmación: “¡¡No hay naidi que beba máh que musotruh, ni naidi con máh güevuh que loh del nuehtru pueblu...!!”. En cada pueblo había algún mozo especialmente grande y forzudo, como sacado del “Caupolicán” de Rubén Darío, capaz de arrastrar troncos o cargar costales de trigo como el que coge pañuelos de seda, desatando la admiración del resto del batallón, y siendo siempre uno de los baluartes exhibidos en las trifulcas vecinas. Luego la rivalidad acabó canalizándose a través de partidos de fútbol entre aldeas, donde la fuerza fue declinando en favor de la maña, aunque los gritos y expresiones “barquinas” (temperamentales) seguían resonando en el eco aldeano de la tarde extremeña.

Los tamborileros y músicos de aquellos lares, conocieron a gente de muchos pueblos diferentes. Supieron relacionarse con gran tacto y diplomacia, a pesar de ser conocedores de las luces y sombras de cada lugar... Nos contaban luego infinidad de historias y anécdotas, y nos hacían descripciones muy certeras de los habitantes de cada sitio, con sus hábitos más pintorescos y sus pecados inconfesables.

Eran también habituales las canciones ofensivas con rudimentarias adaptaciones de músicas populares y absurdas rimas simplonas sobre los pueblos cercanos. También surgían por doquier los chascarrillos, a veces un tanto escatológicos, donde tu pueblo salía siempre bien parado en detrimento de los otros, que acababan en estercoleros y sitios parecidos. De la misma forma, los gentilicios eran cambiados por otros términos malsonantes, y circulaban también los tópicos peyorativos sobre la gente de aquí o de allá, aunque mucho había de mito en todo aquello: “Loh del pueblu de... son mu bebeorih...; loh de... son algu jaraganih...; loh de... han siu toa la vía mu jorruñuh…”, bla bla bla. También había, aunque en menor medida, tópicos de admiración: “En... hubu siempri mu güenuh segaórih...; loh de... han siu siempri mu jerrízuh y trabajaorih...; loh de... liaban mu bien el páhtu…”.

Las fiestas del pueblo de al lado eran como propias. Al calor de la cerveza, o del cubata ochentero, podían pasar dos cosas: que se ablandaran los ánimos y todo acabara en concordia, con palmadas y abrazos borrachiles, o que el encuentro acabase como el rosario de la aurora, y nunca mejor dicho, pues era habitual que el lucero del alba empezara a dar señales luminosas en aquellas horas terminales y surrealistas, al olor inconfundible de los churros verbeneros.

Muchas fueron las parejas mixtas formadas entre pueblos vecinos, a cuyos mozos foráneos los quintos cobraban el consiguiente peaje por llevarse a las mozas locales. Los abuelos se quejaban a los nietos por dejarse escapar a las jóvenes lugareñas en favor de forasteros, y así, los ancianos, entre cara de asco y rabia contenida, arremetían contra los dóciles efebos rurales: “¡No tenéih albeliá pa ná... soh dejáih quital lah mózah comu unuh mansioluh..., no valéih pa ná..., paaa naaaaaaá!”.

No sabíamos muy bien si era una percepción subjetiva, o era real, pero a veces los rasgos de la gente de un mismo pueblo resultaban asombrosamente parecidos. Quizá no era una sospecha tan descabellada, teniendo en cuenta la escasa población de algunas aldeas, con pocas familias en sus orígenes, y una cierta endogamia durante siglos, corroborada por apellidos predominantes en cada localidad. De esta manera, en algunos pueblos era más común encontrar... no sé..., gente de tez muy morena, con caras achatadas..., o tal vez de cuencas profundas y ceño cejijunto..., o quizá gente de ojos claros y cara sonrosada, quemada por el sol, como de un ancestral origen indoeuropeo, o quizá celta, no apto para estas tierras abrasadoras..., y así otros muchos rasgos de antiguas mezcolanzas celtíberas, árabes, godas..., y de todo el enorme crisol de culturas que se arrastraron tiempo atrás por estas tierras de pizarra y olvido. En cualquier caso, parecía tener una parte de verdad esta sospecha. Cuando llegaba algún forastero de otro pueblo, no era extraño que algún viejo, al verlo pasar, comentara: "Pol la pintaaaa, debi sel... comu del Casal... o de pa esi láu…".

La merma en la población infantil de algunos pueblos, allá por los setenta y ochenta, acabó dando lugar al traslado de escolares hacia el pueblo de al lado, de mayor tamaño. Íbamos en aquellas grandes bicicletas con guardabarros, faro y dinamo, con la cartera en el portamaletas, fijada con ganchos y gomas elásticas, y metida en una bolsa de plástico los días de lluvia. Avanzábamos alegres por carreteras bucólicas, escasamente transitadas, entre eucaliptos centenarios que a nuestros ojos infantiles se antojaban como secuoyas gigantescas de un pasado que ya casi se nos pierde en la memoria.

En el pueblo de al lado la gente se sentaba también al fresco veraniego, y murmuraba al paso de los desconocidos que no estaban registrados en las bases de datos. Cuando entrábamos en conversación con la gente mayor de esos lugares, inmediatamente nos preguntaban: “¿De p’ondi sóih...?”, y al revelarles la procedencia, acto seguido nos mencionaban a fulanito, de nuestro pueblo, con el que hicieron amistad después de gastarse tres años de mili juntos en el Sahara (dices tú de mili...), o con otro que tuvieron mucho trato cuando "dámbuh a doh" (ambos dos) fueron chalanes..., o te hablaban de una taberna ya desaparecida, en tu propio pueblo, donde ellos se mocearon en los carnavales, o en los cristos de septiembre, en otros tiempos grises de boinas de paño, blusas de dril y cabezones vinos taberneros.

Allá por los ochenta empezaron a hacerse habituales los paseos veraniegos nocturnos, con gente de ambos pueblos encontrándose a la ida y a la vuelta, ya cuando los asfaltos y las luminarias transformaron los caminos, perdiéndose, en gran parte, el encanto de aquellas oscuras carreteras arboladas en las noches estrelladas de grillos y misterios.

Así hemos ido siempre de tópico en tópico, de prejuicio en prejuicio, a lomos de rivalidades inducidas hacia el pueblo de al lado, el país de al lado, la provincia de al lado, el barrio de al lado..., y hasta el planeta de al lado si hubiera vida en él; con aversión a todo lo de al lado, que no es, sino en el fondo, la aversión al lado oscuro de nosotros mismos.

Al pueblo de al lado, y al nuestro, nos azotaban los mismos vientos y tormentas, nos agostaban los mismos soles, nos acunaban las mismas lunas y nos llegaban puntuales las mismas cigüeñas por San Blas. Al pueblo de al lado, y al nuestro, nos quedaban a la misma distancia kilométrica los sueños imposibles, y nos sacaban las mismas sonrisas las ilusiones puestas en un futuro que nunca sabíamos si estaba por llegar.

Decía Pío Baroja que los nacionalismos se quitan viajando, y lo nuestro no era otra cosa sino una suerte de micronacionalismos rígidos y anquilosantes, que no hacía falta ni siquiera viajar para quitarlos, sino tan sólo andar unos pocos pasos por algún camino, y en cuatro “abarcones” mal dados entrar en el alma de aquellas gentes cercanas, para sentirnos uno con ellos en nuestra pobre y azarosa vida pueblerina..., en nuestra insoportable levedad del ser (que nos recordase un tal Kundera), y así, de esta manera, abrir las “engarillas” extremeñas que dan acceso al prado verde y fértil de la imprescindible relación humana.

Ahora, los de los pueblos de al lado sois lectores también de estos relatos; estos relatos de al lado, que son vuestros, como vuestro y nuestro fue el mundo en el que ahora nos reencontramos y nos reconocemos, donde hallamos las mismas pulgas y las mismas esperanzas que andaban por ahí agazapadas y escondidas en las ventanillas oscuras de algún viejo corral. Bienvenidos seáis a esta casa común de la nostalgia.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

domingo, 28 de febrero de 2016

La penícula



Se abre el telón y aparecemos nosotros, con caras de panolis, extasiados, petrificados... mirando una pantalla en blanco y negro; tal vez en uno de aquellos teleclubs de principios de los 70. Ya en aquel tiempo el advenimiento de las pantallas empezó a gestar, con bastante éxito, un proceso hipnótico sobre la población, que luego culminaría con pantallas de todos los tamaños, adaptadas a las distintas necesidades de idiotización. En los pueblos todo llegaba más tarde, pero llegaba. A través de aquellas primeras películas se nos fue descubriendo un mundo nuevo, desconocido, de una cursilería alambicada, que no cuadraba mucho con el mundo de zurriagazo y tente tieso al que veníamos acostumbrados por aquellos lares.

La modernidad, que no paraba de martillear y abrirse paso, cada dos por tres nos sorprendía con palabras nuevas que para nosotros eran neologismos del mismísimo demonio, difíciles de pronunciar, y que algunos niños adaptaban como Dios les daba a entender a la jerga muchachil usada en las calles salvajes y arbitrarias... Así pues, un buen día, algún muchachuelo cualquiera, incapacitado para pronunciar la palabra "película", a todo lo más que llegó es a pronunciar la palabra "penícula", y el resto de la tropa, cómo no, se lanzó a difundirlo entre risas y choteo (véase "Las calles de la burla"). Esta palabra se introdujo en el acervo lingüístico local, como pieza de museo. A partir de ahí, las “penículas" y sus derivados, pasaron a formar parte de nuestras vidas.

Las películas de pistoleros jugaron un papel hegemónico entre los toscos varones extremeños, que empezaban a degustar las mieles del Séptimo Arte, con especial atracción hacia el spaghetti western, que tenía un aura de chulería imposible de ignorar, con un tal Sartana, que era un elegante pistolero de gabardina y corbata, con cigarro adosado a la boca..., o el mítico Clint Eastwood, con aquella especie de poncho de los Andes, poniéndole precio a la muerte...; todo ello aderezado con las músicas de Morricone, y ese silboteo del oeste que se puso de moda, que escuchábamos luego en la soledad de los campos extremeños, o en la calma chicha de la siesta, cuando alguno de los hermanos Jones rurales pasaba por las calles a lomos de un pollino. Todo eran escopetas y pistolas, reales o imaginarias. Siempre estábamos por allí, apostados en algún lugar, apuntando con un palo a todo lo que se movía, o jugando con aquellos indios y vaqueros de plástico, que colocábamos cuidadosamente entre las canchos, o escondidos en ventanillas de corrales... Estos pequeños personajes cobraban vida delante de nosotros, y disparaban desde las piedras salientes de las paredes, o desde un montón de tarmas a modo de montaña. Aún duermen por ahí en cajas de galletas María, en las trojes, y hace poco, al descubrirlos, después de décadas ocultos, me miraron, como si me conociesen de algo, desde su oscura y artrósica soledad de plástico a punto de quebrarse. Allí quedaron, con ellos, ya en la lejanía, aquellas continuas onomatopeyas de disparos, pañu pañu... piñu piñu..., que no eran sino un inconsciente mecanismo de defensa frente a los miedos infantiles que nos acechaban por todas partes.

El oeste peliculero marcó no sólo a niños, sino también a varones de una cierta edad. Algunos hombres y mozuelos leían desaforadamente novelas de pistoleros en la plácida y silente hora de la siesta. Un tal Silver Cane y otro tal Keith Luger, eran los autores más demandados por los lectores aldeanos; autores que sospechábamos americanos, y que resultaron ser españoles con el nombre en inglés...; para más señas, Francisco González Ledesma y Miguel Oliveros, respectivamente. El que sí era español, y con nombre propio, era Marcial Lafuente Estefanía, pero en aquellos pueblos era menos apreciado; tal vez por no usar un seudónimo en inglés quedó relegado al ostracismo en aquellas horas veraniegas de sol y moscas... Entre las películas y las citadas novelas, los varones locales adoptaron un estilo chulesco y “westeriano”, asimilado del ambiente pistoleril, con el cigarro colgando de la comisura de los labios, la forma de entornar los ojos jugando a las cartas, y un tono, en general, displicente y matonil, que reinaba por calles y tabernas, y que tuvimos que sufrir desde la más tierna infancia, siempre en tensión, sin osar bajar nunca la guardia. El oeste nuestro, más que un oeste de película, estaba más próximo al “Cristo Versus Arizona”, de Camilo José Cela.

En verano nos llegaba el cine ambulante, donde las películas se proyectaban al aire libre en grandes telas almidonadas, o en paredes blancas, sin más. Luego, las cobradoras (generalmente eran mujeres), pasaban la gorra al personal, excepto a los chavales, que se quedaban rezagados haciéndose el tonto en la lejanía. La megafonía era muy pobre, tan pobre que en ocasiones escuchábamos con más fuerza el ruido de los grillos (que indiferentes cantaban en los yerbajos próximos), que los propios diálogos de la película, que, por otra parte, tampoco nos importaban mucho, siempre que hubiese tiroteos de por medio y galopes de caballos por aquí o por allá.

Las mujeres buscaban emociones y lágrimas, y se inclinaban más por las antiguas películas sensibleras. Las llantinas estaban garantizadas con “Marcelino pan y vino” o “Genoveva de Brabante”, entre otras cintas, y con grandes actrices lacrimógenas, con Aurora Bautista a la cabeza..., o tal vez se embelesaban con el cine romántico de “Sissi Emperatriz”. Los hombres gustaban más del cine de cante y gorgoritos, tan demandado en aquellas tierras flamenqueras, con Juanito Valderrama, Antonio Molina y el incombustible Manolo Escobar, sin olvidar a los niños prodigio, Marisol y Joselito, con tómbolas y campaneras, que luego se incorporaron a la banda sonora de la vida rural, canturreadas hasta la saciedad por los caminos campestres, entre aguaderas, haces de trigo y cántaros de agua.

A falta de salas específicas para las proyecciones, el cine se abrió paso en salones de baile, con la bandera nacional pintada en lo alto, a modo de coso taurino, y unas banquetas de madera, generalmente cojas, para sentarse. La emoción estaba servida al comenzar el NO-DO, que a los niños se nos hacía interminable, con aquellas madrinas bautizando barcos y estrellando botellas contra el casco, mientras esperábamos impacientes la aparición fulgurante de nuestros ídolos macarrillas pegando puñetazos y tiros por doquier. Así nos fueron sorprendiendo las primeras películas horteras de kárate y kun fu, con chinos saltando de tejado en tejado, emitiendo alaridos felinos y dándose una “tollina” (paliza) detrás de otra. Los niños, al salir del cine, sufríamos una manifiesta incontinencia peliculera, que nos llevaba a imitar compulsivamente todo lo visto, a veces sin ser conscientes de nuestras limitaciones, con riesgo para la integridad física propia y ajena.

Delante de nuestros ojos pasaron caballos al galope..., pistoleros “farraguas” en posición de duelo..., apaches de rostro broncíneo..., romanos inmisericordes y espadachines de la más variada gama...; y cómo no, Tarzán, nuestro ídolo de aventuras. Con permiso de Tarzán nos pasamos la infancia “repicolgados” de todas partes, inventando selvas y lianas donde no había más que olivos, vigas carcomidas de corrales o cuerdas para tocar campanas.

Recordamos también aquellas películas un tanto surrealistas, del estilo de “El zorro contra Maciste”, o aquellas otras de temática bíblica, con Sansón derribando las columnas del templo, o la legendaria Ben-Hur, donde alguien siempre comentaba que fulanito, del pueblo de al lado, estuvo allí de extra, aguantando firme el sol impiadoso entre las huestes romanas; seguramente un sol bastante llevadero, puesto en balanza con el sol extremeño de la era.

Cuando no podíamos tener acceso al cine, por cuestión de rombos o por falta de presupuesto, los niños intentábamos asomarnos por las “talleras” (rendijas) que dejaban las ventanas de madera entreabiertas, pero, una vez más, los muchachones mayores nos desplazaban, privándonos de la furtiva ración de rendija cinematográfica, mientras apenas nos daba tiempo a ver, quizá, cómo algún pobre centinela era abatido desde lo alto de un fuerte. Luego, al salir los adultos del cine, preguntábamos emocionados: “¿Quiénih han ganáu, loh buénuh o loh máluh...?”, y reaccionábamos perplejos y sonrientes al comprobar que, ¡oh sorpresa!, habían ganado los buenos, lo cual era un bálsamo para nuestras vidas, en las que casi siempre (y en eso nada ha cambiado) ganaban los malos.

Al llegar el cine al pueblo, había un revuelo importante entre la población menuda, y siempre aparecía algún niño preguntando emocionado por el título de la película que iba a proyectarse, y en ese momento, un mozo socarrón, de sonrisa etílica y canalla, solía contestar: “La perseguida hasta el catre”, con las inevitables carcajadas cromañonescas del resto del mocerío, apurando la copa de Sol y Sombra “sostribados” en la barra del bar y absorbiendo con el codo las manchas de vino peleón sobre el mármol raído.

El Teleclub era un lugar de encuentro, con tele, juegos de mesa y relación social, tal vez como única alternativa a los bares en las noches invernales, donde las calles quedaban desiertas. La sala del Teleclub, en cambio, se mostraba repleta contemplando a Don Juan Tenorio en la fecha de Todos los Santos..., o las obras de Estudio 1: “Vamos a contar mentiras”, de Alfonso Paso…; “Maribel y la extraña familia”, de Mihura…; “Eloísa está debajo de un almendro”, de Jardiel Poncela..., o aquellos “Doce hombres sin piedad”, con Fernando Delgado, Jesús Puente, José Bódalo y otros actores de enjundia ahora más difíciles de encontrar.

Un paisano de aquellas tierras, apodado Cachibola, se hizo célebre llevando el cine por los pueblos norteños; cine que se proyectaba en las salas habilitadas al efecto. Portaba un viejo cinematógrafo de segunda mano, y a los niños más pequeños, si iban acompañados por adultos, a veces los dejaba entrar de “baldi” (gratis). Cachibola proyectaba “Un indiano en Moratilla”, y otros filmes de la época. Las cintas eran viejas y un tanto usadas, y las películas se cortaban cada dos por tres, casi siempre, cómo no, en el momento más inoportuno.

A partir de los 60, en los pueblos más grandes empezaron a aparecer los primeros cines propiamente dichos, con el ambiente típico de los cines de ciudad, provistos de butacas aterciopeladas y cáscaras de pipas Churruca cayéndote por todas partes. Allí acudían los cinéfilos de los pueblos colindantes a pasar las soporíferas tardes dominicales de quiniela y cerveza El Gavilán.

Mi abuelo tuvo taberna y salón de baile. Desde niño escuché que en el citado salón, muy de tarde en tarde, proyectaban cine mudo, allá por los años cuarenta, sobre una pared encalada entre dos viejos ventanales. A mi madre, pequeña niña de posguerra, le quitaba el sueño una tal Doña Concordia, que debía de estar a caballo entre la bruja Agripina y la Rottenmeier de Heidi.

La fiebre pantallera hizo que algunos niños ingeniosos reinventaran el cine en cajas de zapatos, con un elemental mecanismo consistente en dos palos taladrando los extremos, y una tira larga de papel encolado, con imágenes de tebeos: El Jabato, Capitán Trueno, Rompetechos... La luz del cinematógrafo era una linterna de petaca colocada por detrás de la tira de papel. El cine se proyectaba normalmente en alguno de aquellos corrales adosados a las casas labriegas. A la puerta estaba un pequeño taquillero, cobrando una perra chica a los espectadores infantiles, que pasaban con cara de asombro, sin saber muy bien el magno espectáculo que iban a contemplar. Una voz de pito, en extremeño, iba relatando las aventuras y desventuras de los protagonistas, con alguna que otra aportación de cosecha propia.

Primas hermanas del cine eran las actuaciones variadas que venían de tarde en tarde. La palabra “títarih” aglutinaba a un amplio espectro de este tipo de funciones. Comediantes, circos y magos se daban cita por allí de manera ocasional. Desde los años de posguerra, los comediantes fueron habituales por los pueblos, como en “El Viaje a ninguna parte” de Fernán Gómez. Se alojaban en alguna de aquellas improvisadas posadas rurales, sin agua corriente, con derecho a cama y palanganero. La gente llevaba sillas para cualquier acontecimiento, callejero o cubierto. Según pude saber, antiguamente había gente que llevaba las sillas por la tarde, antes de la actuación, y las dejaban juntas, atadas con una cuerda. Me cuentan también de unos comediantes de posguerra, que estuvieron un mes entero en el pueblo, con repertorio distinto para cada noche; algo verdaderamente meritorio. Estos comediantes inspiraron luego a los autóctonos en una fiebre posterior por el teatro y las comedias locales... El término “títarih” (en plural), tenía también una acepción rural menos amable, referida a discrepancias y trifulcas variadas: “Han teníu títarih ehta tardi”.

Luego, ya por los 70, las teles se fueron adueñando de los hogares, poco a poco, en una suerte de invasión alienígena controlada, y las "penículas" entraron dentro de las casas a usurpar las tertulias familiares; y de esta forma, la tele, como un vampiro sutil, consiguió monopolizar el ambiente de los hogares, en un perfecto plan de atontolinamiento trazado a largo plazo, con esa paciencia sibilina que siempre tienen los malos para urdir sus trampas. Desde entonces las pantallas pasaron a ser herramienta imprescindible para el ingenioso tocomocho de las libertades tuteladas.

Al acabar la película, después de haber visto rugir al león de la "Metru Goldi Mayi", salíamos a la calle, y mirábamos a la puerta de cualquier corral; allí encontrábamos a un burro asomando la cabeza (y tal vez rebuznando). Entonces comprendíamos cuál era nuestro sitio real, tan digno o más que cualquier otro... Nuestro sitio estaba allí, entre higos pisados por los suelos y puertas cenicientas de corrales, mientras en el cielo, un trueno repentino y algunos nubarrones de tormentas veraniegas, nos hacían volver a la realidad, y de esta forma, como sin darnos cuenta, se nos pasaba la tontería peliculera que nos había enajenado por un rato... por un rato, no más.

Siempre tuvimos la sospecha de que los hermanos Lumière no nacieron en Extremadura, y de que todo por allí nos llegaba con retraso, salvo la fiesta de la naturaleza, que llegaba puntual, dejándonos primicias de olores y colores majestuosos, y escenarios imposibles de igualar con todos los gigabytes del mundo mundial, pantallas tridimensionales o realidades virtuales del mismísimo diablo, que para nada sirven cuando llegue la película final, esa que pasará veloz delante de nosotros, cuando un día, según los viejos más castizos, “doblemos la servilleta” (fallezcamos).

Con estas cosas y otras muchas por aquí contadas, nos fuimos distrayendo y navegando por la España invertebrada de Ortega, entrelazando fotogramas de alegrías y tristezas, que fueron configurando las luces y las sombras de aquel tiempo que muchos conocisteis. El final de la “penícula”, todavía no está escrito.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

sábado, 30 de enero de 2016

A una nariz pegados



Íbamos de olor en olor, detrás de la nariz... acaso “a una nariz pegados”, como aquel pobre narigón del soneto de Quevedo, sólo que nosotros más por exceso de olores que por tamaño de napia... Fueron olores tan ciertos, tan verdaderos, que al cabo del tiempo nos dejaron una huella tan marcada, que esta vez, inevitablemente, se diría que nos toca recordarlos por narices.

El catálogo de olores era interminable; eran tantos que me recrearé tan sólo en un breve muestrario de los mismos. Empezaba la mañana con el aroma del café de puchero puesto a la lumbre, y las “plingás” de aceite en la sartén, en aquellas mañanas invernales, donde nos llegaba también el tufillo “aguardientero” proveniente del lingotazo furtivo de algún hombrino recio y curtido, de aquellos que abundaban por nuestras tierras carpetovetónicas.

Los niños estábamos en todas partes, en todos los saraos, participando también de la fiesta de los olores..., oliéndolo todo con deleite y curiosidad, como el Grenouille de El Perfume, de Patrick Süskind, pero con intenciones menos siniestras. Nuestra vida consistía en ir experimentando aquí o allá, y de paso ir creando anticuerpos contra todo lo habido y por haber.

En aquella ruleta olfativa de nuestra infancia, no podían faltar los olores gastronómicos: el olor al puchero del cocido, el repollo, las patatas cocidas, las alubias..., o la sartén con las patatas “revolcás”, o tal vez las “tajás” de tocino... Durante siglos todo se cocinó a la lumbre, hasta que, allá por los primeros setenta, nos fuimos familiarizando con el olor a gas de aquellas pequeñas cocinas de camping que irrumpieron de golpe, con sus diminutas bombonas azules, representando toda una sorpresa tecnológica en los rudimentos del paleolítico en los que veníamos desenvolviéndonos desde siempre.

No había mayor acontecimiento de olores que los que daba el campo: poleo, romero, tomillo cabezudo (más basto), y tomillo sensero (más fino)...; la presta, y su hermana pobre, la presta de burro (siempre con los rudos nombres de la tierra)...; la flor de la jara..., la flor de la escoba..., el olor a forraje..., a heno..., a las flores de mayo... En fin. Olores campestres que disfrutamos sin medida, allí, donde “el aire se serena y viste de hermosura y luz no usada”  (Fray Luis de León), de un siglo de oro de las sensaciones en el que tuvimos el lujo de habitar.

La ropa se lavaba con jabón de sosa, y los cacharros de la cocina con el mismo tipo de jabón. Era un jabón casero, multiusos, que lo mismo quitaba las aguerridas zurraspas de los calzoncillos que le hacía un repaso a la leche agarrada en el cueceleches... El jabón de sosa no olía prácticamente a nada, tan sólo a limpio; cuántas veces oímos decir a nuestras madres y abuelas: “Güeli a limpiu”, sin saber muy bien a qué se referían. Luego supimos que el olor a limpio era tan sólo la ausencia de olor a sucio, algo tan simple como eso. Más tarde nos llegaron los polvos de lavar, que soltaban un ligero perfume, desnaturalizando, quizá, ese sencillo olor a limpio que era ya tan nuestro. En cambio siempre estuvieron presentes las pastillas de “jabón de olor” en los palanganeros de hierro o madera, tan menguadas y desgastadas, que al cogerlas se escapaban de las manos como sutiles pececillos de río... de un río sencillo y humano, accesible a las manos curtidas de la gente.

Los muchachos más gamberros cogían el carburo (de olor fuerte y un tanto desagradable) para hacerlo explotar en botes de lata, después de una meada comunitaria sobre el mismo, rodeados de niños pequeños que se espantaban ante la explosión pueblerina, con la inestimable participación del ángel de la guarda, que no daba abasto en aquel tiempo de rudeza espartana. Los pobres botes valían para todo y para nada.

La matanza era portadora de un reparto tan amplio de olores, que podían formar grupo parlamentario propio: el mondongo (o calabaza cocida)..., el adobo en la artesa, con su olor a pimentón, vino, orégano y ajo..., los chorizos colgados..., los guisos a la lumbre..., y en particular el olor a las migas, cerrando el círculo de fragancias matanceras.

Las colonias aún gozaban de poco predicamento; tan sólo alguna colonia barata que algunos autóctonos usaban de tarde en tarde en celebraciones importantes. Nuestra relación infantil con los perfumes se limitaba a la colonia que nos echaba el barbero-peluquero cuando íbamos a cortarnos los “moligaños (pelo largo)”.

Éramos rehenes también de los malos olores, que a fuerza de un contacto reiterado con ellos acabábamos incorporando a nuestras vidas con cierto agrado, en una extraña aceptación masoquista de todo lo que nos rodeaba, de todo lo que en alguna medida considerábamos ya como nuestro. Entre estos olores estaba el olor a vicio (estiércol) del corral, combinado con olor a Zotal y gallinaza...; o el olor de los cagajones recién puestos por los burros a la puerta de casa...; o el olor a “pocilga y berbajo” con patatas cocidas...; o quizá el olor de los “defecódromos” sitos en las afueras de los pueblos, que a falta de retrete hacían su apaño, entre arroyos y zarzales, desde donde nos llegaban efluvios escatológicos, aumentados por un lacerante sol veraniego que nunca tuvo piedad de nosotros.

No eran pocas las veces que saltaba la duda ante olores imprecisos que inopinadamente nos sorprendían, y entonces alguien preguntaba: “¿A qué güeli...?”. En estos casos el olor no solía ser especialmente agradable, pues la pregunta iba acompañada de un gesto entre asco y estreñimiento, que era una mueca bastante habitual. Finalmente una voz de cazalla sentenciaba: “¡Güeli a perruh muertuh...!”, y las caras avinagradas dejaban repentinamente paso a las risas.

Al volver el cabrial de concejo al pueblo, quedaban las calles impregnadas de un marcado olor a cabra, ligeramente mitigado por el olorcillo a humo de las chimeneas, o al guisoteo extremeño y austero que escapaba por el ventanillo de alguna humilde cocina.

Cada estancia de la casa tenía su olor propio: la bodega, la troje, la cocina, el leñar, el patio, las escaleras de cantería... Íbamos saltando entre olores, como de oca en oca, y huelo porque me toca, excepto el olor del cuarto de aseo (más bien letrina), que estaba confinado en la agreste y fría periferia del corral.

A veces los olores dejaban su propia naturaleza y se convertían en expresiones de las hablas locales: El “olor a chamusquina”, pues, nos mostraba una clara desconfianza ante cualquier situación: "A mi esu... me güeli a chamuhquina…". “Estar atufado”, dejaba palpables muestras de enfado hacia alguien, o hacia muchos: “Lleva un tiempu atufáu... y pa mi que ya sé de ondi le vieni…”. De la misma forma que las personas aficionadas a salir y curiosear el ambiente, eran reputadas como “goleoras”: “A mi padri no le guhta salil a ningún láu…, to lo contrariu que mi madri, que ha siu siempri máh goleora…”.

Muchas casas tenían un olor particular que se percibía inmediatamente al entrar por la puerta. A veces el olor de la casa nos daba una cierta información sobre los dueños, como si los olores y las personas tuviesen similitudes difíciles de explicar.

Y allí andaban los olores por todas partes, los rancios olores gratamente recordados, al abrir, por ejemplo, los armarios viejos y las arcas..., o las maletas de madera deportadas en las trojes..., las alacenas..., la naftalina de los baúles y las ropas después de largo tiempo guardadas... Y así también el olor de las iglesias, los cirios y el incienso..., o el olor a lumbre y brasero..., a jalbiego..., a las sillas recién pintadas secándose a la brisa y al sol callejero de las tardes de mayo.

Luego estaban, cómo no, los olores particulares, tan de cada uno..., aquellos que nos llevaban sin medida a lo más sublime de los sentidos. En la parte que me toca, recuerdo con especial gozo el olor de la hierba recién segada, pero sobre todo, y por encima de todos, ese olor a ozono que precede a las tormentas, y el posterior olor a “sequío” de la tierra mojada por la lluvia, después de largos meses de soles abrasadores y chicharras cantarinas.

Los niños sentíamos atracción por olores fuertes y sofisticados, y corríamos como posesos detrás del olor a gasolina que desprendían las motos y los coches al pasar por las calles. Lo dejábamos todo, juegos y aventuras, por correr en tropel detrás de cualquier maquinaria quemadora de combustible, quizá ya en alguna extraña prefiguración borreguil del tiempo que estaba por venir. De la misma manera nos aplicábamos al pegamento “Imedio” que algunos críos portaban en la cartera, hasta el punto de pedirle al compañero que nos pasara el tubo, para echarle una olfateada, como el que te pasa la bolsa de pipas.

Estaban también los ambientadores indirectos, que sin tener tal cometido, dejaban su fragancia en los hogares aldeanos. Entre ellos, los melones, las zamboas, y sobre todo las manzanas, que perfumaban los hogares colocadas sobre trapos en el suelo, y me cuentan, “que otrah vecih” (tiempo atrás) se quemaba azúcar en las casas a modo de ambientador.

Los objetos de cuero, que en nuestros pueblos se llamaba “material” (y los de menor calidad, “badana”)... dejaban un olor tosco y de pura humanidad, como también la ropa de pana de los hombres, o los sombreros de paja, curtidos de sudor..., o los abrigos de los abuelos en las perchas, que los niños más pequeños olíamos, incluso escondidos detrás de ellos, metiendo sin éxito la mano en el bolsillo de la prenda, esperando encontrar algún despistado caramelo, aunque a veces tan sólo encontrábamos el papel del mismo, un tanto “engarrabuñáu” (hecho una pelota), y nos conformábamos con el olor goloso que desprendía.

Olores inolvidables fueron también los olores de los hornos en las tahonas, con el pan de hogaza recién hecho, el olor de las perrunillas recién sacadas, las tortas de la matanza, los pimientos asados, y los dulces en general salidos de aquellos hornos comunitarios, con sus “redes sociales” tan bellas y cercanas, siempre conectadas a los cinco sentidos.

La albahaca cumplía dos cometidos: como ambientador y como repelente de moscas y mosquitos, aunque algunas personas mayores aún guardan mal recuerdo de este olor, asociado a las grandes mortandades infantiles de los años cuarenta. Nos relataban nuestros mayores, que llevaban a los niños con la cara descubierta, rodeados de albahaca, de forma que la albahaca cubría al difunto y tan sólo quedaba a la vista la cara de éste, y tímidamente, entre las hojas, las manecillas cruzadas. La albahaca marchaba por las calles dejando un insospechado aroma de tristeza.

Y así, todo lo entonces vivido nos fue dejando una larga retahíla de memorias asociadas, y emociones que aún saltan como un resorte ante el solo recuerdo de aquellos pequeños duendes que fueron los olores, que aún se cuelan por las rendijas del pasado hasta llegar fugazmente a nuestras vidas. Ahora, desde las barandas del presente, los vemos alejarse aguas abajo, como indefensos náufragos, ignorantes de que un día nos pertenecieron.

Nos han canjeado los olores gratuitos, naturales, legítimos... por carísimos perfumes con sofisticados anuncios publicitarios donde el modelo, o la modelo (de movimientos biónicos), ponen gesto desganado y hablan con voz de asco, evidenciando así el hastío de un lujo de compraventa que nunca tuvo alma, y dejándonos subliminalmente el mensaje de que el olfato más apreciado de este tiempo, es el de los negocios.

Los olores que me faltan, colocadlos minuciosamente, por orden, con cada sensación que os evoquen, con cada recuerdo al que vayan aparejados. Seguramente están ahí, dormidos, acurrucados, esperando pacientes para llevaros de la mano hacia las moradas de un reino aún no burlado, donde un día habitaron vuestros sueños; donde, seguramente, no anduvo muy lejos vuestra felicidad.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

sábado, 2 de enero de 2016

Prenda


A pesar de las asperezas, a pesar del tiempo hostil y de las brusquedades, a pesar del mundo gris tantas veces aquí glosado, crecimos arropados por un hermoso lenguaje de los afectos, por una digna cultura de los abrazos, los besos y los gestos humanos.

La palabra “prenda” resonaba por las calles, por las casas, por los campos... Era una de las palabras favoritas de nuestros mayores, una palabra comodín de aquellos pueblos extremeños, con la que aprendimos a expresar el amor espontáneo, que es el que brota desde dentro y no atiende a razones objetivas.

En cualquier momento, en cualquier calle, podíamos ver, o simplemente escuchar, la siguiente escena: Una abuela abriendo los brazos, y un niño pequeño correteando con los brazos en alto hacia ella, y esta última gritando: “¡¡Vengaaaa la mi prendaaaaaaa...!!”; y luego escuchábamos una ráfaga de besos compulsivos que se antojaban interminables... Y cuando parecía haber finalizado el ataque afectivo de la anciana, después de unos segundos de silencio, sonaba con más fuerza una segunda acometida de la abuela, volviendo a la carga con otro arrebato de amor desmedido: “¡¡Vengaaa la cosa máh bonitaaaaa que dioh ha echáu al munduuuu...!!”, y nuevamente se oía el besuqueo estridente y pertinaz, hasta dejar al niño al borde de la transfusión de sangre.

En toda esta cultura de los afectos, como podemos ver, jugaban un papel indispensable los abuelos. Con ellos aprendimos el lenguaje verbal y corporal de la ternura. Nos colgábamos del cuello del abuelo con la barba pinchándonos en la cara, o nos abandonábamos en los brazos amorosos de la abuela, siempre sonrientes los dos, siempre dispuestos y entregados al cariño contra viento y marea. Posiblemente nadie nos haya perdonado tanto nuestros defectos como ellos, defendiéndonos hasta llegar a la mentira en nuestro favor. Al hacerles la visita oportuna, ya en nuestra torpe adolescencia, se les encendían los ojillos, como inocentes mendigos de una ración de afecto del que se sabían acreedores; un afecto que, al vernos crecer, intuían alejarse, viéndonos ya con la mostrenca pubertad a cuestas, un tanto distantes e imbuidos de locura juvenil y modernidad.

El lenguaje amoroso fluía por las calles cohabitando con el lenguaje áspero, y las malas pulgas, que también las había... Las mujeres mayores calificaban a los niños de “bonitos”, aunque el niño en particular no fuese especialmente agraciado: “¿Qué quiérih, bonitu…?”; “¿Ondi vah, bonita...?”.

Los más pequeños corríamos por las calles huyendo de los muchachones que irrumpían en nuestra paz como tiranosaurios del Cretácico rural, y encontrábamos el abrazo protector de la abuela, con la palabra “prenda” por delante, como un refugio atávico... como un burladero o majada de los juegos infantiles donde hallarnos a salvo.

Algunos hombres vestían una fingida coraza frente a las expresiones de cariño, mostrando el gesto agrio y la colilla del cigarro en la boca, pero esto no era más que una pose de cara al exterior, pues luego se ablandaban, como cualquiera, y se les caían las lagrimillas en la boda de la hija, o en la comunión de la nieta, provocando la risilla contenida de los más cercanos... Otros varones, en cambio, vivían las emociones y el cariño sin complejos.

Cuando un niño pequeño se encontraba desvalido en la calle, ante al acoso febril de la muchachería, comenzaban a sonar, in crescendo, voces benefactoras de mujeres mayores que acudían en su auxilio: “Probecitu, dejal a la criaturita... ¿no soh da vergüenza…?”; y un aluvión de afecto y justicia inundaba al infante, que se sentía protegido por momentos.

Los niños éramos zalameros y besucones, como todos los niños del mundo si no se les reprime, ni se exponen a excesivas influencias televisivas o cibernéticas, ni a la nueva doctrina de un mundo cainita, que ha rebajado nuestra empatía a un largo bostezo frente a las calamidades que cada día nos muestra la caja tonta... reflejo de ese marcado olor a azufre que va teniendo el mundo.

Y por allí andábamos nosotros, los niños de aquel tiempo, sentados en la rodilla de pana del abuelo, con olor a alcanfor, o en las “jaldas de la abuela”, con olor a ajos... entre llares rebozadas de hollín y pucheros a la lumbre. Regresan fugazmente a nuestra mente esos gratos momentos de aquella singular y amable combinación, sí, de alcanfor, ajo, humo, lumbre y amor.

Como siempre ha pasado, los niños, al crecer, íbamos perdiendo el lenguaje de los afectos, inspirados por películas y otros engendros que nos iban llegando, dejándonos una  impronta de chulería que poníamos en práctica en las “calles de la burla”. Las niñas, en cambio, seguían mostrándose cariñosas entre ellas, con amigas del alma abrazadas por todas partes. El afecto entre los muchachos costaba mucho más; era un afecto tácito, algo que se daba por entendido, pero que nunca se manifestaba, pues el más pequeño gesto de blandenguería nos situaba al borde del ridículo, y frente a la mofa de un implacable tribunal muchachil, ante el cuál había que mostrarse siempre con impostado gesto desabrido... Una vez pasado el sarampión pueril del desafecto, íbamos dulcificando poco a poco nuestro talante seco, y así, con unos años más, nos fuimos atreviendo tímidamente con pequeñas caricias a los niños más pequeños, o entrecortados saludos a los vecinos, casi rozando la amabilidad.

Cuando ocurría una desgracia en cualquier familia, ya fuese el incendio de una casa, de un corral... o la pérdida de un ser querido, los afectados se sentían arropados por el resto del pueblo. La gente se volcaba con ellos, y el sentimiento de solidaridad brotaba por encima incluso de pequeñas diferencias, priorizando el calor humano, que es lo único que nos puede hacer crecer como personas. La gente, ante esas situaciones, comprendía dónde estaba lo verdaderamente importante, y es entonces cuando tomaba las riendas el corazón, liberado de la rígida armadura cerebral, como en aquella famosa frase de Blaise Pascal cuando dijo que “el corazón tiene razones que la razón no entiende”. Ahora vivimos en absurdas colmenas de edificios donde apenas conocemos de vista a los vecinos, que no pasan de ser ocasionales compañeros de breves comentarios meteorológicos en el estrecho espacio del ascensor, tragándose cada uno para sí sus cuitas, sin el hombro amigo en el que descansar.

Después de un largo tiempo sin vernos, los muchachos no éramos capaces de manifestar nuestro afecto ni a tiros... ni siquiera a darnos la mano. Al regresar algún amigo de Madrid, después de un año de ausencia, simplemente agachábamos la cabeza, llenos de vergüenza, y decíamos, con voz agañotada, algo así como: “Qué pasa...”, al tiempo que mirábamos cabizbajos hacia el suelo y pegábamos un tímido puntapié a un palo, o a un yerbajo, que siempre los había a nuestro alrededor. Nos quedábamos allí, paralizados, como figuras de cartón piedra, y en medio del rubor nos limitábamos a informar al recién llegado sobre alguna novedad intrascendente acaecida en el pueblo: “Fulanito tiene otro perro…”, o tal vez: “Citanito se cayó de un cancho y se partió un brazo…”.

Los ancianos agradecían el afecto incluso de manera involuntaria. Siendo muy niño recuerdo correr todos los días a abrazarme a la pierna de un octogenario que pasaba por mi puerta, con cayada en mano y dificultad para caminar, poniendo en riesgo su equilibrio y obligándolo a estar unos segundos detenido, en una calle de por sí dificultosa, entre piedras, perros y gallinas. El anciano, lejos de enfadarse, reía jubiloso ante aquella cómica muestra de cariño, que para mí seguramente no era más que un juego.

Las abuelas seguían llamando “prenda” a los nietos hasta después de hacer la mili, o incluso mucho tiempo más tarde, como si viviesen en un eterno presente y el tiempo fuese tan sólo un fulano de poco fiar.

Las mujeres eran siempre más sensibles y dadas al llanto. Las mismas que lloraron en el pasado con los romances de los ciegos, siguieron llorando después con novelas de la incipiente televisión..., con los versos de mayo en la iglesia..., o con la desdichada cabrerilla de Casablanca de Gabriel y Galán.

Se nos fueron los abuelos del cariño…, los abuelos del amor y los abrazos…, los abuelos del caramelo y la sonrisa permanente, a los que nunca pagaremos, ni de lejos, todo lo que nos dieron y enseñaron. Ahora nos queda, sí, un mundo desangelado, abigarrado de píxeles y microchips; todo perfectamente pergeñado por alguna suerte de demonio que, sabedor del “divide y vencerás”, colocó astutamente una pezuña en cada extremo de las cosas, para que, eligiendo aquí o allá, permanezcamos enfrentados en un mundo competitivo, agresivo y ramplón, robándonos lo único que nos puede salvar como especie, que es el Amor con mayúsculas, y lo único que nos puede dignificar, que es la justicia... Y ahí andamos a la gresca, torpes y primarios, hasta por cosas tan triviales como el fútbol, qué sé yo.

Ahora encontramos a personas en las plazas de las ciudades regalando abrazos a los viandantes, haciendo extraordinario algo que portábamos de serie, y que algún malicioso ingeniero social retiró de la cadena de montaje, dejándonos con el trasero al aire, al albur de un tiempo atribulado, postrados ante un transhumanismo robótico y triste, perfectamente diseñado para un mundo donde el amor ni está ni se le espera.

En la noche oscura de la vida, el niño que siempre fuimos, en medio de la zozobra, se quedará esperando la figura de una abuela sonriente, con pañuelo negro a la cabeza y los brazos abiertos... pero esta vez sin encontrarla.

Hoy la palabra “prenda” no es más que un pingajo de tela colgado en galácticos salones de grandes almacenes, desvaneciéndose en la obsolescencia estéril de la modernidad... Hemos perdido en el cambio, sin duda, y ahora nos toca, mal que nos pese, despertar.


JORGE SÁNCHE MOHEDAS

lunes, 7 de diciembre de 2015

Tras la cortina



Tal vez la curiosidad haya sido una de las debilidades humanas más acusadas a lo largo de la historia, desde las cavernas hasta nuestros días, pero el cotilleo que se daba en aquellos pueblos nuestros, tenía unas señas de identidad que lo hacían particularmente cómico y literario.

Hasta la ciencia ha sido siempre, en gran medida, hija de la curiosidad; incluso el propio Albert Einstein llegó a justificar sus dotes científicas diciendo: "No tengo talentos especiales, pero soy profundamente curioso". Y así, con esta inconfesable debilidad, que ni los genios pudieron eludir, fuimos creciendo y deambulando por las calles empedradas, metabolizando aquella cultura del chismorreo, desde nuestra naturaleza infantil tan dada a imitar toda clase de tachas humanas.

Muchos eran los escenarios y atalayas del curioseo, pero si había un clásico por excelencia, ese era, sin duda, la cortina de la puerta, y aquella forma sutil de desplazarla hacia un lado con los dedos índice y corazón. Aquella cortina remendada permitía a las detectivescas ancianas observar de incógnito cualquier lance del trajín callejero. Las “viejinas” sentían en la cortina un fortín inexpugnable, que les daba una sensación de invisibilidad tan sólo superada por el anonimato cibernético de nuestros días.

Los niños íbamos de un lado para otro, como correveidiles de un reino cizañero, portando mensajes fantasiosos que se iban deformando de boca en boca, con la ilusión de poder ser el primero que añadiese más pólvora al bulo..., el que engordase aún más la bola de nieve que iba creciendo sin miramientos, y que a su paso aplastaba todo lo que encontraba por el camino, en un incontenible avance incisivo y lenguaraz.

Las mujeres más dadas al cotilleo, ponían cara de sorpresa al hablar. Usaban un tono grandilocuente, a la par que iban susurrando sus noticias novedosas a la mujer de enfrente, que no paraba de decir constantemente: “Uyyyy, uyyyyyyyy”. Ambas miraban de reojo hacia los lados, para confirmar la ausencia de “curiosos”, sin advertir que posiblemente cualquiera de las dos fuese la primera en dejar en evidencia a la otra, una calle más abajo, con una tercera confidente que esperaba al acecho, en un cómico e interminable carrusel de confidencias.

Algunas de las frases con las que las mujeres iniciaban la conversación en las solanas, podían ser: “Pueh te quieru decil…"; "Dicin que el otru día…"; "Créu habel entendíu..."; "Pueh a lo que te voy...”, etc. Luego, acto seguido, la conversación se precipitaba como un tranvía sin frenos, degenerando en un estruendoso charloteo polifónico, hasta que la caída del sol corría el telón del teatro de la solana, poniendo fin, tan sólo por ese día, al “cuenterreteo” (cotilleo).

Además de las “alcahuetillas” de pañuelo negro a la cabeza, desplegaban también sus artes por las calles los “alcahuetillos” de pana y boina, a los que las malas lenguas denominaban “Alcagüétih de pútah póbrih…”. Estos últimos ponían un tremendo énfasis al hablar, colocando el dedo índice en forma de garfio entre ambos interlocutores, a la vez que entornaban ligeramente los ojos y torcían la boca desdentada, justo antes de lanzar su clásico e inevitable: “Creeeeeuuu queee…”.

Muchas veces oí de niño la frase: “Tieni una vasija mu chiquina…”, para referirse a la gente que, apenas era conocedora de un hecho, le faltaba tiempo para salir a contarlo a diestro y siniestro, casi siempre, claro está, sin tiempo para contrastar la certeza de la noticia.

No podía faltarnos la figura del cuentista vocacional, que aparecía en el sitio más insospechado, tanto en el casco urbano como en recónditos parajes silvestres. Podías encontrarlo en cualquier esquina, de tal forma que, al intentar esquivarlo, como por bilocación (cual Sor María Jesús de Ágreda) aparecía también en la calle opuesta, nuevamente sonriéndote y condenándote indefectiblemente al tostón, con la noticia que recientemente le había llegado (o se acababa de inventar), y que ofrecía a todos, nervioso e impaciente, en su inestimable papel de divulgador social.

La frase que más oímos desde niños, a la hora de contar secretos, era: “Éhtu que quéi aquí entre nusótruh…”, (esto que quede aquí entre nosotros); y efectivamente, quedaba entre ambos, exactamente el tiempo necesario para que el receptor se convirtiese en emisor una esquina más arriba, con la sorpresa de que el nuevo oyente... ¡oh, casualidad!, era ya conocedor de tan inquietante revelación, y hasta incluso añadía una serie de matices desconocidos con aportaciones de cosecha propia.

Otro de los riesgos del cuchicheo era ser escuchado a corta distancia por algún familiar del individuo damnificado..., familiar que luego iba contando y distorsionando el mensaje inicial oído, dando lugar a malos entendidos, que acababan en largos años de enemistad entre unos y otros, evitándose luego por las esquinas, o situándose en extremos opuestos de la barra del bar. También se daba el caso donde el propio interlocutor era pariente del hombre o mujer objeto del chisme, sin que el cuentista hubiese reparado en ello... Todo esto obligaba a depurar el cotilleo hasta límites insospechados, donde los reflejos valían su peso en oro, calculando parentescos de un lado u otro con una agilidad mental de tal calibre, que obligaba al cotilla rural a no bajar nunca la guardia, o, como diría Baudelaire, “a ser sublime sin interrupción” en sus farragosas artes del cacareo.

Ante la posibilidad de que el mensaje lanzado fuese un infundio, o incluso un invento sobre la marcha, el propio emisor se curaba en salud advirtiendo a los oyentes de que no daba garantías de veracidad sobre lo que iba a contar, excusándose previamente ("excusatio non petita...") con frases como: “A mi tampocu me creáih…"; "No sé si será verdah, peru dicin paí que…”.

Estaba también el mentiroso compulsivo, que no se agachaba a recoger las trolas; algunas de ellas pasaban al acervo popular como parte de una original antología del disparate local, en ocasiones rozando el surrealismo, como, por ejemplo, una supuesta avioneta que paró en el aire, en pleno campo, asomándose el piloto por una ventanilla y preguntándole a un campesino por dónde se iba a Plasencia...; dejándonos, de paso, claras muestras de una desconcertante tecnología antigravitatoria.

El espionaje clandestino también contaba con múltiples seguidores. Se espiaba desde lugares variados y pintorescos: ventanillas de trojes y corrales..., ventanas con o sin visillos..., la susodicha cortina de tela, o de palillos..., y hasta se podía dar el caso de algún que otro espía especialista en letrinas campestres, apostado detrás de una higuera o zarzal, con propósitos inconfesables que hubieran dejado mojigato al mismísimo Marqués de Sade.

Había pueblos pequeños, sitos en las sierras cacereñas, donde la carretera subía y moría en la propia aldea. Allí no pasaba una mosca sin ser requisada, como si de una aduana se tratase, a base de largos interrogatorios que dejaban a la víctima sin energía, y desprovista de intimidad.

Hablaban las mujeres en las calles, resueltas y dicharacheras..., lavando en el charco de agua..., en los poyos de granito..., a la salida de la novena...; hablaban los hombres tomando el chato en la taberna..., en los trascorrales..., al calor de la fragua...; hablaban los niños a la salida de la escuela..., en los juegos callejeros..., en las afueras del pueblo, entre hierbas y olores... El lenguaje era un río ingobernable, una corriente de agua brava que arrastraba a su paso todo lo que encontraba, sin conmiseración con nada ni con nadie, llevándose por delante incluso a los sabios y antiguos refranes que invitan a la prudencia.

Poco hemos cambiado en este mundo tecnológico que ha fiado nuestra espiritualidad a una suerte de cachivaches perecederos, y sigue dando pábulo a vulgares chismes de un famoseo de baja estopa, contribuyendo a moldear una sociedad iletrada y bajuna... aunque eso sí, con los “afeites de la actual cosmética”, que diría Machado.

Ya en las cuevas del Paleolítico peninsular, si pudiéramos rebobinar, encontraríamos, por ejemplo, a alguna moza rupestre, sapiens sapiens, cuchicheándole a la amiga sobre lo mal que le sentaba el abrigo de mamut a la vecina de cueva... la misma que no iba nunca a la peluquería, y parecía, en vez de cromañona, una vulgar neandertal despelujada (despeinada); confirmándonos que sí, que esta epidemia del chismorreo es consustancial al ser humano, como tantas otras flaquezas que a falta de poder dominarlas, nos debería quedar al menos la nobleza de reconocerlas.

Dos comadres de pañuelo negro a la cabeza, charlaban al oscurecer, repasando la crónica rosa de un tiempo gris, navegando entre dimes y diretes, mientras en el cielo de la agreste Extremadura, iba apareciendo una media luna anciana, con barbilla puntiaguda y cara de alcahueta, apartando suavemente con los dedos la cortina estrellada del firmamento aldeano.

Así, desde pequeños, fuimos teniendo noticias de las miserias humanas que hicieron parada y fonda en nuestras vidas, aquellas que estuvieron desde el principio de los tiempos, y estarán hasta el final de los mismos.

Sólo me resta deciros, que a mí tampoco me creáis nada de lo que aquí os he contado, pues tan sólo fueron cosas que dicen... creo... cuentan... parece ser... que fueron ciertas, y yo tan sólo fui testigo, como vosotros, de aquello que vi y escuché en los turbios e imprecisos mentideros del pasado.


JORGE SÁNCHES MOHEDAS

sábado, 14 de noviembre de 2015

De camilla y brasero


Caía la tarde de enero, y una mujer, a la puerta, encendía el brasero de picón..., ese oro negro de los pobres, un oro basto y sucio que se prendía y se avivaba con un trozo de cartón, mientras pasaba la vecina de vuelta a casa: “Hay que vel, qué fríu jaci…, se quean loh déuh engarañáuh”.

Volvíamos a casa los niños, con el aire gélido del invierno y el viento traqueteando los platos de aquellas viejas bombillas que tanto se han citado por aquí..., y nos sentábamos allí, al calor del brasero, y al calor humano, que nunca ha sido superado en grados por los modernos sistemas de calefacción y confort de nuestros días.

La expresión peyorativa de “dar la brasa”, aquí cobraba un sentido más amable. Dar la brasa era como dar la vida, pues la brasa no era otra cosa sino una fiel amiga, pequeña y benefactora, que habitaba en el borrajo de la lumbre, o bajo las faldas de una modesta camilla. Se daba la brasa como el que da lo mejor que tiene, como el que ofrece abrigo y calor al más necesitado.

Removíamos el brasero con la “badila”, que era una vieja barra de hierro terminada en una paleta, o hasta incluso se removía con la propia alambrera del brasero, sin más. A veces, cuando el brasero ya estaba “moquicaíu” (medio apagado), se trasvasaban unas brasas del borrajo de la lumbre al brasero... ¡y cómo se agradecía nuevamente aquel calor intenso!, como un soplo de vida nueva que provocaba una sonrisa contagiosa, y comentarios del estilo: “¡¡Cómu se agraeci el calorcinu ahora, ¿eh?!!”.

El gato friolero y zalamero, se subía a nuestras piernas, manchándonos de ceniza el pantalón, o se quedaba dormido encima de la caja del brasero, oculto entre las faldas, y le dábamos sin querer con el pie, con la sensación de tocar un muñeco de peluche con pelo de tiña.

La prolongada exposición al brasero dejaba en las piernas una especie de tatuajes rurales, llamados “cabrillas”, que nada tenían que ver con las Pléyades en lo alto del firmamento, sino más bien con unas irregulares telas metálicas marcadas en la piel, que permanecían a veces hasta entrado el mes de junio.

Me cuentan que antiguamente, en la escuela, los maestros y las maestras, tenían braseros bajo sus pies, pero los niños se quedaban “arrecíuh” (ateridos de frío) en el pupitre, metiendo la pluma en el tintero con manos tiritonas, aunque alguna compasiva maestra dejaba a las niñas acercarse al brasero y calentarse las manos, por turnos, en medio de un cómico concierto de rechinar de dientes.

Los piconeros preparaban el picón de tarmas de encina, o incluso de jaras; este último de menos calidad, pero más asequible a las diminutas economías. Podíamos ver aquellos montones de picón humeantes entre la propia niebla de la mañana.

Desde niño tuve noticias de una curiosa escena de camilla y brasero en casa de mis abuelos maternos. Allá, por los años cuarenta, mi abuelo compró una radio de aquellas de madera oscura y tela de saco, con un amplio repertorio de silbidos y fugaces emisoras francesas colándose como psicofonías del Palacio de Linares... Después de cenar, mi abuelo dejaba entrar a todos los radioyentes del pueblo que quisieran acercarse al novedoso acontecimiento. La escena era la siguiente: mis abuelos, mi madre y mi tío, aún muy niños, sentados a la camilla, escuchando la radio colocada encima de la propia mesa, y la gente que iba llegando, sentada al lado, en banquetas de un antiguo salón de baile de la familia. Escuchaban con suma atención los consejos de Elena Francis, o las canciones del Niño Marchena, en Radio Andorra, que hacían emocionarse a los asistentes de lágrima fácil. Todo ello, bajo la luz ocre y casi crepuscular de una pobre bombilla colgada de un cuarterón de castaño. Luego, por las calles oscuras e invernales, la gente regresaba a sus casas con la sonrisa de quien necesita muy poco, o casi nada, para ser feliz.

El ahora tan temible monóxido de carbono, era un burdo aprendiz de villano, fácilmente reducido a la nada por las grietas y “talleras” que abundaban por todas partes. A través de ellas el aire nos fusilaba sobre un paredón ahumado y frío..., y además nos fusilaba por la espalda, como un traicionero sicario enviado desde la helada Siberia hasta la recia Extremadura.

Nos sentábamos en casa de los abuelos a la camilla, al rescoldo del brasero, con un café portugués de puchero y unas perrunillas en un plato de Duralex, o tal vez unas magdalenas cuadradas, de aquellas que se hacían en la tahona y se comían “amolledidas” (mojadas) en el café. Las abuelas te contaban chascarrillos; casi siempre eran los mismos, pero cada vez cobraban una nueva naturaleza... La abuela, antes de terminar el cuento, se quedaba traspuesta en el silencio de la tarde lluviosa, y después de media hora, despertaba súbitamente y decía: “Uyyyy, prenda, yo créu que me he queáu algu amorrongá”. Luego te relataba, por ejemplo, que “otrah vécih” (antiguamente), desde la ventana, se veía pasar por las calles a gente bullanguera corriéndole los campanillos a un hombre casquivano que se “desapartó” (separó) de la mujer... Mientras la abuela hacía ganchillo sobre la camilla, mirábamos pasar a mozos y mozas con "zarrios carnavalescos" y toda clase de ropajes y “andarríuh”, haciendo gala de una suerte de dadaísmo autóctono..., un surrealismo propio que a veces se abría puertas en cualquier parte, improvisando una alegría necesaria: la ración de alegría imprescindible que nos sacaba del pozo del desánimo y nos devolvía, sin ansiolíticos, a la claridad del día.

A veces las cosas venían mal dadas por “las calles de la burla”, y te acusaban de “cicateru” (tramposo) en el juego de pídola, o te enemistabas “para siempre” con alguno de tus mejores amigos, por el interminable plazo de un día... Tocaba entonces “meter la guitarra en el costal”, marcharse a casa, y sentarse allí, taciturno, al calor del brasero en la camilla, con los codos en el hule y las manos en las mejillas, haciendo las primeras reflexiones infantiles sobre la torpeza humana..., la torpeza de los otros, y a veces, inevitablemente, la propia.

Cuando se iba la luz, bajo el azote de lluvias y tormentas, se colocaba una vela en la camilla. El abuelo, mientras tanto, se quedaba extasiado, con la mirada perdida, pensando en media cuartilla de trigo arriba o abajo..., o en una linde imposible..., o en un trato con fulano que nunca llegó a consumar.

La camilla, en su versatilidad, podía servir para el “conviti” (pequeño banquete) del mayordomo, o la comunión de la "nietina"... o el raquítico cumpleaños del padre, que recibía a los vecinos con cuatro mantecados y una copina de anís La Castellana, de una botella que llevaba varias décadas en la misma alacena, detrás de un almirez de cobre que nunca se usó.

Según me contaron, hace muchos años, las camillas con faldas eran propias de las casas bien, y en las casas más corrientes la gente se sentaba tan sólo a la lumbre, o en todo caso las mujeres cosían alrededor de un simple brasero, sin camilla, con los pies puestos sobre las tablas, hablando de lo divino y de lo humano. Por tanto, la imagen tan sencilla y candorosa que conocemos de la gente sentada a la camilla, en su día fue una estampa más propia de casas de una cierta distinción: la casa del cura, de la maestra, del boticario, del alcalde...

Las camillas vestían faldas de paño con numerosas quemaduras, y lucían hules con el mapa de España, que los más cursis llaman “mapa pre-constitucional”, con aquella Castilla la Vieja, verdaderamente vieja..., y en lo más alto, la ciudad de Santander, como puerto de mar de Castilla. A menudo el hule estaba desgastado y podíamos apreciar una España descolorida y agostada, como metáfora de lo que ha sido siempre la historia cainita y convulsa de este país nuestro, lleno de motines y pronunciamientos, y sembrado de eternos reinos de taifas con ambiciones desmedidas. Algún cigarro descuidado sobre el hule, dejó para siempre un punto negro en un lugar indefinido de la provincia de Soria, tal vez en la Numancia donde los arévacos sucumbieron estoicamente bajo la brasa del cigarro gigante de Escipión. El hule tenía manchas de café, migas de pan y azúcar esparcida, que las moscas bajaban a degustar como golosas mensajeras de un reino menesteroso.

Luego vinieron los braseros eléctricos, más funcionales, engordando a las grandes eléctricas, que ya empezaban a dar buena cuenta de los bolsillos de los sufridos aldeanos.

Aún encontramos por ahí camillas y braseros, como habréis podido constatar, pero aquellas escenas de camilla que conocimos tenían un duende ya extinguido..., un halo, no sé... de afecto y cercanía, sin televisión, cachivaches tecnológicos, ni demás bodrios alienantes con los que hemos ido aceptando a la fuerza los automatismos del mundo actual. Todo ello nos lleva a pensar, con Jorge Manrique, “cómo a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor…”.

El viento soplaba recio ya entrada la noche, y una lluvia de invierno azotaba el techo de teja vana. Dentro de la casa, dos ancianos posaban estáticos, frente a frente, en la camilla; el hombre repasando una y mil veces el mismo libro desvencijado de Gabriel y Galán..., quizá leyéndole en voz alta a la anciana el poema de “El Crihtu Benditu”, para emocionarse siempre al punto aquel de: “Ni me jizu marquéh, ni menihtru, ni alcaldi siquiera…”. Y así, en su sencillez perfectamente asumida, se iban apagando lentamente, a la noche y a la vida, como la brasa amorosa del brasero.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

martes, 6 de octubre de 2015

Jugando a la pelota


Cuando un día oímos hablar de deporte, supimos que no era otra cosa, sino deporte, lo que habíamos hecho desde siempre, saltando paredes de campo, gateando a los árboles y corriendo en todas las direcciones. Y no era, sino deporte, lo que hicieron nuestros mayores toda su vida, levantando sacos de trigo, cavando garbanzos, o caminando durante horas por montes y pedregales. Y deporte fue lo que hicieron aquellos antepasados que no conocimos, que sin saberlo, fueron atletas de sudor al viento, corredores en pista de tierra... plusmarquistas de la necesidad.

Claro está, que una sociedad sedentaria necesita inventar nuevas formas de volver a sus orígenes, para lo que estaba y sigue estando concebido el cuerpo humano, que es para andar y desplazarse de un lado para otro... y en esto, mira tú, apareció el deporte.

Allá por los años sesenta llegó de pleno la fiebre futbolera a la vida rural, y comenzaron a organizarse partidos entre pueblos. Eran partidos con masajistas que llevaban alcohol y vendas en cajas de zapatos, y jugadores que exhibían camisetas de rayas, imitando al Atlético de Madrid, o de Bilbao; camisetas que los mozos sufragaban arrancando jaras en la dehesa, al tiempo que improvisaban porterías de palos de encina, quedando claro que hasta el fútbol, tan moderno, por allí aún estaba supeditado a los elementos propios de la tierra. Solían ganar los pueblos que portaban jugadores procedentes de colegios de curas, con técnica depurada, frente a los aguerridos mozos lugareños, que a lo más que llegaban es a estampar el balón en la cara de algún distraído espectador, como en cierta ocasión me ocurrió siendo muy pequeño.

En las fiestas de los pueblos empezó a ser habitual el partido de solteros contra casados. Eran partidos de pantalón arremangado, intentando "entallar" (acertar a dar) la pelota con las sandalias de material, cosa que no siempre era fácil. Lo de acertar un pase al compañero, se convertía en una “delicatessen” sólo para unos cuantos elegidos; el resto desviaban el punto de mira, entre risas del respetable, a la par que algunos casados trotaban con su incipiente barriguilla cervecera, que desataba los gritos socarrones del público: ¡¡Tú ya Manolu, sopitah y buen vinuuuu!!

El término fútbol aún nos sonaba como una cosa un tanto extranjera, y lo de “balompié” nos resultaba demasiado cursi; así que el deporte del fútbol, para nosotros, se quedó en “jugar al balón”, sin más, y para nuestros mayores nunca pasó de “jugar o a la pelota”.

Al balón se jugaba en las calles con la indispensable colaboración de los tejados, que a menudo eran receptores de los escasos balones que portaban los niños de aquella Extremadura limitada en lujos y tonterías. El tejado se quedaba la pelota, a veces para siempre, no sin antes haber pagado el consiguiente peaje en forma de gotera. En algunas ocasiones nos íbamos a jugar a los valles idílicos de las afueras, aunque a menudo nos llegaba la visita frustrante de un pastor, para recordarnos que aquel lugar estaba reservado al ganado, y tan sólo se hacía la oportuna excepción en los días señalados de las fiestas patronales; pero el fútbol se abría paso por todas partes, como las enredaderas, y al final acabábamos jugando hasta en los sitios más insospechados.

Nuestras porterías infantiles, con frecuencia, eran dos “gorruscos” (piedras gordas y pesadas), o dos botes de hojalata, que los había por doquier. Y no faltaba nunca el niño gordito con el balón debajo del brazo, y en la otra mano la rebanada de pan con mantequilla y azúcar. Sus dotes atléticas no eran grandes, pero eso sí, era el dueño del balón. Los equipos se formaban echando pie; de esta forma, el dueño del balón, y otro, se colocaban frente a frente, como en un duelo al sol, y avanzaban colocando un pie inmediatamente por delante del otro. Cuando quedaba un espacio reducido entre los pies rivales, uno de ellos decía: monta y cabe, y elegía jugador. El dueño del balón se convertía por momentos en una estrella “pop” a la que casi pedíamos autógrafos, esperando que tuviese a bien dejarnos jugar con “el su balón”.

Se jugaba preferentemente por las tardes, después de la escuela, portando como merienda un “zalico” de pan y una pastilla o dos de chocolate de fundir, que acabó sustituyendo las meriendas antiguas de pan con higos secos de nuestros antepasados. Alguna vez se daba el caso (como me recordó un amigo recientemente) de que un perro famélico se llevaba el pan de la merienda, al dejarlo por descuido en el suelo; y desde lejos se escuchaba luego el grito del niño, mientras el perro se perdía en la lejanía, como un ser lastimero salido de un inframundo perruno, en una escena más propia del Lazarillo de Tormes.

Luego, ya en la adolescencia, caímos ante el arrobo del fútbol de manera absoluta, escuchando interminables carruseles deportivos por la radio. Cuando en mis primeras lecturas juveniles leí a Albert Camus, en su libro “El Extranjero”, relatando aquellas plomizas tardes de fútbol en Argel, pude comprender que el mundo simétrico y global, cocinado en las calderas de algún oculto mago negro, empezaba a ser muy parecido en todos los lugares del planeta tierra.

Algunos ancianos fueron armonizando los toros con el fútbol, en una obligada simbiosis pueblerina de adaptación a los nuevos tiempos. Cuando vi a mi abuelo, y a otros de su generación, viendo fútbol, y emitiendo opiniones al respecto, había algo que no me cuadraba; aunque sus comentarios no pasaban más allá de cosas tan básicas como: “Ehtuh de blancu no pierdin nunca la pelota”…; o tal vez: “Loh de coloráu ehtán siempri mu atentuh loh unuh con loh otruh”.

Todo era fútbol a todas horas. Durante la comida, se escuchaban en la calle risas de un gamberrismo un tanto impostado, y entre risa y risa, sonaba un balonazo en la puerta de casa (que hacía las veces de portería), hasta que el comensal afectado se asomaba, con el gesto áspero y el rostro “renegrío”, tan propio de aquel tiempo, y les espetaba: “Ilsuh a tomal por culu a jugal a la pelota pa la vuehtra puerta”.

Ya nos iban llegando los vientos de la moderna cultura competitiva, con películas y demás inventos donde todo consistía en ser el número uno, ganar y machacar al contrincante sin demasiada delicadeza. Y así íbamos asumiendo poco a poco el rol que nos tocaba vivir. Cada uno, en su especialidad, intentaba superar a los rivales, y encaramar el ego a las alturas. A un servidor le otorgó natura unas piernas rápidas y veloces para ganar carreras rurales. Recuerdo una de las primeras, en la era, donde un triunfo apoteósico me trajo los halagos de los curtidos trilladores. Pero además de luces, cómo no, había también sombras: mi acreditada fama de "correcaminos" me condenó a la persecución habitual de un grupo de muchachones mayores, que para verme en acción, corrían detrás de mi con un langosto en la mano, al objeto de introducirlo en mi camiseta. A mis espaldas, ya a lo lejos, podía escuchar sus risas cavernícolas, con la tranquilidad de saber que nunca lograrían darme alcance.

El deporte femenino se resumía en unas niñas corriendo al pilla pilla, de manera pizpireta, o saltando a la comba, o a la teja..., y el contacto de éstas con la pelota, se resolvía botándola contra el suelo, o lanzándola sobre la pared, en aquellos juegos con canciones, de los que ya hemos hablado por aquí: “Te pe té, caaaafé, arroz con leche, sardinas en escabeche…”.

Las bicicletas, refutando al genial Fernán Gómez, lo mismo eran para el verano como para el invierno... Las bicis se convirtieron en un lujo que no estaba al alcance de todos. Los pequeños, a falta de bici propia, aprendimos a montar en las bicis de los mayores, metiendo la cadera bajo la barra, y pedaleando en posturas claramente circenses. Eran enormes bicis, cuyas cámaras rojas servían para los “tiraores” (tirachinas). El aprendizaje de la bicicleta costaba numerosas caídas, y hasta incluso perder el control con la bici y meterse en el comedor de alguna casa en plena comida, como en algún caso que conocí, más propio de los hermanos Marx. Luego fuimos alocados e intrépidos ciclistas transportando por el pueblo a otros niños en el portamaletas, y dando vueltas y más vueltas hasta la saciedad, con la emoción en el rostro, el aire sobre el pelo, y una sensación de aventura y libertad difícilmente superable por ninguna videoconsola.

Algunos obreros regresaban de la obra en los pantanos en una humilde bicicleta, “haciendo deporte por partida doble”. Se bajaban sigilosos de la bici al llegar a las calles de rollos, para preservarla del impacto con las piedras. Eran antiguas bicicletas de guardabarros acabados en una gran goma, casi rozando el suelo, con timbre, portamaletas y dinamo para el faro, que se proyectaba en la parte delantera como una especie de gárgola metálica y triste.

Llegó un tiempo en el que todo eran bicis por todas partes: bicis para ir a la era, bicis para ir a la escuela, sita en los pueblos cercanos... bicis para el baño en los ríos, bicis para el gamberreo callejero, bicis para presumir; bicis, en fin, para todos los eventos y quehaceres de la vida rural.

Todo era ejercicio continuo, y la obesidad y el colesterol eran una pareja de baile con escaso predicamento. Conozco el caso de un familiar que en un reconocimiento médico que le hicieron, el galeno quedó asombrado al comprobar sus bajísimas pulsaciones, y no pudo por menos que preguntarle: "¿Qué deporte practica usted?", y éste, con cierta extrañeza, contestó: "Yoooo... no paru de un láu pa otru".

Nosotros, fervorosos deportistas de pueblo, queríamos ser como esos otros deportistas afamados de la tele. Todo esto nos llevó, también, al coleccionismo, y nos pusimos a coleccionar cromos de manera compulsiva: cromos de futbolistas yé yés, con melenas horteras y pantalones ajustados, marcando paquete; o también cromos de ciclistas que salían en unas bolsas de pipas de sabor rancio, donde todos teníamos el álbum casi completo, a falta del malogrado Luis Ocaña, que a nadie le salía, y cuyo premio consistía en una guitarra..., hasta que alguien decidió un buen día comprar el saco entero de pipas,  para hacerse con el preciado instrumento. Recuerdo cómo los chavales nos arremolinábamos en torno al bar, para ver la famosa guitarra y el citado cromo imposible de Ocaña.

En las tardes antiguas y grises de aquella infancia perdida, un buen día, dejamos las pelotas de goma desinfladas en oscuras trojes, dentro de cajas de cartón, que un día, al hacer “dehcuaji” o limpieza en profundidad, fueron todas "a tomar por saco", a los modernos contenedores de plástico y olvido.

Las pelotas de ahora, mueven cifras astronómicas de dinero, corruptela y usura, cifras obscenas que superan con creces los límites de la indecencia a la que nunca debió llegar el ser humano.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS