domingo, 16 de febrero de 2014

La taberna



Al “pardeal” (al atardecer), los hombres transitaban por las calles hacia la taberna, como una procesionaria de orugas encurtidas en pana y tristeza, con carraspera tabacuna y mirada perdida al suelo. Saludaban con un “¡ey!” escueto y seco, camino del santuario, buscando ávidos el chato de vino como el que busca el Bálsamo de Fierabrás. Al doblar la esquina, paraban un instante, y, entornando los ojos como los orientales, daban una calada profunda al Ducados y arqueaban ligeramente una pierna, soltando una estruendosa ventosidad que se oía en la distancia como un interminable “solo de trompeta”. A la vuelta, ciertamente perjudicados, algunos regresaban dando “zambutónih”, ya sin saludar, y en los casos más extremos, “jaciendu ringu ránguh” de pared a pared. Tantas veces vi este tipo de escenas en mi infancia, que me ahorraré detalles por no aburrir al respetable.

Hasta bien entrados los ochenta, el bar se llamaba taberna o casino. La taberna antigua era un lugar escaso en espacio y catálogo, y el casino, un poco más grande, con algunas mesas para echar la partida.

El bar era un lugar hombruno, de vicio y humareda irrespirable. Entre la cortina de humo se veían los rostros difuminados, como ectoplasmas poco amigables..., como tétricas caras de Bélmez jugando a la “cuatrola”, que apenas emitían ásperas psicofonías sacadas de un inframundo de tabaco y alcohol. Los niños participábamos de aquello como de todo lo demás, con la alegría o la tristeza que tocase en cada instante. Éramos permeables al mundo adulto, e imitadores de todo lo grotesco y sus proximidades.

La partida de cartas era un momento más de tensión que de asueto, con un rictus en las caras, más propio de un duelo del oeste americano…, en este caso extremeño. Había un marcado acento del cine del oeste, sí, en casi todo. Las generaciones de varones jóvenes de los años cincuenta en adelante, vieron con devoción todas los westerns que había que ver, y alguno más. De esta manera, pusieron a “la muerte un precio” en cada gesto, en cada pose, en cada chulería, impregnando sus biografías de absurdos pistoleros que apuraban el cigarro y perdonaban vidas por rutina.

Los bares horteras de los años sesenta y setenta eran de corte pseudoamericano, como casi todo lo que fue llegando a España a partir de aquel tiempo. La estética y las maneras "espagueti western" predominaron en aquellos años, aunque por allí, más bien, se gastaba una marca blanca que podríamos denominar "belloti western".

El ruido habitual de las partidas era de golpes secos en las mesas y voces de cazalla que gritaban cosas como: “Arrahtru”; “No me toquih loh cojonih”; “Teníah la sota e bahtuh y no la hah dáu... / Hah siu tú el que no la hah queríu dal… / Me cagu en la lechi puta, si al final me vah a dejal pol embuhteru”...

La decoración de los bares os la podéis imaginar: trofeos de fútbol, caza y pesca, una cabeza de jabalí en la pared, y al lado de la barra un cartel de refrescos Mirinda. En aquel escenario, los duros varones se comían las toreras en vinagre, al tiempo que apresaban un chato de vino con gaseosa La Molina, o una cerveza extremeña El Gavilán. Algunos se atrevían, incluso, con el sol y sombra, ya que el whisky de los pistoleros aún no había llegado por aquellos lares nuestros de olivares y encinas. Otros permanecían sostribados en la barra, cigarro va, chato viene, con la mirada perdida en una tele en blanco y negro, de marca Telefunken, junto a un calendario Michelín de rubias en bikini.

No hay barra que se precie que no lleve adosados a uno o dos borrachines, de los de toda la vida. Aquellos borrachines daban la paliza a su manera, a la manera al uso en aquel tiempo. Si llegaban a juntarse dos en la barra, ya podemos recrear la escena: desafíos a lengua trabada, apretones de manos reconciliadores, vuelta la burra al trigo, amenazas con supuestas escopetas, abrazos repentinos otra vez y escenas surrealistas que podrían recordar a la obra teatral “La taberna fantástica” de Alfonso Sastre. Pero borrachines y pesados siempre hubo, seguramente desde la prehistoria misma. No me cabe la menor duda de que en las cuevas de Altamira, mientras uno pintaba, ya había otro al lado dándole la tarde.

Los frigoríficos fueron un acontecimiento por aquellos años, y, en principio, sólo estaban en los bares. Luego fueron incorporándose poco a poco a los hogares. En las míseras cubiteras cuadriculadas de los congeladores que había en las tabernas, se hacían polos de naranja o limón, con un simple palillo mondadientes por agarradero, y se vendían como auténticas joyas veraniegas a los niños. A los pocos chupetones sólo quedaba el hielo, pero marchábamos ufanos con nuestro polo en la boca, como un signo distintivo de golosa modernidad.

De vez en cuando, había un día concreto en que el bar se encontraba a rebosar, los campesinos apuraban las tareas para llegar a tiempo, y allí, sin apenas sitio en las mesas ni espacio en las paredes, todos miraban extasiados a la tele, donde un toque de clarín anunciaba la salida del toro... Todo el mundo en silencio, aunque con frecuencia se oía un vozarrón: “¡¡Oleeee loh túuuuuhhhh cojoooonih..., no hay otru comu el Viti!!”; y la euforia culminaba con El Cordobés haciendo el salto de la rana. Los toros eran, sí, una religión.

Los niños, ya digo, estábamos como los jueves, en medio de todo y en todas partes; entrábamos en los bares y donde hiciera falta..., en lo bueno y en lo malo, en lugares de vicio y en lugares de culto, entrábamos, en fin, tanto en los algodones como en las azucenas, que diría Miguel Hernández.

Aún guardo un bonito recuerdo de alguna taberna antigua, de las de mis abuelos... de las de siempre, de aquellas que perduraron en el tiempo sin apenas cambiar durante siglos, ajenas a ese punto de inflexión y modernidad que fueron los años sesenta y setenta, donde se aparcaron formas de vida que habían sido heredadas sin solución de continuidad ni grandes cambios aparentes. Estas tabernas ancestrales sobrevivieron agonizantes hasta principios de los ochenta. Eran tabernas austeras, sin tele tonta, pero con vino peleón, aguardiente y anís del mono, y un tabernero que sacaba el vino de la cuba succionando por la goma. Allí la barra no era barra, sino un escueto poyo de pizarra para servir la bebida en vaso de chato o “panilla”. El espacio era mínimo, apenas para una o dos pequeñas mesas cojas, sobre las que estrellar unas desdibujadas cartas desgastadas por los ancianos dedos... dedos ya sin huellas, huellas borradas por sachos y “sigurejas” que golpearon hasta la saciedad los surcos y troncos del pasado. Los hombres de edad provecta seguían acudiendo a sus tabernas de siempre, fieles e impermeables a la idiotez importada que nos llevó al culmen de la locura consumista de este tiempo. En algunas de estas tabernas no había ni siquiera nevera, o bien la incorporaron más tarde, y las pocas cervezas que vendían las enfriaban con una red dentro de un pozo de agua fresca, oculto en alguna extraña ventana de madera en la pared. Qué libres eran y qué lejos estaban de los negocios energéticos de nuestro tiempo.

Por una calle de barro y piedras, se retiraba de la taberna un hombre taciturno, con la noche caída, bajo el tenue rocío de un “agüina moja bóbuh”. Marchaba cabizbajo, acumulando años por rutina, sin haber hallado más sentido a su vida que el trabajo en el campo..., en algún pantano de posguerra, o en jornales y siegas entregadas al clima justiciero; con mujer hacendosa y los hijos criados a pan, tocino y gazpacho. El cigarro adosado como un fósil al dedo. Con la tos siempre perruna y hollín en los pulmones. Héroe y villano, pasaba lentamente. Caminaba callado sin plantearse nada, sin grandes dudas existenciales, sin luz en la mirada, sin voz, sin pensamientos. Como diría el poeta y cantautor extremeño, Pablo Guerrero:

“Buscaba, creo, el sol en un vaso de vino,
empaparse de lluvia y descalzarse luego,
hasta vivir, hasta sentir de lleno
el contacto del barro de la tierra”.


JORGE SANCHEZ MOHEDAS

sábado, 1 de febrero de 2014

Los señoritos son para el verano



En las apacibles tardes estivales nos llegaban los señoritos, entre olor de paja en la era, cagajones por los suelos, gallinas dispersas en las calles y burros que se espantaban dejando paso al Renault Gordini que portaba a tan egregios visitantes. Los señoritos se bajaban del Gordini con su impoluta ropa planchada, haciendo un ligero mohín de desaprobación, mitad por el cansancio del viaje, mitad por la aspereza de la tierra que acababan de pisar. Ese gesto de asco les daba un toque de distinción que no tenían los autóctonos, a los cuales no les estaba permitida la cara de asco, aunque sí de mala leche, que esta última se llevaba instalada de serie, como el aire acondicionado de los coches.

Había dos tipos de señoritos: uno era la persona sencilla que hacía el esfuerzo de adaptarse a las circunstancias del entorno rural, y luego estaba el otro, el estirado, que llevaba a gala su supuesta condición honorable. Del primero no hablaré mucho, pues no resulta literario ni da juego a estos mentideros que aquí nos ocupan. Me recrearé más bien en el segundo. Además, no os preocupéis, pues aquellos que tengáis a bien leer este relato, os concedo el honor de quedar excluidos del segundo perfil, faltaría más.

Algunos mal pensados creían que los señoritos tan sólo venían a los pueblos buscando los chorizos y jamones de los abnegados campesinos, que ofrecían generosos las pocas exquisiteces que tenían: “Loh señorituh námah vienin a pol loh chorizuh y jamónih, y luegu salin ehtarmáuh”. Tal vez no les faltase razón en algún caso, pues las incomodidades rurales no resultaban muy atractivas (os remito al texto de “Agua poco corriente”) y quizá buscasen equilibrar la balanza a base de chorizo, jamón y algún que otro paseo campestre. Muy lejos de todo aquello quedan las glamurosas casas rurales de ahora, junto al divertimento pijotero y de diseño que se ha creado en el ámbito campestre para reclamo de los foráneos.

Nuestro mencionado personaje, estaba lejos de ser el señorito noble de los Santos Inocentes de Delibes, pero a pesar de eso, quedaba a una cierta distancia de nosotros, y era perfectamente sabedor del bajo nivel cultural de nuestra gente y de sus toscas maneras, y esto le obligaba a marchar siempre con un porte de distinción y una ligera tontería, y a tener, además, una permanente tortícolis como resultado de ir siempre mirando por encima del hombro. El señorito estirado, como hemos dicho, era bastante menos de lo que aparentaba, e incluso su intelecto no era propio de la Grecia de Pericles, pero en el país de los ciegos con boina, los tuertos con anteojos son reyes.

Los señoritos llegaban a las tabernas del pueblo pidiendo “gin tonics” y otras extravagancias que no figuraban en el rudimentario repertorio del tabernero. En algunos casos lo hacían para epatar a los agrestes compañeros de barra, que observaban de reojo, con mirada cejijunta, al tiempo que apuraban su chato de vino peleón.

Los hijos de los señoritos despertaban entusiasmo entre los chavales del pueblo, que esperábamos su llegada veraniega como un regalo del cielo, aunque a decir verdad, aquel entusiasmo partía más bien de un gran complejo de inferioridad frente a ellos. Nuestra admiración era la admiración del pobre, del humilde, del que se siente claramente inferior. Los niños de ciudad nos deslumbraban con juguetes o ropas fuera de nuestro alcance, y con algún que otro relato impactante de su vida urbanícola; y nosotros, por contra, conocedores de su poca agilidad física, intentábamos impresionarlos con destrezas propias de nuestro mundo agropecuario, saltando paredes de campo o gateando a olivos y pajares destartalados, y dándonos algún que otro soberano costalazo en su honor, pero felices, con tal de que la torta pudiera desatar las risas y el jolgorio de los engominados infantes. Es la sumisión propia del indígena frente al explorador, del que se sabe siempre por debajo del otro, y declina su ego en favor de la nada. En este marco de relaciones infantiles, no eran extraños los enamoramientos platónicos de los niños locales hacia las advenedizas emperatrices Sissi de blancor almidonado, procedentes de los madriles, aunque pocos años después nos cantase Sabina que “las niñas ya no quieren ser princesas”, mira tú.

Estaba también el caso típico de la muchacha de pueblo que se iba a pasar un mes a Madrid, a casa de algún familiar, y en tan breve espacio de tiempo nos retornaba hablando “fisno”, con un tono impostado que la obligaba a una constante y tortuosa concentración, imposible de sostener durante más de unos minutos. Generalmente acababa entregándonos una suerte de fusión dialéctica del tipo: “Si te habieras venido a Madrí te lo habieses pasado mu bien”, o bien: “Mira qué collar más bonito me trujo mi tía, póntelo en el gañón a ver cómo te queda”. Al final acababa resultando algo inocente y tierno todo aquello.

Los citados forasteros nos fascinaban con algunos artilugios como: grabadoras de sonido, gafas de sol, mecheros bañados en oro y, sobre todo, cámaras de fotos; de hecho gran parte de las fotos de aquella época fueron realizadas por ellos. Ahora son las fotos en blanco y negro que guardan las abuelas en esas abolladas cajas de lata con paisajes japoneses. Muy típicas eran, especialmente, las fotos de niños de ciudad montados en el burro del abuelo, mientras el viejo, desde abajo, con cara de baturro emocionado, al estilo Paco Martínez Soria, sujetaba al nieto por detrás.

Estos forasteros, además de sufrir las inclemencias rurales, con frecuencia eran víctimas de las diarreas veraniegas del agua de las fuentes, pues nuestra amiga Escherichia Coli, no los conocía de nada, a diferencia de los aldeanos, que la saludaban por la calle, o al sacar el burro del corral: “To loh añuh soh pilláih la cagueta unuh u otruh... soih mu delicaínuhhh”.

Los chavales corríamos detrás de los coches veraniegos, colocándonos detrás y "colocándonos", además, con el olor adictivo de la gasolina; y al parar el vehículo acudíamos raudos a mirar el cuentakilómetros, a ver a cuánto corría; para nosotros, el coche, indefectiblemente, corría lo que marcaba, sin ninguna discusión. A veces llegaba un chaval emocionado gritando que en la plaza había un coche que corría a 180, y nos faltaba tiempo, y nos sobraban esquinas, para llegar a contemplar tan sublime espectáculo, que consistía en mirar como monos con las frentes pegadas al cristal de la ventanilla.

Los que somos de pueblo y ciudad, convendréis conmigo que tenemos un valioso acervo intercultural. Somos un híbrido enriquecido con una mezcla de forraje y asfalto que nos otorga la ventaja de conocer los entresijos de ambos mundos.

Al final del verano, los coches de los señoritos marchaban “arromanados” de sacos de patatas, garrafas de aceitunas y ristras de chorizos, y se perdían por las angostas carreteras de encinas, dejando atrás las privaciones de la vida espartana, y dejándonos, también, un cierto vacío en el corazón. Luego venía la tristeza añadida de las primeras lluvias de septiembre. Quedábamos allí con las “cascarrias” en las piernas y la sombra en la mirada, y con aquella soledad tan nuestra, que nos hacía entender, sobre todo a los niños, que, al igual que las bicicletas de la película, los señoritos eran tan sólo para el verano.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

sábado, 18 de enero de 2014

Las calles de la burla



Decía Platón que: “La burla y el ridículo son, entre todas las injurias, las que menos se perdonan”, y tal vez sea cierto, pero a nosotros, habitantes de aquel paleolítico de décadas pasadas, nos tocaba perdonarlo todo para poder sobrevivir y hacer respirable un ambiente donde la burla y el agravio eran tan corrientes como el saludo o la charla cotidiana. El sentido del humor estaba basado principalmente en la denigración del otro: no había nada que hiciera más gracia que el ridículo de algún pobre infeliz, genuflexo ante el tablero de juego de la mofa y el escarnio.

El humor que allí se utilizaba no era nada sano, era el humor que nace en los ambientes viciados, donde el único propósito es hacer daño, y casi siempre al más débil. Pero el que hace daño al débil, es débil en esencia, y tan sólo manifiesta un instinto inconsciente de revancha contra sus propias frustraciones y su mediocridad. En medio de todo aquello, la envidia, además, era un ave de rapiña que sobrevolaba los tejados de teja vana, tejados que servían de cobertizo a la ira y al resentimiento. Si bien la burla y la humillación son primas hermanas, también, con frecuencia, suelen ser hijas bastardas de la propia envidia. En aquellos escenarios citados, todo esto era moneda corriente.

Los niños eran diana perfecta para todo tipo de burlas y bromas de mal gusto. Chinchar a los más pequeños era costumbre extendida en aquellos pueblos, y eso te obligaba, como niño, a no bajar nunca la guardia al salir a la calle o al doblar una esquina, pues, lo más probable, es que alguna “recua” de muchachos mayores, sucios y desaliñados, impulsados por un antiguo mimetismo de maldad heredada, te recordaran cualquier mote propio, o de tus ancestros, cuando no te adjudicaban directamente uno nuevo, para regocijo de los palmeros que secundaban al vocero principal del grupo. Según te alejabas, escuchabas sus voces desvanecerse, como un eco absurdo en el vacío de la nada, con risas y gestos atávicos que les hacían reivindicar, sin saberlo, su naturaleza de “homos no sapiens”.

Las calles, para los niños, eran contradictorias: por un lado suponían un espacio de libertad ahora impensable en las ciudades de nuestro tiempo, y por otro, en cambio, eran una especie de jungla con amenazas repartidas entre el desaire, la humillación y la agresión física. Como ocurre siempre entre la especie humana, el agredido, agrede, el maltratado, maltrata, el abusado, abusa y el ofendido, ofende, en una secuencia interminable de maldades aprendidas. Así parece haber sido siempre y así, también, parece haber supuesto un gran negocio a lo largo de la historia, pues jamás ha interesado a las castas dirigentes crear la educación y los referentes adecuados para una convivencia en valores humanos, y, por contra, han diseñado sociedades que premian y fomentan los bajos instintos. Ya decía un tal Salvador Freixedo (maestro de la conspiranoia), que somos una perfecta “granja humana” de no se sabe quién.

En este festival de injurias campestres, los motes ocupaban un lugar de privilegio. Los motes que de niño conocí, no tenían nada que ver con esos sobrenombres simpáticos que el propio destinatario asume con agrado, sino que eran más bien aguijones envenenados y malsonantes, que la única finalidad que guardaban era ofender y, sobre todo, irritar y buscar la reacción del ofendido, para proseguir con la burla, en la medida en que éste se enfadase aún más, y así volver a la carga en sucesivas ocasiones, cada vez con un número mayor de adeptos, que iban sumándose y buscando asiento en el circo romano de la chufla.

El mote se dirigía siempre a la parte más vulnerable de la persona, allí donde pudiera causarte una brecha mayor en tu dignidad: si cojeabas un poco de una pierna, podían llamarte “Pata chula”, si tenías problemas de visión, podías ser “Cegañutu”, si eras muy bajo de estatura, tal vez fueras “Perdigón” o “Repipión”, o si otro día... no sé..., pisabas una cagaluta de cabra, podías pasarte el resto de tu vida con el "cariñoso" apelativo de “Tíu Cagalutu”. Lo más llamativo de todo esto es que, la mala fe del que colocaba el mote, o lo publicitaba, era directamente proporcional a su grado de intransigencia para encajar burlas o bromas similares.

Otras de las víctimas propiciatorias de estas batidas por las calles empedradas, eran los mal llamados “tontos del pueblo”, tan satirizados y denostados en la televisión de los años ochenta, con la imagen de la boina calada y las cejas juntas. El tontillo de pueblo era un alma de dios que reproducía las virtudes y defectos de su entorno, en especial de su propia casa. Este mal llamado tontillo era un juguete fácil para algunos listos maliciosos que lo exponían a las masas, haciéndole preguntas recurrentes y esperando siempre la misma respuesta, como un mantra de la risa facilona que se ofrecía al insano y morboso espectador. Era como si, tal vez, se hubiera hecho un pacto previo entre el verdugo y el bufón, pues, en muchos casos, el tontillo repetía su letanía en una clara subordinación o síndrome de Estocolmo, sintiéndose superado ante las caras expectantes a su alrededor, que, cual grupo de bípedos, esperaban ansiosos a que el pobre desvalido les sirviera su cabeza (y su dignidad) en bandeja de plata, o más bien en “calambuco” de hojalata, más propio a las entendederas del gentío acosador.

Cuántas veces oí la frase tópica y desgastada de “ningún tonto tira piedras contra su tejado”. Esto no era del todo cierto: el disminuido psíquico se limitaba a imitar los hábitos y procederes de su casa; por ello, en un mundo huraño, donde cada uno nadaba y guardaba la ropa, y escondía sus miserias en las mugrientas ventanillas del corral, el citado tontillo se limitaba a reproducir las conductas más cercanas, sin más, a veces a favor, o a veces en contra de sí mismo.

No era extraño que la burla se llevase a cabo en la propia casa. Era habitual que los hermanos mayores chincharan a los pequeños, y estos últimos se quejaran lloriqueando a la madre: "¡Mamaaaa, írilooo, que no deja de jacelmi muecaaaah!". Y así todo el rato hasta que al fin, la madre, cansada, contestaba: "¡Me tenéih ya jarta, tupía y regotrá, al final vaih a cobral dámbuh a doh!".

Pero, no todo iba a ser negativo, pues, hasta en los ambientes más hostiles hay personas llamadas a jugar un papel benefactor, y estas eran, casi siempre, las personas más mayores, y preferentemente las mujeres. Era corriente la escena de un niño pequeño llorando en medio de un grupo de muchachos guasones, haciéndole burlas y muecas, y al momento surgir una anciana en su defensa, profiriendo frases del estilo: “¡Dejal al niñu, probecitu, ¿no veih que eh máh chicu que vusotruh?, vergüenza soh tenía que dal!”.

Los críos olvidábamos pronto las afrentas, a través de un sabio mecanismo de defensa, y saltábamos alegres por todas partes, no permitiendo que nada ni nadie nos robase un ápice de nuestra Arcadia feliz. Creo que éramos más inteligentes y prácticos que los mayores, sin duda.

Este tipo de costumbres y maldades aquí reseñadas, no han sido nunca privativas de ambientes rurales, aunque en los pueblos, por su propia y tosca naturaleza, tal vez se hayan proyectado desde lo más primario del ser humano. Aquel tiempo, en cualquier caso, tenía sus luces y sus sombras, y esta vez me ha tocado recrearme en las últimas, en fin.

Desde las cuevas del abrigo de Cromañón (trasladadas al oeste peninsular) se escuchaban enormes carcajadas, mezcladas con ruidos de piedras y palos cavernarios, y así, “burla burlando”, que diría Lope de Vega, íbamos cerrando algunos ciclos de la dudosa evolución humana.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

martes, 31 de diciembre de 2013

Vida de trascorral



En aquel tiempo aquí narrado, el corral, aunque cueste creerlo, se jugaba a pares y nones la hegemonía con la casa, y en no pocas ocasiones ganaba el corral; aunque más bien habría que decir que la casa rebajaba su nivel en favor del corral, en una extraña solidaridad siempre en sintonía con la raquítica porción de hedonismo que se repartía en contadas raciones, como la leche en polvo americana.

Cuentan los antepasados que en otros tiempos, en las familias más humildes, la casa y el corral formaban parte de la misma piel, llegando a compartir espacio vital, tanto personas como burros, cabras y demás fauna rural de aquella depauperada Extremadura del siglo XX. Me hablaban de cuadros rayanos en el esperpento de Valle Inclán, con las bestias entrando o saliendo por el pasillo de las casas, y escenas, en fin, propias de las películas de Fellini o Marco Ferreri, lo que demuestra, como ya es sabido, que la realidad supera siempre a la ficción.

Conociendo esto, no resulta nada extraño que en zonas especialmente castigadas por sus condiciones orográficas, como las Hurdes, las personas viviesen hacinadas junto a las cabras, en una especie de pequeños iglús de pizarra, sobre alfombras negras de “cagaluta” y hambre. Ni resulta extraña, tampoco, aquella reivindicación poética que el voluntarioso y humanitario Gabriel y Galán hiciera al Rey Alfonso XIII, cuando le dijo:

“Señor, en tierras hermanas
de estas tierras castellanas,
no viven vida de humanos
nuestros míseros hermanos
de las montañas hurdanas”.

Seguramente, la vida de pueblo que tú y yo conocimos, amigo lector, fue un poco más edulcorada, y entre las pulgas aludidas en el título de este blog, ya en lontananza se barruntaba un cierto atisbo de esperanza.

Entrar en un corral de la Alta Extremadura, era entrar en un mundo surrealista, de escala de grises o cine de Buñuel en blanco y negro. Los corrales, y las zonas reservadas a los mismos, no tenían nada que envidiar a los poblados mágicos de los “hobbits” del Señor de los Anillos. Aquel mundo se nos mostraba anárquico, fantástico, misterioso y canijo, como si la alimentación deficitaria de posguerra hubiera afectado a los propios edificios, y no sólo a la vida puramente biológica.

Todo era, ya digo, un poco tolkiano, aunque Tolkien, de haberse inspirado en estas tierras para su legendaria saga, con tanto burro de por medio, hubiese escrito más bien “El señor de los Asnillos”.

Aunque las casas y corrales se intercalaban fácilmente entre sí, en las traseras de los barrios había zonas en exclusiva dedicadas a estas destartaladas construcciones que aquí nos ocupan, como una suerte de pequeños guetos de “vicio y gallinaza” que daban un carácter ciertamente literario a todo aquello. A estos sitios, en la jerga pueblerina, se los denominaba “trascorrales”, y en ellos, al margen de la geopolítica internacional y otras grandes preocupaciones planetarias, transcurría una vida sencilla y apartada del mundo, meramente agropecuaria, con cacareo constante de gallinas, campanilleo de cabras, balidos de ovejas, y garrapatas y pulgas disputándose las piernas de los ilustres visitantes.

De las puertas minúsculas y cenicientas de los corrales, salían y entraban los “hobbits” extremeños, con sombrero raído de paño y enormes “zajónih” de cuero en las piernas, que les llegaban hasta los sobacos. Sacaban y metían burrinos enanos, como ellos, y apenas articulaban palabra, no más allá de una antigua lengua vernácula entre burro y amo, ya casi extinta, de un recortado léxico onomatopéyico, que sonaba más o menos así: “Sooooo, chac chac, dioooooh, cagüeeeen laaaa, qué calaveeeruuu”. Todo ello en un ambiente circunspecto entre burro y dueño, y una “vardasca” canalla que frecuentaba las orejas de un desangelado pollino que no tuvo la suerte de nacer Platero.

En ocasiones, en vez de “hombrinos” diminutos, eran “mujerinas” las que deambulaban por aquellos mágicos trascorrales a echarle a las gallinas, o a recoger los contados huevos entre la paja. Estas mujeres, pequeñas y cheposas, vestían casi todas de negro, como “curianas”, y se movían sigilosas por el suelo empedrado de aquellos antros de “palitroqui y cagajón”.

A veces era un niño el que entraba a ordeñar las cabras, con un babi azul del “Florido Pensil” y unas piernas sucias y secas, casi de palo, que hacían recordar la estampa del mismísimo Pinocho.

La anatomía del corral era de una imaginación sin límites, tan pronto había unos puntales que sostenían a duras penas un pajar de tabla, como unas escaleras imposibles, capaces de desafiar las leyes de la física, difíciles de subir y aún peores de bajar; o unas extrañas ventanillas por todas partes, que servían para guardar herramientas oxidadas, o clandestinas botellas de vino de pitarra que algún duende de pana curtida escondía a espaldas de la mujer; todo ello cortejado de pilones de granito para las bestias, albardas, yugos, liendros y demás útiles de una cultura entre medieval y cavernaria.

El corral era tenebroso, maloliente y carente de luz eléctrica. Allí se accedía con antiguos faroles de aceite que fueron sustituidos por linternas de petaca, en los pueblos llamadas “farolas”: “Cogi la farola y veti a vel si hay algún güevu en el corral, prenda”.

En lo más profundo y sombrío del edificio, varios “trompicones” más al fondo, se hallaban unos recónditos y oscuros compartimentos para meter los chivos, que recibían el nombre de “chinancos”, hacia los cuales se accedía al cabo de una tortuosa expedición espeleológica, con la mencionada “farola” en mano, y gran cuidado de no tropezar en aquella jungla de “tarma, vertedera y carricochi” .

Capítulo aparte merece la puerta del corral. Esta puerta podía llevar cien años en su sitio, y ochenta arrastrando sobre el suelo. Cada puerta tenía su ruido particular e intransferible. Las puertas eran grises y secas, como un zapato sin betún o una piel sin hidratar. La madera, podrida de la humedad, iba dejando huecos caprichosos por las partes bajas, que iban siendo tapados a base de latas clavadas con viejas puntas oxidadas, que fueron previamente recicladas y enderezadas a martillazo limpio sobre umbral de cantería. Las latas servían de apócrifo reclamo publicitario, anunciando bonito del norte o aceite para tractores. Al cabo del tiempo, y numerosas latas publicitarias añadidas, las calles de corrales se convertían en minúsculas e improvisadas avenidas neoyorquinas, donde los taxis eran burros mohínos, los ejecutivos vestían remiendo de “Louis Sin bottón”, y de las boutiques salían ásperas fragancias de “Dolce Caganna”.

Las puertas estaban enmarcadas en cantería, y unas tozas de no más de un metro sesenta de altura, que te obligaban a ir siempre encorvado para salvaguardarte de “chocotones” por doquier. Esto no era problema para aquellos viejos campesinos, que, cual pequeños gnomos con boina, se estiraban “rejertes” al entrar o salir de los corrales, sabedores de estar en su natural elemento.

Al caer el sol volvían las cabras del cabrial de concejo, dispersas por las calles de aquellas pequeñas aldeas liliputienses de la Alta Extremadura. La vida de trascorral dio paso a otra vida de polígono y maquinaria a partir de los ochenta, y el romanticismo, como ocurre siempre, dejó paso a la eficacia.

Atrás quedaron aquellos trascorrales de la infancia, en las regiones olvidadas de un mundo irreal. Allí, por la “Calle de Nunca Jamás”, la pequeña Momo vio pasar al último octogenario con un haz de tarmas a la espalda, junto a una jorobada anciana con calderilla de zinc en mano, perdiéndose ambos lentamente hacia la luz, entre un derruido portillo de piedra y una higuera al fondo de un lóbrego callejón.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

jueves, 12 de diciembre de 2013

El tíu del sebu



Meter miedo a los niños era un deporte de gran aceptación y un número incalculable de practicantes federados. Los mayores metían miedo a los niños, y los niños, a su vez, a los niños más pequeños, en una descarnada cadena trófica de espantos, donde se fagocitaban los unos a los otros y el temor se servía en plato de porcelana, como parte del alimento y diversión que hacía más llevadera la casposa existencia aldeana, siempre inspirada en una pura y dura visión “darwinista de la vida”.

Los miedos eran variados y complejos, y algunos más o menos recurrentes, como los supuestos encuentros con aquellos hombres malos, malísimos, que buscaban atropelladamente a desamparados niños para sacarles la sangre o el sebo. Parece ser que algún caso real hubo, y que luego, como ocurre casi siempre, se incorporó al imaginario popular, y al bestiario, ya de por sí dilatado, que se mostraba sin piedad a los infantes de aquellas tierras de tarma y forraje.

Los niños encontrábamos al tío del sebo en todas partes; en cualquier forastero despistado que pasara por el pueblo con un mulo y unos sacos, veíamos en los sacos, lógicamente, niños descuartizados, y si en vez de sacos eran cántaros de lata, estos, claro está, eran recipientes portadores de la sangre de indefensas criaturas.

Estos criminales hombres del sebo tenían escasa imaginación, pues siempre camelaban a los críos ofreciéndoles caramelos, con la intención de atraparlos y adormecerlos mediante extraños polvos que aplicaban en la cara a través de un pañuelo. En otras ocasiones, cuentan, te ofrecían el caramelo y, sorprendentemente, te dejaban marchar, sin más; claro está que la gracia estribaba en que el caramelo, como no podía ser de otra forma, estaba envenenado.

Nunca faltaban los muchachos que inventaban encuentros con tan siniestros personajes, como, por ejemplo, el típico hombre de mirada extraña que paraba a las afueras del pueblo en un Seat 124, y los llamaba para ofrecerles los consabidos caramelos, mientras ellos corrían despavoridos hacia el interior del pueblo. Esta historia, varias veces repetida, solía tener dos explicaciones solamente: la más normal era que, directamente, fuera un invento de la imaginación peliculera de los críos, y la segunda, también probable, que el hombre ciertamente fuese real, y los llamase desde el mencionado coche, pero con la única intención, tal vez, de preguntarles alguna dirección dudosa en cualquier cruce de carreteras. El episodio, en cambio, se convertía en la comidilla del lugar durante largo tiempo, y algunos chavales iban inventando y añadiendo nuevos elementos fantasiosos a la historia, haciendo girar y girar la vieja rueca del morbo y la ignorancia, que acaba siendo el origen de tantas leyendas urbanas y rurales.

Siempre estaba, también, la protectora abuela que advertía al nieto con el eterno sonsonete: "No te vayah lejuh, prenda, que vieni el tíu del sebu y te cogi". La abuela lo hacía con la sana intención de tener controlado al niño, todo hay que decirlo.

Por las calles empedradas, como sacados de la Edad Media, llegaban a los pueblos los mendigos, harapientos y agotados del polvo y la sed de los caminos, relegados a la nada..., a la mínima condición humana, “como el guijarro humilde que en días de tormenta se hunde en el cieno de la tierra”, que diría León Felipe. Llegaban, sí, llenos de alforjas y remiendos en la ropa y en la vida; llegaban con la miseria a cuestas, a pedir las sobras de la propia miseria, a reclamar las migajas de las escasas viandas y andrajos de los lugareños, que en un gesto de lástima les daban un mendrugo de pan, alguna perra gorda y ropa vieja. A los mendigos, en los pueblos, se les conocía con el nombre de Loh póbrih (Los pobres). Entre aquella corte desaliñada de la indigencia, que eran loh póbrih, los niños volvían a añadir nuevas piezas al extenso inventario del terror. Pocos eran los críos que no tuvieran miedo a tal o cual mendigo. Me cuentan, aunque apenas lo conocí, que por el pueblo aparecía, de tarde en tarde, un pordiosero llamado Poldo, grande de estatura, desgarbado, con alforjas y un sombrerón viejo de paño, que, además, no articulaba casi palabra, llamando siempre a las puertas con dos o tres golpes y una voz misteriosa y profunda que decía algo así como: "Ataaaa yooooo", que una vez descifrado, significaba "Alabado sea dios". Los niños, a Poldo, no le tenían miedo, no... le tenían directamente pánico, pavor, terror... Cuentan que en cierta ocasión unos chavales subían alegres calle arriba, y al ver a Poldo en lo alto del barrio, presos del pánico se metieron en un corral y estuvieron escondidos, acurrucados y temblando hasta el atardecer, cuando ya por fin abandonaron el corral y aparecieron llenos de pulgas, para dar la razón al título de este blog. Poldo, sin embargo, era un alma de dios, inofensivo, inocentón y un tanto retrasado. En Poldo podemos ver la injusticia y torpeza de este mundo, que reputa a los buenos por malos, y a los mismísimos psicópatas, a veces por hombres de bien.

Entre el gran elenco de fantasmas y temores, también nos atormentaban frecuentemente con aquellos relativos a la salud. Cada vez que sangrabas por una herida, aparecía siempre, como de la nada, un malicioso palurdo que, con gesto de Neandertal reciclado, te espetaba una cruel y manida frase que oímos de niños hasta la saciedad: "Pol esa jería se te va la vía" (por esa herida se te va la vida). En este tipo de anécdotas recuerdo, de muy niño, haberme tragado un chicle, y llorar amargamente, pues la información previa que manejaba al respecto, era que los chicles se pegaban a las tripas, provocando la muerte segura en pocas horas. Ante mi desolación, esperaba ansiosamente que alguien me aliviara y desmintiera mis temores, pero sólo encontré a unos muchachones mayores que, con socarrona mueca de asombro, se limitaron a confirmar mi funesto desenlace.

Los miedos infantiles, como ya hemos dicho, abarcaban un amplio espectro de cosas (perdón por lo de espectro). Se tenía miedo de casi todo, de lo real y de lo imaginario; del tétrico hombre de negro, con abrigo largo y sombrero, que te aguardaba al fondo de la estancia, y era tan sólo la sombra proyectada del abrigo y el sombrero del abuelo, colgados en la percha; o de unos pasos sigilosos, que en el silencio de la noche se oían en el desván, y eran los de un felino que vagaba por ahí, en su noche gatuna y arbitraria..., o, quizá, la cabra del vecino, que aprovechó la puerta abierta para subir a la troje a comerse las bellotas, provocando en la familia una escena de película de Hitchcock, con el hombre de la casa subiendo en tensión las escaleras, armado con "calaboza" o escopeta.

Algunas veces los personajes imaginarios eran de cosecha propia, como el vino de pitarra que alegraba la vida de los rústicos vecinos. Mi abuelo, con gran imaginación y afición a las bromas, inventó un personaje al que llamó “Pedrón el de Mohedas”; este tal Pedrón era casi un gigante bíblico..., una suerte de Goliat extremeño con boina y una enorme y sospechosa talega al hombro.

Las piedras eran la defensa económica y accesible de los niños; íbamos provistos de ellas para todas partes, como arma y reminiscencia de la Atapuerca que aún sentíamos cercana. Con frecuencia inventábamos la presencia de brujas que habitaban en corralones a las afueras del pueblo, y procedíamos a bombardearlos con munición de guijarro, sin acabar con ninguna bruja, claro, pero sí provocando una ración considerable de goteras en el tejado del pobre paisano de turno, dueño del corralón, que para nada sospechó nunca la presencia de tan espantosas viejas de hechizos y calderos. Cuando un día descubrí los aquelarres y las brujas en las pinturas de Goya, me sorprendió que era todo parecido a como yo lo imaginé de pequeño; era como si, el inconsciente colectivo del que hablara Jung, nos hubiera llevado, a Goya y a un servidor, a comprar en la misma tienda ancestral de los horrores.

En fin, el tema daría para un libro, pero lo que sí podemos concluir, y en ello estaréis conmigo, es que el miedo, a lo largo de la historia, ha sido muy rentable para unas minorías que nos han mantenido siempre en esa baja vibración que interesa a sus designios, aderezado todo con una buena dosis de engaño e injusticia. Decía el genial Quevedo aquello de: “Vinieron la verdad y la justicia a la tierra; la una no halló comodidad por desnuda, ni la otra la halló por rigurosa”.

Al atardecer, entre la niebla del invierno, las brujas cerraban los portones de lúgubres corrales de piedra vieja y musgo, y se perdían para siempre en las calderas y trébedes del tiempo, dejando paso a nuevos miedos, a miedos más sofisticados y eficaces, a miedos más de este tiempo, sí, pero apoyados también, como siempre, en la misma mentira e ignorancia.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

viernes, 29 de noviembre de 2013

Los vigilantes del melonar



Nada que ver con ninguna serie hortera de la todopoderosa industria televisiva americana, con bellezas exuberantes y plastificadas, sino más bien con la marginal y “nadapoderosa” industria extremeña de la indigencia, que nos hacía custodiar los escasos bienes agropecuarios, en una dura batalla existencial propia de aquellas tierras de surco, cebolla, patatal y melonar.

Pues sí, como bien habéis adivinado, estos otros vigilantes nativos eran, mayormente, de porte aldeano, de boina pasada por tierra de cortinal, de pantalón de pana zurcido en solana invernal, y colillas de Celtas Cortos, o Ideales, en la comisura de los labios. Vigilaban, sí, el melonar, el sandial, el patatal, el trigal, el huerto, la viña, los higos… y se vigilaban los unos a los otros, en un estado natural siempre en guardia, que es el estado que nace del polvo viciado de la desconfianza.

Algunas noches los campesinos dormían a campo, y no por el placer al uso en nuestro tiempo, sino, una vez más (y ya tan remachado aquí), por simple y pura necesidad. Casi todo en aquel tiempo era por necesidad, excepto algunas pocas y pequeñas cosas que, por tanto, se disfrutaban con el júbilo que brota de lo excepcional. En verano se dormía en el melonar, para preservarlo de los hurtos que nacían, a veces, de la pura rapiña, pero otras, las más, de la propia penuria, casi idéntica entre el raterillo y el dueño de tan parcos bienes. Era una lucha de remiendo compartido, donde no hurtaban pobres a ricos, sino pobres a menos pobres; eran los Rinconete y Cortadillo de Cervantes, frente al minifundista de la nada; los pobres de los cuadros de Murillo frente al recto labrador de la pena y la quimera, enfrentados en la áspera soledad de un surco provinciano; eran, entre todos, el Carpanta de José Escobar comiendo el muslo de pollo bajo el puente de los sueños y el deseo.

En alguna ocasión, sin embargo, el dueño del fruto tenía un cierto grado de empatía con la necesidad de sus semejantes. Contaba mi abuelo, con ironía magistral, que cierto paisano de su tiempo (cuyo nombre omitiré), un buen día descubrió a un par de famélicos hombres de posguerra comiéndole los higos de una higuera. Este buen lugareño, sabio y genial en muchos de sus lances, decidió permanecer oculto y en silencio, sabedor, ciertamente, de que el hambre se repartía entre las personas de aquel tiempo con la misma "generosidad" que la opulencia en los sacos de la usura.  Allí, escondido, observó cómo los comensales disfrutaban de su improvisado trofeo de saqueo estival y silencio de siesta. El hombre, oculto, con sonrisa cómplice, se recreaba al ver a aquellos pobres diablos saciarse en detrimento propio. Pero, hete aquí, que una vez ahítos del preciado fruto, los raterillos comenzaron a comer y a tirar los pellejos de los higos de manera rápida y desordenada, con lo cual, el ponderado y virtuoso hombre salió al encuentro y les gritó: “¡Alto ahí!, hasta ahora he visto que habéis comido limpio y bien, y me hago cargo, pero este derroche ya no lo puedo consentir”.

En los días de mayo se cuidaban los campos de cebada y trigo, pero esta vez no del hurto sigiloso del humano, sino del expolio inocente y frugal de los pájaros, aquellos denostados duendecillos del aire que bajaban  a compartir la fiesta paradójica de la supervivencia. Esta otra suerte de custodia solía tocar a niños y mujeres, mientras los hombres se afanaban en tareas de más envergadura. Ahuyentar a los pájaros, en extremeño, se llamaba “joseal pájaros”. El término “joseal” proviene de "oxear": espantar aves domésticas. A los pájaros se los “joseaba” con gritos, tocando palos en “calambucos de lata”, moviendo campanillos y con toda clase de artilugios de percusión rural. En algunos casos se intentaba disuadir a tan esquivos personajes mediante el uso de espantapájaros, pero con poco éxito. El espantapájaros extremeño, como podéis imaginar, nada tenía que ver con su homónimo del cine americano, grande y bien alimentado, que representaba a un robusto granjero, o al mismísimo tío Sam. El espantapájaros nuestro era un triste y flaco muñeco local, desnutrido, “renegrío”, famélico y taciturno; quizá por eso los pájaros, al final, se posaban en él como en una rama más de tantas, dejándole su consiguiente regalo excremental. Nuestro muñeco labriego estaba hecho tan sólo con un par de palos en forma de cruz, un pantalón de catorce remiendos y un saco roto de esparto como vestimenta, junto a un humilde y ajado sombrero de paja, que había sufrido el paso de varias eras… eras de trilla y parva, se entiende. Era un muñeco, en fin, crucificado al sol, como una clara metáfora de la inclemencia de aquel tiempo.

En la batalla sin cuartel frente a los pájaros, algunos campesinos, incluso, optaban por colocar una especie de pequeño cañón, que sonaba a lo lejos tímido y tembloroso, y que apenas espantaba a los pájaros, sino más bien a los burros que iban por los caminos, o a las mujeres con el baño de ropa a la cabeza, cuyo baño, ante el susto, acababa por los suelos en no pocas ocasiones.

Por las hermosas tardes de aquellas primaveras de trigales y espigas, se escuchaba un festival de ruidos aleatorios y gritos descompasados: ¡¡Ojooooo, pájaruh revolanderuh, que soh coméih la cebá de mi agüeeeeluuuuu!!; ¡¡Ojooooo, pájaruh culónih, que soh coméih la cebá y moh dejáih loh troncoooonihhhhh!!  Y realmente era así, los pájaros dejaban los troncones a los pobres paisanos, los troncones figurados de la escasez, los del rigor mortificante de la desesperanza.

Los niños corrían gritando a los pájaros, los pájaros volaban y volvían, la primavera era una romería convulsa y contradictoria, un festejo de flores, belleza y escasez. Los niños, como siempre, revertían todo aquello en jolgorio y alegría. No hurtaré unas espigas, no, pero sí unos versos a Juan Ramón Jiménez que dicen: “... Yerra la primavera, es la fiesta del que corre y del que vuela”.

La primera noche que un niño duerme al raso en nuestros días, suele ser en campamentos de verano, en cambio, en aquel tiempo, la primera vez era más bien una noche con el abuelo en la era, o en el melonar. En la segunda opción fue mi caso. Allí, también, fue la primera vez que quedé absorto, instantes antes de dormir, mirando boca arriba el firmamento. ¡Qué inmensidad inalcanzable!; parecía estar flotando por entre las galaxias y no podía entender muy bien, aun desde el prisma limitado de un niño de pueblo, que nosotros, allí, tan a ras de la nada, pudiéramos preocuparnos de un simple melonar; nosotros, sí, pendientes de dos o tres melones arriba o abajo, mientras en lo más alto se debatía la distancia sideral de los astros. ¿Cómo creer que aquello fuera tan sólo fruto de la casualidad? Ante aquella inconmensurable y abrumadora magnitud estelar, cabía pensar, tal vez, que el creador de todo aquello, en su afán de magisterio, nos quisiera mostrar la altura exacta de nuestra ridícula soberbia.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS


sábado, 16 de noviembre de 2013

Agua poco corriente


En algunos pueblos de los tiempos aquí relatados, no hubo agua corriente hasta principios de los ochenta. Es algo que pudiera parecer increíble, sonrojante o hilarante, pero a la sufrida gente de aquella misérrima época le parecía de lo más normal; qué remedio. Ya los mismísimos romanos, dos mil años atrás, hicieron canalizaciones para llevar el agua a las viviendas, y hasta letrinas para sus momentos más íntimos. Hasta los Vikingos, famosos por su escasa devoción hacia la higiene, colocaban al lado de las casas de madera, una especie de pequeñas casetillas a modo de cuarto de baño. Desconozco los hábitos de lusitanos y vetones, por citar pueblos que habitaron antaño estas latitudes; pero nosotros, una vez más, éramos más chulos que nadie, desafiando la lógica evolución cronológica de la historia. Nosotros, sí, que no éramos romanos, sino más bien espartanos, pero de esparto de “serón y aguaera”; nosotros, sí, que hasta hace poco no conseguimos subvertir el curso  del tiempo, instalados en una suerte de Pleistoceno tardío, o “Tardopleistoceno”, que resulta más culto.

La carencia de tan vital elemento en las casas, se resolvía de manera poco delicada, pues ya hemos convenido aquí que las delicadezas… y esas tonterías, eran un “bocatto di cardinale” poco frecuente y de mala prensa local.

El agua se acarreaba hacia las casas desde pozos cercanos al pueblo, en una escena puramente bíblica, que recordaba a los paisajes y figuras que podíamos ver en los nacimientos navideños. Por los caminos del agua se cruzaban burros con aguaderas, carretos con bombonas de plástico, mujeres con cántaros en la cadera o la cabeza, portados con “rodilla”, que así se llamaba la almohadilla redonda colocada en la testa de las “jerrizas” y enlutadas mujeres rurales. 

En los hogares había una pequeña tinaja de barro, de boca ancha, cubierta con un plato y, encima de éste, un puchero de porcelana, despostillado, que servía para coger el agua y beber todos… ¡sí, sí, todos por el mismo recipiente, faltaría más! Los niños algo más escrupulosos bebíamos por la parte menos usada del puchero, como, por ejemplo, la zona más próxima al asa, aun a riesgo de que algún abuelo te llamase señorito, sarnoso o “tiquihmiqui”, o te dijese cosas como: “Cuandu vayah a la mili te van a quital lah tonteríah”.

La parte más escatológica de todo esto, como podéis imaginar, resultaba, cómo no, a la hora de hacer aguas menores, y sobre todo aguas mayores. Para estas últimas, los hombres usaban el eufemismo de “ir a tirar los pantalones”, cosa harto difícil, pues en aquel tiempo de estrechez y economía bajo mínimos, no se tiraba absolutamente nada.

Los corrales cumplían la función de letrina sólo para casos excepcionales: niños muy pequeños, mujeres en las noches de lluvia… y para de contar. El resto del personal tenía que aceptar el exilio a las zonas periféricas del pueblo reservadas al efecto. No es que hubiera una adaptación municipal sobre el asunto, ni nada parecido, sino que, estos amplios y desordenados retretes campestres, se establecían de manera tácita por los vecinos de los distintos barrios. Digamos que, cada zona del pueblo, tenía un “defecódromo” próximo al cual se acudía por una razón meramente geográfica. Estas zonas tenían nombres del tipo: “El arroyo de los perales”, “Los charcones”, “La cañá”, etc. 

Los lugares anteriormente referidos, solían estar en arroyos con higueras y cierta espesura, para preservar la intimidad de la clientela. El usuario del mencionado sitio excremental, acudía por allí no sin cierta vergüenza, y la escena era más o menos la siguiente: Se llegaba disimulando, como si no fueras a lo que realmente ibas, sino tal vez a coger... unos higos... o a tapar un portillo de un cortinal, pues se corría el riesgo de que “el servicio” estuviera ocupado, y, en tal caso, te quedabas en las proximidades disimulando, como si no fuera contigo la cosa.

La gente un poco más fina solía llevar en el bolsillo, a modo de papel higiénico, una hoja del periódico “Abc”, al que estaba suscrito el abuelo. Pero una amplia mayoría solía emplear un útil más común en la naturaleza, que podríamos patentar como… “la piedra higiénica” (imagino a Los Picapiedra en tal lance). La “piedra higiénica” no siempre lo era, pues, una de las mayores preocupaciones del usuario bisoño, era observar con detenimiento el anverso y reverso del reseñado mineral de guijarro o granito, pues no era nada extraño que ésta, la piedra, fuese de uso frecuente, y hasta incluso reciente, y fuera portadora de alguna abstracta obra pictórica de estilo dadaísta. El avezado parroquiano, por contra, solía recolectar “las piedras higiénicas” a una cierta distancia del servicio; es lo que tiene la pericia que nace en las procelosas aguas de la supervivencia. Otro riesgo frecuente era… vamos a denominarlo “el campo minado”. Había, claro está, un número indeterminado de minas antipersona, generalmente ocultas bajo las hojas de las higueras, con peligrosas deposiciones rurales que obligaban a levantar el pie como las grullas en las lagunas, o a dar un paso hacia delante, hacia atrás, o hacia los lados, imitando al genial e irrepetible Chiquito de la Calzada. En fin, toda una serie de peripecias que hacían que, los pobres estreñidos de hoy, fueran privilegiados en aquel tiempo, por acudir con menor frecuencia a los citados lugares de tortura excrementicia.

Si tu dolor de barriga, amigo lector, fruto de la risa que adivino, te deja seguir leyendo, te diré que, todo lo aquí glosado, fue tan cierto como la vida misma. Si imaginamos que, para nuestros abuelos, estos tiempos relatados no eran casi nada confrontados con los vividos por ellos tiempo atrás, podemos deducir que, los anteriormente mencionados romanos o vikingos, eran puros “metrosexuales” a su lado.

Un buen día, recién entrados los ochenta, se iniciaron las obras de canalización y acometida del agua corriente en los edificios, que marcaron un antes y un después en la vida de tan rudos habitantes. Aún había algunos viejos, de los más duros de pelar, que se negaban a pagar la acometida en su casa, y otros, como mucho, aceptaban la acometida, pero tan sólo instalaban un grifo y un buzón junto a la puerta de la entrada. En cambio, en la mayoría de hogares se construyeron los primeros cuartos de baño, con numerosas bromas y chascarrillos por parte de algunos ancianos, como, por ejemplo, alguno que, al ver la bañera tan grande, decía cosas del estilo: “Ahí cabemos la mujer, la burra y yo”.

Atrás quedó el baño en el río al acabar la era, los pies lavados en la palangana, el abuelo afeitándose en el viejo palanganero, con la camiseta blanca de tirantes; atrás quedó el agua como un lujo en el exiguo gobierno rural de la pobreza. Ahora, cuando cortan el agua un sólo día, la gente se siente extraña e incómoda... ¡qué paradoja!

Hemos tirado, metafóricamente, muy pronto de la cadena. “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”, que diría el poeta, pero no está de más reconocer con humildad este pasado reciente que nos muestra el origen de donde verdaderamente venimos.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS