sábado, 21 de enero de 2017

Con pan



Todo se comía con pan, y a veces el pan solo; pan con tocino, pan con aceite, pan con hambre. El pan era más que un alimento, era todo un emblema, venerado hasta el punto de aprender desde niños a besarlo cada vez que caía al suelo. Era un amigo benefactor, cercano y omnipresente, que hasta en los tiempos de nuestra infancia aún mantuvo intacta su sacralidad.

La ausencia de pan en la posguerra llevó al pan a unos niveles de leyenda nunca alcanzados por alimento alguno. Había buscadores de trigo como hubo buscadores de oro. Bien lo supieron aquellos antepasados nuestros; tal es el caso de mi bisabuelo, que en los años de sequía partía con dos mulos hacia tierras de Castilla, buscando unas pocas fanegas de trigo (en trueque de productos), aun a riesgo de ser requisado por los carabineros.

Más tarde el pan empezó a ser habitual en la vida campesina, pero siempre con un halo de respeto alrededor. Dentro de cualquier casa podíamos ver escenas de este tipo: un niño pequeño sentado en la jalda de la madre, rechazando una cucharada de sopa de fideos, con mueca de asco, mientras el resto de la tropa comía a la disputa en una sola fuente de porcelana, sabiendo bien que a cada golpe de cuchara encontrarían más baja la marea en las menguadas aguas del gazpacho extremeño. Para el segundo plato, tres cuartos de lo mismo, las tajadas de tocino en el centro, y cada cual ensartándolas con el tenedor para llevarlas hacia el pan propio. Las migas caídas sobre el mantel de hule eran barridas con la mano hacia la boca, o rescatadas con la yema de los dedos, para no dejar resquicios del honorable pan, ni siquiera en su expresión mínima. Cada comida era como librar una batalla.

En muchas casas tardaron en llegar los platos individuales. Esta llegada supuso toda una revolución en los hábitos domésticos, cambiando el concepto competitivo de aquellas comidas de supervivencia por un relajado deleite nunca visto, aunque siempre en un ambiente de pocas tonterías, faltaría más.

Desde pequeño escuché una anécdota en mi entorno, sobre un niño de ciudad, de familia acomodada, que visitaba el pueblo en vacaciones, y en cierta ocasión, al entrar con un amigo en casa de los abuelos de este último, los encontró a todos comiendo del mismo caldero, ante lo cual el delicado infante exclamó asombrado: "¡Comen como los cerdos, todos en la misma pila!". El anciano de la casa, famoso en el barrio por su humor fino, guardó silencio unos segundos y contestó con sorna: "¿Y vusótruh comeréih comu loh búrruh, ca unu en el su pilón?”.

Tiempo atrás una sola servilleta de trapo servía para todos los comensales, y la bebida consistía en levantarse a echar un trago en la tinaja de barro comunitaria, tapada por un plato y un puchero (ambos de porcelana), puchero del que bebía también furtivamente el gato, aprovechando la soledad de la estancia. Tan sólo algún varón cerrado en barba cambiaba el agua por el vino peleón.

Al levantarnos de la mesa quedaba todo reciclado; todo era materia orgánica apta para ser devorada por los distintos y famélicos animalillos domésticos que habitaban casas y corrales, salvo algún coscurrillo de pan duro que escapaba por la puerta a beneficio de los “perrinos” callejeros, o a las alforjas de los pordioseros con aspecto de mendigos medievales, que aún transitaban las calles de nuestra niñez.

Antiguamente, me cuentan que se hacía el pan en casa: se dejaba fermentar tapado con sábanas y mantas (como a otro humano cualquiera), luego pasaba por las casas la “jornera” (mujer del horno) con su tablero a la cabeza, para llevarse los panes a cocer. Eran los tiempos de la “maquila” (el cobro de un pan por cada arroba masada). Después volvía la “jornera” nuevamente a entregar aquellos panes de tres libras, por un instante arrebatados... Estos panes de ida y vuelta, se iban tan sólo un instante con la firme esperanza de volver, sabedores, quizá, de lo necesarios que eran en aquellos hogares de tez quemada y pómulos marcados. Aquellos panes redondos se guardaban en tinajas de barro, en la bodega, con tapadera de corcho; de esta forma el pan no estaba nunca duro, sino tan sólo correoso, lo cual suponía un mal menor en un tiempo en que los males menores sabían a gloria. También había préstamo de panes entre familiares y allegados, en una permuta de solidaridades ya un tanto anacrónica en nuestros días: "Dejálnuh un pan, que mañana masámuh nusótruh y oh lo devolvémuh…".

Las madres y abuelas tenían toda una colección de frases recurrentes para con nosotros, los pequeños comensales: "Comi dehpaciu, que te vah a añurgal..."; "Ponti p'alanti, que te mánchah..."; "No ehpúlguih, comi a jechu..."; "Deja de miral lah musaráñah..."; pero ante todo: "Comi con pan, que te va a jacel dañu…".

Cuando algo no nos gustaba, por ejemplo, las escamas del pescado, siempre quedaba la “jugada maestra” de echárselas al gato, que de manera cansina daba la tabarra alrededor de la mesa, restregándose sobre nuestras piernas y maullando con insistente reivindicación gatuna. Claro que nuestra inocencia no tenía límites, pues nada más dejar caer el manjar al suelo, el silencio del gato nos delataba, y una vez ya descubiertos, es cuando venía la frase lapidaria de la abuela, tantas veces escuchada: "¡¡Qué jambri de quinci díah que tuviérah...!!". Las abuelas eran tremendamente generosas, pues nos maldecían tan sólo por un corto espacio de tiempo, sabedoras de que el hambre pasada duró considerablemente más. Por tanto, no nos deseaban ningún mal, sino tan sólo un pequeño periodo de necesidad pedagógica, perfectamente delimitado en quince días.

Un recurso no siempre eficaz para superar el rechazo alimentario, era "engañar" la comida con alguna cosa de mayor aceptación. Cuando, por ejemplo, los garbanzos del cocido no nos entraban ni a tiros, nos obsequiaban con un par de uvas para “engañar” (además del pan, siempre el pan), pero a veces ni por esas colaba; y aquí volvía la abuela a la carga, tachándonos de "micos", "sarnosos", "gajientos"..., y el abuelo dándonos la puntilla con el eterno sonsonete: "Cuandu váyah a la mili te van a ehpabilal…".

Otra perla de aquellos lances infantiles con la gastronomía rural, eran nuestras manifestaciones de hambre a madres y abuelas: “Mama, tengu jambri...", a lo que la madre contestaba: "¿Jambri...?, sí, jambri golosa..."; o bien: "Abuela, tengu jambri"; y la abuela respondía: "Poh alza la pata y lambi…".

Algunos adornillos en la repisa de la chimenea y paredes aledañas, daban un ligero toque de amabilidad a la sobria decoración, y entretenían nuestras distraídas miradas infantiles durante las comidas soporíferas: un antiguo molinillo de café..., algún candil al uso..., pucheros de barro… o almanaques de San Antonio bendito, el amado santo de las causas imposibles.

Si la comida en el hogar resultaba austera, la comida a campo era rayana con la vida en las cavernas, todo sin delicadezas, y a mano… todo a mano, pegando tirones de un lado u otro, como remotos homínidos de ropas remendadas, con grasa en los hocicos y los ojos entornados frente a soles y cierzos, pero siempre con el pan al lado, el sagrado pan.

Como ya hemos comentado alguna vez  por aquí, el hedonismo era un fulano encorsetado y relamido que nunca fue bien recibido en aquellas aldeas, aún casi celtíberas, de la alta Extremadura, y era echado a patadas de la mayoría de las casas, donde los placeres eran habas contadas, reservados para momentos especiales.

Los viejos masticaban sin dientes, todo a golpe de encías; apenas un diente solitario y burlón asomaba al descuido de una mueca o sonrisa, mientras mordisqueaban el pan con  goce y dedicación. Siempre el pan, el sagrado pan.

En algunas casas había ausencia total de comedor (menudo lujo). Se comía directamente en las cocinas, al lado del "chupón" (chimenea). Los que comían de espaldas a la lumbre, se achicharraban por detrás, y el resto de comensales pegaban tiritones, azotados por las corrientes despiadadas de las viejas casas espartanas. No había término medio para casi nada. Tan sólo a los ancianos se les reservaba el pequeño privilegio de sentarse en el escaño, cerca del fuego, con las manos “rejilonas” (tiritonas), deformadas de artrosis y trabajos costosos hasta edad avanzada; y allí, sentados, miraban abstraídos las amorosas llamas de la hoguera, mientras guardaban en la mano un trocillo de pan blanco, como un tesoro al que no estaban dispuestos a renunciar ni siquiera en el último instante de sus vidas.

El pan de aquellos días, sin química, se compraba en las tahonas, con aquellos olores a cosas verdaderas, y un trajín de gente, grande y menuda, saliendo y entrando por los portones salpicados de harina, y parándose a hablar con el pan bajo el sobaco, sobre la brisa perfumada y campesina de aquellas plácidas mañanas de amapolas, soles y espigas.

Y así, de forma directa o indirecta, siempre estuvo presente el pan en los platos extremeños de aquellos días: Migas, sopas de patatas, repollo con huesos de la matanza, cocido extremeño con sapillos, patatas “revolcás”, "cuchifritos" de carne, aceitunas “arracás”, morcillas finas..., y el pan blanco de migajón, tan apreciado, que acababa luego en las sopas de leche nocturnas, y en las plingadas mañaneras. Ahora, cuando los viejos ven a la gente comer pan integral a precio superior al pan blanco (tan idolatrado tiempo atrás), sonríen, haciéndonos saber que el pan integral era el pan de las antiguas "perrunas" que echaban a los mastines del ganado, allá en aquellos años donde perros y humanos compartían estrecheces, y el hambre se repartía generosa, sin hacer distingos. Estas personas mayores, si ven un trozo de pan desperdigado por ahí, intentan comérselo, aun sin hambre, como en una deuda permanente y no resuelta con lo más arcano y menesteroso de su pasado.

En materia de comida, estaban por un lado los comedidos, y por otro los “ajechones”, que era el nombre que recibían los que aprovechaban cualquier circunstancia para zampar sin miramientos ante la generosidad de la pobre gente que humildemente ofrecía lo que tenía. En bastantes ocasiones los “ajechones” no eran los más necesitados, como parece repetirse en tantas cosas.

Distintas fueron las frases que escuchamos referidas a la gente o animales tenidos con escasez de alimentos: "A matajambri..., a trónchuh y bérzah..., a grílluh…". Pero siempre había un trozo de pan misericordioso, aunque fuese duro o correoso, no importa. Incluso en las mayores penitencias, la gente quedaba a pan y agua, como dos elementos capitales que se daban la mano en una última y extrema alianza a favor de la vida.

Había todo un vocabulario aldeano para referirse al pan en sus distintos tamaños y formas: "coscurro", para el trozo de pan duro...; "zalico", para el cacho de pan arrancado caprichosamente...; "regojos", para las sobras de pan destinadas a sopas, gazpachos, o a los animales cercanos en última instancia…

En las “sardinadas” organizadas en los pueblos recientemente, con las multitudes comiendo pan con sardinas, revivimos el milagro de los panes y los peces, la necesidad milenaria de la gente  por lo más elemental y cercano; ese eterno consorcio entre lo humano y lo divino donde nunca falta el pan, como un lazo atávico con la trascendencia, que ha sobrevivido a culturas y generaciones a lo largo de los siglos.

Nuestra infancia fue una infancia con pan y migajones…, migajones que al caer al suelo eran picoteados por las gallinas, y las hormigas laboriosas los transportaban al hormiguero más cercano, sito bajo un poyo de cantería, donde un anciano sentado al sol acunaba en paz sus pensamientos.

En el azaroso inventario de recuerdos que la memoria casquivana nos procura, nos quedan los trigales al viento…, las extensiones ocres maduradas de soles y paciencia..., los sacos apilados, contenedores de harinas y deseos... Y el pan, siempre el pan.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

domingo, 11 de diciembre de 2016

Paisanos de ida y vuelta



Noches de llanto y despedida, de cajas de cartón llenas de casi todo y casi nada, noches de mudanza pobre y equipaje minimalista, con cuatro sillas de palo y un televisor en blanco y negro... Diáspora de pana y sandalia de material, en un destartalado camión de mudanzas... Otras veces, despedidas bajo la imponente cubierta acristalada de alguna estación de tren, o en un pequeño y modesto apeadero ferroviario…

El paisano cogía los "bártulos" y "estarmaba" (huía) del terruño improductivo y trabajoso. Los bártulos no eran más que cuatro cosas de escasa valía: los enseres de la menesterosa existencia pueblerina, que portaba el paisano marchando a la aventura en un viaje incierto, que ni el mismísimo Ulises hubiese emprendido sin previa garantía.

Así, de repente, el paisano cambiaba el sacho por la llave inglesa..., la zurriaga por la manivela..., la segureja por la paleta..., el terrón por el mortero..., el sol achicharrante de los surcos, por los altos hornos…, y el vino de pitarra por el gin tonic canalla de algún moderno "pub" con nombre anglosajón. Cambiaba, en fin, las alforjas por el bolso de viaje..., el farol de aceite por las luces de neón..., y el aire perfumado de los campos extremeños, por la gasolina esnifada en el asfalto espeso y gris de los madriles. Un contraste brutal que nos costaba tanto metabolizar, aunque los niños siempre nos adaptábamos mejor a las novedades que los adultos; teníamos esa cosa maleable de la infancia, capaz de sonreír contra viento y marea, encontrando nuevos amigos a la vuelta de cualquier esquina, y jugando en los sitios más insospechados, como si nada importante hubiera pasado en nuestras vidas.

Los niños que tuvimos una infancia rural a la vez que urbanita, nunca fuimos completamente de pueblo, ni enteramente de ciudad; tuvimos el alma dividida y un tanto confusa: una sensación de estar incompletos, pero, a un tiempo, enriquecidos de un eclecticismo necesario que nos hacía sobrevivir a las modas de las grandes urbes, sin perder el olor del pasto mojado por la tormenta, armonizando la arrogancia capitalina con la modestia aldeana. Así, de esta forma, fuimos un híbrido involuntario, una nueva e inédita generación urbano-rural; pequeños paisanillos de ida y vuelta, aunque algunos se quedaron en la ida total y absoluta, tan sólo ya recordados en las melancólicas y nocturnas tertulias veraniegas, donde se repasan los años perdidos de un pasado añejo que conspira contra nosotros en forma de nostalgia: "¿Te acuérdah de Ramón el de tía Engracia?...; no le he vueltu a vel el pelu dehdi que éramuh chícuh… / Créu que acabó pa Getafi..., o pa esi láu".

A nuestros abuelos les tocó lidiar con una emigración trasatlántica, aún mucho más traumática que la nuestra. Aquellos antiguos paisanos se marchaban hacia Argentina, con separaciones que no eran otra cosa que una suerte de muertes recíprocas entre familiares y allegados que se despedían con la certeza de no volver a verse nunca más. Luego vino la partida a Alemania, allá por los sesenta, y el éxodo masivo a los principales destinos industriales (nacionales), receptores de extremeños “jerrizos”, capaces de trabajar en las condiciones más adversas sin rechistar. En los pueblos se quedaban los abuelos sufriendo las ausencias; aquellos abuelos que lloraban con la canción de "El emigrante" de Juanito Valderrama, abuelos perfumados de alcanfor, que por recuerdo llevaban un rosario de marfil..., tan sentimentales, tan apegados aún a la cultura de los afectos (en crisis en este tiempo de compraventa). Fueron abuelos que trabajaron de sol a luna, para ver todo su proyecto de vida sin continuidad en el tiempo, viendo a los hijos partir, escapando del mísero minifundio largamente labrado y sufrido. Así reprochaban luego algunas abuelas a los abuelos, cosas como ésta: "¿Te dah cuenta, tantu plantal olivuh... y máh olivuh, que toh te paecían pocuh...?; ahora loh tiénih toh pa tiiiiii..., pa metéltiluh por ondi te quepan…".

Las calamidades de la vida campesina pasada, obligaban a los paisanos a volver al pueblo ofreciendo una imagen triunfadora, aunque no fuese cierto (en muchos casos no lo era), regresando, claro está, con algún coche flamante, sobreprotegido por toda la familia, que en ocasiones se turnaba haciendo guardia a la puerta de casa, para salvaguardar al reluciente Renault 12 (en el que habían gastado gran parte del presupuesto familiar) del amplio elenco de amenazas rurales: los roces de las cabras al pasar, el haz de tarmas de los burros callejeros, o los balonazos y piedras volanderas de la chiquillería, aún abundante por aquellos años setenta y ochenta. El coche era un personajillo mimado y apócrifo, que escondía los fantasmas interiores y se convertía en el secreto epicentro de todas las carencias.  

Entre el variado repertorio de paisanos aquí glosados, se daban los dos extremos, como en todas las cosas. Estaban, por un lado, los paisanos que volvieron definitivamente al pueblo, sin apenas dejar estela en el asfalto urbano, frente a los que nunca más volvieron, quedando un poco desarraigados de por vida, perdiendo las raíces del lugar de nacencia, que era perder un claro referente vital.

En las conversaciones infantiles que teníamos los niños en las ciudades, los chavales sin pueblo se quedaban callados, como si fueran niños con una infancia mutilada, con menos cosas que contar. Una infancia sin pueblo en vacaciones no era lo mismo, por más sustitutos que se buscasen luego, a través de granjas escuela, campamentos en la naturaleza y otros sucedáneos similares que no pasaban de ser sofisticadas y pobres imitaciones del entorno rural.

Los niños urbanícolas sorprendíamos a los infantes locales con algún cachivache recién traído de la ciudad, por ejemplo, un caleidoscopio hecho en un taller del colegio… y cosas así. Mientras nuestros amigos del pueblo le daban vueltas al artilugio, viendo las bellas formas geométricas del cromatismo exuberante de los vidrios, nosotros mirábamos al cielo extremeño, y la panorámica del paisaje que se abría ante nuestros ojos nos hacía comprender la clara hegemonía de la belleza real sobre la virtual...

Siempre traíamos alguna historia para contar a nuestros rústicos camaradas, de nuestra vida metropolitana..., de nuestras correrías de semáforo y humareda..., pero lo que nuestros amigos del pueblo desconocían, es que nosotros, los paisanillos emigrados, hablábamos constantemente a los amigos urbanitas de ellos, y de nuestras vivencias rurales: de la libertad de movimiento..., de las salidas campestres…, de las costumbres bizarras..., y así constantemente hasta el hartazgo, hasta aburrirlos, incluso exagerando cosas, fruto de la emoción que nos embargaba, siempre con la morriña de la tierra a cuestas.

Dar recuerdos (saludar de parte de...) a fulanito o citanito, estaba a la orden del día. Era tanta la gente dispersa por la amplia geografía nacional, que en cualquier ciudad podía vivir un familiar, o un allegado que fuese receptor de los citados recuerdos: "Dali recuérduh de mi parti a Juhti...; y de toh nusótruh…". En ocasiones el recuerdo llevaba aparejado algún chorizo de la matanza, con lo cual el recuerdo cobraba una naturaleza organoléptica que siempre era de agradecer.

El pueblo representaba una referencia insustituible en la vida del paisano emigrado. Sobre el pueblo giraba toda la existencia. Podíamos vivir en distintas ubicaciones geográficas, pero el pueblo natal era siempre el núcleo inconsciente de nuestra vida. Allí estaba nuestra genealogía y nuestros recuerdos grabados a cincel. La propia anatomía de las calles, edificios locales y parajes campestres, afloraban en los sueños como arquetipos oníricos que volvían una y otra vez de manera recurrente, a modo de carrusel de imágenes y emociones girando a nuestro alrededor.

Por el puente de los Santos, los niños volvíamos al pueblo con la belleza del verdor otoñal, la lluvia chirimiri, los primeros humos de chimeneas, y la "chiquitía" (merienda campestre infantil, en otros sitios llamada “chaquetía”), subidos en canchales alfombrados de líquenes, con la “bolsina” de la merienda, donde no faltaba la granada de turno, las nueces y los higos secos casados con castañas; y algún inevitable radio cassette con música de la época: Umberto Tozzi, las Grecas, o la gloriosa Ramona de Fernando Esteso...

¿Quién de vosotros no vivió alguna vez la emoción al regresar después de largo tiempo al pueblo, por primavera, y ya, desde la ventanilla abierta del coche, ir percibiendo el olor de las jaras…, de las escobas…, los vientos serranos…, los cielos diáfanos, las plácidas cigüeñas sobrevolando majestuosas los campanarios, y las vacas pastando en las dehesas verdes con un fondo de montañas nevadas...? Seguramente gran parte de los que ojeáis estos renglones, habéis vivido sensaciones similares.

Pero, si había una fecha mayoritaria para el regreso a las raíces (y aún sigue siendo así), eran las fiestas locales veraniegas. Los paisanos se reencontraban en la barra del bar, y los vinillos y cervezas dejaban paso a los recuerdos infantiles, con hazañas y "facatúas" (trastadas) incluidas: "¿Te acuérdah cuandu noh cahtigarun en la ehcuela por tiral-li piédrah al tejáu del maehtru?

Y cómo no hablar de la inevitable lucha entre el acento castellano y el extremeño, que se enfrentaban en un duelo breve, rápidamente inclinado a favor del segundo. A veces un castellano cheli del Madrid periférico, y otras un castellano “fisno”, se escapaban de la boca del paisano emigrado, y a medida que la conversación se iba haciendo distendida, el acento local se imponía poco a poco, sin apenas despeinarse. Este último, como una madreselva sutil, iba anulando y envolviendo al débil y alambicado castellano, con la ayuda inestimable del garrafón verbenero. El paisano capitalino, al final, quedaba desnudo en su esencia aldeana, hablando extremeño sin complejos, tal y como si no hubiese salido nunca del lugar. Y al final, acababan todos juntos rematando la madrugada con los bailes finales de la orquesta ochentera, cogidos por los hombros, con los ojillos brillantes, dando trompicones desde Santurce a Bilbao por toda la orilla.

Capítulo aparte merecen aquellos paisanos que vivían en Alemania, y volvían con un volkswagen nuevo, hablando un alemán pedestre, pero suficiente para alucinar a los lugareños, que, embelesados, comentaban sobre el "germano-paisano": "¡¡Habla alemán comu si llevara allí toa la vida...!!".

El primer regreso infantil al pueblo, se hacía especialmente emotivo: La ilusión de los niños cuando marchaban por primera vez fuera, era sobradamente superada por la emoción que representaba el regreso. Ese primer regreso, después de mucho tiempo, era indescriptible... Podía ser, por ejemplo, en verano, con los amigos esperando y las pandillas preadolescentes ya dibujándose de cara a los próximos años. Estas pandillas marcaron un antes y un después en la vida pueril del paisanillo, con aquellas algazaras en bicicleta, camino de los baños pantaneros, al estilo de "Verano Azul…". Las pandillas se iban disipando sobre los veintipocos años de edad, a la par que en las veraniegas calles rurales se iban perfilando nuevas hornadas pandilleras, en un oportuno relevo generacional que siguió su curso hasta nuestros días.

Entre las distintas circunstancias migratorias, estaba el paisano que nunca más volvió, por falta de vínculos familiares ni una modesta casa heredada donde alojarse... Estaba el paisano que perdió contacto con el pueblo, pero un buen día regresó y construyó una casa nueva, recuperando sus raíces… Estaba el paisano que volvía con frecuencia a casa de los padres, con niños pequeños que se hicieron devotos de la libertad rural y callejera... Estaba el paisano que se jubiló y decidió repartir su vida entre el pueblo y la ciudad… Estaba el paisano que aparecía sorpresivamente después de varias décadas, y la gente aún lo reconocía “por la pinta”, a pesar de volver orondo y calvo, con la frente marchita, como dice el tango que se suele volver... Y estaba, también, el paisano que volvía de escapada, con los hijos mayores, ya señoritos de ciudad, a visitar a los afectuosos abuelos, que esperaban con los ojos llorosos de alegría y el beso sonoro y tiritón de la abuela... En fin, y así un amplio catálogo de paisanos y circunstancias que nos daría para muchos relatos de esta naturaleza.

Un contraste especialmente pintoresco, era el de la chica del pueblo que estudiaba una carrera fuera, y alternaba su vida entre aulas universitarias y la imagen del padre ordeñando las vacas con las botas katiuskas hundidas en el estiércol mojado y gélido de enero.

El paisano volvía por las matanzas navideñas..., por la Semana Santa de colores y fragancias..., por "el puenti de la Pura” (de la Inmaculada), y sobre todo, en verano; pero a diferencia de los señoritos veraniegos, ya tocados por aquí en un relato anterior, el paisano emigrado llegaba ávido de tareas, y se agarraba a poner la cincha del burro del padre campesino, o a dar unas vueltas con la trilla en la era, como en una deuda inconsciente con sus mayores, o un cierto cargo de conciencia, quizá, que le impedía romper el eslabón del pasado vivido en las abruptas tierras.

Frecuente también era la escena de los paisanos que se encontraban en el metro de Madrid, y charlaban de manera precipitada, comunicándose las últimas novedades del pueblo, con defunciones incluidas, ante la inminente voz en off de la megafonía, que de golpe sentenciaba: "Próxima estación, Diego de León"..., poniendo fin, repentinamente, al encuentro esporádico de dos paisanos en la villa.

Igualmente habitual era el paisano que marchaba fuera, por una corta temporada, con billete de ida y vuelta, a la vendimia, a los hoteles, a la mili, a estudiar a Salamanca, etc. Eran marchas menos dolorosas, marchas que dejaban un pequeño pellizco de temporalidad, liviano y llevadero.

De aquel exilio rural, y los retornos vacacionales, nos quedaron las fotos desenfocadas de las primeras máquinas fotográficas propias…, las fiestas locales, las verbenas, las terrazas veraniegas, los baños en el río…, y nos quedaron, un poco, sí, los complejos, a veces superados, a veces no.

"Un día cambió todo, nuevos paisajes y los mismos dolores; las manos tienen callos, pero no de espigas...", cantaba el cantautor extremeño allá por los setenta, en la mítica sala Olympia de París, recordando la diáspora extremeña en Alemania.

Muchos fuimos los paisanos de ida y vuelta..., unos más de ida, y otros más de vuelta. Partimos un buen día a la deriva, como las aves migratorias que trazan bellas formas en los cielos, siempre en manos del destino, sujetos a un orden que no pudimos subvertir, sujetos a un tiempo que nos tocó en suerte, y sujetos al vínculo emocional con un pueblecillo del alma que nos marcó para siempre; un pueblecillo en ocasiones pequeño, destartalado, austero, baldío..., sí, pero grabado a fuego en nuestro corazón.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

miércoles, 19 de octubre de 2016

Se hace saber

De pronto se hacía el silencio en cualquier esquina, en cualquier plazuela o espacio abierto, previamente designado al efecto, y sonaba un largo toque de corneta. Los niños éramos invitados a guardar silencio: "Callálsuh yaaa, me cagüen tooo laaa…". Acto seguido el alguacil iniciaba el pregón con un gesto circunspecto y severo:“¡¡De orden del señor alcalde, se hace saber...!!". Los presentes mostraban una expresión entre asombro y mueca de dolor, paralizados como estatuas de sal, sudor y mugre, con rostros curtidos de grietas y negruras solares; hasta los perros callejeros detenían su camino con mirada perruna y triste (propia de los perros de aquel tiempo), correspondiendo a la solemnidad que rodeaba al pregón, que casi siempre era el anuncio de juntas, reuniones y cosas por el estilo, que tanto nos aburrían a los chavales.

Al acabar el pregón, siempre había un despistado que pasaba por allí, sin haberse enterado de nada: “¿De qué ha siu el bandu...?”; y no faltaba tampoco el que contestaba sin estar enterado del todo: “No sé..., créu queeeeee de alguna juntaaa... o alguna hohtia de ésah... me paeci habel oíu". Por último, aparecía un tercero, con voz grave y firme, que disolvía toda duda: "Junta a lah dieh de la nochi, pa la corchera, en la cámara agraria…".

El pregonero recitaba tanto de memoria como leyendo un papel municipal cogido con ambas manos, con la corneta colgando del brazo por un cordón, en una estampa harto conocida de las calles espartanas de aquellos días.

Pregoneros éramos todos en mayor o menor medida, vociferando noticias a los cuatro vientos, por aquí o por allá, pero los pregoneros oficiales eran los alguaciles; ellos gozaban de un grado de atención superior que nadie osaba usurpar. Eran los divulgadores de la noticia fresca y vecinal..., las cuerdas vocales al servicio del aviso cercano..., las gacetillas callejeras de parra, cal y cantería... Los alguaciles respondían a todas las tipologías humanas, por tanto, podíamos encontrar alguaciles regordetes, “rejertes”, estirados y extrovertidos, de la misma manera que alguaciles de carácter más reservado, con chepa, flacos, fumadores compulsivos, con cierto toque leptosomático, que dejaban escapar una tosecilla nerviosa justo antes de pregonar.

El pregonero se cruzaba por las calles empedradas con el cartero, mensajero también de las cosas cotidianas, y ambos, a su vez, se cruzaban con algún alcahuete de reconocido prestigio, mensajero igualmente de la cotidianidad. Entre los tres departían en cualquier esquina, nerviosos, gesticulando al sol y al viento, y las noticias corrían sin freno, como broncos arroyos de antiguas primaveras rurales.

Los primeros alguaciles lucieron la clásica boina negra de paño, y después se nos fueron presentando con gorra de plato, que en algunos casos les daba un aire seco y marcial, ligeramente autoritario... De esta forma, los niños más pequeños, al ver a aquellos hombres con sus gorras de plato, gritando por las calles con tono sentencioso, teníamos la impresión de que los alguaciles eran los hombres que mandaban en los pueblos. Así lo pensé yo durante algún tiempo, y costó mucho quitarme la idea de la cabeza.

La corneta (que viene de cuerno) era siempre la misma: una especie de cuerno de vaca, metálico, entre color cobre y dorado, abollada por el tiempo y "loh cahcarinachih" (los golpes) recibidos..., con un pequeño cordón de extremo a extremo, tal vez de color granate. El toque de cuernos, cornetas y demás instrumentos de aire al servicio de avisos y reclamos de los parroquianos, lo podemos ver a lo largo de la historia y la geografía, en numerosas civilizaciones, aunque seguramente a nosotros (de raíz judeocristiana) nos viniese de la antigua cultura hebrea. El cuerno estaba muy presente en la vida campesina, y en el inconsciente de aquella gente puede que simbolizase los proyectos truncados, ilusiones arrasadas..., sueños evaporados..., y todo aquello que, en fin, se iba literalmente al “cuerno”, que no eran pocas cosas.

Los vendedores pregonaban por las calles sus mercancías, y las mujeres abrían ligeramente las cortinas a la espera de alguna ganga. “¡¡Hay peeeeceeeessss!!", se escuchaba por las calles. Con relativa frecuencia los niños gastábamos bromas anunciando mercancías inexistentes a grito pelado, escondiéndonos detrás de alguna parra, o agazapados detrás de un poyo de cantería, esperando a la mujer de turno asomada a la puerta con cara de sorpresa, y nosotros allí, partiéndonos de risa... "¡¡A loh bueeeenuh meloooonih...!!", gritábamos por última vez, antes de salir corriendo, con dolor de barriga después de largo tiempo de risas contenidas. Nuestra maldad no pasaba más allá de pequeñas cosas como esas.

Algo que me sorprendió desde niño, es el hecho de apreciar que, en todo lo tocante a temas oficiales, aquella gente de los pueblos, que habitualmente hablaba un extremeño cerrado, de repente pasaba a un castellano impostado, más propio del mismísimo Valladolid. Así, en aquellos pregones rurales, lo propio hubiera sido escuchar: “Con permisu del señol alcaldi, se jaci sabel…”. En esto, como en otras cosas, asomaba el fantasma del complejo de inferioridad, que nos precipitaba al subsuelo del terrón extremeño. El habla local, estaba claro, no nos servía para las cosas serías; quedaba relegada a las cosas ordinarias, la vida a pie de obra y los improperios a pie de corral.

Los niños, por supuesto, nos subíamos en los poyos con un canuto de papel a modo de corneta (también llamada turuta), o incluso con algún cuerno de cabra, o vaca, encontrado en el corral (o a veces tirado por la calle), y simulábamos los pregones municipales con total formalidad, sin perder la compostura, acompañados de un inexplicable silencio como respuesta por parte de la chiquillería que, curiosamente, adoptaba el mismo gesto facial que los adultos, escuchando, en este caso, la frívola improvisación que llevábamos sin miramientos a nuestro terreno infantil, con golosinas y demás temas de nuestra aceptación: "Con permiso del señor alcalde, se hace saber, que en casa de tía Isidora se venden confites a perra gorda el kilo"; exactamente en el mismo castellano "fisno" que procedía usar en estos casos, faltaría más... También ejercíamos de alocados pregoneros berreando por calles y espacios abiertos de tierra, donde jugaban las multitudes infantiles, avisando al resto de rapaces de cualquier acontecimiento, en ocasiones inventado: "¡¡Hay un perru rabiosu pa' la Cercaaaaa!!". El problema radicaba en la dificultad para escuchar el mensaje, con la mezcla de voces que se atropellaban entre sí, en un histérico griterío que retumbaba por los rojizos atardeceres extremeños.

Recuerdo especialmente el clásico pregón de sardinas (pescado que odié desde niño). Era un pregón que me dejaba la moral por los suelos, pues era sabedor de que esa tarde-noche el pueblo cobraba un empalagoso olor a sardinas, que hasta las trancas de las puertas, una vez las tocabas, te dejaban impregnado el efluvio sardinero en las manos... Los gatos, esa noche, como ya comenté por aquí tiempo atrás, tenían un estrés fuera de lo normal.

Desde el principio de los tiempos hubo pregoneros, cornetas y trompetas anunciando cosas. En las tribus de medio mundo usaban (y usan) distintos instrumentos de aire para llamar a sus miembros…; los porqueros antiguos tocaban cuernos para reclamo de los gorrinos..., los militares se levantaban bruscamente al toque de corneta..., y hasta el Apocalipsis nos presenta el final de los tiempos con presencia de trompetas tocadas por ángeles abriéndose paso entre las nubes del cielo... Nada más fiable que oír directamente al pregonero, pues las cosas que se oyen de primera mano tienen un plus de credibilidad.

Los pregoneros perdieron su privilegio de mensajeros de la actualidad. Ahora puede ser pregonero cualquiera: son pregoneros los cantantes y famosos que, desde el balcón de un ayuntamiento, sueltan un pequeño discurso aprendido, a cambio de un pingüe beneficio económico... Pregoneros son los guías turísticos que, rodeados de guiris japoneses, cuentan por un megáfono las excelencias culturales de tal o cual ciudad... Pregonero es todo el mundo, cierto es, pero aquellos pregoneros de nuestra infancia tenían un punto de piedra y polvo callejero, de sainete negro rural, que se hundía en lo más arcano de la Extremadura profunda, dejándonos un recuerdo melancólico de aquellas estampas agrestes, pero hermosas, que ahora pasan fugaces por nuestra perezosa memoria.

Desde la implantación de la megafonía en los ayuntamientos, los pregones, al igual que ocurrió siempre con las campanas del reloj, se empezaron a escuchar desde el campo y lugares lejanos. Los modernos pregones, sí, hace años que se oyen desde lejos, con un timbre metálico y frío, pero a pesar de todo siguen teniendo su aquel. En el caso más cercano que conozco, aún se toca por el micro la antigua corneta abollada, que aumenta decibelios desde su nueva condición de corneta de oficina. Al oír su toque, en las calles del pueblo se detiene momentáneamente el tiempo, y la gente parece quedar petrificada: el uno, con el cigarro a la puerta del bar; el otro, doblando la esquina con las recetas del médico; la otra, sacudiendo la alfombra a la puerta; el otro, con la barra de pan bajo el sobaco...

“Se hace saber”, que en estos tiempos preñados de noticias por doquier, vivimos sobreinformados, que es la manera más eficaz de no informar... Se echa de menos la noticia directa, de persona a persona, de mirada a mirada...; aquella noticia que rozaba la piel, y que ahora se nos torna huera y abigarrada con los disfraces oportunos y los brindis al sol que tiene siempre la mentira..., con gran ruido de muchedumbre que nos impide escuchar al pregonero... Una voz, políticamente incorrecta, hace muchos años, nos profetizó aquello de: “Un día conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres"; y ahí andamos esperando a saberla. Mientras tanto, hemos ido conociendo increíbles avances de ciencia, física cuántica, microchips, nanotecnología del mismísimo demonio..., no sé..., la velocidad de la luz, la del sonido, la plomiza oveja Dolly..., y hasta el puñetero "bosón de Higgs"..., pero no la verdad, mira tú.

Así, como todas las cosas, se nos fueron los antiguos pregoneros, que andarán de voceros en las ágoras celestiales, por esos planos livianos y desconocidos de las alturas. Quizá no sea difícil encontrarlos al mirar hacia arriba, confundidos entre las nubes, con sus boinas hechas de cúmulos y sus cornetas de cirros, pregonando cosas sencillas y verdaderas, de las que, a buen seguro, ya serán conocedores.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

sábado, 17 de septiembre de 2016

Madrugadas


Entre gallos y media noche pasaba de puntillas la madrugada, alternando silencios absolutos con ronquidos descompasados. Tan sólo la siesta se ofrecía como una fugaz y luminosa franquicia de la madrugada, pero era en esta última donde el tiempo parecía dar una tregua suficiente, capaz de mitigar los excesos del día. La madrugada nos cubría con su manto negro y estrellado; era, sin duda, una aliada perfecta e infalible..., una madre amorosa, reparadora de fatigas y “descalientos”..., de “aginos” (agobios) y cuitas campesinas.

Eran noches de colchones de lana, carraspera senil y tos perruna… Madrugadas de orinal de porcelana, alfombras de corcha sobre suelos helados de cantería, y meadas a golpe intermitente de próstata, con ventosidad incontrolada, que irrumpía como un trueno repentino salido del interior de un pijama de patera larga. Después, un largo bostezo y rechinar de dientes ante el frío, reintegraban nuevamente al viejo lugareño en su lecho antiguo, que era como una madriguera frente a todas las hostilidades del día.

Al levantarse, los habitantes de aquellas guaridas de adobe, descubrían, no con mucha sorpresa, que habían sido pasto de pulgas, chinches, mosquitos, violeros y toda una fauna nocturna y sutil de bebedores empedernidos, que a menudo daban buena cuenta de la sangre labriega, que, generosa, se entregaba a otras formas de vida. Y así amanecían marcados de "borrunchus" (ronchas) en la piel, y compulsivas “picañas” mañaneras durante el corto desayuno de "plingá" de aceite y café de puchero... Era el precio que se pagaba por un descanso necesario, que, claro está, no podía resultar gratis. “La madri que loh parió…, me han acribilláu de arriba abaju”.

En algunas casas, las pequeñas “lamparillas de mariposa” lucían toda la noche en honor de los difuntos de la familia, a veces junto a imágenes de santos, en sus hornacinas, que se transportaban cada veinticuatro horas de casa en casa (aún se sigue haciendo en menor medida).

Nos relataban los abuelos que en otros tiempos los lobos se acercaban a los pueblos de madrugada, en busca de desperdicios matanceros, aprovechando las tenebrosas noches y el silencio de aquellas aldeas. Tan sólo los perros alertaban de su presencia a través de temerosos ladridos. El lobo aparecía en la tradición oral como uno de los dueños de la noche, un siniestro personaje de mirada profunda.

La madrugada de la noche de San Juan, nos llenaba a los niños de inquietud, con historias de brujas y aquelarres en los valles cercanos, que nos relataban algunas ancianas con gesto también de brujillas y alcahuetas. Los más chicos teníamos la convicción absoluta de que esa noche las brujas pululaban por las calles a sus anchas, arrastrando faldones, con pelos encrespados, y que en las casas protegidas no osaban entrar. A pesar de todo, el ruido de las maderas del piso de arriba, en sus contracciones y dilataciones, nos provocaba un intenso terror nocturno, advirtiéndonos de la presencia de duendes inquietos, con algún sobresalto inesperado a veces, que fácilmente podía ser cualquier gato de la casa tirando un puchero de barro en la troje.

El incansable reloj del campanario, y el rebuzno de algún burro del vecindario, de tarde en tarde alteraban la paz de la madrugada, dejando paso, nuevamente, al silencio sideral que todo lo cubría.

Nada había más misterioso que una noche cerrada de invierno en uno de aquellos pueblecillos nuestros: la lluvia machacona sobre las tejas..., las goteras incesantes en los barreños..., el viento silbando melodías inacabadas..., y azotando canalones de lata... o planchas de hojalata desprendidas de portones de “tinaos” y corrales... Era un mundo de hojalata, sí, una sinfonía de hojalata pobre y nocturna.

Las lechuzas sobrevolaban majestuosas los tejados, como un rayo blanquecino sobre la oscuridad, y tal vez entraban en las iglesias a beber de algún velón de aceite, tal y como recitábamos en los versos escolares, donde un tal San Cristobalón se apresuraba siempre a espantarlas.

Las mujeres, al punto de acostarse, rezaban la oración de San Antonio para recuperar la cabra perdida, la oveja perdida, el anillo perdido..., la esperanza perdida: “El mar sosiega su ira, / redímense encarcelados. / Miembros y bienes perdidos / recobran mozos y ancianos…”.

Las madrugadas de nuestros ancestros supimos que transcurrían sin luces en las calles, no más allá de algún farol de aceite en noches cerradas, llevado por un hombre en sus nocturnos quehaceres, o la generosa luna llena iluminando las frescas madrugadas otoñales..., o tal vez las luciérnagas poniendo su encanto lumínico en medio de la oscuridad. Por unas horas el mundo quedaba libre de la actividad humana. En su libro de poemas "Mundo a solas", especulaba Aleixandre con un mundo anterior a la aparición del hombre en la tierra, y la esperanzadora fantasía de que nunca apareciese: "Humano, nunca nazcas", pedía sin éxito. No obstante, en aquellas noches, nos envolvía un silencio antiguo y primigenio, que, por momentos, ponía en duda la propia existencia humana, donde lo más humano que portaba la madrugada, eran las estatuas de bronce de las plazas, o las huellas de pisadas en las calles de tierra.

Me cuentan que, allá por la posguerra, en el pueblo había una rudimentaria fábrica de luz (de escasa capacidad) junto al río, de tal manera que no estaban permitidas más de dos bombillas de cuarenta vatios por hogar, a riesgo de cortarte la luz por el plazo de un mes en caso de excederte. Así le aconteció a mis abuelos en cierta ocasión, condenados a estar un mes a base de candil de aceite y trompicones en las baldosas levantadas, por osar encender tres bombillas... Algunos, de manera ingeniosa, colgaban la misma bombilla en sitios diversos a través de un largo cable con distintos ganchos en vigas, marcos de puertas o cuarterones de corrales, y así multiplicaban la miseria haciéndola parecer menos miseria.

Las calurosas madrugadas veraniegas nos invitaban a abrir todos los agujeros posibles de nuestros edificios rurales; puertas y ventanas dejaban pasar el aire, cuando al aire burlón le daba la gana pasar, pues no siempre el aire se dignaba en ello. Los que sí pasaban sin permiso eran los saltarrostros, que, como inesperados justicieros, eliminaban a los insectos que nos vampirizaban. En las noches más tórridas, la gente dormía con la puerta principal abierta, en ocasiones encima de una manta vieja, con la cabeza junto al umbral de la entrada, y los sueños, de esta forma, quedaban al borde de las calles de rollos..., aquellas calles de tierra y rollos que hacían más llevadero el verano, frente al cemento abrasador de nuestros días.

Cuántas veces oímos de niños aquello de: "Entre las doce y la una, corre la mala fortuna…”; y así nos afanábamos en quedar dormidos antes de la hora indicada. Claro que después venía "la hora bruja", sobre las tres de la madrugada, opuesta a la hora nona de la tarde. En esa terrorífica hora, afortunadamente, éramos ya clientes de Morfeo…, y el ángel de la guarda había escuchado sobradamente nuestros ruegos desde algún cuadro torcido, que, frente a nosotros, colgaba de una vieja pared encalada.

Podíamos imaginar a los pastores de otro tiempo en chozas y majadas, mirando el firmamento poco antes de acostarse, entre coros de grillos, ladridos de mastines y el canto del cárabo desde lejanas encinas.

Por unas horas se paraba el mundo, igualando riquezas y pobrezas. Cuánta de aquella humilde gente esperaba que la madrugada les diese unas horas de cortesía, que la madrugada fuese, incluso, interminable; pero la madrugada, como un Pedro Simón temeroso, siempre los negaba antes de cantar el gallo, y los entregaba, cabizbajos, al implacable sanedrín del día, que despuntaba con una luz voraz y decidida, con todos los quehaceres y tormentos por delante.

Hemos prostituido la mística de la madrugada, robándole el componente trascendental que siempre tuvo, en favor de alocadas noches frívolas y etílicas, zascandileando la oscuridad de un mundo vacío y consumista.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

jueves, 23 de junio de 2016

La empresa



Cuando un día oí hablar de “la empresa”, como "unidad productiva dedicada a la actividad económica", me sorprendió que hubiese otro tipo de empresa distinta a la que había conocido desde niño, que no era otra que aquel autobús para viajeros de economía precaria, que nuestros mayores llamaban también "la empresa", y que transitaba por los pueblos transportando a los campesinos rumbo hacia los núcleos urbanos más próximos.

Aquella única empresa que conocí, aparecía en las mañanas gélidas por las aldeas, salvando una esquina de cantería con lenta y majestuosa llegada, mientras los recios viajeros esperaban firmes, dando tiritones de frío, a la vez que el aliento dibujaba figuras imprecisas en el aire. Entre aquella gente era habitual la presencia de algún niño, con la emoción a flor de piel en su primer viaje a Plasencia; tal vez para comprar en almacenes "Daza" el traje de la comunión, y hacerse la foto en el estudio de enfrente... De aquellos primeros viajes infantiles a Plasencia, me quedó grabado el olor a churros del casco antiguo, los motocarros circulando por las estrechas calles del centro, o la cantidad de gente nunca antes vista por un niño rural; pero sobre todo, y por encima de todo, la emoción del viaje de ida y vuelta en la empresa.

A través de la empresa, Plasencia irrumpía de golpe en nuestras vidas. Era la Nueva York de la Alta Extremadura, aunque mucho más pequeña, bella y entrañable, donde a menudo encontrabas a gente de tu pueblo por las calles del centro, con una extraña sensación de hallarlos fuera del entorno habitual, entre burros y perros escuálidos alrededor. La vida de aquellos pueblecillos gravitaba, sí, en torno a Plasencia, como centro neurálgico de cualquier necesidad extraordinaria, que tampoco eran muchas.

La empresa a los niños nos parecía enorme, alta y mastodóntica; claro que nunca conocimos los autobuses de dos pisos de los que hablaban los niños urbanitas que nos llegaban en verano de Madrid. A nosotros, en cambio, todo nos resultaba gigantesco, acostumbrados a una vida a ras de tierra, donde un pequeño salto nos permitía tocar las tejas de los corrales o alcanzar las brevas de las higueras.

Nuestra protagonista se fue afianzando poco a poco por aquellas latitudes. En los pueblos de las comarcas norteñas se hizo célebre una empresa denominada popularmente como "Empresa Charranguina", con ruidos varios y descompasados, para hacer honor a su apodo. No era extraño el cuadro de alguna de estas empresas averiadas, echando humo junto a cualquier cuneta, con los pobres pasajeros en el arcén, rodeados de equipajes rudimentarios, a la espera de alguna otra empresa que tuviese a bien pasar a recogerlos... Era gente acostumbrada a sufrir y a esperar; quizá su vida había sido una constante espera, y aquello no les suponía más allá de una pequeña penitencia entre tantas otras. Más tarde fueron llegando empresas con nombres de más empaque, como "Los tres pilares" y otros por el estilo, donde el nombre en sí parecía albergar una mayor garantía para los viajeros, con un aspecto mejorado y un tamaño mayor que sus antecesoras. La gente de avanzada edad gateaba los escalones de estos nuevos autobuses como dios les daba a entender, y bajaban con sumo cuidado, por miedo a las caídas: “Baji uhté con cuidáu, no sea cuántu ajociqui y salga apitanáu (magullado)”.

Al entrar en aquellas arcaicas empresas, sorprendía inmediatamente el inconfundible olor a skay de los asientos, entremezclado con el olor a tortilla de patatas, morcilla de calabaza o tajadas de tocino, que escapaba de las viejas merenderas de aluminio y las cestas de mimbre que los paisanos portaban cogidas del brazo, a la par que algún botijo en los tórridos meses de verano. Eran viandas que la gente llevaba para la jornada placentina, dejándolo todo impregnado de un olor gastronómico a materias verdaderas, austeras y mínimas, sin envoltorios ni aditivos; olores que entroncaban, inconscientemente, con el hambre que todavía amenazaba como un fantasma del pasado. A la vuelta de la ciudad los olores se ampliaban con ristras de ajos o salchichas frescas compradas en el mercado central, sin menoscabo del olor a “pezuños” (a pies), o a “sologrio” (sudor rancio), que aquella gente dulcificaba bajo el eufemismo de: "olor a humanidad".

La modernidad de Plasencia nos quedaba aún muy lejos, era un contraste demasiado fuerte para digerir de golpe. Oí contar varias veces la anécdota de un par de niños cercanos a mi entorno que, una vez en Plasencia, fueron a orinar en el sitio que les habían indicado, sobre una cosa extraña, amorfa y amenazante, llamada "water", sin información previa al respecto. Tiraron de la cadena, más por curiosidad que otra cosa, y ante el estruendo formado por la cisterna, salieron corriendo despavoridos pensando que habían hecho algún "azurzu" (trastada), con la promesa de no decir nada a nadie y guardar rigurosamente el secreto..., cosa que no cumplieron.

La primera vez que subíamos a la empresa era una sensación inigualable. Los niños pugnábamos por sentarnos en los asientos delanteros, cerca del conductor, para ver el asfalto absorbido por la reumática empresa, que a nuestros ojos infantiles era como un Concorde terrestre comiéndose las flores de las jaras que flanqueaban las bucólicas carreteras a su paso por las dehesas.

La empresa recorría los pueblos a través de carreteras que se integraban en el paisaje sin grandes estridencias; carreteras estrechas, con baches llenos de agua (donde las ranas entraban y salían) y yerbajos acariciando la chapa de los coches. Estas vías, medio rupestres, podían formar parte de un cuadro paisajista sin resultar un elemento discordante. Cabras y ovejas invadían durante largo tiempo el asfalto sin ser molestadas, llenando el alquitrán de cagalutas y comiendo plácidamente la hierba de las cunetas sin vehículos al acecho, donde el ruido más parecido a un motor era el ruido de algún moscón solitario, o de alguna libélula sobrevolando las zonas encharcadas.

La antigua Estación de autobuses de "Félix Sánchez" se mostraba como un hervidero de alforjas y chaquetas de pana, y las esperas se hacían interminables, con gente sentada por aquí o por allá dándose todo tipo de explicaciones entre sí, con esa cosa tan extremeña de hacer una larga exposición de tus asuntos, contando a dónde vas..., qué vas a comprar..., para qué lo quieres... El legendario y cercano bar placentino de "La Cepa de Oro", daba también un respiro a los viajeros de aquellas comarcas belloteras, en cuyo interior podían sentarse a comer el almuerzo a cambio de tomarse una limonada, un helado al corte, o quizá alguna cerveza, que ya las iba habiendo por aquellos años, a pesar del ambiente de “chalequino y boina” que dejaba en el aire la impronta de un cuadro costumbrista.

Al volver al pueblo con la empresa, los niños teníamos la sensación de regresar de un mundo lejano, cargado de aventuras y embeleso capitalino, que nos hacía volver un poco aturdidos por tanta grandiosidad. Íbamos luego esa tarde por el pueblo, con el chupa chups placentino en la boca (que era más grande que el chupa chups local), degustándolo entre los demás infantes, y esperando impacientes la pregunta de rigor: "¿Dóndi lo hah compráu...?", para acto seguido espetarles:  "En Plasencia...", con un tono altanero, como quien está en otro nivel, hablando con el chupa chups a modo de flemón intercambiable de moflete a moflete; aunque en ese mismo instante, el inconfundible ruido de la tranca de un corral cercano, nos devolvía a la realidad pueblerina, esa misma que con los años, en cambio, fuimos reconociendo tan nuestra y verdadera.

Después de estos viajes placenteros y placentinos, había niños que jugaban, cómo no, a ser conductores de empresa: cogían alguna tapadera vieja de corcha a modo de volante, colocaban varias filas de sillas, o banquetas, por detrás, y sentaban en ellas a numerosos amigos de juegos, con sus cestas de mimbre, que se disponían a emprender el viaje por imaginarias carreteras angostas, entre encinas, alcornoques y vacas moruchas. A este juego se sumaba también alguna abuela, que con buen humor tomaba asiento en la infantil y viajera empresa de los sueños.

A los lugares más lejanos nos seguía llevando el tren. Recuerdo aún los últimos estertores de la ferroviaria Vía de la Plata... Un día, siendo adolescente, aún tuve ocasión de coger un tren hacia Madrid, en los primeros ochenta, acompañado de mi abuelo materno. Salimos muy temprano con la empresa, para llegar a la estación de El Villar. Fue una mañana nublada de invierno, y nos tocó esperar allí hasta por la tarde que pasaba un tren de aquellos trenes oscuros, acorazados, que rebosaban hierro por todos los poros de su piel... Estábamos en total soledad en aquella estación ya fenecida. Me fui a dar un paseo hasta el cercano pueblo de El Villar, y al regresar a la estación contemplé desde lejos la figura estática de mi abuelo, junto a las vías, con abrigo, sombrero de paño y maletas en el suelo, como esas esculturas de viajeros de bronce que ahora presiden las salas de espera de las modernas estaciones; y me llegó como un flash que me hizo comprender de golpe que todo aquel mundo tocaba ya a su fin. Por aquellos entonces empezaba yo mis primeras lecturas poéticas, con poemas del romanticismo español, como aquel de Campoamor titulado “El tren expreso”:

Corría en tanto el tren, con tal premura,
que el monte abandonó por la ladera,
la colina dejó por la llanura,
y la llanura, en fin, por la ribera…

Mi abuelo paterno, al que no llegué a conocer, fue factor de Renfe en la mencionada estación de El Villar, y cuentan que relataba con cierta gracia los episodios tragicómicos de aquellas pequeñas estaciones en los tristes años de la guerra.

En los años de posguerra, a las tres de la tarde pasaba por el pueblo el viejo y destartalado coche de correos (que era una empresa antigua, con manivela delantera para arrancar), y no volvía hasta el día siguiente, obligando a hacer noche en Plasencia a los estoicos viajeros.

Maletas viejas rodeadas por correas de material, agrietadas, a punto de romperse, y cajas de cartón atadas con cordeles del corral, eran mayormente los equipajes de aquellos pobres héroes extremeños, que tanto entregaron a cambio de casi nada.

Allá por los años sesenta comenzaron a aparecer por los pueblos los primeros taxis rurales, con taxistas que bien podían tener un taxi al mismo tiempo que una pescadería, o una frutería. Este tipo de taxis eran contratados por las familias, de manera esporádica, para viajes o celebraciones puntuales. Iban a bodas y comuniones lejanas, y el taxista partía como un invitado más de la familia durante toda la jornada. Aparecían luego en las fotos, al fondo, sonrientes, y al cabo de los años, cuando alguien miraba la imagen y preguntaba por el parentesco de un hombre desconocido que no encajaba en el evento, con frecuencia era el taxista. Aquellos taxis eran coches aparentemente normales: Seat 124 ó Seat 1500, cuya única particularidad consistía en una diminuta placa de Servicio Público (SP) impregnada de mosquitos. Incluso recuerdo de niño un enorme “Dodge dart” del pueblo vecino, que los críos veíamos como uno de esos grandes coches americanos de las primeras series de tv, y que los lugareños llamaban "dogi". A este Dodge dart, o "Dogi", lo vimos luego hacer de extra en una película surrealista titulada “Gulliver”, rodada en el poblado de Granadilla a mediados de los setenta, con Fernán Gómez y unos enanos sacados del bombero torero.

Más tarde, por los ochenta, los taxis rurales se profesionalizaron al máximo, y se agruparon en pequeñas cooperativas que viajaban a diario a Madrid. La gente aún pretendía meter en estos taxis equipajes onerosos de todo lo que daba la tierra: cajas llenas de chorizos, patatas, perrunillas..., y toda suerte de materias autóctonas (y hasta algún gallo para llevarse a los madriles por navidad), creándole un problema al taxista, que con buenas maneras intentaba disuadir del empeño a los pujantes viajeros castizos, aunque no siempre con éxito.

Por los cincuenta, y primeros sesenta, algunos hombres emprendedores se aventuraban a transportar viajeros con vehículos que estaban a caballo entre el taxi y la empresa: coches antiguos, antediluvianos, de no más de ocho o diez plazas, que parecían sacados del cine mudo, y que hacían viajes a Plasencia en días puntuales de la semana, como una especie de limusina de los pobres. Desde pequeño oí la historia de uno de estos coches públicos que la gente del pueblo llamaba familiarmente "La Rubia de tío…". Eran aquellos coches que necesitaban ser empujados para arrancar, y sofocados con agua para no quemarse. La citada "Rubia" arrancaba siempre cuesta abajo, aprovechando oportunamente la misma calle empinada, de tal forma que una vez iniciado el arranque ya no había posibilidad de parar. Siempre escuché la anécdota de una vecina del pueblo que, al montar un día en La Rubia, se dejó la cesta en el suelo, y una vez arrancó el vehículo cuesta abajo, se percató del descuido, gritando: ¡¡La cestaaaaaa!!, pero su grito resultó en vano, como grito en el desierto, ante las risas del vecindario. Eran episodios anecdóticos que de tarde en tarde daban un punto de alegría a la estampa en blanco y negro de nuestro pasado..., una guinda en las calles grises que por momentos se tornaban de colores.

Ya por los ochenta empezaron aquellos autobuses modernos, con tele incorporada, que nos ponían a menudo la película de "Sor Citroen", con Gracita Morales todo el rato chillando y sin dejarnos pegar una cabezada, ni leer unos versos de Cernuda, o de Salinas, de aquellos libros de poemas que aún se leían por los ochenta y noventa, cuando no había tanta pantallita lobotomizante.

Antiguamente, en los años cuarenta, la gente de aquellos pueblos iba en bestias hasta la mencionada estación ferroviaria de El Villar. Allí dejaban las bestias en el corralón de la señora Soledad (llevando los viajeros la comida de los propios animales), de tal forma que a la vuelta de Plasencia o Béjar, retomaban mulos y pollinos debidamente cobijados. En uno de esos viajes combinados entre burro y tren, cuenta mi madre el miedo que pasó de niña al ver a la primera locomotora acercarse a la estación, como un ogro metálico, de mirada cruel, dispuesto a engullir niños sin miramientos... Cuenta también que un día de viento y frío invernal, el guardagujas los acogió en la fogata de su humilde casa (cuando la gente aún compartía lo que tenía) y allí pasaron varias horas en espera, al calor humano de la candela. Al regresar de la ciudad, mi abuelo les trajo una bolsa de caramelos a los niños del guardagujas, en justa reciprocidad.

Los medios de transporte de nuestro tiempo son rápidos (como no podía ser de otra forma), ligeros, cómodos, inteligentes, y están pensados para llevarnos raudos hacia cualquier lugar... Los trenes son de alta velocidad..., los coches también veloces…; veloces son las transmisiones, y hasta las modas son veloces. Todo nos lleva velozmente a todas partes, aunque, eso sí, nunca sabremos, ni nos cuentan, hacia dónde. Y así vamos, mirando atónitos por la ventanilla y escribiendo en el vaho del cristal nuestros sueños y nuestra historia, aquella historia que empezamos en la lejana infancia que se oculta entre las bambalinas de un tiempo que aquí trazo a golpe de memoria, en estos pliegos cibernéticos. Buen viaje.
                                                             

JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

lunes, 9 de mayo de 2016

Cartas de ayer


Una niña con trenzas y andares pizpiretos, dando saltos cadenciosos, se acercaba a la puerta del correo, que era una casa como otra cualquiera, y apartando la cortina de palillos echaba por la ranura de la vieja puerta la carta para su amiga de Madrid. Al cabo de un mes, una buena mañana aparecía en el suelo de su casa un sobre con matasellos madrileño, al lado de una escoba de baleo. Los ojillos de la niña se encendían de alegría, y abriendo el sobre, delante de su rostro iluminado, se mostraba un texto circundado por dibujos de flores y promesas de verse ya pronto, tal vez en el verano, que no andaba muy lejos, ya con las flores de mayo llenando de perfumes y versos las tardes aldeanas.

Eran escenas de un tiempo epistolar cargado de romanticismo, donde las cartas iban y venían, portadoras de pensamientos viajeros, como parte de unas vidas prestadas, con el remite marcado a fuego en el alma. Las cartas nos conectaban con el mundo exterior, como un dilatado cordón umbilical de papel y esperanza.

El cartero marchaba por las calles, con su bolso de piel marrón, como la Penélope de la canción. No necesitaba mirar la dirección de sobres ni edificios, tan sólo con el nombre del destinatario le bastaba para dar en la diana. Iba a tiro hecho a cada casa, sita en cualquier recoveco o rincón escondido, o en la trasera de extrañas edificaciones, de las que había por cualquier sitio desafiando toda lógica arquitectónica.

En las casas no había buzones, las puertas estaban llenas de “talleras” (rendijas), y las cartas y el frío entraban a placer cogidos de la mano. Las cartas aparecían en el suelo, junto a la puerta, como si tuvieran vida propia, y una ductilidad que les permitiese acomodarse a las rendijas mínimas, que en muchos casos eran máximas. A veces se mostraban humedecidas en el suelo, sobre una cantería calada por el agua que se filtraba con el hostigo invernal. El cartero no sólo conocía las direcciones, sino que también sabía la puerta exacta por la que echar cada sobre, y la grieta más indicada en cada una de ellas. Lo hacía con tal discreción, que nunca advertíamos su presencia; parecía como si las cartas se materializaran de la nada en cualquier momento: ahora mirabas y no estaban, y volvías a mirar y ya estaban allí, como en una suerte de magia necesaria para nuestras vidas.

Los niños escribíamos al dictado las cartas a los viejos ágrafos..., quizá a alguna vecina que el destino no tuvo a bien alfabetizar, trabajando de niñera desde niña, qué paradoja. Pero el destino no pudo privarlos de la sabiduría en tantas materias de la vida misma, ni evitó que nos dieran mil lecciones como curtidos profesores del magisterio vital. Más de una vez me tocó hacer de escribano por aquí o por allá, y recuerdo sentirme como un personajillo útil, resolviendo problemas a personas que para mi eran todo un referente: “Ehhh, bonitu, ven pa cá, a vel si me puédih ehcribil únah létrah pa una carta…”.

En las cartas predominaba el lenguaje formal, aprendido muchos años atrás. Expresiones como: "Supimos por la presente...”, “a la espera de una pronta respuesta...”, “sin otro particular...”, etc., eran frases que abundaban en los textos. Costaba creer cómo personas de confianza, que habitualmente hablaban sin tapujos entre ellos, pudieran usar tanto formalismo en los escritos que se enviaban. Era algo que nos chocaba un poco a los niños, y nos hacía incluso cierta gracia.

En aquellos pueblos extremeños no se usaba el término "dirección", por tanto los lugareños lo que se daban entre sí eran "las señas". Se daban las señas, sí, unos a otros, como el que daba lo poco y mejor que tenía, que era la ubicación exacta de piedra y adobe donde moraban sus cuerpos serranos, achicados a la mínima expresión biológica del universo. Había una especial preocupación en los más viejos por poner bien las señas en las cartas. Cuando salías por la puerta de la calle para echar la carta, los abuelos te volvían a insistir una última vez, con esa desconfianza de quien ha perdido tanto y ha visto perderse tantas cosas: "¿Hah miráu si ehtán bien puéhtah lah séñah...?, no sea cuantu no llegui la carta…".

Por las calles, los niños en corro jugaban al Cartero del Rey: “Soy el cartero del Rey, y traigo una carta para todo el que lleve una prenda de color... verde”. Las niñas cantaban a la comba: “Ya viene el cartero, qué cartas traerá, traiga las que traiga se recibirán…”.

El cartero podía ser también peluquero, barbero, albardero... y a la vez, no sé, sellar quinielas de fútbol. Podía ejecutarlo todo con el mismo esmero y buen hacer, como ya vimos en el relato de los “Oficios perdidos”, con aquellos irrepetibles artistas multidisciplinares, de un tiempo donde la honradez compartía mesa y mantel en casi todas las casas.

La verdadera preocupación de la gente de la época, era la buena caligrafía; las personas mayores escribían con renglones rectos, con precisa y preciosa letra, y despacio, con la paciencia artesanal de las cosas bien hechas. Recuerdo a mi abuelo, como un intelectual de pueblo, con sus gafas caídas y el gesto trascendente que ponía cada vez que abordaba el noble acto de trazar unos renglones. Eso sí, la ortografía era una intrusa poco considerada; claro que ahora lo sigue siendo también, hasta en mayor medida que antes, y con un agravante aún mayor, pues entonces era tan sólo por desconocimiento, y ahora lo es por desidia.

Las niñas portaban mensajes amorosos en papeles cuadriculados. La amiga de la enamorada entregaba el papel doblado al afortunado, que generalmente lo recibía entre rubor, desplante y chulería, y se negaba a cogerlo ante el cachondeo generalizado de la tropa. Me cuentan que en una antigua escuela de posguerra de mi pueblo natal, la clase de las niñas estaba en el piso alto del Ayuntamiento, y a través de las ranuras de las tablas dejaban caer sutilmente papelillos con mensajes comprometedores que irrumpían tablas abajo, como solitarios copos de nieve mensajeros que caían hacia el piso inferior en el que se encontraba la clase de los muchachos.

Las cartas de aquel tiempo tardaban en llegar, pero llegaban contra viento y marea. De niño conocí la anécdota de una carta que recibió un vecino cercano, proveniente de un amigo de la mili, que con la buena intención de poner Guijo de Granadilla, a todo lo más que llegó es a poner “Carijo de Cromachilla”, y la misiva, inesperadamente, llegó a su destino, burlando toda lógica y demostrando un insospechado sentido del humor.

Cartas de novios desde la mili, cartas de familiares emigrados, cartas de postales veraniegas, cartas de la hija sirviendo en Madrid, cartas de niños y amigos estivales, cartas a los Reyes Magos... Las cartas iban y venían por todas partes. Y cómo no, aquellas cartas trasatlánticas, desde Argentina, con sobres especiales de avión con bordes rojos y azules, y el sello de Eva Perón... Quien más y quien menos aún guarda por ahí esas cartas del pasado en el cajón de alguna vieja mesilla, o en alguna caja de cartón en la troje. Son esas cartas de ayer que nos devuelven sin piedad a las mismas sensaciones, a las mismas alegrías y tristezas del tiempo al que pertenecieron; cartas que están ahí, fosilizadas, con toda la emotividad larvada que se clava como un puñal al instante mismo de ver la luz.

Los carteros iban por la tarde a esperar al "coche correo", para recoger las sacas de cartas que luego clasificaban minuciosamente por la noche. Cuando esperábamos alguna carta con impaciencia, no dábamos lugar al reparto de la mañana, sino que íbamos la noche anterior a casa del cartero a ver si teníamos ya correspondencia. Acudíamos varias noches seguidas, hasta que al fin, a fuerza de insistir, la carta aparecía ya por aburrimiento, y esa noche, el cartero, con una sonrisilla confidencial, nos tenía ya colocado el sobre en un extremo de la mesa camilla, a la par que echaban en la tele en blanco y negro aquella serie de Antonio Mercero, titulada “Crónicas de un pueblo”, donde un cartero rural, llamado Braulio, repartía las cartas en bicicleta.

Antiguamente, una vez a la semana, los carteros tenían que desplazarse con las bestias a la estación de tren más cercana a recoger la correspondencia, y las cartas se acercaban a golpe de pezuña, piedra y polvo del camino, hasta aquellas aldeas septentrionales de la depauperada Extremadura de posguerra.

La única competencia al correo era el teléfono, pero en la mayoría de las casas no había este artilugio; tan sólo en casa del médico, del cura, del boticario... y poco más. La gente acudía al locutorio por los años sesenta y setenta (que al igual que el correo, era una casa corriente), generalmente atendido por alguna mujer que tampoco se dedicaba íntegramente al asunto. A finales de los setenta empezaron a llegar las primeras cabinas, que se instalaron en las plazas de los pueblos. Eran como aquella del célebre cortometraje de "La Cabina", donde López Vázquez entraba en una de ellas, y quedaba encerrado para siempre, con angustioso y terrorífico final, como una metáfora, o quizá profecía, de lo que las tecnologías acabarían haciéndonos en el futuro. Más de un autóctono también tuvo problemas con las puertas de aquellos dichosos armatostes de aluminio, claro que ellos lo resolvían con un rústico empujón, acompañado de algún seco estallido extremeño: “¡¡Mee caaagüen toa laaaa...!!”.

Toda la historia de la humanidad estuvo llena de mensajes llevados por carteros que adoptaron las más diversas formas: carteros fueron los ángeles (que significa mensajeros) que llevaron noticias aladas con sellos celestiales...; y las palomas mensajeras que acudían a ventanales de doncellas abatidas por desamores...; y los halcones que portaron pergaminos medievales...; y cartero fue aquel Filípides griego, que corrió de Maratón a Atenas para llevar el mensaje a tiempo de salvar a los suyos de la quema. Carteros, en fin, hemos sido todos sin saberlo.

El correo físico ha quedado relegado a postales navideñas, y el resto del año tan sólo a correspondencia bancaria o publicidad, tomando el relevo modernos sistemas, con correos electrónicos, mensajerías instantáneas y demás inventos sin solución de continuidad, que han pasado a jugar un nuevo “papel” en nuestras vidas; todo con la urgencia de un tiempo acelerado, donde las cosas suceden de manera vertiginosa, no vaya a ser que nos quede un pequeño resquicio de tiempo para pensar..., ufff, qué miedo. Algún día, amigo lector, cuando vuelvas a releer estos relatos, un sofisticado sistema de comunicación nos permitirá ya emitir pensamientos que serán captados por algún cachivache de última generación; pensamientos que alguien, desde algún sitio, manejará a placer, aunque claro, siempre con nuestro beneplácito, que otorgaremos a través de leoninas condiciones de privacidad que nadie osará cuestionar, al albur de irresistibles tecnologías punteras de las que seremos..., ya lo somos, felices y compulsivos súbditos.

Un buen día las cartas, como en una fábula propia de Samaniego, hicieron un congreso entre ellas, y decidieron no mostrarse más a los humanos, después de milenios a su lado. Convinieron que era mucho más oportuno dejarlos abandonados a su suerte, probando las mieles robóticas del progreso, como irredentos personajes de un nuevo mundo digital.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS