domingo, 17 de marzo de 2019

En ca la madrina



Los padrinos olían a adobo de matanza y a chamusquina en las gélidas mañanas invernales. Los padrinos estaban atentos, disponibles, y sus casas eran una extensión de las nuestras, donde incluso podía haber chiquillería y jolgorio, y hasta las normas un poco más relajadas, lo cual suponía un acicate para el divertimento infantil de los ahijados.

Las palabras padrino y madrina estaban a la orden del día: "Voy en ca la madrina a lleval-li únah perruníllah que hémuh jechu en la tahona…"; "Me ha traíu mi padrinu media docena de güevuh, que dici que le ponin ahora muchu lah gallínah…".

Al margen de la definición de padrino de bautismo que ofrece el Canon 872 del Código de Derecho Canónico, en el contexto de la España rural, la figura del padrino iba aún más allá, llegando incluso a ocupar un espacio vital, donde en los casos más extremos los padrinos podían llegar a hacerse cargo del niño en ausencia de sus progenitores.

El padrinazgo hundía sus raíces en compromisos de varias generaciones atrás, salvo que alguien, directamente, se ofreciese por asuntos de afinidad u otras tantas razones que se daban a menudo en el cercano ecosistema rural.

Los padrinos respondían a una suerte de mecenazgo que se hacía necesario en unas poblaciones campesinas afectadas por la escasez material, una escasez que tendía a ser compensada con exceso de cariño, y donde todo apoyo entre unos y otros era indispensable. Esto lo captaban muy bien los niños desde su inadvertido instinto, porque los niños eran sumamente intuitivos, mucho más de lo que los mayores sospechaban.

Estos múltiples vínculos de padrinazgo por aquí y por allá, nos servían en bandeja las figuras del "compadre" y la "comadre", que eran una suerte de parentesco honorífico entre padres y padrinos respectivamente, donde en no pocos casos se establecían lazos verdaderamente familiares.

Entre la muchachería pueblerina había una cierta curiosidad por conocer los padrinos de unos y de otros, en especial entre los amigos más íntimos: "¿Quiénih son loh túh padrinuh...? / Tíu Prudenciu y tía Juaquina... / ¿Loh mihmu entóncih que loh de mi primu Luih...?".

A mí me tocó en suerte un padrino bonachón y muchachero, al que tan sólo disfruté unos pocos años de mi más temprana infancia, pues nos dejó enseguida (a mi madrina la tuve muchos años más). De los encuentros con mi padrino guardo una imagen surrealista y placentera, con todos los pequeños montados en un burro llamado Caracoles, grande, torpón y viejo, similar al caballo Rocinante del Quijote. Todos allí, como en una escena propia de las películas de Cantinflas en versión extremeña, sobre un suelo alfombrado de margaritas, en los verdes prados Juanramonianos que abundaban en el pequeño pueblo que me vio nacer.

Las comadres hacendosas se encontraban en los caminos y en los arroyos lavanderos, y otras veces volvían cogidas del brazo al acabar la novena del “Crihtu Benditu”, y hablaban de sus vidas campesinas, de sus pequeñas ilusiones, de sus preocupaciones compartidas, y, sobre todo, de sus hijos, sí, sus hijos mil veces mencionados.

En las matanzas de los padrinos coincidían los ahijados de un lado y otro, sin tener ninguna especial amistad entre ellos. Eran tan sólo un par de días puntuales de convivencia en el marco de un encuentro ocasional, donde compartíamos con júbilo el breve espacio de tiempo matancero, lleno de momentos lúdicos, mágicos, donde no faltaban los columpios en un árbol de las cercanías, o el lanzamiento de tiestos nocturnos sobre las casas desprevenidas (ya relatado por aquí), o tal vez el patinaje temerario en las escarchas navideñas, sobre los helados charcos mañaneros próximos a las casas de los padrinos, “ondi únuh caían de culu y ótruh de brúcih…”. Luego, la efímera amistad matancera, se esfumaba hasta el encuentro eventual del año siguiente, como en un bucle de ida y vuelta que cada mes de diciembre nos devolvía al mismo escenario.

Las niñas de posguerra, después de recitar en la iglesia el correspondiente verso de mayo a la virgen, iban a repetir sus versos a casa de los padrinos. La madrina se emocionaba con el verso de la ahijada, y le daba una propina, que la niña guardaba para montarse en los caballitos de la feria del pueblo de al lado... Después, las pequeñas, seguían el recorrido por calles y casas, declamando el verso con sus melindrosas vocecillas. Algunas mujeres sentadas en la calle, solicitaban la presencia de las pequeñas rapsodas de inocencia angelical, que, emocionadas, repetían con voz de pito sus aprendidos soniquetes de mayo ante el público callejero que las reclamaba. "Ven aquí bonita y échanoh el versu... ¿Y esi ramu de florih tan bonitu que llévah, quién te lo ha jechu, tu madrina...? / No, tía, me lo ha jechu Doña Valeriana, que tieni un rosal mu grandi en el huertu…".

Los términos “compadre” y “comadre” estaban en boca de todos los paisanos, y se escuchaban por las calles, por el campo, por las tabernas, o a la salida de misa... El compadreo rezumaba calor humano y proximidad, y era un bálsamo en aquella verbena de los afectos, tan propia de unas personas condenadas a necesitarse.

A los jóvenes estudiantes, al volver de vacaciones al pueblo, las madres les preguntaban:  “¿Hah iu ya en ca’ loh padrínuh…?” Pues las visitas a los padrinos, sí, y a otros familiares cercanos, formaban parte de un ritual de atenciones compartidas.

Algunos padrinos de edad provecta, esperaban la visita dominical de los ahijados, o incluso esperaban, quizá, la aparición tardía de aquella ahijada que emigró a Madrid muchos años atrás, y que a la vuelta al pueblo, cada verano, tenía a bien regalarle un rato a los ancianos padrinos, o puede que tan sólo a la madrina, ya viuda, que sentada a la mesa camilla mostraba un rostro agridulce, reflejo de un pasado de claroscuros devenido en soledad... La madrina estaba allí, zurciendo un calcetín, o rezando un rosario con la luz apagada, donde apenas se filtraba la tenue claridad de la ventana. Y así se consumían las horas de la tarde, entre frases recurrentes y pequeños silencios, y una mano tiritona acercando un plato de Duralex con dos o tres “mantecaos”, que aún conservaban el sabor inconfundible (y hasta el olor) del viejo comercio donde se compraron.

A medida que se fue perdiendo la costumbre de los compromisos y ofrecimientos “padrineros”, el padrinazgo fue haciéndose soluble en familiares directos que pasaron a hacer las veces de padrinos. La figura ancestral del padrino, de esta forma, fue quedando relegada y perdiendo su propia esencia: “¿Quién eh el tú padrinu...? / Mi tíu Pepi…”.

Mis abuelos tuvieron numerosos ahijados, en su mayoría fruto de vínculos y deudas remotas que provenían de generaciones pasadas, perdidas en la genealogía de antiguos padrinazgos de calles oscuras y candiles de aceite.

Los niños acudían a casa de los padrinos a mostrarles cualquier novedad: ya fuese el traje de comunión, o los "atavíuh" del carnaval, a base de ropas viejas, a veces prestadas por los propios padrinos. Aquellos disfraces surrealistas, sí, de indumentaria menesterosa, que surgían de un ingenio rural y espontaneo, totalmente alejado del encorsetado mundo comercial que nos aqueja.

Pasados los años ochenta, ya con la distopía orwelliana haciéndonos una enmienda a la totalidad, las antiguas formas de vida fueron quedando desprovistas de contenido, solapadas por modelos foráneos perfectamente diseñados al efecto. Estos nuevos modelos fueron suplantando todo aquello que fue nuestro y tan nuestro, en especial las relaciones humanas, que eran el pilar fundamental de la vida labriega. De esta forma, compadres y comadres fueron también víctimas de ese incesante bombardeo de injerencias, que fue colonizando nuestra centenaria cultura de badana y cantería. Y así, sucesivamente, nos fueron invadiendo modas y costumbres importadas a través de las infames pantallas de la tele, o, incluso, por medio de los paisanos emigrados, que en sus visitas vacacionales, con la mejor de las intenciones, eran portadores de todo un amplio repertorio de regalos envenenados, procedentes del deslumbrante mundo capitalino, que recibíamos con una abierta sonrisa inocente y bobalicona, propia de aquellos que van a ser inmolados en el altar del todopoderoso progreso.

Afortunadamente, aún hay gente en nuestros pueblos que se esfuerza en conservar costumbres centenarias como “El jueves de comadre” y “El jueves de compadre”, anteriores al carnaval, en una lucha sin cuartel por mantener un soplo de nuestras tradiciones, frente a la apisonadora  inmisericorde de los nuevos tiempos.

Los padrinos tuvieron sus días de vino y rosas en el pasado, y recibieron canciones de alborada al amanecer, dedicadas expresamente para ellos... Los padrinos eran, ciertamente, como un regalo inesperado, unos segundos padres que estaban siempre en el banquillo de los suplentes, calentando impacientes a la espera de ser reclamados.

Compadres y comadres se encontraban por calles y callejas, y podíamos ver sus oscuras siluetas a la caída del sol, a contraluz, gesticulando y charlando sin medida: ora de alegrías, ora de tristezas. Charlando, en fin, de mil temas interminables de aquellos que conformaban el transcurrir de sus vidas entregadas a los vientos aldeanos: que si la "demuación" del tiempo..., que si la puerta que “no acihtaba bien”..., “que si el maehtru aquel que loh sacaba de chícuh al enceráu a jacel cuéntah…". Las risas se escuchaban desde lejos, al compás del campanillo de las cabras, la luna asomando por la sierra y los pájaros bullangueros buscando sitio en los cables de la luz.

Aún quedan algunos compadres y comadres por ahí, que siguen llamándose a voz en grito, a modo de pinceladas románticas devueltas a nuestros días, como sacadas de un venturoso túnel del tiempo.

No olvides, amigo lector, si en tu ajetreada agenda hallas un hueco, perder un par de horas (las horas mejor usadas de tu tiempo) y encender la sonrisa de un padrino anciano, de los muchos que aún quedan mendigando una visita, en una pequeña casa de pueblo, o en una residencia en las montañas hurdanas, ya apartados para siempre de sus calles del alma, de su pasado de domingos al sol y tamboriles… Es el mayor gesto de amor y justicia que podemos hacer. Id “en ca la madrina”, y sentaos, sin prisas, sin reservas, pues allí, en su rostro, encontraréis el rostro de todas las madrinas del mundo, de todos los ancianos que entregaron tanto a cambio de casi nada… Atreveos, y encarad sin miedo a la impostora cultura de las prisas, a la ampulosa cultura de la nada…, a la maquiavélica y sutil cultura de la ingratitud.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

sábado, 17 de noviembre de 2018

Trato hecho


En cualquier calle, esquina o calleja angosta, dos caras curtidas frente a frente, dos ojos semiabiertos que se miran fijamente…, un apretón de manos agrietadas, y una frase mil veces repetida: "Trato hecho". Para qué más. Así de simple, sin firmas, ni legajos, ni papeles espurios..., y en algunos casos ni siquiera testigos, nada de nada, tan sólo la palabra. La palabra como un antiguo baluarte insobornable, como una prueba irrefutable de lo más noble de la condición humana.

El valor de la “palabra dada” superaba todas las formas de contrato posibles, según nos contaban nuestros abuelos. Hasta incluso hubo palabras respetadas más allá de la muerte. Y así parece ser que fue durante siglos. Luego nosotros, posteriormente, fuimos conociendo una etapa de transición, donde la cultura de la argucia empezó a tomar posiciones, y vimos a la honradez palidecer lentamente en una vieja cama, con catre de hierro e interruptor de pera.

La palabra dada, efectivamente, era superior a cualquier papel embadurnado de sellos y firmas. Aquella gente aún estaba lejos de la famosa parodia de Groucho Marx: “La parte contratante de la primera parte, será considerada como la parte contratante… bla bla bla”, y demás artimañas de los textos administrativos, que marcaron un punto de inflexión en el devenir de los distintos acuerdos entre personas.

Las antiguos acuerdos improvisados entre particulares, eran muy simples: un par de firmas de ambas partes, y la firma adicional de algún improvisado testigo, que tal vez acababa de descargar un “carricochi” de leña, y firmaba con los dedos “engarañáuh” (encogidos) de frío.

El dinero no se guardaba en banco alguno, sino más bien en ventanillas de corrales, o entre los leños del leñar…, o dentro de una manta doblada en el fondo de un baúl, o quién sabe en qué otros sitios de lo más insospechados.

Varias veces escuché de niño la anécdota de un corral que se incendió, y mientras la paja ardía en lo más alto, y las llamas devoraban tablas y cuarterones, el anciano dueño del edificio (sin dar explicaciones) gritaba desaforadamente: “¡Esa vigaaaaa, esaaa vigaaa...!”, pues, efectivamente, entre el hueco de la viga y la pared de piedra, escondía sus principales ahorros… No fueron en vano sus gritos, pues a pesar de que algunos billetes quedaron un tanto “churruhcáuh” (medio quemados), en su mayoría fueron salvados por los abnegados bomberos rurales, que, con agua de pozo y calderilla de zinc en ristre (sin dejar caer la boina al suelo) se aplicaron a fondo en tan noble labor; pues por aquellos entonces, la gente acudía generosamente a apagar fuegos y a minimizar toda suerte de desgracias ajenas.

Los niños usábamos la palabra "cicatero" a todas horas, como sinónimo de “tramposo” (aunque el diccionario lo define más bien como tacaño)... En un momento cualquiera del juego, varias voces recriminaban a un sujeto cualquiera, al grito de: “¡¡Érih un cicateru...!!”; “Cicateruuuu, cicateruuuuu”, se escuchaba por las calles y las plazuelas de tierra... Ser acusado de cicatero era toda una afrenta, un dardo clavado sobre el duro pellejo infantil, acostumbrado a toda suerte de embestidas.

Seamos justos, y admitamos que pícaros siempre hubo, rateros de melones y sandías…, o astutos chalanes en las ferias de ganado…, todo hay que decirlo, sí, y hasta incluso el dinero prestado en usura formaba parte de las bajezas humanas de aquellos tiempos pasados, como anticipo, tal vez, de lo que nos llegaría más tarde; aunque todo aquello no era más que un pequeño ensayo, una minúscula prefiguración de nuestro tiempo actual. Pero a pesar de todo, las puertas de las casas de nuestra infancia las conocimos siempre abiertas, sin miedo alguno, abiertas al frío y abiertas a la vida. Tanto es así, que de la llave principal de las casas a veces se desconocía su paradero por falta de uso. Cuando en alguna ocasión era necesario echar la llave, por cualquier ausencia extraordinaria, como la boda de un ahijado en Cáceres, o el bautizo de un nieto en Madrid, me cuentan que había que buscar la llave concienzudamente por toda la casa, pues a diario bastaba tan sólo con echar la tranca por la noche desde dentro. La búsqueda se convertía en toda una odisea, siguiendo el rastro de la robusta llave de hierro, que llevaba varios años guardada en algún sitio por ahí, pero nadie se acordaba del lugar... “Me paeci habela vihtu detráh del poyu de loh cántaruh”, decía uno... “Con dificultah si no ehtá en la lacena, detráh del pucheru de barru...”, comentaba otro, pero... nada de nada, la llave no aparecía por ninguna parte, hasta que al final, ya casi dada por perdida, alguien la encontraba detrás de un tablón de la bodega, con un ligero aroma a tocino, entre tinajas de barro y cántaros de aceite, después de un largo tiempo durmiendo su oxidado letargo bodeguero.

Como es sabido, ya en aquel tiempo de nuestra infancia las miserias humanas fueron sigilosamente horadando la dura capa de la honradez, pero la honradez era un blasón que todavía lucía por encima del dintel de numerosas puertas, y “la palabra dada” tenía un alto predicamento aún entre mucha gente cabal de aquella Extremadura que nos tocó en suerte, y aún lo tuvo mucho más, como hemos dicho, en tiempos de nuestros ancestros. ¡Qué tiempos debieron ser aquellos!, qué envidia, que hasta en las juntas y reuniones agropecuarias llegaban a acuerdos sin grandes desavenencias, según nos relataban nuestros abuelos. Nosotros, en cambio, ya comenzamos de niños a barruntar los primeros nubarrones de tormenta, que apuntaban a un marcado espíritu de contienda, más cercano a Puerto Hurraco que al monasterio de Silos.

Con la modernidad, la honradez fue relegada al cuarto trastero de las cosas inservibles, al arca más escondida de la troje, aquejada de carcomas contumaces, de esas que trabajan con paciencia en el silencio de la madrugada; un arca oscura y olvidada, donde duermen las virtudes humanas ya en desuso, entre el perfume inconfundible de la naftalina.

Nuestros antepasados murieron sin saber lo que era una hipoteca, ni un plazo fijo, ni un fondo de inversión..., ni la publicidad, ni el marketing, ni el mundo digital…, ni otras muchas tretas sofisticadas del mismísimo demonio. Tuvieron la fortuna de vivir las cosas palpables y genuinas, frente a las cosas virtuales y perecederas; tuvieron la fortuna, pues, de que nadie les cambiara los “jiguh” (higos) por los “gigas”, ni los deslumbrasen con las luces halógenas de una era robótica y fría.

Cada vez que nuestros mayores nos pillaban en un renuncio, las consecuencias eran serias. Tal vez una alpargata justiciera se mostraba amenazante ante cualquier pequeña infracción de las normas, que por otra parte eran de sobra conocidas. Pero a pesar de los pesares, aquellas benditas alpargatas (que se quedaban casi siempre en un conato de embestida), iban cargadas de bondadosa pedagogía, y la mano que las blandía era la misma mano amorosa que nos colmaba sin reservas del afecto necesario; eran manos de madres y abuelas entrañables, que sirvieron para reducir a la mínima expresión la tontería, y a inocularnos el virus del respeto a los demás, ya descatalogado en el mercado actual de soberbias y fanfarrias.

Cuando llegabas a casa llorando, trasquilado como Don Alonso Quijano después de sus tragicómicas batallas, despotricando de los infantes rivales, en tus variopintas refriegas callejeras… y decías, por ejemplo: “Juan me ha tiráu barru a loh pantalónih”, escuchabas una voz adulta que te paraba en seco, con aquella recurrente frase demoledora que tantas veces oímos: "Algu habráh jechu tú también"... Te embargaba entonces una desolación que a la postre resultaba ser didáctica, pues te hacía comprender que eras uno más en el planeta tierra, sí, tan sólo uno más. A la larga, eran lecciones reguladoras del orgullo y las vanidades humanas. Y ya ni te cuento si en casa te pillaban en algún embuste, en contraste con el mundo actual, donde campa la mentira por doquier, con numerosas paternidades, aunque tal vez con un mismo padre en origen.

Un buen día de tu feliz infancia pueblerina, te encontrabas una peonza caída entre la maleza de un regato cercano a la escuela, pero no una peonza cualquiera, no, sino precisamente la peonza exacta que habías añorado tener, y no otra. De repente toda la fortuna se había puesto de tu parte, y llegabas a casa exultante, mostrando el citado trofeo; pero de golpe, una vez más, todo tu gozo en un pozo, pues tu madre, por ejemplo, te despertaba el cargo de conciencia, obligándote a reparar en la tristeza del infortunado niño que la perdió; eso que ahora, en fin, se ha dado en llamar “empatía”. Al día siguiente, en el recreo escolar, alguien comentaba la pérdida de tan preciado objeto lúdico, y entonces tú, “el afortunado”, cabizbajo, con un gesto de honradez inducida, mascullabas: “Me la encontré ayel, caía entre las yérbah del regatu que hay en frenti de la ehcuela…”. Hoy damos gracias de haber sido educados en aquellos valores y no en otros…, valores que nos llevan, por ejemplo, otro buen día, ya mucho más reciente, a encontrarnos un billete de diez euros debajo de un coche, mojado por la lluvia junto al bordillo de una acera, y acto seguido acercarnos a la ventanilla del vehículo para preguntarle al conductor, a punto de arrancar, si el mencionado billete es suyo... Te das cuenta, entonces, que en el fondo el mérito no es tuyo, sino que te has limitado simplemente a recoger un testigo generacional, y el galardón principal es de aquellos fieles representantes de la decencia humana que fueron tus antepasados.

Los niños corríamos por aquellas calles descuidadas, “metiendu bulla” (gritando y haciendo ruido); calles donde la picaresca y la probidad lidiaban su particular batalla, a la par que brotaban por las esquinas hombres rudos y curtidos, cerrando tratos y estrechando sus manos ásperas junto a parras y pozos como únicos testigos. Mientras tanto, una lluvia recia, otoñal y nocturna, nos iba disuadiendo. Por los canalones corría toda forma de inmundicia, y quedaban las calles solitarias, mojadas, despejadas de todo lo accesorio. Los muchachos nos íbamos retirando hacia las frías casas de piedra y barro, fusiladas de vientos que silbaban burlones por las “talleras”. Nos marchábamos, sí, arrastrando, de una mano, la gravosa carga de los prejuicios, y de la otra, la liviana carga de las virtudes.

Y aquí estamos, sanos y salvos, con las justas tonterías, y a buen recaudo de sospechosos eslabones de nuevo cuño añadidos a la cadena involutiva de la estupidez humana; sabedores de que aquellos valores pasados, “serán ceniza, más tendrá sentido, polvo serán, más polvo enamorado”, que nos diría el genial Quevedo.

Todos los que habéis llegado al final de este relato, en mayor o menor medida conocisteis el tiempo aquí referido. Sabréis, por tanto, que fuisteis los últimos mohicanos del compromiso y la honradez, los últimos testigos presenciales del valor de la palabra dada, la misma que por aquellas fechas empezaba a mostrar ya los últimos estertores, y a resquebrajarse como un puntal carcomido del corral... Si convenís conmigo en que así fue, no se hable más: ¡trato hecho!


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

domingo, 3 de junio de 2018

En "burricleta"


Por un instante ibas solo, ya nadie sujetaba el sillín; eras consciente de ese abismo, de ese vértigo que producía el saberte ya sin protección alguna, guardando un dudoso equilibrio en una de aquellas bicis gigantescas, no aptas para infantes de pequeña estatura.

A partir de ese momento, tu vida de niño rural entraba en otra dimensión. Ya sabías montar en bici, sí, y no en una bici cualquiera, sino en una bici desmesurada y robusta. Aquel bautismo de riesgo y aventura, abría nuevos horizontes en tu reciente condición de ciclista aldeano, donde las calles, a partir de ese instante, ya no eran las mismas.

Aprendimos a montar con bicis grandes, sobradas, caballonas..., y sin esas ruedecillas laterales protectoras que llegaron años más tarde. La vida de nuestra infancia campestre fue siempre sin medias tintas: o todo o nada.

Traumáticos fueron los aprendizajes, claro, con dientes ofrecidos a los rollos de las calles, narices "machucadas" (machadas), mataduras en las piernas, y hasta incluso algún brazo escayolado, completaban el tributo espartano que había que pagar para aprender a montar en bici..., y para casi todo.

Costaba tanto definir a las cosas lejos del lenguaje vernáculo, que algunos chavales, de aquellos rudos bucaneros que patrullaban las calles ásperas de nuestros pueblos, empezaron a denominar a las bicis con nombres más propios del lugar. Así, en el pueblo que me vio nacer, estas bicis pasaron a llamarse "burricletas", a medio camino entre la burra tradicional y la bici propiamente dicha. Y realmente algo de cierto había en aquel neologismo pueblerino, pues estos aspirantes a mozos, según llegaban del campo, después de sus obligaciones agropecuarias, bajaban de la burra autóctona y se subían raudos a esta segunda burra mecánica, ya en sus ratos de asueto callejero.

La citada “burricleta”, en realidad, no era otra que aquella enorme bici de toda la vida, la que usaban los carteros, la antigua bici de generosos guardabarros y faro de cuello largo (como una cabra estirando el pescuezo para comerse los higos de la higuera); la dinamo pegada a la cubierta, robusto portamaletas..., y un amplio sillín de skay, al que algunas madres costureras le hacían una funda protectora, quizá de un viejo pantalón de pana del abuelo... Eran aquellas bicis grandes, en fin, que todos conocimos, de marca "BH" u "Orbea", y piñón fijo, como la cabeza y la actitud cerril de más de un paisano cercano.

Justo antes de que la modernidad nos diese el beso de Judas, los pueblos empezaron a llenarse de "burricletas", como un pequeño anticipo que servía para hacer más llevadero el tránsito hacia una tardía revolución industrial, que apenas rozaba de “respajilón” (de soslayo) a nuestras pequeñas aldeas de arado y vertedera... En esta lenta metamorfosis, la “burricleta” consiguió asimilarse a la vida natural perfectamente, como parte de la fauna originaria…, como un semoviente de metal que no paraba de aquí para allá, tanto en su faceta más lúdica, como en su versión más recia y labriega.

Eran años donde no resultaba llamativo ver a campesinos con boina y pantalón de pana, montados en estas bicis, con una pequeña cuerda sujetando el susodicho pantalón, para evitar el roce y las manchas de grasa de la cadena o la “rueda catalina”, cuyo nombre nos resultaba llamativo, y hasta nos recordaba al nombre de alguna bisabuela nuestra. Podíamos verlos pasar con su pedaleo tranquilo y su escaso dominio del equilibrio, concentrados y mirando hacia delante para no caerse; tal vez acostumbrados a ir despreocupados a lomos de un jumento, más seguro sin duda que ese endemoniado artefacto de metal, que incluso los obligaba a dar pedales.

De niño escuché la anécdota (tal vez fuese leyenda rural, quién sabe) de un limitado ciclista aldeano que dio con los huesos en el suelo un buen día, y para no reconocer su torpeza, alegó que se le había atravesado una culebra en el camino, y la bici, claro está, se espantó, como no podía ser de otra forma.

Nuestros mayores, en su mayoría, no aprendieron a montar en bici, como tampoco aprendieron a nadar, ni a montar en patín, ni a manejar un yo-yo…, ni aprendieron tantas otras cosas y habilidades nuevas, quizá porque ya habían aprendido demasiadas otras anteriormente, mucho más prácticas y vitales, y veían las bicis y demás innovaciones de los años sesenta y setenta, como una invasión extraterrestre de Alfa Centauri, a la cual, todo hay que decirlo, no prestaban excesiva atención.

En aquellas dulces tardes preveraniegas, en las plazas de los pueblos se formaban auténticas asambleas de burricletas, con sus respectivos jinetes: muchachones rurales con caras de malos del oeste, con un cepo pajarero colgado de la trabilla del pantalón, escupiendo a presión la saliva a través del espacio interdental, o pelando un palo de encina con una navaja de Albacete… Alrededor de estos “capitostes del gamberreo rural”, los muchachillos aspirantes a ser muchachones, se colocaban cerca (aunque guardando un poco las distancias, por temor), copiándoles cada gesto forzadamente masculino, y los tacos soeces que escapaban por doquier: “¡Me cagüennnn laaaaa…!”. En un momento dado, una desbandada de burricletas salía disparada en cualquier dirección, y la plaza quedaba vacía, casi en silencio, al albur de vencejos y murciélagos sobrevolando las acacias y la estatua de algún renombrado poeta.

La burricleta, por momentos, parecía tener vida propia, y portaba el entusiasmo de la gente de aquel tiempo; un entusiasmo que se contagiaba mágicamente de las personas a los objetos…, ese entusiasmo que nace de la escasez, y genera una indescriptible ilusión por las cosas mínimas.

No mucho tiempo después apareció la versión femenina de la burricleta: eran bicis sin barra alta, con dos barras que bajaban serpenteantes desde los manillares a los pedales (facilitando acceder a la bici con falda), y con un coqueto cesto de alambre en la parte delantera... Ni que decir tiene que los chavales varones eran sumamente reacios a montar en tan femeninas y edulcoradas bicis, para no ser humillados verbalmente en su condición hombruna, por mozos y muchachos que, con ronca y forzada voz de cazalla, hacían mofa de toda suerte de delicadezas.

Las ruedas metálicas se iban carteando con la rotura de los radios. Una vez desechadas, estas llantas (ya sin radios) servían luego de "roangas" (nombre local dado a los aros infantiles) para jugar estruendosamente por las calles empedradas, atizando la citada "roanga" con un palo callejero, y dando la oportuna tabarra a los vecinos. De la misma forma, las cámaras rojas de goma, descartadas después de múltiples parches y pinchazos, se cortaban en tiras, para los “tiraolih” (tirachinas), o se reutilizaban a modo de pulpo para el portamaletas, con algún gancho de alambre en los extremos. Como podemos ver, el reciclaje estaba siempre servido.

Los mencionados portamaletas, eran más bien portadores de niños que otra cosa. Podíamos ver constantemente la imagen de un muchacho pedaleando, y otro sentado atrás, en el portamaletas, con las piernas abiertas por temor a meter el zapato entre los radios.

Aquellas bicis dieron lugar a una fiebre competitiva que obligaba a echar carreras contra todo lo que se moviese: carreras de bici contra burros…, carreras de bici contra algún prestigioso corredor pedestre del lugar..., o contra la moto Vespa de algún sacerdote local, bajando una empinada cuesta al regreso del pueblo vecino.

Algunos lugareños, a caballo entre la vieja guardia y la nueva, nacidos sobre los años cuarenta, quedaron a medio aprender, y fueron dudosos y temidos ciclistas, convirtiéndose en un peligro para la seguridad vial, hasta el punto de que, cuando alguno de ellos, famoso por su escasa destreza a lomos de la bici, osaba subirse en una burricleta, saltaban todas las alarmas y los paisanos tomaban las oportunas precauciones arrimándose a paredes de tierra y cal, o subiéndose en poyos de cantería si fuese menester, como en las antiguas capeas de las fiestas populares... Acto seguido aparecía el citado "terminator gañán", cuya trayectoria con la bici se podría definir en el habla local como "jaciendu ringu ránguh" (en zig zag).

Podíamos ver burricletas en la era, apoyadas en una hacina..., o a la puerta de casa..., o del corral...; o tal vez a la puerta de un amigo..., o junto al portillo de un cortinal, con la cesta cargada de patatas sobre el portamaletas. Podíamos verlas, sí, en todos los lugares, como parte indisoluble del escenario habitual.

Cuando alguien estrenaba una de aquellas grandes y relucientes bicis, todos los jovenzuelos se congregaban en torno al ufano propietario y su reluciente máquina, como moscas alrededor de los "cagajones"… La pregunta del millón que flotaba en el ambiente era siempre la misma: "¿Cuántu te ha costáu la bici?"... Pocas veces sabíamos el precio exacto de las cosas, pues el precio era un tabú, y era siempre ocultado como parte de un mecanismo de defensa, en un ambiente viciado de prejuicios y desconfianzas. A menudo las respuestas eran de lo más ambiguo; eran respuestas del tipo: “Me la ha compráu mi abuelu”…; “me la ha traíu mi tío de Madrih”, o tal vez podíamos escuchar un precio disparatado como respuesta, para presumir de familia pudiente, en algunos casos, o para disuadir a posibles compradores, en otros, no fuera a ser que alguien más se arrancase a comprar una bici similar, arruinando el protagonismo del fatuo mozuelo, que gozaba de su rústico momento de gloria.

Las burricletas, con el tiempo, iban siendo tuneadas, cambiándoles, por ejemplo, los manillares originales por otros que simulaban ser de bicis de carrera. Podían ser adornadas, no sé, con pegatinas de gaseosas Molina…, calcomanías de la época, o plásticos colocados alrededor de los manillares para proteger las manos del frío... La imaginación y la improvisación no tenían límites, a la par que desconocíamos la palabra "hortera", y hasta incluso su concepto (aunque esto último sigue vigente en nuestros días).

Nuestra protagonista, la burricleta, durante sus primeros años ocupaba un privilegiado espacio en las infraviviendas campesinas, y era habitual verla en la entrada de las casas, junto a un palanganero, o junto a la tinaja de beber el agua, como un miembro más de la casa.

La burricleta, según envejecía, se iba despojando de todo lo accesorio, hasta quedar en el esqueleto de sí misma. De esta manera, lo iba entregando todo, como en el juego infantil de las prendas: primero la bomba, que era guardada convenientemente, no fuera a ser hurtada...; luego el timbre, que dejaba de funcionar después de un uso excesivo y alocado…; más tarde el faro y la dinamo, que a los pocos meses resultaban inservibles...; también los guardabarros, después de un tiempo traqueteando inútilmente…; y finalmente los frenos, que eran sustituidos por una simple zapatilla metida hacia atrás, en roce directo con la cubierta. La bici lo acababa perdiendo casi todo, sí, salvo la dignidad y el portamaletas, que era el único elemento que, extrañamente, conseguía sobrevivir siempre a esa delgadez extrema, donde la burricleta se iba metamorfoseando hacia su versión más austera, en un tránsito lento, pero bizarro, hacia el más allá de las bicicletas; un más allá que solía llevarlas derechas al limbo de los trastos viejos, sito en un corral, o una troje, donde acababa sus días revestida de polvo y telarañas. Allí permanecía durante un largo purgatorio, acompañada de serones, aguaderas, lavadores de madera, tinajas, carricoches... Quedaba tristemente a oscuras, sin más luz que la farola de algún viejo jorobado, que, como Diógenes de Sinope con su lámpara, apareciese de tarde en tarde a coger unas bellotas para las cabras. La burricleta, ciertamente, dormía el sueño de las cosas olvidadas, quedando ya en el recuerdo sus vertiginosas tardes por las calles ásperas del lugar, o por las viejas carreteras de almendrilla, camino de la era…, ignorando el cambio exterior que iban tomando las calles asfaltadas, que iban siendo cada vez más amables con las privilegiadas y modernas bicis venideras.

Luego, ya por los ochenta, llegaron las motoretas, y aquellas pequeñas y novedosas bicis del cesto delantero, típicas de las series televisivas. Todas ellas con ruedas más pequeñas, no aptas para carretera, pero que dejaban a las bicis viejas fuera de moda, como enormes artilugios de un pasado añejo. Entre estas bicis ochenteras y las burricletas de siempre, mancebos y mancebas circulábamos en auténticos pelotones ciclistas camino de los pantanos extremeños, buscando el baño estival donde siempre había algún chaval sin bici, que montaba de manera furtiva en el socorrido portamaletas del amigo, bajo la eterna amenaza de “los guardias”, que, como en el Romancero Gitano de Lorca, aparecían inesperadamente, sorprendiendo desde lejos al polizón del portamaletas, que saltaba veloz para ocultarse en los jarales de las cunetas, como si de un zorro se tratase.

Un día inesperado, una madre, extremeña y temperamental, subía a la troje, y decía aquello que tantas veces escuchamos de niño: "¡Uyyyyy, cuántuh zárriuh hay en lah trójih, hay que il jaciendu prontu un buen dehcuaji!" (eliminar todo lo accesorio y sobrante). A partir de ese cacareado “descuaje”, la burricleta tenía los días contados, y quedaba a merced del próximo chatarrero que apareciese pregonando por las calles aledañas: "¡El chatarreeeeeeroooooo!". La burricleta, efectivamente, acababa en manos del chatarrero que, de manera inmisericorde, descuartizaba los restos que aún quedaban de lo que un día fueron pompas y alegría de nuestra infancia lisonjera.

Y así, con pasajes como estos y otros muchos, fuimos cruzando el Rubicón hacia la madurez tardía, con recuerdos que nos quedaron marcados a fuego, de un tiempo ya lejano, muy lejano, de cielos inabarcables y aires puros…; recuerdos, en fin, de una infancia vivida, mitad a pie, mitad en burricleta.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

domingo, 25 de febrero de 2018

Por la pinta



Vivíamos lejos, muy lejos, de la cultura de la imagen, de la cultura de la fachada exterior: las presentaciones encorsetadas, por un lado, o el abandono impostado a las modas transgresoras, por otro. Vivíamos, en fin, ajenos a la publicidad y al resto de escenarios donde se rinde culto a los imperantes dominios de la vacuidad...

Al contrario que las tribus urbanas, nuestra imagen era una imagen natural, sin pretendidos y calculados desaliños… Los niños transitábamos alegres por todas partes, con nuestro aspecto descuidado, en nuestra “tribu rural”, y en medio de un decorado donde, quizá, se hacía más certera que nunca aquella frase de Valle Inclán de: "La imagen más bella es absurda en un espejo cóncavo".

Las caras y la indumentaria pugnaban por ganarse un sitio en el reino de los desheredados. Si la indumentaria era precaria, las caras, de igual forma, se mostraban sin cremas ni tratamiento alguno. Campaban a sus anchas los radicales libres, quizá como el precio a pagar, curiosamente, por ser "radicalmente libres" en medio de la naturaleza que teníamos a tiro de piedra. Algo bueno teníamos que tener, claro, disfrutando de aquella libertad plena que nos daban los cielos inabarcables, los horizontes en lontananza, el olor a poleo de los verdinales, o los sonidos polifónicos de los campos... Siempre hay una bondadosa ley que tiende a compensar las faltas de aquí o de allá, con tesoros injustamente valorados, hasta que el tiempo les pone su pátina añeja, y acaban adquiriendo la solera propia de las cosas verdaderas.

Nos sacaban por la pinta. Siempre había un parecido, por ejemplo, con algún abuelo paticorto y cara de expresión leguleya; y así nos lo recordaban por todas partes unos y otras. "Se da un airi a su agüelu en la cara"... "Eh calcaíta calcaíta a su agüela Catalina"... “Se paeci toítu a su agüelu Prudenciu en lah narícih”… “Sali tooo a su bisagüelu en el geniacu que tieni”...; eran algunas de las frases que escuchábamos a menudo por boca de las vecinas. Siempre había un gesto, no sé... una impronta atávica, una mueca particular de la familia..., una forma de colocar las manos por detrás..., una manera de andar con los pies zambos, torpemente, o con los pies abiertos y la cabeza alta, en actitud resuelta. Tal vez había una risa tontorrona heredada de varias generaciones atrás, o quizá una nariz chata, casi simiesca, que era propia de todos los vástagos de algún linaje particular. Todas eran formas de significarnos, y nunca faltaba un hábil fisonomista que se aventuraba a sacar parecidos, aunque con frecuencia surgían las discrepancias: había quien sacaba un parecido y había quien sacaba otro, y en numerosas ocasiones ambas partes tenían razón.

Nuestra pinta infantil era una pinta de pinto pinto gorgorito..., de juegos al aire libre..., de casas de puertas abiertas..., de ojos entornados mirando el paso viajero de las cigüeñas..., de “jarapales” por fuera del pantalón..., de mataduras en las piernas curadas con alcohol..., de olor a “cuchifritos”…; no sé…  de saltos a pídola, los niños, y las niñas a la comba con la cuerda vieja del corral. Era una pinta de juegos en la era y crepúsculos de sangre al atardecer..., de piedras volanderas y sálvese quien pueda. Nuestra pinta era una pinta, en fin, que pintaba muy bien, en libertad continua y en compañía constante, ajenos a todos los problemas nacionales, internacionales y hasta incluso locales, pues ya bastante teníamos con salvar el pellejo por aquellas calles espartanas de “calambuco” y “zurriaga”, calles alocadas de “vardascazos” y carreras repentinas hacia todas partes, en una permanente estampida donde la suerte estaba echada a pares y nones.

El aspecto, ni que decir tiene, jugaba un papel irrelevante en todo orden de cosas. Todo guardaba una pinta sin pintar, empezando por las calles y las casas, que ofrecían una apariencia casi virgen desde muchos años atrás. Al mirar las fotos en blanco y negro, observamos que todo estaba deslucido: las paredes sin pintar, las puertas viejas sin pintar, las ventanas sin pintar..., e incluso la gente pintaba más bien poco en sí misma, pues eran supervivientes de un microcosmos básico, descolorido y tirando a escala de grises. A falta de pintura, en cambio, "pintaban bastos", sí, pintaban bastos mucho más a menudo de lo que aquella admirable gente hubiese deseado.

En contraste con nuestro aspecto y desaliño, teníamos, en cambio, unos principios y un orden, donde predominaba el respeto a las personas mayores y una disciplina de vida indispensable para salir indemnes al paso de los años, sin secuelas ni traumas anglosajones importados…, pues en la mayoría de los casos la austeridad de aquellos pueblos suponía una gran escuela para la vida, donde las familias, aun a pesar de los pesares, estaban razonablemente estructuradas, algo que debemos sin duda a nuestros mayores, que se esforzaron en inculcarnos un código ético, si, difícilmente visible en nuestros días, en ningún estrato social y bajo ninguna indumentaria al uso.

Las madres se esmeraban amorosamente en peinarnos con la raya bien marcada, pero nuestro pelo, apenas tomaba contacto con la calle, recobraba su anarquía natural de inmediato. Nuestro pelo era un pelo de la calle, y a la calle volvía como a su espacio natural…; y allí, en la calle, con nuestra pinta de siempre, nos lanzábamos nuevamente a un abismo de aventura sin parangón, con los ojos encendidos y cara de velocidad.

El aspecto de algunas personas no dictaba mucho al de aquellos pobres representados en el arte pictórico del barroco español. Murillo y Velázquez pueden darnos importantes pistas al respecto. Si estos genios del pincel hubieran ejercido de viajeros en el tiempo, y se hubiesen dado alguna vuelta por aquellos entornos nuestros de la Extremadura rural, pintando alguno de sus cuadros costumbristas, no hubiese sido fácil advertir la diferencia entre sus mendigos del siglo XVII y nuestros campesinos del siglo XX, con remiendos hasta en la piel, sombreros de paja, tan rotos, que parecían arrebatados a los espantapájaros, o zapatos deslustrados donde el betún un buen día se fue a por tabaco y no volvió...

La palabra “pinta”, en sus distintas acepciones, tenía gran predicamento en aquel tiempo relatado: jugábamos a la "pinta" con un trozo de teja en el suelo, de las tantas que ofrecían generosos los salientes de los tejados. Eran cachos de tejas oscuras y húmedas que caían como brevas maduras sobre un suelo repleto de yerbajos y rollos de guijarro… Siempre había un graciosillo que en medio de los juegos decía cosas de tradición pastoril como: “Por la pinta y la oreja se conoce a la oveja…” Cerca de nosotros, tal vez, escuchábamos cantar “La Pájara Pinta” en aquellos juegos de corro y devaneos comprometedores, con voces infantiles de niñas que se perdían en el eco de las tardes lugareñas. "Estaba la pájara pinta a la sombra de un verde limón. / Con las alas cortaba la rama, con el pico cortaba la flor. / Ay ay ay, dónde estará mi amor…".

“Pintarruecas” llamaban los lugareños a las mujeres foráneas que acudían por aquellas aldeas extremeñas de tarde en tarde, exageradamente maquilladas y ampulosamente ataviadas, que ponían un punto de contraste e incomodidad en las austeras y recatadas calles locales.

En algún retrato olvidado nos descubrimos mirándonos a los ojos con nostalgia. Nosotros, allí, con nuestras pintas y ropas pasadas de moda…, y la foto, de golpe, se torna en un espejo atemporal en el que nos observamos con la sonrisa inocente en el papel, incapaces de  advertir aún la distopía perversa  de un futuro tan repleto de robótica como despojado de humanidad.

Aunque el aspecto de los campesinos era básicamente el mismo, con sus caras un tanto desnutridas y sus precarias vestimentas, había, en cambio, una gran variedad de rasgos físicos, rasgos provenientes de numerosas culturas que conformaron nuestro pasado. Así pues, encontrábamos caras celtas, de ojos verdes (propias quizá de los vetones) poniéndole la cincha al burro a la puerta del corral; muleros andinos de la Ruta de la Plata, con su piel cetrina, cavando las patatas; valquirias vikingas lavando zurraspas en arroyos cristalinos…; visigodos centroeuropeos de ojos azules con la boina ladeada…; íberos norteafricanos, de tez morena, barnizada de sudores, en el muelo de la era…; jóvenes romanas atusándose el pelo en las calles soleadas; o alguna cara de expresión severa, quizá propia de espigados hidalgos, caminando lentamente con un sacho al hombro por alguna recóndita centenera. 

"Vaya pelitáhqui que tieni”, se escuchaba decir a menudo a los aldeanos. Era una expresión relativa al mal pelo de los animales descuidados por sus dueños (que se hacía extensible también a las personas), aunque los señalados dueños de tal descuido, a veces no tenían mucho mejor pelo, o “pelitáhqui”, que sus propios animales, y, por tanto, tampoco había mucho que reprocharles.

En las vacaciones veraniegas, es frecuente encontrarnos de vez en cuando con algún niño forastero sobre el cual desconocemos su procedencia, y al final siempre hay un rasgo, un algo..., no sé... que nos sitúa en una pista para sacarlo “por la pinta”. Nos quedamos parados un instante, mirando al citado infante en una determinada calle, quizá junto a una puerta de sus antepasados, hasta que, al instante, se nos enciende una lucecilla reveladora que nos aproxima a su estirpe, y entonces el niño, de golpe, zasss, aparece como por arte de magia dentro de un contexto, donde sus rasgos y gestos pasan a resultarnos familiares, y esa nariz respingona y ojillos vivarachos que tanto nos sonaban, de repente nos sitúan en la senda de su linaje, probablemente de algún padre, quizá, que fuese compañero nuestro de juegos y aventuras.

Los cuadros humanos que vimos en el pasado, a nada que hagamos un pequeño ejercicio de memoria, vuelven a nosotros con la fuerza de antaño: niños flacos, de cabeza grande, mirada esquiva y orejas desabrochadas a punto de echarse a volar…; viejos de arrugas marcadas como surcos de tierra, y pantalones de talle largo subidos por encima del ombligo, con una cuerda de las alpacas a modo de correa; viejinas ocultas en el pañuelo que apenas dejaban ver entre las sombras la boca hundida y un diente solitario que, por alguna extraña razón, nunca quiso caerse...; perros escuálidos, como sacados del Quijote, que deambulaban errantes y se acercaban, con más miedo que vergüenza, ante un ademán fallido de echarles un cacho de pan…; hombres de mediana edad, de rostro quemado y cigarro adosado a la boca, como una protuberancia humeante salida de los mismos labios…; mujeres hacendosas, ataviadas de mandiles y trapos por todas partes, de temperamento nervioso, que entre numerosos quehaceres sacaban siempre un rato para un chismorreo robado en cualquier esquina…

Con nuestras citadas pintas, vivíamos felices, libérrimos, sin modas ni esnobismos, sin subterfugios donde escondernos. Alegres, sí, y abiertamente niños, con una humilde puesta en escena en nuestra vida rural "low cost".

Y aquí seguimos dando pábulo a un pasado con muy buena pinta, aún lleno de vitalidad, que a golpe de recuerdos regresa con fuerza, memoria en ristre, y llega a nosotros como una tabla de salvación. Un pasado que se obstina en burlar a un presente prefabricado, que pretende aniquilar nuestra memoria con permanentes ráfagas de actualidad, pero a cuyo fulano aún respondemos insolentes, con la cabeza bien alta, aquello de: "Los muertos que vos matáis gozan de buena salud".

JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Lo que nos contaron


Las caras de misterio que ponían los adultos al contarnos cualquier cosa, eran directamente proporcionales a las caras de asombro que poníamos los más pequeños al escuchar; había una perfecta armonía entre el contador y el oyente. Esto ocurría, claro está, en un entorno donde la palabra y la historia contada cara a cara, aún gozaban de una magia ya perdida... Nos hablaban en voz baja, en un tono misterioso y alcahuetero, que no podía por menos que captar nuestra atención, suscitando en nosotros una perfecta mezcla de temor y admiración.

Los cuentos que nos contaban los ancianos, no eran los cuentos recurrentes de Andersen o Perrault (a los que en modo alguno conocían), sino más bien relatos que formaban parte de un acervo  cultural propio, rayano en lo más atávico y campestre, adquirido a su vez de la mano de sus antepasados directos. Eran narraciones siempre con muchos lobos de por medio, y otros miedos enraizados en lo más arcano y profundo de la tierra extremeña.

Aquellos cronistas de nuestros años lejanos, pocas veces comenzaban sus cuentos con el clásico "érase una vez", ya tan manido; ellos usaban frases introductorias más propias de las hablas locales de aquellas aldeas nuestras: "Me acuerdu una vez, cuandu era chicu, que me contaba mi padri..., no sé si será verdah, peru a él se lo contó su agüela…”; "Éhtu que voy a contáruh, dicin que pasó una veh jaci ya múchuh áñuh, cuandu ehtaba un muchachu solu en el monti guardandu el ganáu…”.

La tradición oral, a falta de tecnología (bendita tradición oral) se abría paso con la simple e insuperable presencia humana. La transmisión de boca a oído, de mirada a mirada, con olores y sonidos propios del lugar, se tornaba en un mensaje claramente tridimensional y organoléptico, muy por encima de todos los malditos “gigabytes” del mundo digital que nos rodea... Esta tradición oral fue brutalmente aniquilada con la llegada del modernismo, sí, pero a nosotros, los niños de entonces,  nos dejó una huella imborrable, y nos permitió ser privilegiados testigos de los últimos coletazos de aquella antigua y hermosa cultura de la palabra.

Los adultos nos contaban cosas en los ratos de asueto de las matanzas..., en el fresco..., en los poyos al atardecer..., en los recesos dominicales, sentados en cualquier piedra que hacía las veces de poyo…; o quizá en las mesas camillas los días de lluvia y frío…, al fuego de las chimeneas, o tal vez en los trayectos campestres, donde los abuelos desplegaban, como una vieja acordeón, su memoria inagotable, bajo el marco incomparable de una dehesa extremeña o alguna empinada cuesta de tierra con la imponente vista del río Alagón al fondo.

Había personas mayores conocidas por su habilidad para entretener a los niños, habilidad que en gran medida consistía tan sólo en importantes dosis de paciencia y dedicación, que era lo único que los más pequeños demandábamos de aquellos adultos, en su mayoría serios, ásperos, e inmersos en las distintas cuitas que nosotros ignorábamos desde nuestra irresponsable atalaya de fantasía, quizá como un mecanismo de defensa infantil.

Eran habituales los cuentos de niños pobres, padres pobres, ancianos andrajosos, mendigos…, y todas las calamidades del mundo mundial que se mimetizaban a la perfección con el entorno rural propio, más cercano a las carencias que a las sobras... Era como si, en el mundo de lo irreal, más que desear una válvula de escape en algún sujeto triunfante, buscásemos más bien alivio en el famoso consuelo de tontos. Sentíamos un extraño placer viendo a personajes atribulados pulular por los diversos vericuetos de la ficción... Así pues, era más interesante la historia de un niño ciego y mendigo, que un príncipe rebosante de éxito y lozanía, pues en el fondo ese niño encajaba mucho más en el pequeño submundo aldeano, ese submundo local nuestro perfectamente ilustrado con perros pulgosos por las calles, caras curtidas tras el cristal de las ventanas, paredes desconchadas  y corrales con tejados amenazantes que no acababan nunca de hundirse.

Algunas zonas del norte extremeño eran particularmente ricas en historias, especialmente las Hurdes, con asombrosas leyendas del "Machu lanúu", que era una versión hurdana del mismísimo demonio..., o "La encorujá", que era una especie de bruja encorvada que raptaba a los bebés por las noches y los abandonaba en lo alto de los montes u otros sitios insospechados... O incluso historias  nacidas a la luz de testimonios contados de primera mano por sus habitantes, que hacían referencia a sombras errantes que causaban pavor en la noche..., gigantescos ensotanados sin rostro (y a veces sin cabeza), que cruzaban levitando los caminos y se precipitaban por oscuros barrancos de pizarra…; o luminarias intrigantes que, salidas de la más profunda oscuridad, sembraban de inquietud las vidas de aquellos habitantes de las montañas hurdanas.

En muchas casas o entornos familiares, era habitual la presencia de un libro de cuentos, sobado y resobado, de aquellos volúmenes de hojas amarillentas que parecían incunables, fruto de un antiguo regalo que alguien hizo a nuestros mayores muchos años atrás. Los cuentos de ese libro en cuestión tenían un radio de acción que no pasaba mucho más allá del dominio familiar, o si acaso, todo lo más, se extendía hasta los cercanos niños del vecindario, o quizá, como mucho, a otros pequeñajos provenientes de las familias “con lah que máh roci teníamuh...”. 

Desde pequeño crecí con los cuentos de uno de esos ejemplares entrañables; uno en concreto llamado “Para mi hijo". Era un libro que básicamente representaba un poso de moralidad, muy al estilo de las fábulas de Esopo, La Fontaine, o las más populares de los fabulistas españoles del siglo XVIII. Eran cuentos, en fin, que hablaban de la conveniencia de una ética que se hacía presente en todas las cosas, y la necesidad de restituir las siempre tambaleantes virtudes humanas.  Tal era el caso, por ejemplo, de un mendigo honrado que corrió tras una carroza para devolver una moneda de oro, pensando que tan generosa limosna había sido por error…; o el alumno de una escuela militar que se negaba a tomar otra cosa que no fuese pan y agua, hasta que al fin  descubrieron que el espartano ayuno del joven, no tenía otra razón más que el sentimiento de culpa por los escasos alimentos que se tomaban en su desdichada y pobre familia.

En la tradición oral estaban muy presentes, como parte de una cultura heredada de siglos, las figuras religiosas: santos milagreros, vírgenes protectoras, rezos que ahuyentaban a los malos espíritus, u oraciones poderosas que trascendían las barreras de lo puramente racional.

Las historias y leyendas iban pasando de unos a otros, con la consiguiente deformación que acarrea el tiempo y la inevitable cosecha propia, que añade siempre pequeños ramalazos autobiográficos por parte del narrador, con ligeras pinceladas de sus propias virtudes o miserias (más bien las segundas), como pasa en casi todo orden de cosas.

Luego, los niños, íbamos por ahí imitando los gestos aprendidos de los viejos, en nuestro afán de ser también cuentistas (aun a riesgo de ser "cuenterreteros"), y acaparábamos la atención de otros chavales, recitando trabalenguas, como aquel famoso de la “cabra ética, perlética y pelambrética”…, o relatando historias escuchadas, exageradas y deformadas por nosotros mismos, o incluso adaptadas a nuestros intereses y preferencias. De esta manera, tal vez el niño que tuviese en casa un perro color canela, lo introducía "sin venir a cuento" como el perro acompañante del protagonista de la historia; o el que tenía en casa un caballo tordo, lo hacía partícipe de las más gloriosas hazañas del consiguiente caballero armado.

Muchas de las historias estaban salpimentadas del localismo propio de aquellos pueblos: niñas que se perdieron en el monte y aparecieron al amanecer como si tal cosa, al amparo quizá de San Antonio, después de una inquietante madrugada de agónica búsqueda...; historias de sucesos reales, como un pobre hombre que falleció en un chozo de la dehesa, pasando a ser devorado por sus propios cerdos, y del que alguien encontró tan sólo su cabeza intacta, que llevó al Ayuntamiento metida en un saco para mostrarla encima de la mesa consistorial... O tal vez leyendas más antiguas aún, como aquella del marido incrédulo de una supuesta bruja, al que se le cruzó una “guarrapa” (cerda) en el camino, impidiéndole el paso, y tirándole éste una piedra a la pezuña derecha del animal, para luego, al llegar a casa, encontrar por sorpresa a su esposa cojeando, con el tobillo derecho vendado...; o la impactante historia de la hija del sepulturero, magistralmente plasmada por Gabriel y Galán, a la que rehuían los mozos en el baile, sospechosa de lucir bellos pañuelos robados a las muertas, y que luego, en los mentideros locales, años más tarde atribuían tal historia a una mujer que vivió y murió de vieja, quedando curiosamente soltera de por vida... Y así un sinfín de leyendas rurales oídas y aprendidas, que cubrían con dignidad el entretenimiento del personal, con adecentados barnices labriegos, antes de ser suplantadas por los culebrones televisivos que llegaron de repente con la arrogancia propia de toda especie invasora.

En la infancia de nuestros mayores, había un objeto imprescindible para relajar a los niños (especialmente a aquellos que tenían “azogui” en el cuerpo); eran unas pequeñas banquetas de madera que había en la mayoría de las casas, con el agujerino al medio para meter el dedo y transportarlas. Estas banquetas, por lo que se ve, debían contar con un extraño poder hipnótico para los pequeños, pues, una vez sentados en ellas, escuchaban con atención cualquier declamación de naturaleza fantástica que llegase a sus oídos, tal y como ahora se quedan extasiados con los televisivos dibujos animados. Otras veces el asiento era un pequeño tronco de encina, o directamente el propio suelo, que podía ser perfectamente el suelo de cantería de las lanchas de las puertas, en aquellos nocturnos frescos veraniegos que tantas glorias dieron a la tradición oral.

Algunos cuentos de nuestra infancia eran de lo más surrealistas; recuerdo especialmente uno (luego descubrí que era una adaptación particular de un relato de los Hermanos Grimm) que me contaron repetidamente de pequeño, sobre un matrimonio de pescadores muy pobres (otra vez la pobreza de por medio), donde un tal Francisco, el pescador, pescó una pescadilla que resultó estar “encantada” y le hablaba al infeliz hombre, pidiéndole a cambio de devolverla al mar, todos aquellos deseos que a éste apeteciesen... Al buen hombre, sencillo y humilde, no se le ocurrió nada que demandar al mágico pez, pero al contar lo sucedido en casa, su mujer enloqueció de ambición desmedida, solicitando peticiones desenfrenadas y fastuosas sin solución de continuidad, y trayendo en jaque al pobre Francisco que acudía a la orilla del agua cada día a reclamar a la pescadilla los numerosos ruegos de su esposa Isabel: “Pescadilla, pescadilla, sal a la orilla del mar, que Isabel está enfadada y hay que hacer su voluntad”. Os podéis imaginar el final, con los pescadores escarmentados y condenados nuevamente a la más absoluta indigencia, con la oportuna moraleja relativa a los efectos perniciosos de la avaricia.

En ausencia total de comecocos tecnológicos, los niños se concentraban en torno al cuentista. La historia era casi siempre la misma, aunque podía variar ligeramente en función de las emociones, el clima, o la predisposición de los asistentes. No importaba que nos contasen el mismo cuento cien veces: "Tía, ¿noh cuenta usteh el cuentu de Piel de Áhnu…?”, y el cuento de "Piel de Asno" recobraba nuevamente vida, con el entusiasmo siempre renovado, a pesar de ser reproducido con las mismas y exactas palabras, y los mismos y exactos gestos…, porque nosotros queríamos, sí, escuchar los cuentos tal cual los conocíamos ya de antemano, hasta el punto de que, si el narrador variaba lo más mínimo el contenido, inmediatamente era corregido por nosotros en un acto reflejo de desaprobación. El placer de escuchar las mismas cosas, era equivalente al placer sentido por aquellos que disfrutan de escuchar una y otra vez su música favorita.

A pesar del paso del tiempo y su ventisca cibernética, estas historias antiguas, y otras más contemporáneas, siguen vigentes y cobran fuerza al ser contadas en campamentos de verano o en cualquier otra ocasión similar que se requiera, con parecida aceptación y las mismas caras de asombro de los niños. Es como si todas las cosas verdaderas, consustanciales al ser humano, permaneciesen adosadas a nosotros de por vida, y estuviesen ahí latentes, impermeables al tiempo, capaces de sobrevivir a todas las capas añadidas de un futuro malévolamente trazado, que nos fue seduciendo con sus turbios oropeles digitales, sin darnos cuenta de la trampa que encerraba.

Chascarrillos, refranes, trabalenguas, acertijos…, daba igual, íbamos de un lado para otro, por las calles cenicientas, como mendigos de la palabra, buscando una tribuna desde la cual ser absorbidos por la magia de la oratoria, por ejemplo, no sé..., de alguna anciana muchachera, portadora de los antiguos tesoros de un tiempo generoso en el verbo, aunque escaso en el pan. Fueron historias que conformaron la argamasa de nuestras vidas, esa silenciosa argamasa que se va enriqueciendo de las cosas más insospechadas, pues, en alguna medida también fuimos, y somos, aquello que nos contaron. 


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

jueves, 12 de octubre de 2017

El traje de la novia


Un tropel descontrolado de niñas y mozuelas, corría entre los rollos callejeros para apostarse sobre esquinas y márgenes de las calles, subiéndose en poyos, paredes de granito o cualquier sitio de cota elevada, al objeto de ver pasar a la novia, la deslumbrante novia que ese día acaparaba todas las miradas pueblerinas. Algunas mujeres observaban el cortejo nupcial desde la íntima oscuridad de la cortina, o desde las ventanas enrejadas que horadaban las gruesas paredes de piedra y barro.

El novio era un simple figurante, un paje de la novia; se diría más bien una sombra proyectada por la rutilante novia, sombra marengo y triste, de la que apenas resaltaba el pico del pañuelo blanco que asomaba tímido por el bolsillo de la chaqueta…, o el brillo del calzado embetunado con maternal esmero..., o quizá el pelo pringado de brillantina, que parecía más bien el lametón de una vaca “morucha” encima de un rostro curtido de soles cimarrones. La cabeza del novio recordaba un poco a la de aquellos muñecos de los futbolines que nos llegaron por los setenta, con el pelo brillante y aplastado, y el porte rígido, propio de quien se sabe lejos de su espacio natural.

Tan sólo había una cosa por encima de la novia en fulgor y expectación, y era el propio traje de ésta. El traje de la novia eclipsaba a la mismísima novia, sí, desatando todas las miradas femeninas, y se convertía en la comidilla por las calles del lugar.

Por los sesenta ya empezaban a verse novias con trajes blancos, y alguna niña llevando la cola, tal y como se podía contemplar en las bodas televisivas, pero en este caso con más razón que nunca, para salvaguardar el traje de las cagalutas de oveja, la tierra del suelo, o las brevas aplastadas que se repartían bondadosas por las calles de nuestra infancia rural. El traje blanco de cola era toda una novedad, pues hasta los años cincuenta la mayoría de las novias llevaban traje negro con mantilla y peineta, y un pequeño ramo de flores artificiales confeccionado al efecto.

Aquellas novias eran la proyección ilusionada de las emperatrices austriacas que aparecían en las películas, o las famosas artistas de las revistas Hola y Garbo, que iban llegando esporádicamente desde Madrid o Plasencia.

Los invitados de aquellos años aún no iban de traje y corbata, ni las mujeres llevaban elegantes vestidos con chal. Salvo los familiares más directos, la mayoría de los invitados no pasaban de la vestimenta propia del "remúe" dominical: los hombres, preferentemente, con su eterna camisa blanca arremangada, y un clavel en la oreja; las mujeres, con un discreto traje o vestido que ellas mismas, muy apañadas siempre, se arreglaban en sus talleres caseros de costura; las niñas, con aquellos vestidos minifalderos blancos…, y los niños, con las calzonas cortas de Cuéntame, y algún “niki” (polo) especial que la madre les reservaba para domingos y fiestas de guardar.

Muy corriente resultaba también la estampa de los músicos, con saxo y acordeón, buscando a los padrinos primero, al novio después, y finalmente a la novia, con pasodobles pachangueros, para proseguir con el pasacalle castizo con el resto de invitados hasta la puerta de la iglesia. El cortejo se iba abriendo paso entre curiosos que acudían a la orilla de la calle, y alguna cabra que indiferente miraba desde la puerta del corral.

A la salida de la iglesia, la gente de posguerra aún tiraba el arroz con cierta escasez, con el freno de mano echado, y esa plena consciencia ancestral de estar tirando un bien preciado. Los niños, por contra, acribillaban a los novios sin miramientos, subidos en algún poyo de granito a la entrada de la iglesia, después de una interminable espera, donde los novios no acababan nunca de salir… Ese era el momento en que el padre de la novia lanzaba el misérrimo cohete de marras, con expresión bobalicona en la cara…, y el estallido sonaba en las alturas, como dos pobres cuescos de pólvora al aire, apenas audibles, que se llevaba el viento solano de la mañana extremeña, junto al paso de alguna solitaria cigüeña que regresaba al campanario.

Uno de los martirios de cada boda, era el que sufrían los mozos y mozas en edad de merecer, que eran blanco de todo tipo de indirectas y exhortaciones a abandonar el celibato. El más acosado, sin duda, eran el pobre mozo tardío: “A vel cuándu te va tocandu a ti, que ya va siendu hora”, le decían las mujeres…; “A vel si vámuh espabilandu, que paeci que no tiénih sangri en el cuerpu, meee cagüeennn…”, le espetaban los hombres. Mientras tanto, el humillado mozo tardío, cabizbajo, con lo único que se atrevía sin miramientos, era con el rancio coñac que quita las vergüenzas, aunque tan sólo por un tiempo breve.

Las mujeres del pueblo especializadas en bodas, con sus típicos guisos de carne, o su chocolate con jeringuillas, empezaron a ser relevadas por pequeñas empresas especializadas en eventos rurales, provenientes de pueblos cercanos... Eran bodas que ocupaban aún todo el día, con baile de orquesta y pasodobles que marcaban la hegemonía musical, mientras el humo iba formando en los salones una neblina tabacuna que difuminaba las arrugas de las caras acartonadas..., caras que iban asomándose, sin saberlo, a un proceso de aculturación, con modas venidas de aquí o de allá, que nos iban colocando sutilmente nuevas costumbres, como el cuco deja los huevos en los nidos ajenos.

Tiempo antes de la boda, si el novio era foráneo, se las tenía que entender con los quintos locales, que eran una especie de ejército bárbaro..., una suerte de suevos o alanos, bravucones recaudadores de impuestos etílicos, cobrados como arancel por llevarse a la moza lugareña. Estos pertinaces guerreros rústicos, abordaban al citado forastero con numerosas defecaciones verbales a cada frase, para intimidar al mancebo advenedizo. Ponían expresiones cromañonescas que parecían sacadas de las grutas, a pesar de tener sus cuerpos embutidos en modernos pantalones de campana sesenteros, lo que les daba un aspecto híbrido, a caballo entre homo erectus y Fórmula V. El tributo que exigían estos aguerridos guardianes de la muralla local, por tanto, era un poco masoquista, pues consistía en cogerse una “filusera” (una borrachera impresentable), sufragada por el complaciente novio, y hacer luego la oportuna ronda callejera, con cánticos disonantes, dando “zambutonih” (tropezones) por aquí y por allá, y acabando con alguna vomitona en cualquier bello portal extremeño, de esos que ya casi quedaron en el olvido.

Los salones de boda y de baile eran una misma cosa, con humildes banquetas de madera que cojeaban sobre suelos traqueteados ya de mil batallas, y baldosas un tanto desniveladas, que daban al comensal una cierta sensación de inestabilidad, a la par que podía, por ejemplo, mancharse con la sopa, en el instante mismo de acercarse la cuchara a la boca, cuando alguien, inoportunamente, se levantaba en el otro extremo de la banqueta a gritar el recurrente y atronador “Vivan los novioooos”, que de paso pillaba a más de un invitado con la boca llena de migas en el momento mismo del alarido colectivo... Una voz aflautada replicaba acto seguido: “Y vivan los padrinoooossss”, y sonaba otro "viva", esta vez más timorato, que dejaba en evidencia al espontaneo vocero... Mientras tanto, la comida continuaba con un bullicio generalizado y un estridente repique de cucharas en los platos, tan propio de una gente acostumbrada a dejar pocas sobras en ninguna parte; incluso no faltaban mujeres que guardaban en la merendera de aluminio la comida que sobraba del cubierto del niño, y se justificaban en un gesto grave de suprema honradez: “No me llevu na que no sea míu…, me llevu lo que he pagáu…”.

Las mujeres aún decían cosas a los padres de los novios, del estilo: “Que loh conohcáih múchuh áñuh…; que éhtu eh pa toa la vida…; que dioh oh dé saluh pa conocél-luh…”, y otras frases similares propias de las hablas locales...

No faltaba, claro está, el momento temido por muchos, donde los quintos del novio cortaban la corbata de éste, y daban la paliza a los comensales pasando la bandeja. Algún astuto comensal, incluso, atisbaba con tiempo el instante recaudatorio, y aprovechaba para marchar al aseo…, aseo que tal vez fuese la pared de piedra de algún olivar próximo, donde ya de paso se fumaba un ducados y lanzaba una ventosidad al aire, o quizá algún eructo provocado por el vino tinto con gaseosa Molina, mientras hacía el oportuno tiempo de escaqueo para no soltar la mosca, claro.

Ya por los sesenta fueron entrando en escena los fotógrafos locales, citados en anteriores textos, que nos dejaron esas improntas en blanco y negro, de bodas, bautizos y comuniones de aquella Extremadura rural, de blanco almidonado y peripuesta, entre pujante y retraída.

Había un tipo de boda extraña, casi surrealista, que nunca llegamos a entender los niños, y eran las bodas de los curas cuando estos se ordenaban como sacerdotes, celebradas igualmente con banquetes al uso. Los críos ingenuamente preguntábamos por la novia ausente, y una anciana, circunspecta, en tono solemne contestaba: “La novia es la iglesia...”, y algún niño especulaba creyendo entender que la novia estaba aún en la iglesia, y no había subido todavía al banquete.

Estas bodas aquí glosadas, aparentemente incómodas y sin muchos miramientos, eran todo un lujo en contraste con aquellas otras relatadas por nuestros mayores, aquellas bodas de “ótrah vécih” (antiguamente) celebradas en corralones y serenos con el suelo de tierra. Esto me lleva, inevitablemente, a hacer una breve incursión retrospectiva hacia el pasado que no conocí.

De aquellas otras bodas, nos cuentan cosas como que, a los novios, en los días previos, les gastaban bromas cavernícolas que dejarían en poca cosa a aquellas relatadas por el mismísimo Miguel Gila. Había anécdotas de novios a los que dejaban maniatados a una encina, hasta que alguien acudía a liberarlos..., o a otros a los que paseaban en procesión montados en un somier por las calles del pueblo...; y de mozos que repartían un escatológico chocolate en un orinal, que ofrecían llamando a las puertas de las casas, envueltos en mantas, al más puro estilo surrealista rural, etc. O nos hablaban de la recogida de cubiertos y demás menaje para la boda, por las casas del pueblo, junto a diversas tareas distribuidas a todo tipo de personal auxiliar que colaboraba en distintos asuntos de apoyo logístico… Nos contaban, entre risas, el reclamo del jamón en la noche de la boda, que demandaban los quintos, ya beodos, a los padres de los novios, o a los padrinos, a los que daban la paliza toda la madrugada si no se avenían a razones y se mostraban generosos… O nos hablaban, no sé..., sobre las figuras del “mozo de novio”, o “moza de novia”, asignados a cada uno de los futuros esposos, que eran una especie de escudero, o escudera, para todas las necesidades que tuviesen en esos días señalados... Nos hablaban, también, de aquellas largas bodas de tres días, siempre en septiembre, ya libres de tareas agropecuarias, después de rozar las tierras de maleza, esperando la sementera de octubre… E incluso nos relataban tradiciones como aquellos bellos cantos de alboradas al amanecer, que se cantaban a la puerta de la novia, del novio, o incluso del cura, con alguna niña allegada a la familia, que dormía junto a la novia con la ilusión de escuchar los cánticos mañaneros: “Novio a la novia te entrego, para que vivas con ella, si le has de dar mala vida, déjala moza soltera…”. Y nos relataban costumbres, como aquella de los novios por la noche, al final del baile, repartiendo a las mozas invitadas por las casas, y otras tantas tradiciones ya perdidas en la noche de los tiempos, en fin… Y por último, aquella cosa ancestral de “La manzana”, en la tarde de la boda, donde se pinchaban con alfileres los billetes de los invitados en la fruta (manzana clavada en un palo), y los novios pacientemente bailaban con unos y con otras, en agradecimiento, mientras alguna mujer cantaba así:

...Mira, novio, la tú mesa,
mírala de arriba abajo,
mira que tienes en ella
los padres que te han criado.

...Mira, novia, la tú mesa,
mírala de abajo arriba,
mira que tienes en ella
todita la tú familia…

La luna de miel era más bien una media luna, que no iba más allá de un viaje esporádico a Madrid (en el mejor de los casos), a ver el parque del Retiro, y de paso pillar el estreno de “Esa voz es una mina”, de Antonio Molina, en algún cine de Gran Vía, allá por los cincuenta, donde el mítico cantaor deleitaba a los paisanos con gorgoritos imposibles.

A los pocos días de la boda, la novia dejaba aparcado su eventual estatus de princesa cacereña, y regresaba a la realidad, arrodillada en un lavadero de madera, frotando trapos sobre las aguas otoñales, mientras no dejaba de recibir felicitaciones por aquí y por allá: “Eeee, hija, enhorabuena, que sea pa bien… / Y uhté que lo conohca, tía…”. La joven desposada, ya inmersa en las agrestes faenas, cambiaba el traje efímero de novia por el traje largo y pesaroso de la vida, sacando adelante, heroicamente, toda una prole de la cual descendemos la mayor parte de los aquí presentes. Aquellas mujeres, hicieron todo un ejercicio inigualable de entrega y sacrificio sin esperar mucho a cambio, todo lo más, ya en sus años postreros, una cierta tranquilidad..., sí, sólo tranquilidad, y si acaso algún pequeño gesto de atención o afecto, aunque en no pocas ocasiones encontraron también ingratitud.


JORGE SÁNCHES MOHEDAS