sábado, 27 de febrero de 2021

¡Señórah y señórih!

Al llegar al pueblo cualquier furgoneta o camioneta con trazas un tanto exóticas, los niños corrían detrás, y hasta incluso por delante, como en unos sanfermines pueblerinos y bullangueros, hasta que el vehículo se detenía y era rodeado por la chiquillería, con caras expectantes, igual que los indígenas cercan a los exploradores que se adentran en el poblado... Sin saber muy bien por qué, los niños autóctonos tenían la sospecha de que todo lo que llegase de lejos podía ser portador de novedades que viniesen a tumbar la monotonía propia de la endogamia local, que era prima hermana del aburrimiento.

Entre los muchos visitantes que alteraban el tedio rural, junto a vendedores, mendigos, charlatanes, ciegos cantarines y otros tantos que nos contaron nuestros mayores, estaban también los comediantes, agrupados en el versátil reino de los "títarih" (títeres), palabra comodín de la Alta Extremadura que servía para aglutinar a todo tipo de actuaciones llegadas del exterior, y que a la postre se convertían en un elemento de evasión para aquellas vidas labriegas marcadas de claroscuros.

El legendario alguacil del pueblo (con su corneta igualmente legendaria) echaba por las calles el consabido pregón para alertar a los vecinos de la actuación de marras, casi siempre nocturna, que venía a poner un punto de relajo a la dura jornada campestre.

Comediantes, magos, cabras funambulistas, pequeños circos humildes al aire libre... Todos formaban parte del mágico mundo de los "títarih". Esforzados artistas de ropas poco lustrosas, que se desplazaban por los caminos polvorientos de la España campesina... "¡Éhta nochi hay títarih!", se escuchaba comentar a los viandantes. Cualquier cosa que llegase de fuera era bienvenida, pues había entre los aldeanos una gran fascinación por todo lo foráneo, y un espíritu un tanto histriónico que abundaba también entre algunos habitantes del lugar. El público era poco exigente; era un público agradecido que sonreía de manera espontánea como sonríen los niños, porque en el fondo eran niños con arrugas y dientes salteados, que respondían a todo con una expresión infinita de agradecimiento.

En la película "El viaje a ninguna parte”, de Fernán Gómez, se recoge con acierto la vida de los sufridos comediantes, en la que podemos ver con bastante aproximación lo que pudo ser la historia de aquellos nómadas del divertimento rural, suministradores de un bálsamo cuasi milagroso para quienes esperan no más allá de un rato de escape para sus vidas atribuladas.

Nada más partir los comediantes, dejaban una impronta en los pueblos que daba sus frutos casi de inmediato, con actuaciones que luego eran replicadas por niños y jóvenes entusiastas de la localidad. De esta forma, por calles y rincones proliferaban las representaciones de todo tipo, con niños inopinadamente titiriteros que imitaban todo lo que fuese novedoso en aquel pequeño microcosmos ávido de cualquier innovación advenediza... Nos subíamos a lo alto de un cancho (a veces con más participantes que espectadores), declamando a todas horas el famoso y recurrente "¡¡Señoras y señores, a continuación les presentamos...!!". Después, por ejemplo, salían unos niños por detrás de una “engarilla” (alguno con más vergüenza que otra cosa) haciendo los andares propios de los payasos. Llevábamos a cabo distintas representaciones, rara vez ensayadas, y casi siempre fruto de la improvisación: malabares con unos palos arrancados a unas tarmas, o con piedras de guijarro…, o tal vez atolondradas escenas cómicas de lo más surrealista. El espectáculo era observado por algunos adultos que pasaban de un lado para otro en sus quehaceres corraleros, y detenían sus pasos un instante. Era corriente contemplar la escena de un hombre soltando la calderilla de patatas en el suelo, y parándose a observar sonriente el buen hacer de los eventuales artistas, sorprendido quizá con alguna sobrina que resultaba tener dotes para la tonadilla, cantando con desparpajo La falsa moneda, que de mano en mano va y ninguno se la queda... Y nosotros allí, como dueños falsarios de las calles, erre que erre, lo mismo en días fríos y nublados, que puestos “a la calvotera del sol"…, lo mismo bajo un cielo despejado, que bajo un cielo aborregado que anunciase lluvias venideras. Nosotros siempre a lo nuestro, siguiendo el curso de la niñez alocada, sin un cuaderno de bitácora donde anotar errores y rencores, que inmediatamente eran borrados de cara a la jornada siguiente, como en una pizarra escolar cualquiera.

En otras ocasiones eran los jóvenes del pueblo (o incluso algunos adultos rumbosos) los que recogían el testigo dejado por los comediantes, y se enfrascaban en elaboradas obras teatrales ensayadas durante largo tiempo en las oscuras noches invernales, para ser luego representadas en fechas señaladas. Actuaciones en su mayoría ejecutadas con más entusiasmo que otra cosa, ciertamente, pero siempre con gran mérito, y alejadas de este mundo de aparatejos digitales en el que estamos inmersos, donde las cosas visibles y palpables fueron desplazadas por el reino espurio de lo virtual, que viene a ser algo así como el reino de la nada.

Los capitalinos llegados de Madrid, nos hablaban del famoso Circo Price, y de elefantes sentados en taburetes... o de chimpancés vestidos con peto y camisa de cuadros como el “Locomotoro” de los Chiripitifláuticos… Nos hablaban de fieras obedientes al látigo del domador... y hasta incluso de Pinito del Oro y otras excelsas figuras circenses que habían contemplado en grandes actuaciones en los madriles… Nos volvían la cabeza loca con esto como con casi todo, para impresionarnos constantemente, cosa que conseguían con suma facilidad.

En algunos pueblos había salones reservados al efecto, tanto municipales como particulares, provistos de bancos de madera, un rudimentario escenario de tabla elevado sobre el suelo, y un pequeño cuartucho a modo de camerino. Tampoco resultaba extraño encontrarnos algún telón raído, de color granate, con el polvo acumulado de los años... En tiempo de bonanza climatológica, las actuaciones eran al aire libre, donde el asiento corría a cargo del espectador, que, con la silla a cuestas, pasaba por las calles veraniegas camino de la función, y a veces con un pequeño “tajo” (taburete) de corcho, ideal para los más pequeños de la casa... "Ehhh, váih pa loh títarih..., nusótruh no sé si irémuh, pues Juan ehtá algu cansáu ehta nochi…".

Los antiguos comediantes se alojaban en primitivas posadas rurales, donde el cuarto de baño era una cuadra, y a veces actuaban con sueño, o arrastrando dramas personales, compartiendo así sus cuitas con las penas de los aldeanos, que venían a ser más o menos las mismas, intercambiando tan sólo un poco de asfalto urbano por unas "cagalutas" de cabra sobre un suelo de tierra…  Todos, oriundos y forasteros, en el fondo eran víctimas de las vicisitudes de un destino que no dejaba "títere" con cabeza.

A lo largo de los años quedaron anécdotas guardadas en los archivos populares que llenaban las “talegas” de la tradición oral; entre ellas, algunas también referidas a estos cómicos aventureros que se dejaban caer por allí... Recuerdo unas cuantas escuchadas repetidas veces en mi entorno familiar. La primera, sobre unos comediantes allá por los años cuarenta, que volcaron la furgoneta a su paso por “El pontón” (milenario y majestuoso puente romano sobre el río Alagón), cayendo desde lo alto. Cuentan que el vehículo llevaba unos colchones de lana atados en la parte superior, de tal forma que les sirvieron de "airbag", pudiendo salvar sus vidas al impactar los colchones sobre los pedruscos y malezas que flanqueaban el río. Salvaron el pellejo en un milagro que podríamos definir entre lastimoso y “cómico”. Hazaña ésta tan sólo superada por la de un lugareño (en una historia con tintes de realismo mágico), acaecida igualmente en el susodicho puente. Relatan que el citado paisano, al subirse al pretil del puente para montar en el burro, un inoportuno desequilibrio lo hizo volar puente abajo; pero, al parecer, iba envuelto en un “cobertón” de la época, para abrigarse del frío invernal, y éste se extendió inesperadamente haciendo las veces de paracaídas y permitiéndole aterrizar entre la maleza cual águila tomando tierra, saliendo indemne del lance y sacudiéndose cuatro pajas de la chaqueta…, tal vez emulando al tío Juanillo de la popular canción, que se tiró por el puente de Aranda pero no se mató. La tercera historia trata de la formidable actuación de un mago que acompañaba a unos cómicos (o quizá fuese parte de ellos), y que en un juego de cartomancia hizo desaparecer la carta del tres de bastos, apareciendo ésta inserta en el cigarro de un paisano con boina y cara despistada, que se andaba fumando el naipe sin sospecharlo, ante la perplejidad de los presentes que no daban crédito a lo que estaban viendo. La cara bobalicona del pobre aldeano, era un poema ante las risas del respetable…, y la comidilla de aquel lance mágico y jocoso, pasó a formar parte del acervo popular de mi pequeño pueblo natal.

Algunos niños rurales tenían grandes dotes para la comedia, y lo expresaban de las formas más variopintas posibles, buscando "faruseles" (ropas y trapos viejos) que pillaban por casa de los abuelos... y telones hechos con sábanas viejas de madres y abuelas, colocados en cualquier rincón callejero... A todas horas se les escuchaba gritar (al principio en un forzado castellano, y después en un relajado extremeño local): ¡¡Señórah y señóriiihhh!!, como una atronadora llamada de atención que se repetía a modo de martillo pilón, pues las actuaciones eran cortas y se sucedían sin solución de continuidad.

Los espectáculos circenses que llegaban antiguamente a las aldeas, no pasaban más allá de algunos humildes circos con artistas callejeros, y algún esporádico animal malnutrido: tal vez algún oso que se ponía de manos al son de un pandero... y cosas así. Finalizaban casi siempre con la subasta de una botella de coñac o algo por el estilo. Pero un buen día de aquella infancia lejana, mira tú por dónde, nos llegó al pueblo un circo por todo lo alto, con leones, carpa, payasos, malabaristas y toda la pompa propia de un gran espectáculo que ni por asomo hubiésemos sospechado que pudiera recalar en nuestro modesto pueblecillo. No sabíamos muy bien cómo pudo llegar allí, a un rincón como el nuestro, de cabras, higos chumbos y escobas de baleo a la puerta... pero lo cierto es que allí estaba. Tal vez fue en medio de algún compás de espera entre ciudades o poblaciones mayores, como recuerdo vagamente que alguien comentó. En cualquier caso nos encontramos de repente todo un despliegue de camiones, carteles, y un amplio colorido inédito por aquellos lares, en una plaza de tierra sita en la zona alta del pueblo, junto a un gran pozo de granito y un abrevadero de cantería para las bestias. Y como era de esperar, todo el pueblo se revolucionó ante el inesperado acontecimiento, y los niños pasábamos las horas muertas husmeándolo todo, y escrutando los distintos elementos novedosos de aquel enorme entramado circense; en especial un remolque en forma de jaula con barrotes, donde echaban la siesta unos leones esqueléticos, que se mostraban ante nosotros indiferentes, sin ningún signo de fiereza, y sin dignarse en mirar nuestras caras expectante de niños rurales que nada parecíamos importarles.

Y por fin llegó el gran día tan esperado. Todos allí, bajo la carpa, sentados y extasiados. Vimos pasar delante de nuestros agrandados ojos, a payasos, domadores, fieras, una elegante trapecista, y toda la estética que habíamos visto sin duda en alguna parte... no sé... tal vez en los dibujos abigarrados de colores del juego de La Oca que había en el teleclub del pueblo. Pero, curiosamente, en los días previos, lo que más atrajo la atención de los pequeños que pululábamos por las inmediaciones del circo, fue un humilde cohete espacial que estaba aparcado por allí, marginado junto a la pared de un viejo corral, de aspecto descuidado y con varios rayones sobre su pintura blanca. Estaba ligeramente inclinado… como un tanto renqueante y con dudosa planta de haber afrontado hazañas exosféricas. Era más bien como un pobre cohete desahuciado que no hubiera pasado el casting de la NASA, habiendo quedado condenado a deambular por los espectáculos circenses, y a ganarse la vida como la mujer barbuda o el mítico gigante de Altzo... Ni que decir tiene que nuestra imaginación se disparó mucho más allá de las intenciones del estático cohete, y empezamos a especular mil cosas sobre aquel artefacto espacial. Alguien comentó que probablemente sería el cohete del hombre bala, pero aquello nos desconcertó mucho más aún. La mayoría estábamos convencidos de que dicho artilugio había llegado en varias ocasiones a la luna, y que aquellos arañazos en la pintura no eran otra cosa que el deterioro propio de sus constantes visitas al cercano satélite... Incluso eran reputados de ignorantes los que dudaban de tales aseveraciones; a fin de cuentas la luna era un pequeño astro amigable que estaba a nuestro alcance cada noche, un poco por encima de las chimeneas, y no más allá de cien veces la altura del campanario, como llegó a sentenciar alguno de los sabiondos infantes que rodeaban al humilde artefacto, con un gesto adusto heredado seguramente de algún antepasado... En fin, aquello de ir a la luna debía ser algo relativamente accesible, pues por aquellas fechas andaba reciente el alunizaje del Apolo XI, con la voz pausada y redicha de Jesús Hermida, que la gente pudo ver en los televisores de los bares, a través de una espesa cortina de humo de tabaco negro. Pero lo cierto es que el circo se fue, y el cohete misterioso nos dejó con la intriga. Se marchó cargado en un sobrio remolque, sin más, saltando sobre las piedras de guijarro, calle arriba, hasta perderse por una sombría carretera flanqueada de eucaliptos gigantes y moreras. Entonces comprendimos, en una de las primeras lecciones infantiles de nuestra vida, que las cosas que miran hacia las alturas, a veces quedan relegadas al dominio del barro y de las piedras, dejándonos un poso de frustración, y prefigurando lo que podrían ser en un futuro las numerosas ínsulas baratarias de nuestro destino.

Nuestra niñez siempre tuvo un poco de aquellos personajes nómadas, y estuvo repleta de aventuras recreadas en decorados inconfundiblemente nuestros, con robustos estrados de granito y puertas viejas de madera pardusca y ajada, que ponían el fondo de escenario a nuestra infancia bellotera... Nuestra vida infantil, sí, era como un pequeño sainete en medio de la tragicomedia que acontecía a nuestro alrededor. Las luces y las sombras se alternaban como parte de un binomio del que nosotros tomábamos tan sólo el lado más amable, desechando deliberadamente lo gris. En el fondo todo era como un juego infantil donde encontrar un subterfugio para nuestro divertimento, mientras la alegría y la tristeza, irremediablemente, bailaban frente a frente una jota extremeña “al pardear”.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS


domingo, 14 de junio de 2020

Cuando nada se oía



Todo era paz y silencio, en una calle cualquiera de nuestra infancia, una calle quizá poco transitada, con dos o tres corrales y un par de viviendas... De repente, de esquina a esquina, como saliendo de la nada, pasaba un torbellino de niños corriendo y gritando; después se escuchaban sus vocecillas alejarse hasta perderse en lontananza, volviendo la quietud a imperar como norma en la calle solitaria donde nada se oía, si acaso el leve ruido del maltratado plato de una bombilla en la pared, ligeramente movido por el aire.

Los pueblos alternaban momentos bullangueros con profundos silencios. De aquellas bullas y algarabías del pasado ya hablamos largamente, y ahora nos toca entrar en la mística del silencio... Hagamos un ejercicio de memoria para volver a reencontrarnos con aquellos sosiegos insuperables. Fueron pequeños instantes, momentos bellos que, quizá, nos pasaron desapercibidos, pero que ahora, al recordarlos, nos dejan un poso de felicidad del que en su día no fuimos debidamente conscientes.

A cualquiera que viviese en una calle un poco retirada, le bastaba con asomarse un momento apoyado en el quicio de la puerta para vivir un rato de reposo y silencio, de ese silencio aquí relatado, aunque el silencio pudiese verse alterado en cualquier instante por alguna vecina jacarandosa y resuelta, asomada a su respectiva puerta. “¡Ehhh Petra, vaya un airuchu que se acaba de levantal…!”.

Las viejas en las solanas, por momentos dejaban de hablar, y quedaban allí, estáticas, con el inapreciable movimiento de los dedos sobre la aguja, convertidas en estatuas de bronce coronadas con sombrero de paja... Mientras tanto, a su alrededor no se escuchaba nada, si acaso el liviano movimiento de las hojas de una parra.

En este ambiente de paz y reposo, jugaban un papel destacado los “serenos” de las casas. Esos lugares interiores al descubierto, de suelos pétreos y parras verticales, se tornaban en sosegados claustros medievales, donde sus privilegiados moradores quedaban al margen de la calle, gozando de la paz monacal y gatuna que allí se respiraba... Qué suerte dormir en una habitación que diese a un sereno, exento de ruidos callejeros. En los serenos se sentaban a coser las viejinas, junto al gato que se desperezaba tumbado sobre las lanchas de cantería, mientras todo invitaba a la calma.

Cuántas veces pudimos contemplar escenas como ésta: Un niño en una calle, cuidado por la abuela, haciendo equilibrios sobre una piedra elevada... De repente, la voz estridente de la anciana rompía el silencio, con ese fatalismo secular de nuestros mayores: "Ehtoy viendu que te cais... ¡ehtoy viendu que te caaaaais!"; porque las abuelas, sí, siempre repetían la misma frase dos veces, y la segunda vez con un todo elevado, amenazante, acompañado de un mohín desdentado, y una mirada acusadora por encima de las gafas caídas.

Y ya puestos a imaginar, podemos aventurarnos a proyectar en nuestra mente escenas de la vida de nuestros mayores, con gran aproximación a lo ocurrido. Podemos imaginar… no sé, a alguno de nuestros abuelos en pleno campo al terminar la jornada, sentándose a descansar en un cancho y limpiando con su antebrazo el sudor de la frente, en la calma absoluta del atardecer… Allí, en la soledad de un prado verde y florido (como fondo de un lienzo impresionista), mirando el cielo rojizo en la cresta de las sierras, entre vencejos revoloteando los aires y el olor a poleo de un regato cercano.

A veces, en la serenidad primaveral de los campos, entre una paz inusitada con olor a escobas, podíamos escuchar a lo lejos los balidos de las ovejas y sus campanillos..., o a diversos pájaros, algunos ya extintos; pero eran ruidos diluidos en el sosiego de los campos, ruidos compatibles con la propia naturaleza del silencio... Hasta incluso, al detener nuestros pasos, escuchábamos levemente el ruidecillo eléctrico de los cables de las torretas de la luz, apenas audible.

Grillos, chicharras, cucos, cárabos nocturnos, ruiseñores en los álamos de los arroyos... y demás pequeña fauna con sus ruidos amables, se integraban en la paz de los paisajes, como miembros de pleno derecho de aquella hermosa cofradía del silencio.

Nadie mejor que los niños que cambiamos bruscamente el pueblo por el asfalto, para percibir ese frente acústico metropolitano que nos tocó encarar en la nueva existencia urbanita... Incluso desde nuestra habitación, al dormir, nos invadían constantes y molestos ruidos nocturnos de coches, motos estridentes, camiones de la basura cargando y descargando... Nada que ver con nuestro pasado pueblerino. Fue ahí, en esos pequeños detalles, donde empezamos a maliciarnos de que no era todo oro lo que nos habían vendido.

Hasta la luna guardaba silencio en las noches de agosto... De niño miraba los imponentes cielos estrellados del estío, y me veía a mi mismo flotando y avanzando entre los astros, imaginando un silencio sideral inexplicable con palabras, tan sólo alterado por los grillos incansables de la noche veraniega.

Uno de los declarados enemigos del silencio rural, era... sí, efectivamente, lo habéis adivinado, el reloj del campanario, que nos devolvía sin delicadeza al mundo de los vivos, con su inoportuna insolencia de bronce, bajándonos bruscamente desde las nubes hacia el suelo de rollos de nuestra calle. Al escuchar los castañazos del badajo, todo volvía a su sitio, y la realidad se hacía cruelmente presente... A propósito de este asunto, desde niño escuché una anécdota real, que podría encajar perfectamente en cualquier novela de Camilo José Cela. Un hombre del pueblo, por los años 50, tenía tal facilidad para expeler ventosidades a placer, que cuando caminaba por las calles, al sonar las campanadas del reloj, a cada golpe respondía con un cuesco seco y sonoro, y aunque sonasen las doce no importaba... Lo hacía simplemente como un juego, como un divertimento que pusiese el contrapunto en el tragicómico discurrir de las vidas campesinas... Cuentan los testigos que nuestro original protagonista ni siquiera se reía, ni estaba al tanto de que hubiese o no espectadores contemplando la escena. Era un ritual inserto en su rutina cotidiana, donde lo escatológico se hacía soluble en el realismo mágico de las pequeñas aldeas. Aquellos cuescos hombrunos y garbanceros, frecuentes rompedores del silencio, a veces cortos o prolongados, formaron parte de la banda sonora de nuestra infancia.

Y cómo no, una vez más toca citar a los felinos, esos grandes maestros del silencio, expertos funambulistas de repisas y tejados, capaces de acariciar las tejas en las horas silentes de la siesta, sin hacer ruido alguno, como si fuesen hologramas que pasasen de puntillas por la vida aldeana, convirtiéndolo todo en las tomas falsas de alguna película donde alguien hubiese bajado el volumen para siempre...

Otra de las múltiples escenas que pudieran ilustrar este texto, podría ser la siguiente: por una calle tranquila, de repente escuchamos por la ventanilla de una cocina a una madre temperamental gritando a un niño: "¡Cómite toah lah patátah, no me déjih en el platu picapláhtah!" (restos de comida). Los silencios, como podemos ver, eran sobradamente frágiles: tan pronto estaban como inopinadamente desaparecían.

Uno de los momentos mágicos de contraste entre el sosiego y la algazara infantil, se daba en los trigales durante el mes de mayo. Los pájaros bajaban como corsarios de los aires al asalto del trigo… Inmediatamente, un palo sobre un bote de hojalata, en manos de una niña, rompía en un instante la paz allí encontrada... y los pequeños piratas volanderos levantaban el vuelo, sabedores de tener incontables oportunidades de asaltar el botín... A lo lejos se escuchaban voces infantiles oxeando pájaros con aprendidas cancioncillas que se llevaba el aire sereno de la tarde. Era una lucha sin cuartel, sí, entre ruidos y silencios, una lucha irreconciliable, donde los primeros fuesen Montescos y los segundos Capuletos.

Nuestros abuelos en su mayoría estaban un poco tenientes, y nos obligaban a hablarles en voz alta. "Háblame reciu" (háblame alto) nos decían. Y nosotros le hablábamos recio, para romper el silencio que habitaba sus sorderas. Después nos decían cosas pesimistas y graciosas, como: "Ehtoy ca’ vez máh sordu; los viejus tenémuh ya múchuh calendáriuh” (calendarios: achaques de la edad). Aunque el peor calendario de todos, era el propio calendario colgado en la pared, que les recordaba su paso implacable camino del silencio último.

¿Qué campesino que se precie, no dio alguna cabezada a la sombra de una encina, o quizá de una higuera? Las hojas de las higueras hacían las veces de celosías por las que se colaban los rayos del sol, que por momentos deslumbraban al sufrido durmiente, espabilándole ligeramente el sueño. Luego, todo volvía a la quietud y al ronquido, hasta que en otro instante cualquiera, le caía una breva en la cabeza, como a Newton le cayó la manzana. La ley de la gravedad que regía aquellas vidas locales, era distinta a la oficial…, era una gravedad trufada de duelos y quebrantos, y no precisamente cervantinos.

En la hora de la siesta el pueblo entero estaba un poco "asorongáu" (adormitado), y cualquier ruido perturbaba el descanso de los parroquianos, en esa franja sagrada del día donde todo quedaba a merced de la misericordia de los viandantes, cuando un simple rebuzno de un burro en un corral, equivalía al Do de pecho de un tenor…, o una patada a un bote callejero, a una traca valenciana por San José...; y una "roanga" (aro metálico infantil sacado de una llanta de bicicleta), rodando por las calles, podía recordar al estruendo de un carruaje decimonónico... La suerte estaba echada, y el reposo puesto en almoneda.

Y así una larga retahíla de silencios y momentos de paz dignos de recordar: el silencio de las trojes, con el ruido sutil de la carcoma…; el silencio de los pajares, con algún moscón intermitente…; el silencio de las estancias húmedas y olvidadas, con retratos de antepasados y telarañas hacendosas…; el silencio de las casas de los abuelos, con el fuego hipnótico de la lumbre, y las sombras proyectadas bailando sobre las paredes de cal…; el silencio del estío, con labriegos y bestias cabizbajas volviendo como tristes guerreros derrotados…; el silencio después de las tormentas, asomados a puertas y ventanas…; el silencio profundo de la noche, madrugada adentro, tan sólo alterado por el breve chillido de alguna lechuza imperceptible sobrevolando los tejados… el silencio… el silencio...

De aquella magia de la quietud vivida…, de aquella serenidad y su magisterio, pudimos entender la importancia inadvertida del silencio, y hasta incluso la conveniencia de guardarlo cuando la ignorancia y la soberbia se conjuran en nuestra contra, como bien nos recordase Don Pedro Calderón de la Barca en aquel irónico verso: "Cuando tan torpe la razón se halla, mejor habla, señor, quien mejor calla".

Era todo en aquel tiempo una lucha grecorromana entre claros y oscuros, siempre a merced de un orden arbitrario que alteraba nuestras vidas agrestes, pero todo se tornaba amable y distinto en aquellos pequeños momentos, cuando la calma venía a rescatarnos como un regalo del cielo, cuando todo paraba su curso... cuando nada se oía.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

sábado, 28 de marzo de 2020

De usted



Nunca faltaron al deber, al sacrificio, a la entrega por los suyos, al trabajo bien hecho y merecido. Los tratábamos de “usted”, sin saber que ese tratamiento implicaba un mérito ganado con sudor, ganado con arrojo...; los tratábamos de usted por inercia cultural, sí, pero sin ser conscientes de los galones que se habían ganado a fuerza de darse sin reservas… sin esperar a cambio casi nada, como guerreros ejemplares procedentes de una estirpe humilde y anónima, que conformó también el curso de la historia.

El respeto a los mayores estaba entre las normas emanadas de la costumbre, que no hacía falta explicarlas en exceso... Ni los muchachones más gamberros, que lanzaban piedras y fiscalizaban las calles aldeanas, osaban faltar al respeto abiertamente a un anciano (otra cosa muy distinta es que lo hiciesen en petit comité, todo hay que decirlo); si acaso, todo lo más, hacían burlas y chistes por lo bajini; tal vez alguna mofa por aquí o por allá, dirigida a un viejo borrachín que pasaba por la calle desentonando antiguas canciones de la mili, pero siempre con el freno de mano echado, y conscientes del rapapolvo que se les venía encima si llegaba cualquier queja a oídos de sus progenitores.

Los mayores nos mandaban a hacer recados con suma frecuencia, y nunca fuimos capaces de negarnos. Corríamos endiabladamente a hacer cualquier mandado sin rechistar... De repente, un hombre que pasaba inopinadamente por la calle, te mandaba a su casa (que estaba al otro extremo del pueblo) a recoger una cuerda olvidada en el corral, y tú, sin más dilación ni preguntas de por medio, salías disparado, como un repartidor de pizzas del futuro, acompañado de otros dos velocirráptores, cogiendo esquinas sin mirar, sorteando burros cargados de tarmas y viejas con calderillas de patatas. En tiempo récord estabas de vuelta con la cuerda, y, casi sin tomar tierra, se la dabas en la mano con un escueto: “Tomi uhtéd”, al tiempo que seguías el vuelo hacia tus juegos infantiles, como las golondrinas en su alocado revoloteo sorteando chimeneas.

Allá por los setenta y los ochenta, los chavales de los madriles, ya muy modernos ellos, se sorprendían al oírnos tratar de "usted" a nuestros padres, y mostraban una disimulada sonrisa, sin ocultar un cierto tonillo de superioridad. Luego nos preguntaban, aparte, el porqué de nuestro tratamiento a los mayores, a lo que nosotros, descolocados, no sabíamos realmente qué responder, pues para nosotros, ellos, los altaneros impúberes llegados del asfalto, estaban siempre a la vanguardia de las cosas, y nuestra actitud era tendente a imitarlos, sin más, aceptando como válida cualquier mercancía de procedencia urbana.

Por todas partes escuchábamos el “usted” respetuoso, ante cualquier cumplido o saludo: “¿Va uhtéh p’ allá…?”; “Pueh uhtéh verá…”; “Y uhtéd que lo conóhca…”; “¿Ha vihtu uhtéh pasal un perru que se me ha ehcapáu?…”.

Especialmente chocante resultaba el trato dado por las hijas a sus ancianos padres, cuidados por ellas mismas. Resultaba curioso observar el contraste, por ejemplo, cuando combinaban alguna regañina, como quien se dirige a un niño, con el tratamiento de usted, como quien se dirige a un padre: “¡Quieri uhtéh dejal de rebacal ya de una veh, que ehtá tol día rebacandu…!” (dándole vueltas a la cabeza en actitud pesimista).

Entre el “tú” y el “usted”, normalmente mediaba una generación, pero no siempre era así, como veremos en algunos casos verdaderamente llamativos.

Los "mozos viejos", aquellos eternos solterones de mirada retraída y cigarro adosado a la mano, eran relegados al "tuteo" hasta muy avanzada edad, aun incluso por nosotros, los más pequeños, y sobre todo por los indómitos muchachones mayores, que olían la debilidad del prójimo como los tiburones huelen la sangre... Es como si la soltería, a estos ancianos mozos, les otorgara un irónico elixir de juventud, a pesar de las arrugas bien marcadas que, en cambio, para nada respetaban el celibato rural. Era una soltería a la que, en muchos casos, no llegaban por vocación, sino más bien por su espíritu pusilánime para enfrentar las artes del galanteo, donde ni el vino peleón de la taberna consiguió redimirlos de su cortedad. Y así, de esta forma, se quedaron con el tuteo de unos y otros, como pequeños dardos envenenados que les dejaban un poso de derrota, hasta que un buen día “doblaban la servilleta” para siempre, dejándole en herencia a una sobrina, no más allá de una angosta casilla sin luces a la calle, con cuatro aperos de labranza y un viejo burro “cojilitranca” de mirada mohína, que esperaba a la postre igualmente su final.

Las personas con alguna deficiencia mental, también estaban indefectiblemente condenas al tuteo, independientemente de su edad. Eran tratadas de tú por chicos y mayores, aunque quizá el tuteo no fuese el mayor menoscabo al que se viesen abocadas, pues había otros peores que no son materia de este texto. Podíamos ver, por ejemplo, cualquier tarde soleada de otoño, a algún pobre aldeano deficiente, ya casi anciano, sentado en un poyo al sol, con la boina torcida y la mirada hacia ninguna parte, al tiempo que unos y otros pasaban por su lado brindándole saludos de lo más variado: a veces cariñosos y a veces un tanto guasones, mientras él contestaba de forma mecánica, con monosílabos o respuestas recurrentes, en una rueca de frasecillas pueblerinas aprendidas y usadas a modo de comodín: “Ehhh, Antoniu, ¿qué bien ehtáh ahí al sol?”. / “Siiii, mu bien…”.

El tratamiento de “don” y “doña”, normalmente llevaba aparejado el tratamiento de usted, independientemente de la soltería. Así pues, maestros y maestras, médicos, boticarios… y demás gente de carrera, gozaban siempre el privilegio del “usted”; y por supuesto el cura del pueblo, por joven que éste fuera: “Don Constantinu, querémuh bautizal a la niña, pa que uhtéh lo vaya supiendu con tiempu”.

Los hombres y mujeres recién casados mantenían el estatus juvenil por pocos años. En la medida en que iban llegando sus hijos al mundo, ellos iban adquiriendo el nuevo tratamiento de personas mayores de cara a la población menuda, a la par que las patas de gallo, y el rostro curtido por el sol de justicia de los campos extremeños, les dejaban la impronta que les servía de garantía para su nueva condición de adultos.

Un buen día, los jovenzuelos "urbano-rurales", a caballo entre el semáforo y el corral, henchidos de modernidad, decidimos cambiar el "usted" por el "tú" a todo quisqui, y las primeras víctimas fueron, cómo no, nuestros propios padres, que apenas se enteraron, pues lo hicimos con nocturnidad, en un timo verbal perfectamente dosificado. Fuimos alternando ambas formas, para que no se notase en exceso: a veces los tratábamos de usted, y otras de tú... y en la medida en que fueron bajando la guardia, se quedaron con el tú ya para siempre. A los que no fue tan fácil cambiarles el tratamiento, fue a nuestros abuelos, que aún se resistían con esa ancestral manera de concebir el respeto jerárquico por edades, tal y como ellos lo vivieron, y nos lanzaban alguna que otra protesta en defensa propia. Pero al final, con la poca energía de quien se sabe ya vencido por los años, también fueron claudicando, derrotados, en parte, por el vertiginoso y moderno estado de cosas que se les venía encima sin apenas tiempo para digerirlo... Fue ese mismo y moderno estado de cosas que un buen día les cambió el reloj de bolsillo por un Casio digital importado de Japón. La misma obsolescencia, sí, de un nuevo tiempo insolente donde ellos mismo sintieron, quizá, que al igual que a los yogures, les habían colocado en la boina un sello de caducidad... Y así fueron aceptando nuestro tuteo, como fueron aceptando el resto de cosas, alternando una sonrisa con una mueca de resignación.

Fueron, y son, nuestros mayores, sí, nuestros padres y abuelos, nuestros héroes de un pasado ya olvidado… de antiguas estaciones de tren con olor a zotal…, de escobas de baleo a la puerta, de calderillas de zinc cargadas de higos chumbos…, de cántaros a la cabeza que nunca se cayeron… y de bocas desdentadas prestas siempre a la sonrisa. Fueron las últimas generaciones del “usted”, las últimas generaciones con mayúsculas, a las que nunca pagaremos en justicia. Se merecían, y se merecerán por siempre, esa atención y cariño que algunas veces les racaneamos, y ese reconocimiento, en fin, de que todo lo mucho o poco que somos se lo debemos. Cuidemos sin reserva a esos pocos supervivientes del naufragio que aún nos quedan por aquí, como reliquias de un pasado de olor a galapero, sentados, quizá, en un sillón de skay, con la mirada perdida, pero sin perder la dignidad.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

lunes, 6 de enero de 2020

Ale, vámuh



Entre los ruidos y algarabías que retumbaban por las calles de nuestra infancia, una parte no despreciable se la llevaban los saludos y cumplidos que los aldeanos se repartían sin descanso, con la generosidad propia de las cosas que no cuestan casi nada. Lo más sorprendente, es que un buen día debieron descubrir, quién sabe, que el tono elevado en el saludo daba mayor credibilidad al mismo. Tanto es así, que se hacía realmente complicado escuchar un cumplido en voz baja. A mayor volumen, sí, el saludo parecía ganar en certeza; así podemos intuir que quedó pactado desde muchas generaciones atrás. De esta forma, desde primeras horas de la mañana podíamos escuchar a grito pelado el intercambio de saludos, cumplidos y parabienes tan propios de aquel tiempo aquí relatado: "Eyyy , ve con Dioh..."; "Aleeee, vámuh…"; "¿Váih p’allá? / Siiii vámuh…"; "Que sea pa bien…”; "Ehhh, halaaa, vengaaaa…"; "Ehhh, ¿váh p’abaju?…"; “¿Ya viénih...?"; "¿Cómu ehtá uhtéh...?"

El inventario de saludos era muy amplio, y las circunstancias y escenas que se derivaban de los mismos, aún más. Estaba, por ejemplo, el saludo rápido y esquivo por ambas partes, que se resolvía sin perder el paso, con un repentino giro de cabeza propio de un desfile militar: "¿Vah p’allá...?". / "Voy p’allá…". Estaba, entre otros muchos, el saludo que buscaba retener al interlocutor a toda costa, donde uno ejercía de araña y otro de mosca atrapada en la tela mortal. Aquí entraba en juego la pericia de la víctima para eludir la tediosa presencia, lo cual no siempre se conseguía con éxito, pues no todo el mundo manejaba el arte de la excusa perfecta, prima hermana de la mentira piadosa... "Voy corriendu al ehtáncu ántih de que cierrin", podías poner como pretexto, pero no siempre funcionaba... Estaba también el saludo que buscaba abiertamente la complicidad y el chisme, típico del alcahuete de guardia que no faltaba en cada esquina...; y estaba, en fin, el saludo sospechosamente atento, de aquél con quien apenas tenías trato, pero que un buen día aparecía con fingida amabilidad y una atención desmedida repetida durante varios días, hasta que al fin se desvelaba el misterio, que no era otro que el interés por un “cachimán” (pequeña parcela de terreno) o una tierra lindera que intentaba conseguir a un precio asequible, y a la que, por supuesto, se refería usando diminutivos tendentes a menoscabar el valor de la misma: "Esi cachinu de tierra que me linda allí... a vel si noh llegámuh a entendel".

No pocas veces este asunto que nos ocupa, daba lugar a escenas tragicómicas. Cuantas veces, verbigracia, en una calleja cualquiera del pueblo, el destino te ponía ante la vicisitud de encontrarte con alguno de esos múltiples enemigos que se iban acumulando a través de las diversas pendencias surgidas en el ambiente viciado de las sociedades cerradas... De repente, mira tú, una noche cualquiera inevitablemente ocurría: al doblar una esquina, aparecía delante de tus narices el enemigo número cuatro, bajo la luz tenue de una humilde bombilla de plato. La reacción de ambos era dar un "rejurtu" (retroceso repentino), sin cruzar palabra alguna, y maldiciendo al destino por haber colocado en un mismo tiempo y lugar a un sujeto indeseable, algo que no debía resultar extraño con tan pocas calles en juego, sin duda insuficientes para eludir por mucho tiempo a la burlona ley de la probabilidad.

Desde muy niño me dejó marcado (ya lo relaté en alguna ocasión) el saludo ininteligible de los hombres que pasaban con el Celtas Cortos (cigarro de la época) entre los dedos amarillentos... Era un saludo escueto, ronco y tabacuno, de una forzada gravedad de chato de vino y regreso tabernero entre las luces grises del atardecer, en un marco rural de penumbra y tristeza que contrastaba con una sutil y bella melancolía.

Especialmente agotadores eran los saludos después de un año sin pisar por el pueblo, en las típicas visitas veraniegas (tal vez en las fiestas patronales), donde el saludo constante por aquí y por allá se convertía en una suerte de tortura, que a menudo se arreglaba con dos o tres frases hechas, repartidas a modo de octavillas verbales que íbamos lanzando a diestro y siniestro, calle arriba o calle abajo, ante la pertinaz acometida de unos y otros.

Pero de todos los cumplidos que tuvimos ocasión de vivir, el que se llevaba la palma, por curioso y pintoresco, era el saludo atento de alguna viejecilla clásica, de las de siempre, que una vez llegábamos al pueblo en vacaciones, en un tono chillón y un marcado acento extremeño, nos hacía siempre la paradójica y oportuna pregunta: "¿Habéih veníu?…". En ese mismo instante, inevitablemente, se te pasaba por la cabeza hacer la gracieta ante tus amiguetes, y contestarle a la pobre anciana algo así como: "No, llegaremos mañana". Pero inmediatamente se imponía ese respeto reverencial hacia los mayores, que en aquel tiempo era casi sagrado, y con buen criterio decidías morderte la lengua, ante las risillas de los mariachis que te acompañaban, y con un gesto de seriedad forzada, contestabas a la anciana con la cortesía oportuna... Y la anciana, como si estuviese escrito en algún guion, remataba el cumplido siempre con la segunda pregunta: "¿Habéih veníu tóh...?" ; "Sí, sí, hemos venido todos, tía", contestabas..., y entonces, por fin, continuaba su camino renqueante y satisfecha. Seguramente, más que a ti mismo, a quien realmente dirigía el cumplido la mujer era a tus padres o abuelos a través de ti, en alguna deuda eterna que tenía con ellos, vete tú a saber desde cuándo ni por qué razón, pero estas cosas eran propias de las personas de aquel tiempo, donde aún quedaba gente enormemente agradecida.

El débil apretón de manos del señorito oficinista, de dedos blanquecinos y afilados, contrastaba con el violento apretón del labriego de manos anchas y “porrúas” (con dedos gruesos), más dado a empuñar la “segureja o el sacho”, y que a nada que te pillase con la guardia bajada y la mano relajada, podía lesionarte el dedo meñique y dejarte como en las viñetas de Mortadelo y Filemón, contándote los dedos para ver si estaban todos en su sitio, a la vez que, con un vozarrón quebrado y un ligero tufillo a coñac, te soltaba algo así como: "¡Me cagüen tooo la lechi, si no me llégah a decil naaa, ni te había conocíu!".

Uno de los peligros que acechaban al viandante desprovisto de coraza, era encontrarse a quemarropa con alguno de los pelmazos oficiales del reino, de aquellos que se habían ganado la fama a pulso, y tenían la astucia de esperar a la pieza en un lugar propicio y transitado, o a veces en dos sitios a la vez, con un extraño don de bilocación... A estos paisanos en particular, les bastaba una tímida mirada por tu parte para retenerte con algún pretexto cualquiera, que acababa en una larga retahíla de monsergas y temas intrascendentes, de cuya situación no era fácil desenredarse... Pero el culmen de esta escena, la apoteosis misma, era cuando coincidían dos púgiles de la misma naturaleza, que podían estarse en plena calle durante un tiempo indefinido hablando sin parar, cayéndoles la pelona invernal sin apenas inmutarse, como actores secundarios de una insignificante obra cotidiana, sin más fondo de escenario que las rejas mugrientas de la ventanilla de un corral. Allí se podían eternizar, sí, perdiendo la noción del tiempo. Cuando el uno hablaba, el otro apuraba el cigarro, y viceversa. Cuando el primero hacía amago de marcharse, era retenido hábilmente por el segundo; cuando ya parecía retirarse el segundo (en un disimulado gesto de derrota), era rescatado por el primero con alguna coletilla machacona... y así todo el rato, en una interminable lucha sin cuartel, en un bucle sin salida del cual sólo podía librarte un tercero... Tanto es así, que al final acudía al rescate un inocente niño de la familia, enviado para la ocasión, que, con voz aflautada, se dirigía al padre de esta guisa: "Que dici mama que jaci ratu que está la cena fría…".

Los saludos entre los chavales eran casi inexistentes, con la vergüenza siempre por bandera. Los niños rurales éramos tremendamente retraídos; veíamos estas cosas de los cumplidos como algo propio de señoritos, o de las películas y otras pamplinas por el estilo... Los abrazos y los afectos en general, eran poco frecuentes entre los niños varones; hasta el simple hecho de estrecharse la mano era una rara avis entre nosotros, y en especial entre el conjunto de la tropa muchachil, que no era otra cosa que un riguroso tribunal de prejuicios... Los actos de ternura de cualquier naturaleza eran vistos como algo melindroso que nos provocaba una mezcla de sonrojo y desprecio, pues nuestras formas eran casi siempre rudas y cortantes. Nuestros saludos, pues, no iban más allá de un simple: "¿Ondi hah andáu…?", con la cabeza gacha, y en un tono hombruno y pueblerino debidamente impostado. Las niñas, sin embargo, eran mucho más afectuosas entre ellas, y más dadas a besuqueos y abrazos, algo que estaba sobradamente aceptado en su papel femenino.

Desde muy niños nos enseñaron a decir frases como "hasta mañana si Dios quiere", al acostarnos; o "buenos días nos dé dios", al levantarnos; cosa que hacíamos de manera mecánica y no siempre con el mejor talante, ciertamente. La timidez o la falta de modales mostrada por los más pequeños, enfadaba con frecuencia a nuestros mayores. Los abuelos, sin ir más lejos, nos reprochaban a menudo nuestra actitud con una palabra antigua, sacada de las arcas del pasado, y que tantas veces nos tocó escuchar: "Zurrupiu" (persona antipática y poco comunicativa). De esta forma, ante cualquier situación en la que faltásemos al pertinente cumplido, éramos tachados de “zurrupiuh” en tono severo y gesto displicente: "Paécih un zurrupiu...”, nos decían, y nos íbamos cabizbajos, con el “honor” de haber recibido un inesperado título, sin saber muy bien lo que era, pero con la sensación de que algo no estaba en su sitio.

El saludo entre los muchachones mayores, era un saludo varonil y gamberro, a veces en forma de silbido y preferentemente desde lejos, para que tuviese el efecto deseado. Estos silbidos largos y castizos se escuchaban indistintamente en los pueblos y en los campos; era una forma ancestral y corriente de comunicación, que quizá hundía sus raíces en las cuevas de la prehistoria... o vete tú a saber dónde..., y hacía las veces de una tecnología de andar por casa (sin batería) para las comunicaciones a media distancia, tal y como podemos ver en los famosos silbos de La Gomera.

Andando por el campo, un día cualquiera, podíamos oír uno de estos mencionados silbidos y alzar la cabeza persuadidos de que nos reclamaban desde lo alto de algún sitio, cuando en realidad el silbido iba dirigido a algún animal despistado, o quizá se tratase tan sólo de un zagalillo aprendiendo a silbar ante la inmensidad de las vaguadas, sin llamar a nadie en particular, sino jugando tan sólo con el eco…, y experimentando sus primeros escarceos con la soledad.

Los cumplidos meteorológicos, seguramente tuvieron su origen en ambientes rurales, y luego se exportaron a las ciudades, especialmente al espacio claustrofóbico de un ascensor; pero nosotros pudimos oírlos directamente en los bellos escenarios que adornaron nuestros años menudos: “Paeci que ha refrehcáu algu… / Sí, paeci que hoy jaci ya máh frehquinu".

Algunos saludos toscos y primitivos que escuchamos en nuestra infancia, se podían canjear perfectamente por gruñidos, graznidos, balidos, chasquidos, rebuznos, relinchos… alaridos deformes... no sé... o a veces onomatopeyas locales…  Se mezclaban los sonidos de la naturaleza con los ruidos humanos, como en un variopinto festival acústico donde a menudo se confundiese el hombre y la tierra, como en el título de aquella serie televisiva del gran Félix Rodríguez de La Fuente.

El saludo hacia los ancianos era bastante recurrente, tanto en preguntas como en respuestas. "¿Cómu anda uhtéh, tiu Ambrosiu?”. / “Vaaaah, ca veh peol hiju, loh viejuh vámuh toh p’abaju…". Sus respuestas adivinaban un pesimismo crónico, propio de cuando las derrotas prevalecen sobre las victorias, y las cicatrices dejan marcas imborrables en los pellejos sobados por el tiempo.

La comunicación con los animales estaba en sintonía con el ambiente de la época, y, salvo excepciones, no era especialmente amable ni abundaba mucho en delicadezas. En muchos casos solía dividirse en algo así como "reclamo y despedida". La llamada a los perros, podía ser quizá: “Tova tova" (frotando los dedos índice y pulgar)…, y la despedida era directamente: "Durduuuu…", dando un pisotón en el suelo... Para los gatos el acercamiento podía procurarse a través del clásico... "míiiiisinu", y la despedida, “saaapeeee”, dando un par de palmadas en el pantalón de pana... A las gallinas, con los populares “pítah pítah" y “píruh píruh”... y en fin, a los burros, a las ovejas, a los guarrapos (cerdos), a las cabras... y al resto de la fauna doméstica se les llamaba de múltiples maneras, personalizadas por cada sujeto o incluso propias de cada localidad. Así pues, podíamos escuchar por todas partes sonidos de lo más variado y surrealista: “Túmah túmah"…, "bechi bechi"…, "raaaggggg"...

Aún ha perdurado la sana costumbre campestre de saludar a todo hijo de vecino que te encuentras por calles y caminos, ya sean locales o forasteros; incluso los senderistas capitalinos que recorren las rutas de nuestros pueblos, saludan a todo aquel que se tropiezan por esas sendas de Dios, en una sabia adaptación a las cercanas costumbres rurales.

Según decía Mark Twain, escritor y humorista, “La buena educación consiste en esconder lo bueno que pensamos de nosotros y lo malo que pensamos de los otros”. Es tan simple como eso; pero bajarse del ego debe ser como apearse de un tren en marcha al borde de un terraplén, y ese vértigo no estamos dispuestos a afrontarlo.

Tengamos a bien, al menos, seguir con los saludos y cumplidos que nos legaron nuestros heroicos antepasados, que no cuestan dinero, y aún siguen funcionando como el pegamento natural y accesible que nos une como personas, y consigue salvar, aunque sea por un instante, nuestras torpes diferencias...  Ale, venga, id con Dios.



JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

sábado, 27 de julio de 2019

En buena gavilla


Al volver en vacaciones, después de nuestra diáspora bellotera por la dispar geografía ibérica, los abuelos, como por acto reflejo, siempre nos preguntaban: “¿Hah jechu gavilla p’allí...?”, sabedores de la importancia de la amistad en los años infantiles, donde el más leve desarraigo tira al traste los ánimos y deja a los infantes a merced de la tristeza.

El diccionario de la RAE, define el término “gavilla” como un conjunto agrupado de sarmientos, ramas, hierbas… y claro está, también de personas.

La amistad infantil, por aquellas comarcas septentrionales de la recia Extremadura, era, como todo en aquel tiempo, una amistad directa, sin medias tintas, y revestida de una impostada rudeza, donde cualquier cursilería te podía jugar una mala pasada ante las rigurosas patrullas callejeras. Tan pronto estábamos jugando tranquilos y en concordia, como de repente, sin venir a cuento, uno de tus propios amigos se ponía a lanzar piedras sin control, al grito de: “¡Avisu avisu, al que no se aparti lo guisu!”. En el fondo, quizá, aquella agresividad forzada, pudiera ser un mecanismo de defensa heredado, que dejase entrever los miedos ancestrales que llevábamos instalados de serie.

Las peleas y disputas formaban parte del panorama diario de nuestra vida menuda: "Ha empezáu él, que me ha echáu un galipu encima (me ha escupido). / Peru él me había llamáu ántih de nombri (me había insultado)". Las enemistades, fruto de pequeñas trifulcas muchacheras, no duraban mucho más de un par de días. El rencor infantil era un bellaco desarmado que tenía las horas contadas. En el siguiente encuentro grupal, uno de los efímeros enemigos, se iba acercando de forma remolona, cabizbajo, nervioso, con una prudencia inusitada, buscando alguna acción absurda que llamase la atención, como, tal vez, dar un puntapié en la puerta de lata de un corral, desatando los ladridos repentinos de unos perros flacos y justicieros, con el hocico asomando por las “talleras”. Los primeros intercambios de palabras eran cortos y extremadamente respetuosos, eran más bien inapreciables gruñidos con acento extremeño, en busca de la gavilla perdida. Al día siguiente todo volvía a su ritmo distendido y pendenciero, como si nada hubiese pasado.

Los nuevos amigos de la ciudad, y los del pueblo, compartían nuestras vidas sin conocerse entre sí, más que de referencias distorsionadas que les llegaban de nosotros, ante la imposibilidad de ser contrastadas. Vivíamos a caballo entre dos universos paralelos, uno de hierba y otro de asfalto, donde el agujero de gusano que los unía éramos nosotros mismos.

Luego estaban los amigos de los madriles, tantas veces citados, que nos venían entre julio y agosto a engrosar las adolescentes pandillas estivales; a veces tan urbanitas ellos, y tan rústicos los propios, que se entablaba una lucha tácita por hacerse con el liderazgo del grupo. Los capitalinos intentaban imponer su cultura de alquitrán periférico, impregnada de jerga Cheli y trifulcas karatecas (casi siempre inventadas), envuelta en la estética del Torete y el Vaquilla del cine quinqui del momento… o del Madrid áspero que nos mostrase en sus canciones el ínclito Sabina. Los vernáculos del lugar, como contrapartida, procuraban deslumbrar a sus rivales con su dominio del minúsculo orbe agropecuario, sacando pecho con actitudes varoniles, siempre basadas en la fuerza física, la valentía... y otras testosteronas por el estilo. Estas disimuladas batallas de amor propio, se convertían en absurdas disputas por una pueril hegemonía más propia quizá de la edad que de otra cosa: de golpe, un buen día, por ejemplo, quedaba mermada la autoestima del mozuelo oriundo, en una partida de futbolín o de billar americano, o quizá, no sé..., en el debate sobre la vida y obra de tal o cual cantante de moda. Pero al día siguiente, la providencia hacía que algún adulto local, mira tú, pidiese mano de obra juvenil para descargar un camión de alpacas, y allí acudían autóctonos y urbanitas a la par. Ni que decir tiene que los primeros recobraban la sonrisa y se sentían como jugando en casa, recuperando, de esta forma, el terreno perdido.

Algunos amigos se fueron muy pronto; unos perdidos por esa vasta geografía sin límites, y otros sencillamente para siempre. Fuimos testigos de ello a través de luctuosas noticias que nos fueron llegando con el paso de los años... En esta misma línea, se hace patente la pena de los ancianos que van perdiendo a sus quintos y amigos de toda la vida, de los cuales recuerdan hasta los momentos más remotos del pasado…; de cuando jugaban de chicos a subir a las “pingollas” de las higueras…, o de cuando compartieron pitarras y alegrías en días inolvidables de carnavales y mayordomías. Al recordar al reciente amigo perdido, unas lágrimas se les escapan por el rostro agrietado, mientras la tristeza “tortea” con los nudillos a la puerta, como un siniestro cobrador que viene a reclamar lo suyo.

Las amigas del alma, igualmente, aún se citan en los poyos de la vejez, donde rememoran, al fresco veraniego, episodios y momentos dulces de cuando jugaban de chicas a las casitas, con tejas rotas como único menaje del hogar, hojas de higueras y “mondajas” de las patatas a modo de comidas imaginarias, y unos palos de las tarmas haciendo las veces de trébedes. Las vemos sentadas, todavía, alternando silencios con risas repentinas a golpe de memoria.

En boca de los varones rurales, faltaría más, estaban siempre los amigos de la mili, que duraban varios años, con intercambio epistolar, donde las cartas estaban llenas de buenos deseos y faltas de ortografía a la par; o aquellos otros amigos cuarteleros, aún más antiguos, de los que nos hablaban a menudo los abuelos (sin que prestásemos mucha atención), algunos de los cuales aún nos tocó ir a visitar con el abuelo, en los años ochenta y noventa, por esos pueblos serranos.

Entre los chavales porfiábamos por casi todo, fabricando castillos en el aire, mentirijillas de cartón, y fanfarronadas copiadas de nuestro entorno, que a medida que salían de nuestra boca, iban bajando poco a poco el soufflé, conscientes de las reducidas expectativas que nos rodeaban. De esta manera, nuestras bravuconadas entre amigos acababan declinando hacia un tono realista, y nuestros sueños, con frecuencia, no eran sueños de altos vuelos, sino más bien de un vuelo gallináceo, donde, apenas empezábamos a sentir el vértigo del aleteo, ya estábamos nuevamente tocando con los pies las cagalutas de las calles y las verdolagas de los caminos, a la vez que el cacareo de alguna gallina picando las pamplinas de las paredes, nos recordaba la insalvable ley de la gravedad.

Los amigos rurales siempre estaban ahí, impermeables a nuestro destierro, esperando nuestra infalible vuelta veraniega, y encontraban por nuestra parte, igualmente, una fidelidad insobornable. A pesar de hacer nuevas gavillas en nuestras variopintas ciudades de acogida, siempre estaban presentes los amigos aldeanos, sí, como un valor seguro, como un puntal de castaño sobre las vigas astilladas de nuestro frágil edificio vital. Eran un referente en nuestras vidas, y con ellos dábamos la paliza a nuestros lejanos amigos metropolitanos, inventándoles incluso hazañas rurales jamás realizadas, como, quizá, recorrer un largo trecho de pie sobre un caballo al galope, y proezas similares.

¿Quién no recuerda, también, alguna de aquellas amistades impuestas por los mayores, o por circunstancias de aquí o allá, que en muchos casos no funcionaban? Eran gavillas manufacturadas, que valían sólo para un rato. Recuerdo vagamente un encuentro casual con un niño de La Pesga (parecido en la voz y el rostro al cantante Joselito). Lo conocí un buen día en unos baños de aguas termales, con olor a huevos podridos (azufre), a los que iba mi abuela, en un rústico balneario de pocas tonterías, sito en una dehesa de la Jarilla (creo que lo llamaban Baños del Salugral)... Allí pasé todo el día con el improvisado socio, jugando con unas “gállaras” encontradas en el camino de ida, y lanzando piedras a imaginarios gigantes recreados por encinas centenarias. Luego por la tarde nos despedimos para siempre, cada uno por caminos diferentes, con los burros a paso cansino, cruzando dehesas sombrías y campazos despejados, con álamos de sombras afiladas.

Nuestros amigos eran un fiel reflejo de sus mayores, pues aún no estaban influenciados por el exceso de factores externos de nuestros días, y mostraban con gran aproximación el carácter heredado, los gestos, los ademanes, y hasta los defectos y virtudes como una réplica menuda de sus padres o abuelos. Los había más sinceros y más "zorrínuh" (falsetes), los había más atentos y más "dehpegáuh" (distantes), los había más sociables y más "ehquívuh" (esquivos), los había más discretos y más "mezucónih" (entrometidos), los había más generosos y más "jorrúñuh" (tacaños), y los había, en fin, de todo el enorme espectro de luces y sombras que conforman la convulsa condición humana. Pero nosotros teníamos una innata tendencia a separar el trigo de la paja, y a quedarnos con las muchas o pocas virtudes de nuestros compañeros de aventuras, pues, a fin de cuentas, eran nuestros amigos, y sin ellos no éramos nada.

Las amistades, en algunos casos, iban variando con el paso de la infancia a la adolescencia, y de la adolescencia a la juventud, en esos caprichosos vaivenes tan propios de la edad, y esos gustos y virajes de distinta naturaleza que, de verano a verano, cambiaban el curso de las amistades, haciéndolas solubles en grandes pandillas, conformadas por pequeños grupúsculos de afinidad, donde todos iban juntos pero no revueltos.

Nuestros abuelos nos hablaban de amistades antiquísimas... amistades de boinas caladas, quizá de cuando las bellotas, quién sabe, decidieron ponerse "caripuchi" a la cabeza para ir a juego con el entorno. Eran amistades que en algunos casos se heredaban, como si portasen alguna información oculta en el ADN.

Los quintos, por el simple hecho de serlo, llevaban aparejada una obligación secular de amistad hasta el fin de sus días. Se seguían teniendo en cuenta muchos años después de haberse marchado incluso a "La Argentina", aunque no hubiesen vuelto nunca más. Un buen día, de golpe, cobraban vida en alguna de aquellas fotos de los quintos guardadas en la socorrida caja de lata, con el acordeón en la mano, y la sonrisa permanente de un pasado color sepia con sombrero tirolés: "Esi que veh ahí tan rejerti, el de la acordeón y el sombreru con la pluma..., eh el mi quintu Juhtinianu, el de tía Isidra; se fuerun toa la familia pa La Argentina y no volvierun…"; "Éramuh mu amíguh... igual que su padri y el míu, que iban dámbuh a doh pa toah pártih…”.

Y así fuimos dejando atrás una interminable estela de amistades, asociadas a colores, a olores y a sensaciones diferentes: la amistad esporádica con unos hijos de pastores, que apenas estaban un corto tiempo por el pueblo, y se marchaban un buen día por una calleja de tierra, entre lágrimas y olor a oveja, como niños trashumantes condenados al polvo de los caminos; o la amistad de olor a incienso de unos monaguillos vivarachos, entre campanarios y cigüeñas…; o incluso la amistad fugaz con unos niños gitanos que inesperadamente llegaban, viento y bronce, a lomos de caballos con crines trenzadas, y apenas jugaban con nosotros unos días, se marchaban una tarde cualquiera a golpe de pezuña...

Quizá la principal medida que necesite este mundo para enderezarlo, sea ir aprendiendo, con voluntad y paciencia, a hacer buena gavilla; gavillas de trigo, se entiende, no las gavillas de cizaña que algún oscuro Leviatán nos ha enseñado a hacer a lo largo de la nefasta historia de la humanidad. Más nos vale ir frenando esa maléfica pulsión que nos domina; ese mal amigo interior que, refutando al poeta, nos enseñó el secreto de la misantropía.

Si levantasen cabeza nuestros antepasados, desde sus sombreros de paño, los unos, y sus pañuelos de Doña Rogelia, las otras, y viesen a los niños (y no tan niños) ensimismados en extraños cachivaches de la mátrix cibernética, se quedarían desconcertados, y al cabo de unos segundos, en un tosco y antiguo extremeño ya olvidado, desde su milenaria ingenuidad analógica les preguntarían: “¿Habéis jechu ya gavilla?”, y a buen seguro encontrarían un frío y distante silencio digital por respuesta, y volverían a volatilizarse en la niebla, como virtuosas almas purgantes, convencidos, sí, de que este mundo se ha ido ya “roangando” por un barranco sin final, llevándose clavados los pinchos de todas las chumberas arrastradas en la caída, después de haber firmado, previamente, un cheque en blanco hacia el abismo.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

domingo, 17 de marzo de 2019

En ca la madrina



Los padrinos olían a adobo de matanza y a chamusquina en las gélidas mañanas invernales. Los padrinos estaban atentos, disponibles, y sus casas eran una extensión de las nuestras, donde incluso podía haber chiquillería y jolgorio, y hasta las normas un poco más relajadas, lo cual suponía un acicate para el divertimento infantil de los ahijados.

Las palabras padrino y madrina estaban a la orden del día: "Voy en ca la madrina a lleval-li únah perruníllah que hémuh jechu en la tahona…"; "Me ha traíu mi padrinu media docena de güevuh, que dici que le ponin ahora muchu lah gallínah…".

Al margen de la definición de padrino de bautismo que ofrece el Canon 872 del Código de Derecho Canónico, en el contexto de la España rural, la figura del padrino iba aún más allá, llegando incluso a ocupar un espacio vital, donde en los casos más extremos los padrinos podían llegar a hacerse cargo del niño en ausencia de sus progenitores.

El padrinazgo hundía sus raíces en compromisos de varias generaciones atrás, salvo que alguien, directamente, se ofreciese por asuntos de afinidad u otras tantas razones que se daban a menudo en el cercano ecosistema rural.

Los padrinos respondían a una suerte de mecenazgo que se hacía necesario en unas poblaciones campesinas afectadas por la escasez material, una escasez que tendía a ser compensada con exceso de cariño, y donde todo apoyo entre unos y otros era indispensable. Esto lo captaban muy bien los niños desde su inadvertido instinto, porque los niños eran sumamente intuitivos, mucho más de lo que los mayores sospechaban.

Estos múltiples vínculos de padrinazgo por aquí y por allá, nos servían en bandeja las figuras del "compadre" y la "comadre", que eran una suerte de parentesco honorífico entre padres y padrinos respectivamente, donde en no pocos casos se establecían lazos verdaderamente familiares.

Entre la muchachería pueblerina había una cierta curiosidad por conocer los padrinos de unos y de otros, en especial entre los amigos más íntimos: "¿Quiénih son loh túh padrinuh...? / Tíu Prudenciu y tía Juaquina... / ¿Loh mihmu entóncih que loh de mi primu Luih...?".

A mí me tocó en suerte un padrino bonachón y muchachero, al que tan sólo disfruté unos pocos años de mi más temprana infancia, pues nos dejó enseguida (a mi madrina la tuve muchos años más). De los encuentros con mi padrino guardo una imagen surrealista y placentera, con todos los pequeños montados en un burro llamado Caracoles, grande, torpón y viejo, similar al caballo Rocinante del Quijote. Todos allí, como en una escena propia de las películas de Cantinflas en versión extremeña, sobre un suelo alfombrado de margaritas, en los verdes prados Juanramonianos que abundaban en el pequeño pueblo que me vio nacer.

Las comadres hacendosas se encontraban en los caminos y en los arroyos lavanderos, y otras veces volvían cogidas del brazo al acabar la novena del “Crihtu Benditu”, y hablaban de sus vidas campesinas, de sus pequeñas ilusiones, de sus preocupaciones compartidas, y, sobre todo, de sus hijos, sí, sus hijos mil veces mencionados.

En las matanzas de los padrinos coincidían los ahijados de un lado y otro, sin tener ninguna especial amistad entre ellos. Eran tan sólo un par de días puntuales de convivencia en el marco de un encuentro ocasional, donde compartíamos con júbilo el breve espacio de tiempo matancero, lleno de momentos lúdicos, mágicos, donde no faltaban los columpios en un árbol de las cercanías, o el lanzamiento de tiestos nocturnos sobre las casas desprevenidas (ya relatado por aquí), o tal vez el patinaje temerario en las escarchas navideñas, sobre los helados charcos mañaneros próximos a las casas de los padrinos, “ondi únuh caían de culu y ótruh de brúcih…”. Luego, la efímera amistad matancera, se esfumaba hasta el encuentro eventual del año siguiente, como en un bucle de ida y vuelta que cada mes de diciembre nos devolvía al mismo escenario.

Las niñas de posguerra, después de recitar en la iglesia el correspondiente verso de mayo a la virgen, iban a repetir sus versos a casa de los padrinos. La madrina se emocionaba con el verso de la ahijada, y le daba una propina, que la niña guardaba para montarse en los caballitos de la feria del pueblo de al lado... Después, las pequeñas, seguían el recorrido por calles y casas, declamando el verso con sus melindrosas vocecillas. Algunas mujeres sentadas en la calle, solicitaban la presencia de las pequeñas rapsodas de inocencia angelical, que, emocionadas, repetían con voz de pito sus aprendidos soniquetes de mayo ante el público callejero que las reclamaba. "Ven aquí bonita y échanoh el versu... ¿Y esi ramu de florih tan bonitu que llévah, quién te lo ha jechu, tu madrina...? / No, tía, me lo ha jechu Doña Valeriana, que tieni un rosal mu grandi en el huertu…".

Los términos “compadre” y “comadre” estaban en boca de todos los paisanos, y se escuchaban por las calles, por el campo, por las tabernas, o a la salida de misa... El compadreo rezumaba calor humano y proximidad, y era un bálsamo en aquella verbena de los afectos, tan propia de unas personas condenadas a necesitarse.

A los jóvenes estudiantes, al volver de vacaciones al pueblo, las madres les preguntaban:  “¿Hah iu ya en ca’ loh padrínuh…?” Pues las visitas a los padrinos, sí, y a otros familiares cercanos, formaban parte de un ritual de atenciones compartidas.

Algunos padrinos de edad provecta, esperaban la visita dominical de los ahijados, o incluso esperaban, quizá, la aparición tardía de aquella ahijada que emigró a Madrid muchos años atrás, y que a la vuelta al pueblo, cada verano, tenía a bien regalarle un rato a los ancianos padrinos, o puede que tan sólo a la madrina, ya viuda, que sentada a la mesa camilla mostraba un rostro agridulce, reflejo de un pasado de claroscuros devenido en soledad... La madrina estaba allí, zurciendo un calcetín, o rezando un rosario con la luz apagada, donde apenas se filtraba la tenue claridad de la ventana. Y así se consumían las horas de la tarde, entre frases recurrentes y pequeños silencios, y una mano tiritona acercando un plato de Duralex con dos o tres “mantecaos”, que aún conservaban el sabor inconfundible (y hasta el olor) del viejo comercio donde se compraron.

A medida que se fue perdiendo la costumbre de los compromisos y ofrecimientos “padrineros”, el padrinazgo fue haciéndose soluble en familiares directos que pasaron a hacer las veces de padrinos. La figura ancestral del padrino, de esta forma, fue quedando relegada y perdiendo su propia esencia: “¿Quién eh el tú padrinu...? / Mi tíu Pepi…”.

Mis abuelos tuvieron numerosos ahijados, en su mayoría fruto de vínculos y deudas remotas que provenían de generaciones pasadas, perdidas en la genealogía de antiguos padrinazgos de calles oscuras y candiles de aceite.

Los niños acudían a casa de los padrinos a mostrarles cualquier novedad: ya fuese el traje de comunión, o los "atavíuh" del carnaval, a base de ropas viejas, a veces prestadas por los propios padrinos. Aquellos disfraces surrealistas, sí, de indumentaria menesterosa, que surgían de un ingenio rural y espontaneo, totalmente alejado del encorsetado mundo comercial que nos aqueja.

Pasados los años ochenta, ya con la distopía orwelliana haciéndonos una enmienda a la totalidad, las antiguas formas de vida fueron quedando desprovistas de contenido, solapadas por modelos foráneos perfectamente diseñados al efecto. Estos nuevos modelos fueron suplantando todo aquello que fue nuestro y tan nuestro, en especial las relaciones humanas, que eran el pilar fundamental de la vida labriega. De esta forma, compadres y comadres fueron también víctimas de ese incesante bombardeo de injerencias, que fue colonizando nuestra centenaria cultura de badana y cantería. Y así, sucesivamente, nos fueron invadiendo modas y costumbres importadas a través de las infames pantallas de la tele, o, incluso, por medio de los paisanos emigrados, que en sus visitas vacacionales, con la mejor de las intenciones, eran portadores de todo un amplio repertorio de regalos envenenados, procedentes del deslumbrante mundo capitalino, que recibíamos con una abierta sonrisa inocente y bobalicona, propia de aquellos que van a ser inmolados en el altar del todopoderoso progreso.

Afortunadamente, aún hay gente en nuestros pueblos que se esfuerza en conservar costumbres centenarias como “El jueves de comadre” y “El jueves de compadre”, anteriores al carnaval, en una lucha sin cuartel por mantener un soplo de nuestras tradiciones, frente a la apisonadora  inmisericorde de los nuevos tiempos.

Los padrinos tuvieron sus días de vino y rosas en el pasado, y recibieron canciones de alborada al amanecer, dedicadas expresamente para ellos... Los padrinos eran, ciertamente, como un regalo inesperado, unos segundos padres que estaban siempre en el banquillo de los suplentes, calentando impacientes a la espera de ser reclamados.

Compadres y comadres se encontraban por calles y callejas, y podíamos ver sus oscuras siluetas a la caída del sol, a contraluz, gesticulando y charlando sin medida: ora de alegrías, ora de tristezas. Charlando, en fin, de mil temas interminables de aquellos que conformaban el transcurrir de sus vidas entregadas a los vientos aldeanos: que si la "demuación" del tiempo..., que si la puerta que “no acihtaba bien”..., “que si el maehtru aquel que loh sacaba de chícuh al enceráu a jacel cuéntah…". Las risas se escuchaban desde lejos, al compás del campanillo de las cabras, la luna asomando por la sierra y los pájaros bullangueros buscando sitio en los cables de la luz.

Aún quedan algunos compadres y comadres por ahí, que siguen llamándose a voz en grito, a modo de pinceladas románticas devueltas a nuestros días, como sacadas de un venturoso túnel del tiempo.

No olvides, amigo lector, si en tu ajetreada agenda hallas un hueco, perder un par de horas (las horas mejor usadas de tu tiempo) y encender la sonrisa de un padrino anciano, de los muchos que aún quedan mendigando una visita, en una pequeña casa de pueblo, o en una residencia en las montañas hurdanas, ya apartados para siempre de sus calles del alma, de su pasado de domingos al sol y tamboriles… Es el mayor gesto de amor y justicia que podemos hacer. Id “en ca la madrina”, y sentaos, sin prisas, sin reservas, pues allí, en su rostro, encontraréis el rostro de todas las madrinas del mundo, de todos los ancianos que entregaron tanto a cambio de casi nada… Atreveos, y encarad sin miedo a la impostora cultura de las prisas, a la ampulosa cultura de la nada…, a la maquiavélica y sutil cultura de la ingratitud.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS