sábado, 4 de octubre de 2014

Periquillo el aguador



Por las calles, plazas y rincones, podíamos escuchar canciones infantiles asociadas a los juegos, canciones del más absoluto arraigo popular, con algunas variantes locales que alguien, sin duda, sobrescribió algún día, para darle un tinte personalizado a aquellas cancioncillas que se cantaban de papagayo en los juegos de la España rural, y llenaban de contagiosa alegría los espacios abiertos. Eran un hermoso legado acústico, un regalo para los oídos acostumbrados a groserías y exabruptos de toda índole. Estas canciones para juegos, eran, tal vez, parte del azúcar que endulzaba el café de puchero que se vertía por todas partes sobre el mantel de la vulgaridad.

Por aquí citaré tan sólo algunas de estas piezas, pues otras muchas las recordaréis sin demasiado esfuerzo, e incluso versiones distintas a las aquí citadas. Ya Joaquín Díaz, y otros folcloristas, hicieron un trabajo ímprobo rescatando muchas de estas joyas y poniéndolas otra vez al servicio del recuerdo.

Las canciones iban aparejadas a juegos de lo más variado. Recuerdo aquella, por ejemplo, en la que nos colocaban boca abajo, sobre las rodillas del que hacía de “la madre”, como si fueran a azotarnos, y dándonos diversos golpes con palmas y nudillos sobre la espalda, nos cantaban: “De codín de codán, / de la cabra coneján, / del palacio a la cocina, / cuántos dedos tienes encima”. Y si fallabas, que era lo más corriente, seguía la misma secuencia de golpes, cantándonos, acto seguido: “Si hubieras dicho... cuatro, / hubieras acertado; / de codín de codán, / de la cabra coneján…”. Nunca entendí aquello tan absurdo de la “cabra coneján”, tal vez fuera un extraño híbrido entre cabra y conejo, no lo sé, pero luego comprendí que las cosas más disparatadas, sencillamente tienen que ser así, y nada más, sin un ápice de raciocinio que las contamine.

Los muchachos saltaban al brinquillo desentonando cancioncillas repletas de atontadas retahílas y frases inconexas, inventando el vocabulario al más puro conceptismo rural, que hasta el mismísimo Quevedo hubiese aprobado: “Felipe Sánchez, / lo que no quitante, / lo que no quita tiña, / lo de mi primo burriña…”.

A los niños más pequeños, a falta de juguetes, se les agasajaba también con alguna de estas perlas tratadas hoy aquí. Recuerdo una tierna versión del “Pinto pinto gorgorito”, tomándoles las diminutas manos: “Pinto pinto gorgorito, / que viene la vaca del veinticinco, / qué calleja, moraleja, / que tiene un buey que sabe arar y cantear; / da la vuelta a la redonda, / que dice el rey que esa manita que se esconda…”.

De punta a punta de la calle nos cogíamos de las manos para cantar la mítica: “A tapar la calle, / que no pase nadie, / que pase mi abuelo / comiendo buñuelos…”; pero un vozarrón de aquellos a los que ya estábamos por suerte acostumbrados, destrozaba la magia del momento: “¡¡Quitalsuh de ahí a tomal por culu, ¿no veih que tienin que pasal lah behtiah...?!!”. Inmediatamente rompíamos la cadena solidaria para dejar paso a las bestias, las pobres bestias aquellas, que no eran más que nobles animales, muy alejadas de las bestias apocalípticas que hoy nos tocan en suerte, y que no piden permiso para pasar la calle, ni para entrar en nuestras vidas.

Al acabar el juego, a través de una ventana, bajo la parra de una casa, nos llegaba el cántico meloso de una abuela, que acunaba al nieto con una antigua nana que llevábamos impresa en lo más arcano de nuestra infancia: “Pajarillos que cantáis en la laguna, / no despertéis al niño que está en la cuna; / ea la nana, ea la nana, / duérmete lucerito de la mañana…”. Pero el niño que estaba en la cuna, un día despertó a un tiempo de memeces, y despertó para seguir durmiendo en un mundo de dormidos con muy pocos despiertos.

Había unos curiosos artilugios de papiroflexia, compuestos de cuatro pequeñas pirámides de papel, que se insertaban en los dedos de la mano, y se movían abriendo y cerrando a la manera de una flor. El extraño objeto de papel servía para elegir distintas opciones de lo más variado. Mientras se abría y se cerraba, se canturreaba: “Ehta eh la nochi, / ehti eh el día, / y ehti eh el culu de tía María…”. Las niñas lo usaban a menudo para especular con novios y novias, en un traicionero sorteo donde siempre se escondía alguna sorpresa entre malévola y desternillante.

Tal vez las canciones se centraban, quizá, en la trágica vida de años precedentes, donde la muerte, en particular la de los niños, convivía con la propia vida (qué contradicción) como dos colegas de macabras aventuras. Hubo un personaje, “Periquillo el aguador”, del que siempre tuve compasión, y al que otorgo el homenaje póstumo de dar título a este relato, pues no hay nada más cruel que, una vez finado, tengas que andar por ahí como un muñeco de trapo sin hallar reposo alguno, tal como debió acontecerle al pobre Periquillo: “Periquillo el aguador, / muerto lo llevan en un serón, / el serón era de paja, / muerto lo llevan en una caja, / la caja era de pino, / muerto lo llevan en un pepino, / el pepino era de a cuatro, / muerto lo llevan en un zapato, / el zapato era ya viejo, / muerto lo llevan en un pellejo…”.

Las niñas chocaban las palmas de las manos, nerviosas y pizpiretas, cantando, desde su inocencia, canciones crueles camufladas de comedia: “Don federico mató a su mujer, / la hizo tasajos y la fue a vender…”. Claro que el tal Don Federico, cual psicópata de pacotilla, seguía buscándose la vida por ahí, sin el más mínimo remordimiento, y hasta incluso acababa triunfando: “Don Federico perdió su cartera, / para casarse con una costurera; / la costurera perdió su dedal, / para casarse con un general; / el general perdió su espada, / para casarse con una bella dama; / la bella dama perdió su abanico, / para casarse con don Federico”.

No sé por qué los juegos de palmas abundaban en una extraña fusión de crueldad y jolgorio: “En la calle-lle / veinticuatro-tro, / se ha cometido-do / un asesinato-to. / Una vieja-ja / mato un gato-to / con la punta-ta / del zapato-to”. Era, tal vez, el viejo instinto de poner al mal tiempo buena cara, o soslayar, quizá, lo más cutre del ser humano, con una envoltura tragicómica. Algunas de estas canciones tenían un tono más simpático, y se nos revelaban como interculturales: “Soy el chino capuchino mandarín, chin chin, / que he venido del país de la ilusión, chon chon; / mi coleta es de tamaño natural, chan chan, / y con ella me divierto sin parar…”.

Alguna vieja pasaba por la calle con una calderilla de patatas, interrumpiendo el juego, y con cara de alcahuetilla, aunque con gesto de una cierta ternura, preguntaba: “¿A que ningunu se sabi ehti reflán?" (más bien trabalenguas), y entonces, en un forzado castellano “fisno”, que usaban siempre las viejas cuando recitaban algo de memoria, decía: “En el monte hay una cabra ética, perlética, pelambrética, peluda, pelapelambruda. Y tiene unos hijos, éticos, perléticos, pelambréticos, peludos, pelapelambrudos…”. Nosotros nos reíamos a carcajada limpia, con la misma inocencia de la anciana. A estas alturas, y en estos tiempos pelambréticos, echamos en falta aquellos tiempos en los que, hasta las cabras, por lo que se ve, eran éticas.

Por las matanzas próximas a la navidad, había costumbre de colocar columpios en las vigas de los corrales, y todos los niños, como locos, pugnábamos por “ehcolumbeálnuh” (columpiarnos), que así se decía en extremeño. Las niñas, a la vez que chirriaban las sogas en la majestuosa viga, cantaban villancicos reservados para aquellos eventos: “Dime niño, de quién eres, / todo vestido de blanco. / Soy de la Virgen María / y del Espíritu Santo…”. Mientras tanto, el trajín matancero seguía su curso, ignorándonos por completo, con el olor al adobo de la artesa impregnando todo el ambiente.

Y allí andábamos por todas partes, en aquellas concavidades de piedra, barro y sol, como Antón Pirulero, atendiendo cada uno a nuestro juego y pagando nuestras prendas. La mayor prenda que pagábamos, sin lugar a dudas, era despertar bruscamente del juego, y volver a la atroz realidad de un mundo adulto y descarnado.

Un día, escuchando una bella canción de Pablo Guerrero, recordé de golpe todas estas melodías perdidas de mi infancia: “A la ronda ronda del anillo dentro del agua. / Pagaré señal y prenda antes jamás pagadas. / Te traeré postales verdes de ciudades olvidadas. / A la ronda ronda del anillo dentro del agua”.

Unas niñas cantaban, saltando a la comba, en algún lugar de las afueras. Podíamos escucharlas desde lejos, subidos en un cerro, divisando el pueblo con un fondo de tejados y montañas hurdanas en lontananza. Desde lo alto nos llegaban las voces como una brisa intermitente, que a veces el aire se llevaba... y luego las devolvía, como si el aire, en su lado más infantil, se prestara a jugar un rato por ahí, mientras duraba el atardecer... “Soy la reina de los mares, / y ustedes lo van a ver; / tiro mi pañuelo al agua / y lo vuelvo a recoger”.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

lunes, 15 de septiembre de 2014

Las trojes



Al igual que Alicia cruzaba el espejo hacia un mundo lleno de fantasía, los niños levantábamos la tranca de la puerta de la troje, y accedíamos a un lugar tenebroso de embeleso y esperpento, de duendes pueblerinos escondidos tras las vigas de castaño, o de murciélagos colgados de amenazantes cabrios carcomidos. Allí, en aquella arquitectura pobre y caótica, lejos de pompas e imperios, apenas llegaba la luz de un "ventanillo" improvisado en la pared, o de alguna teja movida por los gatos. Las trojes, de repente, eran un azaroso parque infantil de telarañas y oscuras intenciones. En aquel parque, los infantes pasábamos largas horas, a veces solos, a veces con temblorosos amigos de aventura. Una vez llegada la noche, la troje alcanzaba la magia suprema, con la luz misérrima de una bombilla de 40 vatios alumbrando una gran superficie. Las siluetas, claro está, se tornaban totalmente indefinidas; de esta manera, las cosas se postraban a los pies de la imaginación infantil, y adquirían las formas antojadizas que siempre esculpe el miedo. Las brujas, sin más, se proyectaban siniestras desde ropajes oscuros colgados en grandes clavos pinchados sobre paredes de adobe, y en ocasiones se reían con sus caras ocultas en viejas gorras montehermoseñas, o quizá escondidas tras algún torcido puntal de madera, o tras una trinchera de sacos de picón.

Las trojes eran granero y desván, todo en uno. Por allí convivían las bellotas, las patatas o el trigo, con el retrato de algún tatarabuelo que ningún niño conocía, o del primo hermano de la bisabuela, que lucía ufano el uniforme militar de su paso por la guerra de Cuba, ahora durmiendo el sueño de los justos..., sueño de inútiles batallas perdidas y olvidadas. Podíamos hallar, también, alguna vetusta trilla desdentada, hamacas de tablas descompuestas, baúles forrados de latas de colores apagados, tajos rotos de corcha, pucheros despostillados, trébedes mugrientas, espejos rotos que ya cumplieron sobradamente el maleficio, antiguos reclinatorios que quedaron cojos de carcoma y fe; garrafas de antiguos vinos que causaron estragos en trasiegos pendencieros de otros tiempos, cestos de mimbre de Baños de Montemayor, maletas de madera que hicieron dos viajes, no más: el de la mili, y el de un contrato de tornero-fresador por seis meses en Madrid. Y así un largo inventario de cosas aparcadas que dejaron su impronta en la anónima historia de algunas vidas.

Era extraño y curioso que aún hubiese cosas desechables donde casi nada sobraba, donde casi todo hacía falta, aunque, faltaría más, aquellos objetos no eran propios del desván de ricas casas solariegas; no podíamos ver, claro está, el arpa del poema de Bécquer, sino más bien, allí, desde la troje, “en el ángulo oscuro, de su dueño tal vez olvidada, silenciosa y cubierta de polvo, veíase la tinaja…;” la tinaja o la artesa de la matanza, o tal vez el celemín, o la cuartilla de madera, o el liendro desliendrado..., o quién sabe qué otros objetos descansando en la quietud de un camposanto de recuerdos baldíos y confinados a la nada.

¡¡Callálsuh, coñu, que se oyi un ruiu en lah ehtrojih!! De las trojes venían ruidos, ruidos incluso misteriosos que casi siempre eran de procedencia gatuna... Los gatos... los sempiternos gatos. Ruidos también de lluvias persistentes. En los días de aquellas lluvias tenaces, los baños de barro hacían su apaño bajo las goteras, que eran como gotas malayas inquietando el sueño de los campesinos. Todo inquietaba el sueño de la gente, todo era, sí, un cúmulo de adversidades y zancadillas donde, casi siempre, hacía su agosto la ley de Murphy con total impunidad, como ya se ha dicho aquí reiteradamente.

En algún baúl de la troje estaban los libros de la escuela de posguerra: el Catón, la Juanita, y aquellos cuentos de la editorial Calleja (“tienes más cuento que Calleja”, se decía). Dormían, todos ellos, junto a la licencia de la mili de cualquier antepasado, guardada en un canuto de lata, rodeada de antruejos de un lejano carnaval, o una pera de goma para hacer lavativas, que nadie tuvo la osadía de tirar, no fuera a ser que hiciese falta para algo.

Los niños pegábamos el ojo a los agujeros que dejaban los nudos de las tablas, y mirábamos el submundo que se ofrecía por debajo, como desde un plano superior, sintiéndonos inexpugnables. Por aquel orificio interdimensional, podíamos observar al abuelo junto al chupón atizando la lumbre. Por estos mismos agujeros caían los gusanos de las bellotas, a veces, con tan mala fortuna, que aparecían en el tazón del café portugués de puchero, justo al punto de mojar la magdalena.

Las abuelas nos buscaban por todas partes, sin saber nada de nosotros, sin sospechar lo más mínimo que pudiéramos estar en lo más alto de la casa, en silencio, agazapados, absortos en el encanto misterioso de la troje. Al ser descubierta nuestra presencia en las alturas, bajábamos raudos a tierra hostil, sabedores de que allí, en las regiones del sur, imperaba la ley de la zapatilla, que acto seguido íbamos a experimentar nada más cruzar la aduana.

Los agujeros en las paredes de las trojes, servían para esconder las limas oxidadas o, incluso, el vino peleón de los viejos borrachines de antaño, que subían sigilosos con la coartada de coger la cebada de las cabras, y bajaban ya beodos, como pequeños alienígenas grises con barba de tres días, con la lengua trabada en torpes lenguajes de no se sabe qué lejanos planetas.

Por las trojes deambulaban los gatos en su espacio natural. Las gatas parían en lugares inesperados, y en las trojes donde no circulaban los gatos, los parientes extremeños de Mickey Mouse, hacían de su capa un sayo, y se daban un desordenado festín de trigo y centeno.

Las trojes nos permitían desconectar con el mundo de abajo, que nada nos gustaba, y al subir por allí, jugábamos al escondite, a inventar cuentos de miedo, a rebuscar en los baúles, a reinventar, en fin, mundos imaginarios llenos de fantasmas, que eran, tal vez, prefiguraciones de lo que posteriormente veríamos en el cine... y hasta en la vida misma.

En aquella oscura estancia fuimos felices a ratos, pues, aunque sabíamos de las crujías (sufrimientos) que se soportaban bajo nuestros pies, allí arriba todo era distinto; las leyes de los hombres quedaban a merced de las leyes de los niños, pero eso sí, tan sólo por un breve espacio de tiempo, el breve y mezquino espacio de tiempo que siempre otorga la felicidad.

Una tarde cualquiera del pasado nos quedamos allí, ya para siempre, mirando por una ventanilla los verdes campos extremeños, el arco iris de un día de primavera, o tal vez el crepúsculo final de un tiempo que quedó guardado en las arcas de la troje, que son las arcas de la memoria, llenas de arquetipos de un mundo más real de lo que seguramente hubiéramos podido imaginar.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

domingo, 27 de julio de 2014

Al fresco


Si tuviera que elegir un momento de aquella vida echada al viento y a la naturaleza, tal vez elegiría el fresco en las noches de verano, con sensaciones, olores y silencios dignos de ese hedonismo escaso que a veces nos brindaba la justicia divina. Las noches de verano tenían un punto que tocaba el cielo, y nos alejaban de aquella rácana y cicatera realidad que la emprendía contra nosotros durante las interminables horas del día. Al caer la noche, la arquitectura popular se mostraba distinta, con un rostro más afable. Se diría que, los poyos, las parras o los pozos, en las horas afanosas del día, eran el decorado de un mezquino Míster Hyde, un tanto gañán y “farraguas”, que por las noches, en cambio, se trocaba en un amable Doctor Jekyll, reposado y comprensivo.

Los aldeanos encontraban en el fresco un rato de placer inesperado. Se sentaban por allí, en poyos de cantería, o en sillas de nea, y se enganchaban en redundantes conversaciones agropecuarias, los unos, y en pláticas hacendosas o de actualidad rural, las otras.

Antes del fresco, con las últimas luces de la tarde, podíamos ver la figura de un viejo chepudo con una calderilla de cinc regando la puerta de la casa con agua del pozo, salpicando con la mano allí o acá, buscando, sin mucho éxito, robarle unos grados celsius  a un suelo calcinado de soles inmisericordes..., buscando, quizá, una limosna de frescura, una perra chica de refrigerio.

El fresco que conocimos de niños, tenía poyos y lanchas de cantería, bombillas de plato, calles de rollos y una vitalidad incomprensible para nuestros días.

Los viejos, ya digo, hablaban de su tiempo y de sus cosas: "Me acuerdu yo de tíu Venanciu..., esi hombri sí que sabía canteal..., fue el que me enseñó a mi...; tiraba la paja doh o treh metruh p’arriba con una desenvoltura... que no he vihtu na igual".

Los gatos subían y bajaban de las parras, cazando langostos, como finos acróbatas de su tiempo... El nieto obedecía los mandatos del abuelo, y le traía agua fresca de la tinaja, con el puchero a prueba de escrúpulos... Algún perro pasaba raudo por la calle, sospechando hostilidad en el ambiente... Una vieja se quitaba la zapatilla para darle a un "arañón" inexistente... Un hombre volvía de la taberna canturreando una copla de Farina... en fin.

A veces se hacía un breve silencio cuando pasaba gente por la calle: "Eh ¿vaih p´allá?”. / "Siiii, vamuh a vel si moh recogemuh yaaaa".

Uno de los momentos más tragicómicos del fresco era, en los calores asfixiantes, la expectación generada por el aire canalla que no se dignaba en moverse un ápice: “Ahora paeci que se muevi... ahora paeci que no... laaaa maaaadri que lo pa.... ahooora, ahoooooora ya paeci que quieri venil una mareínaaaa. / Uyyy, cómu se agraeci, poh yo créu que vieni algu solanu, lo mihmu trai agua…”.

Los campesinos más castizos, desafiando al termómetro, hablaban de irse a dormir a la era para combatir el calor, o con el burro al cortinal; claro que muchas veces era una simple declamación de tradición oral, que se quedaba en nada..., no más allá de una expresión típica del anciano octogenario que gustaba vacilar a los contertulios.

Por las paredes blancas jalbegadas, los saltarrostros posaban estáticos, elegantes, majestuosos, deteniendo el tiempo, ya de por sí lento y paciente, a la par que los cortos silencios del fresco eran rotos por el bostezo estentóreo de algún viejo, que acto seguido decía: “Habrá que recogel loh bártuluh y acohtalsi”.

En las noches de calores tórridos, algunos argonautas emprendían paseos nocturnos por el campo, buscando al esquivo aire fresco, en noches iluminadas por gigantescas lunas llenas que mostraban un paisaje como sacado de otro planeta… (planeta, sin duda, más tranquilo y amable que éste); de otro planeta que, como quiera que fuese, nos hacía sospechar otras formas de vida sitas en las antípodas de la viriata tierra que nos vio nacer. Nosotros, mientras tanto, seguíamos anclados a una vida bajo mínimos, tirando más bien a extremófila..., de curioso parecido fonético con Extremadura, ciertamente..

Algunas noches nos llegaban los titiriteros, arrastrando caravanas de desaliño indumentario, que diría el poeta, y vidas rotas por los caminos de la convulsa España. En el pueblo se comentaba: "Ehta nochi hay títarih en la plaza". La gente caminaba hacia la plaza con la silla de palo en la mano. A la vuelta de "loh títarih" siempre preguntaba algún viejo: “De qué ha síu la función...”, y una vieja muy resuelta contestaba: "Naaaa, bobáh..., cosah pa la genti nueva".

El día después de los “títarih”, los niños emulaban a los titiriteros con inocentes actuaciones al fondo de calles sin salida, e invitaban a la vecindad, anunciando por las casas, a bombo y platillo, el sitio y la hora de la función; y allí luego obsequiaban a los pacientes espectadores con saltos, “perinaltas” y "ñáñaras", y hasta incluso canciones ya demasiado ye-yés para los gustos de posguerra de unos ancianos que esperaban ser deleitados con "La hija de Juan Simón", de Juanito Valderrama.

En otras ocasiones era el cine de verano el que venía a ponernos un punto moderno y americano. Era un espectáculo de baja intensidad, con películas desgastadas por miles de sesiones, que aquella pobres gente conseguían de saldo; así como un cinematógrafo casi heredado de los hermanos Lumière, proyectado sobre la pared de alguna centenaria ermita. El resultado de todo aquello era un corte cada media hora, siempre en el momento más emocionante, cuando los Siete magníficos avanzaban en fila, como jinetes horteras del Apocalipsis, levantando el polvo del desierto, que no era más que un polvo mínimo añadido al terregal nuestro. Y tocaba esperar, sí, durante largo rato, a que uniesen la cinta desgastada y cenicienta. La espera, claro está, no nos pillaba por sorpresa, pues lo nuestro, siempre, era un gozo “interruptus”, y la paciencia formaba parte del hatillo con que el destino tenía a bien obsequiarnos cada día.

Los incipientes televisores emitían por las noches las obras de teatro de “Estudio 1”, y alguna gente empezó a ser infiel al fresco, acudiendo a las casas de los pocos vecinos que ya incluían la bien llamada caja tonta entre los escasos muebles de la casa extremeña. Aquellas primeras teles de los pueblos, con un toro de terciopelo asaeteado de banderillas, y un souvenir de las cuevas de Arenas de San Pedro, ambos encima del aparato. La tele de aquellos años ya era una leve avanzadilla de la pandemia que vendría luego idiotizando y alejando a las familias de algo tan esencial como la comunicación. Curiosamente, ya el sistema empezaba a jugar el tocomocho de las palabras, calificando a la tele como “medio de comunicación”, cuando era, mayormente, un medio de “incomunicación” entre las personas, y el fresco comenzó a ser una de las primeras víctimas de todo aquello. Luego, afortunadamente, la gente empezó a estar un tanto saturada de tele, y al cabo de unos años, volvió a reverdecer la milenaria costumbre de sentarse por las calles en las noches de verano. Eso sí, la ergonomía cambió sustancialmente, pasando del poyo y la silla de palo, a las acolchadas hamacas regulables, que hasta los más viejos, a día de hoy, lucen orgullosos como regalo de hijos o nietos.

A partir de cierta hora no se escuchaba nada más que el coro relajante de las ranas en las lagunas, y los conciertos de ronquidos inarmónicos provenientes de las ventanas abiertas; ronquidos propios del gigante Gargantúa, que espantaban a los gatos que osaban subirse a las ventanas.

Cualquier noche de septiembre, el aire cierzo nos dejaba vacías las calles, y el pueblo se perdía en un grisáceo letargo nocturno, tan sólo con árboles y poetas de bronce expuestos al viento, en una terca soledad de granito y pizarra. El fresco estival iba tocando a su fin, hasta acabar, poco a poco, diluido en “El sueño de una noche de verano”.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

viernes, 27 de junio de 2014

Siesta y cabezá



Ni gritos, ni estallidos verbales, ni algarabía por las calles, ni estruendo de carros y cascos de las bestias golpeando los guijarros, ni trajín rural de ningún tipo..., nada de nada, sólo silencio. Tan sólo niños y chicharras teníamos licencia para dar por saco en aquellas horas sacrosantas, licencia para conculcar el silencio milenario de la siesta. El tiempo parecía detenerse, dando una tregua a la zozobra de la sufrida gente; un exiguo y corto receso que permitía desconectar de una realidad demasiado áspera como para ser vivida sin interrupción.

Las calles y los campos eran lugares intransitables, hornos de tierra y piedra donde, en ausencia de sombrero, se cocían hasta los pensamientos. Temperaturas inhumanas que parecían mostrarnos un planeta más cercano al sol de lo que nos habían contado.

Los campesinos madrugaban para aprovechar la fresca, y aguantaban por la noche al fresco. Tanta fresca y fresco relegaban el sueño nocturno a la mínima expresión, haciendo obligatoria esa ancestral costumbre tan española y moruna de la siesta.

Los hombres llegaban del campo “ehcalamecíuh” (exhaustos), vencidos del calor y el trabajo, buscando, ávidos, el gazpacho de poleo y la justa y merecida entrega al descanso, que no era más que un breve armisticio pactado con la miseria, un instante de nada que se hacía soluble en la dura jornada.

Podíamos dividir la siesta en dos categorías: la siesta fugaz, o “cabezá”, en escaño de madera, con ronquido y mosca cojonera rondando la boina del abuelo, y la excelsa siesta de “pijama y orinal”, que acuñara el insigne Camilo José Cela. Esta última, en los pueblos, se llevaba a cabo en habitaciones lóbregas de tabiques de adobe, con suelos de granito más propios de ermitas románicas, y alfombras de corcha colocadas a los pies de gigantescas camas de hierro, que a veces ofrecían problemas de accesibilidad a los minúsculos pigmeos extremeños de edad provecta, que afrontaban la escalada como alpinistas artrósicos de calzoncillos de patera larga: “¡Cá veh me cuehta máh gateal a la joía cama, meee caaagüen toa la órdigaaaa!”.

Las sobreprotectoras abuelas aconsejaban a los nietos no salir a la calle en esas horas proscritas de la siesta, con la eterna coletilla de: “No salgah a la calli, prenda, que cain cócuh en la cabeza”. Nunca supimos qué tipo de cocos eran los que caían, aunque, en cualquier caso, los cocos nos caían por todas partes, tanto al sol como a la sombra; nos caían en el resto de lances de la vida, en aquella jungla amenazante y recia que era, sin duda, la infancia rural. Algunas veces se echaban en siesta las abuelas, dejando a los nietos jugando en el sereno de la casa, bajo el expreso mandato de no pisar la calle. Recuerdo haberme salido en cierta ocasión a jugar por ahí, y haber experimentado luego la justiciera zapatilla en las nalgas que a todo infante otorgó natura.

A veces los niños éramos forzados a dormir la siesta, y andábamos por allí, echados en la cama, buscando musarañas o cualquier otro elemento de distracción, hasta que, poco a poco, nos íbamos quedando dormidos mirando aquellos bellos cuadros de San Miguel Arcángel, o de ángeles de la guarda protegiendo a niños que cruzaban pasarelas junto a precipicios.

En la trilla también podíamos ver raquíticas e improvisadas siestas, con trilladores echados a la sombra de las hacinas, y el gran sombrero redondo de paja puesto sobre la cara, como los mejicanos de las películas del oeste; aunque estos mejicanos de pueblo, ciertamente, trabajaban bastante más, y se movían con mucha más soltura que los chicanos despatarrados y perezosos que podíamos ver en los “spaghetti western”.

En los campos castigados por el sol cruel y despiadado del verano, las vacas se “amosquilaban” bajo las encinas, las ovejas buscaban sombras por doquier, y todo era una continua lucha de sombra y sol. Aquella brutal dicotomía estaba tan interiorizada entre la gente, que incluso el cubata rural de los bares (anís y coñac) adoptaba el nombre de “sol y sombra”, para expresar la frontal dualidad del bien y el mal, de la verdad y la mentira, de la paz y la guerra, del blanco y negro de un tablero de ajedrez con un jaque constante a la existencia convulsa de aquellos habitantes. Todo allí, en una tierra donde no había medias tintas, donde todo era, sin más, o sol, o sombra.

Pastores y cabreros dormían la siesta en los chozos, o bajo los árboles de copa extensa; o a la sombra, quizá, de algún cancho generoso, o tal vez junto a la orilla de arroyos con chopos frondosos que dejaban el bello canto de los ruiseñores al atardecer. Nadie usaba despertadores ni relojes, ni falta que hacían. El único reloj era el propio sol marcando su posición en las alturas, y el fiel compromiso que nace del deber, que es el reloj más preciso y fiable de todos.

Aún era posible, en aquel tiempo, encontrar octogenarios echando un “pabilu” (cabezada) en los poyos de las calles, con sus almidonadas camisas blancas y alguno de aquellos antiguos chalecos negros. Cerraban los ojos, pañosos de cataratas, y se quedaban quietos, como en un ensayo de la ausencia definitiva que intuían ya cercana.

Otra escena frecuente en los hogares, era un padre, o un abuelo, dando una cabezada en la silla coja y destartalada que había en todas las casas, y, cuando la pata de la silla fallaba, se despertaban con sobresalto incluido, diciendo frases del estilo: “Me he queáu trahpuehtu..., me cagüen sane, habrá que echalsi un ratu en siehta”.

La siesta también se llevaba a cabo en lugares surrealistas e imprevistos: en pajares, en las trojes de las casas, encima de viejas mantas zamoranas, con alforja por almohada, o en algún viejo cuarto lleno de melones, junto a higos secos colocados sobre telas de esparto..., y eso sí, todo ello acompañado de un zumbido constante de moscas y moscones que provocaban un efecto somnífero imposible de aguantar más allá de dos o tres minutos, sin acabar, al fin, entregando la cuchara en favor del desalmado de Morfeo.

A finales de los setenta empezaron a ser habituales los televisores en las casas, y con ellos nos llegaron las primeras telenovelas de sobremesa. Durante la emisión de tan novedoso acontecimiento, desde el fondo de la alcoba oscura se oían los ronquidos del ciclópeo padre de familia, que a veces, desde el cuarto, asustaba a los televidentes con un seco vozarrón: "¡Ponel esu máh baju de una puta veh, que no hay quien pegui oju en ehta casa!".

Sobre las cinco y media de la tarde, iban llegando los primeros ruidos callejeros, desperezándose la oxidada maquinaria acústica de la vida rural, con labriegos que no engrasaban los ejes de las carretas, como en la canción. Alguna que otra tarde, una vez concluida la siesta, nos sorprendían las repentinas tormentas de verano, con olor a tierra mojada y mujerinas asomadas a las cortinas diciendo: "¡¡Uyyyy, vaya revolturiu que se ha formáu en pocu ratuuu!!". Y la vecina contestando desde la puerta de enfrente: "¡¡Uyyyy, dioh míuuuu, la ropa que tenía tendía en el canchu, cómu se habrá puehtuuuu!!".

Todo volvía a su ritmo, un extraño ritmo entre cansino y eléctrico, pero siguiendo el curso de las leyes naturales. La vida seguía después del paréntesis de la siesta, con sus claroscuros, y el tiempo no era más que un trilero, un tahúr insobornable, que nos dejaba siempre ausencias imperdonables y expresiones en el rostro que alternaban, sí, a veces sol, y a veces sombra.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

martes, 27 de mayo de 2014

Viejos al sol



A veces estaban al sol, como a veces a la sombra, a veces en un poyo, como a veces en una desvencijada silla de nea. A veces estaban presentes, como a veces casi ausentes. Eran los viejos y viejas que vimos desde niños; viejos viejísimos, antediluvianos, con las arrugas marcadas a fuego, y viejas viejísimas, con el luto adosado a la piel y numerosas “faltriqueras” donde guardaban los caramelos para los nietos que se dignaban en ir a visitarlas. Ancianos que vimos y aún seguimos viendo; pero aquellos abuelos y bisabuelos de nuestra infancia, venían como de otras épocas lejanas, como de otras edades rancias de olor a cretona. Eran el reducto de siglos pasados, que dejaron una delegación en el siglo veinte, para que conociésemos las formas de vida que durante muchos años permanecieron inmutables.

En aquel tiempo, podíamos distinguir dos generaciones de viejos: nuestros abuelos, que nos hablaban de la guerra civil, de la “Cuesta de las perdices” o “La batalla del Ebro”, y nuestros bisabuelos, con sus holgadas blusas de dril, que nos relataban episodios de la Guerra de Cuba, o nos contaban peripecias, por ejemplo, de algún legendario personaje de su época, que andaba descalzo y se desplazaba montado en una vaca por mitad del pueblo.

Los bisabuelos hablaban con voz trémula y débil, ya casi desde el palimpsesto de la urna cineraria, que diría el escritor pedante y socarrón. Nos hablaban, sí, con un tono aflautado y quebradizo, de sus cosas de entonces, de vivencias perdidas en la noche de los tiempos..., de cuando no existía la luz eléctrica..., de cuando la palabra dada era más importante que los contratos por escrito, que llegaron después, de la mano de los prestidigitadores de la mentira, que a día de hoy podemos percibir por todas partes.

Aquellos ancianos jurásicos se sentaban en poyos de cantería, o en sillones de mimbre, cual figuras indiferentes de un museo de cera derretido al sol, rígidos y estáticos durante horas, como mantis religiosas con las manos encima del bastón, inclinándose ligeramente para soltar alguna débil ventosidad, inaudible en el silencio octogenario de la tarde. Al cabo de un rato, salía la hija de alguno de ellos buscando al progenitor: "Ámuh pa entru, padri...; ¡¡uyyyyyy, cómu se ha puéhtu loh pantalonih de tierra..., poh no le diji que se sentara pa ehta otra parti, que ehtá el poyu máh limpiu!!

Había algún viejo “pirongu” que aún montaba en burro  a la manera de un “Conde Olinos  extremeño”, que en las mañanas de San Juan llevase a su burro a beber a la laguna, y en vez de un lindo cantar, canturrease “El Algabeño” u otras coplas flamencas de su tiempo. O podíamos verlo, también, cargando leña, o poniendo la cincha al mulo, o haciendo un receso y apurando un Celtas Cortos con los dedos agrietados y amarillentos de la nicotina.

Aquellos viejos tenían aún esa "extraña costumbre" de hablar durante horas, a veces martilleando sobre el mismo tema, como una gota malaya ajena a los relojes. Ellos, allí, erre que erre, inmersos en las redes sociales de su tiempo, hasta que un burro rebuznaba en el corral y los devolvía a la realidad, haciéndolos cerrar el “facebook” de su época, en favor del tocino y los garbanzos que esperaban a la mesa.

Por todos los barrios del pueblo se repartían las “viejinas” sentadas en minúsculas sillas de nea, zurciendo medias y calcetines sobre originales huevos de madera, luego sustituidos por bombillas fundidas. Hablaban entre ellas, con voz de alcahuetillas, y rompían los silencios con algún escandaloso suspiro de España: ¡¡Aaaaayyyyy, Crihtu benditu!! También podíamos verlas detrás de las cortinas, que a veces apartaban un poco para mirar disimuladamente, o aprovechaban algún roto de las mismas, que les permitía avistar la actualidad y hacer la consiguiente crónica social, como sagaces reporteras de aguja y retal, trabajando para la universal emisora del chismorreo a través de las ondas hertzianas del boca a boca.

Otra estampa costumbrista era la del viejo, al atardecer, comiéndose el chorizo y el pan en el poyo de “la su puerta”, y el gato, al lado, esperando ver caer la tripa al suelo, cosa que era harto difícil, pues, antes de llegar la tripa al suelo, el gato se encargaba de dejar en evidencia al mismísimo Newton.

Algunos abuelos eran sobradamente verbales, y nos exponían curiosos problemas de ingenio, nos cantaban canciones heredadas de sus ancestros y, cuando el ambiente lo requería, nos contaban cuentos de lobos. Los lobos eran el único elemento de terror que daba la tierra extremeña, pues aún no estaban de moda los hollywoodienses vampiros, ni la repulsiva casquería zombi abigarrada de símbolos satánicos.

Por cualquier parte podíamos encontrar a viejos sordos, que hablaban a voces sentados en los poyos, y aireaban a grito pelado sus comentarios inoportunos sobre los transeúntes que pasaban por la calle delante de sus mismas narices: “¿Éhta eh la que queó preñáaaa?”. / "Esu dicin; a mi tampucu me jágah muchu casuuuu”. / “No hablih tan reciu, coñu, que te va a oíl”.

Al oscurecer, podíamos ver a dos comadres ancianas cruzarse por la calle, una de ellas, con la imagen de la Sagrada Familia a la cadera, y la otra con una calderilla de huevos del corral: “¿A qué hora dijerun que era mañana la novena?”. / “A lah nuevi, créu... o esu me paeci habel entendíu”.

Estaba también el viejo “tullíu” (tullido), que se resistía a quedar al margen de la hacienda, y sentía pavor imaginando las cosas manga por hombro, preguntando constantemente por esto y por aquello, y recibiendo un largo rosario de mentiras piadosas que le dejaban, tan sólo, un momentáneo estado de tranquilidad.

Viejos que se “remuaban” en la fiesta del patrón del pueblo, y olían desde lejos a alcanfor. Viejos haciendo vino de pitarra. Viejos echando bellotas a las cabras en el “jerráu” de madera. Viejas matando a besos al “nietinu” (nieto) de manera compulsiva. Viejas picando pan duro en las sopas de ajo. Viejos sonriendo, con dos dientes por sonrisa. Viejos depositarios de un saber que no viene en los libros, ni en los modernos tratados de marketing. Viejos y viejas que nunca volverán, pero que antes de irse nos enseñaron a ser buenas personas, frente a un mundo y un sistema de cosas que nos quiere, en cambio, miserables.

Nos dejaron, en fin, principios morales, cuentos, refranes, chascarrillos... Aún recuerdo un tesoro verbal que me contaba mi abuelo sentado al sol, que a su vez le enseñó un viajante cuando él era apenas un muchacho, y que versa sobre un hermoso y surrealista diálogo entre un borracho y el eco:

Cruzaba un borracho enteco,
cierta calle, cuando el eco
respondió a su voz potente...

¡¡Teeeeenteeeeee!!

Dijo el borracho parándose:
Quién manda.
Por estas calles ¿quién anda
que mis palabras oyó?...

¡¡Yooooooo!!

¿Y quién eres, que me cucas tanto el bulto?
¡Sal cobarde, de rabia mi pecho arde
por echarte mil pelucas!

¡Luuuuuucaaaas!

¿Lucas Gómez, el del Cese,
el que tanto porfiaba,
que la voz se le enroncaba
esperando a que bebiese?

¿Eeeeeese?

Y que haces aquí a estas horas chafarino,
¿quieres alegrarme el paso con algún recio sabino?

¡¡Viiiiiino!!

¿Vino dices?, pues aquí sentado te espero.
Pero antes Lucas, sólo una cosa te pido:
¿cuántos tragos me consiento?...

¡¡Sieeeeentoooo!!

¿Ciento?, ¡virgen soberana!...
Dijo, y se durmió al instante,
y en la calle un vigilante
lo encontró por la mañana.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

domingo, 4 de mayo de 2014

El baño estival



Era un día de calor sahariano, de un verano cualquiera de los ochenta; dos ancianos sentados en un umbral, junto a una puerta llena de “talleras” y latas oxidadas, bajo un silencio de moscas y olor a cáscaras de melón. Al cabo de un espacio de tiempo insobornable, uno de ellos, en tono pausado y misterioso, le dice al otro: “Cuarenta añuh jaci que no me metu en el agua”. Tras un rato sin contestar, y con gesto hierático y sentencioso, responde el compañero: “Yo quizá jaga máh entoavía”. Alguien, desde dentro de la puerta, escuchaba el breve diálogo, y un tercero, el que suscribe, lo cuenta ahora por aquí.

Era la guerra del secano contra el regadío, la guerra de las “cascarrias” contra los jabones; guerras que escribieron el pasado de unos octogenarios que llegaron a longevos distanciados del agua, que es fuente de vida, mira tú.

El baño era una palabra tabú. El único baño que se conocía era el baño de zinc, o el de plástico, ya en los tiempos de la plastificación del mundo, o el baño que te daban cuando perdías en cualquier juego o asunto: “Le han dáu un bañu a la bríhca ehta tardi en el casinu, y vieni enfurruhcáu”. Todos los baños posibles se conocían de primera mano, menos el baño corporal, que era un intruso rara vez invitado a la fiesta.

Los baños en los ríos y pantanos empezaron a hacerse frecuentes por los años setenta, y ya con mayor profusión en los ochenta. Los adolescentes, en más de un caso, teníamos que escaparnos al baño de manera clandestina, como furtivos traficantes de aguas embalsadas, burlando los miedos atávicos de nuestros antepasados. Marchábamos en pequeños pelotones ciclistas por aquellas descarnadas carreteras de baches que parecían elegidos a propósito. Circulábamos por allí en una suerte de Verano Azul televisivo, aunque nuestro azul era más bien un azul tirando a grisáceo, y sin Chanquete, pues los chanquetes de los pueblos eran de tinte malhumorado y se quedaban viendo los toros o jugando la partida, sin acercarse a las playas castizas de los pantanos que antiguamente ellos mismos pisaron cuando, tiempo atrás, fueron grandes dehesas de encinas y espléndidos alcornocales.

El contacto más corriente con el agua, generalmente, era en un palanganero, o en las versátiles “palancanas” (así llamadas por allí), donde el labriego se lavaba los pies después de las tareas campestres, viendo asomar los dedos en el agua negra como perfectos calamares en su tinta, después de una dura jornada de haber faenado por ahí, entre su corazón y sus asuntos, que diría el poeta.

Los únicos nadadores que la tradición contemplaba, eran algunos pastores o cabreros, que nadaban siempre a braza, en un estilo particular que podía haberse llevado a las olimpiadas con el nombre de “Braza rural”, donde el nadador olímpico, además de avanzar, tuviese la obligación de entornar los ojos y poner la boca retorcida, como de vieja galaica, tal y como describiera Umbral la mueca perenne de Torrente Ballester. También nadaban los antiguos pescadores en los ríos, aquellos que aún pescaban con redes en pequeñas barcas artesanales, como antiguos pescadores neotestamentarios por las aguas del mar de Galilea. Estos nadadores locales fueron considerados auténticos “hombres peces” por el resto de habitantes del secano extremeño (donde casi nadie sabía nadar), y los ancianos no concebían que tú, un simple adolescente, nadases mejor que estos últimos, y que, además, nadases en distintos estilos, como por ejemplo a “crol”... ¿A qué coñu hah dichu? Por eso, cuando contábamos en casa nuestras destrezas natatorias, situándolas en un nivel superior a las de aquellos acuáticos cabreros, nuestros abuelos se echaban a reír, pensando que éramos unos pobres ilusos. Claro que nunca se tomaron la molestia de venir a vernos nadar.

El miedo al agua siempre estaba presente: el miedo al agua de los pozos, con un monstruo intangible que llamaban “La Mora del pozo”, y que atrapaba a los niños que se asomaban al brocal; el miedo a los estanques, a los ríos..., el respeto siempre al agua como una amenaza ancestral heredada de siglos o milenios. Y, por supuesto, ni hablar de la inmersión o el nado; el sólo hecho de mentarlos imponía un severo respeto a los adultos. Cuando preguntabas a los mayores si sabían nadar, solían responder con sorna: “¿Yoooo?, comu el náu del gorrón, del primel golpi al jondón”, y todo el personal circundante miraba con risilla cómplice, al tiempo que un traicionero hormigueo, de zozobra y respeto, les recorría por detrás “dendi loh carcañalih hahta la cotorina”.

A los primeros baños setenteros se iba preferentemente en bestias, o en el socorrido coche de San Fernando. Recuerdo, de niño, haberme ido a bañar con mi abuelo al río, con burra y merienda incluida. Fuimos a un charco de las márgenes del Alagón, que apenas tenía un metro de profundidad. Mi abuelo, campesino alejado de las procelosas aguas, pero práctico hombre de campo, para su tranquilidad, decidió atarme con una soga por el cuerpo, a la altura de las axilas, en un aldeano y seguro método salvavidas. Mi abuelo me observaba en la distancia, con el extremo de la soga a su lado, riendo y preparando las viandas. Desde la lejanía, algunos bañistas contemplaban la escena en jocosa actitud.

Otro tipo de salvavidas muy acorde al ingenio agreste y surrealista de aquellos pueblos, eran los flotadores de cámaras de coche, y la opción, en tamaño familiar, de cámaras de camión, con numerosos parches que dejaban fallas de seguridad, y una cierta desconfianza en los nadadores más bisoños. Pero allí estaban siempre ocho o diez niños subiéndose encima, sin nada que envidiar a ningún parque acuático de los de hoy. Algún día comercializarán este tipo de cámaras poniéndoles colores rosados y monigotes de moda con los que hacer negocio.

Los varones más jóvenes se adaptaban pronto a la modernidad, usando calzoncillos slip de color oscuro, que hacían las veces de bañadores..., para qué más. Las cremas protectoras eran pura anécdota, aún vistas por los hombres rurales como potingues para señoritas o varones de escasa masculinidad.

El moreno en la piel nunca gozó de gran aceptación entre nuestros mayores, pues era sinónimo de pobreza y trabajo a la intemperie. Cuando los viejos se enteraban de que algunos jóvenes tomaban el sol para coger color, sonreían pensando para sí mismos: ¡Qué sacho y pico les daba a cada uno!

Un buen día, a finales de agosto o principios de septiembre, alguna tormenta inoportuna nos enfriaba el rostro y nos marcaba el final del baño y del verano; los grandes flotadores negros se desinflaban hasta el año siguiente y, sin solución de continuidad, presentíamos los albores del otoño con las fiestas de los cristos en los pueblos, y el olor a “sequío” que nos llegaba con las primeras lluvias. Pero no importaba, pues después del baño veraniego nos quedaba el otro baño, el baño humano, el que ahora hemos visto menguado o sustituido por una absurda sublimación del individualismo, que nos ha dejado desnudos y desprovistos de lo más elemental y necesario: los otros. Se nos acababa el baño estival y teníamos, sí, el baño humano, ese otro tipo de baño que con  poética y finísima pluma tan bien describiese Vicente Aleixandre, allá por 1954: 

No te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y buscándote entre los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos...
Entra despacio, como el bañista que, temeroso,
con mucho amor y respeto al agua,
introduce primero sus pies en la espuma,
y siente el agua subirle, y ya se atreve,
y casi ya se decide.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

domingo, 13 de abril de 2014

Entre burro y carreto



Durante la revolución industrial, los nuevos medios de transporte, con el ferrocarril a la cabeza, marcaron un antes y un después en la manera de concebir las relaciones comerciales entre la población occidental. Quién iba a decir que, siglo y pico después, por nuestras latitudes, el transporte cotidiano aún fuesen carros tirados por bestias, o las propias bestias como soporte principal. Aquí seguíamos viendo por todas partes la sempiterna imagen del anciano encaramado al burro, o al mulo, y un constante ir y venir de asnos y jinetes en locomoción campestre, ajenos al devenir de un progreso que luego se nos revelaría como un Judas disfrazado de moderno, como un fullero existencial, dándonos el tocomocho más sutil y espurio de la historia.

Allá por los años setenta, fueron llegando, de manera más o menos apreciable, tractores y camiones de las marcas Barreiro y Pegaso, pero no me extenderé mucho en ellos, pues no son bienvenidos a estos menesteres literarios que aquí proso en estos folios cibernéticos, en mi afán de cronista de aquellas cosas.

En aquel “tiempo de pulgas y esperanza”, veíamos burros por todas partes..., burros cargados de tarmas, de sacos de bellotas, de leña, de cántaros...; cargados de toda la materia onerosa del desaliento. Recuerdo aquellos jumentos con haces de espigas, que los niños, sigilosamente, hurtábamos al descuido del dueño; espigas que devorábamos dejando una raspa de sardina vegetal, y la broma recurrente, luego, de esconder la espiga pelada detrás de la espalda y preguntarle a otro niño: “¿Hah vihtu a tu padri coratu?"; y, con sonrisa pícara, enseñarle el esqueleto de la misma y soltarle: “Poh aquí tienih el retratu”.

Los ojos del burro tenían una expresión triste, como no podía ser de otra manera, con una vida llena de ingratitudes, siendo castigado por fallos involuntarios y sin recibir la más mínima caricia o gesto de afecto; si acaso, muy de tarde en tarde, alguna palabra dulce de aquellas sensibles niñas de ciudad que aparecían en los meses de verano. Ahora los burros son libertos, como lo fueron los esclavos después de la Guerra de Secesión norteamericana, y viven en manadas por los mismos parajes en los que otrora fueran cautivos. La vida de estos nuevos pollinos, es respingar sin oficio por esos prados bucólicos de los pueblos extremeños, y dormir al rescoldo de la manada, inspirando poemas románticos junto a la luna reflejada en charcos acicalados de flores de mayo. Estos rucios liberados, tienen ya sus derechos y estatutos, y viven, por fin, sus días de vino y rosas. Son hijos de una estirpe de jumentos que habitaron (y sufrieron) un tiempo pasado de estallido gutural y zurriaga, y que han dejado al fin su vida de burros propiamente dicha..., valga la “rebuznancia”.

En los años setenta fue el apogeo definitivo del carreto (carretilla) en las duras aldeas de la Galia extremeña (donde no había ningún Obelix, por cierto, pues nadie comía a esos niveles pantagruélicos). El carreto, ya digo, irrumpió de una manera insultante y pasó a redimir al burro de algunas cargas. Desde ese momento, pudimos ver gente con carretos parada en los caminos, recreándose en las mismas conversaciones cansinas de siempre, sin riesgo a que el carreto se espantara ante nada ni ante nadie. Si pasabas una hora más tarde por el mismo lugar, allí seguían, erre que erre, carreto frente a carreto: “Me acuerdu yo que otrah vecih, de chicu, mi padri moh mandaba a ehcardal dendi bien tempranu…”. Hasta que el reloj del campanario daba las dos de la tarde, y uno de ellos volvía en sí: “¿Lah doh ya...?, Meeee cagüen, la mujel ehtará echandu petíhcuh…”. Y emprendían otra vez la marcha, carreto en mano, hasta cruzarse con el siguiente burro o carreto, en una interminable sucesión de cruces y paradas, buscando el contacto necesario con el otro; eso que algún filósofo llamó “la otredad”, y que ahora nos suena pedante, pero que es, a fin de cuentas, uno de los tesoros que nos ha usurpado este sistema de cosas sutil y demoníaco, competitivo y desnaturalizado, vampiro de tiempo y afectos humanos.

La carretilla fue un antiguo invento de los chinos, según leí por ahí en los entresijos de los interneses. Podemos ver, incluso, grabados europeos del siglo XI, con hombres transportando damas en carretillas de madera. Entonces la carretilla era un medio de transporte para la clase noble, qué curioso. Quién diría que el carreto acabaría cayendo tan bajo al cabo de los siglos, siendo portador, incluso, de cagajones recogidos por las calles, para acumularlos en pequeñas estercoleras.

El carreto era un burro inanimado, una mutación inesperada del propio burro; se diría que el carreto era un burro mutante que pasaba a compartir corral con el pollino original. Mientras el burro dormía junto al pilón, el carreto se quedaba haciendo el pino sobre una pared áspera y sucia, en un ambiente oscuro de Zotal y garrapatas.

Los niños cogíamos el carreto para montarnos los unos a los otros, dándole un nuevo sentido lúdico a un instrumento concebido para poca diversión. Los pequeños siempre poniendo risas y alegría a la expresión avinagrada de nuestro alrededor. No resulta nada extraño, ahora mismo, ver a niños sonriendo en lugares del tercer mundo, exactamente igual que lo hacíamos nosotros por allí.

También, por los primeros ochenta, apareció de manera irreverente “El carro de Talavera”. El carrino de Talavera, como así se le llamaba, era un híbrido entre burro y carreto, era un carreto gigante tirado por un burro, y un hombrino en lo más alto, como un auriga romano, esclavo conductor de los recursos mínimos de aquella tierra de lucha y terrón. Las gorras de chulapos madrileños pasaron a formar parte de una nueva estética asociada a estos carros talaveranos; estas gorras acabaron jubilando a la boina tradicional. El carrino de Talavera, sin duda, era el heredero natural del carro antiguo, aquel carro de siempre, de enormes ruedas de hierro y madera, que luego acabaron adornando los chalets de la costa, en las películas de Arturo Fernández y Manolo Escobar. Tal vez fuese el carro que perdió este último, de noche, mientras dormía, y que llevamos años buscándolo entre todos por ahí.

Un buen día, el anciano dueño del burro y el carreto, se marchó con los hijos a la urbe, echando de por vida la tranca del corral, a la espera de algún comprador veraniego de los que buscan volver a sus raíces procurando casa propia. El burro fue vendido, con un futuro incierto que mejor no contar, y el carreto quedó patas arriba, como un triste acróbata de las tinieblas, entre murciélagos y telarañas. Quedó allí, como parte de una estampa burlesca de un pobre humor extremeño de matanza y pandereta.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS