sábado, 9 de mayo de 2015

Desde un reino color sepia



Nos observaban desde las paredes de adobe, colgados de cordones aterciopelados sobre rústicos clavos de hierro. Parecían hablarnos desde un universo paralelo de color sepia, desde un eterno presente donde los recuerdos viven inmutables. Sus semblantes estaban más vivos de lo que seguramente pensábamos, y a veces, incluso, nos miraban afligidos, como desde un pobre purgatorio extremeño con goteras en el alma. Eran aquellos rostros antiguos de los retratos, con los que crecimos desde niños, y a los que fuimos incorporando poco a poco a nuestras vidas, como parte de un escenario atávico heredado, aunque sabíamos que su reino no era ya de este mundo.

Los retratos despertaban cada mañana insensibles al azote del tiempo, como en aquel brevísimo relato de Augusto Monterroso, que decía: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Algunos estaban retocados a lápiz y difuminados en tono pastel, vete tú a saber por qué artistas minuciosos de otros tiempos. Podíamos ver viejos retratos de bodas, o el busto, quizá, de algún antepasado que se fue a Argentina para no volver, y seguía posando cada día allí, con su pelo engominado, el gesto egregio, y la mirada perdida hacia el techo de madera de castaño…; o tal vez el retrato de los abuelos de un amigo nuestro, que sonreían recién casados, y nos aguardaban siempre a la entrada de la casa, a pesar de que nunca nos preocupamos de preguntar quiénes eran.

No había álbumes. Eso de los álbumes era una cosa moderna que llegó más tarde; hasta el nombre nos sonaba como un poco extranjero…, tal vez americano. Nuestras fotos estaban en cajas de pañuelos de cartón amarillento, o en cajas de lata de Cola Cao, con aquella sonriente madre joven, de pelo ondulado, elevando hacia lo alto la bandeja, con la inconfundible estética de las enciclopedias Álvarez de la escuela.

De tarde en tarde aparecía por sorpresa una foto extraviada, cien veces buscada por todos, que alguien guardó en algún libro de poemas de Gabriel y Galán, en la página de “Mi vaquerillo”, o en alguna antigua y deshojada edición de “El Joven Cristiano”.

A veces, en la misma caja de las fotos había un sobre con postales ya un tanto pasadas, enviadas desde una playa de Alicante, o desde el Pilar de Zaragoza, así como otro sobre portador de recordatorios de difuntos, que nos dejaba un extraño poso de tristeza nada más cerrarlo…; u otro sobre, tal vez, con recordatorios de primeras comuniones, y caras de niños angelicales que luego no lo fueron tanto…; o invitaciones de boda en el Alfonso VIII de Plasencia…, o una bolsa llena de cartas atrasadas que casi siempre empezaban con el mismo encabezamiento: “Queridos hijos y nietos, os escribo la presente…”.

Algunos antepasados sólo tenían fotos de la mili, que eran las fotos más recurrentes, o alguna foto de estudio de recién casados, hecha en Béjar o en Plasencia. También eran frecuentes las fotos de familia realizadas en las fiestas del pueblo por alguno de aquellos fotógrafos ambulantes, que colocaban de fondo un enorme paño con columnas y plantas de otras tierras exóticas. Allí posaba el abuelo, con el rostro oscuro y agrietado del tiempo, y la nieta, de blanco deslumbrante, sentada en su rodilla.

Estaban las fotos de comunión con el traje de marinero para el niño, o el traje de novia para la niña, el librillo blanco nacarado y el rosario en la mano…, o las fotos sesenteras de bodas y bautizos…, o las consabidas fotos de los hermanos en la escuela, con el plumero al lado, el mapa de una España desnutrida a sus espaldas, y las caras inocentes tan distintas a las de nuestros días.

Corría el año 1988, cuando un jovenzuelo, que ahora prosa estos relatos, con su cámara réflex heredada, se echó a recorrer los campos y las calles de su añorado pueblo, fotografiando gentes, cosas, corrales, andurriales y parajes de lo más variado, en lugar de prodigarse en discotecas de su tiempo, bailando canciones de Boney M. o Mecano. Las personas mayores preguntaban, con cierta desconfianza, dónde iban a salir luego las “afotos”: ¿Quizá en algún periódico, o en la televisión...? No concebían, pues, el interés por rescatarlos del olvido, por inmortalizarlos, sin más, y devolverlos un día al acervo popular de imágenes y recuerdos. Hice las fotos, en parte por un inopinado gesto juvenil y bohemio, y en parte, también, sabedor de que en pocos años, ni los rincones ni los ancianos de edad provecta, resistirían al paso insobornable del tiempo, como así fue realmente. Por ahí andan dichas fotos, que son casi postales, como parte de un legado de imágenes que tuve a bien rescatar para la eternidad, sin ser consciente en su momento del acierto.

Hace pocos años tuve oportunidad, también, de participar activamente en un proyecto de recuperación de imágenes para un libro de mi pueblo natal. Me tocó el arduo trabajo de digitalización y edición de fotos antiguas. Tuve ocasión de entrar en las entrañas de cada imagen, en los detalles más ínfimos e inadvertidos, y descubrir incluso a personajes secundarios que hacían su vida ignorantes de acabar en un futuro siendo pacto de las modernas tecnologías. Así me encontré, por ejemplo, con gallinas a lo lejos, picando hierba, viejinas barriendo la puerta en lontananza, o perros escuálidos que pasaban por allí, como pudieron no haber pasado, sin noticias de su visita a la inmortalidad plasmada en pantalla o en papel.

Otra costumbre de aquellas tierras nuestras, era llevar la foto de la novia (o bien la de los hijos y la esposa) en las carteras de los hombres, como una especie de amuleto o estampa religiosa, que a fuerza de asientos y estrujamientos acababa altamente deteriorada. Alguna que otra me tocó reparar con paciencia de relojero digital.

Me encontré con fotos muy recurrentes, como aquellas de los quintos de los sesenta, que eran una secuencia de imágenes repetidas, donde tan sólo se intercambiaban las posiciones de los protagonistas y los objetos: uno con la guitarra, otro con los chorizos, otro con el tamboril, otro con la bota de vino (sin duda la más solicitada). En la siguiente imagen, cambiaban de manos la guitarra, los chorizos, el tamboril..., y así sucesivamente. La única variante, en cada foto, era el brillo etílico en los ojos, y la progresiva expresión beoda en los rostros, fruto de la bota de vino que se repartía generosa de mano en mano, dejando a aquellos efebos rurales en clara evidencia para la posteridad.

Abundaban también las fotos de procesiones de santos y patrones, o aquellas fotos de la visita de la Virgen de la Peña de Francia por los pueblos, en los años cincuenta, donde la mayor parte de las mozas de la época aparecían portando la imagen, sorprendidas por algún fotógrafo que acudió al evento.

También eran clásicas las fotos de maestras con niñas y maestros con niños, desde principios del siglo XX. Podíamos ver, también, fotos de niñas en la feria de Ahigal, con vestidos de cuadros hechos por las madres costureras, y bolsos y complementos de cosecha propia. En todas las imágenes podemos apreciar a los críos ágiles y “lígrimos” (muy delgados), sin rastro de obesidad infantil; obviamente, también, sin comida rápida ni bebidas azucaradas, y por contra, gran actividad física, a veces más de la debida.

Antes del salto al color, hubo una brusca transición del sepia al blanco y negro, y a partir de los sesenta irrumpieron las fotos de las primeras cámaras personales que algunos privilegiados ya portaban: tal vez el cura, el maestro o algún paisano de un rancio abolengo rural. Estas primeras cámaras se dedicaron a inmortalizar momentos de lo más triviales, momentos que anteriormente nadie se encargaba de plasmar: aquellos equipos de fútbol, con el pantalón arremangado y el pañuelo atado a la cabeza…, niños jugando en la plaza…, jóvenes bailando en las verbenas…, vecinos sentados a la puerta…, niñas saltando a la comba, etc. Las niñas, siempre más coquetas, con frecuencia se ofrecían para posar sonrientes en las fotos, mientras los niños, ya ejerciendo su rol de pistoleros rudos y distantes, se mostraban esquivos, y tan sólo aparecen por ahí en algunas fotos de monaguillos y poco más, con un gesto entre tímido, fugitivo y canalla.

Desde la vieja cama de hierro, cada noche, antes de apagar la luz con la llave de pera, mirábamos en frente el retrato de un bisabuelo al que no conocimos, y al que podíamos ver el gesto cambiado de una noche para otra, en virtud, tal vez, de nuestro propio estado de ánimo.

La gente, antiguamente, se hacía fotos de estudio en Plasencia, que suponían un día entero de ida y vuelta en burro, demostrándose, por cierto, que las compañías de viajes “low cost” ya estaban inventadas tiempo atrás, por el módico coste de un poco de alfalfa (sin plomo), y grandes dosis de paciencia.

Las niñas, los días de lluvia y frío, pedían a las abuelas que les sacaran las fotos del baúl y les contaran cosas sobre aquellos protagonistas del pasado. Eran siempre las mismas historias, pero seguían teniendo el mismo encanto. “Mira prenda, éhta afotu eh de cuandu tu agüelu ehtrenó la pelliza el día de añu nuevu...”; “Ehta otra eh de cuandu fuímuh mayordómuh de San Antoniu…”.

En los setenta empezaron a llegar las cámaras compactas, que fueron ya asequibles al común de los mortales, hasta alcanzar su apogeo en los ochenta. Las fotos, claro está, bajaron de calidad. Todo el mundo hacía fotos por doquier: fotos desenfocadas, movidas, descentradas, pobres de luz…, y con más entusiasmo, en fin, que acierto. De aquella época quedaron todas esas estampas de grupos de amigos, donde todos aparecen con mucho pelo y pocos quilos, frente a las fotos actuales, con muchos quilos y poco pelo…; o las fotos femeninas de la misma década, de cuerpos gráciles y esbeltos, que aún se cuelan por las redes sociales provocando confusión entre los visitantes.

Aquellas imágenes antiguas parecían trasladarnos a un pasado que de golpe se hacía presente, y desde aquel pasado-presente, podíamos ver con nitidez nuestro presente-futuro, como en aquel verso melancólico de César Vallejo: “Me moriré en París, con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo”.

Así fuimos pasando la vida fotograma a fotograma, hasta llegar al mundo digitalizado y “digidiotizado” en que vivimos, donde hemos digitalizado también las relaciones humanas, el correo, las cuentas bancarias, los viajes…, y hasta quizá los pensamientos.

Al derruir la casa antigua, alguien guardó en la penumbra de una troje, o de un baúl, los retratos de antaño, confinando a aquellos antepasados a una segunda muerte, que es la muerte del olvido. Mientras estuvieron a la luz, tuvieron cierta vida, y hacían cada día su fotosíntesis a la vista de aquellos que pudimos durante años compartir nuestras luces y sombras con ellos…, saludarlos, y hasta incluso, en alguna medida, quererlos.

Desde las moradas de su reino color sepia, han vuelto a la vida aquellos rostros, gracias a esta moderna verbena de escaneos y digitalizaciones. A veces, al progreso, en su afán de fagocitarnos sin piedad, se le escapan estos pequeños detalles de ogro bueno. No recuerdo en qué cuento leí hace años, que el demonio tiene tal cantidad de ollas en ebullición, que siempre se deja alguna destapada.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

domingo, 19 de abril de 2015

Al pardear



Conocimos atardeceres bellos y cargados de una lírica que ahora ya es historia. La luz vaporosa de aquellos ocasos marcaba momentos de un encanto indescriptible. Para referirse a estos atardeceres, los lugareños, de manera menos fina, usaban la expresión de “Al pardear”, que era exactamente lo mismo, pero mucho más acorde a las hablas extremeñas, y a la propia dinámica áspera y vital de la tierra.

Al pardear, podíamos ver regresar a las cabras del cabrial de concejo, y a los rebaños de ovejas levantando grandes polvaredas, como en El Quijote; hombres regresando a casa, montados en burro, con una talega delante del cuerpo…; segadores de vuelta al pueblo con las camisas encartonadas de sudores…; mujeres guardando las gallinas callejeras en el corral, y niños, muchos niños, corriendo y tropezando por todas partes.

Las bombillas de plato de las calles, iban encendiéndose con lentitud de tortuga y una humildad inusitada en las modernas luminarias que llegaron luego. Poco a poco, como pidiendo permiso, iban dejando tímidos destellos de su presencia. Las apagaba y las encendía, claro está, el lucero, pues no había programación posible más que la humana. Qué privilegio aquel, cuando las personas aún eran imprescindibles para casi todo.

Podíamos percibir en las calles el olor a leña de encina quemada, en armonía con los atardeceres invernales. Después de la larga jornada, los hombres pasaban en busca de la panilla de vino peleón en la taberna, o quizá trincaban el vino de pitarra en la discreta intimidad del hogar..., aunque el vino pegaba exactamente igual, pero al menos la lengua se enredaba en casa, y se iban a acostar sin adquirir fama de borrachines, que era fama de difícil enmienda. El alcohol, de esta manera, se hacía soluble en el colchón de lana, quedando ya disipado al amanecer. El vino de pitarra tenía tal cantidad de grados, que a los niños nos recordaba al olor del pegamento Imedio; se diría que colocaba con tan sólo pasar la nariz por la boca de la botella. A veces, al pardear, nos mandaban los abuelos con la garrafa a por el vino a granel del tabernero. Según algunos hombres de la época, ellos eran "casi abstemios” (ironía), no bebían prácticamente nada: apenas una copina de aguardiente por la mañana, una panilla de vino en la comida, un par de chatos taberneros al oscurecer, un “vasino de pitarra” cenando... y un “vininu sueltu” (vinillo suelto) cuando emparejaba a venir algún pariente a casa, que era la mayor parte de las tardes. Total, nada de nada.

Los niños apurábamos los juegos al límite mismo de la luz solar. Recuerdo una de aquellas tardes interminables, jugando al escondite en versión espartana, con muchachones mayores blandiendo vardascas de olivo que atizaban las piernas de las víctimas una vez descubiertas. Me escondí detrás de unos haces de tarma (en uno de aquellos rincones extremeños de estética celta) en la trasera de un corral. Al cabo de más de una hora, con la luz de la tarde feneciendo, comprendí que mis verdugos ya hacía tiempo que habían abandonado su misión de búsqueda y flagelo. Fui saliendo con sigilo, con la desconfianza a flor de piel, tan propia de aquel tiempo, y una vez comprobada mi libertad, me fui tranquilamente caminando hacia casa, observando las estampas propias del atardecer, con viejos partiendo tarmas para la lumbre, y viejinas corcovadas encendiendo el brasero a la puerta. Al regresar a casa, por ciertas calles, no era extraño encontrar algún perro enemigo, que nos tenía fichados, y nos hacía correr despavoridos, llegando a casa justo a tiempo de evitar la bronca por la tardanza.

Dos niñas sentadas en un poyo, ordenaban con esmero las mariquitas recortadas, y les colocaban vestidos de lunares y pelucas rubias con coletas: “Yo créu que le quea mejol el vehtíu azul…” / “Poh a mi me guhta máh el coloráu”. La voz de una madre sonaba desde dentro de la puerta: “¡¡La ceeenaaa!!”. La otra niña, inocente y timorata, preguntaba: “¿Vah a ehtal mañana aquí pa jugal?” ; y la voz hacendosa de la madre, rompía nuevamente el encanto, con tono cortante y desabrido: “Mañana tieni cósah que jacel”.

Entre la luz liviana del atardecer, un suspiro de España nos hacía voltear la cara hacia la puerta gris de un corral, y podíamos ver el rostro compungido, casi espectral, de una anciana con pañuelo negro a la cabeza, en el trasfondo oscuro del edificio. Eran rostros desgastados, imprecisos, como llegados de generaciones aún más antiguas que las que pudimos llegar a conocer; rostros que parecían sacados de las Pinturas negras de Goya, o de las mismísimas caras de Bélmez.

Los pastores, recién llegados de las ovejas, conversaban aún por las esquinas, con alforja al hombro y un extremeño en el habla aún más arcaico que el que tú y yo conocimos: “Ya venía yo barruntandu de un tiempu a ehta parti, que al pardeal, lah ovejah…”. Eran verdaderamente libres, ajenos a esta caverna de Platón donde vivimos inmersos sin saberlo.

Los niños corríamos en todas las direcciones, y al final de la tarde, ya agotados de juegos y carreras, nos sentábamos en algún poyo de granito, aún caldeado por el sol, donde un hombre, con un zalico (trozo) de pan en la mano, cortaba con la navaja un gran tomate, de aquellos que aún sabían a tomate, y nos relataba historias de su paso por la División Azul; de cuando caminaron sobre los lagos helados de Stalingrado..., o cuando, en una huida en tromba, una bala le atravesó el cuerpo sin dañar órganos vitales. Mirábamos con cara de asombro, y allí, con la luz mortecina del atardecer, tuvimos las primeras noticias de la insensatez de las guerras y la estupidez humana en su conjunto.

Los atardeceres estivales eran de tipo juanramoniano, con puestas de sol ensangrentadas y olor a pasto; vacas mugiendo en la distancia, y aviones y golondrinas engullendo mosquitos al vuelo.

Entre la luz híbrida del atardecer y las primeras bombillas, una niña regresaba a casa con la lechera de porcelana en la mano, cantando canciones de Marisol, y los pájaros acudían a los cables juntándose en fila. Por debajo de ellos, algún hombre de gesto avinagrado ordeñaba las cabras recién llegadas del cabrial, y un niño, a su lado, intentaba aprender a ordeñar con poco éxito: “No ehpurrincha la teta, papa…” / ¡Cómu va a ehpurrinchal, si ehtáh engarañáu... y no tiénih albeliá pa’ jacel naaa…!”.

En los atardeceres de verano, la gente regaba las lanchas de cantería de las puertas, y se sentaba en el poyo a comentar la jornada, entre muchachos intentando derribar murciélagos con las tarmas del corral, y el sol ocultándose tras las tejas rancias y las chimeneas de los tejados “despostilladas”, deslucidas de humos, y llenas de pelos de gatos sarnosos que restregaban su cuerpo sobre ellas.

Luego, por los ochenta, conocimos aquellas puestas de sol veraniegas al final del baño en los pantanos (con fotos que acabaron en recurrentes postales caseras), a la vez que los adolescentes volvían al pueblo en bicicleta, sin luces ni frenos..., con los respectivos ángeles de la guarda pedaleando al lado.

Las mujeres mayores nos contaban que “otrah vecih” (antiguamente) mozas y mozos bailaban toda la tarde con el tamboril, hasta la hora de encenderse las luces, momento en que las jóvenes doncellas aldeanas salían corriendo para casa, cual cenicientas recatadas.

Allá por el siglo XVI escribió San Juan de la Cruz aquello de: “Al atardecer de la vida, nos examinarán del amor”. Y ahí, tal vez, en ese pardear final, veremos cuánto hemos dado a cambio de no esperar nada..., cuánto hemos tenido en cuenta el sufrimiento ajeno más que el medraje propio; en qué medida, en fin, hemos estado a bien con esa cosa antigua y pasada de moda que se llama “conciencia”. Ojalá sea cierto que un día conozcamos una justicia rotunda y verdadera, que saque las vergüenzas a esta patraña que nos vendieron por justicia.

Al pardear, iban haciendo sombra las piedras de guijarro sobre una tierra preñada de atardeceres con fecha de caducidad en las vidas..., vidas que van ineludiblemente pardeando hacia el ocaso último, esperando a que el tiempo, ese impostor implacable, les marque la caída final de la tarde.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

sábado, 28 de marzo de 2015

Paraíso en la tierra



La primavera llegaba con toda su carga de colores y olores imposibles de expresar; sensaciones que nos marcaron para siempre, infinitamente superiores al mundo virtual que ahora se nos ofrece a cambio de dinero.

La vida de los niños en aquellos pueblos se desarrollaba en total contacto con el medio. Tal vez en primavera era cuando más frecuentábamos las salidas al campo, que teníamos a dos patadas de casa. Allí, en aquel entorno silvestre, vivíamos en perfecta comunión con la naturaleza. Parte de nuestros juegos y enredos transcurrían entre canchos y andurriales próximos al pueblo. Nos echábamos en los verdes forrajales, en un silencio de insectos y olor a margaritas, oyendo el trino de los pájaros, contemplando el vuelo de las mariposas, o viendo las bandadas de aves trazando un arco en el cielo, que acababa transformándose en una uve de victoria. Quedábamos quietos, hipnotizados, sintiéndonos, sin saberlo, burladores del mundo y del espacio-tiempo, hasta que las campanas del pueblo nos devolvían a la realidad..., que ni malditas las ganas de volver a ella.

Jugábamos por los campos al Capitán Trueno, o al Jabato. Todos los niños, lógicamente, queríamos ser el Capitán Trueno, o en todo caso Crispín, pero nunca el gordinflón de Goliath. Lo mismo pasaba con el Jabato, donde nadie quería ser el orondo Taurus ni el flacucho y melindroso poeta griego Fideo. Cuando no había consenso, se pasaba a jugar, por ejemplo, a los mosqueteros, y el problema volvía, una vez más, cuando todos pugnábamos por ser D´Artagnan, aunque alguno se conformaba con Athos o Aramis. La astucia, en estos casos, consistía en pedir raudo y veloz el personaje…; claro que el truco verdadero era proponer tú mismo el juego, y en décimas de segundo pronunciar el nombre deseado. Con estas cosas pasábamos largas tardes primaverales, con espadas de vardascas de olivo metidas por la presilla de las “calzonas cortas”. En lo más alto de los canchos se veían nuestras largas siluetas, entre revoloteo de gorriones y el sol desapareciendo tímidamente tras los collados poblados de encinas.

Cuando ibas al campo con tu abuelo, sin compañero de aventuras, uno de los recursos era jugar a Tarzán, y lanzar el famoso grito en forma de alarido esperpéntico, que a veces te devolvía el eco de los campos, y otras ocasiones, simplemente, espantaba a los pájaros de los árboles y zarzales cercanos, o a las ovejas del cortinal más próximo. Tu abuelo acababa llamándote al orden y pidiéndote una cierta calma, que duraba tan poco como el tiempo de regresar tu abuelo nuevamente a sus asuntos.

Los arroyos corrían entre jolgorio de pájaros y cielos aborregados. Desde lo alto de los cerros, podíamos ver a los campesinos en las hondonadas, como pequeños puntos negros sobre un manto policromo, con un fondo de montañas nevadas, a la par que un solitario Renault Cuatro Latas pasaba por alguna estrecha carretera, casi integrada en el paisaje, con las cunetas rebosantes de maleza. En el silencio tan sólo escuchábamos, como una voz antigua perdida en el vacío, uno de aquellos gritos arrieros que de niños oímos hasta la saciedad: ¡¡Burruuuu aquíííí!!

Los olores primaverales se mezclaban con el olor a cirio de las procesiones, donde se cantaban saetas desde lugares ocultos e insólitos. Me contaron de dos mozos voluntariosos, en los años cuarenta, de escasas dotes para el canto, que se atrevieron con una saeta desde la ventanilla de una troje, desentonando y provocando las risas contenidas al paso de la procesión..., o de un hombre de voz aflautada, escondido en un bidón de obra, que año tras año sorprendía con su estilo tiritón y aflamencado.

Los chavales de ciudad nos llegaban por Semana Santa, perfectamente pulidos, con una piel de porcelana nada habitual en aquellos lares curtidos de soles y cierzos inmisericordes. Por ahí salimos en algunas fotos con ellos, fotos que nos hacían sus padres (portadores de las únicas cámaras de la época), donde aparecemos siempre con gesto tímido y actitud retraída, como niños de una tribu rural subordinada.

Cuando estos chavales nos acompañaban por el pueblo, siempre había alguna mujer mayor que les preguntaba: “¿Poh y tú de quién erih, bonitu?”, y una vez enterada del linaje, volvía a la carga, con voz de asombro: “¡Uyyyy, poh si no te conocía... cómu hah envernecíuuuu...!; ya me diju tu agüela que llegabaih ehta tardi…”. El chaval se limitaba a asentir con la cabeza y a poner cara de circunstancias, mientras continuaba con nosotros hacia el parque de atracciones primaverales, a correr por ahí, con los demás, entre canchales rodeados de amapolas..., o quizá junto a las ruinas de lagares de aceite abandonados y cargados de misterio, que dejaban intrigados a los infantes advenedizos.

Y luego llegaba mayo…, “que por mayo era por mayo, cuando hacía la calor…”, cargado ya de flores y ríos de deshielo que ofrecían bondadosos sus aguas..., aguas que luego desembocaban en otros ríos mayores, labrando onduladas esculturas en la piedra, como un Gaudí milenario, de paciencia infinita, que hubiese modelado el granito hacia formas de otros mundos, tal vez formas de mágicas ciudades olvidadas. Aquellos parajes de las obras artísticas del agua, recibían nombres locales como “Las Potras” y cosas por el estilo; nombres toscos y adaptados a la recia existencia campesina.

Todo en aquel entorno estaba presto al deleite de los sentidos: mariquitas que revoloteaban desde la palma de las manos; mariposas blancas de la buena suerte; margaritas del sí y el no, que alentaban ilusiones; la flor de la escoba con su olor inconfundible; el olor a hierba recién segada; los caños abundantes de las fuentes; los jarales florecidos, y las grandes extensiones de agua del pantano de Gabriel y Galán, que veíamos como un Lago de Tiberíades autóctono, con fondo de montañas hurdanas y salmantinas... Todo en una paz y un sosiego que no se pagan con dinero. Quizá el paraíso del que hablan algunas profecías, tenga cosas en común con los momentos vividos en aquellas primaveras.

Las niñas se afanaban en recoger amapolas y margaritas para confeccionar los ramos a la Virgen. No faltaba tampoco el jardín de alguna maestra o señora de postín rural, donde se cultivaban claveles y rosas de pasión, dando lugar a ramos para las niñas más allegadas. Y luego allí, en la iglesia, en la tarde de las comuniones, las niñas se mostraban nerviosas, en la antesala de lo que iba a ser su efímera tarde de gloria. Y comenzaba el recital, con gestos histriónicos y lastimeros, que hacían llorar a las mujeres asistentes. En aquellos versos de mayo, siempre se escuchaba el mismo sonsonete, heredado de generación en generación: “Nino nino nonino nonino, nino nino nonino noní…”.

Por mayo llegaba también El Corpus, con altares de fabricación casera repartidos por los barrios, repletos de ornamentos naturales, con macetas de geranios, tomillo y junco por el suelo; flores en tarros de cristal, colchas bordadas, y alguna imagen del Sagrado Corazón que la gente tenía en sus casas. Las sábanas blancas colgadas de las cuerdas, formaban tabiques casi imaginarios, que daban cierre a un surrealista escenario callejero, de un abigarrado e improvisado plateresco extremeño.

Tan pronto hacía sol como tan pronto aparecían las nubes, salidas de la nada, y se ponía a llover con profusión, o a “chuceal” (lluvia fuerte), dando lugar a una de las estampas más habituales de la primavera, que eran los hombres regresando del campo con manojos de espárragos atados con cuerdas. Aún recuerdo a mi abuelo volviendo sonriente de esta guisa.

Los trigales eran objeto de pequeños hurtos infantiles, más por juego y travesura que por hacer verdaderamente daño. La espiga en la mano de los niños era todo un clásico; eran las chuches naturales que daba la tierra, infinitamente más sanas que las de ahora. Comíamos las espigas con cuidado de no “añurgarnos” (atragantarnos) con ellas, y chupábamos las campanillas dulces que encontrábamos al paso por los caminos. Las inocentes niñas de generaciones pasadas, apenas se atrevían a tocar las espigas. Cuenta mi madre, que siendo niña, ella y una íntima amiga, decidieron, no sin grandes dudas, coger cuatro espigas que se mostraban sugerentes tras las paredes de un camino. Al poco tiempo el remordimiento las hizo ir raudas a confesarse, y habiendo escuchado al cura decir que lo robado sólo se restituye devolviéndolo a su dueño, tuvieron la ocurrencia de cortar cuatro espigas de un trigal propio, y lanzarlas al trigal perjudicado, para calmar sus afligidas conciencias. Semejante acto de nobleza y candidez, sería objeto de mofa en este tiempo, algo inconcebible a día de hoy, donde la mentira y el latrocinio son “activos” imprescindibles para el medraje...

Los niños setenteros tuvimos el privilegio de jugar y gozar por los campos paradisíacos, algo que apenas disfrutaron aquellos otros niños flacos y desnutridos de posguerra, que fueron nuestros mayores, para los cuales el campo era sinónimo de trabajo. Aquellas sufridas criaturas, sí, que sacaron los cerdos al campo, oxearon pájaros, comieron tajadas de tocino y fueron “arreciando” a golpe de Ceregumil.

Ante aquella explosión de vida y naturaleza, de la que apenas éramos conscientes, vivíamos, en cambio, con total sencillez, sabedores de nuestras limitaciones, que no eran tan distintas a las de ahora. Estábamos aún muy lejos de alcanzar este mundo de petulancias, que nos otorga un protagonismo bastardo, para luego rebajarnos a la mínima expresión humana.

Fueron abriles y mayos que vimos desde la mirada asombrada del niño que fuimos, rodeados de vida a borbotones, en un tiempo mágico de trigales y amapolas, de campos tornasolados y flores a porfía. Paisajes y verdores de un regalo caído del cielo, que nos brindó un trozo de paraíso en la tierra, y una impronta en el alma que llevaremos de por vida. Mientras tanto, seguimos esperando, como aquel olmo herido por el rayo, otro milagro de la primavera.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

sábado, 7 de marzo de 2015

Ropa de domingo



En los baúles de lata y madera, o en los armarios de lunas de cristal y patas carcomidas, dormían las ropas reservadas para momentos especiales, como el día del patrón, alguna boda cercana o importantes fiestas de guardar. Descansaban en un letargo de oscuridad y naftalina, librando, con la mayor de las dignidades, la alocada carrera consumista de un sistema que vendría más tarde a idiotizarnos, y a marcarnos con el sello de una bestia apocalíptica que nos reduce al mundo feliz y programado que atisbase Huxley en su célebre novela.

Los viejos se vestían para la ocasión con pantalones de pana casi hasta los sobacos, “correína” de material, "chalequino" negro sobre camisa blanca almidonada (con pechera y sin cuello), sombrero de paño y botines negros perfectamente embetunados. Todo con un añejo olor a baúl, que hasta el papel del caramelo que nos daban a los niños, despedía un plomizo aroma a alcanfor.

No podía faltar, tampoco, la “vardasca” (vara fina) de olivo en la mano, y la "ramina" de poleo en la boca. La vardasca era como el cordón umbilical que unía a los aldeanos con la tierra; era como una forma de salvar el vértigo que producían las cosas mundanas, permitiendo al campesino sentir el contacto ancestral con el medio en cualquier momento incómodo. De esta forma, la vara de olivo, los mantenía aferrados a su natural elemento, pues era gente muy sacada a trabajar y poco habituada a recesos. La fiesta era algo ocasional, y tal vez un lujo que a veces provocaba sarpullidos en la conciencia.

En aquellas tardes festivas, veíamos las figuras de los hombres en las zonas de tierra, jugando a “la rayuela”, con las camisas blancas arremangadas y la frente limpia de sudor. Con una mano lanzaban el chavo a la navaja, y con los dedos amarillentos de la otra, sujetaban el cigarro sin boquilla. Los demás permanecían mirando, hieráticos y firmes, como bíblicas estatuas de sal. No era de lo más frecuente ver a aquellos hombres de recio temperamento y nervio a flor de piel, en actitud relajada y placentera.

El aire frío del atardecer deshacía las partidas de rayuela y demás encuentros sociales, poniendo fin al pequeño paréntesis dominical, con frases como: “Habrá que ilsi recogiendu ya, que vieni un airi que afeita…”. Y así, hasta el próximo domingo, pues no había sábados libres, ni se manejaban los modernos términos, como “puente” o “fin de semana”.

En los pueblos, nos “remuábamos” para la fiesta. “Remualsi”, o remudarse, podía significar dos cosas: cambiarse de muda (ropa interior), o ponerse la ropa de domingo, que a veces todo era una misma cosa a la vez. Esta dilatación entre muda y muda, hacía que algunas personas mayores no entendiesen posteriormente ciertas bromas televisivas, como aquel chiste de Eugenio, del picapedrero y el paquete de siete calzoncillos para los siete días de la semana.

La pelliza era la prenda de invierno masculina más usada. Cuando el sombrero de paño y la pelliza dejaban de ser aptos para “remuarse”, se colgaban en cualquier percha de la casa de los abuelos, proyectando con el candil figuras tenebrosas de tíos del sebo que desataban los miedos infantiles.

Las mujeres mayores vestían un variado muestrario de sayas, que servían para casi todo, y a falta de Mantón de Manila, usaban “pañuelos de cien colores”, que eran un sucedáneo más adaptado al exiguo poder adquisitivo de aquella España rural sembrada de guerras y estrecheces.

Me cuentan que las mozas de otros tiempos, tenían tres trajes reservados, independientemente de la época del año: el de domingo, el de “ante bueno” (de mayor nivel), y un tercer traje, considerado el mejor, para días verdaderamente especiales. Así aparecen ellas, tan sonrientes y ufanas en esas fotos cincuenteras, con algún puente romano en lontananza.

Eran telas guardadas que pasaban todo el año compartiendo baúl con la colcha bordada de la bisabuela, y después de un par de décadas de vida limpia y placentera, acababan sirviendo como ropa de faena, entregándose a los fieros sudores de los campos extremeños.

Sobre finales de los sesenta empezaron a llegar las modas capitalinas, con pantalones de campana, camisas ajustadas de gran solapa (al estilo de Los Brincos y otros grupos yé yés del momento), zapatos y botas de tacón..., minifaldas atrevidas..., collares y medallones de quincalla..., cabellos largos “despelujaos” (despeinados)..., y aquellos grandes cinturones macarrillas con el busto de un caballo en la hebilla. Estos excéntricos atuendos vinieron a poner fin a toda la indumentaria precedente, que había sido innegociable durante muchas décadas.

Los niños sesenteros y setenteros vestían ropas recortadas, como si hubieran encogido en un lavado en frío, o más bien hubiesen sido aprovechadas en exceso, ignorando el crecimiento de sus beneficiarios. Nos peinaban con flequillo, o con la raya perfectamente marcada con un peine que alguien compró en el mercado de Ahigal, mojando el peine con agua de pozo, previamente echada en el palanganero. Era la estética infantil que podemos ver en esas fotos de procesiones que tanto abundan por ahí, con niños lígrimos y fibrosos, muy distantes de la obesidad infantil de nuestros días, a base de comida basura y pseudocultura del mismo nombre.

Los chavales, por inercia, seguíamos jugando a las mismas cosas de cada día, sin reparar en la ropa que llevásemos puesta. Luego llegaba la bronca al regresar a casa, con la ropa manchada de saltar a "pídola", o de sentarnos en cualquier parte... “¡¡Uyyy cómu trai loh pantalonih..., ondi habrá ehtáu metíuuuu..., tira por ahí p’allá que te que te...!!”.

El pantalón corto infantil recibía el nombre de “calzonas cortas”, que se usaban incluso en los meses de otoño y primavera, sujetas, en algunos casos, por tirantes.

Cuando llegaban los señoritos de los madriles, se distinguían por sus atuendos innovadores. Los propios niños de ciudad también eran portadores de otros ropajes distintos y más actuales que los locales. Los niños de los pueblos se acercaban con sus humildes ropas recién planchadas, como aquel niño pobre del poema de Juan Ramón Jiménez, al que la madre arreglaba con ilusión, y le decía, en un gesto de orgullo contenido: “Ea, pareces un ñiño rico…”.

Entre las prendas de entretiempo, la rebeca era la prenda femenina por excelencia, y se usaba con algún zapato formal de medio tacón, que permanecía gran parte del año en la misma caja de cartón que trajo del comercio. Las mujeres, después de El Viacrucis, paseaban por las inmediaciones de las ermitas, cogidas del brazo, entre olor a escoba primaveral y la presencia de alguna monja novicia que vino a visitar a la familia.

El traje de comunión era el summum de las vestimentas, y suponía un gran esfuerzo económico para la mayoría de las casas. La temática era recurrente: para los niños, traje de marinero, blanco o azul marino, o en todo caso gris marengo, más acorde al gris de la tierra. Las niñas iban de blancores deslumbrantes, como pequeñas hadas extremeñas, resueltas y vivarachas. Desfilábamos en una especie de paseíllo taurino, mientras un fotógrafo único y multidisciplinar, tiraba una instantánea, pillando el destello de los zapatos de charol, al tiempo que las madres y abuelas mostraban la mayor cara de felicidad que se puede llegar a tener, cuando las pequeñas cosas se convierten en lo verdaderamente importante de la vida.

La atmósfera del domingo era distinta. De repente el ritmo se tornaba plácido y cansino, y hasta las golondrinas revoloteaban descuidadas y sabedoras, quizá, de que en aquel ambiente habitualmente hostil, de manera tácita, se firmaba un extraño armisticio en las tardes dominicales.

A falta de imaginación, ni tiempo para tenerla, la gente se limitaba a replicar las mismas costumbres de siempre. Lo más novedoso pudiera ser alguna escena de dos o tres hombres alrededor de un transistor, con la quiniela en la mano, sentados sobre cajas de cerveza. Las imágenes rurales del domingo eran pobres y limitadas, lejos de esas estampas impresionistas que podíamos ver en los parques de las ciudades.

Los niños hacíamos cola frente a una mujer sentada junto a una pared, que en cada pueblo se encargaba de vender las chucherías, con su humilde cesta llena de colorido y dulzores. A veces la camisa regresaba a casa manchada de chupa chups de fresa.

La cultura de los vinos después de misa, fue en auge, hasta llegar a la máxima cota de popularidad en los ochenta, incorporándose las tapas y pinchos en los bares, con nuevas manchas y lamparones que añadir a las glamurosas ropas festivas.

Al atardecer del domingo, con la temperatura benevolente de junio, y sin cambiarse de ropa, los hombres llevaban el burro al cortinal, como única actividad del día; luego se paraban a hablar por los caminos, cuando ya el crepúsculo de sangre marcaba los estertores dominicales.

La tarde festiva tocaba a su fin, con gritos de niños jugando a “Tres marinos a la mar” y niñas saltando a la teja con el lazo del vestido ya suelto. Así fuimos agotando los domingos, para dar paso a un mundo lleno de modas con fecha de caducidad reducida, ropajes espurios y cachivaches obsolescentes, con los que, los ingenieros sociales del tercer milenio, intentan dar carpetazo a lo poco de humano que nos va quedando, para acercarnos al hombre masa orteguiano, que una vez despojado de espiritualidad, se dedica a consumir sin medida y a competir ferozmente contra todos..., y tristemente, sin saberlo, contra sí mismo.

Y luego llegaba el lunes, sí..., el implacable lunes..., “lo tan real, hoy lunes”, que escribiese Jorge Guillén.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

domingo, 15 de febrero de 2015

Aguas pasadas



Desde la casa de su abuela, una niña miraba la lluvia a través de la vieja ventana; los canalones vertían a raudales un agua generosa que regaba los campos y traía noticias de verdores y nuevas alegrías. Un momento atrás, la abuela había hecho unas “plingás” de pan con aceite, y habían cantado juntas: Don Militón tenía tres gatos, que los hacía bailar en un plato... Por los cristales empañados se apreciaban difusas las figuras de los burros al pasar, y los cielos enmarañados reflejaban su luz grisácea sobre la ventana, al tiempo que las calles eran ríos portadores de sueños y deseos cumplidos. La niña anhelaba salir con sus botas katiuskas a pisar charcos con los infantes de su tiempo..., y a poco que buscase por las calles, nos hallaría a todos por allí, juntos cantando la consabida y evocadora canción infantil de las lluvias: Que llueva, que llueva, la virgen de la cueva...

Era la lluvia complaciente que riega los campos y trae un regusto a promesa. La lluvia como único recurso a veces; la lluvia siempre esperada...; aguas y lluvias que han quedado presentes en el álbum de fotos de todos los que fuimos niños un día, y que tal vez lo seamos para siempre.

En aquellas tierras norteñas, el agua nunca llegaba con moderación. Cuando llovía copiosamente durante largo tiempo, podíamos oír hasta el hartazgo la frase recurrente: “Ehtámuh ya enguarchináuh de tanta agua…”. A veces, en cambio, la tierra esperaba con la paciencia de Penélope, pero la lluvia no llegaba. Era el momento de sacar los santos en procesión, hasta el punto, incluso, de asomar las imágenes a los pozos secos, y en no pocas ocasiones surtía efecto. Si la fe mueve montañas, con mayor facilidad podrá mover las nubes, pensaban algunos.

Los temporales, y los largos periodos de borrascas, se llamaban "invernáh" (invernadas), y podían suponer dos meses de lluvia constante, aguacero y hostigo impetuoso. Siempre que llueve escampa, nos decían, y así parecía ser. Pasada la lluvia, las calles recobraban su pulso, con un fragor de niños y perros, de vitalidad aldeana y algarabías tan propias de aquel tiempo.

Los niños construíamos balsas de barro y piedra, que se cerraban colocando una compuerta de pizarra. Era frecuente que algún cafre nos echara abajo todo el invento, o a veces, incluso, la balsa era pisoteada por nosotros mismos al marcharnos. Tal vez preferíamos demoler la propia obra de ingeniería, en un acto de autodestrucción y dignidad, antes de verla aniquilada por la bota de algún Gulliver malicioso, y evitar oír la risas trogloditas que se escuchaban siempre en estos casos. También hacíamos edificios de barro, y hasta incluso esculturas de animales, en una tendencia natural de los niños a modelar el barro y sentir el contacto directo de las cosas puras. Hasta el propio Jesús, siendo niño, junto a un arroyo, según cuenta el Evangelio Apócrifo de Santo Tomás, hizo doce gorriones de barro y dando una palmada los echó a volar.

Después de las lluvias invernales, las paredes de granito se colmaban de musgos, basilios y caracoles..., los campos se cubrían de hierbas altísimas..., los regatos corrían con profusión..., los humedales y charcas abundaban en el líquido elemento…; los arriates de los jardines rechazaban las aguas sobrantes..., y todo parecía apuntarse a la fiesta de la fertilidad.

Ya de noche, los sapos se arrastraban por los rollos de las calles, anunciando “demuación” (bajas presiones), y poco después llegaban las lluvias con toda su carga de prosperidad. Con las pompas de la lluvia sobre los charcos, aprendimos que el agua venia para quedarse, como un huésped bienvenido y bien hallado, aunque a veces repudiado si prolongaba en exceso su estancia.

Algunos arroyos aún pasaban por medio de los pueblos, y en las calles había pasarelas de granito para cruzar de un lado a otro, como rústicos puentecillos de aldeas medievales. Luego fueron canalizados, y algunos muchachos se colaban por los grandes tubos, en un incontenible afán aventurero. Se veía un túnel oscuro con una luz al fondo, como en el cuadro de “La subida al Empíreo”, de El Bosco, y los más intrépidos se atrevían a avanzar túnel adentro (calle arriba), y salían por el extremo opuesto, pasando al más allá (que no era otra cosa que el final de la calle), ante la admiración de los niños presentes, y ganando, por supuesto, un respeto entre los miembros de la tribu, subiendo un nivel más en el pobre escalafón de la supervivencia.

Los ancianos hacían sus sabias predicciones observando el cielo: “Menúa trifulca se ehtá preparandu...”; “Va a habel toca tamborih ehta tardi...”, o tal vez: “En oyéndusi lah campanah de Ahigal... agua segura…”.

Me cuentan cosas de otro tiempo, cuando los muchachos caminaban con zancos hechos de madera de encina, y se burlaban de charcos y barrizales, andando por todo el pueblo, un poco a caballo entre extraños mutantes del cine fantástico y escuálidos lazarillos de la novela picaresca. Estos eran los juguetes útiles y asequibles que daba la tierra, integrados en el entorno natural, fácilmente reciclables, garantizados de por vida y totalmente gratis..., quién da más.

Todo era verde: verdes las orillas de los caminos, verdes los impermeables de los ganaderos, verdes las botas de goma hasta las rodillas, verde el agua de las lagunas, verdes los verdes “yerbazales…”, todo, con la lluvia, parecía cubrirse de un verde esperanza.

Otro de los juegos propios de los meses lluviosos, eran las carreras de barcos de papel, o más bien de corcha, con mástiles de palo y velas de trapo. Recuerdo de muy niño haber seguido una cáscara de nuez, con una vela de papel que alguien me colocó, surcando entre guijarros por medio de la calle, hasta llegar a otro barrio de la zona baja del pueblo. Allí llegué a sentirme como un pequeño aventurero, arribando a tierras lejanas, con amazonas y caballeros andantes, donde quizá blandiese su espada el mismísimo Amadís de Gaula... Me quedé allí, atontado, sin saber casi dónde estaba, hasta que la voz dulce de una viejina me despertó del letargo: “¿Qué jacih pa quí tan lejuh, bonitu?”.

El ganado bebía en los abrevaderos, incluso dentro de los pueblos, o en lagunas y charcas, o tal vez en arroyos y regatos, que en aquellas largas invernadas corrían por doquier.

Capítulo aparte merecían las goteras. No había casa o corral que se preciase, que no tuviera sus dos o tres goteras, como formando parte del hogar, igual que el gato o la cabra. Eran como pequeños duendecillos de agua, que alteraban la paz, sin otro propósito que incomodar las vidas campesinas, ya de por sí plagadas de tribulaciones. Las tejas se recorrían solas, o se quebraban ya de viejas, o a través del impacto de piedras voladoras..., o a veces eran desplazadas por los gatos en sus nocturnas discrepancias.

Desde lo alto de algún cerro, podíamos ver la figura de un hombre montado en un mulo, deslizarse lentamente por un camino, con un enorme paraguas negro cubriéndolo todo. Aquellos grandes paraguas eran un híbrido entre paraguas y paracaídas, no en vano, los niños saltábamos con ellos desde lo alto de los pajares. Eran paraguas a prueba de bomba, que una vez rotos, los arreglaban los “alañaorih” (alañadores), aquellos artesanos ambulantes que de tarde en tarde recorrían las calles de los pueblos, repitiendo, como un viejo mantra, su reclamo triste y antiguo: “¡Eeeel alañaooool!”.

La lluvia nos traía días de mesa camilla y brasero de picón, o de lumbre y chimenea en casa de los abuelos, escuchando Radio Nacional. Todo se paralizaba en el momento de oír las señales horarias anunciando el comienzo de “El parte”: “Callálsuh, que van a dal el parti…”. Mientras tanto, el agua golpeaba incesante las tejas, y se escuchaba el ritmo cadencioso de la gota en el baño de la troje.

Los refranes sobre el tiempo, formaban parte de la vida cotidiana, y aunque para nada servían, al menos daban alivio y un plus de comunicación: Por San marcos se llenan los charcos... Marzo ventoso y abril lluvioso sacan a mayo florido y hermoso... Cuando marzo mayea, mayo marcea... Cielo aborregado, a los tres días mojado...

Había historias sobre los temporales, que parecían sacadas del surrealismo literario hispanoamericano, y que los más pequeños encajábamos con total inocencia. Nos contaban, por ejemplo, que a una mujer mayor, muchos años atrás, se la llevó un huracán por las grandes sayas que tenía, y voló tanto y tanto, que fue a parar a las afueras del pueblo. Es lo que tiene salir con grandes sayas los días de huracanes.

Algunas épocas eran más propicias para las lluvias; desde muy niño escuché aquello de: “Los carnavales son muy devotos de agua…”. Y así parecía confirmarse año tras año. Eran las estadísticas de la propia experiencia, bastante más fiables que algunas actuales.

Después de largo tiempo sin lluvia, la tierra recién mojada nos traía aquel olor característico, que en los pueblos llamaban “olor a sequío”; era ese olor tan propio de las tormentas, que tan grato recuerdo nos deja en la memoria.

Uno de los días inolvidables en la vida de un niño, es el encuentro majestuoso con el primer “arco iris”. El arco iris representaba la ilusión, la magia de las cosas imposibles. Lo veíamos allí arriba, como algo inalcanzable que nos llegaba del cielo..., como algo, no sé, que venía seguramente de Dios, y en ningún caso del averno, pues a este último lo intuíamos más cerca de nuestros pies.

Los niños quedábamos absortos ante aquella fantasía de colores. Veíamos el arco iris aparecer, secundado por pájaros, enmarcando los cercados y los prados verdes. Imaginábamos trepar a él, y "repicolgarnos" de los colores favoritos, al estilo Pipi Calzaslargas, y quedarnos allí jugando para siempre, mirando con lástima hacia el suelo, donde está la materia más densa, tan propia de los estados del alma donde tiene su morada el sufrimiento.

Lluvias imperecederas, lluvias arbitrarias, lluvias “moja bobos”..., lluvias, en fin, tan nuestras. Fueron aguas pasadas que ya no moverán molinos; aguas de nuestra infancia, que nos legaron un bello patrimonio de bucólicas imágenes; memorias de un tiempo que nos dejó para siempre un poso de dignidad. Son ya recuerdos descendidos a las zonas abisales, donde habitan las cosas verdaderas, aquellas que hunden sus raíces en lo más arcano y profundo de la felicidad.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

sábado, 31 de enero de 2015

El comercio


La palabra comercio, tal vez nos rechine en los oídos como una actividad de compraventa y especulación sin límites; pero de niños conocimos otro tipo de comercio: “El comercio”, que era tan sólo la tienda pequeña de toda la vida, cercana en la distancia y cercana en lo humano, que a modo de miscelánea, abastecía a las familias de las pocas cosas que necesitaban.

Aquellos comercios de los pueblos no tenían un nombre específico, ni un cartel encima del dintel con el que llamar la atención de los transeúntes; era tan simple como ir “en ca tía...”, o “en ca tíu…”. Con el nombre del dueño bastaba. Generalmente tenían el nombre de la mujer, pues eran éstas las que más tiempo atendían la tienda, mientras el hombre se ocupaba de tareas agropecuarias.

Al entrar en aquellos comercios, teníamos la impresión de entrar en una casa particular, invadiendo la intimidad de la misma, que a fuerza de ser visitada durante años acababa siendo un poco parte de la nuestra. No había un horario establecido; podías llamar a cualquier hora del día. Llegabas allí, obedeciendo un recado (un mandado), y tocabas la madera con los nudillos, o entreabrías un poco la puerta y chillabas, por ejemplo: “Tíaaaa Lucíaaa....”; y al fondo de la casa se oía soltar la cuchara en el plato y gritar: “Yaaaa vaaaaaa..., qué quiérih, bonitu”. / Que dici mi madri que me dé uhté mediu kilu de alubiah y un cuartu de galletah María... / Dili a tu madri que han subíu doh realih lah galletah…”.

Aquel comercio que conocimos, nada tenía que ver con esa cosa abominable representada por la serpiente del caduceo. Era más bien una modesta y honrada forma de ganarse la vida. Las tiendas eran pequeñas, humildes, y tan personales, que cada una tenía su olor particular. No había tampoco una regla fija en la decoración: lo mismo podías encontrar un mostrador a la entrada, heredado de los antepasados..., un cuadro de un bisabuelo vestido de militar, un calendario con el busto de Gabriel y Galán, o unas estanterías hechas por algún carpintero de solera.

Algunos comercios se heredaban de unas generaciones a otras, pasando parte del mobiliario a la nueva empresa. Se pesaban los productos con básculas antiguas, de pesas, y en algunos comercios más rústicos, incluso en romanas. Luego fueron llegando aquellas modernas básculas de color blanco, con cristal, que recordaban un poco la estética de la moto Vespa, ya con un cierto aire de cultura americana de los sesenta.

Los niños, además de hacer recados, íbamos a los comercios para nuestro disfrute, que eran cuatro cosillas contadas: confites, caramelos, chicles de Bazooca, chupachús, “peonas” (peonzas), “bóluh” (canicas) y aquellas pastillas dulces de leche de burra, que podrían haber sido patrocinadas por la mismísima Mesalina.

Casi todo se vendía al peso. Arroz, lentejas o azúcar, se servían en cartuchos de papel, portados por el propio cliente. Estos cartuchos tenían una larga vida; se colocaban a veces en el fondo de las sillas de nea, para disimular los agujeros de éstas, y después del contacto con las posaderas rurales, se reutilizaban una y cien veces, y nos mandaban con ellos al comercio a por más huevos o garbanzos. Íbamos corriendo a comprar, como íbamos corriendo a todas partes, y el riesgo de ver la mercancía por los suelos estaba siempre latente. Todo era, ciertamente, altamente reciclable, sin necesidad de inútiles campañas medioambientales, ni contenedores específicos para cada cosa. Era todo mucho más sencillo y amable con el medio: los envoltorios no existían, la materia orgánica iba a las gallinas, cerdos, burros, cabras, perros y gatos..., y los escasos cachivaches que se compraban, duraban veinte o treinta años. Era un desarrollo verdaderamente sostenible, sin cumbres planetarias  que tan sólo sirven para dar matarile al planeta.

A la vuelta de la escuela, nos tirábamos largos ratos mirándonos en los escaparates de los comercios, esperando ver algo nuevo que sólo aparecía muy de tarde en tarde. Aburridos de ver siempre lo mismo, quedábamos allí, hipnotizados, mirando nuestras caras de panolis en el cristal, como atontados, perdidos en la periferia de los pensamientos. Luego nos marchábamos soltando el aliento en el cristal y escribiendo, quizá, “iniciales, que son nombres de enamorados, cifras, que son fechas”, como en los célebres álamos machadianos.

También las madres nos mandaban a por pan a la tahona: “Prenda, veti a la tahona a por un pan”. Aquellas tahonas verdaderas, donde el pan no llevaba aditivos. Eran los grandes panes de hogaza que inevitablemente pellizcábamos al salir de la tahona, y a veces sin salir de ella. Quedábamos asombrados con aquella especie de hormigonera usada para la masa del pan, y muchas veces, ya por costumbre, o por enredar, le pedíamos al panadero que nos pesara en la báscula destinada a los sacos de harina: “Tiu Claudiu... ¿me pesa uhté...?”, y poníamos la misma cara de entusiasmo que ponen los niños ahora al subir a cualquier artilugio lúdico, esperando que nos dieran el resultado del peso, aunque sabíamos que era siempre el mismo.

Se pagaba todavía con monedas de dos reales, con el "agujerino" en medio (que servían también para hacer tope en las cuerdas de las peonzas), o con perras gordas y chicas de aluminio, con aquellos relieves de lanceros a caballo, ya desgastadas, como antiguos denarios romanos de una Roma mermada y bellotera.

Algunos comercios hacían las veces de farmacias, y vendían productos básicos, como pastillas de Okal para el dolor de muelas, Ceregumil para los niños “gajientos”, alcohol y algodón para las mataduras de las rodillas, Tanagel para las cagaleras estivales, o Calcio 20, para los niños flacos y huesudos, con la sombra alargada del raquitismo de los negritos de África, que ya veíamos por las primeras teles en blanco y negro.

La gaseosa seguía siendo el refresco por excelencia; tanto era así, que cada comercio era representante de una marca u otra: unos llevaban La Molina de Béjar, otros la Casera y otros la Revoltosa. Incluso había reparto de gaseosa por las casas, y hasta incluso reparto nocturno, con un carreto de madera con ruedas de hierro, armando estruendo sobre los rollos de las calles, en las noches del fresco veraniego. Era todo mucho más hermoso, literario y poético que ahora.

Ya existía el binomio frutería y pescadería, que luego perduró en el tiempo. Cuando el pescadero traía sardinas, sonaba un pregón, y esa noche, ni que decir tiene, el pueblo cobraba un manifiesto olor a sardinas, y los gatos se mostraban más nerviosos que Don Quijote en un parque eólico.

Otra manera improvisada de comercio, que nosotros ya apenas conocimos, fue el trueque. Llegaban vendedores ambulantes con las bestias, y portaban alubias de El Cerro, que cambiaban por garbanzos o trigo; Castañas de Mohedas, o del Casar, también cambiadas por trigo. El barbero y el herrero, cobraban las “igualas” a base de trigo, demostrándose así la inútil necesidad del dinero; ese invento del diablo que alguien creó para perder las almas en favor de la usura. Con aquellos trueques, sin intermediarios ni impuestos añadidos, el comercio justo (ahora tan de actualidad), era una realidad cotidiana; de aquella manera, se daba a cada uno lo que era de cada uno, a Dios lo que era de Dios, y al César... nada.

La gente de los pueblos más pequeños se desplazaba andando a los pueblos de mayor tamaño, que servían de epicentro comercial. Todo eran caminantes hablando por los caminos, como en el "Viaje a la Alcarria" de Cela: “Eh, vah pa Ahigal... / Sí, ámuh p'allá a compral unah cosinah…”. En estos pueblos más grandes, había incluso zapaterías, ferreterías, droguerías, tiendas de ropa, de telares, de vestidos..., mercería, etcétera. A través de este intercambio, llegaba a conocerse la gente de unos pueblos con otros, en medio de una camaradería ya menos frecuente en nuestros días.

Algunos comercios eran tan sólo de alimentación, y otros se atrevían incluso con sencillas ropas, alejadas de modas o extravagancias; o tal vez vendían calzado, adaptado a las necesidades más inmediatas: preferentemente botas katiuskas para los grandes barrizales, zapatos de charol “pa remualsi” (vestir de domingo) el día del patrón, o zapatos Gorila, con la pelotina verde y maciza de regalo, que en no pocas ocasiones acababa encalada en el tejado de algún corral castizo, no sin antes haber hecho la oportuna gotera.

Aún conservo en la retina de mi más tierna infancia, algún viejo comercio de la generación de mis abuelos, con sachos y hoces en el techo (como en El embargo galaniano), sartenes, calderos, trébedes, tripas para la matanza... Todo de lo más sobrio, artesanal y un tanto oscuro, pero con un halo de honradez antigua, imposible de encontrar hoy en la bazofia publicitaria que nos asedia.

De tarde en tarde llegaban los charlatanes, y aparcaban la camioneta en cualquier plazoleta, vendiendo ropa, billeteras, correas y, sobre todo, mantas para sustituir a los antiguos “cubertónih” (cobertores). Se colocaban allí, en calles y plazas, como los políticos de nuestro tiempo en los mítines, y soltaban una larga perorata, con una verborrea desconocida para los aldeanos, ofreciendo casi todo, a cambio de casi nada. Hablaban de regalos y más regalos... bla, bla, bla. A pesar de nuestra corta edad, ya sospechábamos que eso de tantos regalos no podía ser cierto. Así fuimos aprendiendo, desde niños, que la supuesta gratuidad de las cosas, casi siempre lleva aparejada una engañifa.

Aún quedan pequeñas tiendas en los pueblos, ya lejos de las aquí referidas. Las tiendecillas de las grandes urbes fueron desapareciendo poco a poco, siendo la triste y fiel crónica de una muerte anunciada, fagocitadas por los grandes centros comerciales, que son los actuales Gargantúas del consumo insaciable, y las cómodas compras en los interneses, que te llevan a casa la mercancía con un aluvión de envoltorios insostenibles. Todo está al servicio de los adoradores del demonio Mammón (dios apócrifo de la avaricia), que han ido diseñando un mundo a su imagen y semejanza; un mundo descreído y sin alma, que no tiene más dios que el dinero.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

domingo, 18 de enero de 2015

Tirando tiestos



Entre la niebla mañanera de un día cualquiera de diciembre o enero, desfilaba un pobre gorrino ibérico hacia su altruista inmolación en favor del hambre comunitaria, hambre de un pueblo que no hacía tantos años que acababa de “echar la gajera” (salir de las estrecheces). En plena calle se disponía la mesa matancera y la chamusquina. Los niños más sensibles corríamos lejos de la escena del sacrificio, para no oír, ni siquiera en la distancia, la acústica del sacrificio de un cerdo que a buen seguro un día asistimos con “berbajos”, mondajas (cáscaras de patatas) y alguna carantoña desconfiada. Luego, todo transcurría en detalles que no son objeto de esta crónica, pues aquí me recrearé más bien en los aspectos amables de las jornadas matanceras, que tanta magia desbordaban para los críos, ávidos siempre de novedades y aventuras.

El mismo día de la matanza, acompañábamos a madres y abuelas a los arroyos de las cercanías a lavar las tripas. Una vez más, las corrientes generosas se llevaban la inmundicia y nos limpiaban de todo lo que nos sobraba, que era bien poco.

Los niños marchábamos con la lengua del cerdo en un plato de porcelana, hacia el veterinario, con sumo cuidado de que no se cayera. La lengua iba tapada con un trapo, como un cadáver mínimo, camino del ayuntamiento. Antiguamente, cuando salía un cerdo con triquinosis, era un drama para la familia afectada, pues suponía la pérdida de gran parte de los recursos alimentarios para el resto del año. Posteriormente se decidió crear una sociedad, donde cada vecino abonaba una cantidad de dinero por kilos, al objeto de recibir una indemnización, llegado el caso.

Por las noches, alrededor de una mesa camilla, y bajo una luz timorata, se jugaba a la lotería con unas fichas de madera ajada y unos cartones descoloridos; o quizá al Cuco, con viejas cartas desgastadas, que tal vez pertenecieron a alguna antigua taberna de la familia. Allí se compartían ratos entrañables, en un entorno hospitalario y netamente humano. Mientras tanto, hasta la mesa llegaba el calor y el resplandor de la lumbre, y un olor a ajo y guisos matanceros impregnaba el ambiente.

Los escasos placeres gastronómicos venían de la mano de los dulces caseros: tortas de anís, jeringuillas, buñuelos de caña, roscas fritas, perrunillas y demás repostería rural, combinando lo más rudimentario con lo más exquisito de las cosas naturales.

La gente joven de la matanza recorría el pueblo con pequeños y adaptados instrumentos caseros, dando pasacalles al estilo navideño, y en ocasiones coincidiendo con la propia Navidad. Los más pequeños iban detrás, con los ojos como platos y el entusiasmo que llevan los niños a todas partes. 

Se entonaban bellas canciones del folklore más añejo, que retumbaban por las calles medio oscuras, como salidas de un coro descompasado de antiguas tradiciones y penurias: “Esta noche ha llovido mañana hay barro, pobre del carretero que está en el carro, quítate niña de ese balcón…”.

Por las mañanas, temprano, los anfitriones de la matanza agasajaban a los vecinos con un chupito de aguardiente, higos secos y algunas “dulzainas” (dulces) matanceras, y al terminar la matanza invitaban a “asar un cacho” a la gente allegada. Se compartía lo poco que se tenía, pues, como es sabido, los más pobres han sido siempre los más generosos; así parece repetirse esta máxima desde el principio de los tiempos.

A los niños los mandaban las madres a llevar huesos a las familias de confianza, para dar curso a los diversos compromisos. Algunos niños detestaban los guisos de huesos, y se alegraban viéndolos salir en una u otra dirección, con la esperanza de que nunca más volvieran..., pero los huesos eran de ida y vuelta, y regresaban con las matanzas de los propios beneficiarios, como un vengativo búmeran extremeño que acababa devolviéndonos siempre las cosas menos deseadas.

Sobre algún árbol de las cercanías, los mayores nos colocaban columpios hechos de soga, con algún “aparejo” (trozo de tela vieja) de asiento. Algunos de los niños más pequeños quedaban marginados, y lloraban amargamente reclamando al hermano mayor su derecho al columpio: “¡¡Me quieeeeeru ehcolumbeaaaaal...!!”. El columpio era una de las cosas más esperadas en las matanzas por parte de los críos. Allí, en aquella cuerda de magia repentina, volábamos al viento entre pájaros y cielos interminables, y nuestros pies parecían tocar las nubes, como Heidi en las montañas de los Alpes. Mientras tanto, al compás del balanceo, las niñas cantaban: “Este columpio está abierto, nunca lo veo cerrado, pasa la Virgen María, vestida de colorado…”.

Pero tal vez el acontecimiento más esperado por los muchachos de la matanza, era el momento nocturno y alevoso de ir a “tirar los tiestos”. Esta tradición nada tenía que ver con devaneos amorosos, como la conocida expresión de “tirar los tejos”, asociada al galanteo pueblerino, que parece tener su origen en un antiguo juego segoviano, llamado "El tejo", consistente en lanzar un trozo de teja contra un palo de madera clavado en el suelo. Los mozos que jugaban en las plazas de los pueblos segovianos, aprovechaban para lanzar el tejo cerca de la moza deseada, para acercarse a ella con la excusa de recoger el tejo... Ni nada que ver con aquella otra que escuché un buen día, de un pueblo de la España profunda, donde el pretendiente de alguna moza en cuestión, una vez llegada la noche, se acercaba de incógnito a la puerta, y tiraba la boina en casa de la pretendida, esperando, con el corazón en un puño, a ver si la boina salía disparada otra vez por la puerta, o si, en cambio, era bien recibida, y le era entregada en mano al día siguiente, dando lugar a la oportuna formalización del noviazgo, una vez dilucidado el asunto en el pequeño sanedrín familiar...

“Tirar los tiestos” era otra cosa, era sencillamente lanzar objetos de barro por las puertas de las casas, aprovechando el descuido de sus moradores. Era un acto de travesura, de vandalismo de baja intensidad, integrado en las costumbres de aquellos pueblos norteños. Se arrojaban por las puertas cacharros rotos de lo más variado: cántaros, botijos, tejas, bombillas fundidas, e incluso alguna tinaja de pequeño tamaño..., quizá la tinaja donde estuvo el puchero de beber el agua, el mismo que aguantó con paciencia las babas de un par de generaciones.

El cántaro roto que se tiraba, puede que fuese el cántaro que se le rompió a la lechera en la fábula de Samaniego, pues eran muchos los planes que aquella pobre gente hacía, y muy pocos los que fructificaban.

Nos acercábamos a las puertas con un silencio monacal, y una vez lanzado el tiesto, éste se estrellaba con estrépito sobre el suelo de cemento pulido del patio. Después de la emoción del tiesto lanzado, esperábamos la respuesta inmediata, que casi siempre llegaba en forma de mujerina chillando: “¡Qué ha sonáuuuu paíííí!”; y una voz tosca y hombruna, que a continuación contestaba: “Qué hóhtiah va a sel... poh algún tiehtu que moh habrán tiráu…”.  Acto seguido emprendíamos la carrera de manera alocada, entre risas y nervios, mientras se oía en la lejanía la voz amenazante de la mujer: “¡¡Uyyy si loh cojuuuu..., uyyyyyyy si loh cooooojuuuuuu!!”.

A veces salían viejos encolerizados corriendo detrás de los muchachos gamberros, a los cuales no podían coger (y ni siquiera identificar), despotricando y blasfemando hasta la extenuación. La gente solía reaccionar con irritación, a pesar de que el tiesto se tiraba en el marco de un contexto puramente matancero, que contaba con la aquiescencia de los mayores, y estaba relativamente asumido. Me cuentan, incluso, de una mujer que iba a tirar tiestos con los niños más pequeños, y, una vez lanzado el tiesto por ella misma, caminaba con los infantes cogidos de la mano, y al asomarse a la puerta los receptores de la maceta perturbadora, esta mujer gritaba: "¡¡Uyyyyyy, loh tíuh joíuuuu, por ahí van corrienduuuuu ahora mihmuuuu!!".

De peor gusto que los tiestos eran los “zahumerios...”: un bote de lata lleno de trapos sucios, plásticos y pringues de toda índole, que, una vez prendidos, soltaban un humo maloliente dentro de las viviendas.

Esta broma de los tiestos se daba también entre gente de la máxima confianza. Contaba mi abuelo que, en cierta ocasión, llevó una tinaja pequeña a un corral que tenía próximo a la casa de un allegado (participante en la misma matanza), con el pretexto de desecharla y confinarla a un rincón mugriento del citado corral; pero este buen hombre, al ver a mi abuelo de esta guisa, sospechó que la tinaja llevaba como destino la entrada de su humilde vivienda, y acto seguido cerró todas las puertas a cal y canto. Mi abuelo lo contaba muerto de risa, pues, evidentemente, le habían adivinado las intenciones.

A mi abuelo lo enseñó a tirar tiestos su abuela, quedando de manifiesto que era una tradición centenaria, heredada y aprendida (pues tenía su arte). Los tiestos, cántaros, tinajas o vasijas, estuvieron siempre presentes en la historia de la sufrida gente rural. Aquellos tiestos representaban, quizá, el barro frágil de la existencia, la metáfora misma de la propia vida, hecha añicos sobre un suelo de granito o pizarra..., representaban, en fin, las semblanzas de unas biografías forjadas en el barro, y como el barro, un día, precipitadas.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS