sábado, 28 de marzo de 2020

De usted



Nunca faltaron al deber, al sacrificio, a la entrega por los suyos, al trabajo bien hecho y merecido. Los tratábamos de “usted”, sin saber que ese tratamiento implicaba un mérito ganado con sudor, ganado con arrojo...; los tratábamos de usted por inercia cultural, sí, pero sin ser conscientes de los galones que se habían ganado a fuerza de darse sin reservas… sin esperar a cambio casi nada, como guerreros ejemplares procedentes de una estirpe humilde y anónima, que conformó también el curso de la historia.

El respeto a los mayores estaba entre las normas emanadas de la costumbre, que no hacía falta explicarlas en exceso... Ni los muchachones más gamberros, que lanzaban piedras y fiscalizaban las calles aldeanas, osaban faltar al respeto abiertamente a un anciano (otra cosa muy distinta es que lo hiciesen en petit comité, todo hay que decirlo); si acaso, todo lo más, hacían burlas y chistes por lo bajini; tal vez alguna mofa por aquí o por allá, dirigida a un viejo borrachín que pasaba por la calle desentonando antiguas canciones de la mili, pero siempre con el freno de mano echado, y conscientes del rapapolvo que se les venía encima si llegaba cualquier queja a oídos de sus progenitores.

Los mayores nos mandaban a hacer recados con suma frecuencia, y nunca fuimos capaces de negarnos. Corríamos endiabladamente a hacer cualquier mandado sin rechistar... De repente, un hombre que pasaba inopinadamente por la calle, te mandaba a su casa (que estaba al otro extremo del pueblo) a recoger una cuerda olvidada en el corral, y tú, sin más dilación ni preguntas de por medio, salías disparado, como un repartidor de pizzas del futuro, acompañado de otros dos velocirráptores, cogiendo esquinas sin mirar, sorteando burros cargados de tarmas y viejas con calderillas de patatas. En tiempo récord estabas de vuelta con la cuerda, y, casi sin tomar tierra, se la dabas en la mano con un escueto: “Tomi uhtéd”, al tiempo que seguías el vuelo hacia tus juegos infantiles, como las golondrinas en su alocado revoloteo sorteando chimeneas.

Allá por los setenta y los ochenta, los chavales de los madriles, ya muy modernos ellos, se sorprendían al oírnos tratar de "usted" a nuestros padres, y mostraban una disimulada sonrisa, sin ocultar un cierto tonillo de superioridad. Luego nos preguntaban, aparte, el porqué de nuestro tratamiento a los mayores, a lo que nosotros, descolocados, no sabíamos realmente qué responder, pues para nosotros, ellos, los altaneros impúberes llegados del asfalto, estaban siempre a la vanguardia de las cosas, y nuestra actitud era tendente a imitarlos, sin más, aceptando como válida cualquier mercancía de procedencia urbana.

Por todas partes escuchábamos el “usted” respetuoso, ante cualquier cumplido o saludo: “¿Va uhtéh p’ allá…?”; “Pueh uhtéh verá…”; “Y uhtéd que lo conóhca…”; “¿Ha vihtu uhtéh pasal un perru que se me ha ehcapáu?…”.

Especialmente chocante resultaba el trato dado por las hijas a sus ancianos padres, cuidados por ellas mismas. Resultaba curioso observar el contraste, por ejemplo, cuando combinaban alguna regañina, como quien se dirige a un niño, con el tratamiento de usted, como quien se dirige a un padre: “¡Quieri uhtéh dejal de rebacal ya de una veh, que ehtá tol día rebacandu…!” (dándole vueltas a la cabeza en actitud pesimista).

Entre el “tú” y el “usted”, normalmente mediaba una generación, pero no siempre era así, como veremos en algunos casos verdaderamente llamativos.

Los "mozos viejos", aquellos eternos solterones de mirada retraída y cigarro adosado a la mano, eran relegados al "tuteo" hasta muy avanzada edad, aun incluso por nosotros, los más pequeños, y sobre todo por los indómitos muchachones mayores, que olían la debilidad del prójimo como los tiburones huelen la sangre... Es como si la soltería, a estos ancianos mozos, les otorgara un irónico elixir de juventud, a pesar de las arrugas bien marcadas que, en cambio, para nada respetaban el celibato rural. Era una soltería a la que, en muchos casos, no llegaban por vocación, sino más bien por su espíritu pusilánime para enfrentar las artes del galanteo, donde ni el vino peleón de la taberna consiguió redimirlos de su cortedad. Y así, de esta forma, se quedaron con el tuteo de unos y otros, como pequeños dardos envenenados que les dejaban un poso de derrota, hasta que un buen día “doblaban la servilleta” para siempre, dejándole en herencia a una sobrina, no más allá de una angosta casilla sin luces a la calle, con cuatro aperos de labranza y un viejo burro “cojilitranca” de mirada mohína, que esperaba a la postre igualmente su final.

Las personas con alguna deficiencia mental, también estaban indefectiblemente condenas al tuteo, independientemente de su edad. Eran tratadas de tú por chicos y mayores, aunque quizá el tuteo no fuese el mayor menoscabo al que se viesen abocadas, pues había otros peores que no son materia de este texto. Podíamos ver, por ejemplo, cualquier tarde soleada de otoño, a algún pobre aldeano deficiente, ya casi anciano, sentado en un poyo al sol, con la boina torcida y la mirada hacia ninguna parte, al tiempo que unos y otros pasaban por su lado brindándole saludos de lo más variado: a veces cariñosos y a veces un tanto guasones, mientras él contestaba de forma mecánica, con monosílabos o respuestas recurrentes, en una rueca de frasecillas pueblerinas aprendidas y usadas a modo de comodín: “Ehhh, Antoniu, ¿qué bien ehtáh ahí al sol?”. / “Siiii, mu bien…”.

El tratamiento de “don” y “doña”, normalmente llevaba aparejado el tratamiento de usted, independientemente de la soltería. Así pues, maestros y maestras, médicos, boticarios… y demás gente de carrera, gozaban siempre el privilegio del “usted”; y por supuesto el cura del pueblo, por joven que éste fuera: “Don Constantinu, querémuh bautizal a la niña, pa que uhtéh lo vaya supiendu con tiempu”.

Los hombres y mujeres recién casados mantenían el estatus juvenil por pocos años. En la medida en que iban llegando sus hijos al mundo, ellos iban adquiriendo el nuevo tratamiento de personas mayores de cara a la población menuda, a la par que las patas de gallo, y el rostro curtido por el sol de justicia de los campos extremeños, les dejaban la impronta que les servía de garantía para su nueva condición de adultos.

Un buen día, los jovenzuelos "urbano-rurales", a caballo entre el semáforo y el corral, henchidos de modernidad, decidimos cambiar el "usted" por el "tú" a todo quisqui, y las primeras víctimas fueron, cómo no, nuestros propios padres, que apenas se enteraron, pues lo hicimos con nocturnidad, en un timo verbal perfectamente dosificado. Fuimos alternando ambas formas, para que no se notase en exceso: a veces los tratábamos de usted, y otras de tú... y en la medida en que fueron bajando la guardia, se quedaron con el tú ya para siempre. A los que no fue tan fácil cambiarles el tratamiento, fue a nuestros abuelos, que aún se resistían con esa ancestral manera de concebir el respeto jerárquico por edades, tal y como ellos lo vivieron, y nos lanzaban alguna que otra protesta en defensa propia. Pero al final, con la poca energía de quien se sabe ya vencido por los años, también fueron claudicando, derrotados, en parte, por el vertiginoso y moderno estado de cosas que se les venía encima sin apenas tiempo para digerirlo... Fue ese mismo y moderno estado de cosas que un buen día les cambió el reloj de bolsillo por un Casio digital importado de Japón. La misma obsolescencia, sí, de un nuevo tiempo insolente donde ellos mismo sintieron, quizá, que al igual que a los yogures, les habían colocado en la boina un sello de caducidad... Y así fueron aceptando nuestro tuteo, como fueron aceptando el resto de cosas, alternando una sonrisa con una mueca de resignación.

Fueron, y son, nuestros mayores, sí, nuestros padres y abuelos, nuestros héroes de un pasado ya olvidado… de antiguas estaciones de tren con olor a zotal…, de escobas de baleo a la puerta, de calderillas de zinc cargadas de higos chumbos…, de cántaros a la cabeza que nunca se cayeron… y de bocas desdentadas prestas siempre a la sonrisa. Fueron las últimas generaciones del “usted”, las últimas generaciones con mayúsculas, a las que nunca pagaremos en justicia. Se merecían, y se merecerán por siempre, esa atención y cariño que algunas veces les racaneamos, y ese reconocimiento, en fin, de que todo lo mucho o poco que somos se lo debemos. Cuidemos sin reserva a esos pocos supervivientes del naufragio que aún nos quedan por aquí, como reliquias de un pasado de olor a galapero, sentados, quizá, en un sillón de skay, con la mirada perdida, pero sin perder la dignidad.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

lunes, 6 de enero de 2020

Ale, vámuh



Entre los ruidos y algarabías que retumbaban por las calles de nuestra infancia, una parte no despreciable se la llevaban los saludos y cumplidos que los aldeanos se repartían sin descanso, con la generosidad propia de las cosas que no cuestan casi nada. Lo más sorprendente, es que un buen día debieron descubrir, quién sabe, que el tono elevado en el saludo daba mayor credibilidad al mismo. Tanto es así, que se hacía realmente complicado escuchar un cumplido en voz baja. A mayor volumen, sí, el saludo parecía ganar en certeza; así podemos intuir que quedó pactado desde muchas generaciones atrás. De esta forma, desde primeras horas de la mañana podíamos escuchar a grito pelado el intercambio de saludos, cumplidos y parabienes tan propios de aquel tiempo aquí relatado: "Eyyy , ve con Dioh..."; "Aleeee, vámuh…"; "¿Váih p’allá? / Siiii vámuh…"; "Que sea pa bien…”; "Ehhh, halaaa, vengaaaa…"; "Ehhh, ¿váh p’abaju?…"; “¿Ya viénih...?"; "¿Cómu ehtá uhtéh...?"

El inventario de saludos era muy amplio, y las circunstancias y escenas que se derivaban de los mismos, aún más. Estaba, por ejemplo, el saludo rápido y esquivo por ambas partes, que se resolvía sin perder el paso, con un repentino giro de cabeza propio de un desfile militar: "¿Vah p’allá...?". / "Voy p’allá…". Estaba, entre otros muchos, el saludo que buscaba retener al interlocutor a toda costa, donde uno ejercía de araña y otro de mosca atrapada en la tela mortal. Aquí entraba en juego la pericia de la víctima para eludir la tediosa presencia, lo cual no siempre se conseguía con éxito, pues no todo el mundo manejaba el arte de la excusa perfecta, prima hermana de la mentira piadosa... "Voy corriendu al ehtáncu ántih de que cierrin", podías poner como pretexto, pero no siempre funcionaba... Estaba también el saludo que buscaba abiertamente la complicidad y el chisme, típico del alcahuete de guardia que no faltaba en cada esquina...; y estaba, en fin, el saludo sospechosamente atento, de aquél con quien apenas tenías trato, pero que un buen día aparecía con fingida amabilidad y una atención desmedida repetida durante varios días, hasta que al fin se desvelaba el misterio, que no era otro que el interés por un “cachimán” (pequeña parcela de terreno) o una tierra lindera que intentaba conseguir a un precio asequible, y a la que, por supuesto, se refería usando diminutivos tendentes a menoscabar el valor de la misma: "Esi cachinu de tierra que me linda allí... a vel si noh llegámuh a entendel".

No pocas veces este asunto que nos ocupa, daba lugar a escenas tragicómicas. Cuantas veces, verbigracia, en una calleja cualquiera del pueblo, el destino te ponía ante la vicisitud de encontrarte con alguno de esos múltiples enemigos que se iban acumulando a través de las diversas pendencias surgidas en el ambiente viciado de las sociedades cerradas... De repente, mira tú, una noche cualquiera inevitablemente ocurría: al doblar una esquina, aparecía delante de tus narices el enemigo número cuatro, bajo la luz tenue de una humilde bombilla de plato. La reacción de ambos era dar un "rejurtu" (retroceso repentino), sin cruzar palabra alguna, y maldiciendo al destino por haber colocado en un mismo tiempo y lugar a un sujeto indeseable, algo que no debía resultar extraño con tan pocas calles en juego, sin duda insuficientes para eludir por mucho tiempo a la burlona ley de la probabilidad.

Desde muy niño me dejó marcado (ya lo relaté en alguna ocasión) el saludo ininteligible de los hombres que pasaban con el Celtas Cortos (cigarro de la época) entre los dedos amarillentos... Era un saludo escueto, ronco y tabacuno, de una forzada gravedad de chato de vino y regreso tabernero entre las luces grises del atardecer, en un marco rural de penumbra y tristeza que contrastaba con una sutil y bella melancolía.

Especialmente agotadores eran los saludos después de un año sin pisar por el pueblo, en las típicas visitas veraniegas (tal vez en las fiestas patronales), donde el saludo constante por aquí y por allá se convertía en una suerte de tortura, que a menudo se arreglaba con dos o tres frases hechas, repartidas a modo de octavillas verbales que íbamos lanzando a diestro y siniestro, calle arriba o calle abajo, ante la pertinaz acometida de unos y otros.

Pero de todos los cumplidos que tuvimos ocasión de vivir, el que se llevaba la palma, por curioso y pintoresco, era el saludo atento de alguna viejecilla clásica, de las de siempre, que una vez llegábamos al pueblo en vacaciones, en un tono chillón y un marcado acento extremeño, nos hacía siempre la paradójica y oportuna pregunta: "¿Habéih veníu?…". En ese mismo instante, inevitablemente, se te pasaba por la cabeza hacer la gracieta ante tus amiguetes, y contestarle a la pobre anciana algo así como: "No, llegaremos mañana". Pero inmediatamente se imponía ese respeto reverencial hacia los mayores, que en aquel tiempo era casi sagrado, y con buen criterio decidías morderte la lengua, ante las risillas de los mariachis que te acompañaban, y con un gesto de seriedad forzada, contestabas a la anciana con la cortesía oportuna... Y la anciana, como si estuviese escrito en algún guion, remataba el cumplido siempre con la segunda pregunta: "¿Habéih veníu tóh...?" ; "Sí, sí, hemos venido todos, tía", contestabas..., y entonces, por fin, continuaba su camino renqueante y satisfecha. Seguramente, más que a ti mismo, a quien realmente dirigía el cumplido la mujer era a tus padres o abuelos a través de ti, en alguna deuda eterna que tenía con ellos, vete tú a saber desde cuándo ni por qué razón, pero estas cosas eran propias de las personas de aquel tiempo, donde aún quedaba gente enormemente agradecida.

El débil apretón de manos del señorito oficinista, de dedos blanquecinos y afilados, contrastaba con el violento apretón del labriego de manos anchas y “porrúas” (con dedos gruesos), más dado a empuñar la “segureja o el sacho”, y que a nada que te pillase con la guardia bajada y la mano relajada, podía lesionarte el dedo meñique y dejarte como en las viñetas de Mortadelo y Filemón, contándote los dedos para ver si estaban todos en su sitio, a la vez que, con un vozarrón quebrado y un ligero tufillo a coñac, te soltaba algo así como: "¡Me cagüen tooo la lechi, si no me llégah a decil naaa, ni te había conocíu!".

Uno de los peligros que acechaban al viandante desprovisto de coraza, era encontrarse a quemarropa con alguno de los pelmazos oficiales del reino, de aquellos que se habían ganado la fama a pulso, y tenían la astucia de esperar a la pieza en un lugar propicio y transitado, o a veces en dos sitios a la vez, con un extraño don de bilocación... A estos paisanos en particular, les bastaba una tímida mirada por tu parte para retenerte con algún pretexto cualquiera, que acababa en una larga retahíla de monsergas y temas intrascendentes, de cuya situación no era fácil desenredarse... Pero el culmen de esta escena, la apoteosis misma, era cuando coincidían dos púgiles de la misma naturaleza, que podían estarse en plena calle durante un tiempo indefinido hablando sin parar, cayéndoles la pelona invernal sin apenas inmutarse, como actores secundarios de una insignificante obra cotidiana, sin más fondo de escenario que las rejas mugrientas de la ventanilla de un corral. Allí se podían eternizar, sí, perdiendo la noción del tiempo. Cuando el uno hablaba, el otro apuraba el cigarro, y viceversa. Cuando el primero hacía amago de marcharse, era retenido hábilmente por el segundo; cuando ya parecía retirarse el segundo (en un disimulado gesto de derrota), era rescatado por el primero con alguna coletilla machacona... y así todo el rato, en una interminable lucha sin cuartel, en un bucle sin salida del cual sólo podía librarte un tercero... Tanto es así, que al final acudía al rescate un inocente niño de la familia, enviado para la ocasión, que, con voz aflautada, se dirigía al padre de esta guisa: "Que dici mama que jaci ratu que está la cena fría…".

Los saludos entre los chavales eran casi inexistentes, con la vergüenza siempre por bandera. Los niños rurales éramos tremendamente retraídos; veíamos estas cosas de los cumplidos como algo propio de señoritos, o de las películas y otras pamplinas por el estilo... Los abrazos y los afectos en general, eran poco frecuentes entre los niños varones; hasta el simple hecho de estrecharse la mano era una rara avis entre nosotros, y en especial entre el conjunto de la tropa muchachil, que no era otra cosa que un riguroso tribunal de prejuicios... Los actos de ternura de cualquier naturaleza eran vistos como algo melindroso que nos provocaba una mezcla de sonrojo y desprecio, pues nuestras formas eran casi siempre rudas y cortantes. Nuestros saludos, pues, no iban más allá de un simple: "¿Ondi hah andáu…?", con la cabeza gacha, y en un tono hombruno y pueblerino debidamente impostado. Las niñas, sin embargo, eran mucho más afectuosas entre ellas, y más dadas a besuqueos y abrazos, algo que estaba sobradamente aceptado en su papel femenino.

Desde muy niños nos enseñaron a decir frases como "hasta mañana si Dios quiere", al acostarnos; o "buenos días nos dé dios", al levantarnos; cosa que hacíamos de manera mecánica y no siempre con el mejor talante, ciertamente. La timidez o la falta de modales mostrada por los más pequeños, enfadaba con frecuencia a nuestros mayores. Los abuelos, sin ir más lejos, nos reprochaban a menudo nuestra actitud con una palabra antigua, sacada de las arcas del pasado, y que tantas veces nos tocó escuchar: "Zurrupiu" (persona antipática y poco comunicativa). De esta forma, ante cualquier situación en la que faltásemos al pertinente cumplido, éramos tachados de “zurrupiuh” en tono severo y gesto displicente: "Paécih un zurrupiu...”, nos decían, y nos íbamos cabizbajos, con el “honor” de haber recibido un inesperado título, sin saber muy bien lo que era, pero con la sensación de que algo no estaba en su sitio.

El saludo entre los muchachones mayores, era un saludo varonil y gamberro, a veces en forma de silbido y preferentemente desde lejos, para que tuviese el efecto deseado. Estos silbidos largos y castizos se escuchaban indistintamente en los pueblos y en los campos; era una forma ancestral y corriente de comunicación, que quizá hundía sus raíces en las cuevas de la prehistoria... o vete tú a saber dónde..., y hacía las veces de una tecnología de andar por casa (sin batería) para las comunicaciones a media distancia, tal y como podemos ver en los famosos silbos de La Gomera.

Andando por el campo, un día cualquiera, podíamos oír uno de estos mencionados silbidos y alzar la cabeza persuadidos de que nos reclamaban desde lo alto de algún sitio, cuando en realidad el silbido iba dirigido a algún animal despistado, o quizá se tratase tan sólo de un zagalillo aprendiendo a silbar ante la inmensidad de las vaguadas, sin llamar a nadie en particular, sino jugando tan sólo con el eco…, y experimentando sus primeros escarceos con la soledad.

Los cumplidos meteorológicos, seguramente tuvieron su origen en ambientes rurales, y luego se exportaron a las ciudades, especialmente al espacio claustrofóbico de un ascensor; pero nosotros pudimos oírlos directamente en los bellos escenarios que adornaron nuestros años menudos: “Paeci que ha refrehcáu algu… / Sí, paeci que hoy jaci ya máh frehquinu".

Algunos saludos toscos y primitivos que escuchamos en nuestra infancia, se podían canjear perfectamente por gruñidos, graznidos, balidos, chasquidos, rebuznos, relinchos… alaridos deformes... no sé... o a veces onomatopeyas locales…  Se mezclaban los sonidos de la naturaleza con los ruidos humanos, como en un variopinto festival acústico donde a menudo se confundiese el hombre y la tierra, como en el título de aquella serie televisiva del gran Félix Rodríguez de La Fuente.

El saludo hacia los ancianos era bastante recurrente, tanto en preguntas como en respuestas. "¿Cómu anda uhtéh, tiu Ambrosiu?”. / “Vaaaah, ca veh peol hiju, loh viejuh vámuh toh p’abaju…". Sus respuestas adivinaban un pesimismo crónico, propio de cuando las derrotas prevalecen sobre las victorias, y las cicatrices dejan marcas imborrables en los pellejos sobados por el tiempo.

La comunicación con los animales estaba en sintonía con el ambiente de la época, y, salvo excepciones, no era especialmente amable ni abundaba mucho en delicadezas. En muchos casos solía dividirse en algo así como "reclamo y despedida". La llamada a los perros, podía ser quizá: “Tova tova" (frotando los dedos índice y pulgar)…, y la despedida era directamente: "Durduuuu…", dando un pisotón en el suelo... Para los gatos el acercamiento podía procurarse a través del clásico... "míiiiisinu", y la despedida, “saaapeeee”, dando un par de palmadas en el pantalón de pana... A las gallinas, con los populares “pítah pítah" y “píruh píruh”... y en fin, a los burros, a las ovejas, a los guarrapos (cerdos), a las cabras... y al resto de la fauna doméstica se les llamaba de múltiples maneras, personalizadas por cada sujeto o incluso propias de cada localidad. Así pues, podíamos escuchar por todas partes sonidos de lo más variado y surrealista: “Túmah túmah"…, "bechi bechi"…, "raaaggggg"...

Aún ha perdurado la sana costumbre campestre de saludar a todo hijo de vecino que te encuentras por calles y caminos, ya sean locales o forasteros; incluso los senderistas capitalinos que recorren las rutas de nuestros pueblos, saludan a todo aquel que se tropiezan por esas sendas de Dios, en una sabia adaptación a las cercanas costumbres rurales.

Según decía Mark Twain, escritor y humorista, “La buena educación consiste en esconder lo bueno que pensamos de nosotros y lo malo que pensamos de los otros”. Es tan simple como eso; pero bajarse del ego debe ser como apearse de un tren en marcha al borde de un terraplén, y ese vértigo no estamos dispuestos a afrontarlo.

Tengamos a bien, al menos, seguir con los saludos y cumplidos que nos legaron nuestros heroicos antepasados, que no cuestan dinero, y aún siguen funcionando como el pegamento natural y accesible que nos une como personas, y consigue salvar, aunque sea por un instante, nuestras torpes diferencias...  Ale, venga, id con Dios.



JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

sábado, 27 de julio de 2019

En buena gavilla


Al volver en vacaciones, después de nuestra diáspora bellotera por la dispar geografía ibérica, los abuelos, como por acto reflejo, siempre nos preguntaban: “¿Hah jechu gavilla p’allí...?”, sabedores de la importancia de la amistad en los años infantiles, donde el más leve desarraigo tira al traste los ánimos y deja a los infantes a merced de la tristeza.

El diccionario de la RAE, define el término “gavilla” como un conjunto agrupado de sarmientos, ramas, hierbas… y claro está, también de personas.

La amistad infantil, por aquellas comarcas septentrionales de la recia Extremadura, era, como todo en aquel tiempo, una amistad directa, sin medias tintas, y revestida de una impostada rudeza, donde cualquier cursilería te podía jugar una mala pasada ante las rigurosas patrullas callejeras. Tan pronto estábamos jugando tranquilos y en concordia, como de repente, sin venir a cuento, uno de tus propios amigos se ponía a lanzar piedras sin control, al grito de: “¡Avisu avisu, al que no se aparti lo guisu!”. En el fondo, quizá, aquella agresividad forzada, pudiera ser un mecanismo de defensa heredado, que dejase entrever los miedos ancestrales que llevábamos instalados de serie.

Las peleas y disputas formaban parte del panorama diario de nuestra vida menuda: "Ha empezáu él, que me ha echáu un galipu encima (me ha escupido). / Peru él me había llamáu ántih de nombri (me había insultado)". Las enemistades, fruto de pequeñas trifulcas muchacheras, no duraban mucho más de un par de días. El rencor infantil era un bellaco desarmado que tenía las horas contadas. En el siguiente encuentro grupal, uno de los efímeros enemigos, se iba acercando de forma remolona, cabizbajo, nervioso, con una prudencia inusitada, buscando alguna acción absurda que llamase la atención, como, tal vez, dar un puntapié en la puerta de lata de un corral, desatando los ladridos repentinos de unos perros flacos y justicieros, con el hocico asomando por las “talleras”. Los primeros intercambios de palabras eran cortos y extremadamente respetuosos, eran más bien inapreciables gruñidos con acento extremeño, en busca de la gavilla perdida. Al día siguiente todo volvía a su ritmo distendido y pendenciero, como si nada hubiese pasado.

Los nuevos amigos de la ciudad, y los del pueblo, compartían nuestras vidas sin conocerse entre sí, más que de referencias distorsionadas que les llegaban de nosotros, ante la imposibilidad de ser contrastadas. Vivíamos a caballo entre dos universos paralelos, uno de hierba y otro de asfalto, donde el agujero de gusano que los unía éramos nosotros mismos.

Luego estaban los amigos de los madriles, tantas veces citados, que nos venían entre julio y agosto a engrosar las adolescentes pandillas estivales; a veces tan urbanitas ellos, y tan rústicos los propios, que se entablaba una lucha tácita por hacerse con el liderazgo del grupo. Los capitalinos intentaban imponer su cultura de alquitrán periférico, impregnada de jerga Cheli y trifulcas karatecas (casi siempre inventadas), envuelta en la estética del Torete y el Vaquilla del cine quinqui del momento… o del Madrid áspero que nos mostrase en sus canciones el ínclito Sabina. Los vernáculos del lugar, como contrapartida, procuraban deslumbrar a sus rivales con su dominio del minúsculo orbe agropecuario, sacando pecho con actitudes varoniles, siempre basadas en la fuerza física, la valentía... y otras testosteronas por el estilo. Estas disimuladas batallas de amor propio, se convertían en absurdas disputas por una pueril hegemonía más propia quizá de la edad que de otra cosa: de golpe, un buen día, por ejemplo, quedaba mermada la autoestima del mozuelo oriundo, en una partida de futbolín o de billar americano, o quizá, no sé..., en el debate sobre la vida y obra de tal o cual cantante de moda. Pero al día siguiente, la providencia hacía que algún adulto local, mira tú, pidiese mano de obra juvenil para descargar un camión de alpacas, y allí acudían autóctonos y urbanitas a la par. Ni que decir tiene que los primeros recobraban la sonrisa y se sentían como jugando en casa, recuperando, de esta forma, el terreno perdido.

Algunos amigos se fueron muy pronto; unos perdidos por esa vasta geografía sin límites, y otros sencillamente para siempre. Fuimos testigos de ello a través de luctuosas noticias que nos fueron llegando con el paso de los años... En esta misma línea, se hace patente la pena de los ancianos que van perdiendo a sus quintos y amigos de toda la vida, de los cuales recuerdan hasta los momentos más remotos del pasado…; de cuando jugaban de chicos a subir a las “pingollas” de las higueras…, o de cuando compartieron pitarras y alegrías en días inolvidables de carnavales y mayordomías. Al recordar al reciente amigo perdido, unas lágrimas se les escapan por el rostro agrietado, mientras la tristeza “tortea” con los nudillos a la puerta, como un siniestro cobrador que viene a reclamar lo suyo.

Las amigas del alma, igualmente, aún se citan en los poyos de la vejez, donde rememoran, al fresco veraniego, episodios y momentos dulces de cuando jugaban de chicas a las casitas, con tejas rotas como único menaje del hogar, hojas de higueras y “mondajas” de las patatas a modo de comidas imaginarias, y unos palos de las tarmas haciendo las veces de trébedes. Las vemos sentadas, todavía, alternando silencios con risas repentinas a golpe de memoria.

En boca de los varones rurales, faltaría más, estaban siempre los amigos de la mili, que duraban varios años, con intercambio epistolar, donde las cartas estaban llenas de buenos deseos y faltas de ortografía a la par; o aquellos otros amigos cuarteleros, aún más antiguos, de los que nos hablaban a menudo los abuelos (sin que prestásemos mucha atención), algunos de los cuales aún nos tocó ir a visitar con el abuelo, en los años ochenta y noventa, por esos pueblos serranos.

Entre los chavales porfiábamos por casi todo, fabricando castillos en el aire, mentirijillas de cartón, y fanfarronadas copiadas de nuestro entorno, que a medida que salían de nuestra boca, iban bajando poco a poco el soufflé, conscientes de las reducidas expectativas que nos rodeaban. De esta manera, nuestras bravuconadas entre amigos acababan declinando hacia un tono realista, y nuestros sueños, con frecuencia, no eran sueños de altos vuelos, sino más bien de un vuelo gallináceo, donde, apenas empezábamos a sentir el vértigo del aleteo, ya estábamos nuevamente tocando con los pies las cagalutas de las calles y las verdolagas de los caminos, a la vez que el cacareo de alguna gallina picando las pamplinas de las paredes, nos recordaba la insalvable ley de la gravedad.

Los amigos rurales siempre estaban ahí, impermeables a nuestro destierro, esperando nuestra infalible vuelta veraniega, y encontraban por nuestra parte, igualmente, una fidelidad insobornable. A pesar de hacer nuevas gavillas en nuestras variopintas ciudades de acogida, siempre estaban presentes los amigos aldeanos, sí, como un valor seguro, como un puntal de castaño sobre las vigas astilladas de nuestro frágil edificio vital. Eran un referente en nuestras vidas, y con ellos dábamos la paliza a nuestros lejanos amigos metropolitanos, inventándoles incluso hazañas rurales jamás realizadas, como, quizá, recorrer un largo trecho de pie sobre un caballo al galope, y proezas similares.

¿Quién no recuerda, también, alguna de aquellas amistades impuestas por los mayores, o por circunstancias de aquí o allá, que en muchos casos no funcionaban? Eran gavillas manufacturadas, que valían sólo para un rato. Recuerdo vagamente un encuentro casual con un niño de La Pesga (parecido en la voz y el rostro al cantante Joselito). Lo conocí un buen día en unos baños de aguas termales, con olor a huevos podridos (azufre), a los que iba mi abuela, en un rústico balneario de pocas tonterías, sito en una dehesa de la Jarilla (creo que lo llamaban Baños del Salugral)... Allí pasé todo el día con el improvisado socio, jugando con unas “gállaras” encontradas en el camino de ida, y lanzando piedras a imaginarios gigantes recreados por encinas centenarias. Luego por la tarde nos despedimos para siempre, cada uno por caminos diferentes, con los burros a paso cansino, cruzando dehesas sombrías y campazos despejados, con álamos de sombras afiladas.

Nuestros amigos eran un fiel reflejo de sus mayores, pues aún no estaban influenciados por el exceso de factores externos de nuestros días, y mostraban con gran aproximación el carácter heredado, los gestos, los ademanes, y hasta los defectos y virtudes como una réplica menuda de sus padres o abuelos. Los había más sinceros y más "zorrínuh" (falsetes), los había más atentos y más "dehpegáuh" (distantes), los había más sociables y más "ehquívuh" (esquivos), los había más discretos y más "mezucónih" (entrometidos), los había más generosos y más "jorrúñuh" (tacaños), y los había, en fin, de todo el enorme espectro de luces y sombras que conforman la convulsa condición humana. Pero nosotros teníamos una innata tendencia a separar el trigo de la paja, y a quedarnos con las muchas o pocas virtudes de nuestros compañeros de aventuras, pues, a fin de cuentas, eran nuestros amigos, y sin ellos no éramos nada.

Las amistades, en algunos casos, iban variando con el paso de la infancia a la adolescencia, y de la adolescencia a la juventud, en esos caprichosos vaivenes tan propios de la edad, y esos gustos y virajes de distinta naturaleza que, de verano a verano, cambiaban el curso de las amistades, haciéndolas solubles en grandes pandillas, conformadas por pequeños grupúsculos de afinidad, donde todos iban juntos pero no revueltos.

Nuestros abuelos nos hablaban de amistades antiquísimas... amistades de boinas caladas, quizá de cuando las bellotas, quién sabe, decidieron ponerse "caripuchi" a la cabeza para ir a juego con el entorno. Eran amistades que en algunos casos se heredaban, como si portasen alguna información oculta en el ADN.

Los quintos, por el simple hecho de serlo, llevaban aparejada una obligación secular de amistad hasta el fin de sus días. Se seguían teniendo en cuenta muchos años después de haberse marchado incluso a "La Argentina", aunque no hubiesen vuelto nunca más. Un buen día, de golpe, cobraban vida en alguna de aquellas fotos de los quintos guardadas en la socorrida caja de lata, con el acordeón en la mano, y la sonrisa permanente de un pasado color sepia con sombrero tirolés: "Esi que veh ahí tan rejerti, el de la acordeón y el sombreru con la pluma..., eh el mi quintu Juhtinianu, el de tía Isidra; se fuerun toa la familia pa La Argentina y no volvierun…"; "Éramuh mu amíguh... igual que su padri y el míu, que iban dámbuh a doh pa toah pártih…”.

Y así fuimos dejando atrás una interminable estela de amistades, asociadas a colores, a olores y a sensaciones diferentes: la amistad esporádica con unos hijos de pastores, que apenas estaban un corto tiempo por el pueblo, y se marchaban un buen día por una calleja de tierra, entre lágrimas y olor a oveja, como niños trashumantes condenados al polvo de los caminos; o la amistad de olor a incienso de unos monaguillos vivarachos, entre campanarios y cigüeñas…; o incluso la amistad fugaz con unos niños gitanos que inesperadamente llegaban, viento y bronce, a lomos de caballos con crines trenzadas, y apenas jugaban con nosotros unos días, se marchaban una tarde cualquiera a golpe de pezuña...

Quizá la principal medida que necesite este mundo para enderezarlo, sea ir aprendiendo, con voluntad y paciencia, a hacer buena gavilla; gavillas de trigo, se entiende, no las gavillas de cizaña que algún oscuro Leviatán nos ha enseñado a hacer a lo largo de la nefasta historia de la humanidad. Más nos vale ir frenando esa maléfica pulsión que nos domina; ese mal amigo interior que, refutando al poeta, nos enseñó el secreto de la misantropía.

Si levantasen cabeza nuestros antepasados, desde sus sombreros de paño, los unos, y sus pañuelos de Doña Rogelia, las otras, y viesen a los niños (y no tan niños) ensimismados en extraños cachivaches de la mátrix cibernética, se quedarían desconcertados, y al cabo de unos segundos, en un tosco y antiguo extremeño ya olvidado, desde su milenaria ingenuidad analógica les preguntarían: “¿Habéis jechu ya gavilla?”, y a buen seguro encontrarían un frío y distante silencio digital por respuesta, y volverían a volatilizarse en la niebla, como virtuosas almas purgantes, convencidos, sí, de que este mundo se ha ido ya “roangando” por un barranco sin final, llevándose clavados los pinchos de todas las chumberas arrastradas en la caída, después de haber firmado, previamente, un cheque en blanco hacia el abismo.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

domingo, 17 de marzo de 2019

En ca la madrina



Los padrinos olían a adobo de matanza y a chamusquina en las gélidas mañanas invernales. Los padrinos estaban atentos, disponibles, y sus casas eran una extensión de las nuestras, donde incluso podía haber chiquillería y jolgorio, y hasta las normas un poco más relajadas, lo cual suponía un acicate para el divertimento infantil de los ahijados.

Las palabras padrino y madrina estaban a la orden del día: "Voy en ca la madrina a lleval-li únah perruníllah que hémuh jechu en la tahona…"; "Me ha traíu mi padrinu media docena de güevuh, que dici que le ponin ahora muchu lah gallínah…".

Al margen de la definición de padrino de bautismo que ofrece el Canon 872 del Código de Derecho Canónico, en el contexto de la España rural, la figura del padrino iba aún más allá, llegando incluso a ocupar un espacio vital, donde en los casos más extremos los padrinos podían llegar a hacerse cargo del niño en ausencia de sus progenitores.

El padrinazgo hundía sus raíces en compromisos de varias generaciones atrás, salvo que alguien, directamente, se ofreciese por asuntos de afinidad u otras tantas razones que se daban a menudo en el cercano ecosistema rural.

Los padrinos respondían a una suerte de mecenazgo que se hacía necesario en unas poblaciones campesinas afectadas por la escasez material, una escasez que tendía a ser compensada con exceso de cariño, y donde todo apoyo entre unos y otros era indispensable. Esto lo captaban muy bien los niños desde su inadvertido instinto, porque los niños eran sumamente intuitivos, mucho más de lo que los mayores sospechaban.

Estos múltiples vínculos de padrinazgo por aquí y por allá, nos servían en bandeja las figuras del "compadre" y la "comadre", que eran una suerte de parentesco honorífico entre padres y padrinos respectivamente, donde en no pocos casos se establecían lazos verdaderamente familiares.

Entre la muchachería pueblerina había una cierta curiosidad por conocer los padrinos de unos y de otros, en especial entre los amigos más íntimos: "¿Quiénih son loh túh padrinuh...? / Tíu Prudenciu y tía Juaquina... / ¿Loh mihmu entóncih que loh de mi primu Luih...?".

A mí me tocó en suerte un padrino bonachón y muchachero, al que tan sólo disfruté unos pocos años de mi más temprana infancia, pues nos dejó enseguida (a mi madrina la tuve muchos años más). De los encuentros con mi padrino guardo una imagen surrealista y placentera, con todos los pequeños montados en un burro llamado Caracoles, grande, torpón y viejo, similar al caballo Rocinante del Quijote. Todos allí, como en una escena propia de las películas de Cantinflas en versión extremeña, sobre un suelo alfombrado de margaritas, en los verdes prados Juanramonianos que abundaban en el pequeño pueblo que me vio nacer.

Las comadres hacendosas se encontraban en los caminos y en los arroyos lavanderos, y otras veces volvían cogidas del brazo al acabar la novena del “Crihtu Benditu”, y hablaban de sus vidas campesinas, de sus pequeñas ilusiones, de sus preocupaciones compartidas, y, sobre todo, de sus hijos, sí, sus hijos mil veces mencionados.

En las matanzas de los padrinos coincidían los ahijados de un lado y otro, sin tener ninguna especial amistad entre ellos. Eran tan sólo un par de días puntuales de convivencia en el marco de un encuentro ocasional, donde compartíamos con júbilo el breve espacio de tiempo matancero, lleno de momentos lúdicos, mágicos, donde no faltaban los columpios en un árbol de las cercanías, o el lanzamiento de tiestos nocturnos sobre las casas desprevenidas (ya relatado por aquí), o tal vez el patinaje temerario en las escarchas navideñas, sobre los helados charcos mañaneros próximos a las casas de los padrinos, “ondi únuh caían de culu y ótruh de brúcih…”. Luego, la efímera amistad matancera, se esfumaba hasta el encuentro eventual del año siguiente, como en un bucle de ida y vuelta que cada mes de diciembre nos devolvía al mismo escenario.

Las niñas de posguerra, después de recitar en la iglesia el correspondiente verso de mayo a la virgen, iban a repetir sus versos a casa de los padrinos. La madrina se emocionaba con el verso de la ahijada, y le daba una propina, que la niña guardaba para montarse en los caballitos de la feria del pueblo de al lado... Después, las pequeñas, seguían el recorrido por calles y casas, declamando el verso con sus melindrosas vocecillas. Algunas mujeres sentadas en la calle, solicitaban la presencia de las pequeñas rapsodas de inocencia angelical, que, emocionadas, repetían con voz de pito sus aprendidos soniquetes de mayo ante el público callejero que las reclamaba. "Ven aquí bonita y échanoh el versu... ¿Y esi ramu de florih tan bonitu que llévah, quién te lo ha jechu, tu madrina...? / No, tía, me lo ha jechu Doña Valeriana, que tieni un rosal mu grandi en el huertu…".

Los términos “compadre” y “comadre” estaban en boca de todos los paisanos, y se escuchaban por las calles, por el campo, por las tabernas, o a la salida de misa... El compadreo rezumaba calor humano y proximidad, y era un bálsamo en aquella verbena de los afectos, tan propia de unas personas condenadas a necesitarse.

A los jóvenes estudiantes, al volver de vacaciones al pueblo, las madres les preguntaban:  “¿Hah iu ya en ca’ loh padrínuh…?” Pues las visitas a los padrinos, sí, y a otros familiares cercanos, formaban parte de un ritual de atenciones compartidas.

Algunos padrinos de edad provecta, esperaban la visita dominical de los ahijados, o incluso esperaban, quizá, la aparición tardía de aquella ahijada que emigró a Madrid muchos años atrás, y que a la vuelta al pueblo, cada verano, tenía a bien regalarle un rato a los ancianos padrinos, o puede que tan sólo a la madrina, ya viuda, que sentada a la mesa camilla mostraba un rostro agridulce, reflejo de un pasado de claroscuros devenido en soledad... La madrina estaba allí, zurciendo un calcetín, o rezando un rosario con la luz apagada, donde apenas se filtraba la tenue claridad de la ventana. Y así se consumían las horas de la tarde, entre frases recurrentes y pequeños silencios, y una mano tiritona acercando un plato de Duralex con dos o tres “mantecaos”, que aún conservaban el sabor inconfundible (y hasta el olor) del viejo comercio donde se compraron.

A medida que se fue perdiendo la costumbre de los compromisos y ofrecimientos “padrineros”, el padrinazgo fue haciéndose soluble en familiares directos que pasaron a hacer las veces de padrinos. La figura ancestral del padrino, de esta forma, fue quedando relegada y perdiendo su propia esencia: “¿Quién eh el tú padrinu...? / Mi tíu Pepi…”.

Mis abuelos tuvieron numerosos ahijados, en su mayoría fruto de vínculos y deudas remotas que provenían de generaciones pasadas, perdidas en la genealogía de antiguos padrinazgos de calles oscuras y candiles de aceite.

Los niños acudían a casa de los padrinos a mostrarles cualquier novedad: ya fuese el traje de comunión, o los "atavíuh" del carnaval, a base de ropas viejas, a veces prestadas por los propios padrinos. Aquellos disfraces surrealistas, sí, de indumentaria menesterosa, que surgían de un ingenio rural y espontaneo, totalmente alejado del encorsetado mundo comercial que nos aqueja.

Pasados los años ochenta, ya con la distopía orwelliana haciéndonos una enmienda a la totalidad, las antiguas formas de vida fueron quedando desprovistas de contenido, solapadas por modelos foráneos perfectamente diseñados al efecto. Estos nuevos modelos fueron suplantando todo aquello que fue nuestro y tan nuestro, en especial las relaciones humanas, que eran el pilar fundamental de la vida labriega. De esta forma, compadres y comadres fueron también víctimas de ese incesante bombardeo de injerencias, que fue colonizando nuestra centenaria cultura de badana y cantería. Y así, sucesivamente, nos fueron invadiendo modas y costumbres importadas a través de las infames pantallas de la tele, o, incluso, por medio de los paisanos emigrados, que en sus visitas vacacionales, con la mejor de las intenciones, eran portadores de todo un amplio repertorio de regalos envenenados, procedentes del deslumbrante mundo capitalino, que recibíamos con una abierta sonrisa inocente y bobalicona, propia de aquellos que van a ser inmolados en el altar del todopoderoso progreso.

Afortunadamente, aún hay gente en nuestros pueblos que se esfuerza en conservar costumbres centenarias como “El jueves de comadre” y “El jueves de compadre”, anteriores al carnaval, en una lucha sin cuartel por mantener un soplo de nuestras tradiciones, frente a la apisonadora  inmisericorde de los nuevos tiempos.

Los padrinos tuvieron sus días de vino y rosas en el pasado, y recibieron canciones de alborada al amanecer, dedicadas expresamente para ellos... Los padrinos eran, ciertamente, como un regalo inesperado, unos segundos padres que estaban siempre en el banquillo de los suplentes, calentando impacientes a la espera de ser reclamados.

Compadres y comadres se encontraban por calles y callejas, y podíamos ver sus oscuras siluetas a la caída del sol, a contraluz, gesticulando y charlando sin medida: ora de alegrías, ora de tristezas. Charlando, en fin, de mil temas interminables de aquellos que conformaban el transcurrir de sus vidas entregadas a los vientos aldeanos: que si la "demuación" del tiempo..., que si la puerta que “no acihtaba bien”..., “que si el maehtru aquel que loh sacaba de chícuh al enceráu a jacel cuéntah…". Las risas se escuchaban desde lejos, al compás del campanillo de las cabras, la luna asomando por la sierra y los pájaros bullangueros buscando sitio en los cables de la luz.

Aún quedan algunos compadres y comadres por ahí, que siguen llamándose a voz en grito, a modo de pinceladas románticas devueltas a nuestros días, como sacadas de un venturoso túnel del tiempo.

No olvides, amigo lector, si en tu ajetreada agenda hallas un hueco, perder un par de horas (las horas mejor usadas de tu tiempo) y encender la sonrisa de un padrino anciano, de los muchos que aún quedan mendigando una visita, en una pequeña casa de pueblo, o en una residencia en las montañas hurdanas, ya apartados para siempre de sus calles del alma, de su pasado de domingos al sol y tamboriles… Es el mayor gesto de amor y justicia que podemos hacer. Id “en ca la madrina”, y sentaos, sin prisas, sin reservas, pues allí, en su rostro, encontraréis el rostro de todas las madrinas del mundo, de todos los ancianos que entregaron tanto a cambio de casi nada… Atreveos, y encarad sin miedo a la impostora cultura de las prisas, a la ampulosa cultura de la nada…, a la maquiavélica y sutil cultura de la ingratitud.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

sábado, 17 de noviembre de 2018

Trato hecho


En cualquier calle, esquina o calleja angosta, dos caras curtidas frente a frente, dos ojos semiabiertos que se miran fijamente…, un apretón de manos agrietadas, y una frase mil veces repetida: "Trato hecho". Para qué más. Así de simple, sin firmas, ni legajos, ni papeles espurios..., y en algunos casos ni siquiera testigos, nada de nada, tan sólo la palabra. La palabra como un antiguo baluarte insobornable, como una prueba irrefutable de lo más noble de la condición humana.

El valor de la “palabra dada” superaba todas las formas de contrato posibles, según nos contaban nuestros abuelos. Hasta incluso hubo palabras respetadas más allá de la muerte. Y así parece ser que fue durante siglos. Luego nosotros, posteriormente, fuimos conociendo una etapa de transición, donde la cultura de la argucia empezó a tomar posiciones, y vimos a la honradez palidecer lentamente en una vieja cama, con catre de hierro e interruptor de pera.

La palabra dada, efectivamente, era superior a cualquier papel embadurnado de sellos y firmas. Aquella gente aún estaba lejos de la famosa parodia de Groucho Marx: “La parte contratante de la primera parte, será considerada como la parte contratante… bla bla bla”, y demás artimañas de los textos administrativos, que marcaron un punto de inflexión en el devenir de los distintos acuerdos entre personas.

Las antiguos acuerdos improvisados entre particulares, eran muy simples: un par de firmas de ambas partes, y la firma adicional de algún improvisado testigo, que tal vez acababa de descargar un “carricochi” de leña, y firmaba con los dedos “engarañáuh” (encogidos) de frío.

El dinero no se guardaba en banco alguno, sino más bien en ventanillas de corrales, o entre los leños del leñar…, o dentro de una manta doblada en el fondo de un baúl, o quién sabe en qué otros sitios de lo más insospechados.

Varias veces escuché de niño la anécdota de un corral que se incendió, y mientras la paja ardía en lo más alto, y las llamas devoraban tablas y cuarterones, el anciano dueño del edificio (sin dar explicaciones) gritaba desaforadamente: “¡Esa vigaaaaa, esaaa vigaaa...!”, pues, efectivamente, entre el hueco de la viga y la pared de piedra, escondía sus principales ahorros… No fueron en vano sus gritos, pues a pesar de que algunos billetes quedaron un tanto “churruhcáuh” (medio quemados), en su mayoría fueron salvados por los abnegados bomberos rurales, que, con agua de pozo y calderilla de zinc en ristre (sin dejar caer la boina al suelo) se aplicaron a fondo en tan noble labor; pues por aquellos entonces, la gente acudía generosamente a apagar fuegos y a minimizar toda suerte de desgracias ajenas.

Los niños usábamos la palabra "cicatero" a todas horas, como sinónimo de “tramposo” (aunque el diccionario lo define más bien como tacaño)... En un momento cualquiera del juego, varias voces recriminaban a un sujeto cualquiera, al grito de: “¡¡Érih un cicateru...!!”; “Cicateruuuu, cicateruuuuu”, se escuchaba por las calles y las plazuelas de tierra... Ser acusado de cicatero era toda una afrenta, un dardo clavado sobre el duro pellejo infantil, acostumbrado a toda suerte de embestidas.

Seamos justos, y admitamos que pícaros siempre hubo, rateros de melones y sandías…, o astutos chalanes en las ferias de ganado…, todo hay que decirlo, sí, y hasta incluso el dinero prestado en usura formaba parte de las bajezas humanas de aquellos tiempos pasados, como anticipo, tal vez, de lo que nos llegaría más tarde; aunque todo aquello no era más que un pequeño ensayo, una minúscula prefiguración de nuestro tiempo actual. Pero a pesar de todo, las puertas de las casas de nuestra infancia las conocimos siempre abiertas, sin miedo alguno, abiertas al frío y abiertas a la vida. Tanto es así, que de la llave principal de las casas a veces se desconocía su paradero por falta de uso. Cuando en alguna ocasión era necesario echar la llave, por cualquier ausencia extraordinaria, como la boda de un ahijado en Cáceres, o el bautizo de un nieto en Madrid, me cuentan que había que buscar la llave concienzudamente por toda la casa, pues a diario bastaba tan sólo con echar la tranca por la noche desde dentro. La búsqueda se convertía en toda una odisea, siguiendo el rastro de la robusta llave de hierro, que llevaba varios años guardada en algún sitio por ahí, pero nadie se acordaba del lugar... “Me paeci habela vihtu detráh del poyu de loh cántaruh”, decía uno... “Con dificultah si no ehtá en la lacena, detráh del pucheru de barru...”, comentaba otro, pero... nada de nada, la llave no aparecía por ninguna parte, hasta que al final, ya casi dada por perdida, alguien la encontraba detrás de un tablón de la bodega, con un ligero aroma a tocino, entre tinajas de barro y cántaros de aceite, después de un largo tiempo durmiendo su oxidado letargo bodeguero.

Como es sabido, ya en aquel tiempo de nuestra infancia las miserias humanas fueron sigilosamente horadando la dura capa de la honradez, pero la honradez era un blasón que todavía lucía por encima del dintel de numerosas puertas, y “la palabra dada” tenía un alto predicamento aún entre mucha gente cabal de aquella Extremadura que nos tocó en suerte, y aún lo tuvo mucho más, como hemos dicho, en tiempos de nuestros ancestros. ¡Qué tiempos debieron ser aquellos!, qué envidia, que hasta en las juntas y reuniones agropecuarias llegaban a acuerdos sin grandes desavenencias, según nos relataban nuestros abuelos. Nosotros, en cambio, ya comenzamos de niños a barruntar los primeros nubarrones de tormenta, que apuntaban a un marcado espíritu de contienda, más cercano a Puerto Hurraco que al monasterio de Silos.

Con la modernidad, la honradez fue relegada al cuarto trastero de las cosas inservibles, al arca más escondida de la troje, aquejada de carcomas contumaces, de esas que trabajan con paciencia en el silencio de la madrugada; un arca oscura y olvidada, donde duermen las virtudes humanas ya en desuso, entre el perfume inconfundible de la naftalina.

Nuestros antepasados murieron sin saber lo que era una hipoteca, ni un plazo fijo, ni un fondo de inversión..., ni la publicidad, ni el marketing, ni el mundo digital…, ni otras muchas tretas sofisticadas del mismísimo demonio. Tuvieron la fortuna de vivir las cosas palpables y genuinas, frente a las cosas virtuales y perecederas; tuvieron la fortuna, pues, de que nadie les cambiara los “jiguh” (higos) por los “gigas”, ni los deslumbrasen con las luces halógenas de una era robótica y fría.

Cada vez que nuestros mayores nos pillaban en un renuncio, las consecuencias eran serias. Tal vez una alpargata justiciera se mostraba amenazante ante cualquier pequeña infracción de las normas, que por otra parte eran de sobra conocidas. Pero a pesar de los pesares, aquellas benditas alpargatas (que se quedaban casi siempre en un conato de embestida), iban cargadas de bondadosa pedagogía, y la mano que las blandía era la misma mano amorosa que nos colmaba sin reservas del afecto necesario; eran manos de madres y abuelas entrañables, que sirvieron para reducir a la mínima expresión la tontería, y a inocularnos el virus del respeto a los demás, ya descatalogado en el mercado actual de soberbias y fanfarrias.

Cuando llegabas a casa llorando, trasquilado como Don Alonso Quijano después de sus tragicómicas batallas, despotricando de los infantes rivales, en tus variopintas refriegas callejeras… y decías, por ejemplo: “Juan me ha tiráu barru a loh pantalónih”, escuchabas una voz adulta que te paraba en seco, con aquella recurrente frase demoledora que tantas veces oímos: "Algu habráh jechu tú también"... Te embargaba entonces una desolación que a la postre resultaba ser didáctica, pues te hacía comprender que eras uno más en el planeta tierra, sí, tan sólo uno más. A la larga, eran lecciones reguladoras del orgullo y las vanidades humanas. Y ya ni te cuento si en casa te pillaban en algún embuste, en contraste con el mundo actual, donde campa la mentira por doquier, con numerosas paternidades, aunque tal vez con un mismo padre en origen.

Un buen día de tu feliz infancia pueblerina, te encontrabas una peonza caída entre la maleza de un regato cercano a la escuela, pero no una peonza cualquiera, no, sino precisamente la peonza exacta que habías añorado tener, y no otra. De repente toda la fortuna se había puesto de tu parte, y llegabas a casa exultante, mostrando el citado trofeo; pero de golpe, una vez más, todo tu gozo en un pozo, pues tu madre, por ejemplo, te despertaba el cargo de conciencia, obligándote a reparar en la tristeza del infortunado niño que la perdió; eso que ahora, en fin, se ha dado en llamar “empatía”. Al día siguiente, en el recreo escolar, alguien comentaba la pérdida de tan preciado objeto lúdico, y entonces tú, “el afortunado”, cabizbajo, con un gesto de honradez inducida, mascullabas: “Me la encontré ayel, caía entre las yérbah del regatu que hay en frenti de la ehcuela…”. Hoy damos gracias de haber sido educados en aquellos valores y no en otros…, valores que nos llevan, por ejemplo, otro buen día, ya mucho más reciente, a encontrarnos un billete de diez euros debajo de un coche, mojado por la lluvia junto al bordillo de una acera, y acto seguido acercarnos a la ventanilla del vehículo para preguntarle al conductor, a punto de arrancar, si el mencionado billete es suyo... Te das cuenta, entonces, que en el fondo el mérito no es tuyo, sino que te has limitado simplemente a recoger un testigo generacional, y el galardón principal es de aquellos fieles representantes de la decencia humana que fueron tus antepasados.

Los niños corríamos por aquellas calles descuidadas, “metiendu bulla” (gritando y haciendo ruido); calles donde la picaresca y la probidad lidiaban su particular batalla, a la par que brotaban por las esquinas hombres rudos y curtidos, cerrando tratos y estrechando sus manos ásperas junto a parras y pozos como únicos testigos. Mientras tanto, una lluvia recia, otoñal y nocturna, nos iba disuadiendo. Por los canalones corría toda forma de inmundicia, y quedaban las calles solitarias, mojadas, despejadas de todo lo accesorio. Los muchachos nos íbamos retirando hacia las frías casas de piedra y barro, fusiladas de vientos que silbaban burlones por las “talleras”. Nos marchábamos, sí, arrastrando, de una mano, la gravosa carga de los prejuicios, y de la otra, la liviana carga de las virtudes.

Y aquí estamos, sanos y salvos, con las justas tonterías, y a buen recaudo de sospechosos eslabones de nuevo cuño añadidos a la cadena involutiva de la estupidez humana; sabedores de que aquellos valores pasados, “serán ceniza, más tendrá sentido, polvo serán, más polvo enamorado”, que nos diría el genial Quevedo.

Todos los que habéis llegado al final de este relato, en mayor o menor medida conocisteis el tiempo aquí referido. Sabréis, por tanto, que fuisteis los últimos mohicanos del compromiso y la honradez, los últimos testigos presenciales del valor de la palabra dada, la misma que por aquellas fechas empezaba a mostrar ya los últimos estertores, y a resquebrajarse como un puntal carcomido del corral... Si convenís conmigo en que así fue, no se hable más: ¡trato hecho!


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

domingo, 3 de junio de 2018

En "burricleta"


Por un instante ibas solo, ya nadie sujetaba el sillín; eras consciente de ese abismo, de ese vértigo que producía el saberte ya sin protección alguna, guardando un dudoso equilibrio en una de aquellas bicis gigantescas, no aptas para infantes de pequeña estatura.

A partir de ese momento, tu vida de niño rural entraba en otra dimensión. Ya sabías montar en bici, sí, y no en una bici cualquiera, sino en una bici desmesurada y robusta. Aquel bautismo de riesgo y aventura, abría nuevos horizontes en tu reciente condición de ciclista aldeano, donde las calles, a partir de ese instante, ya no eran las mismas.

Aprendimos a montar con bicis grandes, sobradas, caballonas..., y sin esas ruedecillas laterales protectoras que llegaron años más tarde. La vida de nuestra infancia campestre fue siempre sin medias tintas: o todo o nada.

Traumáticos fueron los aprendizajes, claro, con dientes ofrecidos a los rollos de las calles, narices "machucadas" (machadas), mataduras en las piernas, y hasta incluso algún brazo escayolado, completaban el tributo espartano que había que pagar para aprender a montar en bici..., y para casi todo.

Costaba tanto definir a las cosas lejos del lenguaje vernáculo, que algunos chavales, de aquellos rudos bucaneros que patrullaban las calles ásperas de nuestros pueblos, empezaron a denominar a las bicis con nombres más propios del lugar. Así, en el pueblo que me vio nacer, estas bicis pasaron a llamarse "burricletas", a medio camino entre la burra tradicional y la bici propiamente dicha. Y realmente algo de cierto había en aquel neologismo pueblerino, pues estos aspirantes a mozos, según llegaban del campo, después de sus obligaciones agropecuarias, bajaban de la burra autóctona y se subían raudos a esta segunda burra mecánica, ya en sus ratos de asueto callejero.

La citada “burricleta”, en realidad, no era otra que aquella enorme bici de toda la vida, la que usaban los carteros, la antigua bici de generosos guardabarros y faro de cuello largo (como una cabra estirando el pescuezo para comerse los higos de la higuera); la dinamo pegada a la cubierta, robusto portamaletas..., y un amplio sillín de skay, al que algunas madres costureras le hacían una funda protectora, quizá de un viejo pantalón de pana del abuelo... Eran aquellas bicis grandes, en fin, que todos conocimos, de marca "BH" u "Orbea", y piñón fijo, como la cabeza y la actitud cerril de más de un paisano cercano.

Justo antes de que la modernidad nos diese el beso de Judas, los pueblos empezaron a llenarse de "burricletas", como un pequeño anticipo que servía para hacer más llevadero el tránsito hacia una tardía revolución industrial, que apenas rozaba de “respajilón” (de soslayo) a nuestras pequeñas aldeas de arado y vertedera... En esta lenta metamorfosis, la “burricleta” consiguió asimilarse a la vida natural perfectamente, como parte de la fauna originaria…, como un semoviente de metal que no paraba de aquí para allá, tanto en su faceta más lúdica, como en su versión más recia y labriega.

Eran años donde no resultaba llamativo ver a campesinos con boina y pantalón de pana, montados en estas bicis, con una pequeña cuerda sujetando el susodicho pantalón, para evitar el roce y las manchas de grasa de la cadena o la “rueda catalina”, cuyo nombre nos resultaba llamativo, y hasta nos recordaba al nombre de alguna bisabuela nuestra. Podíamos verlos pasar con su pedaleo tranquilo y su escaso dominio del equilibrio, concentrados y mirando hacia delante para no caerse; tal vez acostumbrados a ir despreocupados a lomos de un jumento, más seguro sin duda que ese endemoniado artefacto de metal, que incluso los obligaba a dar pedales.

De niño escuché la anécdota (tal vez fuese leyenda rural, quién sabe) de un limitado ciclista aldeano que dio con los huesos en el suelo un buen día, y para no reconocer su torpeza, alegó que se le había atravesado una culebra en el camino, y la bici, claro está, se espantó, como no podía ser de otra forma.

Nuestros mayores, en su mayoría, no aprendieron a montar en bici, como tampoco aprendieron a nadar, ni a montar en patín, ni a manejar un yo-yo…, ni aprendieron tantas otras cosas y habilidades nuevas, quizá porque ya habían aprendido demasiadas otras anteriormente, mucho más prácticas y vitales, y veían las bicis y demás innovaciones de los años sesenta y setenta, como una invasión extraterrestre de Alfa Centauri, a la cual, todo hay que decirlo, no prestaban excesiva atención.

En aquellas dulces tardes preveraniegas, en las plazas de los pueblos se formaban auténticas asambleas de burricletas, con sus respectivos jinetes: muchachones rurales con caras de malos del oeste, con un cepo pajarero colgado de la trabilla del pantalón, escupiendo a presión la saliva a través del espacio interdental, o pelando un palo de encina con una navaja de Albacete… Alrededor de estos “capitostes del gamberreo rural”, los muchachillos aspirantes a ser muchachones, se colocaban cerca (aunque guardando un poco las distancias, por temor), copiándoles cada gesto forzadamente masculino, y los tacos soeces que escapaban por doquier: “¡Me cagüennnn laaaaa…!”. En un momento dado, una desbandada de burricletas salía disparada en cualquier dirección, y la plaza quedaba vacía, casi en silencio, al albur de vencejos y murciélagos sobrevolando las acacias y la estatua de algún renombrado poeta.

La burricleta, por momentos, parecía tener vida propia, y portaba el entusiasmo de la gente de aquel tiempo; un entusiasmo que se contagiaba mágicamente de las personas a los objetos…, ese entusiasmo que nace de la escasez, y genera una indescriptible ilusión por las cosas mínimas.

No mucho tiempo después apareció la versión femenina de la burricleta: eran bicis sin barra alta, con dos barras que bajaban serpenteantes desde los manillares a los pedales (facilitando acceder a la bici con falda), y con un coqueto cesto de alambre en la parte delantera... Ni que decir tiene que los chavales varones eran sumamente reacios a montar en tan femeninas y edulcoradas bicis, para no ser humillados verbalmente en su condición hombruna, por mozos y muchachos que, con ronca y forzada voz de cazalla, hacían mofa de toda suerte de delicadezas.

Las ruedas metálicas se iban carteando con la rotura de los radios. Una vez desechadas, estas llantas (ya sin radios) servían luego de "roangas" (nombre local dado a los aros infantiles) para jugar estruendosamente por las calles empedradas, atizando la citada "roanga" con un palo callejero, y dando la oportuna tabarra a los vecinos. De la misma forma, las cámaras rojas de goma, descartadas después de múltiples parches y pinchazos, se cortaban en tiras, para los “tiraolih” (tirachinas), o se reutilizaban a modo de pulpo para el portamaletas, con algún gancho de alambre en los extremos. Como podemos ver, el reciclaje estaba siempre servido.

Los mencionados portamaletas, eran más bien portadores de niños que otra cosa. Podíamos ver constantemente la imagen de un muchacho pedaleando, y otro sentado atrás, en el portamaletas, con las piernas abiertas por temor a meter el zapato entre los radios.

Aquellas bicis dieron lugar a una fiebre competitiva que obligaba a echar carreras contra todo lo que se moviese: carreras de bici contra burros…, carreras de bici contra algún prestigioso corredor pedestre del lugar..., o contra la moto Vespa de algún sacerdote local, bajando una empinada cuesta al regreso del pueblo vecino.

Algunos lugareños, a caballo entre la vieja guardia y la nueva, nacidos sobre los años cuarenta, quedaron a medio aprender, y fueron dudosos y temidos ciclistas, convirtiéndose en un peligro para la seguridad vial, hasta el punto de que, cuando alguno de ellos, famoso por su escasa destreza a lomos de la bici, osaba subirse en una burricleta, saltaban todas las alarmas y los paisanos tomaban las oportunas precauciones arrimándose a paredes de tierra y cal, o subiéndose en poyos de cantería si fuese menester, como en las antiguas capeas de las fiestas populares... Acto seguido aparecía el citado "terminator gañán", cuya trayectoria con la bici se podría definir en el habla local como "jaciendu ringu ránguh" (en zig zag).

Podíamos ver burricletas en la era, apoyadas en una hacina..., o a la puerta de casa..., o del corral...; o tal vez a la puerta de un amigo..., o junto al portillo de un cortinal, con la cesta cargada de patatas sobre el portamaletas. Podíamos verlas, sí, en todos los lugares, como parte indisoluble del escenario habitual.

Cuando alguien estrenaba una de aquellas grandes y relucientes bicis, todos los jovenzuelos se congregaban en torno al ufano propietario y su reluciente máquina, como moscas alrededor de los "cagajones"… La pregunta del millón que flotaba en el ambiente era siempre la misma: "¿Cuántu te ha costáu la bici?"... Pocas veces sabíamos el precio exacto de las cosas, pues el precio era un tabú, y era siempre ocultado como parte de un mecanismo de defensa, en un ambiente viciado de prejuicios y desconfianzas. A menudo las respuestas eran de lo más ambiguo; eran respuestas del tipo: “Me la ha compráu mi abuelu”…; “me la ha traíu mi tío de Madrih”, o tal vez podíamos escuchar un precio disparatado como respuesta, para presumir de familia pudiente, en algunos casos, o para disuadir a posibles compradores, en otros, no fuera a ser que alguien más se arrancase a comprar una bici similar, arruinando el protagonismo del fatuo mozuelo, que gozaba de su rústico momento de gloria.

Las burricletas, con el tiempo, iban siendo tuneadas, cambiándoles, por ejemplo, los manillares originales por otros que simulaban ser de bicis de carrera. Podían ser adornadas, no sé, con pegatinas de gaseosas Molina…, calcomanías de la época, o plásticos colocados alrededor de los manillares para proteger las manos del frío... La imaginación y la improvisación no tenían límites, a la par que desconocíamos la palabra "hortera", y hasta incluso su concepto (aunque esto último sigue vigente en nuestros días).

Nuestra protagonista, la burricleta, durante sus primeros años ocupaba un privilegiado espacio en las infraviviendas campesinas, y era habitual verla en la entrada de las casas, junto a un palanganero, o junto a la tinaja de beber el agua, como un miembro más de la casa.

La burricleta, según envejecía, se iba despojando de todo lo accesorio, hasta quedar en el esqueleto de sí misma. De esta manera, lo iba entregando todo, como en el juego infantil de las prendas: primero la bomba, que era guardada convenientemente, no fuera a ser hurtada...; luego el timbre, que dejaba de funcionar después de un uso excesivo y alocado…; más tarde el faro y la dinamo, que a los pocos meses resultaban inservibles...; también los guardabarros, después de un tiempo traqueteando inútilmente…; y finalmente los frenos, que eran sustituidos por una simple zapatilla metida hacia atrás, en roce directo con la cubierta. La bici lo acababa perdiendo casi todo, sí, salvo la dignidad y el portamaletas, que era el único elemento que, extrañamente, conseguía sobrevivir siempre a esa delgadez extrema, donde la burricleta se iba metamorfoseando hacia su versión más austera, en un tránsito lento, pero bizarro, hacia el más allá de las bicicletas; un más allá que solía llevarlas derechas al limbo de los trastos viejos, sito en un corral, o una troje, donde acababa sus días revestida de polvo y telarañas. Allí permanecía durante un largo purgatorio, acompañada de serones, aguaderas, lavadores de madera, tinajas, carricoches... Quedaba tristemente a oscuras, sin más luz que la farola de algún viejo jorobado, que, como Diógenes de Sinope con su lámpara, apareciese de tarde en tarde a coger unas bellotas para las cabras. La burricleta, ciertamente, dormía el sueño de las cosas olvidadas, quedando ya en el recuerdo sus vertiginosas tardes por las calles ásperas del lugar, o por las viejas carreteras de almendrilla, camino de la era…, ignorando el cambio exterior que iban tomando las calles asfaltadas, que iban siendo cada vez más amables con las privilegiadas y modernas bicis venideras.

Luego, ya por los ochenta, llegaron las motoretas, y aquellas pequeñas y novedosas bicis del cesto delantero, típicas de las series televisivas. Todas ellas con ruedas más pequeñas, no aptas para carretera, pero que dejaban a las bicis viejas fuera de moda, como enormes artilugios de un pasado añejo. Entre estas bicis ochenteras y las burricletas de siempre, mancebos y mancebas circulábamos en auténticos pelotones ciclistas camino de los pantanos extremeños, buscando el baño estival donde siempre había algún chaval sin bici, que montaba de manera furtiva en el socorrido portamaletas del amigo, bajo la eterna amenaza de “los guardias”, que, como en el Romancero Gitano de Lorca, aparecían inesperadamente, sorprendiendo desde lejos al polizón del portamaletas, que saltaba veloz para ocultarse en los jarales de las cunetas, como si de un zorro se tratase.

Un día inesperado, una madre, extremeña y temperamental, subía a la troje, y decía aquello que tantas veces escuchamos de niño: "¡Uyyyyy, cuántuh zárriuh hay en lah trójih, hay que il jaciendu prontu un buen dehcuaji!" (eliminar todo lo accesorio y sobrante). A partir de ese cacareado “descuaje”, la burricleta tenía los días contados, y quedaba a merced del próximo chatarrero que apareciese pregonando por las calles aledañas: "¡El chatarreeeeeeroooooo!". La burricleta, efectivamente, acababa en manos del chatarrero que, de manera inmisericorde, descuartizaba los restos que aún quedaban de lo que un día fueron pompas y alegría de nuestra infancia lisonjera.

Y así, con pasajes como estos y otros muchos, fuimos cruzando el Rubicón hacia la madurez tardía, con recuerdos que nos quedaron marcados a fuego, de un tiempo ya lejano, muy lejano, de cielos inabarcables y aires puros…; recuerdos, en fin, de una infancia vivida, mitad a pie, mitad en burricleta.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS