domingo, 18 de enero de 2015

Tirando tiestos



Entre la niebla mañanera de un día cualquiera de diciembre o enero, desfilaba un pobre gorrino ibérico hacia su altruista inmolación en favor del hambre comunitaria, hambre de un pueblo que no hacía tantos años que acababa de “echar la gajera” (salir de las estrecheces). En plena calle se disponía la mesa matancera y la chamusquina. Los niños más sensibles corríamos lejos de la escena del sacrificio, para no oír, ni siquiera en la distancia, la acústica del sacrificio de un cerdo que a buen seguro un día asistimos con “berbajos”, mondajas (cáscaras de patatas) y alguna carantoña desconfiada. Luego, todo transcurría en detalles que no son objeto de esta crónica, pues aquí me recrearé más bien en los aspectos amables de las jornadas matanceras, que tanta magia desbordaban para los críos, ávidos siempre de novedades y aventuras.

El mismo día de la matanza, acompañábamos a madres y abuelas a los arroyos de las cercanías a lavar las tripas. Una vez más, las corrientes generosas se llevaban la inmundicia y nos limpiaban de todo lo que nos sobraba, que era bien poco.

Los niños marchábamos con la lengua del cerdo en un plato de porcelana, hacia el veterinario, con sumo cuidado de que no se cayera. La lengua iba tapada con un trapo, como un cadáver mínimo, camino del ayuntamiento. Antiguamente, cuando salía un cerdo con triquinosis, era un drama para la familia afectada, pues suponía la pérdida de gran parte de los recursos alimentarios para el resto del año. Posteriormente se decidió crear una sociedad, donde cada vecino abonaba una cantidad de dinero por kilos, al objeto de recibir una indemnización, llegado el caso.

Por las noches, alrededor de una mesa camilla, y bajo una luz timorata, se jugaba a la lotería con unas fichas de madera ajada y unos cartones descoloridos; o quizá al Cuco, con viejas cartas desgastadas, que tal vez pertenecieron a alguna antigua taberna de la familia. Allí se compartían ratos entrañables, en un entorno hospitalario y netamente humano. Mientras tanto, hasta la mesa llegaba el calor y el resplandor de la lumbre, y un olor a ajo y guisos matanceros impregnaba el ambiente.

Los escasos placeres gastronómicos venían de la mano de los dulces caseros: tortas de anís, jeringuillas, buñuelos de caña, roscas fritas, perrunillas y demás repostería rural, combinando lo más rudimentario con lo más exquisito de las cosas naturales.

La gente joven de la matanza recorría el pueblo con pequeños y adaptados instrumentos caseros, dando pasacalles al estilo navideño, y en ocasiones coincidiendo con la propia Navidad. Los más pequeños iban detrás, con los ojos como platos y el entusiasmo que llevan los niños a todas partes. 

Se entonaban bellas canciones del folklore más añejo, que retumbaban por las calles medio oscuras, como salidas de un coro descompasado de antiguas tradiciones y penurias: “Esta noche ha llovido mañana hay barro, pobre del carretero que está en el carro, quítate niña de ese balcón…”.

Por las mañanas, temprano, los anfitriones de la matanza agasajaban a los vecinos con un chupito de aguardiente, higos secos y algunas “dulzainas” (dulces) matanceras, y al terminar la matanza invitaban a “asar un cacho” a la gente allegada. Se compartía lo poco que se tenía, pues, como es sabido, los más pobres han sido siempre los más generosos; así parece repetirse esta máxima desde el principio de los tiempos.

A los niños los mandaban las madres a llevar huesos a las familias de confianza, para dar curso a los diversos compromisos. Algunos niños detestaban los guisos de huesos, y se alegraban viéndolos salir en una u otra dirección, con la esperanza de que nunca más volvieran..., pero los huesos eran de ida y vuelta, y regresaban con las matanzas de los propios beneficiarios, como un vengativo búmeran extremeño que acababa devolviéndonos siempre las cosas menos deseadas.

Sobre algún árbol de las cercanías, los mayores nos colocaban columpios hechos de soga, con algún “aparejo” (trozo de tela vieja) de asiento. Algunos de los niños más pequeños quedaban marginados, y lloraban amargamente reclamando al hermano mayor su derecho al columpio: “¡¡Me quieeeeeru ehcolumbeaaaaal...!!”. El columpio era una de las cosas más esperadas en las matanzas por parte de los críos. Allí, en aquella cuerda de magia repentina, volábamos al viento entre pájaros y cielos interminables, y nuestros pies parecían tocar las nubes, como Heidi en las montañas de los Alpes. Mientras tanto, al compás del balanceo, las niñas cantaban: “Este columpio está abierto, nunca lo veo cerrado, pasa la Virgen María, vestida de colorado…”.

Pero tal vez el acontecimiento más esperado por los muchachos de la matanza, era el momento nocturno y alevoso de ir a “tirar los tiestos”. Esta tradición nada tenía que ver con devaneos amorosos, como la conocida expresión de “tirar los tejos”, asociada al galanteo pueblerino, que parece tener su origen en un antiguo juego segoviano, llamado "El tejo", consistente en lanzar un trozo de teja contra un palo de madera clavado en el suelo. Los mozos que jugaban en las plazas de los pueblos segovianos, aprovechaban para lanzar el tejo cerca de la moza deseada, para acercarse a ella con la excusa de recoger el tejo... Ni nada que ver con aquella otra que escuché un buen día, de un pueblo de la España profunda, donde el pretendiente de alguna moza en cuestión, una vez llegada la noche, se acercaba de incógnito a la puerta, y tiraba la boina en casa de la pretendida, esperando, con el corazón en un puño, a ver si la boina salía disparada otra vez por la puerta, o si, en cambio, era bien recibida, y le era entregada en mano al día siguiente, dando lugar a la oportuna formalización del noviazgo, una vez dilucidado el asunto en el pequeño sanedrín familiar...

“Tirar los tiestos” era otra cosa, era sencillamente lanzar objetos de barro por las puertas de las casas, aprovechando el descuido de sus moradores. Era un acto de travesura, de vandalismo de baja intensidad, integrado en las costumbres de aquellos pueblos norteños. Se arrojaban por las puertas cacharros rotos de lo más variado: cántaros, botijos, tejas, bombillas fundidas, e incluso alguna tinaja de pequeño tamaño..., quizá la tinaja donde estuvo el puchero de beber el agua, el mismo que aguantó con paciencia las babas de un par de generaciones.

El cántaro roto que se tiraba, puede que fuese el cántaro que se le rompió a la lechera en la fábula de Samaniego, pues eran muchos los planes que aquella pobre gente hacía, y muy pocos los que fructificaban.

Nos acercábamos a las puertas con un silencio monacal, y una vez lanzado el tiesto, éste se estrellaba con estrépito sobre el suelo de cemento pulido del patio. Después de la emoción del tiesto lanzado, esperábamos la respuesta inmediata, que casi siempre llegaba en forma de mujerina chillando: “¡Qué ha sonáuuuu paíííí!”; y una voz tosca y hombruna, que a continuación contestaba: “Qué hóhtiah va a sel... poh algún tiehtu que moh habrán tiráu…”.  Acto seguido emprendíamos la carrera de manera alocada, entre risas y nervios, mientras se oía en la lejanía la voz amenazante de la mujer: “¡¡Uyyy si loh cojuuuu..., uyyyyyyy si loh cooooojuuuuuu!!”.

A veces salían viejos encolerizados corriendo detrás de los muchachos gamberros, a los cuales no podían coger (y ni siquiera identificar), despotricando y blasfemando hasta la extenuación. La gente solía reaccionar con irritación, a pesar de que el tiesto se tiraba en el marco de un contexto puramente matancero, que contaba con la aquiescencia de los mayores, y estaba relativamente asumido. Me cuentan, incluso, de una mujer que iba a tirar tiestos con los niños más pequeños, y, una vez lanzado el tiesto por ella misma, caminaba con los infantes cogidos de la mano, y al asomarse a la puerta los receptores de la maceta perturbadora, esta mujer gritaba: "¡¡Uyyyyyy, loh tíuh joíuuuu, por ahí van corrienduuuuu ahora mihmuuuu!!".

De peor gusto que los tiestos eran los “zahumerios...”: un bote de lata lleno de trapos sucios, plásticos y pringues de toda índole, que, una vez prendidos, soltaban un humo maloliente dentro de las viviendas.

Esta broma de los tiestos se daba también entre gente de la máxima confianza. Contaba mi abuelo que, en cierta ocasión, llevó una tinaja pequeña a un corral que tenía próximo a la casa de un allegado (participante en la misma matanza), con el pretexto de desecharla y confinarla a un rincón mugriento del citado corral; pero este buen hombre, al ver a mi abuelo de esta guisa, sospechó que la tinaja llevaba como destino la entrada de su humilde vivienda, y acto seguido cerró todas las puertas a cal y canto. Mi abuelo lo contaba muerto de risa, pues, evidentemente, le habían adivinado las intenciones.

A mi abuelo lo enseñó a tirar tiestos su abuela, quedando de manifiesto que era una tradición centenaria, heredada y aprendida (pues tenía su arte). Los tiestos, cántaros, tinajas o vasijas, estuvieron siempre presentes en la historia de la sufrida gente rural. Aquellos tiestos representaban, quizá, el barro frágil de la existencia, la metáfora misma de la propia vida, hecha añicos sobre un suelo de granito o pizarra..., representaban, en fin, las semblanzas de unas biografías forjadas en el barro, y como el barro, un día, precipitadas.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

sábado, 20 de diciembre de 2014

Burros por camellos



La Navidad, como todo en aquellos pueblos, se resolvía con la austeridad que tantas veces hemos contado por aquí. Las calles eran más bien oscuras y el ambiente navideño se vivía en la mayor de las intimidades, con olor a leña de encina, adobo matancero y chorizos colgando de los cuarterones. Pero había un halo de ilusión y misterio, difícilmente superable por la excesiva luminaria comercial y los papanoeles americanos de este tiempo de compraventa que nos ha tocado en suerte.

Por las calles sombrías, ya de noche, la gente recorría el pueblo cantando villancicos de toda la vida, tocando botellas de anís El Mono, raspadas hasta la extenuación con viejos tenedores, que le dejaban la cara al Darwin de la etiqueta, similar a la del "Ecce Homo de Borja". También sonaban panderetas, almireces y zambombas hechas con tripa de la matanza. La algarabía nocturna se cerraba con algún tímido y afónico cohete en Nochebuena, que daba dos estallidos, y el segundo ya casi ni se oía, al tiempo que dos o tres mujerinas enlutadas pasaban sigilosas sobre la oscuridad, regresando de la Misa del Gallo.

No había decoraciones por las calles, no, ni árboles de navidad anglosajones (de origen celta), pero sí belenes en algunas casas, que en los pueblos se llamaban "nacimientos". Los niños íbamos a buscar musgo a los canchales sitos en las umbrías escarpadas, para alfombrar de verdor los suelos de aquellos parajes navideños de corcho, palos, piedras y demás elementos naturales, y dar soporte a las viejas figuras de barro, a las que faltaban piernas, brazos y manos, y había que colocar el musgo estratégicamente para mantenerlas en pie, en una especie de hospital de lisiados del siglo uno. El nacimiento de la iglesia era el nacimiento estrella por excelencia, en el que todo el mundo se volcaba. Los artistas locales colaboraban haciendo chozos con escobas del campo, “engarillas” de palo, yugos, puentes de corcha, molinos de tabla y toda suerte de aperos de labranza propios de una forma de vida extremeña que no distaba mucho de la Judea de aquellos lejanos tiempos evangélicos.

Las cenas navideñas se salvaban con un guiso de conejo, que los niños detestábamos, y algún abuelo diseccionando el turrón de cacahuete con la precisión de un cirujano, junto a la mirada pasmada del nieto goloso, poco acostumbrado a chocolates y demás “dulzainas” (golosadas) de tiempos venideros. No faltaba alguna abuela que siempre, ante el rechazo del guiso, te decía: “¿Tú érah el que teníah jambri ?..., tú lo que tiénih eh jambri golosa”. Al final de la cena, los comensales hablaban con una peladilla en la boca, y los mayores se atrevían con una copa de rancio coñac, que podía tener más años que alguno de los presentes, pero que aún era apto para trabar lenguas... o para soltarlas más de la cuenta.

En las teles en blanco y negro de los bares sonaban Las muñecas de Famosa, que tardaban un mes en llegar al portal, o el incombustible Raphael, por entonces joven, gustándose con el villancico de “El tamborilero...”; o tal vez Tony Leblanc  en las campanadas de nochevieja..., o los anuncios de juguetes que nunca aparecían en los escaparates del pueblo.

Alguna vez, cada equis años, nos sorprendía una nevada inesperada, y hacíamos muñecos de nieve vistiéndolos con el abrigo apolillado del abuelo, mientras sonaba tímidamente el sorteo de lotería por la vieja radio del vecino, entre silbidos e interferencias: “Cuarenta y cuatro mil setecientos noveeeeenta y uuuunooooo. / Cincuenta miiiiiil peseeeeetaaaaasss”. Una voz campestre y tabacuna, con tono de cazalla, preguntaba: “¿Ondi ha caíu el gordu? / En Sevilla, créu... / ¡¡Pa quí no moh toca nunca una puta mierda!!”.

Por supuesto, el día mágico para los niños, por encima de todos los días del año, eran los Reyes Magos, y quizá, aún más en especial, esa madrugada de ensueño. Teníamos el privilegio de que aún no había sido localizada Extremadura en el mapa por el gordo comercial y mediático de Santa Claus, con sus ínfulas televisivas y su opulencia de Quinta Avenida neoyorquina.

Los niños aguantábamos sin dormir hasta entrada la madrugada, en silencio, a la espera de algún indicio que nos hiciera sospechar la cercanía de tan sublime acontecimiento...; tal vez un ruido de pezuñas de camello en las calles recién encementadas, quizá. Mirábamos por la ventana unos "cagajones"  recientes en mitad del cemento, y sospechábamos que eran de algún camello que andaba ya en pleno reparto, pero siempre había algún familiar que nos sacaba del embeleso, diciéndonos que no, que el excremento era del burro de tío no sé quién, que acababa de pasar por la calle. Decepción. Al final el cansancio nos vencía y cerrábamos los ojos, poco a poco, perdiendo un año más la oportunidad de aguantarle el tipo a sus esquivas majestades.

Los reyes ponían escaleras en los rollos de las calles, para subir a las viejas ventanas de madera desgastada; o bien subían por los balcones de rejas oxidadas, rozando los líquenes del granito. A pesar de lo gordos que sabíamos que estaban, pensábamos que tenían algún don antigravitatorio que les permitía subir a todas partes, porque, claro está, ellos eran magos, y no había que darle más vueltas.

Nuestros abuelos engañaron a la generación de nuestros padres con reyes que tenían dificultad para acceder a las casas, debido a la estrechez de las calles, y por eso, pobrecillos, les contaban que venían más escasos de la cuenta; cosa que aquellos niños no entendían, pues ya sabían calibrar muy bien la anchura de las calles y la gordura de los camellos, y acababan sospechando que todo era, como de costumbre, un subterfugio de la imaginación que nace de la escasez y termina haciendo un brindis con la mentira piadosa.

Los críos quedaban extasiados frente a los escaparates con juguetes, como los niños pobres de los cuentos de Dickens. Eran pequeños escaparates rurales que se cerraban con cuarterones de madera pintada de marrón oscuro, y que exhibían un escueto muestrario, con turrones Monerris Planelles de cacahuete (la almendra aún era un lujo), alguna muñeca vestida al estilo de la revista Hola, un caballo blanco de plástico, con ribetes en la grupa, y el regalo más solicitado, que podía ser, por ejemplo, una caja de Juegos Reunidos.

Los reyes magos estaban adaptados a las circunstancias geográficas y socioculturales de cada lugar. Según nuestros mayores, los reyes venían en bestias que alguien les dejaba, para que descansaran los camellos en la estación del Villar de Plasencia, y desde allí traían los regalos en enormes serones. Al enterarnos de que los reyes llegaban al pueblo con serones, y tal vez en burro, teníamos nuestras dudas sobre la generosidad de aquellas campechanas majestades, que ya, de entrada, empezaban a darnos “burro por camello”, algo que nos sonaba quizá... a gato por liebre; pero todo valía, porque nuestra ilusión era insobornable, y no cabía en todos los serones del mundo. Los reyes llegaban escasos a los pueblos, sí, y quizá no eran tan magos como nos habían contado, pero la magia nuestra consistía en rellenar los huecos que dejaba el desánimo, con el entusiasmo infantil, que era lo único que nos sobraba en cantidad. Posiblemente hoy se cambiaría la ilusión de aquel tiempo por el exceso de consumo absurdo, innecesario, yermo, que nos vuelve banales y hasta incluso, con perdón, un poco idiotas.

El despertar de la mañana de reyes solía ser un tanto contradictorio, alternando felicidad con decepción: no era extraño encontrar algún juguete que para nada habíamos pedido, pues los juguetes de la tele, no sabíamos muy bien por qué razón no llegaban a los pueblos, siendo los reyes tan magos como eran... Te sentabas allí, junto a la hoguera de la chimenea, a madurar un rato tu ambivalencia anímica, y luego corrías raudo a casa de los padrinos, a ver si Melchor había dejado alguna cosa a tu nombre, aunque allí el regalo estaba exento de pedidos, y podía ser cualquier cosa inesperada. Te costaba creer lo listos que podían llegar a ser los reyes, que conocían incluso el compadreo de cada una de las familias de aquellos pequeños pueblos extremeños perdidos en el mapa.

A pesar de los pocos regalos, aún éramos afortunados. Nos contaban que a los niños de otros tiempos pasados los despachaban con una naranja y un real. Aun así, estos niños seguían creyendo en los reyes con auténtico fervor, hasta que un día, para destetarlos del asunto, cuando tenían cierta edad, en lugar del consabido carbón les dejaban tres o cuatro "cagajones" de burro en los zapatos; ni siquiera cagajones de camello. Los cagajones (excremento de las bestias), como podemos ver, tenían una presencia demasiado abundante y cruel en aquel tiempo, degenerando en un áspero mensaje escatológico aplicado a numerosos lances de la vida aldeana.

Un buen día te confirmaban la amarga noticia, ya ligeramente sospechada, de que los reyes eran los padres. Aunque ya te lo habían contado con malicia los muchachones gamberros que capitaneaban las calles, no habías querido creerlo, aferrándote a esa burbuja frágil y evanescente de la ilusión. El mundo siempre acaba colocando diques de racionalidad a la fantasía. Así fue desde siempre, y así parece seguir siendo.

Corría el año ochenta y ocho, y un grupo de jovenzuelos ochenteros, allá en el pueblo que me vio nacer, tuvimos la ocurrencia, una buena tarde, de improvisar una cabalgata de reyes. Era la primera cabalgata que se hacía, y se preparó todo de manera precipitada y sin más medios que los que pudimos encontrar en tiempo récord: capas antiguas de los antepasados, ropas viejas, coronas forradas de papel de plata, cojines para el relleno de las barrigas, barbas pobladas de algodón, para ocultar las caras de mozalbetes que se adivinaban con facilidad…; corcha quemada para teñir caras y manos, y toda clase de ropajes sacados de los baúles, para reyes y pajes, así como la adquisición de algunos asnos, que aún los había en cantidad. Para rematar el asunto, una raquítica bolsa de caramelos comprados por nosotros mismos, y un pregón que dejó intrigados a los vecinos, que preguntaban: “¿Reyih máguh..., aquí en el pueblu...?”. Aparecimos en la oscuridad, con faroles antiguos portados por las pajes, y alguien comentó, posteriormente, que la estampa fue emocionante, antigua y verdadera. Tenía, pues, el encanto de lo inesperado y la magia que a menudo otorga la improvisación. Según nos vieron aparecer, algunos niños preguntaban a los padres, una vez más, por qué los reyes iban en burros. Esta vez a nosotros, sí, nos tocaba volver a dar “burro por camello”, en un eterno cambalache donde las cosas nunca son como se esperan. Luego las cabalgatas posteriores se convirtieron en una cosa municipal por todos los pueblos de los contornos, con indumentaria comprada al efecto y tractores adornados emulando las cabalgatas televisadas.

Mientras bebían los peces en el río, y volvían a beber..., mientras una burra, rin rin, no dejaba de ir año tras año a Belén..., mientras San José veía sus calzones roídos una y mil veces por los mismos ratones..., y mientras los pastorcillos seguían trayendo regalos en su humilde zurrón, ropopompón..., fuimos amontonando navidades, hasta que un día supimos que los reyes, en todo orden de cosas, eran también los padres. Así nos lo fue revelando un mundo nada amable y desprovisto de sensibilidad, que se empeñó siempre en hacernos "bajar hasta el valle que la nieve cubrió".


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

sábado, 6 de diciembre de 2014

El último portillo


A pesar del dicho que relata que no se pueden poner puertas al campo, vamos a colocar unas cuantas por aquí; pues no son, sino puertas, los portillos, “engarillas” y demás cierres rústicos que sirvieron para colocar barreras de propiedad en los campos de aquella verde Extremadura que aquí proso en estos tragicómicos relatos.

Los portillos eran pequeños e irrisorios obstáculos, que bloqueaban la entrada de prados y cortinales, en los bellos parajes de aquellas tierras de “cachimán” y granito. Podían ser, tan sólo, una informe membrana de palos engarzados con alambres, o unas tablas viejas recicladas para el caso, o unos ramajos arrancados a la maleza, para darles un nuevo cuerpo de resistencia, como desnutridos guardianes de escasas pertenencias..., a veces guardianes de la nada.

La anatomía del portillo era grotesca, deforme, irregular, pero a un tiempo bella. El portillo era, tal vez, una barrera imaginaria más que real; un inofensivo vigilante fácilmente abatible: apenas una patada a una piedra de la entrada, o a un palo seco de higuera, bastaban para franquear tan endeble fortaleza prerromana. El portillo, más que evitar el paso, lo estorbaba, como si tal vez su misión fuese más bien disuasoria.

Nuestro amigo, el portillo, era un humilde custodio de las pequeñas cosas, deportado a veredas o callejas de menor importancia; al contrario que su prima hermana, la “engarilla”, de mayor estatus, que ejercía en caminos de primer orden, con una estampa altanera de hierros oxidados y cerrojos chirriantes, aunque también, a veces, dislocada y aquejada de reumas invernales, olvidada por lejanos herederos y hundida sobre tierras húmedas y yerbajos.

Un buen día, el surrealismo popular hizo su aportación funcional al portillo de toda la vida, y aparecieron los portillos tapados con somieres viejos: son esos somieres de láminas y alambres que ahora vemos por todas partes, con mejor voluntad que acierto estético por parte de los artistas rurales de la improvisación. Estos somieres tuvieron sus días de vino y rosas, supliendo a las antiguas jergas de tablón y bálago, pasando a recibir las espaldas de afligidos campesinos, o a servir de soporte en nuestro propio nacimiento. Posteriormente, ya digo, fueron relegados a un papel menor, oxidados y expatriados por esos campos de dios, a la intemperie de soles, vientos y lluvias.

El portillo era también un punto de confluencia, una especie de embudo donde esperar animales despavoridos: “¡Jalea lah ovéjah, que van pal portillu!”. Hasta incluso, con cierta ironía rural, surgió la figura, casi literaria, de “El salvaje al portillo”, que definía perfectamente, con un extraño “fino humor” extremeño, a los hombres especialmente toscos en sus maneras, que eran reclamados para cualquier comando de operaciones especiales. Cómo serían los tales salvajes al portillo, cuando eran considerados así en un ambiente donde las delicadezas no recibieron nunca el visado.

Por estas esqueléticas entradas, pasaron, como Pedro por su casa, los sempiternos conejos de aquella Hispania, que así, como “tierra de conejos”, describieran a su llegada los fenicios. De la misma manera pasaron por allí, zorros, lobos, hurones, y toda suerte de alimañas..., incluyendo algunas humanas, que haberlas haylas.

Los niños llevábamos los burros a bucólicos cortinales perdidos en hondonadas propias de monasterios benedictinos. Los burros, apeados, se saltaban con frecuencia los portillos, para nuestra desazón, y la bronca consiguiente de algún abuelo que no perdía detalle: “¡No sabih apeal el burru, ni claval la ehtaca..., con la de vecih que te he enseñáu a jacelu..., quierih jacel lah cosah... y luegu no tienih albeliá...!”.

Algunas paredes derruidas quitaban protagonismo al portillo, no sabiéndose muy bien cuál era la entrada oficial, con paredes caídas por doquier, cual ruinas de una Numancia celtíbera, de arévacos tristes e inertes, entregados, ahora ya, a un moderno imperio de oropeles y fanfarrias.

La gente de aquel tiempo tenía por costumbre ir a levantar portillos en los ratos libres (que la verdad no eran muchos). También lo usaban como antídoto contra el holgazaneo de mozos ociosos. Cuando nuestros abuelos veían a los jóvenes vagueando o escuchando música en algún radio cassette de Andorra, en aquellos días vacacionales de los años ochenta, solían murmurar por lo bajini: “A ehtuh loh mandaba yo a levantal portilluh”, o tal vez: “Con la de portilluh caíuh que tieni su agüelu, y éhti paí jaciendu bobáh…”.

Había portillos de carrascal, de cortinal, de prado, de melonar, de olivar, y, sobre todo, portillos caídos, más que en pie; portillos siempre mostrándose en su condición más pobre, sin alharacas ni tonterías, dándonos, sin saberlo, pequeñas lecciones de humildad.

A través del portillo pasaron toda la flora y la fauna que conformaron la variopinta piel curtida de aquellos tiempos: alacranes en noches de tormentas veraniegas; perrinos falderos pegados al pantalón de pana de su amo; burros con carricoches cargados de pasto; mujerinas con calderillas de higos chumbos; “guarrapos” ibéricos hozando suelos en busca de bellotas imposibles; niños de un pasado en blanco y negro, buscando nidos y nueces en el nogal; inocentes niñas de posguerra recogiendo moras en verano, o flores para los versos de mayo, cantando canciones de su tiempo, que devolvían los ecos de las vaguadas: “Tiene la Tarara un vestido blanco, que sólo se pone en el Jueves Santo; la Tarara sí, la Tatara no, la Tarara madre que la bailo yo…”.

Una tarde cualquiera de los noventa, un hombrino viejo, de esos que pululan por estos textos, se adentró por la selvática maleza, en su postrero viaje al cortinal. Agarró la última piedra que le dejó levantar la “rabaílla” (rabadilla), y comprendió que aquella era, sí, la última piedra que sus manos nunca más levantarían. Miró triste a lo lejos, con el ceño fruncido y las recias arrugas marcadas en el entrecejo, vencido, y ya perdido ese punto colérico de nervio y furia, que otrora le diese fama de hombre “jerrizo”. En ese mismo instante, supo que aquel era el último portillo..., el último portillo de la vida y de la muerte. Fueron testigos, el sol del ocaso, las montañas nevadas de Traslasierra, los últimos pájaros de la tarde, y el aire cierzo, que se llevó, como un villano, las últimas gotas de sudor hacia las más lejanas constelaciones del olvido.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

sábado, 15 de noviembre de 2014

Los oficios perdidos



Por una calle de piedra, hierba y "cagajones", avanzaba un niño con su abuelo, camino del zapatero. El zapatero era uno de aquellos hombres afables que ya casi se perdieron, charladores y joviales. Ambos se sentaron en una banqueta, al calor humano del humilde zapatero, que machaba el calzado sobre la bigornia, al rescoldo de un brasero de picón encastrado sobre una oquedad hecha en el suelo; todo bajo un techo de teja vana. Este hombre podía llamarse tal vez... Venancio, no importa, era el antiguo zapatero de un pueblo cualquiera, un batallador de aquellos oficios perdidos que hicieron de la honradez y el trabajo bien hecho la mejor garantía de calidad, sin papel alguno que sellar. El niño, claro está, desde ese mismo instante, soñó con ser un honrado zapatero, exactamente igual a lo que vio, y hacer un día “bordeguines” (borceguíes) campestres, botas de piel de hierro con cordones, sandalias de piel calada para niños... calzados, en fin, para pisar los guijarros de una tierra extremeña tan bizarra como bella.

Fueron oficios diluidos en el tiempo, donde nada había “made in China”, pues todo era “made in pueblo”; una suerte de autarquía en la que todo se fabricaba a muy poca distancia, todo lo más en algún pueblo de las cercanías, sin residuos sólidos urbanos con que dañar el medio, ni obsolescencias para esquilmar los bolsillos de la gente cabal.

En los días de lluvia y tormenta, los herreros herraban las bestias con una corrobla de hombres a su alrededor, disertando sobre lo más rudimentario de la filosofía popular. Cada herrero era especialista en distintas variantes del oficio: algunos estañaban cacharros de toda índole y procedencia: orinales, pucheros, tazas o fuentes de porcelana; otros eran diestros en hacer “engarillas” (cancelas de campo); otros arreglaban y aguzaban con maestría las rejas de arar... El ambiente de la fragua era sombrío y antiguo como ninguno, con fuegos infernales que a los niños nos servían para dar imagen a las famosas calderas de Pedro Botero, de las que tantas veces habíamos oído hablar. Los herreros machaban hasta la saciedad los hierros incandescentes, no haciéndose recomendable vivir al lado de la herrería, como le pasara al pobre Favio, de Quevedo, entre otras muchas tribulaciones.

En la misma línea, los caldereros se afanaban en sartenes, calderos, trébedes y demás menaje rural de hierro, que abastecía a las casas de la más elemental logística destinada a la subsistencia.

Otros ilustres machadores eran los carpinteros: fabricantes de escaños, puertas, camillas, banquetas para niños, ventanas, sobrados... y hasta algunos, incluso, cajas funerarias. El ambiente de las carpinterías rurales era similar a aquellas carpinterías de las antiguas películas en blanco y negro de Pinocho; aquí, en cambio, con un Gepetto aldeano que tenía, tal vez, a un muñeco de carne y hueso como ayudante.

Un día cualquiera sonaba la voz del pielero: “¡¡El pieleeeerooooo, piel de conejoooo, quién vendeeeeee...!!”. El pielero era lo más parecido al tío del sebo que pudiéramos imaginar los más pequeños; y no podía ser de otra forma, con aquellos pellejos colgando del hombro y la tétrica imagen de asesino en serie de la España profunda, con su blusa de dril manchada de sangre y sebo, y esa imagen de conjunto que podría encajar perfectamente en el entorno de la familia de Pascual Duarte; aunque quizá, el pielero, hasta fuese buena persona, mira tú.

Otro buen día, como llevado por el viento, sonaba el inconfundible silbato del afilador, venido desde tierras galaicas, con su bicicleta adaptada a la piedra de afilar, y las cubiertas de las ruedas raídas de andar por mil caminos. Los niños se arremolinaban en torno al afilador, frecuentemente bromista y dicharachero. Las mujeres aparecían con sus tijeras, cada vez más desgastadas: “Cuántu cuehta... hay que vel... ca añu eh máh caru…”.

También estaban los albarderos y los guarnicioneros, encargados de albardas, cinchas, cabezadas, colleras y toda suerte de aparejos asnales tan propios de aquel tiempo.

De vez en cuando surgían unos pequeños Leonarnos Da Vincis por los pueblos, como salidos de un famélico Renacimiento español, capaces de hacer artesanías y apaños de lo más variado, adaptándose, claro está, a las necesidades propias del momento. Estos Da Vincis, lo mismo hacían cortinas de papel de periódico, ramos y cintas para las defunciones, que arreglaban transistores y radios viejas, todo ello con especial maestría y esmero, con amor al trabajo bien hecho.

Aún quedaban estancos con un pequeño mostrador, donde vendían paquetes de Ideales, Celtas cortos, cajas de cerillas (aquellas minúsculas cajas del gallino), sellos del jefe del estado, sobres, papel de fumar y tabaco de liar. La estanquera compaginaba el estanco con sus tareas domésticas, y al entrar por la puerta el tiempo se ralentizaba, transportándote, no sé, a una especie de Macondo, de García Márquez, donde el estrés no formaba parte de lo cotidiano. Los niños íbamos a hacer recados al estanco. Abrías la tranca de la vieja puerta y pronunciabas, con voz de pito, el nombre de la dueña, y al cabo de un rato, desde el fondo del pasillo, aparecía una sombra sigilosa, que iba cobrando forma poco a poco y te decía: “Qué quierih, bonitu”. / “Un paqueti de Idealih pa tíu Eduardu…”, contestábamos, dejando claro que no era para nosotros... qué inocentes. En los pueblos todo tenía un dueño o un destinatario; era algo que formaba parte de un protocolo donde cada cosa tenía que tener, indefectiblemente, sus propias señas de identidad.

Los barberos-peluqueros apuraban las fieras barbas extremeñas. Aquellos hombres polivalentes, que podían ser barberos y albarderos, al tiempo que hacerse cargo del correo del pueblo, todo con la misma probidad y buen hacer. A los niños nos dejaban el pelo casi al cero, por recomendación de nuestras madres, y con un gallino en la parte delantera del flequillo, con el consiguiente cabreo por nuestra parte, que veíamos ya triunfar en la tele a Camilo Sexto, Nino Bravo, Pirri, Johan Cruyff y otros melenudos de postín. Los padres tardaron en aceptar el mundo yé yé, que llamaba a las puertas con insultante arrogancia anglosajona, pero al final, como era de esperar, pudieron más las cosas del mundo que las cosas de siempre.

El esquilador de burros, que no era el mismo que el esquilador de ovejas, grababa filigranas en el lomo del pollino, logrando que el burro pareciese una alfombra persa andante, falseando la realidad del jumento, con unas galanuras que nada tenían que ver con su triste vida “desgalanada”.

Por los barrios de piedra y soportales, sonaba la trompeta de los antiguos alguaciles: “Con permiso del señor alcalde, se hace saber, que durante dos días estará el cobrador de la luz en la posada de…”. Después del ruido de la trompeta, se hacía un silencio sepulcral, y hasta los niños intuíamos que algo muy solemne e importante estaba a punto de escucharse. Nunca faltaba la exhortación al silencio por parte de algún rudo viandante, con un seco y cortante: “¡¡Callálsuh, hohtia!!”.

Los cabreros de concejo partían con las cabras por las mañanas. La gente le llevaba las cabras, y éstas se encargaban de volver solas a casa al atardecer. En cierta ocasión, aún siendo un chaval, me presté a llevar unas cabras de alguien que llegaba ya tarde (como ya conté aquí), y tuve un largo peregrinar por caminos y veredas, detrás del cabrero al que nunca encontraba. Preguntaba a la gente, y me decían: “Por ahí mihmu va, corri que lo cogih”, y nada... al cabo de un rato, otra vez: “Ahí mihmituuuu acaba de pasal, corri que le echah manu...”, y tampoco. Así estuve hasta bien entrado en la dehesa, cuando por fin di caza al cabrero, ya al borde de la desesperación.

Al llegar las fiestas aparecían los buhoneros, que vendían golosinas en modestos puestecillos, o aquellos otros que venían con la pequeña ruleta de la suerte, donde lo más que te tocaba era un cigarrillo de caramelo, que te ponías en la boca, a caballo entre el niño goloso que aún eras, y el hombre chulesco del oeste que te obligaban a ser.

En los pueblos había siempre alguna mujer encargada de las chucherías: pipas, globos, cromos... Las vendía en una humilde cesta los domingos, y luego en su propia casa. Salíamos por la puerta de su vivienda, mascando chicle americano y cambiando el cromo de Santillana por el de Asensi, que estaba siempre repetido.

Los "luceros" (electricistas) aparecían con largas escaleras para arreglar los cables que habíamos fastidiado los niños con algún balón. Llegaba el lucero al atardecer, y gateaba a las alturas, escoltado por golondrinas, con un fondo de chimeneas y un cielo lírico entre rojizo y gris.

Aún quedaban parederos de aquellos que sembraron de paredes de granito, o de pizarra, los campos extremeños, ahora ya casi derruidas en los montes, como en un Machu Pichu propio, ofrendado a falsos viracochas. También vimos silleros que venían a las plazas a arreglar los hondones de las sillas de nea, desvencijadas por las ásperas posaderas campesinas y las uñas de los gatos. Panaderos que amasaban con amor un pan sin antioxidantes ni química alguna... Alfareros embadurnados de arcilla, que llenaron las casas de cántaros y tinajas para beber el agua de los pozos y las fuentes, y que recordamos como auténticos hombres de barro, dándole al torno, con niños y vecinos a su alrededor... En fin, y junto a éstas, otras tantas ocupaciones que dejaré sin duda en el tintero.

Por detrás de nosotros hubo oficios de los que sólo supimos por boca de nuestros mayores. No llegamos a conocer a los legendarios ciegos que venían con sus coplas, casi sacados del Lazarillo de Tormes. Me cuentan cosas sobre el ciego de El Casar: con gafas negras, alto y delgado, y un niño que tocaba un triángulo, mientras el ciego, con voz trémula, canturreaba coplas con argumentos lacrimógenos: “En la estación de Alicante, / a un tren subió un militar, / en un coche de segunda que para su casa va… / Señora no tengo madre, / pero buena no será, / que siendo yo muy pequeño me entregó a un militar…”.

Tampoco conocimos a los porqueros de concejo, boyeros también de concejo, pescadores en los ríos, ni a sus barcas o balsas hechas con planchas de corcho... ni a los loberos... ni a los rabanes en las montaneras... ni a los vendedores de especias que llegaban por las matanzas pregonando: “¡Anísss, cominooooo, pimieeeeeeeeeeenta y clavoooooo!". También se nos escaparon los fotógrafos en las fiestas, que hacían retratos familiares con el reclamo del pajarillo para los niños. Son esas fotos ajadas que ahora duermen dentro de cajas de camisas en el fondo de un baúl, y que algunos un buen día tuvimos a bien rescatar para gloria de un libro que circula por ahí.

Era un tiempo manufacturado, de entrega, rectitud y denuedo, donde el trabajo, aunque duro, aún era patrimonio de las personas, y donde la honradez, aun con salvedades, era moneda corriente. Casi todos eran pluriempleados de las pequeñas cosas, ajenos a un mundo que había de llegar luego, parasitado de opulencias e injusticias, y ofrecido a los dioses paganos de la usura.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

lunes, 27 de octubre de 2014

Las lavanderas


Marchaban los burros cargados de serones con baños de cinc, portadores de la inmundicia y el desaliento de aquellas vidas entregadas al polvo de los campos. Las mujeres llevaban el cabestro de las bestias, camino de los ríos, arroyos o regatos de aguas bravas, para lavar las ropas almidonadas de sudores, y entregar los esfuerzos a las alegres aguas viajeras. Otras marchaban con el baño a la cabeza, sobre “la rodilla” (rosca de trapo acolchada y circular), y el lavador sobre el costado. Todas caminaban por las rutas del agua, que eran, quizá, como rutas medievales en pleno siglo XX.

Hasta principios de los ochenta, como ya contamos por aquí, aún quedaba un puñado de aquellos pueblos de la alta Extremadura, sin noticias del agua corriente. Las mujeres emprendían una constante peregrinación al agua: al agua de beber o al agua de lavar. Se encontraban por los caminos entre ellas, tanto o más que en el casco urbano de los pueblos: “¡Eh, María, ¿también vah pa la laveria? / Sí, habrá que aprovechal ahora ehtuh díah que han veníu algu bueninuh!”.

En verano se lavaba la ropa en los ríos, y el resto del año, ya más pluvioso, en los caudalosos arroyos de las cercanías. Las mujeres colocaban junto al agua el lavador de madera con almohadilla, o con espuma, donde arrodillarse, hecho por el carpintero del pueblo, pues aún quedaban carpinteros y otros oficios propios de aquellas necesidades.

El jabón de sosa castigaba una y otra vez las cascarrias agrestes de las telas; era el único detergente disponible, y el único azote de mugres y zurraspas adosadas a las ropas interiores. Estas zurraspas en la ropa interior en los pueblos recibían el nombre de “palominos”, y ofrecían una obstinada resistencia, obligando a las esforzadas lavanderas a emplearse a fondo sobre la roca, una y otra vez, contra los insurrectos palominos.

Algunas mujeres tenían todo el día la misma canción en la boca, como una letanía..., dale que te pego escurriendo el lienzo sobre el agua y canturreando hasta la saciedad la misma pieza. Las mujeres mayores, cantaban... no sé: "Eres más chica que un huevo y ya te quieres casar, anda ve y dile a tu madre, que te prepare el ajuar…". Las mujeres un poco más jóvenes, y afectadas de modernidad, tal vez cantaban alguna de aquellas canciones de Luis Aguilé, que irrumpieron de golpe en la España antigua de jota y alborada. Podían pasarse horas sobre el arroyo cantando: "Cuando salí de cuba, dejé mi vida, dejé mi amor, cuando salí de Cuba, dejé enterrado mi corazón…". A su vez, los pájaros entonaban también sus trinos de siempre. Todo era un festival de melodías más o menos disonantes.

Las grandes sábanas se tendían sobre canchos y paredes; a veces las defecaban los pájaros ante el disgusto de las lavanderas: “¡Alaaaalma quien loh criooo, ya me cagarun lah sábanaah loh tíuh joíuuuh!”. El resto de la colada quedaba también expuesta a los viandantes: camisas blancas que sudaron lo insudable en la era o en la siega; calcetines de lana llenos de “tomatinos” (agujeros); colchas con dibujos de frutas u ornamentos de la India, o de sitios imposibles de precisar; enaguas zurcidas con esmero; calzoncillos de patera larga con los citados palominos ya al fin defenestrados... La ropa, allí tendida, perdía su recato en favor del sol y el viento.

De niño, y en estos días de "laveria" con mi madre o abuela, me apartaba a zonas alejadas, arroyo abajo, quedándome extasiado escuchando el ruido relajante del agua sobre la piedra, la constancia milenaria del agua a su paso hacia la eternidad. Momentos de paz y silencio que también vivieron los místicos en sus retiros, como Gonzalo de Berceo..., o San Juan de la Cruz, y que debieron inspirarles cosas tan bellas y profundas como: “Entréme donde no supe, y quedéme no sabiendo, toda ciencia trascendiendo”.

Las conversaciones afanosas y los chismes, eran moneda corriente mientras se lavaba: “Poh he oíu decil... a mi tampocu me creáih... peru dicin paí que la muchacha de... la que se fue a servil a Madrid, ya se habrá echáu un mediu noviu…”. / “Sí, peru créu que eh algu rajamantah…”. / “Poh a mí tampocu me creáih, peru contarun ehta mañana en el comerciu que…”.

En las mañanas gélidas de invierno, las mujeres rompían el carámbano con las manos, y en los meses de calor se tapaban la cabeza con pañuelos dispuestos contra el sol. Todo era una lucha contra los imponderables de la naturaleza. Algunas lavanderas, incluso, lavaban ropa de encargo para otra gente. Lavando y lavando... siempre lavando. Las manos curtidas y agrietadas de viento, agua y jabones; manos que no recibieron crema hidratante alguna, más allá del adobo en la matanza.

Los burros lavanderos quedaban atados a una higuera, y a veces las ovejas se acercaban por allí a comer las hierbas de los verdinales, quedando una perfecta estampa de belén navideño, con ovejas sobre el musgo verde, pastores con albarcas y lavanderas sobre ríos de papel de plata. Todo era hermoso y bucólico, si no fuera porque se desarrollaba en el marco de la lucha áspera de siempre, arrostrando inclemencias de la más variada gama existencial.

Si la ropa iba muy sucia, se dejaba enjabonada hasta el día siguiente. Me cuentan de un generoso molinero que permitía a las mujeres dejar la ropa de un día para otro al lado del molino, para evitarles un pesado viaje de ida y vuelta. Allí, en el gran río de lavanderas y pescadores, un molinero, sí, mirando por el prójimo, y convirtiendo las orillas del Alagón en las márgenes de un Cafarnaúm de bondades y evangelios. Eran otros tiempos donde mucha gente aún vivía la vida desde la buena intención hacia los otros.

Había preferencia de unos lugares a otros por parte de las lavanderas: unas gustaban de arroyos aquí o allá, y otras de ríos. En los meses lluviosos, cualquier pequeño regato cercano al pueblo era válido para estos menesteres. La elección del lugar, poco alteraba la suerte de aquellas mujeres que entregaron tanto con tan poco a cambio; aquellas sufridas mujeres y niñas de posguerra, heroínas anónimas de un tiempo de más “pulgas que esperanzas”.

En época de vacaciones, algunos niños se iban por todo el día con la madre o la abuela. Se pasaban la jornada entera entretenidos con los juguetes que ofrecía la industria lúdica y rupestre de los campos. En todo caso, como mucho, se llevaban un minúsculo barquillo de corcha que servía para surcar mil veces los arroyos. No era extraño que un niño, accidentalmente, metiese el pie en el barro camuflado por las hierbas de los humedales, y una abuela enfurecida le gritase: "¡Uyyyyy cómu se ha puehtuuuuu, poh no te diji que no te desapartarah de pa quí!". Otra de las lavanderas salía siempre en defensa del infante: “Déjilo, tía, no ve que ehtá paí solinu y aburríu, probecitu”. Y parecía surtir efecto la exhortación a la compasión de aquellas improvisadas samaritanas, pues la abuela se ablandaba por momentos.

Por los regatos corría el agua primaveral junto a las margaritas, y los pájaros cantaban en la frondosidad de los álamos cercanos. El agua se llevaba la cochambre de las ropas en un corto tránsito de aguas que bajaban a los ríos..., ríos que a su vez, al igual que la vida, iban a dar a la mar, como dijese siglos atrás Jorge Manrique.

Con la llegada del agua corriente se acabó el suplicio de las lavanderas. Ya entrados los ochenta, llegaron las televisivas lavadoras de los anuncios a poner fin a aquellas caravanas de la “laveria”, que así se decía en el lenguaje coloquial.

Caía el sol sobre las montañas extremeñas, y regresaban las mujeres, con el olor del poleo impregnado en las faldas y el reloj del campanario marcando el final de la jornada. Volvían, lentamente, con los días vencidos y el sudor de las prendas ya entregado a las corrientes. Los burros, con el serón de la ropa a cuestas, marcaban una sombra alargada sobre un suelo de tierra hollada de pezuñas. Las ropas blanquecinas volvían dobladas y prestas de nuevo a la rueca incesante de los trajines, en un constante bucle inevitable y excesivamente dilatado en el tiempo.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

sábado, 4 de octubre de 2014

Periquillo el aguador



Por las calles, plazas y rincones, podíamos escuchar canciones infantiles asociadas a los juegos, canciones del más absoluto arraigo popular, con algunas variantes locales que alguien, sin duda, sobrescribió algún día, para darle un tinte personalizado a aquellas cancioncillas que se cantaban de papagayo en los juegos de la España rural, y llenaban de contagiosa alegría los espacios abiertos. Eran un hermoso legado acústico, un regalo para los oídos acostumbrados a groserías y exabruptos de toda índole. Estas canciones para juegos, eran, tal vez, parte del azúcar que endulzaba el café de puchero que se vertía por todas partes sobre el mantel de la vulgaridad.

Por aquí citaré tan sólo algunas de estas piezas, pues otras muchas las recordaréis sin demasiado esfuerzo, e incluso versiones distintas a las aquí citadas. Ya Joaquín Díaz, y otros folcloristas, hicieron un trabajo ímprobo rescatando muchas de estas joyas y poniéndolas otra vez al servicio del recuerdo.

Las canciones iban aparejadas a juegos de lo más variado. Recuerdo aquella, por ejemplo, en la que nos colocaban boca abajo, sobre las rodillas del que hacía de “la madre”, como si fueran a azotarnos, y dándonos diversos golpes con palmas y nudillos sobre la espalda, nos cantaban: “De codín de codán, / de la cabra coneján, / del palacio a la cocina, / cuántos dedos tienes encima”. Y si fallabas, que era lo más corriente, seguía la misma secuencia de golpes, cantándonos, acto seguido: “Si hubieras dicho... cuatro, / hubieras acertado; / de codín de codán, / de la cabra coneján…”. Nunca entendí aquello tan absurdo de la “cabra coneján”, tal vez fuera un extraño híbrido entre cabra y conejo, no lo sé, pero luego comprendí que las cosas más disparatadas, sencillamente tienen que ser así, y nada más, sin un ápice de raciocinio que las contamine.

Los muchachos saltaban al brinquillo desentonando cancioncillas repletas de atontadas retahílas y frases inconexas, inventando el vocabulario al más puro conceptismo rural, que hasta el mismísimo Quevedo hubiese aprobado: “Felipe Sánchez, / lo que no quitante, / lo que no quita tiña, / lo de mi primo burriña…”.

A los niños más pequeños, a falta de juguetes, se les agasajaba también con alguna de estas perlas tratadas hoy aquí. Recuerdo una tierna versión del “Pinto pinto gorgorito”, tomándoles las diminutas manos: “Pinto pinto gorgorito, / que viene la vaca del veinticinco, / qué calleja, moraleja, / que tiene un buey que sabe arar y cantear; / da la vuelta a la redonda, / que dice el rey que esa manita que se esconda…”.

De punta a punta de la calle nos cogíamos de las manos para cantar la mítica: “A tapar la calle, / que no pase nadie, / que pase mi abuelo / comiendo buñuelos…”; pero un vozarrón de aquellos a los que ya estábamos por suerte acostumbrados, destrozaba la magia del momento: “¡¡Quitalsuh de ahí a tomal por culu, ¿no veih que tienin que pasal lah behtiah...?!!”. Inmediatamente rompíamos la cadena solidaria para dejar paso a las bestias, las pobres bestias aquellas, que no eran más que nobles animales, muy alejadas de las bestias apocalípticas que hoy nos tocan en suerte, y que no piden permiso para pasar la calle, ni para entrar en nuestras vidas.

Al acabar el juego, a través de una ventana, bajo la parra de una casa, nos llegaba el cántico meloso de una abuela, que acunaba al nieto con una antigua nana que llevábamos impresa en lo más arcano de nuestra infancia: “Pajarillos que cantáis en la laguna, / no despertéis al niño que está en la cuna; / ea la nana, ea la nana, / duérmete lucerito de la mañana…”. Pero el niño que estaba en la cuna, un día despertó a un tiempo de memeces, y despertó para seguir durmiendo en un mundo de dormidos con muy pocos despiertos.

Había unos curiosos artilugios de papiroflexia, compuestos de cuatro pequeñas pirámides de papel, que se insertaban en los dedos de la mano, y se movían abriendo y cerrando a la manera de una flor. El extraño objeto de papel servía para elegir distintas opciones de lo más variado. Mientras se abría y se cerraba, se canturreaba: “Ehta eh la nochi, / ehti eh el día, / y ehti eh el culu de tía María…”. Las niñas lo usaban a menudo para especular con novios y novias, en un traicionero sorteo donde siempre se escondía alguna sorpresa entre malévola y desternillante.

Tal vez las canciones se centraban, quizá, en la trágica vida de años precedentes, donde la muerte, en particular la de los niños, convivía con la propia vida (qué contradicción) como dos colegas de macabras aventuras. Hubo un personaje, “Periquillo el aguador”, del que siempre tuve compasión, y al que otorgo el homenaje póstumo de dar título a este relato, pues no hay nada más cruel que, una vez finado, tengas que andar por ahí como un muñeco de trapo sin hallar reposo alguno, tal como debió acontecerle al pobre Periquillo: “Periquillo el aguador, / muerto lo llevan en un serón, / el serón era de paja, / muerto lo llevan en una caja, / la caja era de pino, / muerto lo llevan en un pepino, / el pepino era de a cuatro, / muerto lo llevan en un zapato, / el zapato era ya viejo, / muerto lo llevan en un pellejo…”.

Las niñas chocaban las palmas de las manos, nerviosas y pizpiretas, cantando, desde su inocencia, canciones crueles camufladas de comedia: “Don federico mató a su mujer, / la hizo tasajos y la fue a vender…”. Claro que el tal Don Federico, cual psicópata de pacotilla, seguía buscándose la vida por ahí, sin el más mínimo remordimiento, y hasta incluso acababa triunfando: “Don Federico perdió su cartera, / para casarse con una costurera; / la costurera perdió su dedal, / para casarse con un general; / el general perdió su espada, / para casarse con una bella dama; / la bella dama perdió su abanico, / para casarse con don Federico”.

No sé por qué los juegos de palmas abundaban en una extraña fusión de crueldad y jolgorio: “En la calle-lle / veinticuatro-tro, / se ha cometido-do / un asesinato-to. / Una vieja-ja / mato un gato-to / con la punta-ta / del zapato-to”. Era, tal vez, el viejo instinto de poner al mal tiempo buena cara, o soslayar, quizá, lo más cutre del ser humano, con una envoltura tragicómica. Algunas de estas canciones tenían un tono más simpático, y se nos revelaban como interculturales: “Soy el chino capuchino mandarín, chin chin, / que he venido del país de la ilusión, chon chon; / mi coleta es de tamaño natural, chan chan, / y con ella me divierto sin parar…”.

Alguna vieja pasaba por la calle con una calderilla de patatas, interrumpiendo el juego, y con cara de alcahuetilla, aunque con gesto de una cierta ternura, preguntaba: “¿A que ningunu se sabi ehti reflán?" (más bien trabalenguas), y entonces, en un forzado castellano “fisno”, que usaban siempre las viejas cuando recitaban algo de memoria, decía: “En el monte hay una cabra ética, perlética, pelambrética, peluda, pelapelambruda. Y tiene unos hijos, éticos, perléticos, pelambréticos, peludos, pelapelambrudos…”. Nosotros nos reíamos a carcajada limpia, con la misma inocencia de la anciana. A estas alturas, y en estos tiempos pelambréticos, echamos en falta aquellos tiempos en los que, hasta las cabras, por lo que se ve, eran éticas.

Por las matanzas próximas a la navidad, había costumbre de colocar columpios en las vigas de los corrales, y todos los niños, como locos, pugnábamos por “ehcolumbeálnuh” (columpiarnos), que así se decía en extremeño. Las niñas, a la vez que chirriaban las sogas en la majestuosa viga, cantaban villancicos reservados para aquellos eventos: “Dime niño, de quién eres, / todo vestido de blanco. / Soy de la Virgen María / y del Espíritu Santo…”. Mientras tanto, el trajín matancero seguía su curso, ignorándonos por completo, con el olor al adobo de la artesa impregnando todo el ambiente.

Y allí andábamos por todas partes, en aquellas concavidades de piedra, barro y sol, como Antón Pirulero, atendiendo cada uno a nuestro juego y pagando nuestras prendas. La mayor prenda que pagábamos, sin lugar a dudas, era despertar bruscamente del juego, y volver a la atroz realidad de un mundo adulto y descarnado.

Un día, escuchando una bella canción de Pablo Guerrero, recordé de golpe todas estas melodías perdidas de mi infancia: “A la ronda ronda del anillo dentro del agua. / Pagaré señal y prenda antes jamás pagadas. / Te traeré postales verdes de ciudades olvidadas. / A la ronda ronda del anillo dentro del agua”.

Unas niñas cantaban, saltando a la comba, en algún lugar de las afueras. Podíamos escucharlas desde lejos, subidos en un cerro, divisando el pueblo con un fondo de tejados y montañas hurdanas en lontananza. Desde lo alto nos llegaban las voces como una brisa intermitente, que a veces el aire se llevaba... y luego las devolvía, como si el aire, en su lado más infantil, se prestara a jugar un rato por ahí, mientras duraba el atardecer... “Soy la reina de los mares, / y ustedes lo van a ver; / tiro mi pañuelo al agua / y lo vuelvo a recoger”.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

lunes, 15 de septiembre de 2014

Las trojes



Al igual que Alicia cruzaba el espejo hacia un mundo lleno de fantasía, los niños levantábamos la tranca de la puerta de la troje, y accedíamos a un lugar tenebroso de embeleso y esperpento, de duendes pueblerinos escondidos tras las vigas de castaño, o de murciélagos colgados de amenazantes cabrios carcomidos. Allí, en aquella arquitectura pobre y caótica, lejos de pompas e imperios, apenas llegaba la luz de un "ventanillo" improvisado en la pared, o de alguna teja movida por los gatos. Las trojes, de repente, eran un azaroso parque infantil de telarañas y oscuras intenciones. En aquel parque, los infantes pasábamos largas horas, a veces solos, a veces con temblorosos amigos de aventura. Una vez llegada la noche, la troje alcanzaba la magia suprema, con la luz misérrima de una bombilla de 40 vatios alumbrando una gran superficie. Las siluetas, claro está, se tornaban totalmente indefinidas; de esta manera, las cosas se postraban a los pies de la imaginación infantil, y adquirían las formas antojadizas que siempre esculpe el miedo. Las brujas, sin más, se proyectaban siniestras desde ropajes oscuros colgados en grandes clavos pinchados sobre paredes de adobe, y en ocasiones se reían con sus caras ocultas en viejas gorras montehermoseñas, o quizá escondidas tras algún torcido puntal de madera, o tras una trinchera de sacos de picón.

Las trojes eran granero y desván, todo en uno. Por allí convivían las bellotas, las patatas o el trigo, con el retrato de algún tatarabuelo que ningún niño conocía, o del primo hermano de la bisabuela, que lucía ufano el uniforme militar de su paso por la guerra de Cuba, ahora durmiendo el sueño de los justos..., sueño de inútiles batallas perdidas y olvidadas. Podíamos hallar, también, alguna vetusta trilla desdentada, hamacas de tablas descompuestas, baúles forrados de latas de colores apagados, tajos rotos de corcha, pucheros despostillados, trébedes mugrientas, espejos rotos que ya cumplieron sobradamente el maleficio, antiguos reclinatorios que quedaron cojos de carcoma y fe; garrafas de antiguos vinos que causaron estragos en trasiegos pendencieros de otros tiempos, cestos de mimbre de Baños de Montemayor, maletas de madera que hicieron dos viajes, no más: el de la mili, y el de un contrato de tornero-fresador por seis meses en Madrid. Y así un largo inventario de cosas aparcadas que dejaron su impronta en la anónima historia de algunas vidas.

Era extraño y curioso que aún hubiese cosas desechables donde casi nada sobraba, donde casi todo hacía falta, aunque, faltaría más, aquellos objetos no eran propios del desván de ricas casas solariegas; no podíamos ver, claro está, el arpa del poema de Bécquer, sino más bien, allí, desde la troje, “en el ángulo oscuro, de su dueño tal vez olvidada, silenciosa y cubierta de polvo, veíase la tinaja…;” la tinaja o la artesa de la matanza, o tal vez el celemín, o la cuartilla de madera, o el liendro desliendrado..., o quién sabe qué otros objetos descansando en la quietud de un camposanto de recuerdos baldíos y confinados a la nada.

¡¡Callálsuh, coñu, que se oyi un ruiu en lah ehtrojih!! De las trojes venían ruidos, ruidos incluso misteriosos que casi siempre eran de procedencia gatuna... Los gatos... los sempiternos gatos. Ruidos también de lluvias persistentes. En los días de aquellas lluvias tenaces, los baños de barro hacían su apaño bajo las goteras, que eran como gotas malayas inquietando el sueño de los campesinos. Todo inquietaba el sueño de la gente, todo era, sí, un cúmulo de adversidades y zancadillas donde, casi siempre, hacía su agosto la ley de Murphy con total impunidad, como ya se ha dicho aquí reiteradamente.

En algún baúl de la troje estaban los libros de la escuela de posguerra: el Catón, la Juanita, y aquellos cuentos de la editorial Calleja (“tienes más cuento que Calleja”, se decía). Dormían, todos ellos, junto a la licencia de la mili de cualquier antepasado, guardada en un canuto de lata, rodeada de antruejos de un lejano carnaval, o una pera de goma para hacer lavativas, que nadie tuvo la osadía de tirar, no fuera a ser que hiciese falta para algo.

Los niños pegábamos el ojo a los agujeros que dejaban los nudos de las tablas, y mirábamos el submundo que se ofrecía por debajo, como desde un plano superior, sintiéndonos inexpugnables. Por aquel orificio interdimensional, podíamos observar al abuelo junto al chupón atizando la lumbre. Por estos mismos agujeros caían los gusanos de las bellotas, a veces, con tan mala fortuna, que aparecían en el tazón del café portugués de puchero, justo al punto de mojar la magdalena.

Las abuelas nos buscaban por todas partes, sin saber nada de nosotros, sin sospechar lo más mínimo que pudiéramos estar en lo más alto de la casa, en silencio, agazapados, absortos en el encanto misterioso de la troje. Al ser descubierta nuestra presencia en las alturas, bajábamos raudos a tierra hostil, sabedores de que allí, en las regiones del sur, imperaba la ley de la zapatilla, que acto seguido íbamos a experimentar nada más cruzar la aduana.

Los agujeros en las paredes de las trojes, servían para esconder las limas oxidadas o, incluso, el vino peleón de los viejos borrachines de antaño, que subían sigilosos con la coartada de coger la cebada de las cabras, y bajaban ya beodos, como pequeños alienígenas grises con barba de tres días, con la lengua trabada en torpes lenguajes de no se sabe qué lejanos planetas.

Por las trojes deambulaban los gatos en su espacio natural. Las gatas parían en lugares inesperados, y en las trojes donde no circulaban los gatos, los parientes extremeños de Mickey Mouse, hacían de su capa un sayo, y se daban un desordenado festín de trigo y centeno.

Las trojes nos permitían desconectar con el mundo de abajo, que nada nos gustaba, y al subir por allí, jugábamos al escondite, a inventar cuentos de miedo, a rebuscar en los baúles, a reinventar, en fin, mundos imaginarios llenos de fantasmas, que eran, tal vez, prefiguraciones de lo que posteriormente veríamos en el cine... y hasta en la vida misma.

En aquella oscura estancia fuimos felices a ratos, pues, aunque sabíamos de las crujías (sufrimientos) que se soportaban bajo nuestros pies, allí arriba todo era distinto; las leyes de los hombres quedaban a merced de las leyes de los niños, pero eso sí, tan sólo por un breve espacio de tiempo, el breve y mezquino espacio de tiempo que siempre otorga la felicidad.

Una tarde cualquiera del pasado nos quedamos allí, ya para siempre, mirando por una ventanilla los verdes campos extremeños, el arco iris de un día de primavera, o tal vez el crepúsculo final de un tiempo que quedó guardado en las arcas de la troje, que son las arcas de la memoria, llenas de arquetipos de un mundo más real de lo que seguramente hubiéramos podido imaginar.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS