viernes, 27 de junio de 2014

Siesta y cabezá



Ni gritos, ni estallidos verbales, ni algarabía por las calles, ni estruendo de carros y cascos de las bestias golpeando los guijarros, ni trajín rural de ningún tipo..., nada de nada, sólo silencio. Tan sólo niños y chicharras teníamos licencia para dar por saco en aquellas horas sacrosantas, licencia para conculcar el silencio milenario de la siesta. El tiempo parecía detenerse, dando una tregua a la zozobra de la sufrida gente; un exiguo y corto receso que permitía desconectar de una realidad demasiado áspera como para ser vivida sin interrupción.

Las calles y los campos eran lugares intransitables, hornos de tierra y piedra donde, en ausencia de sombrero, se cocían hasta los pensamientos. Temperaturas inhumanas que parecían mostrarnos un planeta más cercano al sol de lo que nos habían contado.

Los campesinos madrugaban para aprovechar la fresca, y aguantaban por la noche al fresco. Tanta fresca y fresco relegaban el sueño nocturno a la mínima expresión, haciendo obligatoria esa ancestral costumbre tan española y moruna de la siesta.

Los hombres llegaban del campo “ehcalamecíuh” (exhaustos), vencidos del calor y el trabajo, buscando, ávidos, el gazpacho de poleo y la justa y merecida entrega al descanso, que no era más que un breve armisticio pactado con la miseria, un instante de nada que se hacía soluble en la dura jornada.

Podíamos dividir la siesta en dos categorías: la siesta fugaz, o “cabezá”, en escaño de madera, con ronquido y mosca cojonera rondando la boina del abuelo, y la excelsa siesta de “pijama y orinal”, que acuñara el insigne Camilo José Cela. Esta última, en los pueblos, se llevaba a cabo en habitaciones lóbregas de tabiques de adobe, con suelos de granito más propios de ermitas románicas, y alfombras de corcha colocadas a los pies de gigantescas camas de hierro, que a veces ofrecían problemas de accesibilidad a los minúsculos pigmeos extremeños de edad provecta, que afrontaban la escalada como alpinistas artrósicos de calzoncillos de patera larga: “¡Cá veh me cuehta máh gateal a la joía cama, meee caaagüen toa la órdigaaaa!”.

Las sobreprotectoras abuelas aconsejaban a los nietos no salir a la calle en esas horas proscritas de la siesta, con la eterna coletilla de: “No salgah a la calli, prenda, que cain cócuh en la cabeza”. Nunca supimos qué tipo de cocos eran los que caían, aunque, en cualquier caso, los cocos nos caían por todas partes, tanto al sol como a la sombra; nos caían en el resto de lances de la vida, en aquella jungla amenazante y recia que era, sin duda, la infancia rural. Algunas veces se echaban en siesta las abuelas, dejando a los nietos jugando en el sereno de la casa, bajo el expreso mandato de no pisar la calle. Recuerdo haberme salido en cierta ocasión a jugar por ahí, y haber experimentado luego la justiciera zapatilla en las nalgas que a todo infante otorgó natura.

A veces los niños éramos forzados a dormir la siesta, y andábamos por allí, echados en la cama, buscando musarañas o cualquier otro elemento de distracción, hasta que, poco a poco, nos íbamos quedando dormidos mirando aquellos bellos cuadros de San Miguel Arcángel, o de ángeles de la guarda protegiendo a niños que cruzaban pasarelas junto a precipicios.

En la trilla también podíamos ver raquíticas e improvisadas siestas, con trilladores echados a la sombra de las hacinas, y el gran sombrero redondo de paja puesto sobre la cara, como los mejicanos de las películas del oeste; aunque estos mejicanos de pueblo, ciertamente, trabajaban bastante más, y se movían con mucha más soltura que los chicanos despatarrados y perezosos que podíamos ver en los “spaghetti western”.

En los campos castigados por el sol cruel y despiadado del verano, las vacas se “amosquilaban” bajo las encinas, las ovejas buscaban sombras por doquier, y todo era una continua lucha de sombra y sol. Aquella brutal dicotomía estaba tan interiorizada entre la gente, que incluso el cubata rural de los bares (anís y coñac) adoptaba el nombre de “sol y sombra”, para expresar la frontal dualidad del bien y el mal, de la verdad y la mentira, de la paz y la guerra, del blanco y negro de un tablero de ajedrez con un jaque constante a la existencia convulsa de aquellos habitantes. Todo allí, en una tierra donde no había medias tintas, donde todo era, sin más, o sol, o sombra.

Pastores y cabreros dormían la siesta en los chozos, o bajo los árboles de copa extensa; o a la sombra, quizá, de algún cancho generoso, o tal vez junto a la orilla de arroyos con chopos frondosos que dejaban el bello canto de los ruiseñores al atardecer. Nadie usaba despertadores ni relojes, ni falta que hacían. El único reloj era el propio sol marcando su posición en las alturas, y el fiel compromiso que nace del deber, que es el reloj más preciso y fiable de todos.

Aún era posible, en aquel tiempo, encontrar octogenarios echando un “pabilu” (cabezada) en los poyos de las calles, con sus almidonadas camisas blancas y alguno de aquellos antiguos chalecos negros. Cerraban los ojos, pañosos de cataratas, y se quedaban quietos, como en un ensayo de la ausencia definitiva que intuían ya cercana.

Otra escena frecuente en los hogares, era un padre, o un abuelo, dando una cabezada en la silla coja y destartalada que había en todas las casas, y, cuando la pata de la silla fallaba, se despertaban con sobresalto incluido, diciendo frases del estilo: “Me he queáu trahpuehtu..., me cagüen sane, habrá que echalsi un ratu en siehta”.

La siesta también se llevaba a cabo en lugares surrealistas e imprevistos: en pajares, en las trojes de las casas, encima de viejas mantas zamoranas, con alforja por almohada, o en algún viejo cuarto lleno de melones, junto a higos secos colocados sobre telas de esparto..., y eso sí, todo ello acompañado de un zumbido constante de moscas y moscones que provocaban un efecto somnífero imposible de aguantar más allá de dos o tres minutos, sin acabar, al fin, entregando la cuchara en favor del desalmado de Morfeo.

A finales de los setenta empezaron a ser habituales los televisores en las casas, y con ellos nos llegaron las primeras telenovelas de sobremesa. Durante la emisión de tan novedoso acontecimiento, desde el fondo de la alcoba oscura se oían los ronquidos del ciclópeo padre de familia, que a veces, desde el cuarto, asustaba a los televidentes con un seco vozarrón: "¡Ponel esu máh baju de una puta veh, que no hay quien pegui oju en ehta casa!".

Sobre las cinco y media de la tarde, iban llegando los primeros ruidos callejeros, desperezándose la oxidada maquinaria acústica de la vida rural, con labriegos que no engrasaban los ejes de las carretas, como en la canción. Alguna que otra tarde, una vez concluida la siesta, nos sorprendían las repentinas tormentas de verano, con olor a tierra mojada y mujerinas asomadas a las cortinas diciendo: "¡¡Uyyyy, vaya revolturiu que se ha formáu en pocu ratuuu!!". Y la vecina contestando desde la puerta de enfrente: "¡¡Uyyyy, dioh míuuuu, la ropa que tenía tendía en el canchu, cómu se habrá puehtuuuu!!".

Todo volvía a su ritmo, un extraño ritmo entre cansino y eléctrico, pero siguiendo el curso de las leyes naturales. La vida seguía después del paréntesis de la siesta, con sus claroscuros, y el tiempo no era más que un trilero, un tahúr insobornable, que nos dejaba siempre ausencias imperdonables y expresiones en el rostro que alternaban, sí, a veces sol, y a veces sombra.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

martes, 27 de mayo de 2014

Viejos al sol



A veces estaban al sol, como a veces a la sombra, a veces en un poyo, como a veces en una desvencijada silla de nea. A veces estaban presentes, como a veces casi ausentes. Eran los viejos y viejas que vimos desde niños; viejos viejísimos, antediluvianos, con las arrugas marcadas a fuego, y viejas viejísimas, con el luto adosado a la piel y numerosas “faltriqueras” donde guardaban los caramelos para los nietos que se dignaban en ir a visitarlas. Ancianos que vimos y aún seguimos viendo; pero aquellos abuelos y bisabuelos de nuestra infancia, venían como de otras épocas lejanas, como de otras edades rancias de olor a cretona. Eran el reducto de siglos pasados, que dejaron una delegación en el siglo veinte, para que conociésemos las formas de vida que durante muchos años permanecieron inmutables.

En aquel tiempo, podíamos distinguir dos generaciones de viejos: nuestros abuelos, que nos hablaban de la guerra civil, de la “Cuesta de las perdices” o “La batalla del Ebro”, y nuestros bisabuelos, con sus holgadas blusas de dril, que nos relataban episodios de la Guerra de Cuba, o nos contaban peripecias, por ejemplo, de algún legendario personaje de su época, que andaba descalzo y se desplazaba montado en una vaca por mitad del pueblo.

Los bisabuelos hablaban con voz trémula y débil, ya casi desde el palimpsesto de la urna cineraria, que diría el escritor pedante y socarrón. Nos hablaban, sí, con un tono aflautado y quebradizo, de sus cosas de entonces, de vivencias perdidas en la noche de los tiempos..., de cuando no existía la luz eléctrica..., de cuando la palabra dada era más importante que los contratos por escrito, que llegaron después, de la mano de los prestidigitadores de la mentira, que a día de hoy podemos percibir por todas partes.

Aquellos ancianos jurásicos se sentaban en poyos de cantería, o en sillones de mimbre, cual figuras indiferentes de un museo de cera derretido al sol, rígidos y estáticos durante horas, como mantis religiosas con las manos encima del bastón, inclinándose ligeramente para soltar alguna débil ventosidad, inaudible en el silencio octogenario de la tarde. Al cabo de un rato, salía la hija de alguno de ellos buscando al progenitor: "Ámuh pa entru, padri...; ¡¡uyyyyyy, cómu se ha puéhtu loh pantalonih de tierra..., poh no le diji que se sentara pa ehta otra parti, que ehtá el poyu máh limpiu!!

Había algún viejo “pirongu” que aún montaba en burro  a la manera de un “Conde Olinos  extremeño”, que en las mañanas de San Juan llevase a su burro a beber a la laguna, y en vez de un lindo cantar, canturrease “El Algabeño” u otras coplas flamencas de su tiempo. O podíamos verlo, también, cargando leña, o poniendo la cincha al mulo, o haciendo un receso y apurando un Celtas Cortos con los dedos agrietados y amarillentos de la nicotina.

Aquellos viejos tenían aún esa "extraña costumbre" de hablar durante horas, a veces martilleando sobre el mismo tema, como una gota malaya ajena a los relojes. Ellos, allí, erre que erre, inmersos en las redes sociales de su tiempo, hasta que un burro rebuznaba en el corral y los devolvía a la realidad, haciéndolos cerrar el “facebook” de su época, en favor del tocino y los garbanzos que esperaban a la mesa.

Por todos los barrios del pueblo se repartían las “viejinas” sentadas en minúsculas sillas de nea, zurciendo medias y calcetines sobre originales huevos de madera, luego sustituidos por bombillas fundidas. Hablaban entre ellas, con voz de alcahuetillas, y rompían los silencios con algún escandaloso suspiro de España: ¡¡Aaaaayyyyy, Crihtu benditu!! También podíamos verlas detrás de las cortinas, que a veces apartaban un poco para mirar disimuladamente, o aprovechaban algún roto de las mismas, que les permitía avistar la actualidad y hacer la consiguiente crónica social, como sagaces reporteras de aguja y retal, trabajando para la universal emisora del chismorreo a través de las ondas hertzianas del boca a boca.

Otra estampa costumbrista era la del viejo, al atardecer, comiéndose el chorizo y el pan en el poyo de “la su puerta”, y el gato, al lado, esperando ver caer la tripa al suelo, cosa que era harto difícil, pues, antes de llegar la tripa al suelo, el gato se encargaba de dejar en evidencia al mismísimo Newton.

Algunos abuelos eran sobradamente verbales, y nos exponían curiosos problemas de ingenio, nos cantaban canciones heredadas de sus ancestros y, cuando el ambiente lo requería, nos contaban cuentos de lobos. Los lobos eran el único elemento de terror que daba la tierra extremeña, pues aún no estaban de moda los hollywoodienses vampiros, ni la repulsiva casquería zombi abigarrada de símbolos satánicos.

Por cualquier parte podíamos encontrar a viejos sordos, que hablaban a voces sentados en los poyos, y aireaban a grito pelado sus comentarios inoportunos sobre los transeúntes que pasaban por la calle delante de sus mismas narices: “¿Éhta eh la que queó preñáaaa?”. / "Esu dicin; a mi tampucu me jágah muchu casuuuu”. / “No hablih tan reciu, coñu, que te va a oíl”.

Al oscurecer, podíamos ver a dos comadres ancianas cruzarse por la calle, una de ellas, con la imagen de la Sagrada Familia a la cadera, y la otra con una calderilla de huevos del corral: “¿A qué hora dijerun que era mañana la novena?”. / “A lah nuevi, créu... o esu me paeci habel entendíu”.

Estaba también el viejo “tullíu” (tullido), que se resistía a quedar al margen de la hacienda, y sentía pavor imaginando las cosas manga por hombro, preguntando constantemente por esto y por aquello, y recibiendo un largo rosario de mentiras piadosas que le dejaban, tan sólo, un momentáneo estado de tranquilidad.

Viejos que se “remuaban” en la fiesta del patrón del pueblo, y olían desde lejos a alcanfor. Viejos haciendo vino de pitarra. Viejos echando bellotas a las cabras en el “jerráu” de madera. Viejas matando a besos al “nietinu” (nieto) de manera compulsiva. Viejas picando pan duro en las sopas de ajo. Viejos sonriendo, con dos dientes por sonrisa. Viejos depositarios de un saber que no viene en los libros, ni en los modernos tratados de marketing. Viejos y viejas que nunca volverán, pero que antes de irse nos enseñaron a ser buenas personas, frente a un mundo y un sistema de cosas que nos quiere, en cambio, miserables.

Nos dejaron, en fin, principios morales, cuentos, refranes, chascarrillos... Aún recuerdo un tesoro verbal que me contaba mi abuelo sentado al sol, que a su vez le enseñó un viajante cuando él era apenas un muchacho, y que versa sobre un hermoso y surrealista diálogo entre un borracho y el eco:

Cruzaba un borracho enteco,
cierta calle, cuando el eco
respondió a su voz potente...

¡¡Teeeeenteeeeee!!

Dijo el borracho parándose:
Quién manda.
Por estas calles ¿quién anda
que mis palabras oyó?...

¡¡Yooooooo!!

¿Y quién eres, que me cucas tanto el bulto?
¡Sal cobarde, de rabia mi pecho arde
por echarte mil pelucas!

¡Luuuuuucaaaas!

¿Lucas Gómez, el del Cese,
el que tanto porfiaba,
que la voz se le enroncaba
esperando a que bebiese?

¿Eeeeeese?

Y que haces aquí a estas horas chafarino,
¿quieres alegrarme el paso con algún recio sabino?

¡¡Viiiiiino!!

¿Vino dices?, pues aquí sentado te espero.
Pero antes Lucas, sólo una cosa te pido:
¿cuántos tragos me consiento?...

¡¡Sieeeeentoooo!!

¿Ciento?, ¡virgen soberana!...
Dijo, y se durmió al instante,
y en la calle un vigilante
lo encontró por la mañana.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

domingo, 4 de mayo de 2014

El baño estival



Era un día de calor sahariano, de un verano cualquiera de los ochenta; dos ancianos sentados en un umbral, junto a una puerta llena de “talleras” y latas oxidadas, bajo un silencio de moscas y olor a cáscaras de melón. Al cabo de un espacio de tiempo insobornable, uno de ellos, en tono pausado y misterioso, le dice al otro: “Cuarenta añuh jaci que no me metu en el agua”. Tras un rato sin contestar, y con gesto hierático y sentencioso, responde el compañero: “Yo quizá jaga máh entoavía”. Alguien, desde dentro de la puerta, escuchaba el breve diálogo, y un tercero, el que suscribe, lo cuenta ahora por aquí.

Era la guerra del secano contra el regadío, la guerra de las “cascarrias” contra los jabones; guerras que escribieron el pasado de unos octogenarios que llegaron a longevos distanciados del agua, que es fuente de vida, mira tú.

El baño era una palabra tabú. El único baño que se conocía era el baño de zinc, o el de plástico, ya en los tiempos de la plastificación del mundo, o el baño que te daban cuando perdías en cualquier juego o asunto: “Le han dáu un bañu a la bríhca ehta tardi en el casinu, y vieni enfurruhcáu”. Todos los baños posibles se conocían de primera mano, menos el baño corporal, que era un intruso rara vez invitado a la fiesta.

Los baños en los ríos y pantanos empezaron a hacerse frecuentes por los años setenta, y ya con mayor profusión en los ochenta. Los adolescentes, en más de un caso, teníamos que escaparnos al baño de manera clandestina, como furtivos traficantes de aguas embalsadas, burlando los miedos atávicos de nuestros antepasados. Marchábamos en pequeños pelotones ciclistas por aquellas descarnadas carreteras de baches que parecían elegidos a propósito. Circulábamos por allí en una suerte de Verano Azul televisivo, aunque nuestro azul era más bien un azul tirando a grisáceo, y sin Chanquete, pues los chanquetes de los pueblos eran de tinte malhumorado y se quedaban viendo los toros o jugando la partida, sin acercarse a las playas castizas de los pantanos que antiguamente ellos mismos pisaron cuando, tiempo atrás, fueron grandes dehesas de encinas y espléndidos alcornocales.

El contacto más corriente con el agua, generalmente, era en un palanganero, o en las versátiles “palancanas” (así llamadas por allí), donde el labriego se lavaba los pies después de las tareas campestres, viendo asomar los dedos en el agua negra como perfectos calamares en su tinta, después de una dura jornada de haber faenado por ahí, entre su corazón y sus asuntos, que diría el poeta.

Los únicos nadadores que la tradición contemplaba, eran algunos pastores o cabreros, que nadaban siempre a braza, en un estilo particular que podía haberse llevado a las olimpiadas con el nombre de “Braza rural”, donde el nadador olímpico, además de avanzar, tuviese la obligación de entornar los ojos y poner la boca retorcida, como de vieja galaica, tal y como describiera Umbral la mueca perenne de Torrente Ballester. También nadaban los antiguos pescadores en los ríos, aquellos que aún pescaban con redes en pequeñas barcas artesanales, como antiguos pescadores neotestamentarios por las aguas del mar de Galilea. Estos nadadores locales fueron considerados auténticos “hombres peces” por el resto de habitantes del secano extremeño (donde casi nadie sabía nadar), y los ancianos no concebían que tú, un simple adolescente, nadases mejor que estos últimos, y que, además, nadases en distintos estilos, como por ejemplo a “crol”... ¿A qué coñu hah dichu? Por eso, cuando contábamos en casa nuestras destrezas natatorias, situándolas en un nivel superior a las de aquellos acuáticos cabreros, nuestros abuelos se echaban a reír, pensando que éramos unos pobres ilusos. Claro que nunca se tomaron la molestia de venir a vernos nadar.

El miedo al agua siempre estaba presente: el miedo al agua de los pozos, con un monstruo intangible que llamaban “La Mora del pozo”, y que atrapaba a los niños que se asomaban al brocal; el miedo a los estanques, a los ríos..., el respeto siempre al agua como una amenaza ancestral heredada de siglos o milenios. Y, por supuesto, ni hablar de la inmersión o el nado; el sólo hecho de mentarlos imponía un severo respeto a los adultos. Cuando preguntabas a los mayores si sabían nadar, solían responder con sorna: “¿Yoooo?, comu el náu del gorrón, del primel golpi al jondón”, y todo el personal circundante miraba con risilla cómplice, al tiempo que un traicionero hormigueo, de zozobra y respeto, les recorría por detrás “dendi loh carcañalih hahta la cotorina”.

A los primeros baños setenteros se iba preferentemente en bestias, o en el socorrido coche de San Fernando. Recuerdo, de niño, haberme ido a bañar con mi abuelo al río, con burra y merienda incluida. Fuimos a un charco de las márgenes del Alagón, que apenas tenía un metro de profundidad. Mi abuelo, campesino alejado de las procelosas aguas, pero práctico hombre de campo, para su tranquilidad, decidió atarme con una soga por el cuerpo, a la altura de las axilas, en un aldeano y seguro método salvavidas. Mi abuelo me observaba en la distancia, con el extremo de la soga a su lado, riendo y preparando las viandas. Desde la lejanía, algunos bañistas contemplaban la escena en jocosa actitud.

Otro tipo de salvavidas muy acorde al ingenio agreste y surrealista de aquellos pueblos, eran los flotadores de cámaras de coche, y la opción, en tamaño familiar, de cámaras de camión, con numerosos parches que dejaban fallas de seguridad, y una cierta desconfianza en los nadadores más bisoños. Pero allí estaban siempre ocho o diez niños subiéndose encima, sin nada que envidiar a ningún parque acuático de los de hoy. Algún día comercializarán este tipo de cámaras poniéndoles colores rosados y monigotes de moda con los que hacer negocio.

Los varones más jóvenes se adaptaban pronto a la modernidad, usando calzoncillos slip de color oscuro, que hacían las veces de bañadores..., para qué más. Las cremas protectoras eran pura anécdota, aún vistas por los hombres rurales como potingues para señoritas o varones de escasa masculinidad.

El moreno en la piel nunca gozó de gran aceptación entre nuestros mayores, pues era sinónimo de pobreza y trabajo a la intemperie. Cuando los viejos se enteraban de que algunos jóvenes tomaban el sol para coger color, sonreían pensando para sí mismos: ¡Qué sacho y pico les daba a cada uno!

Un buen día, a finales de agosto o principios de septiembre, alguna tormenta inoportuna nos enfriaba el rostro y nos marcaba el final del baño y del verano; los grandes flotadores negros se desinflaban hasta el año siguiente y, sin solución de continuidad, presentíamos los albores del otoño con las fiestas de los cristos en los pueblos, y el olor a “sequío” que nos llegaba con las primeras lluvias. Pero no importaba, pues después del baño veraniego nos quedaba el otro baño, el baño humano, el que ahora hemos visto menguado o sustituido por una absurda sublimación del individualismo, que nos ha dejado desnudos y desprovistos de lo más elemental y necesario: los otros. Se nos acababa el baño estival y teníamos, sí, el baño humano, ese otro tipo de baño que con  poética y finísima pluma tan bien describiese Vicente Aleixandre, allá por 1954: 

No te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y buscándote entre los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos...
Entra despacio, como el bañista que, temeroso,
con mucho amor y respeto al agua,
introduce primero sus pies en la espuma,
y siente el agua subirle, y ya se atreve,
y casi ya se decide.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

domingo, 13 de abril de 2014

Entre burro y carreto



Durante la revolución industrial, los nuevos medios de transporte, con el ferrocarril a la cabeza, marcaron un antes y un después en la manera de concebir las relaciones comerciales entre la población occidental. Quién iba a decir que, siglo y pico después, por nuestras latitudes, el transporte cotidiano aún fuesen carros tirados por bestias, o las propias bestias como soporte principal. Aquí seguíamos viendo por todas partes la sempiterna imagen del anciano encaramado al burro, o al mulo, y un constante ir y venir de asnos y jinetes en locomoción campestre, ajenos al devenir de un progreso que luego se nos revelaría como un Judas disfrazado de moderno, como un fullero existencial, dándonos el tocomocho más sutil y espurio de la historia.

Allá por los años setenta, fueron llegando, de manera más o menos apreciable, tractores y camiones de las marcas Barreiro y Pegaso, pero no me extenderé mucho en ellos, pues no son bienvenidos a estos menesteres literarios que aquí proso en estos folios cibernéticos, en mi afán de cronista de aquellas cosas.

En aquel “tiempo de pulgas y esperanza”, veíamos burros por todas partes..., burros cargados de tarmas, de sacos de bellotas, de leña, de cántaros...; cargados de toda la materia onerosa del desaliento. Recuerdo aquellos jumentos con haces de espigas, que los niños, sigilosamente, hurtábamos al descuido del dueño; espigas que devorábamos dejando una raspa de sardina vegetal, y la broma recurrente, luego, de esconder la espiga pelada detrás de la espalda y preguntarle a otro niño: “¿Hah vihtu a tu padri coratu?"; y, con sonrisa pícara, enseñarle el esqueleto de la misma y soltarle: “Poh aquí tienih el retratu”.

Los ojos del burro tenían una expresión triste, como no podía ser de otra manera, con una vida llena de ingratitudes, siendo castigado por fallos involuntarios y sin recibir la más mínima caricia o gesto de afecto; si acaso, muy de tarde en tarde, alguna palabra dulce de aquellas sensibles niñas de ciudad que aparecían en los meses de verano. Ahora los burros son libertos, como lo fueron los esclavos después de la Guerra de Secesión norteamericana, y viven en manadas por los mismos parajes en los que otrora fueran cautivos. La vida de estos nuevos pollinos, es respingar sin oficio por esos prados bucólicos de los pueblos extremeños, y dormir al rescoldo de la manada, inspirando poemas románticos junto a la luna reflejada en charcos acicalados de flores de mayo. Estos rucios liberados, tienen ya sus derechos y estatutos, y viven, por fin, sus días de vino y rosas. Son hijos de una estirpe de jumentos que habitaron (y sufrieron) un tiempo pasado de estallido gutural y zurriaga, y que han dejado al fin su vida de burros propiamente dicha..., valga la “rebuznancia”.

En los años setenta fue el apogeo definitivo del carreto (carretilla) en las duras aldeas de la Galia extremeña (donde no había ningún Obelix, por cierto, pues nadie comía a esos niveles pantagruélicos). El carreto, ya digo, irrumpió de una manera insultante y pasó a redimir al burro de algunas cargas. Desde ese momento, pudimos ver gente con carretos parada en los caminos, recreándose en las mismas conversaciones cansinas de siempre, sin riesgo a que el carreto se espantara ante nada ni ante nadie. Si pasabas una hora más tarde por el mismo lugar, allí seguían, erre que erre, carreto frente a carreto: “Me acuerdu yo que otrah vecih, de chicu, mi padri moh mandaba a ehcardal dendi bien tempranu…”. Hasta que el reloj del campanario daba las dos de la tarde, y uno de ellos volvía en sí: “¿Lah doh ya...?, Meeee cagüen, la mujel ehtará echandu petíhcuh…”. Y emprendían otra vez la marcha, carreto en mano, hasta cruzarse con el siguiente burro o carreto, en una interminable sucesión de cruces y paradas, buscando el contacto necesario con el otro; eso que algún filósofo llamó “la otredad”, y que ahora nos suena pedante, pero que es, a fin de cuentas, uno de los tesoros que nos ha usurpado este sistema de cosas sutil y demoníaco, competitivo y desnaturalizado, vampiro de tiempo y afectos humanos.

La carretilla fue un antiguo invento de los chinos, según leí por ahí en los entresijos de los interneses. Podemos ver, incluso, grabados europeos del siglo XI, con hombres transportando damas en carretillas de madera. Entonces la carretilla era un medio de transporte para la clase noble, qué curioso. Quién diría que el carreto acabaría cayendo tan bajo al cabo de los siglos, siendo portador, incluso, de cagajones recogidos por las calles, para acumularlos en pequeñas estercoleras.

El carreto era un burro inanimado, una mutación inesperada del propio burro; se diría que el carreto era un burro mutante que pasaba a compartir corral con el pollino original. Mientras el burro dormía junto al pilón, el carreto se quedaba haciendo el pino sobre una pared áspera y sucia, en un ambiente oscuro de Zotal y garrapatas.

Los niños cogíamos el carreto para montarnos los unos a los otros, dándole un nuevo sentido lúdico a un instrumento concebido para poca diversión. Los pequeños siempre poniendo risas y alegría a la expresión avinagrada de nuestro alrededor. No resulta nada extraño, ahora mismo, ver a niños sonriendo en lugares del tercer mundo, exactamente igual que lo hacíamos nosotros por allí.

También, por los primeros ochenta, apareció de manera irreverente “El carro de Talavera”. El carrino de Talavera, como así se le llamaba, era un híbrido entre burro y carreto, era un carreto gigante tirado por un burro, y un hombrino en lo más alto, como un auriga romano, esclavo conductor de los recursos mínimos de aquella tierra de lucha y terrón. Las gorras de chulapos madrileños pasaron a formar parte de una nueva estética asociada a estos carros talaveranos; estas gorras acabaron jubilando a la boina tradicional. El carrino de Talavera, sin duda, era el heredero natural del carro antiguo, aquel carro de siempre, de enormes ruedas de hierro y madera, que luego acabaron adornando los chalets de la costa, en las películas de Arturo Fernández y Manolo Escobar. Tal vez fuese el carro que perdió este último, de noche, mientras dormía, y que llevamos años buscándolo entre todos por ahí.

Un buen día, el anciano dueño del burro y el carreto, se marchó con los hijos a la urbe, echando de por vida la tranca del corral, a la espera de algún comprador veraniego de los que buscan volver a sus raíces procurando casa propia. El burro fue vendido, con un futuro incierto que mejor no contar, y el carreto quedó patas arriba, como un triste acróbata de las tinieblas, entre murciélagos y telarañas. Quedó allí, como parte de una estampa burlesca de un pobre humor extremeño de matanza y pandereta.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

domingo, 30 de marzo de 2014

Ciudad de luz y sombra



En los primeros días tórridos del verano, podíamos ver las siluetas de aquellas caravanas de campesinos, y las bestias cargadas con haces de trigo y cebada. Marchaban camino de la era, como una hilera de nómadas en un lento éxodo hacia una tierra prometida de sol y castigo. Iban allí, cual antigua estirpe de caminantes perdidos en el tiempo. Acababan, finalmente, poblando un valle despejado que, en pocos días, cobraba la forma de una antigua civilización de paja, con edificios, calles, barrios y vecinos de temporada estival. Los hombrinos, con sus grandes sombreros de paja, parecían a lo lejos pequeños champiñones mecánicos y recios, moviéndose nerviosos en un paisaje ocre de sudor, sed y cebada. Era el paisaje de la era, sí..., era la era, cuando aún era.

Después del acarreo de los primeros días, llegaba el asentamiento, formando, tal vez, una versión campestre de lo que pudieron ser en su tiempo las primeras civilizaciones mesopotámicas. Y allí transcurría el mes de julio, en una particular localidad de veraneo, donde la playa era una parva, la sombrilla una barraca y el “spa”... el spa era tan sólo paja.

La luz era deslumbrante y cegadora, en contraste brutal con la sombra; se diría que no había medios tonos, como en la propia forma de vida aquí glosada, donde todo se vivía en los extremos y los matices se convertían en simple fruslería reservada a señoritos o haraganes.

En aquel improvisado poblado se establecía una nueva comunidad de normas y costumbres, mejor y distinta en lo humano, donde todo el mundo ayudaba a todo el mundo, y se olvidaban, en parte, las rencillas absurdas de la vida rural, sabedores de que todos iban a necesitar de todos. Era una relación que podía recordar, de alguna manera, a las comunidades amish o menonitas, salvando las distancias.

El trillador se instalaba bajo una pobre y recortada jaima extremeña, llamada “barraca”, construida, tan sólo, con cuatro míseros palos y un techo de escoba. Allí, debajo de la barraca, se colocaba el más elemental apoyo logístico: un barril o botijo, un tajo de corcha, un liendro de madera y un perro “orejivivu” sin tonterías.

La hora en que mejor molía la parva era durante la siesta (como no podía ser de otra manera), para obligar a los desfallecidos trilladores a pasarse la siesta bajo un sol justiciero cayendo sobre ellos como una daga cruel sobre la espalda. Podíamos ver, por ejemplo, a una pobre mujer de negro, con sombrero de paja, trillar impenitente sobre una trilla arrastrada por dos burros cansinos, que parecían ralentizar las agujas del reloj a cada golpe de pezuña, con la música de fondo de las chicharras que, año tras año, repetían la misma canción del verano sin importarles demasiado los derechos de autor.

Para separar la paja del trigo (cosa que se hacía de manera literal, y no figurada), se necesitaba el soplo del aire cierzo. En no pocas ocasiones, al cierzo se le antojaba soplar un solo día determinado, y eso sí, preferentemente de madrugada. Allí estaban los trilladores, una vez más, burlados por la meteorología, levantándose a las cuatro de la madrugada a limpiar, canturreando distintos palos del flamenco, y lanzando paladas de paja y trigo al viento, con la luz de la luna lunera cascabelera.

Lo más cómico y original que recuerdo, rayano en el esperpento literario, era el uso del orinal, que se adjuntaba a la trilla como un accesorio más, al objeto de evitar que los burros defecaran en la parva mientras trillaban. El orinal “despostillado” encontraba su sitio en la trilla después de algunas décadas como receptor del orín de varias generaciones, y después de haber pasado por el estaño de la fragua de “Tío Vulcano”. El orinal se colocaba detrás del trasero del burro cada vez que éste hacía un amago levantando el rabo, aunque casi siempre era para sacudirse las moscas y no para lanzar el consiguiente regalo escatológico; no en vano acudíamos raudos con el orinal pero... nada de nada, falsa alarma, y así sucesivamente, hasta que, cansados de tanto aviso infructuoso, se nos iba el santo al cielo mirando las musarañas infantiles, y en ese instante caían los “cagajones” a la parva, al grito desaforado de la abuela que contemplaba desde lejos la escena: ¡¡Que ehtá caganduuuu el burruuuu..., no te diji que ehtuviérah al cuidáuuuuu!!

Con la brisa fresca de la mañana llegaban las hacendosas mujeres desde el pueblo, portando el desayuno. Con frecuencia, el desayuno no era más que un pobre “tirbitarbi" de café de puchero y alguna perrunilla, para ir tirando millas. El resto del aporte energético eran unas duras y secas tajadas de tocino en la comida, con pan de varios días, y un gazpacho “isotónico” en cuenco de corcho, o, tal vez, el cocido en la “jerrá de corcha”, que era el tupperware del momento. Como podéis deducir, la obesidad y el sedentarismo de nuestros días, eran dos sujetos desconocidos que nunca tuvieron interés en acercarse por allí.

Para los niños rurales, lo más parecido a un parque de atracciones que podíamos conocer, era todo aquel entramado de cosas que se desplegaba en torno a la era. Aquello se convertía en un lugar mágico para nosotros, con olor a paja y naturaleza, y la convivencia jovial y alegre entre las personas. Los niños trillábamos un rato en la trilla del abuelo, o jugábamos al escondite tras los grandes bloques de hacinas, pero, el momento culminante del espectáculo, era la hora de juntar la paja formando “el muelo”, con la ayuda de un ancestral artilugio llamado “allegaol”, que era una pequeña viga de madera con dos sogas en los extremos tiradas por las bestias. Sobre aquel madero nos subíamos pequeños y mayores, familiares y vecinos de parva, y, a modo de cuadriga romana neoextremeña, el “allegaol” avanzaba a ras de suelo, y la paja se iba acumulando y creciendo frente a nosotros, hasta llegar a tocar la cara de los más pequeños, que caíamos de culo al suelo muertos de risa. Qué barato y provechoso resultaba todo aquel divertimento, donde nadie te cobraba entrada y el único pago era mostrar una sonrisa aquí o allá.

Al atardecer regresaban los muchachos mayores hacia el pueblo, con aquellas viejas bicicletas sin guardabarros y con freno de zapatilla directa a la cubierta, pedaleando a toda mecha, con la camisa hinchada al viento y cara estreñida, que era la cara que había que poner para estar acorde al estado natural exigido por los tribunales consuetudinarios del lugar.

Las puestas de sol, sin duda, eran el momento más bello y poético en aquellos valles de crepúsculo y trilla. El sol se escondía majestuoso tras las sierras cercanas, y los trilladores ponían fin a la jornada, dando paso a largas conversaciones, allí, donde el tiempo era reputado como un impostor incapaz de sobornar el ritmo sabio y lento con que fueron creadas las cosas.

Al terminar la era, los mozos, llenos de “sologriu” (sudor rancio acumulado), iban a darse un baño en las placenteras aguas de algún río, donde la naturaleza se llevaba de los cuerpos lo que antes puso en ellos. Aquellos efebos “renegríos” se dejaban en el agua las “cascarrias” del esfuerzo y la miseria, entre risas gamberras y varoniles, y auténtico pavor a mostrar el más mínimo gesto de feminidad.

Por la noche se dormía en la era, bajo temperaturas frescas y una calma astral. Los grillos de guardia entraban en turno de noche relevando a las chicharras, y el firmamento entero se llenaba de estrellas fugaces; detrás de alguna de esas estrellas iban los trilladores con la trilla, perdiéndose en los confines del espacio y dando paso a otra era moderna..., a una era glaciar y desprovista de sentimientos humanos, y de la más mínima sensibilidad para con nada ni con nadie.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

miércoles, 19 de marzo de 2014

Tierra de palitroqui



Por las escarpadas tierras de la Cordillera Carpetovetónica (sistema central), carpetanos y vetones hacían su vida sin noticias de los romanos; con su existencia de piedra y palo, de chozo y naturaleza, de fuego en el hogar y vida en los castros sitos en los altozanos. Nos dejaron un legado que a lo largo de los siglos no pareció cambiar sustancialmente, más allá del arado romano y otros artilugios que aportaron algún que otro punto de innovación de tarde en tarde, a años luz, claro está, de la obsolescencia programada de nuestros días. Se diría que aquellos pueblos celtas no vivían mucho peor que vivieron los aldeanos de hasta bien entrado el siglo veinte; los humildes extremeños norteños de las mismas latitudes. Hasta los años sesenta, más o menos, no empezó a atisbarse un cambio apreciable en las formas de vida de nuestra tierra “carpetovetónica”, que es el término que posteriormente se acuñó para definir a los pueblos cerrados a la influencia exterior.

Los elementos naturales cohabitaron con nuestros campesinos a través de los siglos elásticos, que se estiraban para tocarse con las manos del tiempo, y de esta forma, aún nosotros, los de ahora, tuvimos ocasión de conocer los últimos estertores de unas formas de vida propias de la España celtíbera, que dejó su sello impreso y dilatado en aquellos pueblos de la Alta Extremadura.

A pesar de que el hierro ya estaba integrado en nuestras vidas, de niños todavía conocimos una auténtica y singular “Edad del palo”. Los palos y las piedras seguían siendo dueños y señores de las cosas, junto a otra suerte de elementos naturales: escobas de baleo, ataduras de bálago o chamusquinas para las matanzas, que servían de improvisados útiles para aquellas formas de existencia rudimentaria que aún llegamos a ver y a vivir los que hoy escribimos o leemos sobre estos asuntos.

El palo brotaba de la tierra como un hijo putativo que ignoraba su versátil futuro. Los palos con mejor destino podían acabar como palos de aguaderas, y pasarse la vida pegados a una albarda y unos cántaros, oyendo, sin inmutarse, los improperios que el recortado hombrino de turno lanzaba al burro (al vencer de un lado la carga) en forma de secos y blasfemos estallidos cavernarios: “Iohhhh, camándulaaaa, meee caaaa, queee teeeee, iooooooh”. También podía acabar, quizá, de palo de zurriaga, y pasarse la vida lanzando bellotas al suelo, o sirviendo de amenaza a través de las hablas populares: “Si le dierah un zurriagazu a tiempu, no volvía a metel loh jocicuh ondi no lo llaman”. Quizá acabase formando parte de un portillo de palos y alambres, o podía, tal vez, ser palo de gallinero, impregnado de gallinazas y llevar una vida lúgubre con olor a “cagajón” y estiércol fermentado.

Nuestro protagonista era usado en gran parte de las tareas campestres, como un escuálido vasallo de la funcionalidad, que no del ornamento, pues el adorno no se contemplaba por ninguna parte, más allá de la propia belleza desordenada de las cosas naturales; belleza, en todo caso, accidental y caprichosa. Así era el palo y así era la vida en la tierra en que nació.

La vardasca de olivo era hermana menor del palo, flaca y nerviosa, con la imagen del hambre en su misma anatomía, y la mala leche en su propia concepción, pues ésta, la vardasca, mayormente cumplía un papel de tortura (tortura menor), encaminada a darle en los hocicos a los perros husmeadores, al lomo de los asnos poco andadores, a las manos temblorosas de escolares revoltosos o a las piernas sucias y desnudas de los niños que entraban a jugar en territorio comanche. La siniestra vardasca, siempre silbando al viento en misión de castigo, en una tierra de castigo per se.

La función más apacible de la vardasca se daba a la salida de misa, donde los hombrinos más sumisos al párroco, lo esperaban para acompañarlo a casa y, en el momento sublime de la salida del cura, de forma inquieta y zalamera, se daban repetidos golpecillos con la vardasca en el tieso y raído pantalón de pana, a la vez que le hacían preguntas o comentarios meteorológicos, del estilo: “¿Cómu ta’ uhté señol cura?”; “paeci que se barrunta demuación ehta tardi…”. Durante todo el camino no paraban de darse golpes con la vara en el pantalón, como en una antigua pulsión de autopenitencia, tan propia de aquellos que se saben inferiores.

Cuando un muchachón encontraba una vardasca, miraba con risa socarrona y canalla a los niños pequeños, y les decía: “¿Queréih ehprimentala?” (experimentarla). Sólo teníamos opción de experimentar vardascas, capones, “pinzorras” en las orejas o patadas inesperadas en el culo. Demasiado buenos hemos salido tras aquellos referentes, y demasiado hemos perdonado... y nos habrán perdonado, tal vez. Si el perdón es reparador, en aquel tiempo dimos sobradas muestras de ello.

El palo alcanzaba su máxima expresión como figura funcional, y a la vez literaria, cuando no era nadie, cuando no era nada, cuando era sólo un elemento indefinido presto a la improvisación del pueblerino, cuando era un “paria” postrado en la calle, regalado al desprecio de cualquier transeúnte. Entonces recibía el nombre de “palitroqui”. El “palitroqui” podía ser un palo tirado por ahí, en cualquier calle de tierra o paraje rural: “Dami aquel palitroqui pa’ cá, a vel si le jurgu a la lumbri…”. Lo podíamos coger los niños y convertirlo en rifle del oeste, y apuntar con él, apostados en cualquier esquina, a un indio Cherokee que, ajeno a sus enemigos, salía de cualquier callejón llevando del cabestro a un mulo cargado de tarmas. Podía servirnos también de espada Tizona, o espada de mosquetero, que al atardecer acababa tirada entre piedras y margaritas primaverales. Tal vez el “palitroqui” fuese recogido por una anciana, y terminar sus días dentro de un calambuco removiendo el jalbiego de encalar las paredes, o acabar, quién sabe, atizando y allanando el colchón de borra, que era la lana de los pobres, la lana de las jergas de un pasado de hambre.

Nuestro amigo, el “palitroqui”, servía de llave maestra para quitar las trancas de corrales y “tinaos” a través de generosas “talleras” (hendiduras) en las puertas, o para ser pinchado en la pared de un corral, al objeto de colgar las cabezadas de las bestias, o para ser guía de infantiles “roangas” (aros) que los críos hacíamos correr por todo el pueblo; o para ser lanzado a las alturas (“jundeáu a un tejáu”), junto a una chimenea, en la quietud perenne de las tejas, y vivir para siempre allí alternando el sol verdugo de la siesta con noches de lunas de sangre y maullidos lastimeros de gatos en celo.

Las piedras tuvieron también su aquel en las formas de vida aquí contadas, y podíamos encontrarlas presidiéndolo todo: piedras revestidas de musgo en las paredes centenarias, poyos de piedra desgastados al sol, chinas de piedra para los “tiraoles”, grandes piedras (en extremeño llamadas “gorrúhcuh”) para cerrar portillos y cancelas, o piedras que hacían de hitos, separando parcelas en el campo y parcelas de rabia y mezquindad en las cabezas. Todo, al fin, para recordarnos, sin más, nuestro origen humilde, nuestro origen primario, nuestro origen de palo, piedra, viento y sol; el espejo donde vernos, sentirnos y tocarnos, odiarnos o encontrarnos. Allí, en aquella Extremadura, a ratos prerromana, que aún dejaba destellos de un pasado perdido en lontananza, y que tan bien intuyó Celaya en su poemario “Iberia sumergida”:

El esparto, la sal, el granito,
lo estrictamente seco, lo ardientemente blanco...
El yeso, el almidón, el aceite espesado,
el vinagre sediento con su luz castigada,
la alegría del vino brotando en las tinieblas,
las sombras violetas, el rosa innominado...
Las hambres, las variantes de lo en vano pensado,
y el esplendor del mundo, y el minuto vivido.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

domingo, 2 de marzo de 2014

Al baile



Aquellos hombres orquesta, que eran los tamborileros, tocaban hasta ponerse el sol en las plazas de tierra de los pueblos. El revoloteo de golondrinas y las luces ocres de las bombillas de plato, ponían el broche final a las danzas del tiempo. Los tamborileros admitían también peticiones, como antiguos pinchadiscos de piel de cabra, encarados al sol y al viento: ahora “El Redoble”, luego “Qué bonitas son las cacereñas”, después... un pasodoble, quizá “Ay mi sombrero”. Y todo en un espacio abierto, sin luces de neón ni ambientes cegados por el humo. Así fueron los bailes del pasado, hasta los años cincuenta, donde se alternaba el tamboril en las plazas con el acordeón en algún salón reservado al efecto. Pero luego llegaron, cómo no, los bailes de la modernidad, la implacable modernidad aquí sobradamente denostada, y no tanto por el progreso en sí, sino por el obstinado empeño en amputar las cosas del pasado con cualquier soplapollez que trajese un no sé qué de innovación. Llegaron los nuevos tiempos, sí, de la mano de la tele y el cine, con José Sacristán, Mónica Randall y cía, y las discotecas horteras de principios de los setenta que veíamos en las pelis del tardofranquismo, donde se bailaba con aquellos movimientos histriónicos de los brazos para arriba y los brazos para abajo, más propios del baile de San Vito.

Las primeras orquestas que aparecieron por los pueblos, como todo lo de entonces, eran raquíticas: apenas tres o cuatro músicos. En algunos casos, incluso, se añadían falsos músicos de relleno para impactar y dar un toque más profesional a la cosa. El músico de relleno sujetaba una guitarra eléctrica y simulaba un somero punteo, al tiempo que ponía cara interesante y apartaba el flequillo con un seco revés de cabeza, en un definitivo gesto yé-yé. Estas orquestas ya se atrevían con Eva María, Un Rayo de sol y esos nuevos ritmos veraniegos y televisivos que se escuchaban en los festivales de Benidorm y Eurovisión. Las orquestas opacaron al tamboril combinando los primeros atisbos de modernidad con los pasodobles de siempre, los cuales seguían siendo bailados por jóvenes y niños, en una pura armonización entre un pasado recio que se resistía a entregar la cuchara, y un presente que llegaba insultante, con arrogancia e irreverencia pueril. Era una lucha de pantalón de pana versus pantalón de campana, donde la pana acabó hincando la rodilla en una pobre y castiza rendición de Breda.

Al principio, los miembros de estos grupos musicales portaban una estética más tradicional, todos uniformados, como no queriendo transgredir todavía las reglas y el orden de un largo pasado hegemónico. De esta forma, llevaban, por ejemplo, chaquetas de color granate, pantalones blancos y zapatos de charol, al estilo Orquesta Topolino, para luego ir derivando, poco a poco, hacia un estilo más de corte yé-yé, con camisas ajustadas y pelo largo al viento, en una suerte de “The Beatles de corral”. Y digo bien lo de corral, pues la génesis de algunos de estos músicos estaba en los corrales, donde empezaron ensayando de adolescentes, y allí, a su manera, aprendieron música al atardecer, después de haber echado por la mañana el “berbaju” a los “guarrápuh” y haber pasado el día trillando o atendiendo al ganado, bajo la “Vardasca de Damocles” del padre, que echaba iracundo la bronca por dejar las faenas “a mediu mogati pol la puta música”.

Los chavales de los pueblos improvisaban orquestas y exhibían sus “talentos” musicales por todas partes, con instrumentos de cosecha propia, faltaría más: baterías formadas por calambucos de hojalata, botes de papillas o Pelargón, platillos sacados de latas grandes de bonito, palitroques de olivo a modo de baquetas, guitarras de tabla con cuerdas de hilo coco... en fin, una clara avanzadilla de lo que nos dieron a conocer Les Luthiers más adelante. Estos grupos se dedicaban a dar por saco en las siestas veraniegas, desafinando temas de lo más variado. Por calles y plazas, en verano, se colocaban las voluntariosas orquestas irrumpiendo a grito pelao con canciones de Toni Ronald o Fórmula V, mientras algún viejo, al pasar con el burro, miraba circunspecto desde la sombra pétrea del sombrero de paja, tal vez pensando para sí mismo: “¡Con la de portilluh que hay pa levantal..., y éstuh pa quí jaciendo bobáh!”.

Los bailes aún tenían dos versiones: “sueltos y agarraos”. En los pueblos existía en exclusiva la modalidad de pedir los bailes sueltos. El suelto consistía en colocarse uno frente a la otra, bailando suelto, sin más, en una clara herencia de las jotas de toda la vida, que aún subyacían en lo más arcano y profundo, como parte de un folklore que no estaba dispuesto a dejar que las modas le quitaran así como así su primacía. Tan es así, que los mozos iban de dos en dos, muy varoniles, con la mano por el hombro, allí donde vieran a dos mozas bailando entre ellas. Las mozas miraban hacia otro lado, muy femeninas e indiferentes, y estos mancebos, de inspiración etílica, pedían baile a las susodichas, de tal forma que, si la empresa era exitosa, se colocaban ambas parejas frente a frente e iniciaban el baile moderno, conjugando la jota extremeña con el Black Is Black de los Bravos.

En la mayoría de municipios había un salón de baile con tribuna de maderas rojigualdas, a modo de coso taurino, y unas madres rigurosas presidiendo el baile. Las madres colocaban la rebeca doblada sobre la baranda, se sentaban en la grada y ponían delante al niño pequeño, que se dedicaba a roer la madera de la baranda con los dientes, poco antes de quedarse dormido al ritmo lento de un “Sorbito de Champán”, de los Brincos.

A veces se arrimaban al baile los mal llamados “solterones”, sin mucha fe, cansados de repetir década tras década la misma actitud pusilánime, sin fruto, sin recompensa, sin nada..., pero en fin, se acercaban allí “por si las flies”, que diría Paco Umbral, pero las “flies” se iban volando siempre.

A estos bailes acudían algunos jóvenes foráneos de pueblos cercanos. Aún recuerdo de niño a unos mozos forasteros que llegaron al baile en burros, y los ataron a unos olivos, sin grandes problemas con parquímetros ni miedo a las multas por burro en doble fila. Posteriormente, ya en los ochenta, se amplió la movilidad comarcal con el auge de las verbenas por todas partes y el aumento del número de coches per cápita. Éstas, las verbenas, tuvieron su irrupción en los años setenta, con las humildes y entusiastas orquestas citadas, y el posterior éxito en los ochenta y los noventa, con aparatosas y caras orquestas rimbombantes, en unos años donde los presupuestos festivos fueron holgados, en aquella España que tiró la casa por la ventana, y luego hubo que salir a buscarla a la calle.

Las mujeres bailaban entre ellas con total naturalidad. Las jóvenes y adolescentes también, y los chavales de esa misma edad íbamos a pedirles baile, imitando los gestos y poses de los mozos, con desigual éxito, aunque a veces el éxito estribaba en que alguna madre estuviera, o no, con el catalejo a una cierta distancia de la escena.

Los vocalistas de aquellas primeras orquestas eran de distinto nivel; algunos no hubieran pasado un casting para cantante de ducha matutina, pero allí estaban, con total ilusión, que esta última no faltaba en aquel tiempo. El entusiasmo, ya digo, se vertía a raudales por todas partes, y el nivel crítico bajaba a ras del “vicio del tinao”. A veces, el vocalista, no sólo desentonaba, sino que, además, tenía serios problemas con la gramática, y terminaba, por ejemplo, alguna canción de Nino Bravo, con un firme y desgarrador grito: “¡¡...y hasta el fin, teeeee quedréeeeee!!".

En las posteriores verbenas ochenteras aún había un amplio repertorio de bailes pachangueros aceptados por gente de todas las edades. Ahora es impensable, pues tan sólo va quedando un sector de personas, a partir de una cierta edad, que son, claramente, la última generación del pasodoble.

Así, con estas y otras cosas se divertía la tropa agropecuaria, junto a las huestes capitalinas que reforzaban los días y las noches veraniegas de aquella convulsa Extremadura que aquí me ofrezco a relatar.

Un buen día, María Isabel, cogió su sombrero, se lo puso y se marchó, chiribiribí, poropopó, y así, perdidamente perdidos, nos fuimos diluyendo en nuevos tiempos, en nuevos bailes, en nuevas cosas. Luego, ya en los ochenta, un conocido grupo musical nos daría la respuesta que en un futuro íbamos a recibir a todas nuestras quejas, por variadas que éstas fuesen. Y es que, cuando preguntamos el porqué de tanta sinrazón, latrocinio e injusticia, la culpa de todo, por si no lo sabéis, es siempre del "cha cha chá".


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS