sábado, 28 de marzo de 2015

Paraíso en la tierra



La primavera llegaba con toda su carga de colores y olores imposibles de expresar; sensaciones que nos marcaron para siempre, infinitamente superiores al mundo virtual que ahora se nos ofrece a cambio de dinero.

La vida de los niños en aquellos pueblos se desarrollaba en total contacto con el medio. Tal vez en primavera era cuando más frecuentábamos las salidas al campo, que teníamos a dos patadas de casa. Allí, en aquel entorno silvestre, vivíamos en perfecta comunión con la naturaleza. Parte de nuestros juegos y enredos transcurrían entre canchos y andurriales próximos al pueblo. Nos echábamos en los verdes forrajales, en un silencio de insectos y olor a margaritas, oyendo el trino de los pájaros, contemplando el vuelo de las mariposas, o viendo las bandadas de aves trazando un arco en el cielo, que acababa transformándose en una uve de victoria. Quedábamos quietos, hipnotizados, sintiéndonos, sin saberlo, burladores del mundo y del espacio-tiempo, hasta que las campanas del pueblo nos devolvían a la realidad..., que ni malditas las ganas de volver a ella.

Jugábamos por los campos al Capitán Trueno, o al Jabato. Todos los niños, lógicamente, queríamos ser el Capitán Trueno, o en todo caso Crispín, pero nunca el gordinflón de Goliath. Lo mismo pasaba con el Jabato, donde nadie quería ser el orondo Taurus ni el flacucho y melindroso poeta griego Fideo. Cuando no había consenso, se pasaba a jugar, por ejemplo, a los mosqueteros, y el problema volvía, una vez más, cuando todos pugnábamos por ser D´Artagnan, aunque alguno se conformaba con Athos o Aramis. La astucia, en estos casos, consistía en pedir raudo y veloz el personaje…; claro que el truco verdadero era proponer tú mismo el juego, y en décimas de segundo pronunciar el nombre deseado. Con estas cosas pasábamos largas tardes primaverales, con espadas de vardascas de olivo metidas por la presilla de las “calzonas cortas”. En lo más alto de los canchos se veían nuestras largas siluetas, entre revoloteo de gorriones y el sol desapareciendo tímidamente tras los collados poblados de encinas.

Cuando ibas al campo con tu abuelo, sin compañero de aventuras, uno de los recursos era jugar a Tarzán, y lanzar el famoso grito en forma de alarido esperpéntico, que a veces te devolvía el eco de los campos, y otras ocasiones, simplemente, espantaba a los pájaros de los árboles y zarzales cercanos, o a las ovejas del cortinal más próximo. Tu abuelo acababa llamándote al orden y pidiéndote una cierta calma, que duraba tan poco como el tiempo de regresar tu abuelo nuevamente a sus asuntos.

Los arroyos corrían entre jolgorio de pájaros y cielos aborregados. Desde lo alto de los cerros, podíamos ver a los campesinos en las hondonadas, como pequeños puntos negros sobre un manto policromo, con un fondo de montañas nevadas, a la par que un solitario Renault Cuatro Latas pasaba por alguna estrecha carretera, casi integrada en el paisaje, con las cunetas rebosantes de maleza. En el silencio tan sólo escuchábamos, como una voz antigua perdida en el vacío, uno de aquellos gritos arrieros que de niños oímos hasta la saciedad: ¡¡Burruuuu aquíííí!!

Los olores primaverales se mezclaban con el olor a cirio de las procesiones, donde se cantaban saetas desde lugares ocultos e insólitos. Me contaron de dos mozos voluntariosos, en los años cuarenta, de escasas dotes para el canto, que se atrevieron con una saeta desde la ventanilla de una troje, desentonando y provocando las risas contenidas al paso de la procesión..., o de un hombre de voz aflautada, escondido en un bidón de obra, que año tras año sorprendía con su estilo tiritón y aflamencado.

Los chavales de ciudad nos llegaban por Semana Santa, perfectamente pulidos, con una piel de porcelana nada habitual en aquellos lares curtidos de soles y cierzos inmisericordes. Por ahí salimos en algunas fotos con ellos, fotos que nos hacían sus padres (portadores de las únicas cámaras de la época), donde aparecemos siempre con gesto tímido y actitud retraída, como niños de una tribu rural subordinada.

Cuando estos chavales nos acompañaban por el pueblo, siempre había alguna mujer mayor que les preguntaba: “¿Poh y tú de quién erih, bonitu?”, y una vez enterada del linaje, volvía a la carga, con voz de asombro: “¡Uyyyy, poh si no te conocía... cómu hah envernecíuuuu...!; ya me diju tu agüela que llegabaih ehta tardi…”. El chaval se limitaba a asentir con la cabeza y a poner cara de circunstancias, mientras continuaba con nosotros hacia el parque de atracciones primaverales, a correr por ahí, con los demás, entre canchales rodeados de amapolas..., o quizá junto a las ruinas de lagares de aceite abandonados y cargados de misterio, que dejaban intrigados a los infantes advenedizos.

Y luego llegaba mayo…, “que por mayo era por mayo, cuando hacía la calor…”, cargado ya de flores y ríos de deshielo que ofrecían bondadosos sus aguas..., aguas que luego desembocaban en otros ríos mayores, labrando onduladas esculturas en la piedra, como un Gaudí milenario, de paciencia infinita, que hubiese modelado el granito hacia formas de otros mundos, tal vez formas de mágicas ciudades olvidadas. Aquellos parajes de las obras artísticas del agua, recibían nombres locales como “Las Potras” y cosas por el estilo; nombres toscos y adaptados a la recia existencia campesina.

Todo en aquel entorno estaba presto al deleite de los sentidos: mariquitas que revoloteaban desde la palma de las manos; mariposas blancas de la buena suerte; margaritas del sí y el no, que alentaban ilusiones; la flor de la escoba con su olor inconfundible; el olor a hierba recién segada; los caños abundantes de las fuentes; los jarales florecidos, y las grandes extensiones de agua del pantano de Gabriel y Galán, que veíamos como un Lago de Tiberíades autóctono, con fondo de montañas hurdanas y salmantinas... Todo en una paz y un sosiego que no se pagan con dinero. Quizá el paraíso del que hablan algunas profecías, tenga cosas en común con los momentos vividos en aquellas primaveras.

Las niñas se afanaban en recoger amapolas y margaritas para confeccionar los ramos a la Virgen. No faltaba tampoco el jardín de alguna maestra o señora de postín rural, donde se cultivaban claveles y rosas de pasión, dando lugar a ramos para las niñas más allegadas. Y luego allí, en la iglesia, en la tarde de las comuniones, las niñas se mostraban nerviosas, en la antesala de lo que iba a ser su efímera tarde de gloria. Y comenzaba el recital, con gestos histriónicos y lastimeros, que hacían llorar a las mujeres asistentes. En aquellos versos de mayo, siempre se escuchaba el mismo sonsonete, heredado de generación en generación: “Nino nino nonino nonino, nino nino nonino noní…”.

Por mayo llegaba también El Corpus, con altares de fabricación casera repartidos por los barrios, repletos de ornamentos naturales, con macetas de geranios, tomillo y junco por el suelo; flores en tarros de cristal, colchas bordadas, y alguna imagen del Sagrado Corazón que la gente tenía en sus casas. Las sábanas blancas colgadas de las cuerdas, formaban tabiques casi imaginarios, que daban cierre a un surrealista escenario callejero, de un abigarrado e improvisado plateresco extremeño.

Tan pronto hacía sol como tan pronto aparecían las nubes, salidas de la nada, y se ponía a llover con profusión, o a “chuceal” (lluvia fuerte), dando lugar a una de las estampas más habituales de la primavera, que eran los hombres regresando del campo con manojos de espárragos atados con cuerdas. Aún recuerdo a mi abuelo volviendo sonriente de esta guisa.

Los trigales eran objeto de pequeños hurtos infantiles, más por juego y travesura que por hacer verdaderamente daño. La espiga en la mano de los niños era todo un clásico; eran las chuches naturales que daba la tierra, infinitamente más sanas que las de ahora. Comíamos las espigas con cuidado de no “añurgarnos” (atragantarnos) con ellas, y chupábamos las campanillas dulces que encontrábamos al paso por los caminos. Las inocentes niñas de generaciones pasadas, apenas se atrevían a tocar las espigas. Cuenta mi madre, que siendo niña, ella y una íntima amiga, decidieron, no sin grandes dudas, coger cuatro espigas que se mostraban sugerentes tras las paredes de un camino. Al poco tiempo el remordimiento las hizo ir raudas a confesarse, y habiendo escuchado al cura decir que lo robado sólo se restituye devolviéndolo a su dueño, tuvieron la ocurrencia de cortar cuatro espigas de un trigal propio, y lanzarlas al trigal perjudicado, para calmar sus afligidas conciencias. Semejante acto de nobleza y candidez, sería objeto de mofa en este tiempo, algo inconcebible a día de hoy, donde la mentira y el latrocinio son “activos” imprescindibles para el medraje...

Los niños setenteros tuvimos el privilegio de jugar y gozar por los campos paradisíacos, algo que apenas disfrutaron aquellos otros niños flacos y desnutridos de posguerra, que fueron nuestros mayores, para los cuales el campo era sinónimo de trabajo. Aquellas sufridas criaturas, sí, que sacaron los cerdos al campo, oxearon pájaros, comieron tajadas de tocino y fueron “arreciando” a golpe de Ceregumil.

Ante aquella explosión de vida y naturaleza, de la que apenas éramos conscientes, vivíamos, en cambio, con total sencillez, sabedores de nuestras limitaciones, que no eran tan distintas a las de ahora. Estábamos aún muy lejos de alcanzar este mundo de petulancias, que nos otorga un protagonismo bastardo, para luego rebajarnos a la mínima expresión humana.

Fueron abriles y mayos que vimos desde la mirada asombrada del niño que fuimos, rodeados de vida a borbotones, en un tiempo mágico de trigales y amapolas, de campos tornasolados y flores a porfía. Paisajes y verdores de un regalo caído del cielo, que nos brindó un trozo de paraíso en la tierra, y una impronta en el alma que llevaremos de por vida. Mientras tanto, seguimos esperando, como aquel olmo herido por el rayo, otro milagro de la primavera.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

sábado, 7 de marzo de 2015

Ropa de domingo



En los baúles de lata y madera, o en los armarios de lunas de cristal y patas carcomidas, dormían las ropas reservadas para momentos especiales, como el día del patrón, alguna boda cercana o importantes fiestas de guardar. Descansaban en un letargo de oscuridad y naftalina, librando, con la mayor de las dignidades, la alocada carrera consumista de un sistema que vendría más tarde a idiotizarnos, y a marcarnos con el sello de una bestia apocalíptica que nos reduce al mundo feliz y programado que atisbase Huxley en su célebre novela.

Los viejos se vestían para la ocasión con pantalones de pana casi hasta los sobacos, “correína” de material, "chalequino" negro sobre camisa blanca almidonada (con pechera y sin cuello), sombrero de paño y botines negros perfectamente embetunados. Todo con un añejo olor a baúl, que hasta el papel del caramelo que nos daban a los niños, despedía un plomizo aroma a alcanfor.

No podía faltar, tampoco, la “vardasca” (vara fina) de olivo en la mano, y la "ramina" de poleo en la boca. La vardasca era como el cordón umbilical que unía a los aldeanos con la tierra; era como una forma de salvar el vértigo que producían las cosas mundanas, permitiendo al campesino sentir el contacto ancestral con el medio en cualquier momento incómodo. De esta forma, la vara de olivo, los mantenía aferrados a su natural elemento, pues era gente muy sacada a trabajar y poco habituada a recesos. La fiesta era algo ocasional, y tal vez un lujo que a veces provocaba sarpullidos en la conciencia.

En aquellas tardes festivas, veíamos las figuras de los hombres en las zonas de tierra, jugando a “la rayuela”, con las camisas blancas arremangadas y la frente limpia de sudor. Con una mano lanzaban el chavo a la navaja, y con los dedos amarillentos de la otra, sujetaban el cigarro sin boquilla. Los demás permanecían mirando, hieráticos y firmes, como bíblicas estatuas de sal. No era de lo más frecuente ver a aquellos hombres de recio temperamento y nervio a flor de piel, en actitud relajada y placentera.

El aire frío del atardecer deshacía las partidas de rayuela y demás encuentros sociales, poniendo fin al pequeño paréntesis dominical, con frases como: “Habrá que ilsi recogiendu ya, que vieni un airi que afeita…”. Y así, hasta el próximo domingo, pues no había sábados libres, ni se manejaban los modernos términos, como “puente” o “fin de semana”.

En los pueblos, nos “remuábamos” para la fiesta. “Remualsi”, o remudarse, podía significar dos cosas: cambiarse de muda (ropa interior), o ponerse la ropa de domingo, que a veces todo era una misma cosa a la vez. Esta dilatación entre muda y muda, hacía que algunas personas mayores no entendiesen posteriormente ciertas bromas televisivas, como aquel chiste de Eugenio, del picapedrero y el paquete de siete calzoncillos para los siete días de la semana.

La pelliza era la prenda de invierno masculina más usada. Cuando el sombrero de paño y la pelliza dejaban de ser aptos para “remuarse”, se colgaban en cualquier percha de la casa de los abuelos, proyectando con el candil figuras tenebrosas de tíos del sebo que desataban los miedos infantiles.

Las mujeres mayores vestían un variado muestrario de sayas, que servían para casi todo, y a falta de Mantón de Manila, usaban “pañuelos de cien colores”, que eran un sucedáneo más adaptado al exiguo poder adquisitivo de aquella España rural sembrada de guerras y estrecheces.

Me cuentan que las mozas de otros tiempos, tenían tres trajes reservados, independientemente de la época del año: el de domingo, el de “ante bueno” (de mayor nivel), y un tercer traje, considerado el mejor, para días verdaderamente especiales. Así aparecen ellas, tan sonrientes y ufanas en esas fotos cincuenteras, con algún puente romano en lontananza.

Eran telas guardadas que pasaban todo el año compartiendo baúl con la colcha bordada de la bisabuela, y después de un par de décadas de vida limpia y placentera, acababan sirviendo como ropa de faena, entregándose a los fieros sudores de los campos extremeños.

Sobre finales de los sesenta empezaron a llegar las modas capitalinas, con pantalones de campana, camisas ajustadas de gran solapa (al estilo de Los Brincos y otros grupos yé yés del momento), zapatos y botas de tacón..., minifaldas atrevidas..., collares y medallones de quincalla..., cabellos largos “despelujaos” (despeinados)..., y aquellos grandes cinturones macarrillas con el busto de un caballo en la hebilla. Estos excéntricos atuendos vinieron a poner fin a toda la indumentaria precedente, que había sido innegociable durante muchas décadas.

Los niños sesenteros y setenteros vestían ropas recortadas, como si hubieran encogido en un lavado en frío, o más bien hubiesen sido aprovechadas en exceso, ignorando el crecimiento de sus beneficiarios. Nos peinaban con flequillo, o con la raya perfectamente marcada con un peine que alguien compró en el mercado de Ahigal, mojando el peine con agua de pozo, previamente echada en el palanganero. Era la estética infantil que podemos ver en esas fotos de procesiones que tanto abundan por ahí, con niños lígrimos y fibrosos, muy distantes de la obesidad infantil de nuestros días, a base de comida basura y pseudocultura del mismo nombre.

Los chavales, por inercia, seguíamos jugando a las mismas cosas de cada día, sin reparar en la ropa que llevásemos puesta. Luego llegaba la bronca al regresar a casa, con la ropa manchada de saltar a "pídola", o de sentarnos en cualquier parte... “¡¡Uyyy cómu trai loh pantalonih..., ondi habrá ehtáu metíuuuu..., tira por ahí p’allá que te que te...!!”.

El pantalón corto infantil recibía el nombre de “calzonas cortas”, que se usaban incluso en los meses de otoño y primavera, sujetas, en algunos casos, por tirantes.

Cuando llegaban los señoritos de los madriles, se distinguían por sus atuendos innovadores. Los propios niños de ciudad también eran portadores de otros ropajes distintos y más actuales que los locales. Los niños de los pueblos se acercaban con sus humildes ropas recién planchadas, como aquel niño pobre del poema de Juan Ramón Jiménez, al que la madre arreglaba con ilusión, y le decía, en un gesto de orgullo contenido: “Ea, pareces un ñiño rico…”.

Entre las prendas de entretiempo, la rebeca era la prenda femenina por excelencia, y se usaba con algún zapato formal de medio tacón, que permanecía gran parte del año en la misma caja de cartón que trajo del comercio. Las mujeres, después de El Viacrucis, paseaban por las inmediaciones de las ermitas, cogidas del brazo, entre olor a escoba primaveral y la presencia de alguna monja novicia que vino a visitar a la familia.

El traje de comunión era el summum de las vestimentas, y suponía un gran esfuerzo económico para la mayoría de las casas. La temática era recurrente: para los niños, traje de marinero, blanco o azul marino, o en todo caso gris marengo, más acorde al gris de la tierra. Las niñas iban de blancores deslumbrantes, como pequeñas hadas extremeñas, resueltas y vivarachas. Desfilábamos en una especie de paseíllo taurino, mientras un fotógrafo único y multidisciplinar, tiraba una instantánea, pillando el destello de los zapatos de charol, al tiempo que las madres y abuelas mostraban la mayor cara de felicidad que se puede llegar a tener, cuando las pequeñas cosas se convierten en lo verdaderamente importante de la vida.

La atmósfera del domingo era distinta. De repente el ritmo se tornaba plácido y cansino, y hasta las golondrinas revoloteaban descuidadas y sabedoras, quizá, de que en aquel ambiente habitualmente hostil, de manera tácita, se firmaba un extraño armisticio en las tardes dominicales.

A falta de imaginación, ni tiempo para tenerla, la gente se limitaba a replicar las mismas costumbres de siempre. Lo más novedoso pudiera ser alguna escena de dos o tres hombres alrededor de un transistor, con la quiniela en la mano, sentados sobre cajas de cerveza. Las imágenes rurales del domingo eran pobres y limitadas, lejos de esas estampas impresionistas que podíamos ver en los parques de las ciudades.

Los niños hacíamos cola frente a una mujer sentada junto a una pared, que en cada pueblo se encargaba de vender las chucherías, con su humilde cesta llena de colorido y dulzores. A veces la camisa regresaba a casa manchada de chupa chups de fresa.

La cultura de los vinos después de misa, fue en auge, hasta llegar a la máxima cota de popularidad en los ochenta, incorporándose las tapas y pinchos en los bares, con nuevas manchas y lamparones que añadir a las glamurosas ropas festivas.

Al atardecer del domingo, con la temperatura benevolente de junio, y sin cambiarse de ropa, los hombres llevaban el burro al cortinal, como única actividad del día; luego se paraban a hablar por los caminos, cuando ya el crepúsculo de sangre marcaba los estertores dominicales.

La tarde festiva tocaba a su fin, con gritos de niños jugando a “Tres marinos a la mar” y niñas saltando a la teja con el lazo del vestido ya suelto. Así fuimos agotando los domingos, para dar paso a un mundo lleno de modas con fecha de caducidad reducida, ropajes espurios y cachivaches obsolescentes, con los que, los ingenieros sociales del tercer milenio, intentan dar carpetazo a lo poco de humano que nos va quedando, para acercarnos al hombre masa orteguiano, que una vez despojado de espiritualidad, se dedica a consumir sin medida y a competir ferozmente contra todos..., y tristemente, sin saberlo, contra sí mismo.

Y luego llegaba el lunes, sí..., el implacable lunes..., “lo tan real, hoy lunes”, que escribiese Jorge Guillén.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

domingo, 15 de febrero de 2015

Aguas pasadas



Desde la casa de su abuela, una niña miraba la lluvia a través de la vieja ventana; los canalones vertían a raudales un agua generosa que regaba los campos y traía noticias de verdores y nuevas alegrías. Un momento atrás, la abuela había hecho unas “plingás” de pan con aceite, y habían cantado juntas: Don Militón tenía tres gatos, que los hacía bailar en un plato... Por los cristales empañados se apreciaban difusas las figuras de los burros al pasar, y los cielos enmarañados reflejaban su luz grisácea sobre la ventana, al tiempo que las calles eran ríos portadores de sueños y deseos cumplidos. La niña anhelaba salir con sus botas katiuskas a pisar charcos con los infantes de su tiempo..., y a poco que buscase por las calles, nos hallaría a todos por allí, juntos cantando la consabida y evocadora canción infantil de las lluvias: Que llueva, que llueva, la virgen de la cueva...

Era la lluvia complaciente que riega los campos y trae un regusto a promesa. La lluvia como único recurso a veces; la lluvia siempre esperada...; aguas y lluvias que han quedado presentes en el álbum de fotos de todos los que fuimos niños un día, y que tal vez lo seamos para siempre.

En aquellas tierras norteñas, el agua nunca llegaba con moderación. Cuando llovía copiosamente durante largo tiempo, podíamos oír hasta el hartazgo la frase recurrente: “Ehtámuh ya enguarchináuh de tanta agua…”. A veces, en cambio, la tierra esperaba con la paciencia de Penélope, pero la lluvia no llegaba. Era el momento de sacar los santos en procesión, hasta el punto, incluso, de asomar las imágenes a los pozos secos, y en no pocas ocasiones surtía efecto. Si la fe mueve montañas, con mayor facilidad podrá mover las nubes, pensaban algunos.

Los temporales, y los largos periodos de borrascas, se llamaban "invernáh" (invernadas), y podían suponer dos meses de lluvia constante, aguacero y hostigo impetuoso. Siempre que llueve escampa, nos decían, y así parecía ser. Pasada la lluvia, las calles recobraban su pulso, con un fragor de niños y perros, de vitalidad aldeana y algarabías tan propias de aquel tiempo.

Los niños construíamos balsas de barro y piedra, que se cerraban colocando una compuerta de pizarra. Era frecuente que algún cafre nos echara abajo todo el invento, o a veces, incluso, la balsa era pisoteada por nosotros mismos al marcharnos. Tal vez preferíamos demoler la propia obra de ingeniería, en un acto de autodestrucción y dignidad, antes de verla aniquilada por la bota de algún Gulliver malicioso, y evitar oír la risas trogloditas que se escuchaban siempre en estos casos. También hacíamos edificios de barro, y hasta incluso esculturas de animales, en una tendencia natural de los niños a modelar el barro y sentir el contacto directo de las cosas puras. Hasta el propio Jesús, siendo niño, junto a un arroyo, según cuenta el Evangelio Apócrifo de Santo Tomás, hizo doce gorriones de barro y dando una palmada los echó a volar.

Después de las lluvias invernales, las paredes de granito se colmaban de musgos, basilios y caracoles..., los campos se cubrían de hierbas altísimas..., los regatos corrían con profusión..., los humedales y charcas abundaban en el líquido elemento…; los arriates de los jardines rechazaban las aguas sobrantes..., y todo parecía apuntarse a la fiesta de la fertilidad.

Ya de noche, los sapos se arrastraban por los rollos de las calles, anunciando “demuación” (bajas presiones), y poco después llegaban las lluvias con toda su carga de prosperidad. Con las pompas de la lluvia sobre los charcos, aprendimos que el agua venia para quedarse, como un huésped bienvenido y bien hallado, aunque a veces repudiado si prolongaba en exceso su estancia.

Algunos arroyos aún pasaban por medio de los pueblos, y en las calles había pasarelas de granito para cruzar de un lado a otro, como rústicos puentecillos de aldeas medievales. Luego fueron canalizados, y algunos muchachos se colaban por los grandes tubos, en un incontenible afán aventurero. Se veía un túnel oscuro con una luz al fondo, como en el cuadro de “La subida al Empíreo”, de El Bosco, y los más intrépidos se atrevían a avanzar túnel adentro (calle arriba), y salían por el extremo opuesto, pasando al más allá (que no era otra cosa que el final de la calle), ante la admiración de los niños presentes, y ganando, por supuesto, un respeto entre los miembros de la tribu, subiendo un nivel más en el pobre escalafón de la supervivencia.

Los ancianos hacían sus sabias predicciones observando el cielo: “Menúa trifulca se ehtá preparandu...”; “Va a habel toca tamborih ehta tardi...”, o tal vez: “En oyéndusi lah campanah de Ahigal... agua segura…”.

Me cuentan cosas de otro tiempo, cuando los muchachos caminaban con zancos hechos de madera de encina, y se burlaban de charcos y barrizales, andando por todo el pueblo, un poco a caballo entre extraños mutantes del cine fantástico y escuálidos lazarillos de la novela picaresca. Estos eran los juguetes útiles y asequibles que daba la tierra, integrados en el entorno natural, fácilmente reciclables, garantizados de por vida y totalmente gratis..., quién da más.

Todo era verde: verdes las orillas de los caminos, verdes los impermeables de los ganaderos, verdes las botas de goma hasta las rodillas, verde el agua de las lagunas, verdes los verdes “yerbazales…”, todo, con la lluvia, parecía cubrirse de un verde esperanza.

Otro de los juegos propios de los meses lluviosos, eran las carreras de barcos de papel, o más bien de corcha, con mástiles de palo y velas de trapo. Recuerdo de muy niño haber seguido una cáscara de nuez, con una vela de papel que alguien me colocó, surcando entre guijarros por medio de la calle, hasta llegar a otro barrio de la zona baja del pueblo. Allí llegué a sentirme como un pequeño aventurero, arribando a tierras lejanas, con amazonas y caballeros andantes, donde quizá blandiese su espada el mismísimo Amadís de Gaula... Me quedé allí, atontado, sin saber casi dónde estaba, hasta que la voz dulce de una viejina me despertó del letargo: “¿Qué jacih pa quí tan lejuh, bonitu?”.

El ganado bebía en los abrevaderos, incluso dentro de los pueblos, o en lagunas y charcas, o tal vez en arroyos y regatos, que en aquellas largas invernadas corrían por doquier.

Capítulo aparte merecían las goteras. No había casa o corral que se preciase, que no tuviera sus dos o tres goteras, como formando parte del hogar, igual que el gato o la cabra. Eran como pequeños duendecillos de agua, que alteraban la paz, sin otro propósito que incomodar las vidas campesinas, ya de por sí plagadas de tribulaciones. Las tejas se recorrían solas, o se quebraban ya de viejas, o a través del impacto de piedras voladoras..., o a veces eran desplazadas por los gatos en sus nocturnas discrepancias.

Desde lo alto de algún cerro, podíamos ver la figura de un hombre montado en un mulo, deslizarse lentamente por un camino, con un enorme paraguas negro cubriéndolo todo. Aquellos grandes paraguas eran un híbrido entre paraguas y paracaídas, no en vano, los niños saltábamos con ellos desde lo alto de los pajares. Eran paraguas a prueba de bomba, que una vez rotos, los arreglaban los “alañaorih” (alañadores), aquellos artesanos ambulantes que de tarde en tarde recorrían las calles de los pueblos, repitiendo, como un viejo mantra, su reclamo triste y antiguo: “¡Eeeel alañaooool!”.

La lluvia nos traía días de mesa camilla y brasero de picón, o de lumbre y chimenea en casa de los abuelos, escuchando Radio Nacional. Todo se paralizaba en el momento de oír las señales horarias anunciando el comienzo de “El parte”: “Callálsuh, que van a dal el parti…”. Mientras tanto, el agua golpeaba incesante las tejas, y se escuchaba el ritmo cadencioso de la gota en el baño de la troje.

Los refranes sobre el tiempo, formaban parte de la vida cotidiana, y aunque para nada servían, al menos daban alivio y un plus de comunicación: Por San marcos se llenan los charcos... Marzo ventoso y abril lluvioso sacan a mayo florido y hermoso... Cuando marzo mayea, mayo marcea... Cielo aborregado, a los tres días mojado...

Había historias sobre los temporales, que parecían sacadas del surrealismo literario hispanoamericano, y que los más pequeños encajábamos con total inocencia. Nos contaban, por ejemplo, que a una mujer mayor, muchos años atrás, se la llevó un huracán por las grandes sayas que tenía, y voló tanto y tanto, que fue a parar a las afueras del pueblo. Es lo que tiene salir con grandes sayas los días de huracanes.

Algunas épocas eran más propicias para las lluvias; desde muy niño escuché aquello de: “Los carnavales son muy devotos de agua…”. Y así parecía confirmarse año tras año. Eran las estadísticas de la propia experiencia, bastante más fiables que algunas actuales.

Después de largo tiempo sin lluvia, la tierra recién mojada nos traía aquel olor característico, que en los pueblos llamaban “olor a sequío”; era ese olor tan propio de las tormentas, que tan grato recuerdo nos deja en la memoria.

Uno de los días inolvidables en la vida de un niño, es el encuentro majestuoso con el primer “arco iris”. El arco iris representaba la ilusión, la magia de las cosas imposibles. Lo veíamos allí arriba, como algo inalcanzable que nos llegaba del cielo..., como algo, no sé, que venía seguramente de Dios, y en ningún caso del averno, pues a este último lo intuíamos más cerca de nuestros pies.

Los niños quedábamos absortos ante aquella fantasía de colores. Veíamos el arco iris aparecer, secundado por pájaros, enmarcando los cercados y los prados verdes. Imaginábamos trepar a él, y "repicolgarnos" de los colores favoritos, al estilo Pipi Calzaslargas, y quedarnos allí jugando para siempre, mirando con lástima hacia el suelo, donde está la materia más densa, tan propia de los estados del alma donde tiene su morada el sufrimiento.

Lluvias imperecederas, lluvias arbitrarias, lluvias “moja bobos”..., lluvias, en fin, tan nuestras. Fueron aguas pasadas que ya no moverán molinos; aguas de nuestra infancia, que nos legaron un bello patrimonio de bucólicas imágenes; memorias de un tiempo que nos dejó para siempre un poso de dignidad. Son ya recuerdos descendidos a las zonas abisales, donde habitan las cosas verdaderas, aquellas que hunden sus raíces en lo más arcano y profundo de la felicidad.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

sábado, 31 de enero de 2015

El comercio


La palabra comercio, tal vez nos rechine en los oídos como una actividad de compraventa y especulación sin límites; pero de niños conocimos otro tipo de comercio: “El comercio”, que era tan sólo la tienda pequeña de toda la vida, cercana en la distancia y cercana en lo humano, que a modo de miscelánea, abastecía a las familias de las pocas cosas que necesitaban.

Aquellos comercios de los pueblos no tenían un nombre específico, ni un cartel encima del dintel con el que llamar la atención de los transeúntes; era tan simple como ir “en ca tía...”, o “en ca tíu…”. Con el nombre del dueño bastaba. Generalmente tenían el nombre de la mujer, pues eran éstas las que más tiempo atendían la tienda, mientras el hombre se ocupaba de tareas agropecuarias.

Al entrar en aquellos comercios, teníamos la impresión de entrar en una casa particular, invadiendo la intimidad de la misma, que a fuerza de ser visitada durante años acababa siendo un poco parte de la nuestra. No había un horario establecido; podías llamar a cualquier hora del día. Llegabas allí, obedeciendo un recado (un mandado), y tocabas la madera con los nudillos, o entreabrías un poco la puerta y chillabas, por ejemplo: “Tíaaaa Lucíaaa....”; y al fondo de la casa se oía soltar la cuchara en el plato y gritar: “Yaaaa vaaaaaa..., qué quiérih, bonitu”. / Que dici mi madri que me dé uhté mediu kilu de alubiah y un cuartu de galletah María... / Dili a tu madri que han subíu doh realih lah galletah…”.

Aquel comercio que conocimos, nada tenía que ver con esa cosa abominable representada por la serpiente del caduceo. Era más bien una modesta y honrada forma de ganarse la vida. Las tiendas eran pequeñas, humildes, y tan personales, que cada una tenía su olor particular. No había tampoco una regla fija en la decoración: lo mismo podías encontrar un mostrador a la entrada, heredado de los antepasados..., un cuadro de un bisabuelo vestido de militar, un calendario con el busto de Gabriel y Galán, o unas estanterías hechas por algún carpintero de solera.

Algunos comercios se heredaban de unas generaciones a otras, pasando parte del mobiliario a la nueva empresa. Se pesaban los productos con básculas antiguas, de pesas, y en algunos comercios más rústicos, incluso en romanas. Luego fueron llegando aquellas modernas básculas de color blanco, con cristal, que recordaban un poco la estética de la moto Vespa, ya con un cierto aire de cultura americana de los sesenta.

Los niños, además de hacer recados, íbamos a los comercios para nuestro disfrute, que eran cuatro cosillas contadas: confites, caramelos, chicles de Bazooca, chupachús, “peonas” (peonzas), “bóluh” (canicas) y aquellas pastillas dulces de leche de burra, que podrían haber sido patrocinadas por la mismísima Mesalina.

Casi todo se vendía al peso. Arroz, lentejas o azúcar, se servían en cartuchos de papel, portados por el propio cliente. Estos cartuchos tenían una larga vida; se colocaban a veces en el fondo de las sillas de nea, para disimular los agujeros de éstas, y después del contacto con las posaderas rurales, se reutilizaban una y cien veces, y nos mandaban con ellos al comercio a por más huevos o garbanzos. Íbamos corriendo a comprar, como íbamos corriendo a todas partes, y el riesgo de ver la mercancía por los suelos estaba siempre latente. Todo era, ciertamente, altamente reciclable, sin necesidad de inútiles campañas medioambientales, ni contenedores específicos para cada cosa. Era todo mucho más sencillo y amable con el medio: los envoltorios no existían, la materia orgánica iba a las gallinas, cerdos, burros, cabras, perros y gatos..., y los escasos cachivaches que se compraban, duraban veinte o treinta años. Era un desarrollo verdaderamente sostenible, sin cumbres planetarias  que tan sólo sirven para dar matarile al planeta.

A la vuelta de la escuela, nos tirábamos largos ratos mirándonos en los escaparates de los comercios, esperando ver algo nuevo que sólo aparecía muy de tarde en tarde. Aburridos de ver siempre lo mismo, quedábamos allí, hipnotizados, mirando nuestras caras de panolis en el cristal, como atontados, perdidos en la periferia de los pensamientos. Luego nos marchábamos soltando el aliento en el cristal y escribiendo, quizá, “iniciales, que son nombres de enamorados, cifras, que son fechas”, como en los célebres álamos machadianos.

También las madres nos mandaban a por pan a la tahona: “Prenda, veti a la tahona a por un pan”. Aquellas tahonas verdaderas, donde el pan no llevaba aditivos. Eran los grandes panes de hogaza que inevitablemente pellizcábamos al salir de la tahona, y a veces sin salir de ella. Quedábamos asombrados con aquella especie de hormigonera usada para la masa del pan, y muchas veces, ya por costumbre, o por enredar, le pedíamos al panadero que nos pesara en la báscula destinada a los sacos de harina: “Tiu Claudiu... ¿me pesa uhté...?”, y poníamos la misma cara de entusiasmo que ponen los niños ahora al subir a cualquier artilugio lúdico, esperando que nos dieran el resultado del peso, aunque sabíamos que era siempre el mismo.

Se pagaba todavía con monedas de dos reales, con el "agujerino" en medio (que servían también para hacer tope en las cuerdas de las peonzas), o con perras gordas y chicas de aluminio, con aquellos relieves de lanceros a caballo, ya desgastadas, como antiguos denarios romanos de una Roma mermada y bellotera.

Algunos comercios hacían las veces de farmacias, y vendían productos básicos, como pastillas de Okal para el dolor de muelas, Ceregumil para los niños “gajientos”, alcohol y algodón para las mataduras de las rodillas, Tanagel para las cagaleras estivales, o Calcio 20, para los niños flacos y huesudos, con la sombra alargada del raquitismo de los negritos de África, que ya veíamos por las primeras teles en blanco y negro.

La gaseosa seguía siendo el refresco por excelencia; tanto era así, que cada comercio era representante de una marca u otra: unos llevaban La Molina de Béjar, otros la Casera y otros la Revoltosa. Incluso había reparto de gaseosa por las casas, y hasta incluso reparto nocturno, con un carreto de madera con ruedas de hierro, armando estruendo sobre los rollos de las calles, en las noches del fresco veraniego. Era todo mucho más hermoso, literario y poético que ahora.

Ya existía el binomio frutería y pescadería, que luego perduró en el tiempo. Cuando el pescadero traía sardinas, sonaba un pregón, y esa noche, ni que decir tiene, el pueblo cobraba un manifiesto olor a sardinas, y los gatos se mostraban más nerviosos que Don Quijote en un parque eólico.

Otra manera improvisada de comercio, que nosotros ya apenas conocimos, fue el trueque. Llegaban vendedores ambulantes con las bestias, y portaban alubias de El Cerro, que cambiaban por garbanzos o trigo; Castañas de Mohedas, o del Casar, también cambiadas por trigo. El barbero y el herrero, cobraban las “igualas” a base de trigo, demostrándose así la inútil necesidad del dinero; ese invento del diablo que alguien creó para perder las almas en favor de la usura. Con aquellos trueques, sin intermediarios ni impuestos añadidos, el comercio justo (ahora tan de actualidad), era una realidad cotidiana; de aquella manera, se daba a cada uno lo que era de cada uno, a Dios lo que era de Dios, y al César... nada.

La gente de los pueblos más pequeños se desplazaba andando a los pueblos de mayor tamaño, que servían de epicentro comercial. Todo eran caminantes hablando por los caminos, como en el "Viaje a la Alcarria" de Cela: “Eh, vah pa Ahigal... / Sí, ámuh p'allá a compral unah cosinah…”. En estos pueblos más grandes, había incluso zapaterías, ferreterías, droguerías, tiendas de ropa, de telares, de vestidos..., mercería, etcétera. A través de este intercambio, llegaba a conocerse la gente de unos pueblos con otros, en medio de una camaradería ya menos frecuente en nuestros días.

Algunos comercios eran tan sólo de alimentación, y otros se atrevían incluso con sencillas ropas, alejadas de modas o extravagancias; o tal vez vendían calzado, adaptado a las necesidades más inmediatas: preferentemente botas katiuskas para los grandes barrizales, zapatos de charol “pa remualsi” (vestir de domingo) el día del patrón, o zapatos Gorila, con la pelotina verde y maciza de regalo, que en no pocas ocasiones acababa encalada en el tejado de algún corral castizo, no sin antes haber hecho la oportuna gotera.

Aún conservo en la retina de mi más tierna infancia, algún viejo comercio de la generación de mis abuelos, con sachos y hoces en el techo (como en El embargo galaniano), sartenes, calderos, trébedes, tripas para la matanza... Todo de lo más sobrio, artesanal y un tanto oscuro, pero con un halo de honradez antigua, imposible de encontrar hoy en la bazofia publicitaria que nos asedia.

De tarde en tarde llegaban los charlatanes, y aparcaban la camioneta en cualquier plazoleta, vendiendo ropa, billeteras, correas y, sobre todo, mantas para sustituir a los antiguos “cubertónih” (cobertores). Se colocaban allí, en calles y plazas, como los políticos de nuestro tiempo en los mítines, y soltaban una larga perorata, con una verborrea desconocida para los aldeanos, ofreciendo casi todo, a cambio de casi nada. Hablaban de regalos y más regalos... bla, bla, bla. A pesar de nuestra corta edad, ya sospechábamos que eso de tantos regalos no podía ser cierto. Así fuimos aprendiendo, desde niños, que la supuesta gratuidad de las cosas, casi siempre lleva aparejada una engañifa.

Aún quedan pequeñas tiendas en los pueblos, ya lejos de las aquí referidas. Las tiendecillas de las grandes urbes fueron desapareciendo poco a poco, siendo la triste y fiel crónica de una muerte anunciada, fagocitadas por los grandes centros comerciales, que son los actuales Gargantúas del consumo insaciable, y las cómodas compras en los interneses, que te llevan a casa la mercancía con un aluvión de envoltorios insostenibles. Todo está al servicio de los adoradores del demonio Mammón (dios apócrifo de la avaricia), que han ido diseñando un mundo a su imagen y semejanza; un mundo descreído y sin alma, que no tiene más dios que el dinero.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

domingo, 18 de enero de 2015

Tirando tiestos



Entre la niebla mañanera de un día cualquiera de diciembre o enero, desfilaba un pobre gorrino ibérico hacia su altruista inmolación en favor del hambre comunitaria, hambre de un pueblo que no hacía tantos años que acababa de “echar la gajera” (salir de las estrecheces). En plena calle se disponía la mesa matancera y la chamusquina. Los niños más sensibles corríamos lejos de la escena del sacrificio, para no oír, ni siquiera en la distancia, la acústica del sacrificio de un cerdo que a buen seguro un día asistimos con “berbajos”, mondajas (cáscaras de patatas) y alguna carantoña desconfiada. Luego, todo transcurría en detalles que no son objeto de esta crónica, pues aquí me recrearé más bien en los aspectos amables de las jornadas matanceras, que tanta magia desbordaban para los críos, ávidos siempre de novedades y aventuras.

El mismo día de la matanza, acompañábamos a madres y abuelas a los arroyos de las cercanías a lavar las tripas. Una vez más, las corrientes generosas se llevaban la inmundicia y nos limpiaban de todo lo que nos sobraba, que era bien poco.

Los niños marchábamos con la lengua del cerdo en un plato de porcelana, hacia el veterinario, con sumo cuidado de que no se cayera. La lengua iba tapada con un trapo, como un cadáver mínimo, camino del ayuntamiento. Antiguamente, cuando salía un cerdo con triquinosis, era un drama para la familia afectada, pues suponía la pérdida de gran parte de los recursos alimentarios para el resto del año. Posteriormente se decidió crear una sociedad, donde cada vecino abonaba una cantidad de dinero por kilos, al objeto de recibir una indemnización, llegado el caso.

Por las noches, alrededor de una mesa camilla, y bajo una luz timorata, se jugaba a la lotería con unas fichas de madera ajada y unos cartones descoloridos; o quizá al Cuco, con viejas cartas desgastadas, que tal vez pertenecieron a alguna antigua taberna de la familia. Allí se compartían ratos entrañables, en un entorno hospitalario y netamente humano. Mientras tanto, hasta la mesa llegaba el calor y el resplandor de la lumbre, y un olor a ajo y guisos matanceros impregnaba el ambiente.

Los escasos placeres gastronómicos venían de la mano de los dulces caseros: tortas de anís, jeringuillas, buñuelos de caña, roscas fritas, perrunillas y demás repostería rural, combinando lo más rudimentario con lo más exquisito de las cosas naturales.

La gente joven de la matanza recorría el pueblo con pequeños y adaptados instrumentos caseros, dando pasacalles al estilo navideño, y en ocasiones coincidiendo con la propia Navidad. Los más pequeños iban detrás, con los ojos como platos y el entusiasmo que llevan los niños a todas partes. 

Se entonaban bellas canciones del folklore más añejo, que retumbaban por las calles medio oscuras, como salidas de un coro descompasado de antiguas tradiciones y penurias: “Esta noche ha llovido mañana hay barro, pobre del carretero que está en el carro, quítate niña de ese balcón…”.

Por las mañanas, temprano, los anfitriones de la matanza agasajaban a los vecinos con un chupito de aguardiente, higos secos y algunas “dulzainas” (dulces) matanceras, y al terminar la matanza invitaban a “asar un cacho” a la gente allegada. Se compartía lo poco que se tenía, pues, como es sabido, los más pobres han sido siempre los más generosos; así parece repetirse esta máxima desde el principio de los tiempos.

A los niños los mandaban las madres a llevar huesos a las familias de confianza, para dar curso a los diversos compromisos. Algunos niños detestaban los guisos de huesos, y se alegraban viéndolos salir en una u otra dirección, con la esperanza de que nunca más volvieran..., pero los huesos eran de ida y vuelta, y regresaban con las matanzas de los propios beneficiarios, como un vengativo búmeran extremeño que acababa devolviéndonos siempre las cosas menos deseadas.

Sobre algún árbol de las cercanías, los mayores nos colocaban columpios hechos de soga, con algún “aparejo” (trozo de tela vieja) de asiento. Algunos de los niños más pequeños quedaban marginados, y lloraban amargamente reclamando al hermano mayor su derecho al columpio: “¡¡Me quieeeeeru ehcolumbeaaaaal...!!”. El columpio era una de las cosas más esperadas en las matanzas por parte de los críos. Allí, en aquella cuerda de magia repentina, volábamos al viento entre pájaros y cielos interminables, y nuestros pies parecían tocar las nubes, como Heidi en las montañas de los Alpes. Mientras tanto, al compás del balanceo, las niñas cantaban: “Este columpio está abierto, nunca lo veo cerrado, pasa la Virgen María, vestida de colorado…”.

Pero tal vez el acontecimiento más esperado por los muchachos de la matanza, era el momento nocturno y alevoso de ir a “tirar los tiestos”. Esta tradición nada tenía que ver con devaneos amorosos, como la conocida expresión de “tirar los tejos”, asociada al galanteo pueblerino, que parece tener su origen en un antiguo juego segoviano, llamado "El tejo", consistente en lanzar un trozo de teja contra un palo de madera clavado en el suelo. Los mozos que jugaban en las plazas de los pueblos segovianos, aprovechaban para lanzar el tejo cerca de la moza deseada, para acercarse a ella con la excusa de recoger el tejo... Ni nada que ver con aquella otra que escuché un buen día, de un pueblo de la España profunda, donde el pretendiente de alguna moza en cuestión, una vez llegada la noche, se acercaba de incógnito a la puerta, y tiraba la boina en casa de la pretendida, esperando, con el corazón en un puño, a ver si la boina salía disparada otra vez por la puerta, o si, en cambio, era bien recibida, y le era entregada en mano al día siguiente, dando lugar a la oportuna formalización del noviazgo, una vez dilucidado el asunto en el pequeño sanedrín familiar...

“Tirar los tiestos” era otra cosa, era sencillamente lanzar objetos de barro por las puertas de las casas, aprovechando el descuido de sus moradores. Era un acto de travesura, de vandalismo de baja intensidad, integrado en las costumbres de aquellos pueblos norteños. Se arrojaban por las puertas cacharros rotos de lo más variado: cántaros, botijos, tejas, bombillas fundidas, e incluso alguna tinaja de pequeño tamaño..., quizá la tinaja donde estuvo el puchero de beber el agua, el mismo que aguantó con paciencia las babas de un par de generaciones.

El cántaro roto que se tiraba, puede que fuese el cántaro que se le rompió a la lechera en la fábula de Samaniego, pues eran muchos los planes que aquella pobre gente hacía, y muy pocos los que fructificaban.

Nos acercábamos a las puertas con un silencio monacal, y una vez lanzado el tiesto, éste se estrellaba con estrépito sobre el suelo de cemento pulido del patio. Después de la emoción del tiesto lanzado, esperábamos la respuesta inmediata, que casi siempre llegaba en forma de mujerina chillando: “¡Qué ha sonáuuuu paíííí!”; y una voz tosca y hombruna, que a continuación contestaba: “Qué hóhtiah va a sel... poh algún tiehtu que moh habrán tiráu…”.  Acto seguido emprendíamos la carrera de manera alocada, entre risas y nervios, mientras se oía en la lejanía la voz amenazante de la mujer: “¡¡Uyyy si loh cojuuuu..., uyyyyyyy si loh cooooojuuuuuu!!”.

A veces salían viejos encolerizados corriendo detrás de los muchachos gamberros, a los cuales no podían coger (y ni siquiera identificar), despotricando y blasfemando hasta la extenuación. La gente solía reaccionar con irritación, a pesar de que el tiesto se tiraba en el marco de un contexto puramente matancero, que contaba con la aquiescencia de los mayores, y estaba relativamente asumido. Me cuentan, incluso, de una mujer que iba a tirar tiestos con los niños más pequeños, y, una vez lanzado el tiesto por ella misma, caminaba con los infantes cogidos de la mano, y al asomarse a la puerta los receptores de la maceta perturbadora, esta mujer gritaba: "¡¡Uyyyyyy, loh tíuh joíuuuu, por ahí van corrienduuuuu ahora mihmuuuu!!".

De peor gusto que los tiestos eran los “zahumerios...”: un bote de lata lleno de trapos sucios, plásticos y pringues de toda índole, que, una vez prendidos, soltaban un humo maloliente dentro de las viviendas.

Esta broma de los tiestos se daba también entre gente de la máxima confianza. Contaba mi abuelo que, en cierta ocasión, llevó una tinaja pequeña a un corral que tenía próximo a la casa de un allegado (participante en la misma matanza), con el pretexto de desecharla y confinarla a un rincón mugriento del citado corral; pero este buen hombre, al ver a mi abuelo de esta guisa, sospechó que la tinaja llevaba como destino la entrada de su humilde vivienda, y acto seguido cerró todas las puertas a cal y canto. Mi abuelo lo contaba muerto de risa, pues, evidentemente, le habían adivinado las intenciones.

A mi abuelo lo enseñó a tirar tiestos su abuela, quedando de manifiesto que era una tradición centenaria, heredada y aprendida (pues tenía su arte). Los tiestos, cántaros, tinajas o vasijas, estuvieron siempre presentes en la historia de la sufrida gente rural. Aquellos tiestos representaban, quizá, el barro frágil de la existencia, la metáfora misma de la propia vida, hecha añicos sobre un suelo de granito o pizarra..., representaban, en fin, las semblanzas de unas biografías forjadas en el barro, y como el barro, un día, precipitadas.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

sábado, 20 de diciembre de 2014

Burros por camellos



La Navidad, como todo en aquellos pueblos, se resolvía con la austeridad que tantas veces hemos contado por aquí. Las calles eran más bien oscuras y el ambiente navideño se vivía en la mayor de las intimidades, con olor a leña de encina, adobo matancero y chorizos colgando de los cuarterones. Pero había un halo de ilusión y misterio, difícilmente superable por la excesiva luminaria comercial y los papanoeles americanos de este tiempo de compraventa que nos ha tocado en suerte.

Por las calles sombrías, ya de noche, la gente recorría el pueblo cantando villancicos de toda la vida, tocando botellas de anís El Mono, raspadas hasta la extenuación con viejos tenedores, que le dejaban la cara al Darwin de la etiqueta, similar a la del "Ecce Homo de Borja". También sonaban panderetas, almireces y zambombas hechas con tripa de la matanza. La algarabía nocturna se cerraba con algún tímido y afónico cohete en Nochebuena, que daba dos estallidos, y el segundo ya casi ni se oía, al tiempo que dos o tres mujerinas enlutadas pasaban sigilosas sobre la oscuridad, regresando de la Misa del Gallo.

No había decoraciones por las calles, no, ni árboles de navidad anglosajones (de origen celta), pero sí belenes en algunas casas, que en los pueblos se llamaban "nacimientos". Los niños íbamos a buscar musgo a los canchales sitos en las umbrías escarpadas, para alfombrar de verdor los suelos de aquellos parajes navideños de corcho, palos, piedras y demás elementos naturales, y dar soporte a las viejas figuras de barro, a las que faltaban piernas, brazos y manos, y había que colocar el musgo estratégicamente para mantenerlas en pie, en una especie de hospital de lisiados del siglo uno. El nacimiento de la iglesia era el nacimiento estrella por excelencia, en el que todo el mundo se volcaba. Los artistas locales colaboraban haciendo chozos con escobas del campo, “engarillas” de palo, yugos, puentes de corcha, molinos de tabla y toda suerte de aperos de labranza propios de una forma de vida extremeña que no distaba mucho de la Judea de aquellos lejanos tiempos evangélicos.

Las cenas navideñas se salvaban con un guiso de conejo, que los niños detestábamos, y algún abuelo diseccionando el turrón de cacahuete con la precisión de un cirujano, junto a la mirada pasmada del nieto goloso, poco acostumbrado a chocolates y demás “dulzainas” (golosadas) de tiempos venideros. No faltaba alguna abuela que siempre, ante el rechazo del guiso, te decía: “¿Tú érah el que teníah jambri ?..., tú lo que tiénih eh jambri golosa”. Al final de la cena, los comensales hablaban con una peladilla en la boca, y los mayores se atrevían con una copa de rancio coñac, que podía tener más años que alguno de los presentes, pero que aún era apto para trabar lenguas... o para soltarlas más de la cuenta.

En las teles en blanco y negro de los bares sonaban Las muñecas de Famosa, que tardaban un mes en llegar al portal, o el incombustible Raphael, por entonces joven, gustándose con el villancico de “El tamborilero...”; o tal vez Tony Leblanc  en las campanadas de nochevieja..., o los anuncios de juguetes que nunca aparecían en los escaparates del pueblo.

Alguna vez, cada equis años, nos sorprendía una nevada inesperada, y hacíamos muñecos de nieve vistiéndolos con el abrigo apolillado del abuelo, mientras sonaba tímidamente el sorteo de lotería por la vieja radio del vecino, entre silbidos e interferencias: “Cuarenta y cuatro mil setecientos noveeeeenta y uuuunooooo. / Cincuenta miiiiiil peseeeeetaaaaasss”. Una voz campestre y tabacuna, con tono de cazalla, preguntaba: “¿Ondi ha caíu el gordu? / En Sevilla, créu... / ¡¡Pa quí no moh toca nunca una puta mierda!!”.

Por supuesto, el día mágico para los niños, por encima de todos los días del año, eran los Reyes Magos, y quizá, aún más en especial, esa madrugada de ensueño. Teníamos el privilegio de que aún no había sido localizada Extremadura en el mapa por el gordo comercial y mediático de Santa Claus, con sus ínfulas televisivas y su opulencia de Quinta Avenida neoyorquina.

Los niños aguantábamos sin dormir hasta entrada la madrugada, en silencio, a la espera de algún indicio que nos hiciera sospechar la cercanía de tan sublime acontecimiento...; tal vez un ruido de pezuñas de camello en las calles recién encementadas, quizá. Mirábamos por la ventana unos "cagajones"  recientes en mitad del cemento, y sospechábamos que eran de algún camello que andaba ya en pleno reparto, pero siempre había algún familiar que nos sacaba del embeleso, diciéndonos que no, que el excremento era del burro de tío no sé quién, que acababa de pasar por la calle. Decepción. Al final el cansancio nos vencía y cerrábamos los ojos, poco a poco, perdiendo un año más la oportunidad de aguantarle el tipo a sus esquivas majestades.

Los reyes ponían escaleras en los rollos de las calles, para subir a las viejas ventanas de madera desgastada; o bien subían por los balcones de rejas oxidadas, rozando los líquenes del granito. A pesar de lo gordos que sabíamos que estaban, pensábamos que tenían algún don antigravitatorio que les permitía subir a todas partes, porque, claro está, ellos eran magos, y no había que darle más vueltas.

Nuestros abuelos engañaron a la generación de nuestros padres con reyes que tenían dificultad para acceder a las casas, debido a la estrechez de las calles, y por eso, pobrecillos, les contaban que venían más escasos de la cuenta; cosa que aquellos niños no entendían, pues ya sabían calibrar muy bien la anchura de las calles y la gordura de los camellos, y acababan sospechando que todo era, como de costumbre, un subterfugio de la imaginación que nace de la escasez y termina haciendo un brindis con la mentira piadosa.

Los críos quedaban extasiados frente a los escaparates con juguetes, como los niños pobres de los cuentos de Dickens. Eran pequeños escaparates rurales que se cerraban con cuarterones de madera pintada de marrón oscuro, y que exhibían un escueto muestrario, con turrones Monerris Planelles de cacahuete (la almendra aún era un lujo), alguna muñeca vestida al estilo de la revista Hola, un caballo blanco de plástico, con ribetes en la grupa, y el regalo más solicitado, que podía ser, por ejemplo, una caja de Juegos Reunidos.

Los reyes magos estaban adaptados a las circunstancias geográficas y socioculturales de cada lugar. Según nuestros mayores, los reyes venían en bestias que alguien les dejaba, para que descansaran los camellos en la estación del Villar de Plasencia, y desde allí traían los regalos en enormes serones. Al enterarnos de que los reyes llegaban al pueblo con serones, y tal vez en burro, teníamos nuestras dudas sobre la generosidad de aquellas campechanas majestades, que ya, de entrada, empezaban a darnos “burro por camello”, algo que nos sonaba quizá... a gato por liebre; pero todo valía, porque nuestra ilusión era insobornable, y no cabía en todos los serones del mundo. Los reyes llegaban escasos a los pueblos, sí, y quizá no eran tan magos como nos habían contado, pero la magia nuestra consistía en rellenar los huecos que dejaba el desánimo, con el entusiasmo infantil, que era lo único que nos sobraba en cantidad. Posiblemente hoy se cambiaría la ilusión de aquel tiempo por el exceso de consumo absurdo, innecesario, yermo, que nos vuelve banales y hasta incluso, con perdón, un poco idiotas.

El despertar de la mañana de reyes solía ser un tanto contradictorio, alternando felicidad con decepción: no era extraño encontrar algún juguete que para nada habíamos pedido, pues los juguetes de la tele, no sabíamos muy bien por qué razón no llegaban a los pueblos, siendo los reyes tan magos como eran... Te sentabas allí, junto a la hoguera de la chimenea, a madurar un rato tu ambivalencia anímica, y luego corrías raudo a casa de los padrinos, a ver si Melchor había dejado alguna cosa a tu nombre, aunque allí el regalo estaba exento de pedidos, y podía ser cualquier cosa inesperada. Te costaba creer lo listos que podían llegar a ser los reyes, que conocían incluso el compadreo de cada una de las familias de aquellos pequeños pueblos extremeños perdidos en el mapa.

A pesar de los pocos regalos, aún éramos afortunados. Nos contaban que a los niños de otros tiempos pasados los despachaban con una naranja y un real. Aun así, estos niños seguían creyendo en los reyes con auténtico fervor, hasta que un día, para destetarlos del asunto, cuando tenían cierta edad, en lugar del consabido carbón les dejaban tres o cuatro "cagajones" de burro en los zapatos; ni siquiera cagajones de camello. Los cagajones (excremento de las bestias), como podemos ver, tenían una presencia demasiado abundante y cruel en aquel tiempo, degenerando en un áspero mensaje escatológico aplicado a numerosos lances de la vida aldeana.

Un buen día te confirmaban la amarga noticia, ya ligeramente sospechada, de que los reyes eran los padres. Aunque ya te lo habían contado con malicia los muchachones gamberros que capitaneaban las calles, no habías querido creerlo, aferrándote a esa burbuja frágil y evanescente de la ilusión. El mundo siempre acaba colocando diques de racionalidad a la fantasía. Así fue desde siempre, y así parece seguir siendo.

Corría el año ochenta y ocho, y un grupo de jovenzuelos ochenteros, allá en el pueblo que me vio nacer, tuvimos la ocurrencia, una buena tarde, de improvisar una cabalgata de reyes. Era la primera cabalgata que se hacía, y se preparó todo de manera precipitada y sin más medios que los que pudimos encontrar en tiempo récord: capas antiguas de los antepasados, ropas viejas, coronas forradas de papel de plata, cojines para el relleno de las barrigas, barbas pobladas de algodón, para ocultar las caras de mozalbetes que se adivinaban con facilidad…; corcha quemada para teñir caras y manos, y toda clase de ropajes sacados de los baúles, para reyes y pajes, así como la adquisición de algunos asnos, que aún los había en cantidad. Para rematar el asunto, una raquítica bolsa de caramelos comprados por nosotros mismos, y un pregón que dejó intrigados a los vecinos, que preguntaban: “¿Reyih máguh..., aquí en el pueblu...?”. Aparecimos en la oscuridad, con faroles antiguos portados por las pajes, y alguien comentó, posteriormente, que la estampa fue emocionante, antigua y verdadera. Tenía, pues, el encanto de lo inesperado y la magia que a menudo otorga la improvisación. Según nos vieron aparecer, algunos niños preguntaban a los padres, una vez más, por qué los reyes iban en burros. Esta vez a nosotros, sí, nos tocaba volver a dar “burro por camello”, en un eterno cambalache donde las cosas nunca son como se esperan. Luego las cabalgatas posteriores se convirtieron en una cosa municipal por todos los pueblos de los contornos, con indumentaria comprada al efecto y tractores adornados emulando las cabalgatas televisadas.

Mientras bebían los peces en el río, y volvían a beber..., mientras una burra, rin rin, no dejaba de ir año tras año a Belén..., mientras San José veía sus calzones roídos una y mil veces por los mismos ratones..., y mientras los pastorcillos seguían trayendo regalos en su humilde zurrón, ropopompón..., fuimos amontonando navidades, hasta que un día supimos que los reyes, en todo orden de cosas, eran también los padres. Así nos lo fue revelando un mundo nada amable y desprovisto de sensibilidad, que se empeñó siempre en hacernos "bajar hasta el valle que la nieve cubrió".


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

sábado, 6 de diciembre de 2014

El último portillo


A pesar del dicho que relata que no se pueden poner puertas al campo, vamos a colocar unas cuantas por aquí; pues no son, sino puertas, los portillos, “engarillas” y demás cierres rústicos que sirvieron para colocar barreras de propiedad en los campos de aquella verde Extremadura que aquí proso en estos tragicómicos relatos.

Los portillos eran pequeños e irrisorios obstáculos, que bloqueaban la entrada de prados y cortinales, en los bellos parajes de aquellas tierras de “cachimán” y granito. Podían ser, tan sólo, una informe membrana de palos engarzados con alambres, o unas tablas viejas recicladas para el caso, o unos ramajos arrancados a la maleza, para darles un nuevo cuerpo de resistencia, como desnutridos guardianes de escasas pertenencias..., a veces guardianes de la nada.

La anatomía del portillo era grotesca, deforme, irregular, pero a un tiempo bella. El portillo era, tal vez, una barrera imaginaria más que real; un inofensivo vigilante fácilmente abatible: apenas una patada a una piedra de la entrada, o a un palo seco de higuera, bastaban para franquear tan endeble fortaleza prerromana. El portillo, más que evitar el paso, lo estorbaba, como si tal vez su misión fuese más bien disuasoria.

Nuestro amigo, el portillo, era un humilde custodio de las pequeñas cosas, deportado a veredas o callejas de menor importancia; al contrario que su prima hermana, la “engarilla”, de mayor estatus, que ejercía en caminos de primer orden, con una estampa altanera de hierros oxidados y cerrojos chirriantes, aunque también, a veces, dislocada y aquejada de reumas invernales, olvidada por lejanos herederos y hundida sobre tierras húmedas y yerbajos.

Un buen día, el surrealismo popular hizo su aportación funcional al portillo de toda la vida, y aparecieron los portillos tapados con somieres viejos: son esos somieres de láminas y alambres que ahora vemos por todas partes, con mejor voluntad que acierto estético por parte de los artistas rurales de la improvisación. Estos somieres tuvieron sus días de vino y rosas, supliendo a las antiguas jergas de tablón y bálago, pasando a recibir las espaldas de afligidos campesinos, o a servir de soporte en nuestro propio nacimiento. Posteriormente, ya digo, fueron relegados a un papel menor, oxidados y expatriados por esos campos de dios, a la intemperie de soles, vientos y lluvias.

El portillo era también un punto de confluencia, una especie de embudo donde esperar animales despavoridos: “¡Jalea lah ovéjah, que van pal portillu!”. Hasta incluso, con cierta ironía rural, surgió la figura, casi literaria, de “El salvaje al portillo”, que definía perfectamente, con un extraño “fino humor” extremeño, a los hombres especialmente toscos en sus maneras, que eran reclamados para cualquier comando de operaciones especiales. Cómo serían los tales salvajes al portillo, cuando eran considerados así en un ambiente donde las delicadezas no recibieron nunca el visado.

Por estas esqueléticas entradas, pasaron, como Pedro por su casa, los sempiternos conejos de aquella Hispania, que así, como “tierra de conejos”, describieran a su llegada los fenicios. De la misma manera pasaron por allí, zorros, lobos, hurones, y toda suerte de alimañas..., incluyendo algunas humanas, que haberlas haylas.

Los niños llevábamos los burros a bucólicos cortinales perdidos en hondonadas propias de monasterios benedictinos. Los burros, apeados, se saltaban con frecuencia los portillos, para nuestra desazón, y la bronca consiguiente de algún abuelo que no perdía detalle: “¡No sabih apeal el burru, ni claval la ehtaca..., con la de vecih que te he enseñáu a jacelu..., quierih jacel lah cosah... y luegu no tienih albeliá...!”.

Algunas paredes derruidas quitaban protagonismo al portillo, no sabiéndose muy bien cuál era la entrada oficial, con paredes caídas por doquier, cual ruinas de una Numancia celtíbera, de arévacos tristes e inertes, entregados, ahora ya, a un moderno imperio de oropeles y fanfarrias.

La gente de aquel tiempo tenía por costumbre ir a levantar portillos en los ratos libres (que la verdad no eran muchos). También lo usaban como antídoto contra el holgazaneo de mozos ociosos. Cuando nuestros abuelos veían a los jóvenes vagueando o escuchando música en algún radio cassette de Andorra, en aquellos días vacacionales de los años ochenta, solían murmurar por lo bajini: “A ehtuh loh mandaba yo a levantal portilluh”, o tal vez: “Con la de portilluh caíuh que tieni su agüelu, y éhti paí jaciendu bobáh…”.

Había portillos de carrascal, de cortinal, de prado, de melonar, de olivar, y, sobre todo, portillos caídos, más que en pie; portillos siempre mostrándose en su condición más pobre, sin alharacas ni tonterías, dándonos, sin saberlo, pequeñas lecciones de humildad.

A través del portillo pasaron toda la flora y la fauna que conformaron la variopinta piel curtida de aquellos tiempos: alacranes en noches de tormentas veraniegas; perrinos falderos pegados al pantalón de pana de su amo; burros con carricoches cargados de pasto; mujerinas con calderillas de higos chumbos; “guarrapos” ibéricos hozando suelos en busca de bellotas imposibles; niños de un pasado en blanco y negro, buscando nidos y nueces en el nogal; inocentes niñas de posguerra recogiendo moras en verano, o flores para los versos de mayo, cantando canciones de su tiempo, que devolvían los ecos de las vaguadas: “Tiene la Tarara un vestido blanco, que sólo se pone en el Jueves Santo; la Tarara sí, la Tatara no, la Tarara madre que la bailo yo…”.

Una tarde cualquiera de los noventa, un hombrino viejo, de esos que pululan por estos textos, se adentró por la selvática maleza, en su postrero viaje al cortinal. Agarró la última piedra que le dejó levantar la “rabaílla” (rabadilla), y comprendió que aquella era, sí, la última piedra que sus manos nunca más levantarían. Miró triste a lo lejos, con el ceño fruncido y las recias arrugas marcadas en el entrecejo, vencido, y ya perdido ese punto colérico de nervio y furia, que otrora le diese fama de hombre “jerrizo”. En ese mismo instante, supo que aquel era el último portillo..., el último portillo de la vida y de la muerte. Fueron testigos, el sol del ocaso, las montañas nevadas de Traslasierra, los últimos pájaros de la tarde, y el aire cierzo, que se llevó, como un villano, las últimas gotas de sudor hacia las más lejanas constelaciones del olvido.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS