viernes, 29 de noviembre de 2013

Los vigilantes del melonar



Nada que ver con ninguna serie hortera de la todopoderosa industria televisiva americana, con bellezas exuberantes y plastificadas, sino más bien con la marginal y “nadapoderosa” industria extremeña de la indigencia, que nos hacía custodiar los escasos bienes agropecuarios, en una dura batalla existencial propia de aquellas tierras de surco, cebolla, patatal y melonar.

Pues sí, como bien habéis adivinado, estos otros vigilantes nativos eran, mayormente, de porte aldeano, de boina pasada por tierra de cortinal, de pantalón de pana zurcido en solana invernal, y colillas de Celtas Cortos, o Ideales, en la comisura de los labios. Vigilaban, sí, el melonar, el sandial, el patatal, el trigal, el huerto, la viña, los higos… y se vigilaban los unos a los otros, en un estado natural siempre en guardia, que es el estado que nace del polvo viciado de la desconfianza.

Algunas noches los campesinos dormían a campo, y no por el placer al uso en nuestro tiempo, sino, una vez más (y ya tan remachado aquí), por simple y pura necesidad. Casi todo en aquel tiempo era por necesidad, excepto algunas pocas y pequeñas cosas que, por tanto, se disfrutaban con el júbilo que brota de lo excepcional. En verano se dormía en el melonar, para preservarlo de los hurtos que nacían, a veces, de la pura rapiña, pero otras, las más, de la propia penuria, casi idéntica entre el raterillo y el dueño de tan parcos bienes. Era una lucha de remiendo compartido, donde no hurtaban pobres a ricos, sino pobres a menos pobres; eran los Rinconete y Cortadillo de Cervantes, frente al minifundista de la nada; los pobres de los cuadros de Murillo frente al recto labrador de la pena y la quimera, enfrentados en la áspera soledad de un surco provinciano; eran, entre todos, el Carpanta de José Escobar comiendo el muslo de pollo bajo el puente de los sueños y el deseo.

En alguna ocasión, sin embargo, el dueño del fruto tenía un cierto grado de empatía con la necesidad de sus semejantes. Contaba mi abuelo, con ironía magistral, que cierto paisano de su tiempo (cuyo nombre omitiré), un buen día descubrió a un par de famélicos hombres de posguerra comiéndole los higos de una higuera. Este buen lugareño, sabio y genial en muchos de sus lances, decidió permanecer oculto y en silencio, sabedor, ciertamente, de que el hambre se repartía entre las personas de aquel tiempo con la misma "generosidad" que la opulencia en los sacos de la usura.  Allí, escondido, observó cómo los comensales disfrutaban de su improvisado trofeo de saqueo estival y silencio de siesta. El hombre, oculto, con sonrisa cómplice, se recreaba al ver a aquellos pobres diablos saciarse en detrimento propio. Pero, hete aquí, que una vez ahítos del preciado fruto, los raterillos comenzaron a comer y a tirar los pellejos de los higos de manera rápida y desordenada, con lo cual, el ponderado y virtuoso hombre salió al encuentro y les gritó: “¡Alto ahí!, hasta ahora he visto que habéis comido limpio y bien, y me hago cargo, pero este derroche ya no lo puedo consentir”.

En los días de mayo se cuidaban los campos de cebada y trigo, pero esta vez no del hurto sigiloso del humano, sino del expolio inocente y frugal de los pájaros, aquellos denostados duendecillos del aire que bajaban  a compartir la fiesta paradójica de la supervivencia. Esta otra suerte de custodia solía tocar a niños y mujeres, mientras los hombres se afanaban en tareas de más envergadura. Ahuyentar a los pájaros, en extremeño, se llamaba “joseal pájaros”. El término “joseal” proviene de "oxear": espantar aves domésticas. A los pájaros se los “joseaba” con gritos, tocando palos en “calambucos de lata”, moviendo campanillos y con toda clase de artilugios de percusión rural. En algunos casos se intentaba disuadir a tan esquivos personajes mediante el uso de espantapájaros, pero con poco éxito. El espantapájaros extremeño, como podéis imaginar, nada tenía que ver con su homónimo del cine americano, grande y bien alimentado, que representaba a un robusto granjero, o al mismísimo tío Sam. El espantapájaros nuestro era un triste y flaco muñeco local, desnutrido, “renegrío”, famélico y taciturno; quizá por eso los pájaros, al final, se posaban en él como en una rama más de tantas, dejándole su consiguiente regalo excremental. Nuestro muñeco labriego estaba hecho tan sólo con un par de palos en forma de cruz, un pantalón de catorce remiendos y un saco roto de esparto como vestimenta, junto a un humilde y ajado sombrero de paja, que había sufrido el paso de varias eras… eras de trilla y parva, se entiende. Era un muñeco, en fin, crucificado al sol, como una clara metáfora de la inclemencia de aquel tiempo.

En la batalla sin cuartel frente a los pájaros, algunos campesinos, incluso, optaban por colocar una especie de pequeño cañón, que sonaba a lo lejos tímido y tembloroso, y que apenas espantaba a los pájaros, sino más bien a los burros que iban por los caminos, o a las mujeres con el baño de ropa a la cabeza, cuyo baño, ante el susto, acababa por los suelos en no pocas ocasiones.

Por las hermosas tardes de aquellas primaveras de trigales y espigas, se escuchaba un festival de ruidos aleatorios y gritos descompasados: ¡¡Ojooooo, pájaruh revolanderuh, que soh coméih la cebá de mi agüeeeeluuuuu!!; ¡¡Ojooooo, pájaruh culónih, que soh coméih la cebá y moh dejáih loh troncoooonihhhhh!!  Y realmente era así, los pájaros dejaban los troncones a los pobres paisanos, los troncones figurados de la escasez, los del rigor mortificante de la desesperanza.

Los niños corrían gritando a los pájaros, los pájaros volaban y volvían, la primavera era una romería convulsa y contradictoria, un festejo de flores, belleza y escasez. Los niños, como siempre, revertían todo aquello en jolgorio y alegría. No hurtaré unas espigas, no, pero sí unos versos a Juan Ramón Jiménez que dicen: “... Yerra la primavera, es la fiesta del que corre y del que vuela”.

La primera noche que un niño duerme al raso en nuestros días, suele ser en campamentos de verano, en cambio, en aquel tiempo, la primera vez era más bien una noche con el abuelo en la era, o en el melonar. En la segunda opción fue mi caso. Allí, también, fue la primera vez que quedé absorto, instantes antes de dormir, mirando boca arriba el firmamento. ¡Qué inmensidad inalcanzable!; parecía estar flotando por entre las galaxias y no podía entender muy bien, aun desde el prisma limitado de un niño de pueblo, que nosotros, allí, tan a ras de la nada, pudiéramos preocuparnos de un simple melonar; nosotros, sí, pendientes de dos o tres melones arriba o abajo, mientras en lo más alto se debatía la distancia sideral de los astros. ¿Cómo creer que aquello fuera tan sólo fruto de la casualidad? Ante aquella inconmensurable y abrumadora magnitud estelar, cabía pensar, tal vez, que el creador de todo aquello, en su afán de magisterio, nos quisiera mostrar la altura exacta de nuestra ridícula soberbia.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS


sábado, 16 de noviembre de 2013

Agua poco corriente


En algunos pueblos de los tiempos aquí relatados, no hubo agua corriente hasta principios de los ochenta. Es algo que pudiera parecer increíble, sonrojante o hilarante, pero a la sufrida gente de aquella misérrima época le parecía de lo más normal; qué remedio. Ya los mismísimos romanos, dos mil años atrás, hicieron canalizaciones para llevar el agua a las viviendas, y hasta letrinas para sus momentos más íntimos. Hasta los Vikingos, famosos por su escasa devoción hacia la higiene, colocaban al lado de las casas de madera, una especie de pequeñas casetillas a modo de cuarto de baño. Desconozco los hábitos de lusitanos y vetones, por citar pueblos que habitaron antaño estas latitudes; pero nosotros, una vez más, éramos más chulos que nadie, desafiando la lógica evolución cronológica de la historia. Nosotros, sí, que no éramos romanos, sino más bien espartanos, pero de esparto de “serón y aguaera”; nosotros, sí, que hasta hace poco no conseguimos subvertir el curso  del tiempo, instalados en una suerte de Pleistoceno tardío, o “Tardopleistoceno”, que resulta más culto.

La carencia de tan vital elemento en las casas, se resolvía de manera poco delicada, pues ya hemos convenido aquí que las delicadezas… y esas tonterías, eran un “bocatto di cardinale” poco frecuente y de mala prensa local.

El agua se acarreaba hacia las casas desde pozos cercanos al pueblo, en una escena puramente bíblica, que recordaba a los paisajes y figuras que podíamos ver en los nacimientos navideños. Por los caminos del agua se cruzaban burros con aguaderas, carretos con bombonas de plástico, mujeres con cántaros en la cadera o la cabeza, portados con “rodilla”, que así se llamaba la almohadilla redonda colocada en la testa de las “jerrizas” y enlutadas mujeres rurales. 

En los hogares había una pequeña tinaja de barro, de boca ancha, cubierta con un plato y, encima de éste, un puchero de porcelana, despostillado, que servía para coger el agua y beber todos… ¡sí, sí, todos por el mismo recipiente, faltaría más! Los niños algo más escrupulosos bebíamos por la parte menos usada del puchero, como, por ejemplo, la zona más próxima al asa, aun a riesgo de que algún abuelo te llamase señorito, sarnoso o “tiquihmiqui”, o te dijese cosas como: “Cuandu vayah a la mili te van a quital lah tonteríah”.

La parte más escatológica de todo esto, como podéis imaginar, resultaba, cómo no, a la hora de hacer aguas menores, y sobre todo aguas mayores. Para estas últimas, los hombres usaban el eufemismo de “ir a tirar los pantalones”, cosa harto difícil, pues en aquel tiempo de estrechez y economía bajo mínimos, no se tiraba absolutamente nada.

Los corrales cumplían la función de letrina sólo para casos excepcionales: niños muy pequeños, mujeres en las noches de lluvia… y para de contar. El resto del personal tenía que aceptar el exilio a las zonas periféricas del pueblo reservadas al efecto. No es que hubiera una adaptación municipal sobre el asunto, ni nada parecido, sino que, estos amplios y desordenados retretes campestres, se establecían de manera tácita por los vecinos de los distintos barrios. Digamos que, cada zona del pueblo, tenía un “defecódromo” próximo al cual se acudía por una razón meramente geográfica. Estas zonas tenían nombres del tipo: “El arroyo de los perales”, “Los charcones”, “La cañá”, etc. 

Los lugares anteriormente referidos, solían estar en arroyos con higueras y cierta espesura, para preservar la intimidad de la clientela. El usuario del mencionado sitio excremental, acudía por allí no sin cierta vergüenza, y la escena era más o menos la siguiente: Se llegaba disimulando, como si no fueras a lo que realmente ibas, sino tal vez a coger... unos higos... o a tapar un portillo de un cortinal, pues se corría el riesgo de que “el servicio” estuviera ocupado, y, en tal caso, te quedabas en las proximidades disimulando, como si no fuera contigo la cosa.

La gente un poco más fina solía llevar en el bolsillo, a modo de papel higiénico, una hoja del periódico “Abc”, al que estaba suscrito el abuelo. Pero una amplia mayoría solía emplear un útil más común en la naturaleza, que podríamos patentar como… “la piedra higiénica” (imagino a Los Picapiedra en tal lance). La “piedra higiénica” no siempre lo era, pues, una de las mayores preocupaciones del usuario bisoño, era observar con detenimiento el anverso y reverso del reseñado mineral de guijarro o granito, pues no era nada extraño que ésta, la piedra, fuese de uso frecuente, y hasta incluso reciente, y fuera portadora de alguna abstracta obra pictórica de estilo dadaísta. El avezado parroquiano, por contra, solía recolectar “las piedras higiénicas” a una cierta distancia del servicio; es lo que tiene la pericia que nace en las procelosas aguas de la supervivencia. Otro riesgo frecuente era… vamos a denominarlo “el campo minado”. Había, claro está, un número indeterminado de minas antipersona, generalmente ocultas bajo las hojas de las higueras, con peligrosas deposiciones rurales que obligaban a levantar el pie como las grullas en las lagunas, o a dar un paso hacia delante, hacia atrás, o hacia los lados, imitando al genial e irrepetible Chiquito de la Calzada. En fin, toda una serie de peripecias que hacían que, los pobres estreñidos de hoy, fueran privilegiados en aquel tiempo, por acudir con menor frecuencia a los citados lugares de tortura excrementicia.

Si tu dolor de barriga, amigo lector, fruto de la risa que adivino, te deja seguir leyendo, te diré que, todo lo aquí glosado, fue tan cierto como la vida misma. Si imaginamos que, para nuestros abuelos, estos tiempos relatados no eran casi nada confrontados con los vividos por ellos tiempo atrás, podemos deducir que, los anteriormente mencionados romanos o vikingos, eran puros “metrosexuales” a su lado.

Un buen día, recién entrados los ochenta, se iniciaron las obras de canalización y acometida del agua corriente en los edificios, que marcaron un antes y un después en la vida de tan rudos habitantes. Aún había algunos viejos, de los más duros de pelar, que se negaban a pagar la acometida en su casa, y otros, como mucho, aceptaban la acometida, pero tan sólo instalaban un grifo y un buzón junto a la puerta de la entrada. En cambio, en la mayoría de hogares se construyeron los primeros cuartos de baño, con numerosas bromas y chascarrillos por parte de algunos ancianos, como, por ejemplo, alguno que, al ver la bañera tan grande, decía cosas del estilo: “Ahí cabemos la mujer, la burra y yo”.

Atrás quedó el baño en el río al acabar la era, los pies lavados en la palangana, el abuelo afeitándose en el viejo palanganero, con la camiseta blanca de tirantes; atrás quedó el agua como un lujo en el exiguo gobierno rural de la pobreza. Ahora, cuando cortan el agua un sólo día, la gente se siente extraña e incómoda... ¡qué paradoja!

Hemos tirado, metafóricamente, muy pronto de la cadena. “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”, que diría el poeta, pero no está de más reconocer con humildad este pasado reciente que nos muestra el origen de donde verdaderamente venimos.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

martes, 29 de octubre de 2013

A la lumbre


Nos sentábamos allí, en una estampa tribal de pueblo, alrededor de una lumbre tímida, con un abuelo enyesado en tieso traje de pana, una abuela enlutada en un luto perenne, trébedes cojeando, algún gato “gagiento” y un puchero estañado, para cerrar la imagen. Aquella lumbre, aunque pobre, nos abrasaba mofletes y canillas, al tiempo que un aire inmisericorde nos fusilaba por la espalda a través de una “tallera”, o de una puerta del sereno mal cerrada: “¡¡Cerral esa puertaaa, mee cagüeeen en… que entra un airi que afeita!!”. Nos afeitaba el aire y nos afeitaba todo…, todo menos aquellas hojillas de afeitar Palmera, raídas de cien usos, que desollaban las caras de los hombres “chiquinos”, sufridos y “rejertes”, legítimos herederos de los venteros de barba espesa que podíamos ver en los dibujos y grabados del Quijote.

Cuántas veces quedábamos en silencio, extasiados, hipnotizados, frente a la llama de la lumbre, dejando al torpe y limitado intelecto en manos de la magia del fuego, que es fuente de calor y vida. En medio de aquel sabio silencio, trascendían los pensamientos mucho más allá de la menesterosa realidad social y cultural que nos tocaba vivir.

En ocasiones nos sorprendía la lluvia y la tormenta, y, claro está, se iba la luz…, una luz trémula de bombilla de cuarenta vatios que aprovechaba cualquier desliz para dejarnos. Al momento se escuchaban los truenos y aparecía entre las tinieblas, sigilosa, una abuela con el candil de aceite, como una aparición espectral rezando aquella antigua oración de protección contra los truenos:

Santa Bárbara bendita,
En el cielo estás escrita,
Con papel y agua bendita.
En el ara de la cruz,
Pater noster amén Jesús.

Recuerdo, de muy niño, sentado ante aquel fuego, mirar hacia atrás y ver nuestras sombras proyectadas en la pared trasera, como enormes gigantes en movimiento que amenazaban el sueño infantil, en aquel tiempo donde el susto estaba siempre impreso en el guion. Allí entendí aquello de “desconfiar hasta de tu propia sombra”.

La chimenea recibía el nombre de “chupón”, que a veces no chupaba, y se formaba una abundante humareda, en extremeño llamada “zorrera”: “¡¡Abril toah lah puértah, que menúa zorrera se ha formáu, meee cagüeeen toaaa laaaa…!!”. Y en efecto, la zorrera obligaba a abrir todas las puertas, por las cuales, de paso, se iba el poco calor que nos quedaba, como un lujo imposible de retener, como un injusto y obligado diezmo a los cuatro vientos, que hace siempre a los pobres entregar lo poco que les queda. Así parece haber sido desde la noche de los tiempos.

Quizá no estábamos tan lejos (ni lo estamos ahora) de aquel Homo erectus que descubrió el fuego, y al que apenas permitieron evolucionar hasta nuestros días, mucho más allá de lo puramente tecnológico, sustituyendo el resplandor del fuego en la cara por el reflejo de pantallas táctiles, ordenador o tv, en un claro e involutivo paso hacia nuestra actual y ovina condición de Homo estupidensis.

En la noche de San Juan, se hacía en las calles una gran hoguera llamada "Sarna". Saltábamos a la Sarna para purificarnos, de no se sabe qué, de no se sabe quién, pero saltábamos alegres en uno de los pocos ratos de distensión que podíamos vivir en medio de tanta escasez de recursos y, sobre todo, de espíritu. Una vez más, la lumbre, en este caso grande y generosa, nos daba ese hálito necesario de vida. ¡¡Sarna aquí, sarna allí, sarna en casa de tío Fermín!!

A la lumbre descubrimos el calor necesario, el calor más humano, el calor de la gente; ese calor que, al fin, nos usurparon falsos dioses mundanos, apartándonos pronto de lo más verdadero, y vendiéndonos siempre una alquimia invertida, que nos cambia nuestro oro por un plomo de nada, pero claro, eso sí, muy bien publicitado. Desde aquí clamo y pido por las cosas cercanas, esas que no nos cuestan, ni nos dan frustración a cambio de dinero. Y así vamos pagando a precio de diamante la escoria más vulgar. Valga el sabio refrán que viene tan al pelo a estas lumbres por aquí retratadas, y que a la letra dice: “El que va a por leña verde, cuanto más anda, más pierde”.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS


viernes, 4 de octubre de 2013

Gatos por los tejados


Aún nos queda en la retina de la infancia la imagen de los gatos por los tejados; aquellos tristes personajes sarnosos y escuálidos que deambulaban indiferentes entre las chimeneas, como pequeños diosecillos paganos de un desaliñado Olimpo de tejas.

Nacer gato en aquel tiempo no era nada aconsejable. Era una corta vida expuesta a no pocas tribulaciones, de una aguerrida Extremadura de remiendo de pana y rostro curtido, que aún atisbaba cercana el hambre de posguerra en una triste mueca de supervivencia.

En aquel tiempo de agresividad, donde la mala leche se cuajaba en el aire y se podía tocar con las manos, los frágiles felinos encontraban en los tejados su particular  burladero. El gato en el tejado se sentía en un plano superior al humano, y divisaba las batallas de las tierras bajas, sabedor de su inmunidad de teja y canalón. Tan sólo, de tarde en tarde, la piedra de algún travieso infante volaba hacia el tejado, pero acto seguido, una eléctrica abuela, de mandil y alpargata, hacía correr los Sanfermines al intrépido nieto, dejándole el culo tan rojo como el crepúsculo que al atardecer dibujaba la silueta del gato en las alturas.

Los gatos, aunque parezca mentira, en un alarde de fidelidad, pertenecían a casas y dueños que los miraban con indiferencia, y le alternaban la tripa de una morcilla con un puntapié por acto reflejo, sin venir a cuento, en ese absurdo instinto donde el más débil paga siempre la frustración del fuerte.

El gato encontraba su escasa felicidad tumbado a la bartola de un sol otoñal, sobre las tejas rotas de aquel terreno reservado a su estirpe, entre botes de lata oxidados y macizas pelotas verdes de zapatos Gorila.

El estado natural del gato extremeño era triste y azul, como el de la canción, sin derecho a filiación ni un nombre que le sacase del anonimato, lejos de la Zapaquilda de Lope de Vega, o el televisivo gato Isidoro. Era un gato anónimo, indigente, con una vida, en cambio, rica en aventuras y sorpresas… sobresaltos mayormente. Aquel gato, contraviniendo a Ortega, no era ni siquiera él, sino tan sólo su circunstancia.

Cada vez que el gato descendía a las virulentas calles rurales a través de una ventanilla de piedra, encontraba un amplio abanico de percances: un palo criminal proyectado desde una esquina, una piedra voladora inesperada, unos botes de lata atados al rabo,  un zapatazo de “bordeguín” cosido y engrasado por zapatero rural; o la peor de las pesadillas: la persecución de un famélico perro que hacía correr al gato hacia una parra cercana, previamente localizada, que daba acceso inmediato a su reino apacible de barro y chimenea. Se diría que la parra era el cordón umbilical entre el cielo y el infierno.

Había una época del año en la que el gato estaba obligado a frecuentar más a menudo la cruel tierra baja, y era la época de las matanzas. Aquellos días suponían su temporada alta de desperdicios de alimentos a su alcance, con el riesgo asumido. El gato firmaba una cláusula en la que aceptaba jugarse el pellejo a cambio de algún cacho, o resto porcino que hiciese cambiar, tan sólo por un tiempo, su pelo de tiña.

Los gatos eran esquivos, ¡cómo no iban a serlo!, con tantas sinrazones en su entorno. En alguna ocasión recibían una breve y amigable caricia en su lomo, pero los gatos no bajaban la guardia, sabedores de que aquello era una excepción en un mundo de lucha y acechanza rural.

Pero un día, como tiene que ser, las cosas cambiaron. Aquella inhóspita tierra baja se tornó en tierra media de Tolkien, y fue girando poco a poco a tierra amable; las calles se fueron asfaltando horteramente, y los palos y las piedras no hallaron ya lugar. La mala leche se fue dulcificando hacia leche merengada y,  por si fuera poco, los perros fueron deportados al extrarradio, en enormes naves poligoneras, donde pasaron a canalizar su cólera como desafinados tenores en interminables noches de luna llena, interpretando obras del inédito autor ruso “Porsakovski”.

Un buen día aparecieron por el pueblo unos extraños personajes gordos, de porte altivo, perezosos y bien acicalados, que alguien denominó gatos siameses. Eran felinos aristócratas, de monóculo y ropa de marca, que apenas inquietaban al gato autóctono, pues, los citados siameses, no tenían interés en las cosas rurales y mundanas, ni agilidad para usurpar el espacio atávico del gato de tejado.

Aún quedan gatos castizos por las alturas, herederos descafeinados de un linaje que entregó su pellejo, en un tiempo en que sus coetáneos humanos tan sólo vivían ligeramente mejor que ellos.

Valga este homenaje al gato sin pedigrí, gato extremeño de teja y musgo, de mirada evasiva, de pelo sucio chamuscado al tizón invernal; de tarde de lluvia triste e inspiración machadiana: “Gatos de las márgenes del Alagón, conmigo vais, mi corazón os lleva”.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS


miércoles, 2 de octubre de 2013

A boti boti


Bellas eran las tardes rurales de aquella infancia de los 70, donde los niños vivíamos la calle entre piedras, palos y numerosos juegos de imaginación y contacto humano. Vivencias todas muy distantes de la actual propuesta de gasto y fasto para el divertimento. Pero no todo era trigo limpio, cierto es. Debajo de aquellos juegos subyacía una violencia antigua y rayana en lo brutal y primitivo; heredera de aquella España celtíbera, de aquella Lusitania ruda y pastoril, que hace pensar por qué Viriato, quién sabe, pudiera haber surgido de estas tierras y no de otras.

Los niños éramos muchos y ruidosos. Fuimos los hijos de la gran natalidad promovida por el régimen y la iglesia, con películas de Paco Martínez Soria o Pepe Isbert  (tenían su gracia, hay que decirlo) aunque a los pueblos apenas llegaba la tele ni el incipiente aperturismo de los exiguos “planes de desarrollo”, con horteras de playa y suecas en Benidorm. En medio de aquella vorágine muchachil, la diversión se resolvía, con frecuencia, en una descarnada y frontal lucha de supervivencia. Los juegos eran bruscos: desde Mosca parió mi burra, donde muchachones mayores saltaban sin compasión sobre la espalda de niños (niños-burra), con la clara intención de derribar y hacer daño. El marro, donde una cadena humana cerraba las calles al último náufrago con el único propósito de atraparlo y lincharlo a golpes y patadas. Reliqui reliqui, si te pica que te piqui, en el cual la víctima que se la quedaba, era objeto de toda una secuencia de espuelas, culadas o derribos: “¡¡La primera sin topal, la segunda culá que te junda, la tercera se da lo que se quiera, la cuarta culá que te parta, la quinta reliqui reliqui si te pica que te piqui, la sehta púñuh en cehta!!”, etc. Otra serie de juegos similares como El corchu y la tapaera o A contrabandu, completaban la agresividad ancestral transmitida de generación a generación.

Los roles estaban perfectamente definidos. Mientras los niños se empleaban en rudezas varias, las niñas saltaban a la comba o cantaban, muy femeninas, canciones de corte amoroso y comprometedor: “¡¡Si piensa en fulanita, fulanita no lo quiere, y el pobre fulanito de pena se muere!!”. Y el citado fulanito, “roju comu un berruecu”, la emprendía a patadas con las niñas cantoras en un sobrado alarde de supremacía varonil.

Por contra estaba la alternativa de algunos juegos digamos... unisex, claramente mal vistos por el ala dura de los muchachones más representativos del grupo.

En numerosos juegos rurales había un denominador común que era “la majá” (la majada), lugar de refugio de los participantes, que dejaba entrever el marcado origen pastoril de los juegos. En “la majá” nos refugiábamos entusiasmados como lo hicieron  antaño los hijos de pastores y cabreros, o como lo hacen ahora los hijos de médicos o informáticos cada vez que les enseñas estos mismos juegos en campamentos o colegios. Hay cosas que son impermeables al tiempo, siempre y cuando tengamos la intención de preservarlas. Seguramente la industria del juguete y los grandes almacenes tengan una idea divergente a todo esto.

Me vienen a la memoria juegos especialmente entrañables, como Manda quitali: “Manda quitali, manda el fraili; que ha dichu el padri San Francihcu que vayáih a tocal el canalón de tíu Tomáh”... En fin, La bombilla, Ehcondi correa, Treh marínuh a la mal, etc. Pero, si tuviera que citar un juego recurrente y participativo de aquellas tardes ásperas y a la vez hermosas, ese sería, sin duda a Boti boti (Bote botero); y no sólo por el juego, sino por el bote en sí y lo que éste representaba en aquella  Extremadura de palo y barril.

Encontrar un bote era tarea relativamente fácil. El bote de lata era todo un símbolo, un icono rural, polivalente y mísero, que lo mismo servía de azucarera o recipiente de legumbres, como depositario de bellotas y cebada..., o improvisada caja de herramientas oxidadas. El bote era algo, era alguien. No resultaba extraño ver a  niños por las calles pregonando botes nuevos como el que pregona lechugas: “¡¡A loh bueeeenuh booootihhhhhhhh!!". Y alguno vendían, sí.

El bote, en última instancia, era pasto de la calle. Lo buscabas para jugar a Boti boti y lo encontrabas allí, abollado, entre ortigas y cagadas de perro secas. Lo cogías con la emoción del argonauta que encuentra el vellocino, y lo mostrabas triunfante, pero, acto seguido, tu gozo en un pozo: aparecía siempre otro niño con un bote mejor que el tuyo, pues los botes brotaban del suelo por generación espontánea, al tiempo que destellaban rutilantes en los tejados, con los rayos del sol, junto a chimeneas y gatos secos.

El bote de la calle era un bote que había dado su carrera. Era echado del hogar como un hijo bastardo de lata al que no se quiere, y deambulaba por las calles de patada en patada, o atado al rabo de algún gato que corría despavorido.

El deterioro del bote te daba la medida de su bagaje callejero. Lo mismo se llevaba patadas en Boti boti, que de cualquier niño transeúnte, que, quizá, viendo al bote aún más débil que él (qué paradoja) le daba una patada más de tantas, cambiando la ubicación de su destierro, mientras el bote se vengaba, a la vez, despertando de siesta al propio y rudo campesino que lo echó a la calle, en un extraño y cerrado círculo de iras y resentimientos. Y así, de esta manera, íbamos sobreviviendo y dando carpetazo a unos años tan literarios y bellos como duros y difíciles, aunque, quizá, menos que los actuales, qué ironía.

Cuando las tardes y los juegos terminaban, el bote se quedaba en la calle, huérfano de corral, y los niños nos íbamos a casa entre olor de cabra y humo de chimenea, con la luz crepuscular colgada en los tejados.

Cuantas veces, al recordar esas tardes de dureza encarnada y belleza contenida, me vienen a la mente unos versos de Machado (“Por tierras de España”), de marcado entorno rural, que dicen:

Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta,
- no fue por estos campos el bíblico jardín-:
Son tierras para el águila, un trozo de planeta
por donde cruza errante la sombra de Caín.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS


Dando la matraca


Ser monaguillo no era cualquier cosa, era otro nivel infantil en aquella Extremadura puesta en la sima de la propia España profunda. Un buen día, un amigo tuyo hablaba con el cura, y ya está, así de fácil; a partir de ahí pasabas a formar parte de una especie de logia rodeada de ritos, atuendos, olor a cera y humedad de piedra centenaria. En fin, grandiosidades que para un niño marcaban, de golpe, un antes y un después, un punto de inflexión que subía la autoestima de una infancia menoscabada, donde cualquiera podía darte un capón en plena calle con el beneplácito de tus progenitores.

La fe, a decir verdad, era un tanto confusa, pero el hecho de verte por allí arriba, en las inmediaciones del altar, formando casi parte de lo sagrado, te daba un no sé qué de importancia y vanidad, que te hacía sentir sensaciones nunca más repetidas el resto de tu vida. El monaguillo, no obstante, era un personajillo irreverente que se burlaba de casi todo, y su principal preocupación era controlar en todo momento la risa ante tanta ampulosidad y respeto circundantes, o ante un señor gordo, con papada, que sacaba la lengua con cara de chiste al comulgar.

El monaguillo vivía su aventura en aquel gran parque temático que era la vieja iglesia de piedra raída por los siglos: se tocaban las campanas subiendo escaleras de caracol a oscuras; se recreaban leyendas de un tal San Botón, que cobraba vida y te daba un cachete al pasar; se vivían grandes misas de Semana Santa, con olores y parafernalias imposibles de olvidar... Todo era grandioso; aunque en más de un caso el monaguillo era víctima de un sacerdote con vocación de karateca, que la pegaba con el acólito en la sacristía, por no haber tocado la esquila así o asá. Pero no importaba, todo lo superaba el hecho de ser tuerto en el país de los ciegos, de ser alguien en el país de "los nadies", que diría Galeano.

Las misas, en los setenta, aún eran multitudinarias, y el cura del pueblo representaba todavía una alta personalidad en la escala social del momento. El monaguillo intuía todo esto, y sabía que el hecho de estar al lado del cura (ser una especie de valido suyo), le otorgaba un halo de protección que él percibía perfectamente, por muy niño que fuese.

El cura, en un extraño afán de equidad divina, repartía hostias consagradas de la misma manera que sin consagrar. Los beneficiarios de las primeras eran los adultos, los de las segundas, éramos nosotros, los monaguillos. Pero ese riesgo era algo que formaba parte del juego, y que nosotros estábamos dispuestos a aceptar, como acepta el montañero el riesgo de la cima.

En los días de Semana Santa, quedaban mudas las campanas, dando paso a “las matracas”: artilugio rústico construido con tres tablas que percutían entre sí, y que servían para que nosotros, por las calles, anunciásemos los distintos oficios y misas, cosa que era lo que menos nos preocupaba, pues la emoción real era el hecho en sí de hacer ruido y “dar la matraca” (de ahí la expresión). La iglesia y la ceremonia alcanzaban el cénit, y nosotros la máxima realización personal como apócrifos personajes de una doctrina que, de alguna manera, secundábamos por tradición y rutina, sitos a la diestra y la siniestra de un sacerdote que, en algún caso, para nada se esforzaba en seguir los “caminos del Señor”.

Pero felices, realmente éramos felices. La felicidad, pienso ahora, es una simple lotería ajena a toda lógica, que te toca, o no, en el rincón más inesperado.

Mientras tanto, las cigüeñas crotoraban en el campanario, la iglesia renacentista añadía unos años más a su longeva piel añeja, y los monaguillos iban dando paso a otras generaciones de acólitos, cada vez más menguadas en número y vocación, en un lento transcurrir de años anodinos.

Ahora mismo, es casi una quimera encontrar un monaguillo. La actual sociedad, apuesta por un ateísmo falto de contenido, acicalado de tarots y esoterismos variados como alternativa, y una absoluta idolatría hacia el dinero. Nos quitaron la espiritualidad, y no nos dieron nada a cambio. Ahora andamos por ahí, como modernos monaguillos del vacío existencial. En algunos libros, como "San Manuel Bueno Mártir", de Unamuno, se entiende bien todo esto.

En fin, el que suscribe, fue monaguillo tres años y feliz otros tantos, en una época mísera, donde la gente suplía con imaginación y entusiasmo la falta de medios, la falta de tele... y de “tela”; donde los niños, sin Playstation ni smartphones, saltábamos paredes de campo y vivíamos plenamente el color y el olor de las cosas. Podéis ir en paz.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

martes, 1 de octubre de 2013

La solana


Aún anda por ahí un vídeo de un sainete de ambientación rural, que realizamos en los años 80 un grupo, ya entonces anacrónico, de jóvenes entusiastas preocupados por el tipismo y esas cosas. Se titulaba “Un rato en la solana”, e intentaba reflejar exactamente eso: un extracto de apenas quince minutos representativo de lo que en una solana de la época acontecía. Pues, en los años 80, sí, aún quedaban algunas solanas de las de siempre, de aquellas de toda la vida. Ahora es difícil verlas. La solana tradicional era una pared de piedra, más bien alta, con una cara resguardada del aire cierzo, que daba cobijo a una fila de mujeres hacendosas, o ancianas de luto, zurciendo medias sobre bombillas fundidas, o remendando la posguerra en forma de retal de pana. La solana era, sin duda, la cara amable del invierno, una forma natural y simple de burlar el frío y abrirse a la hospitalidad de un sol que, ajeno a todo, se repartía generoso como el pan de los pobres.

En ocasiones, junto a aquellas mujeres, se secaba al sol un viejo nonagenario, padre, a su vez, de alguna “joven anciana”, junto a un “tontillo del pueblo”, cuarentón, asustadizo y entregado a los designios de una madre zaragatera. Para completar el cuadro, no faltaba un perro seco, aletargado al sol, y un niño barrigudo, de “jarapal salíu”, comiendo migajones de pan entre moscas y mocos a la par, y la mirada atenta de su abuela. Todos ellos, desde por la mañana, maduraban al oriente en una antigua relación de piedra, sol y vida.

Detrás de la pared solía haber una higuera, con un gato “sarnosu” buscando pájaros y langostos como única alternativa a la exigua ración de tripa de chorizo.

Las mujeres decían en extremeño cosas del tipo: “Voy a tenel que ili aviandu la cena a ehti hombri, que ehtará al venil cá y cuandu”. O bien: “No sé, paeci que barruntu demuación”. O quizá: “Antiel llamó la muchacha, y dici: ‘¡Ehtámuh mu bien mama!, la señora moh tieni una llavi a cá una, pa que entrémuh y salgámuh cuandu querámuh...’, así que dici que ehtá bien contenta”. 

A veces un silencio total inundaba la solana, y era sutilmente roto por una “mujerina” que decía algo así como: “¡Hay que vel cómu rejundin ya lah tardih!”. Y en efecto, las tardes “rejundían”, al contrario que la vida y el tiempo, que tienen un crédito demasiado corto para mantener en pie solanas y tradiciones varias.

Aquellas solanas que tú y yo conocimos, ya apenas existen. Su estampa costumbrista (antítesis de “Las meninas” de Velázquez), se hizo soluble en el tiempo y acabó desapareciendo, incluidas la pared de piedra y la higuera, suplantadas por la casa de ladrillos de colores y jardineras blancas con motivos egipcios. Las antiguas solanas, siempre me recordaron aquel poema de Juan Ramón Jiménez de “El viaje definitivo”, que decía aquello de: “Y yo me iré, y se quedarán los pájaros cantando; / y se quedará mi huerto con su verde árbol y con su pozo blanco”. O también: “Se morirán aquellos que me amaron, / y el pueblo se hará nuevo cada año (...); / …Y tocarán, como esta tarde están tocando, / las campanas del campanario”.

Decía Don Quijote (sabio Cervantes) que: “En los nidos de antaño, no hay pájaros hogaño”. Por eso, es cierto, que todo lo que se va no vuelve, y seguramente tenga que ser así. Pero los incorregibles nostálgicos que aún cantamos al recuerdo, tenemos la obligación moral de guardar una memoria y un espacio de aquellas cosas que, por encima de las miserias del pasado, tuvieron también una lírica (y a veces una épica), y merecen, sí, un humilde sitio en la intrahistoria de nuestras vidas.

Ahora los ancianos se sientan en sofisticados bancos municipales, en una suerte de nuevos mentideros al uso, que nadie calculó teniendo en cuenta los aires del norte, mira tú.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS