domingo, 19 de abril de 2015

Al pardear




Conocimos atardeceres bellos y cargados de una lírica que ahora ya es historia. La luz vaporosa de aquellos ocasos marcaba momentos de un encanto indescriptible. Para referirse a estos atardeceres, los lugareños, de manera menos fina, usaban la expresión de “Al pardear”, que era exactamente lo mismo, pero mucho más acorde a las hablas extremeñas, y a la propia dinámica áspera y vital de la tierra.

Al pardear, podíamos ver regresar a las cabras del cabrial de concejo, y a los rebaños de ovejas levantando grandes polvaredas, como en El Quijote; hombres regresando a casa, montados en burro, con una talega delante del cuerpo..., segadores de vuelta al pueblo con las camisas encartonadas de sudores..., mujeres guardando las gallinas callejeras en el corral, y niños, muchos niños, corriendo y tropezando por todas partes.

Las bombillas de plato de las calles, iban encendiéndose con lentitud de tortuga y una humildad inusitada en las modernas luminarias. Poco a poco, como pidiendo permiso, iban dejando tímidos destellos de su presencia. Las apagaba y las encendía, claro está, el lucero, pues no había programación posible más que la humana. Qué privilegio aquel, cuando las personas aún eran imprescindibles.

Podíamos percibir en las calles el olor a leña de encina, a juego con los atardeceres invernales. Después de la larga jornada, los hombres pasaban en busca de la panilla de vino peleón en la taberna, o quizá trasegaban el vino de pitarra en la discreta intimidad del hogar..., aunque el vino pegaba exactamente igual, pero al menos la lengua se enredaba en casa, y se iban a acostar sin adquirir fama de borrachines, que era fama de difícil enmienda. El alcohol, de esta manera, se hacía soluble en el colchón de lana, quedando disipado al amanecer. El vino de pitarra tenía tal cantidad de grados, que a los niños nos recordaba al olor del pegamento Imedio; se diría que colocaba con tan sólo pasar la nariz por la boca de la botella. A veces, al pardear, nos mandaban los abuelos con la garrafa a por el vino a granel del tabernero. Según aquellos hombres, "casi abstemios”, ellos, ni que decir tiene, no bebían prácticamente nada: apenas una copina de aguardiente por la mañana, una panilla de vino en la comida, un par de chatos taberneros al oscurecer, un “vasino de pitarra” cenando... y un “vininu sueltu” cuando emparejaba a venir algún pariente a casa. Total, nada de nada.

Los niños apurábamos los juegos al límite mismo de la luz solar. Recuerdo una de aquellas tardes interminables, jugando al escondite, en versión espartana, con muchachones mayores blandiendo vardascas de olivo que atizaban las piernas de las víctimas descubiertas. Me escondí detrás de unos haces de tarma (en uno de aquellos rincones extremeños de estética celta) en la trasera de un corral. Al cabo de más de una hora, con la luz de la tarde feneciendo, comprendí que mis perseguidores ya hacía tiempo que habían abandonado su misión de búsqueda y flagelo. Fui saliendo con sigilo, con la desconfianza a flor de piel, tan propia de aquel tiempo, y una vez comprobada mi libertad, me fui tranquilamente caminando hacia casa, observando las estampas propias del atardecer, con viejos partiendo tarmas para la lumbre, y viejinas corcovadas encendiendo el brasero a la puerta. Al regresar a casa, por ciertas calles, no era extraño encontrar algún perro enemigo, que nos tenía fichados, y nos hacía correr despavoridos, llegando a casa justo a tiempo de evitar la bronca por la tardanza.

Dos niñas sentadas en un poyo, ordenaban con esmero las mariquitas recortadas, y les colocaban vestidos de lunares y pelucas rubias con coletas: “Yo creu que le quea mejol el vehtíu azul...” / “Poh a mi me guhta máh el colorau”. La voz de una madre sonaba desde dentro de la puerta: “¡¡La ceeenaaa!!” La otra niña, inocente y timorata, preguntaba: “¿Vah a ehtal mañana aquí pa´ jugal?”; y la voz hacendosa de la madre, rompía nuevamente el encanto, con tono cortante y desabrido: “Mañana tieni cosah que jacel”.

Entre la luz liviana del atardecer, un suspiro de España nos hacía voltear la cara hacia la puerta gris de un corral, y podíamos ver el rostro compungido, casi espectral, de una anciana con pañuelo negro a la cabeza, en el trasfondo oscuro del edificio. Eran rostros desgastados, imprecisos, como llegados de generaciones aún más antiguas que las que pudimos llegar a conocer; rostros que parecían sacados de las Pinturas negras de Goya, o de las mismísimas caras de Bélmez.

Los pastores, recién llegados de las ovejas, conversaban aún por las esquinas, con alforja al hombro y un extremeño en el habla aún más arcaico que el que tú y yo conocimos: “Ya venía yo barruntandu de un tiempu a ehta parti, que al pardeal, lah ovejah...” Eran verdaderamente libres, ajenos a esta caverna de Platón donde vivimos inmersos sin saberlo.

Los niños corríamos en todas las direcciones, y al final de la tarde, ya agotados de juegos y carreras, nos sentábamos en algún poyo de granito, aún caldeado por el sol, donde un hombre, con un zalico de pan en la mano, cortaba con la navaja un gran tomate, de aquellos que aún sabían a tomate, y nos relataba historias de su paso "obligado" por la División Azul, y de cuando caminaron sobre los lagos helados de Stalingrado..., o cuando, en una huida en tromba, una bala le atravesó el cuerpo sin dañar órganos vitales. Mirábamos con cara de asombro, y allí, con la luz mortecina del atardecer, tuvimos las primeras noticias de la insensatez de las guerras, y la estupidez humana en su conjunto.

Los atardeceres estivales eran de tipo juanramoniano, con puestas de sol ensangrentadas y olor a pasto; vacas mugiendo en la distancia, y aviones y golondrinas engullendo mosquitos al vuelo.

Entre la luz híbrida del atardecer y las primeras bombillas, una niña regresaba a casa con la lechera de porcelana en la mano, cantando canciones de Marisol, y los pájaros acudían a los cables juntándose en hilera. Por debajo de ellos, algún hombre de gesto avinagrado, ordeñaba las cabras recién llegadas del cabrial, y un niño, a su lado, intentaba aprender a ordeñar con poco éxito: “No ehpurrincha la teta, papa...”, / Cómu va a ehpurrinchal, si ehtáh engarañáu... y no tienih albeliá pa jacel naaa...”

En los atardeceres de verano, la gente regaba las lanchas de cantería de las puertas, y se sentaba en el poyo a comentar la jornada, entre muchachos intentando derribar murciélagos con las tarmas del corral, y el sol ocultándose tras las tejas rancias y las chimeneas “despostilladas”, recubiertas de humos y pelos de gatos sarnosos.

Luego, por los ochenta, conocimos aquellas puestas de sol veraniegas al final del baño en los pantanos (con fotos que acabaron en recurrentes postales caseras), a la vez que los adolescentes volvían al pueblo en bicicleta, sin luces ni frenos..., con los respectivos ángeles de la guarda pedaleando al lado.

Las mujeres mayores nos contaban que “otrah vecih” (antiguamente) mozas y mozos bailaban toda la tarde con el tamboril, hasta la hora de encenderse las luces, momento en que las jóvenes doncellas aldeanas salían corriendo para casa, cual cenicientas recatadas.

Allá por el siglo XVI escribió San Juan de la Cruz aquello de: “Al atardecer de la vida, te examinarán del amor”. Y ahí, tal vez, en ese pardear final, veremos cuánto hemos dado a cambio de no esperar nada..., cuánto hemos tenido en cuenta el sufrimiento ajeno más que el medraje propio; en qué medida, en fin, hemos estado a bien con esa cosa antigua y pasada de moda que se llama “conciencia”. Ojalá sea cierto que un día conozcamos una justicia rotunda y verdadera, que saque las vergüenzas a esta patraña que nos vendieron por justicia.

Al pardear, iban haciendo sombra las piedras de guijarro sobre una tierra encenagada de atardeceres con fecha de caducidad en las vidas..., vidas que van ineludiblemente pardeando hacia el ocaso último, esperando a que el tiempo, ese impostor implacable, les marque la caída final de la tarde.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com