jueves, 23 de junio de 2016

La empresa




Cuando un día oí hablar de “la empresa”, como "unidad productiva dedicada a la actividad económica," me sorprendió que hubiese otro tipo de empresa distinta a la que había conocido desde niño, que no era otra que aquel autobús para viajeros de economía precaria, que nuestros mayores llamaban también "la empresa", y que transitaba por los pueblos transportando a los campesinos rumbo hacia los núcleos urbanos más próximos.

Aquella única empresa que conocí, aparecía en las mañanas gélidas por las aldeas, salvando una esquina de cantería con lenta y majestuosa llegada, mientras los recios viajeros esperaban firmes, dando tiritones de frío, a la vez que el aliento dibujaba figuras imprecisas en el aire. Entre aquella gente era habitual la presencia de algún niño, con la emoción a flor de piel en su primer viaje a Plasencia; tal vez para comprar en almacenes "Daza" el traje de la comunión, y hacerse la foto en el estudio de enfrente... De aquellos primeros viajes infantiles a Plasencia, me quedó grabado el olor a churros del casco antiguo, los motocarros circulando por las estrechas calles del centro, o la cantidad de gente nunca vista por un niño rural; pero sobre todo, y por encima de todo, la emoción del viaje de ida y vuelta en la empresa.

A través de la empresa, Plasencia irrumpía de golpe en nuestras vidas. Era la Nueva York de la Alta Extremadura, aunque mucho más pequeña, bella y entrañable, donde a menudo encontrabas a gente de tu pueblo por las calles del centro, con una extraña sensación de hallarlos fuera del entorno habitual, entre burros y perros escuálidos alrededor. La vida de aquellos pueblecillos gravitaba, sí, en torno a Plasencia, como centro neurálgico de cualquier necesidad extraordinaria, que tampoco eran muchas.

La empresa, a los niños, nos parecía enorme, alta y mastodóntica; claro que nunca conocimos los autobuses de dos pisos de los que hablaban los niños urbanitas que nos llegaban en verano de Madrid. A nosotros, en cambio, todo nos resultaba gigantesco, acostumbrados a una vida a ras de tierra, donde un pequeño salto nos permitía tocar las tejas de los corrales, o alcanzar las brevas de las higueras.

Nuestra protagonista se fue afianzando poco a poco por aquellas latitudes. En los pueblos de las comarcas norteñas se hizo célebre una empresa denominada popularmente como "Empresa Charranguina", con ruidos varios y descompasados, para hacer honor a su apodo. No era extraño el cuadro de alguna de estas empresas averiadas, echando humo junto a cualquier cuneta, con los pobres pasajeros en el arcén, rodeados de equipajes rudimentarios, a la espera de alguna otra empresa que tuviese a bien pasar a recogerlos... Era gente acostumbrada a sufrir y a esperar; quizá su vida había sido una constante espera, y aquello no les suponía más allá de una pequeña penitencia entre tantas otras. Más tarde fueron llegando empresas con nombres de más empaque, como "Los tres pilares" y otros por el estilo, donde el nombre en sí parecía albergar una mayor garantía para los viajeros, con un aspecto mejorado y un tamaño mayor que sus antecesoras. La gente de avanzada edad gateaba los escalones de estos nuevos autobuses como dios les daba a entender, y bajaban con sumo cuidado, por miedo a las caídas: “Baji usté con cuidau, no sea cuántu ajociqui y salga apitanáu (magullado).”

Al entrar en aquellas arcaicas empresas, sorprendía inmediatamente el inconfundible olor a skay de los asientos, entremezclado con el olor a tortilla de patatas, morcilla de calabaza o tajadas de tocino, que escapaba de las viejas merenderas de aluminio y las cestas de mimbre que los paisanos portaban cogidas del brazo, a la par que algún botijo en los tórridos meses de verano. Eran viandas que la gente llevaba para la jornada placentina, dejándolo todo impregnado de un olor gastronómico a materias verdaderas, austeras y mínimas, sin envoltorios ni aditivos; olores que entroncaban, inconscientemente, con el hambre que todavía amenazaba como un fantasma del pasado. A la vuelta de la ciudad los olores se ampliaban con ristras de ajos o salchichas frescas compradas en el mercado central, sin menoscabo del olor a “pezuños” (a pies), o a “sologrio” (sudor rancio), que aquella gente dulcificaba bajo el eufemismo de: "olor a humanidad."

La modernidad de Plasencia nos quedaba aún muy lejos, era un contraste demasiado fuerte para digerir de golpe. Oí contar varias veces la anécdota de un par de niños cercanos a mi entorno que, una vez en Plasencia, fueron a orinar en el sitio que les habían indicado, sobre una cosa extraña, amorfa y amenazante, llamada "water", sin información previa al respecto. Tiraron de la cadena, más por curiosidad que otra cosa, y ante el estruendo formado por la cisterna, salieron corriendo despavoridos, pensando que habían hecho algún "azurzu" (trastada), con la promesa de no decir nada a nadie y guardar rigurosamente el secreto..., cosa que no cumplieron.

La primera vez que subíamos a la empresa era una sensación inigualable. Los niños pugnábamos por sentarnos en los asientos delanteros, cerca del conductor, para ver el asfalto absorbido por la reumática empresa, que a nuestros ojos infantiles era como un Concorde terrestre, comiéndose las flores de las jaras que secundaban las bucólicas carreteras de las dehesas.

La empresa recorría los pueblos a través de carreteras que se integraban en el paisaje sin grandes estridencias; carreteras estrechas, con baches llenos de agua (donde las ranas entraban y salían), y yerbajos acariciando la chapa de los coches. Estas vías, medio rupestres, podían formar parte de un cuadro paisajista sin resultar un elemento discordante. Los rebaños de cabras y ovejas invadían durante largo tiempo el asfalto, sin ser molestadas, llenando el alquitrán de cagalutas, y comiendo plácidamente la hierba de las cunetas sin vehículos al acecho, donde el ruido más parecido a un motor, era el ruido de algún moscón solitario, o de alguna libélula sobrevolando los humedales.

La antigua Estación de autobuses de "Félix Sánchez" se mostraba como un hervidero de alforjas y chaquetas de pana, y las esperas se hacían interminables, con gente sentada por aquí o por allá dándose todo tipo de explicaciones entre sí, con esa cosa tan extremeña de hacer una larga exposición de tus asuntos, explicando a dónde vas..., qué vas a comprar..., para qué lo quieres... El legendario y cercano bar placentino de "La Cepa de Oro," daba también un respiro a los viajeros de aquellas comarcas belloteras, en cuyo interior podían sentarse a comer el almuerzo, a cambio de tomarse una limonada, un helado al corte, o quizá alguna cerveza, que ya las iba habiendo por aquellos años, a pesar del ambiente de chalequino y boina, que dejaba en el aire la impronta de un cuadro costumbrista.

Al volver al pueblo con la empresa, los niños teníamos la sensación de regresar de un mundo lejano, cargado de aventuras y embeleso capitalino, que nos hacía volver un poco aturdidos por tanta grandiosidad. Íbamos luego esa tarde por el pueblo, con el chupa chups placentino en la boca (que era más grande que el chupa chups local), degustándolo entre los demás infantes, y esperando impacientes la pregunta de rigor: ¿Dóndi lo hah comprau...?, para acto seguido espetarles: "En Plasencia...", con un tono altanero, como quien está en otro nivel, hablando con el chupa chups a modo de flemón intercambiable de moflete a moflete; aunque en ese mismo instante, el inconfundible ruido de la tranca de un corral cercano, nos devolvía a la realidad, esa misma que con los años, en cambio, fuimos reconociendo tan nuestra y verdadera.

Después de estos viajes placenteros y placentinos, había niños que jugaban, cómo no, a ser conductores de empresa: cogían alguna tapadera vieja de corcha, a modo de volante, colocaban varias filas de sillas, o banquetas, por detrás, y sentaban en ellas a numerosos amigos de juegos, con sus cestas de mimbre, que se disponían a emprender el viaje por imaginarias carreteras angostas, entre encinas, alcornoques y vacas moruchas. A este juego se sumaba también alguna abuela, que con buen humor tomaba asiento en la infantil y viajera empresa de los sueños.

A los lugares más lejanos nos seguía llevando el tren. Recuerdo aún los últimos estertores de la ferroviaria Vía de la Plata (antigua línea Madrid-Astorga)... Un día, siendo adolescente, aún tuve ocasión de coger un tren hacia Madrid, en los primeros ochenta, acompañado de mi abuelo materno. Salimos muy temprano con la empresa, para llegar a la estación de El Villar. Fue una mañana nublada de invierno, y nos tocó esperar allí hasta por la tarde, que pasaba un tren de aquellos trenes oscuros, acorazados, que rebosaban hierro por todos los poros de su piel..., quizá un ferrobús..., creo recordar. Estábamos en total soledad, en aquella estación ya fenecida. Me fui a dar un paseo hasta el cercano pueblo de El Villar, y al regresar a la estación, contemplé desde lejos la figura estática de mi abuelo, junto a las vías, con abrigo, sombrero de paño y maletas en el suelo, como esas esculturas de viajeros de bronce que ahora presiden las salas de espera de las modernas estaciones; y recibí como un flash que me hizo comprender de golpe que todo aquel mundo tocaba ya a su fin. Por aquellos entonces empezaba yo mis primeras lecturas poéticas, con poemas del romanticismo español, como aquel de Campoamor, titulado “El tren expreso”:

"Corría en tanto el tren, con tal premura,
que el monte abandonó por la ladera,
la colina dejó por la llanura,
y la llanura, en fin, por la ribera..."

Mi abuelo paterno, al que no llegué a conocer, fue factor de Renfe en la mencionada estación de El Villar, y cuentan que relataba con cierta gracia los episodios tragicómicos de aquellas pequeñas estaciones en los tristes años de la guerra.

En los años de posguerra, a las tres de la tarde, pasaba por los pueblos el viejo y destartalado coche de correos, y no volvía hasta el día siguiente, obligando a hacer noche en Plasencia a los estoicos viajeros.

Maletas viejas rodeadas por correas de material, agrietadas, a punto de romperse, y cajas de cartón atadas con cordeles del corral, eran mayormente los equipajes de aquellos misérrimos héroes extremeños, que tanto entregaron a cambio de casi nada.

Allá por los años sesenta comenzaron a aparecer por los pueblos los primeros taxis rurales, con taxistas que bien podían tener un taxi al mismo tiempo que una pescadería, o una frutería. Este tipo de taxis eran contratados por las familias, de manera esporádica, para viajes o celebraciones puntuales. Iban a bodas y comuniones lejanas, y el taxista partía como un invitado más de la familia durante toda la jornada. Aparecían luego en las fotos, al fondo, sonrientes, y al cabo de los años, cuando alguien miraba la imagen y preguntaba por el parentesco de un hombre desconocido que no encajaba en el evento, con frecuencia era el taxista. Aquellos taxis eran coches aparentemente normales: Seat 124 ó Seat 1500, cuya única particularidad consistía en una diminuta placa de Servicio Público (SP) impregnada de mosquitos. Incluso recuerdo de niño un enorme “Dodge dart” del pueblo vecino, que los críos veíamos como uno de esos grandes coches americanos de las primeras series de tv, y que los lugareños llamaban "dogi." A este Dodge dart, o "Dogi", lo vimos luego hacer de extra en una película surrealista titulada “Gulliver”, rodada en el poblado de Granadilla a mediados de los setenta, con Fernán Gómez y unos enanos sacados del bombero torero.

Más tarde, por los ochenta, los taxis rurales se profesionalizaron al máximo, y se agruparon en pequeñas cooperativas que viajaban a diario a Madrid. La gente aún pretendía meter en estos taxis equipajes onerosos de todo lo que daba la tierra: cajas llenas de chorizos, patatas, perrunillas..., y toda suerte de materias autóctonas (y hasta algún gallo para llevarse a los madriles por navidad), creándole un problema al taxista, que con buenas maneras intentaba disuadir del empeño a los pujantes viajeros castizos, aunque no siempre con éxito.

Por los cincuenta, y primeros sesenta, algunos hombres emprendedores se aventuraban a transportar viajeros con vehículos que estaban a caballo entre el taxi y la empresa: coches antiguos, antediluvianos, de no más de nueve o diez plazas, que parecían sacados del cine mudo, y que hacían viajes a Plasencia en días puntuales de la semana, como una especie de limusina de los pobres. Desde pequeño oí la historia de uno de estos coches públicos que la gente del pueblo llamaba familiarmente "La Rubia de tío..." Eran aquellos coches que necesitaban ser empujados para arrancar, y sofocados con agua para no quemarse. La citada "Rubia" arrancaba siempre cuesta abajo, aprovechando oportunamente la misma calle empinada, de tal forma que una vez iniciado el arranque ya no había posibilidad de parada. Siempre escuché la anécdota de una vecina del pueblo que, al montar un día en La Rubia, se dejó la cesta en el suelo, y una vez arrancó el vehículo cuesta abajo, se percató del descuido, gritando: ¡¡La cestaaaaaa!!, pero su grito resultó en vano, como grito en el desierto, ante las risas del vecindario. Eran anécdotas episódicas, que de tarde en tarde daban un punto de alegría a la estampa en blanco y negro de nuestro pasado..., una guinda en las calles grises que por momentos se tornaban de colores.

Ya por los ochenta empezaron aquellos autobuses modernos, con tele incorporada, que nos ponían a menudo la película de "Sor Citroen", con Gracita Morales todo el rato chillando y sin dejarnos pegar una cabezada, ni leer unos versos de Cernuda, o de Salinas, de aquellos libros de poemas que aún se leían por los ochenta y noventa, cuando no había tanta pantallita lobotomizante.

Antiguamente, en los años de posguerra, la gente de aquellos pueblos iba en bestias hasta la mencionada estación ferroviaria de El Villar. Allí dejaban las bestias en el corralón de la señora Soledad (llevando los viajeros la comida de los propios animales), de tal forma que a la vuelta de Plasencia, o Béjar, retomaban mulos y pollinos debidamente cobijados. En uno de esos viajes combinados entre burro y tren, cuenta mi madre el miedo que pasó de niña al ver a la primera locomotora acercarse a la estación, como un ogro metálico, de mirada cruel, dispuesto a engullir niños sin miramientos... Cuenta también que un día de viento y frío invernal, el guardagujas los acogió en la fogata de su humilde casa (cuando la gente aún compartía lo que tenía) y allí pasaron varias horas en espera, al calor humano de la candela. Al regresar de la ciudad, mi abuelo les trajo una bolsa de caramelos a los niños del guardagujas, en justa reciprocidad.

Los medios de transporte de nuestro tiempo son rápidos (como no podía ser de otra forma), ligeros, cómodos, inteligentes, y están pensados para llevarnos raudos hacia cualquier lugar... Los trenes son de alta velocidad..., los coches también veloces..., veloces son las transmisiones, y hasta las modas son veloces. Todo nos lleva velozmente a todas partes, aunque, eso sí, nunca sabremos, ni nos cuentan, hacia dónde. Y así vamos, mirando atónitos por la ventanilla, y escribiendo en el vaho del cristal nuestros sueños y nuestra historia, aquella historia que empezamos en la lejana infancia que se oculta entre las bambalinas de un tiempo que aquí trazo, a golpe de memoria, en estos pliegos cibernéticos. Buen viaje.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com