sábado, 17 de noviembre de 2018

Trato hecho



En cualquier calle, esquina o calleja angosta, dos caras curtidas frente a frente, dos ojos semiabiertos que se miran fijamente…, un apretón de manos agrietadas, y una frase mil veces repetida: "Trato hecho..." Para qué más. Así de simple, sin firmas, ni legajos, ni papeles espurios..., y en algunos casos ni siquiera testigos, nada de nada, tan sólo la palabra. La palabra como un antiguo baluarte insobornable, como una prueba irrefutable de lo más noble de la condición humana.

El valor de la “palabra dada” superaba todas las formas de contrato posibles, según nos contaban nuestros abuelos. Hasta incluso hubo palabras respetadas más allá de la muerte. Y así parece ser que fue durante siglos. Luego nosotros, posteriormente, fuimos conociendo una etapa de transición, donde la cultura de la argucia empezó a tomar posiciones, y vimos a la honradez palidecer lentamente en una vieja cama, con catre de hierro e interruptor de pera.

La palabra dada, efectivamente, era superior a cualquier papel embadurnado de sellos y firmas. Aquella gente aún estaba lejos de la famosa parodia de Groucho Marx: “La parte contratante de la primera parte, será considerada como la parte contratante… bla bla bla ,“ y demás artimañas de los textos administrativos, que marcaron un punto de inflexión en el devenir de los distintos acuerdos entre personas..

Las antiguas escrituras de compraventa eran muy simples: un par de firmas de ambas partes, y la firma adicional de algún improvisado testigo, que tal vez acababa de descargar un “carricochi” de leña, y firmaba con los dedos “engarañaos” de frío.

El dinero no se guardaba en banco alguno, sino más bien en ventanillas de corrales..., o entre los leños del leñar…, o dentro de una manta doblada en el fondo de un baúl, o quién sabe en qué otros sitios de lo más insospechados.

Varias veces escuché de niño la anécdota de un corral que se incendió, y mientras la paja ardía en lo más alto, y las llamas devoraban tablas y cuarterones, el anciano dueño del edificio (sin dar explicaciones) gritaba desaforadamente: “¡Esa vigaaaaa, esaaa vigaaa...!”, pues, efectivamente, entre el hueco de la viga y la pared de piedra, escondía sus principales ahorros… No fueron en vano sus gritos, pues a pesar de que algunos billetes quedaron un tanto “churruhcáuh” (quemados), en su mayoría fueron salvados por los abnegados bomberos rurales, que, con agua de pozo y calderilla de zinc en ristre, y sin dejar caer la boina al suelo, se aplicaron a fondo en tan noble labor; pues por aquellos entonces, la gente acudía generosamente a apagar fuegos y a minimizar toda suerte de desgracias ajenas.

Los niños usábamos la palabra "cicatero" a todas horas, como sinónimo de “tramposo” (aunque el diccionario lo define más bien como tacaño)... En un momento cualquiera del juego, varias voces recriminaban a un sujeto cualquiera, al grito de:.” ¡¡Érih un cicateru...!!” “Cicateruuuu, cicateruuuuu”, se escuchaba por las calles y las plazuelas de tierra... Ser acusado de cicatero era toda una afrenta, un dardo clavado sobre el duro pellejo infantil, acostumbrado a toda suerte de envites.

Seamos justos, y admitamos que pícaros siempre hubo, rateros de melones y sandías…, o astutos chalanes en las ferias de ganado…, todo hay que decirlo, sí, y hasta incluso el dinero prestado en usura formaba parte de las bajezas humanas de aquellos tiempos pasados, como anticipo, tal vez, de lo que nos llegaría más tarde; aunque todo aquello no era más que un pequeño ensayo, una minúscula prefiguración de nuestro tiempo actual. Pero a pesar de todo, las puertas de las casas de nuestra infancia, las conocimos siempre abiertas, sin miedo alguno, abiertas al frío y abiertas a la vida. Tanto es así, que de la llave principal de las casas a veces se desconocía su paradero, por falta de uso. Cuando en alguna ocasión era necesario echar la llave, por cualquier ausencia extraordinaria, como la boda de un ahijado en Cáceres, o el bautizo de un nieto en Madrid, me cuentan que había que buscar la llave concienzudamente por toda la casa, pues a diario bastaba tan sólo con echar la tranca por la noche. La búsqueda se convertía en toda una odisea, siguiendo el rastro de la robusta llave de hierro, que llevaba varios años guardada en algún sitio por ahí, pero nadie se acordaba del lugar... “Me paeci habela vihtu detráh del poyu de loh cántaruh”, decía uno... “Con dificultah si no ehtá en la lacena, detráh del pucheru de barru...”, comentaba otro…, pero nada de nada, la llave no aparecía por ninguna parte, hasta que, al final, ya casi dada por perdida, alguien la encontraba detrás de un tablón de la bodega, con un ligero aroma a tocino, entre tinajas de barro y cántaros de aceite, después de algunos años durmiendo su oxidado letargo bodeguero.

Como es sabido, ya en aquel tiempo de nuestra infancia, las miserias humanas fueron sigilosamente horadando la dura capa de la honradez, pero la honradez era un blasón que todavía lucía por encima del dintel de numerosas puertas, y “la palabra dada” tenía un alto predicamento aún entre mucha gente cabal de aquella Extremadura que nos tocó en suerte; y aún lo tuvo mucho más, como hemos dicho, en tiempos de nuestros ancestros. ¡Qué tiempos debieron ser aquellos!, qué envidia, que hasta en las juntas y reuniones agropecuarias llegaban a acuerdos sin grandes desavenencias, según nos relataban nuestros abuelos. Nosotros, en cambio, ya comenzamos de niños a barruntar los primeros nubarrones de tormenta, que apuntaban a un marcado espíritu de contienda, más cercano a Puerto Hurraco que al monasterio de Silos.

Con la modernidad, la honradez fue relegada al cuarto trastero de las cosas inservibles, al arca más escondida de la troje, aquejada de carcomas contumaces, de esas que trabajan con paciencia en el silencio de la madrugada; un arca oscura y olvidada, donde duermen las virtudes humanas ya en desuso, entre el perfume inconfundible de la naftalina.

Nuestros antepasados murieron sin saber lo que era una hipoteca, ni un plazo fijo, ni un fondo de inversión..., ni la publicidad, ni el marketing, ni el mundo digital…, ni otras muchas tretas sofisticadas del mismísimo demonio. Tuvieron la fortuna de vivir las cosas palpables y verdaderas, frente a las cosas virtuales y perecederas; tuvieron la fortuna, pues, de que nadie les cambiara los “jiguh” (higos) por los “gigas”, ni los deslumbrasen con las luces halógenas de una era robótica y fría.

Cada vez que nuestros mayores nos pillaban en un renuncio, las consecuencias eran serias. Tal vez una alpargata justiciera se mostraba amenazante ante cualquier pequeña infracción de las normas, que por otra parte eran de sobra conocidas... Pero a pesar de los pesares, aquellas benditas alpargatas (que se quedaban casi siempre en un conato de embestida), iban cargadas de bondadosa pedagogía, y la mano que las blandía era la misma mano amorosa que nos colmaba sin reservas del afecto necesario; eran manos de madres y abuelas entrañables, que sirvieron para reducir a la mínima expresión la tontería, y a inocularnos el virus del respeto a los demás, ya descatalogado en el mercado actual de soberbias y fanfarrias.

Cuando llegabas a casa llorando, trasquilado como Don Alonso Quijano después de sus tragicómicas batallas, despotricando de los infantes rivales, en tus variopintas refriegas callejeras…, y decías, por ejemplo: “Juan me ha tiráu barru a loh pantalónih”, escuchabas una voz adulta que te paraba en seco, con aquella recurrente frase demoledora que tantas veces oímos: "Algu habráh jechu tú también"... Te embargaba entonces una desolación que a la postre resultaba ser didáctica, pues te hacía comprender que eras uno más en el planeta tierra, sí, tan sólo uno más. A la larga, eran lecciones reguladoras del orgullo y las vanidades humanas... Y ya ni te cuento si en casa te pillaban en algún embuste, en contraste con el mundo actual, donde campa la mentira por doquier, con numerosas paternidades, aunque tal vez con un mismo padre en origen.

Un buen día de tu feliz infancia pueblerina, te encontrabas una peonza caída entre la maleza de un regato cercano a la escuela, pero no una peonza cualquiera, no, sino precisamente la peonza exacta que habías añorado tener, y no otra. De repente toda la fortuna se había puesto de tu parte, y llegabas a casa exultante, mostrando el citado trofeo; pero de golpe, una vez más, todo tu gozo en un pozo, pues tu madre, por ejemplo, te despertaba el cargo de conciencia, obligándote a reparar en la tristeza del infortunado niño que la perdió; eso que ahora, en fin, se ha dado en llamar “empatía”. Al día siguiente, en el recreo escolar, alguien comentaba la pérdida de tan preciado objeto lúdico, y entonces tú, “el afortunado”, cabizbajo, con un gesto de honradez inducida, mascullabas: “Me la encontré ayel, caía entre las yérbah del regatu que hay en frenti de la ehcuela...” Hoy damos gracias de haber sido educados en aquellos valores y no en otros…, valores que nos llevan, por ejemplo, otro buen día, ya mucho más reciente, a encontrarnos un billete de diez euros debajo de un coche, junto al bordillo de la acera, mojado por la lluvia, y acto seguido acercarnos a la ventanilla del vehículo para preguntarle al conductor, a punto de arrancar, si el mencionado billete es suyo... Te das cuenta, entonces, que en el fondo el mérito no es tuyo, que te has limitado, simplemente, a recoger un testigo generacional, y el galardón principal es de aquellos fieles representantes de la decencia humana que fueron tus antepasados.

Los niños corríamos por aquellas calles descuidadas, “metiendu bulla” (gritando y haciendo ruido); calles donde la picaresca y la probidad lidiaban su particular batalla, a la par que brotaban por las esquinas hombres rudos y curtidos, cerrando tratos, y estrechando sus manos ásperas, junto a parras y pozos como únicos testigos. Mientras tanto, una lluvia recia, otoñal y nocturna, nos iba disuadiendo. Por los canalones corría toda forma de inmundicia, y quedaban las calles solitarias, mojadas, despejadas de todo lo accesorio. Los muchachos nos íbamos retirando hacia las frías casas de piedra y barro, fusiladas de vientos que silbaban burlones por las “talleras”. Nos marchábamos, sí, arrastrando, de una mano, la gravosa carga de los prejuicios, y de la otra, la liviana carga de las virtudes.

Y aquí estamos, sanos y salvos, con las justas tonterías, y a buen recaudo de sospechosos eslabones de nuevo cuño, añadidos a la cadena evolutiva de la estupidez humana; sabedores de que aquellos valores pasados, “serán ceniza, más tendrá sentido, polvo serán, más polvo enamorado”, que nos diría el genial Quevedo.

Todos los que habéis llegado al final de este relato, en mayor o menor medida conocisteis el tiempo aquí referido. Sabréis, por tanto, que fuisteis los últimos mohicanos del compromiso y la honradez, los últimos testigos presenciales del valor de la palabra dada, la misma que por aquellas fechas empezaba a mostrar ya los últimos estertores, y a resquebrajarse como un puntal carcomido del corral... Si convenís conmigo en que así fue, no se hable más, trato hecho.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jorsanmo12@netcourrier.com


domingo, 3 de junio de 2018

En "burricleta"



Por un instante ibas solo, ya nadie sujetaba el sillín; eras consciente de ese abismo, de ese vértigo que producía el saberte ya sin protección alguna, guardando un dudoso equilibrio en una de aquellas bicis gigantescas, no aptas para infantes de pequeña estatura.

A partir de ese momento, tu vida de niño rural entraba en otra dimensión. Ya sabías montar en bici, sí, y no en una bici cualquiera, sino en una bici desmesurada y robusta. Aquel bautismo de riesgo y aventura, abría nuevos horizontes en tu reciente condición de ciclista aldeano, donde las calles, a partir de ese instante ya no eran las mismas.

Aprendimos a montar con bicis grandes, sobradas, caballonas..., y sin esas ruedecillas laterales protectoras que llegaron años más tarde. La vida de nuestra infancia campestre fue siempre sin medias tintas: o todo o nada.

Traumáticos fueron los aprendizajes, claro, con dientes ofrecidos a los rollos de las calles, narices "machucadas", mataduras en las piernas, y hasta incluso algún brazo escayolado, completaban el tributo espartano que había que pagar para aprender a montar en bici..., y para casi todo.

Costaba tanto definir a las cosas lejos del lenguaje vernáculo, que algunos chavales, de aquellos rudos bucaneros que patrullaban las calles ásperas de nuestros pueblos, empezaron a denominar a las bicis con nombres más propios del lugar. Así, en el pueblo que me vio nacer, estas bicis pasaron a llamarse "burricletas", a medio camino entre la burra tradicional y la bici propiamente dicha. Y realmente algo de cierto había en aquel neologismo pueblerino, pues estos aspirantes a mozos, según llegaban del campo, después de sus obligaciones agropecuarias, bajaban de la burra autóctona y se subían raudos a esta segunda burra mecánica, ya en sus ratos de asueto callejero.

La citada “burricleta”, en realidad, no era otra que aquella enorme bici de toda la vida, la que usaban los carteros, la antigua bici de generosos guardabarros, faro de cuello largo (como una cabra estirando el pescuezo para comer los hijos de la higuera); la dinamo pegada a la cubierta, robusto portamaletas..., y un amplio sillín de skay, al que algunas madres costureras le hacían una funda protectora, quizá de un viejo pantalón de pana del abuelo... Eran aquellas bicis grandes, en fin, que todos conocimos, de marca "BH" u "Orbea", y piñón fijo, como la cabeza y la actitud cerril de más de un paisano cercano.

Justo antes de que la modernidad nos diese el beso de Judas, los pueblos empezaron a llenarse de "burricletas", como un pequeño anticipo que servía para hacer más llevadero el tránsito hacia una tardía revolución industrial, que apenas rozaba de “respajilón” a nuestras pequeñas aldeas de arado y vertedera... En esta lenta metamorfosis, la “burricleta” consiguió asimilarse a la vida natural perfectamente, como parte de la fauna originaria…, como un semoviente de metal que no paraba de aquí para allá, tanto en su faceta más lúdica, como en su versión más recia y labriega.

Eran años donde no resultaba llamativo ver a campesinos con boina y pantalón de pana, montados en estas bicis, con una pequeña cuerda sujetando el susodicho pantalón, para evitar el roce y las manchas de grasa de la “rueda catalina”, cuyo nombre nos resultaba llamativo, y hasta nos recordaba al nombre de alguna bisabuela nuestra. Podíamos verlos pasar, con su pedaleo tranquilo y su escaso dominio del equilibrio, concentrados y mirando hacia delante para no caerse; tal vez acostumbrados a ir despreocupados a lomos de un jumento, más seguro sin duda que ese endemoniado artefacto de metal, que incluso los obligaba a dar pedales.

De niño escuché la anécdota (tal vez fuese leyenda rural, quién sabe) de un limitado ciclista aldeano que dio con los huesos en el suelo un buen día, y para no reconocer su torpeza, alegó que se le había atravesado una culebra en el camino, y la bici, claro está, se espantó, como no podía ser de otra forma.

Nuestros mayores, en su mayoría, no aprendieron a montar en bici, como tampoco aprendieron a nadar, ni a montar en patín, ni a manejar un yo-yo…, ni aprendieron tantas otras cosas y habilidades nuevas, quizá porque ya habían aprendido demasiadas otras anteriormente, mucho más prácticas y vitales, y veían las bicis, y demás innovaciones de los años sesenta y setenta, como una invasión extraterrestre de Alfa Centauri, a la cual, todo hay que decirlo, no prestaban excesiva atención.

En aquellas dulces tardes preveraniegas, las plazas de los pueblos eran una auténtica asamblea de burricletas, con sus respectivos jinetes: muchachones rurales con caras de malos del oeste, con un cepo pajarero colgado de la trabilla del pantalón, escupiendo a presión la saliva a través del espacio interdental, o pelando un palo de encina con una navaja de Albacete… Alrededor de estos “capitostes del gamberreo rural”, los muchachillos aspirantes a ser muchachones, se colocaban cerca (aunque guardando un poco las distancias, por temor), copiándoles cada gesto forzadamente masculino, y los tacos soeces que escapaban por doquier: ¡Me cagüennnn laaaaa…!” En un momento dado, una desbandada de burricletas salía disparada en cualquier dirección, y la plaza quedaba vacía, casi en silencio, al albur de vencejos y murciélagos sobrevolando las acacias y la estatua de algún renombrado poeta.

La burricleta, por momentos, parecía tener vida propia, y portaba el entusiasmo de la gente de aquel tiempo; un entusiasmo que se contagiaba mágicamente de las personas a los objetos…, ese entusiasmo que nace de la escasez, y genera una indescriptible ilusión por las cosas mínimas.

No mucho tiempo después apareció la versión femenina de la burricleta: eran bicis sin barra alta, con dos barras que bajaban serpenteantes desde los manillares a los pedales (facilitando acceder a la bici con falda), y con un coqueto cesto de alambre en la parte delantera... Ni que decir tiene que los chavales varones eran sumamente reacios a montar en tan femeninas y edulcoradas bicis, para no ser humillados verbalmente en su condición hombruna, por mozos y muchachos que, con ronca y forzada voz de cazalla, hacían mofa de toda suerte de delicadezas.

Las ruedas metálicas se iban carteando con la rotura de los radios. Una vez desechadas, estas ruedas (ya sin radios) servían luego de "roangas" (nombre local dado a los aros infantiles) para jugar estruendosamente por las calles empedradas, atizando la citada "roanga" con un palo callejero, y dando la oportuna tabarra a los vecinos. De la misma forma, las cámaras rojas de goma, descartadas después de múltiples parches y pinchazos, se cortaban en tiras, para los “tiraores” (tirachinas), o se reutilizaban a modo de pulpo para el portamaletas, con algún gancho de alambre en los extremos. Como podemos ver, el reciclaje estaba siempre servido.

Los mencionados portamaletas, eran más bien portadores de niños que otra cosa. Podíamos ver constantemente la imagen de un muchacho pedaleando, y otro sentado atrás, en el portamaletas, con las piernas abiertas por temor a meter el zapato entre los radios.

Aquellas bicis dieron lugar a una fiebre competitiva que obligaba a echar carreras contra todo lo que se moviese: carreras de bici contra burros…, carreras de bici contra algún prestigioso corredor pedestre del lugar..., o contra la moto Vespa de algún sacerdote local, bajando una empinada cuesta al regreso del pueblo vecino.

Algunos lugareños, a caballo entre la vieja guardia y la nueva, nacidos sobre los años cuarenta, quedaron a medio aprender, y fueron dudosos y temidos ciclistas, convirtiéndose en un peligro para la seguridad vial, hasta el punto de que, cuando alguno de ellos, famoso por su escasa destreza a lomos de la bici, osaba subirse en una burricleta, saltaban todas las alarmas, y los paisanos tomaban las oportunas precauciones, arrimándose a paredes de tierra y cal, o subiéndose en poyos de cantería, si fuese menester, como en las antiguas capeas de las fiestas populares... Acto seguido aparecía el citado "Terminator gañán", cuya trayectoria con la bici, se podría definir en el habla local como "jaciendu ringu ránguh" (en zig zag).

Podíamos ver burricletas en la era, apoyadas en una hacina..., o a la puerta de casa..., o del corral...; o tal vez a la puerta de un amigo..., o junto al portillo de un cortinal, con la cesta cargada de patatas sobre el portamaletas. Podíamos verlas, sí, por todas partes, como parte indisoluble del escenario habitual.

Cuando alguien estrenaba una de aquellas grandes y relucientes bicis, todos los jovenzuelos se congregaban en torno al ufano propietario y su reluciente máquina, como moscas alrededor de los "cagajones"… La pregunta del millón que flotaba en el ambiente era siempre la misma: "¿Cuántu te ha costáu la bici?"... Pocas veces sabíamos el precio exacto de las cosas, pues el precio era un tabú, y era siempre ocultado como parte de un mecanismo de defensa, en un ambiente viciado de prejuicios y desconfianzas. A menudo las respuestas eran de lo más ambiguo; eran respuestas del tipo: Me la ha compráu mi abuelu”…; “me la ha traíu mi tío de Madrih”, o tal vez podíamos escuchar un precio disparatado como respuesta, para presumir de familia pudiente, en algunos casos, o para disuadir a posibles compradores, en otros, no fuera a ser que alguien más se arrancase a comprar una bici similar, arruinando el protagonismo del fatuo mozuelo, que gozaba de su rústico momento de gloria.

Las burricletas, con el tiempo, iban siendo tuneadas, cambiándoles, por ejemplo, los manillares originales por otros que simulaban ser de bicis de carrera. Podían ser adornadas, no sé, con pegatinas de gaseosas Molina…, calcomanías de la época, o plásticos colocados alrededor de los manillares para proteger las manos del frío... La imaginación y la improvisación no tenían límites, a la par que desconocíamos la palabra "hortera", y hasta incluso su concepto (aunque esto último sigue vigente en nuestros días).

Nuestra protagonista, la burricleta, durante sus primeros años, ocupaba un privilegiado espacio en las infraviviendas campesinas, y era habitual verla en la entrada de las casas, junto a un palanganero, o junto a la tinaja de beber el agua, como un miembro más de la casa.

La burricleta, según envejecía, se iba despojando de todo lo accesorio, hasta quedar en el esqueleto de sí misma. De esta manera, lo iba entregando todo, como en el juego infantil de las prendas: primero la bomba, que era guardada convenientemente, no fuera a ser hurtada...; luego el timbre, que dejaba de funcionar después de un uso excesivo y alocado…; más tarde el faro y la dinamo, que a los pocos meses resultaban inservibles...; también los guardabarros, después de un tiempo traqueteando inútilmente…; y finalmente los frenos, que eran sustituidos por una simple zapatilla metida hacia atrás, en roce directo con la cubierta. La bici lo acababa perdiendo casi todo, sí, salvo la dignidad y el portamaletas, que era el único elemento que, extrañamente, conseguía sobrevivir siempre a esa delgadez extrema, donde la burricleta se iba metamorfoseando hacia su versión más austera, en un tránsito lento, pero bizarro, hacia el más allá de las bicicletas; un más allá que solía llevarlas derechas al limbo de los trastos viejos, sito en un corral, o una troje, donde acababa sus días revestida de polvo y telarañas. Allí permanecía durante un largo purgatorio, acompañada de serones, aguaderas, lavadores de madera, tinajas, carricoches... Quedaba tristemente a oscuras, sin más luz que la farola de algún viejo jorobado, que, como Diógenes de Sinope con su lámpara, apareciese de tarde en tarde a coger unas bellotas para las cabras. La burricleta, ciertamente, dormía el sueño de las cosas olvidadas, quedando ya en el recuerdo sus vertiginosas tardes por las calles ásperas del lugar, o por las viejas carreteras de almendrilla, camino de la era…, ignorando el cambio exterior que iban tomando las calles asfaltadas, que iban siendo cada vez más amables con las privilegiadas y modernas bicis venideras.

Luego, ya por los ochenta, llegaron las motoretas, y aquellas pequeñas y novedosas bicis del cesto delantero, típicas de las series televisivas. Todas ellas con ruedas más pequeñas, no aptas para carretera, pero que dejaban a las bicis viejas fuera de moda, como enormes artilugios de un pasado añejo. Entre estas bicis ochenteras, y las burricletas de siempre, mancebos y mancebas circulábamos en auténticos pelotones ciclistas camino de los pantanos extremeños, buscando el baño estival, donde siempre había algún chaval sin bici, que montaba de manera furtiva en el socorrido portamaletas del amigo, bajo la eterna amenaza de “los guardias”, que, como en el Romancero Gitano de Lorca, aparecían inesperadamente, sorprendiendo desde lejos al polizón del portamaletas, que saltaba veloz para ocultarse en los jarales de las cunetas, como si de un zorro se tratase...

Un día inesperado, una madre, extremeña y temperamental, subía a la troje, y decía aquello que tantas veces escuchamos de niño: "¡Uyyyyy, cuántuh zárriuh hay en lah trójih, hay que il jaciendu prontu un buen dehcuaji!" (eliminar todo lo accesorio y sobrante). A partir de ese cacareado “descuaje”, la burricleta tenía los días contados, y quedaba a merced del próximo chatarrero que apareciese pregonando por las calles aledañas: "¡El chatarreeeeeeroooooo!" La burricleta, efectivamente, acababa en manos del chatarrero que, de manera inmisericorde, descuartizaba los restos que aún quedaban de lo que un día fueron pompas y alegría de nuestra infancia lisonjera.

Y así, con pasajes como estos y otros muchos, fuimos cruzando el Rubicón hacia la madurez tardía, con recuerdos que nos quedaron marcados a fuego, de un tiempo ya lejano, muy lejano, de cielos inabarcables y aires puros…; recuerdos, en fin, de una infancia vivida, mitad a pie, mitad en burricleta.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

domingo, 25 de febrero de 2018

Por la pinta



Vivíamos lejos, muy lejos, de la cultura de la imagen, de la cultura de la fachada exterior: las presentaciones encorsetadas, por un lado, o el abandono impostado de las modas transgresoras, por otro. Vivíamos, en fin, ajenos a la publicidad y al resto de escenarios donde se rinde culto a los imperantes feudos de la vacuidad...
Al contrario que las tribus urbanas, nuestra imagen era una imagen natural, sin pretendidos y calculados desaliñosLos niños transitábamos alegres por todas partes, con nuestro aspecto descuidado, en nuestra “tribu rural”, y en medio de un decorado donde, quizá, se hacía más certera que nunca aquella frase de Valle Inclán de: "La imagen más bella es absurda en un espejo cóncavo".
Las caras y la indumentaria pugnaban por ganarse un sitio en el reino de los desheredados. Si la indumentaria era precaria, las caras, de igual forma, se mostraban sin cremas ni tratamiento alguno. Campaban a sus anchas los radicales libres, quizá como el precio a pagar, curiosamente, por ser "radicalmente libres" en medio de la naturaleza que teníamos a tiro de piedra. Algo bueno teníamos que tener, claro, disfrutando de aquella libertad plena que nos daban los cielos inabarcables, los horizontes en lontananza, el olor a poleo de los humedales, o los sonidos polifónicos de los campos... Siempre hay una bondadosa ley que tiende a compensar las faltas de aquí o de allá, con tesoros injustamente valorados, hasta que el tiempo les pone su pátina añeja, y acaban adquiriendo la solera propia de las cosas verdaderas.
Nos sacaban por la pinta. Siempre había un parecido, por ejemplo, con algún abuelo paticorto y cara de expresión leguleya; y así nos lo recordaban por todas partes unos y otras. "Se da un airi a su agüelu en la cara"... "Eh calcaíta calcaíta a su agüela Catalina…" “Se paeci toitu a su agüelu Prudenciu en lah narícih”… “Sali tooo a su bisagüelu en el geniacu que tieni...”, eran algunas de las frases que escuchábamos a menudo por boca de las vecinas. Siempre había un gesto, no sé..., una impronta atávica, una mueca particular de la familia..., una forma de colocar las manos por detrás..., una manera de andar con los pies zambos, torpemente, o con los pies abiertos y la cabeza alta, en actitud resuelta. Tal vez había una risa tontorrona heredada de varias generaciones atrás, o quizá una nariz chata, casi simiesca, que era propia de todos los vástagos de algún linaje particular. Todas eran formas de significarnos, y nunca faltaba un hábil fisonomista que se aventuraba a sacar parecidos, aunque con frecuencia surgían las discrepancias: había quien sacaba un parecido y había quien sacaba otro, y en numerosas ocasiones ambas partes tenían razón.
Nuestra pinta infantil era una pinta de pinto pinto gorgorito..., de juegos al aire libre..., de casas de puertas abiertas..., de ojos entornados mirando el paso viajero de las cigüeñas..., de “jarapales” por fuera del pantalón..., de mataduras en las piernas curadas con alcohol..., de olor a “cuchifritos”..., de saltos a pídola, los niños, y las niñas a la comba con la cuerda vieja del corral. Era una pinta de juegos en la era y crepúsculos de sangre al atardecer..., de piedras volanderas y sálvese quien pueda. Nuestra pinta era una pinta, en fin, que pintaba muy bien, en libertad continua y en compañía constante, ajenos a todos los problemas nacionales, internacionales y hasta incluso locales, pues ya bastante teníamos con salvar el pellejo por aquellas calles espartanas de “calambuco y “zurriaga”, calles alocadas de “vardascazos” y carreras repentinas hacia todas partes, en una permanente estampida donde la suerte estaba echada a pares y nones.
El aspecto, ni que decir tiene, jugaba un papel irrelevante en todo orden de cosas. Todo guardaba una pinta sin pintar, empezando por las calles y las casas, que ofrecían una apariencia casi virgen desde muchos años atrás. Al mirar las fotos en blanco y negro, observamos que todo estaba deslucido: las paredes sin pintar, las puertas viejas sin pintar, las ventanas sin pintar..., e incluso la gente pintaba más bien poco en sí misma, pues eran supervivientes de un microcosmos básico, descolorido y tirando a escala de grises. A falta de pintura, en cambio, "pintaban bastos", sí, pintaban bastos mucho más a menudo de lo que aquella admirable gente hubiese deseado.
En contraste con nuestro aspecto y desaliño, teníamos, en cambio, unos principios y un orden, donde predominaba el respeto a las personas mayores y una disciplina de vida indispensable para salir indemnes al paso de los años, sin secuelas ni traumas anglosajones importados…, pues en la mayoría de los casos, la austeridad de aquellos pueblos suponía una gran escuela para la vida, donde las familias, aún a pesar de los pesares, estaban razonablemente estructuradas, algo que debemos sin duda a nuestros mayores, que se esforzaron en inculcarnos un código de valores, si, difícilmente visible en nuestros días, en ningún estrato social y bajo ninguna indumentaria al uso.
Las madres se esmeraban amorosamente en peinarnos con la raya bien marcada, pero nuestro pelo, apenas tomaba contacto con la calle, recobraba su anarquía natural de inmediato. Nuestro pelo era un pelo de la calle, y a la calle volvía como a su espacio natural…; y allí, en la calle, con nuestra pinta de siempre, nos lanzábamos nuevamente a un abismo de aventura sin parangón, con los ojos encendidos y cara de velocidad.
El aspecto de algunas personas no dictaba mucho al de aquellos pobres representados en el arte pictórico del barroco español. Murillo y Velázquez pueden darnos importantes pistas al respecto. Si estos genios del pincel hubieran ejercido de viajeros en el tiempo, y se hubiesen dado alguna vuelta por aquellos entornos nuestros de la Extremadura rural, pintando alguno de sus cuadros costumbristas, no hubiese sido fácil advertir la diferencia entre sus mendigos del siglo XVII y nuestros campesinos del siglo XX, con remiendos hasta en la piel, sombreros de paja, tan rotos, que parecían arrebatados a los espantapájaros, o zapatos deslustrados donde el betún un buen día se fue a por tabaco y no volvió...
La palabra “pinta”, en sus distintas acepciones, tenía gran predicamento en aquel tiempo relatado: Jugábamos a la "pinta" con un trozo de teja en el suelo, de las tantas que ofrecían generosos los salientes de los tejados. Eran cachos de tejas oscuras y húmedas que caían como brevas maduras sobre un suelo repleto de yerbajos y rollos de guijarro… Siempre había un graciosillo que en medio de los juegos decía cosas de tradición pastoril como: “Por la pinta y la oreja se conoce a la oveja…” Cerca de nosotros, tal vez, escuchábamos cantar “La Pájara Pinta” en aquellos juegos de corro y devaneos comprometedores, con voces infantiles de niñas que se perdían en el eco de las tardes lugareñas. "Estaba la pájara pinta a la sombra de un verde limón / Con las alas cortaba la rama, con el pico cortaba la flor / Ay ay ay, dónde estará mi amor..."
“Pintarruecas” llamaban los lugareños a las mujeres foráneas que acudían por aquellas aldeas extremeñas de tarde en tarde, exageradamente maquilladas y ampulosamente ataviadas, que ponían un punto de contraste e incomodidad en las austeras y recatadas calles locales.
En algún retrato olvidado nos descubrimos mirándonos a los ojos con nostalgia. Nosotros, allí ,con nuestras pintas y ropas pasadas de moda…, y la foto se torna en un espejo atemporal en el que nos observamos, con la sonrisa permanente en el papel, incapaces de advertir aún la distopía perversa de un futuro tan repleto de robótica como despojado de humanidad.
Aunque el aspecto de los campesinos era básicamente el mismo, con sus caras un tanto desnutridas y sus precarias vestimentas, había, en cambio, una gran variedad de rasgos físicos, rasgos provenientes de numerosas culturas que conformaron nuestro pasado... Así pues, encontrábamos caras celtas, de ojos verdes (propias quizá de los vetones) poniéndole la cincha al burro a la puerta del corral; muleros andinos de la Ruta de la Plata, con su piel cetrina, cavando las patatas; valquirias vikingas lavando zurraspas en arroyos cristalinos…; visigodos centroeuropeos de ojos azules con la boina ladeada…; íberos norteafricanos, de tez morena, barnizada de sudores, en el muelo de la era…; jóvenes romanas atusándose el pelo en las calles soleadas; o alguna cara de expresión severa, quizá propia de espigados hidalgos, caminando lentamente con un sacho al hombro por alguna recóndita centenera.

"Vaya pelitáhqui que tieni”, se escuchaba decir a menudo los aldeanos. Era una expresión relativa al mal pelo de los animales descuidados por sus dueños (que se hacía extensible también a las personas), aunque los señalados dueños de tal descuido, a veces no tenían mucho mejor pelo, o “pelitáhqui”, que sus propios animales, y, por tanto, tampoco había mucho que reprocharles.
En las vacaciones veraniegas, es frecuente encontrarnos de vez en cuando con algún niño forastero sobre el cual desconocemos su procedencia, y al final siempre hay un rasgo, un algo..., no sé..., que nos sitúa en una pista para sacarlo por la pinta... Nos quedamos parados, un instante, mirando al citado infante en una determinada calle, quizá junto a una puerta de sus antepasados, hasta que, al instante, se nos enciende una lucecilla reveladora que nos aproxima a su estirpe, y entonces el niño, de golpe, zasss, aparece como por arte de magia dentro de un contexto, donde sus rasgos y gestos pasan a resultarnos familiares, y esa nariz respingona y ojillos vivarachos que tanto nos sonaban, de repente nos sitúan en la senda de su linaje, probablemente de algún padre, quizá, que fuese compañero nuestro de juegos y aventuras.
Los cuadros humanos que vimos en el pasado, a nada que hagamos un pequeño ejercicio de memoria, vuelven a nosotros con la fuerza de antaño: niños flacos, de cabeza grande, mirada esquiva y orejas desabrochadas a punto de echarse a volar…; viejos de arrugas marcadas como surcos de tierra, y pantalones de talle largo subidos por encima del ombligo, con una cuerda de las alpacas a modo de correa; viejinas ocultas en el pañuelo que apenas dejaban ver entre las sombras la boca hundida y un diente solitario que, por alguna extraña razón, nunca quiso caerse...; perros escuálidos, como sacados del Quijote, que deambulaban errantes y se acercaban, con más miedo que vergüenza, ante un ademán fallido de echarles un cacho de pan…; hombres de mediana edad, de rostro quemado y cigarro adosado a la boca, como una protuberancia humeante salida de los mismos labios…; mujeres hacendosas, ataviadas de mandiles y trapos por todas partes, de temperamento nervioso, que entre numerosos quehaceres sacaban siempre un rato para un chismorreo robado en cualquier esquina…
Con nuestras pintas citadas vivíamos felices, libérrimos, sin modas ni esnobismos, sin subterfugios donde escondernos. Alegres, sí, y abiertamente niños, con una humilde puesta en escena, en nuestra vida rural "low cost".
Y aquí seguimos dando pábulo a un pasado con muy buena pinta, aún lleno de vitalidad, que a golpe de recuerdos regresa con fuerza, memoria en ristre, y llega a nosotros como una tabla de salvación. Un pasado que se obstina en burlar a un presente prefabricado y desalmado, que pretende aniquilar nuestra memoria con permanentes ráfagas de actualidad, pero a cuyo fulano aún respondemos, insolentes, con la cabeza bien alta, aquello de: "Los muertos que vos matáis gozan de buena salud".

JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
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