domingo, 14 de junio de 2020

Cuando nada se oía



Todo era paz y silencio, en una calle cualquiera de nuestra infancia, una calle quizá poco transitada, con dos o tres corrales y un par de viviendas... De repente, de esquina a esquina, como saliendo de la nada, pasaba un torbellino de niños corriendo y gritando; después se escuchaban sus vocecillas alejarse hasta perderse en lontananza, volviendo la quietud a imperar como norma en la calle solitaria donde nada se oía, si acaso el leve ruido del maltratado plato de una bombilla en la pared, ligeramente movido por el aire.

Los pueblos alternaban momentos bullangueros con profundos silencios. De aquellas bullas y algarabías del pasado ya hablamos largamente, y ahora nos vamos a centrar en la mística del silencio... Hagamos un ejercicio de memoria para volver a reencontrarnos con aquellos sosiegos insuperables. Fueron pequeños instantes, momentos bellos que, quizá, nos pasaron desapercibidos, pero que ahora, al recordarlos, nos dejan un poso de felicidad del que en su día no fuimos debidamente conscientes.

A cualquiera que viviese en una calle un poco retirada, le bastaba con asomarse un momento apoyado en el quicio de la puerta, para vivir un rato de reposo y silencio, de ese silencio exactamente aquí relatado, aunque el silencio pudiese verse alterado en cualquier instante por alguna vecina jacarandosa y resuelta, asomada a su respectiva puerta.¡Ehhh Petra, vaya un airuchu que se acaba de levantal…!”

Las viejas en las solanas, por momentos dejaban de hablar, y quedaban allí, estáticas, con el inapreciable movimiento de los dedos sobre la aguja, convertidas en estatuas de bronce coronadas con sombrero de paja... Mientras tanto, a su alrededor no se escuchaba nada, si acaso el liviano movimiento de las hojas de una parra.

En este ambiente de paz y reposo, jugaban un papel destacado los “serenos” de las casas. Esos lugares interiores al descubierto, de suelos pétreos y parras verticales, se tornaban en sosegados claustros medievales, donde sus privilegiados moradores quedaban al margen de la calle, gozando de la paz monacal y gatuna que allí se respiraba... Qué suerte dormir en una habitación que diese a un sereno, exento de ruidos callejeros. En los serenos se sentaban a coser las viejinas, junto al gato que se desperezaba tumbado sobre las lanchas de cantería, mientras todo invitaba a la calma.

Cuántas veces pudimos contemplar escenas como ésta: Un niño en una calle, al cuidado de la abuela, haciendo equilibrios sobre una piedra elevada... De repente, la voz estridente de la anciana rompía el silencio, con ese fatalismo secular de nuestros mayores: "Ehtoy viendu que te cais... ¡ehtoy viendu que te caaaaais!"; porque las abuelas, sí, siempre repetían la misma frase dos veces, y la segunda vez con un todo elevado, amenazante, acompañado de un mohín desdentado, y una mirada acusadora por encima de las gafas caídas.

Y ya puestos a imaginar, podemos aventurarnos a proyectar en nuestra mente escenas de la vida de nuestros mayores, con gran aproximación a lo ocurrido… Podemos imaginar… no sé, a alguno de nuestros abuelos en pleno campo al terminar la jornada; sentándose a descansar en un cancho, mientras limpia con su antebrazo el sudor de la frente, en la calma absoluta del atardecer… Allí, en la soledad de un prado verde y florido (como fondo de un lienzo impresionista), mirando el cielo rojizo en la cresta de las sierras, entre vencejos revoloteando los aires y el olor a poleo de un regato cercano.

A veces, en la serenidad primaveral de los campos, entre una paz inusitada con olor a escobas, podíamos escuchar a lo lejos los balidos de las ovejas y sus campanillos..., o a diversos pájaros, algunos ya extintos; pero eran ruidos diluidos en el sosiego de los campos, ruidos compatibles con la propia naturaleza del silencio... Hasta incluso, al detener nuestros pasos, escuchábamos levemente el ruidecillo eléctrico de los cables de las torretas de la luz.

Grillos, chicharras, cucos, cárabos nocturnos, ruiseñores en los álamos de los arroyos... y demás pequeña fauna con sus ruidos amables, se integraban en la paz de los paisajes, como miembros de pleno derecho de aquella hermosa cofradía del silencio.

Nadie mejor que los niños que cambiamos bruscamente el pueblo por el asfalto, para percibir ese frente acústico metropolitano, que nos tocó encarar en la nueva existencia urbanita... Incluso desde nuestra habitación, al dormir, nos invadían constantes y molestos ruidos nocturnos de coches, motos estridentes, camiones de la basura cargando y descargando... Nada que ver con nuestro pasado pueblerino. Fue ahí, en esos pequeños detalles, donde empezamos a maliciarnos de que no era todo oro lo que nos habían vendido.

Hasta la luna guardaba silencio en las noches de agosto... De niño miraba los imponentes cielos estrellados del estío, y me veía a mi mismo flotando y avanzando entre los astros, imaginando un silencio sideral inexplicable con palabras, tan sólo alterado por los grillos incansables de la noche veraniega.

Uno de los declarados enemigos del silencio rural, era... sí, efectivamente, lo habéis adivinado, el reloj del campanario, que nos devolvía sin delicadeza al mundo de los vivos, con su inoportuna insolencia de bronce, bajándonos bruscamente desde las nubes hacia el suelo de rollos de nuestra calle. Al escuchar los castañazos del badajo, todo volvía a su sitio, y la realidad se hacía cruelmente presente... A propósito de este asunto, desde niño escuché una anécdota real, que podría encajar perfectamente en cualquier novela de Camilo José Cela. Un hombre del pueblo, por los años 50, tenía tal facilidad para expeler ventosidades a placer, que cuando caminaba por las calles, al sonar las campanadas del reloj, a cada golpe respondía con un cuesco seco y sonoro, y aunque sonasen las doce no importaba... Lo hacía simplemente como un juego, como un divertimento que pusiese el contrapunto en el tragicómico discurrir de las vidas campesinas... Cuentan los testigos que nuestro original protagonista ni siquiera se reía, ni estaba al tanto de que hubiese o no espectadores contemplando la escena. Era un ritual inserto en su rutina cotidiana, donde lo escatológico se hacía soluble en el realismo mágico de las pequeñas aldeas... Aquellos cuescos hombrunos y garbanceros, frecuentes rompedores del silencio, a veces cortos, o a veces prolongados, formaron parte de la banda sonora de nuestra infancia.

Y cómo no, una vez más toca citar a los felinos, esos grandes maestros del silencio, expertos funambulistas de repisas y tejados, capaces de acariciar las tejas en las horas silentes de la siesta, sin hacer ruido alguno, como si fuesen hologramas que pasasen de puntillas por la vida aldeana, convirtiéndolo todo en las tomas falsas de alguna película donde alguien hubiese bajado el volumen para siempre...

Otra de las múltiples escenas que pudieran ilustrar este texto, podría ser la siguiente: por una calle tranquila, de repente escuchamos por la ventanilla de una cocina, a una madre temperamental gritando a un niño: "¡Cómite toah lah patátah, no me déjih en el platu picapláhtah!" (picaplastas: restos de comidas)... Los silencios, como podemos ver, eran sobradamente frágiles: tan pronto estaban como inopinadamente desaparecían...

Uno de los momentos mágicos de contraste entre el sosiego y la algazara infantil, se daba en los trigales durante el mes de mayo. Los pájaros bajaban como corsarios de los aires al asalto del trigo… Inmediatamente, un palo sobre un bote de hojalata, en manos de una niña, rompía en un instante la paz allí encontrada... y los pequeños piratas volanderos levantaban el vuelo, sabedores de tener incontables oportunidades de asaltar el botín... A lo lejos se escuchaban voces infantiles oxeando pájaros con aprendidas cancioncillas que se llevaba el aire tranquilo de la tarde. Era una lucha sin cuartel, sí, entre ruidos y silencios, una lucha irreconciliable, donde los primeros fuesen Montescos y los segundos Capuletos.

Nuestros abuelos en su mayoría estaban un poco tenientes, y nos obligaban a hablarles en voz alta. "Háblame reciu" (háblame alto) nos decían. Y nosotros le hablábamos recio, para romper el silencio que habitaba sus sorderas. Después nos decían cosas pesimistas y graciosas, como: "Ehtoy ca vez máh sordu; los viejus tenémuh ya muchuh calendáriuh (calendarios: achaques de la edad). Aunque el peor calendario de todos, era el propio calendario colgado en la pared, que les recordaba su paso implacable camino del silencio último.

¿Qué campesino que se precie, no dio alguna cabezada a la sombra de una encina, o quizá de una higuera? Las hojas de las higueras hacían las veces de celosías, por las que se colaban los rayos del sol, que por momentos deslumbraban al sufrido durmiente, espabilándole ligeramente el sueño. Luego, todo volvía a la quietud y al ronquido, hasta que en otro instante cualquiera, le caía una breva en la cabeza, como a Newton le cayó la manzana. La ley de la gravedad que regía aquellas vidas locales, era distinta a la de Newton…, era una gravedad trufada de duelos y quebrantos, y no precisamente cervantinos.

En la hora de siesta el pueblo entero estaba un poco "asorongáu" (adormitado), y cualquier ruido perturbaba el descanso de los parroquianos, en esa franja sagrada del día donde todo quedaba a merced de la misericordia de los viandantes, cuando un simple rebuzno de un burro en un corral, equivalía al Do de pecho de un tenor…, o una patada a un bote callejero, a una traca valenciana por San José...; y una "roanga" (aro metálico infantil sacado de una llanta de bicicleta), rodando por las calles, podía recordar al estruendo de un carruaje decimonónico... La suerte estaba echada, y el reposo puesto en almoneda.

Y así una larga retahíla de silencios y momentos de paz dignos de recordar: el silencio de las trojes, con el ruido sutil de la carcoma…; el silencio de los pajares, con algún moscón intermitente…; el silencio de las estancias húmedas y olvidadas, con retratos de antepasados y telarañas hacendosas…; el silencio de las casas de los abuelos, con el fuego hipnótico de la lumbre, y las sombras proyectadas bailando sobre las paredes de cal…; el silencio del estío, con labriegos y bestias cabizbajas volviendo como tristes guerreros derrotados…; el silencio después de las tormentas, asomados a puertas y ventanas…; el silencio profundo de la noche, madrugada adentro, tan sólo alterado por el breve chillido de alguna lechuza imperceptible sobrevolando los tejados… el silencio… el silencio...

De aquella magia de la quietud vivida…, de aquella serenidad y su magisterio, pudimos entender la importancia inadvertida del silencio, y hasta incluso la conveniencia de guardarlo cuando la ignorancia y la soberbia se conjuran en nuestra contra; como bien nos recordase Don Pedro Calderón de la Barca en aquel irónico verso: "Cuando tan torpe la razón se halla, mejor habla, señor, quien mejor calla".

Era todo en aquel tiempo una lucha grecorromana entre claros y oscuros, siempre a merced de un orden arbitrario que alteraba nuestras vidas agrestes, pero todo se tornaba amable y distinto, en aquellos pequeños momentos, cuando la calma venía a rescatarnos como un regalo del cielo, cuando todo paraba su curso... cuando nada se oía.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS




sábado, 28 de marzo de 2020

De usted



Nunca faltaron al deber, al sacrificio, a la entrega por los suyos, al trabajo bien hecho y merecido. Los llamábamos de “usted”, sin saber que ese tratamiento implicaba un mérito ganado con sudor, ganado con arrojo...; los tratábamos de usted por inercia cultural, pero sin ser conscientes de los galones que se habían ganado a fuerza de darse sin reservas… sin esperar a cambio casi nada, como guerreros ejemplares procedentes de una estirpe humilde y anónima, que conformó también el curso de la historia.

El respeto a los mayores estaba entre las normas emanadas de la costumbre, que no hacía falta explicarlas en exceso... Ni los muchachones más gamberros, que lanzaban piedras y fiscalizaban las calles aldeanas, osaban faltar al respeto abiertamente a un anciano (otra cosa muy distinta es que lo hiciesen en petit comité, todo hay que decirlo); si acaso, todo lo más, hacían burlas y chistes por lo bajini; tal vez alguna mofa por aquí o por allá, dirigida a un viejo borrachin que pasaba por la calle desentonando antiguas canciones de la mili, pero siempre con el freno de mano echado, y conscientes del rapapolvo que se les venía encima si llegaba cualquier queja a oídos de sus progenitores.

Los mayores nos mandaban a hacer recados con suma frecuencia, y nunca fuimos capaces de negarnos. Corríamos endiabladamente a hacer cualquier mandado sin rechistar... De repente, un hombre que pasaba inopinadamente por la calle, te mandaba a su casa (que estaba al otro extremo del pueblo) a recoger una cuerda olvidada en el corral, y tú, sin más dilación ni preguntas de por medio, salías disparado, como un repartidor de pizzas del futuro, acompañado de otros dos velocirráptores, cogiendo esquinas sin mirar, sorteando burros cargados de tarmas, y viejas con calderillas de patatas. En tiempo récord estabas de vuelta con la cuerda, y, casi sin tomar tierra, se la dabas en la mano con un escueto: “Tomi uhtéd”, al tiempo que seguías el vuelo hacia tus juegos infantiles, como las golondrinas en su alocado revoloteo sorteando chimeneas.

Allá por los setenta y los ochenta, los chavales de los madriles, ya muy modernos ellos, se sorprendían al oírnos tratar de "usted" a nuestros padres, y mostraban una disimulada sonrisa, sin ocultar un cierto tonillo de superioridad. Luego nos preguntaban, aparte, el porqué de nuestro tratamiento a los mayores, a lo que nosotros, descolocados, no sabíamos realmente qué responder, pues para nosotros, ellos, los altaneros impúberes llegados del asfalto, estaban siempre a la vanguardia de las cosas, y nuestra actitud era tendente a imitarlos, sin más, aceptando como válida cualquier mercancía de procedencia urbana.

Por todas partes escuchábamos el “usted” respetuoso, ante cualquier cumplido o saludo: ¿Va uhtéh pa llá…?   / Pueh uhtéh verá… / “Y uhtéd que lo conóhca… / ¿Ha vihtu uhtéh pasal un perru que se me ha ehcapáu?...

Especialmente chocante resultaba el trato dado por las hijas a sus ancianos padres, cuidados por ellas mismas. Resultaba curioso observar el contraste, por ejemplo, cuando combinaban alguna regañina, como quien se dirige a un niño, con el tratamiento de usted, como quien se dirige a un padre: “¡Quieri uhtéh dejal de rebacal ya de una veh, que ehtá tol día rebacandu…!” (Dándole vueltas a la cabeza, generalmente en actitud pesimista).

Entre el “tú” y el “usted,” normalmente mediaba una generación, pero no siempre era así, como veremos en algunos casos verdaderamente llamativos.

Los "mozos viejos", aquellos eternos solterones de mirada retraída y cigarro adosado a la mano, eran relegados al "tuteo" hasta muy avanzada edad, aún incluso por nosotros, los más pequeños, y sobre todo por los indómitos muchachones mayores, que olían la debilidad del prójimo como los tiburones huelen la sangre... Es como si la soltería, a estos ancianos mozos, les otorgara un irónico elixir de juventud, a pesar de las arrugas bien marcadas que, en cambio, para nada respetaban el celibato rural. Era una soltería a la que, en muchos casos, no llegaban por vocación, sino más bien por su espíritu pusilánime para enfrentar las artes del galanteo, donde ni el vino peleón de la taberna consiguió redimirlos de su cortedad. Y así, de esta forma, se quedaron con el tuteo de unos y otros, como pequeños dardos envenenados que les dejaban un poso de derrota, hasta que un buen día “doblaban la servilleta” para siempre, dejándole en herencia a una sobrina, no más allá de una angosta casilla sin luces a la calle, con cuatro aperos de labranza, y un viejo burro “cojilitranca” de mirada mohína, que esperaba a la postre igualmente su final.

Las personas con alguna deficiencia mental, también estaban indefectiblemente condenas al tuteo, independientemente de su edad. Eran tratadas de tú por chicos y mayores, aunque quizá el tuteo no fuese el mayor menoscabo al que se viesen abocadas, pues había otros peores que no son materia de este texto. Podíamos ver, por ejemplo, cualquier tarde soleada de otoño, a algún pobre aldeano deficiente, ya casi anciano, sentado en un poyo al sol, con la boina torcida y la mirada hacia ninguna parte, al tiempo que unos y otros pasaban por su lado, brindándole saludos de lo más variado: a veces cariñosos y a veces un tanto guasones, mientras él contestaba de forma mecánica, con monosílabos o respuestas recurrentes, en una rueca de frasecillas pueblerinas aprendidas, usadas a modo de comodín: “Ehhh, Antoniu, ¿qué bien ehtáh ahí al sol?” / “Siiii, mu bien…”

El tratamiento de “don” y “doña”, normalmente llevaba aparejado el tratamiento de usted, independientemente de la soltería. Así pues, maestros y maestras, médicos, boticarios…, y demás gente de carrera, gozaban siempre el privilegio del “usted”; y por supuesto el cura del pueblo, por joven que éste fuera: “Don Constantinu, querémuh bautizal a la niña, pa que uhtéh lo vaya supiendu con tiempu”.

Los hombres y mujeres recién casados, mantenían el estatus juvenil por pocos años. En la medida en que iban llegando sus hijos al mundo, ellos iban adquiriendo el nuevo tratamiento de personas mayores de cara a la población menuda, a la par que las patas de gallo, y el rostro curtido por el sol de justicia de los campos extremeños, les dejaban la impronta que les servía de garantía para su nueva condición de adultos.

Un buen día, los jovenzuelos "urbano-rurales," a caballo entre el semáforo y el corral, henchidos de modernidad, decidimos cambiar el "usted" por el "tú" a todo quisqui, y las primeras víctimas fueron, cómo no, nuestros propios padres, que apenas se enteraron, pues lo hicimos con nocturnidad, en un timo verbal perfectamente dosificado. Fuimos alternando ambas formas, para que no se notase en exceso: a veces los tratábamos de usted, y otras de tú... y en la medida en que fueron bajando la guardia, se quedaron con el tú ya para siempre. A los que no fue tan fácil cambiarles el tratamiento, fue a nuestros abuelos, que aún se resistían, con esa ancestral manera de concebir el respeto jerárquico por edades, tal y como ellos lo vivieron, y nos lanzaban alguna que otra protesta en defensa propia. Pero al final, con la poca energía de quien se sabe ya vencido por los años, también fueron claudicando, derrotados, en parte, por el vertiginoso y moderno estado de cosas que se les venía encima, sin apenas tiempo para digerirlo... Fue ese mismo y moderno estado de cosas que un buen día les cambió el reloj de bolsillo por un Casio digital importado de Japón. La misma obsolescencia, sí, de un nuevo tiempo insolente donde ellos mismo sintieron, quizá, que al igual que a los yogures, les habían colocado un sello en la boina con la fecha de caducidad... Y así fueron aceptando nuestro tuteo, como fueron aceptando el resto de cosas, alternando una sonrisa con una mueca de resignación.

Fueron, y son, nuestros mayores, sí, nuestros padres y abuelos, nuestros héroes de un pasado ya olvidado… de antiguas estaciones de tren con olor a zotal…, de escobas de baleo a la puerta, de calderillas de zinc cargadas de higos chumbos…, de cántaros a la cabeza que nunca se cayeron… y de bocas desdentadas prestas siempre a la sonrisa. Fueron las últimas generaciones del “usted”, las últimas generaciones con mayúsculas, a las que nunca pagaremos en justicia. Se merecían, y se merecerán por siempre, esa atención y cariño que algunas veces les racaneamos, y ese reconocimiento, en fin, de que todo lo mucho o poco que somos se lo debemos. Cuidemos sin reserva a esos pocos supervivientes del naufragio que aún nos quedan por aquí, como reliquias de un pasado de olor a galapero, sentados, quizá, en un sillón de escay, con la mirada perdida, pero sin perder la dignidad.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS


lunes, 6 de enero de 2020

Ale, vámuh


Entre los ruidos y algarabías que retumbaban por las calles de nuestra infancia, una parte no despreciable se la llevaban los saludos y cumplidos que los aldeanos se repartían sin descanso, con la generosidad propia de las cosas que no cuestan casi nada. Lo más sorprendente, es que un buen día debieron descubrir, quién sabe, que el tono elevado en el saludo, daba mayor credibilidad al mismo. Tanto es así, que se hacía realmente complicado escuchar un cumplido en voz baja. A mayor volumen, sí, el saludo parecía ganar en certeza; así podemos intuir que quedó pactado desde muchas generaciones atrás. De esta forma, desde primeras horas de la mañana, podíamos escuchar a grito pelado el intercambio de saludos, cumplidos y parabienes tan propios de aquel tiempo aquí relatado: "Eyyy , ve con Dioh..." "Aleeee, vámuh..." "¿Váih pa’ llá? / siiii vámuh..." " Que sea pa’ bien...” "Ehhh, halaaa, vengaaaa..." "Ehhh, ¿váh pa baju? ... "¿Ya viénih...?" "¿Cómu ehtá uhtéh...?"

El inventario de saludos era muy amplio, y las circunstancias y escenas que se derivaban de los mismos, aún más. Estaba, por ejemplo, el saludo rápido y esquivo por ambas partes, que se resolvía sin perder el paso, con un repentino giro de cabeza propio de un desfile militar: "¿Vah pa’ llá...?" / "Voy pa’ llá..." Estaba, entre otros muchos, el saludo que buscaba retener al interlocutor a toda costa, donde uno ejercía de araña y otro de mosca atrapada en la tela mortal. Aquí entraba en juego la pericia de la víctima para eludir la tediosa presencia, lo cual no siempre se conseguía con éxito, pues no todo el mundo manejaba el arte de la excusa perfecta, prima hermana de la mentira piadosa... "Voy corriendu al ehtáncu ántih de que cierrin", podías poner como pretexto, pero no siempre funcionaba... Estaba también el saludo que buscaba abiertamente la complicidad y el chisme, típico del alcahuete de guardia que no faltaba en cada esquina...; y estaba, en fin, el saludo sospechosamente atento, de aquél con quien apenas tenías trato, pero que un buen día aparecía con fingida amabilidad y una atención desmedida, repetida durante varios días, hasta que al fin se desvelaba el misterio, que no era otro que el interés por un “cachimán” (pequeña parcela de terreno) o una tierra lindera que intentaba conseguir a un precio asequible, y a la que, por supuesto, se refería usando diminutivos tendentes a menoscabar el valor de la misma: "Esi cachinu de tierra que me linda allí... a vel si noh llegámuh a entendel".

No pocas veces este asunto que nos ocupa, daba lugar a escenas tragicómicas. Cuantas veces, por ejemplo, en una calleja cualquiera del pueblo, el destino te ponía ante la vicisitud de encontrarte con alguno de esos múltiples enemigos que se iban acumulando a través de las diversas pendencias surgidas en el ambiente viciado de las sociedades cerradas... De repente, mira tú, una noche cualquiera, inevitablemente ocurría: al doblar una esquina, aparecía delante de tus narices el enemigo número cuatro, bajo la luz tenue de una humilde bombilla de plato. La reacción de ambos era dar un "rejurtu" (retroceso repentino), sin cruzar palabra alguna, y maldiciendo al destino por haber colocado en un mismo tiempo y lugar a un sujeto indeseable, algo que no debía resultar extraño con tan pocas calles en juego, sin duda insuficientes para eludir por mucho tiempo a la burlona Ley de la Probabilidad.

Desde muy niño me dejó marcado (ya lo relaté en alguna ocasión) el saludo ininteligible de los hombres que pasaban con el Celtas Cortos entre los dedos amarillentos... Era un saludo escueto, ronco y tabacuno, de una forzada gravedad de chato de vino y regreso tabernero, entre las luces grises del atardecer, en un marco rural de penumbra y tristeza, que contrastaba con una sutil y bella melancolía.

Especialmente agotadores eran los saludos después de un año sin pisar por el pueblo, en las típicas visitas veraniegas (tal vez en las fiestas patronales), donde el saludo constante por aquí y por allá se convertía en una suerte de tortura, que a menudo se arreglaba con dos o tres frases hechas, repartidas a modo de octavillas verbales que íbamos lanzando a diestro y siniestro, calle arriba o calle abajo, ante la pertinaz acometida de unos y otros.

Pero de todos los cumplidos que tuvimos ocasión de vivir, el que se llevaba la palma, por curioso y pintoresco, era el saludo atento de alguna viejecilla clásica, de las de siempre, que una vez llegábamos al pueblo en vacaciones, en un tono chillón y un marcado acento extremeño, nos hacía siempre la paradójica y oportuna pregunta: "¿Habéih veníu?..." En ese mismo instante, inevitablemente, se te pasaba por la cabeza hacer la gracieta ante tus amiguetes, y contestarle a la pobre anciana algo así como: "No, llegaremos mañana." Pero inmediatamente se imponía ese respeto reverencial hacia los mayores, que en aquel tiempo era casi sagrado, y con buen criterio decidías morderte la lengua, ante las risillas de los mariachis que te acompañaban, y con un gesto de seriedad forzada, contestabas a la anciana con la cortesía que la ocasión requería... Y la anciana, como si estuviese escrito en algún guion, remataba el cumplido siempre con la segunda pregunta: "¿Habéih veníu tóh...?" "Sí, sí, hemos venido todos, tía", contestabas..., y entonces, por fin, continuaba su camino renqueante y satisfecha. Seguramente, más que a ti mismo, a quien realmente dirigía el cumplido la mujer, era a tus padres o abuelos a través de ti, en alguna deuda eterna que tenía con ellos, vete tú a saber desde cuándo ni por qué razón, pero estas cosas eran propias de las personas de aquel tiempo, donde aún quedaba gente enormemente agradecida.

El débil apretón de manos del señorito oficinista, de dedos blanquecinos y afilados, contrastaba con el violento apretón del labriego de manos anchas y “porrúas”, más dado a empuñar la “sigureja o el sacho”, y que, a nada que te pillase con la guardia bajada y la mano relajada, podía lesionarte el dedo meñique, y dejarte como en las viñetas de Mortadelo y Filemón, contándote los dedos para ver si estaban todos en su sitio, a la vez que, con un vozarrón quebrado y un ligero tufillo a coñac, te soltaba algo así como: "¡Me cagüen tooo la lechi, si no me llégah a decil naaa, ni te había conocíu"!

Uno de los peligros que acechaban al viandante desprovisto de coraza, era encontrarse a quemarropa con alguno de los pelmazos oficiales del reino, de aquellos que se habían ganado la fama a pulso, y tenían la astucia de esperar a la pieza en un lugar propicio y transitado, o a veces en dos sitios a la vez, con un extraño don de bilocación... A estos paisanos en particular, les bastaba una tímida mirada por tu parte para retenerte con algún pretexto cualquiera, que acababa en una larga retahíla de monsergas y temas intrascendentes, de cuya situación no era fácil desenredarse... Pero el culmen de esta escena, la apoteosis misma, era cuando coincidían dos púgiles de la misma naturaleza, que podían estarse en plena calle durante un tiempo indefinido hablando sin parar..., cayéndoles la pelona invernal sin apenas inmutarse, como actores secundarios de una insignificante obra cotidiana, sin más fondo de escenario que las rejas mugrientas de la ventanilla de un corral. Allí se podían eternizar, sí, perdiendo la noción del tiempo. Cuando el uno hablaba, el otro apuraba el cigarro, y viceversa. Cuando el primero hacía amago de marcharse, era retenido hábilmente por el segundo; cuando ya parecía retirarse el segundo (en un disimulado gesto de derrota), era rescatado por el primero con alguna coletilla machacona... y así todo el rato, en una interminable lucha sin cuartel, en un bucle sin salida del cual sólo podía liberarte un tercero... Tanto es así, que al final acudía al rescate un inocente niño de la familia, enviado para la ocasión, que, con voz aflautada, se dirigía al padre de esta guisa: "Que dici mama que jaci ratu que está la cena fría..."

Los saludos entre los chavales eran casi inexistentes, con la vergüenza siempre por bandera. Los niños rurales éramos tremendamente retraídos; veíamos estas cosas de los cumplidos como algo propio de señoritos, o de las películas y otras pamplinas por el estilo... Los abrazos y los afectos en general, eran poco frecuentes entre los niños varones; hasta el simple hecho de estrecharse la mano, era una rara avis entre nosotros, y en especial entre el conjunto de la tropa muchachil, que no era otra cosa que un riguroso tribunal de prejuicios... Los actos de ternura de cualquier naturaleza eran vistos como algo melindroso que nos provocaba una mezcla de sonrojo y desprecio, pues nuestras formas eran casi siempre rudas y cortantes. Nuestros saludos, pues, no iban más allá de un simple: "¿Ondi hah andáu…?" con la cabeza gacha, y en un tono hombruno y pueblerino debidamente impostado. Las niñas, sin embargo, eran mucho más afectuosas entre ellas, y más dadas a besuqueos y abrazos, algo que estaba sobradamente aceptado en su papel femenino.

Desde muy niños nos enseñaron a decir frases como "hasta mañana si Dios quiere", al acostarnos; o "buenos días nos dé dios", al levantarnos; cosa que hacíamos de manera mecánica y no siempre con el mejor talante, ciertamente. La timidez o la falta de modales mostrada por los más pequeños, enfadaba con frecuencia a nuestros mayores. Los abuelos, sin ir más lejos, nos reprochaban a menudo nuestra actitud con una palabra antigua, sacada de las arcas del pasado, y que tantas veces nos tocó escuchar: "Zurrupiu". De esta forma, ante cualquier situación en la que faltásemos al oportuno cumplido, éramos tachados de “zurrupiuh” en tono severo y gesto displicente: "Paécih un zurrupiu..., nos decían, y nos íbamos cabizbajos, con el honor de haber recibido un inesperado título, sin saber muy bien lo que era, pero con la sensación de que algo no estaba en su sitio.

El saludo entre los muchachones mayores, era un saludo varonil y gamberro, a veces en forma de silbido, y preferentemente desde lejos, para que tuviese el efecto deseado. Estos silbidos largos y castizos se escuchaban indistintamente en los pueblos y en los campos; era una forma ancestral y corriente de comunicación, que quizá hundía sus raíces en las cuevas de la prehistoria... o vete tú a saber dónde..., y hacía las veces de una tecnología de andar por casa (sin batería) para las comunicaciones a media distancia, tal y como podemos ver en los famosos silbos de La Gomera.

Andando por el campo, un día cualquiera, podíamos oír uno de estos mencionados silbidos y alzar la cabeza persuadidos de que nos reclamaban desde lo alto de algún sitio, cuando en realidad el silbido iba dirigido a algún animal despistado, o quizá se tratase tan sólo de un zagalillo aprendiendo a silbar ante la inmensidad de las vaguadas, sin llamar a nadie en particular, sino jugando tan sólo con el eco…, o experimentando sus primeros escarceos con la soledad.

Los cumplidos meteorológicos, seguramente tuvieron su origen en ambientes rurales, y luego se exportaron a las ciudades, especialmente al espacio claustrofóbico de un ascensor; pero nosotros pudimos oírlos directamente en los bellos escenarios que adornaron nuestros años menudos: “Paeci que ha refrehcáu algu… / Sí, paeci que hoy jaci ya máh frehquinu".

Algunos saludos toscos y primitivos que escuchamos en nuestra infancia, se podían canjear perfectamente por gruñidos, graznidos, balidos, chasquidos, rebuznos, relinchos… a veces onomatopeyas locales... alaridos deformes... no sé... Se mezclaban los sonidos de la naturaleza con los ruidos humanos, como en un variopinto festival acústico donde a menudo se confundiese el hombre y la tierra, como en el título de aquella serie televisiva del gran Félix Rodríguez de La Fuente.

El saludo hacia los ancianos era bastante recurrente, tanto en preguntas como en respuestas. "¿Cómu anda uhtéh, tiu Ambrosiu? / Vaaaah, ca’ veh peol hiju, loh viejuh vámuh toh pa’ baju..." Sus respuestas adivinaban un pesimismo crónico, propio de cuando las derrotas prevalecen sobre las victorias, y las cicatrices dejan marcas imborrables en los pellejos sobados por el tiempo.

La comunicación con los animales, estaba en sintonía con el ambiente de la época, y, salvo excepciones, no era especialmente amable ni abundaba mucho en delicadezas. En muchos casos solía dividirse en lo algo así como "reclamo y despedida". La llamada a los perros, podía ser quizá: “Tova tova" (frotando los dedos índice y pulgar)…, y la despedida era directamente: "Durduuuu…", dando un pisotón en el suelo... Para los gatos el acercamiento podía procurarse a través del clásico... "Míiiiisinu", y la despedida, “saaapeeee”, dando un par de palmadas en el pantalón de pana... A las gallinas, con los populares “pítah pítah" y “píruh píruh”... y en fin, a los burros, a las ovejas, a los guarrapos (cerdos), a las cabras... y al resto de la fauna doméstica se les llamaba de múltiples maneras, personalizadas por cada sujeto o incluso propias de cada localidad. Así pues, podíamos escuchar por todas partes sonidos de lo más variado y surrealista: “Túmah túmah"…, "bechi bechi"…, "raggggg"...

Aún ha perdurado la sana costumbre campestre de saludar a todo hijo de vecino que te encuentras por calles y caminos, ya sean locales o forasteros; incluso los senderistas capitalinos que recorren las rutas de nuestros pueblos, saludan a todo aquél que se tropiezan por esas sendas de dios, en una sabia adaptación a las cercanas costumbres rurales.

Según decía un tal Mark Twain, escritor y humorista, “La buena educación consiste en esconder lo bueno que pensamos de nosotros y lo malo que pensamos de los otros.” Es tan simple como eso; pero bajarse del ego debe ser como apearse de un tren en marcha al borde de un terraplén, y ese vértigo no estamos dispuestos a afrontarlo.

Tengamos a bien, al menos, seguir con los saludos y cumplidos que nos legaron nuestros heroicos antepasados, que no cuestan dinero, y aún siguen funcionando como el pegamento natural y accesible, que nos une como personas, y consigue salvar, aunque sea por un instante, nuestras torpes diferencias... Ale, venga, id con Dios.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS