martes, 31 de diciembre de 2013

Vida de trascorral


En aquel tiempo y lugar, el corral, aunque cueste creerlo, se jugaba a pares y nones la hegemonía con la casa, y en no pocas ocasiones ganaba el corral; aunque más bien habría que decir, que la casa declinaba su nivel en favor del corral, en una extraña solidaridad siempre en sintonía con la raquítica porción de hedonismo que se repartía en contadas raciones, como la leche en polvo americana.

Cuentan los antepasados que en otros tiempos, en las familias más humildes, la casa y el corral formaban parte de la misma piel, llegando a compartir espacio vital, tanto personas, como burros, cabras y demás fauna rural de aquella depauperada Extremadura del siglo XX. Me hablaban de cuadros rayanos en el esperpento de Valle Inclán, con burros entrando o saliendo por el pasillo de las casas, y escenas, en fin, propias de las películas de Fellini o Marco Ferreri, lo que demuestra, una vez más, como ya es sabido, que la realidad supera siempre a la ficción.

Conociendo esto, no resulta nada extraño que en zonas especialmente castigadas por sus condiciones orográficas, como las Hurdes, las personas viviesen hacinadas junto a las cabras, en una especie de pequeños iglús de pizarra, sobre alfombras negras de cagaluta y hambre. Ni resulta extraña, tampoco, aquella reivindicación poética que el voluntarioso y humano Gabriel y Galán hiciera al Rey Alfonso XIII, cuando le dijo:

Señor, en tierras hermanas
de estas tierras castellanas,
no viven vida de humanos
nuestros míseros hermanos
de las montañas hurdanas.”

Seguramente, la vida de pueblo que tú y yo conocimos, amigo lector, fue un poco más edulcorada, y entre las pulgas aludidas en el título de este blog, ya en lontananza se barruntaba un cierto atisbo de esperanza.

Entrar en un corral de la Alta Extremadura, era entrar en un mundo surrealista, de escala de grises y cine de Buñuel en blanco y negro. Los corrales, y las zonas o calles reservadas a los mismos, no tenían nada que envidiar a los poblados mágicos de los “hobbits” del Señor de los Anillos. Aquel mundo se nos mostraba anárquico, misterioso, menguado y chaparro, como si la alimentación deficitaria de posguerra, hubiera afectado a los propios edificios, y no sólo a la vida puramente biológica.

Todo era, ya digo, un poco Tolkiano, aunque Tolkien, de haberse inspirado en estas tierras para su legendaria saga, con tanto burro de por medio, hubiese escrito más bien “El señor de los Asnillos”.

Aunque las casas y corrales se intercalaban fácilmente entre sí, en las traseras de los barrios había zonas, en exclusiva, dedicadas a estas destartaladas construcciones que aquí nos ocupan, como una suerte de pequeños guetos de “vicio y gallinaza” que daban un carácter ciertamente literario a todo aquello. A estos sitios, en la jerga pueblerina, se los denominaba “trascorrales”, y en ellos, al margen de la política internacional y otras grandes preocupaciones planetarias, transcurría una vida meramente agropecuaria, con cacareo constante de gallinas, campanilleo de cabras, balidos de ovejas y garrapatas y pulgas disputándose las piernas de los ilustres visitantes.

De las puertas minúsculas y cenicientas de los corrales, salían y entraban los “hobbits” extremeños, con sombrero raído de paño y enormes “zajonih” de cuero en las piernas, que les llegaban hasta los sobacos. Sacaban y metían burrinos enanos, como ellos, y apenas articulaban palabra, no más allá de una antigua lengua vernácula entre burro y amo, ya casi extinta, y de un recortado léxico onomatopéyico, que sonaba así: “sooooo, chac chac, dioooooh, cagueeeen laaaa, qué calaveeeruuu;” todo ello en un ambiente circunspecto entre burro y dueño, y una “vardasca” canalla que frecuentaba las orejas de un desangelado pollino que no tuvo la suerte de nacer Platero.

En ocasiones, en vez de “hombrinos” diminutos, eran “mujerinas” las que deambulaban por aquellos mágicos trascorrales a echarle a las gallinas, o a recoger los contados huevos entre la paja. Estas mujeres, pequeñas y cheposas, vestían casi todas de negro, como “curianas”, y se movían sigilosas por el suelo empedrado de aquellos antros de “palitroqui y cagajón”.

A veces era un niño el que entraba a ordeñar las cabras, con un babi azul del “Florido Pensil” y unas piernas sucias y secas, casi de palo, que hacían recordar la estampa del mismísimo Pinocho.

La anatomía del corral era de una imaginación sin límites, tan pronto había unos puntales que sostenían a duras penas un pajar de tabla, como unas escaleras imposibles, capaces de desafiar las leyes de la física, difíciles de subir y aún peores de bajar; o unas extrañas ventanillas por todas partes, que servían para guardar herramientas oxidadas, o clandestinas botellas de vino de pitarra que algún duende de pana curtida escondía a espaldas de la mujer, todo ello cortejado de pilones para las bestias, albardas, yugos, liendros y demás útiles de una cultura entre medieval y cavernaria.

El corral era tenebroso, maloliente y carente de luz. Allí se accedía con antiguos faroles de aceite que fueron sustituidos por linternas de petaca, en los pueblos llamadas “farolas”: “Cogi la farola y veti a vel si hay algún güevu en el corral, prenda”.

En lo más profundo y sombrío del edificio, varios “trompicones” más al fondo, se hallaban unos recónditos y oscuros compartimentos para meter los chivos, que recibían el nombre de “chinancos”, hacia los cuales se accedía al cabo de una tortuosa expedición espeleológica, con la mencionada “farola” en mano, y gran cuidado de no tropezar en aquella jungla de “tarma, vertedera y carricochi” .

Capítulo aparte merece la puerta del corral. Esta puerta podía llevar cien años en su sitio, y ochenta arrastrando sobre el suelo. Cada puerta tenía su ruido particular e intransferible. Las puertas eran grises y secas, como un zapato sin betún o una piel sin hidratar. La madera, podrida de la humedad, iba dejando huecos caprichosos por las partes bajas, que iban siendo tapados a base de latas clavadas con viejas puntas oxidadas, que fueron previamente recicladas y enderezadas a martillazo limpio sobre umbral de cantería. Las latas servían de apócrifo reclamo publicitario, anunciando bonito del norte o aceite para tractores. Al cabo del tiempo, y numerosas latas publicitarias añadidas, las calles de corrales se convertían en minúsculas e improvisadas avenidas neoyorquinas, donde los taxis eran burros mohínos, los ejecutivos vestían remiendo de “Louis Sin botton”, y de las boutiques salían ásperas fragancias de “Dolce Caganna”.

Las puertas estaban enmarcadas en cantería, y unas tozas de no más de... uno sesenta de altura, que te obligaban a ir siempre encorvado para salvaguardarte de “chocotones” por doquier. Esto no era problema para aquellos viejos campesinos, que, cual pequeños gnomos con boina, se estiraban “rejertes” al entrar o salir de los corrales, sabedores de estar en su natural elemento.

Al caer el sol volvían las cabras del cabrial de concejo, dispersas por las calles de aquellas pequeñas aldeas liliputienses de la Alta Extremadura. La vida de trascorral dio lugar a otra vida de polígono y maquinaria, y el romanticismo, como ocurre siempre, dejó paso a la eficacia.

Atrás quedaron aquellos trascorrales de la infancia, en las regiones olvidadas de un mundo irreal. Allí, por la “Calle de Nunca Jamás”, la pequeña Momo vio pasar al último octogenario con un haz de tarmas a la espalda, junto a una jorobada anciana con calderilla de zinc en mano, perdiéndose, ambos, lentamente, hacia una luz, entre un derruido portillo de piedra y una higuera al fondo de un lóbrego callejón.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com


jueves, 12 de diciembre de 2013

El tíu del sebu


Meter miedo a los niños era un deporte de gran aceptación y un número incalculable de practicantes federados. Los mayores metían miedo a los niños, y los niños, a su vez, a los niños más pequeños, en una descarnada cadena trófica de espantos, donde se fagocitaban los unos a los otros y el temor se servía en plato de porcelana, como parte del alimento y diversión que hacía más llevadera la casposa existencia aldeana, siempre inspirada en una pura y dura visión “darwinista de la vida”.

Los miedos eran variados y complejos, y algunos más o menos recurrentes, como los supuestos encuentros con aquellos hombres malos, malísimos, que buscaban atropelladamente a desamparados niños para sacarles la sangre o el sebo. Parece ser que algún caso real hubo, y que luego, como ocurre casi siempre, se incorporó al imaginario popular, y al bestiario, ya de por sí dilatado, que se mostraba sin piedad a los infantes de aquellas tierras de tarma y forraje.

Los niños encontrábamos al tío del sebo en todas partes; en cualquier forastero despistado que pasara por el pueblo con un mulo y unos sacos, veíamos en los sacos, lógicamente, niños descuartizados, y si en vez de sacos eran cántaros, estos, claro está, eran recipientes portadores de la sangre de indefensas criaturas.

Estos criminales hombres del sebo tenían escasa imaginación, pues siempre camelaban a los críos ofreciéndoles caramelos, con la intención de atraparlos y adormecerlos mediante extraños polvos que aplicaban en la cara a través de un pañuelo. En otras ocasiones, cuentan, te ofrecían el caramelo y, sorprendentemente, te dejaban marchar, sin más; claro que la gracia estribaba en que el caramelo, como no podía ser de otra forma, estaba envenenado.

Nunca faltaban los muchachos que inventaban encuentros con tan siniestros personajes, como, por ejemplo, el típico hombre que paraba a las afueras del pueblo en un Seat 124, y los llamaba para ofrecerles los consabidos caramelos, mientras ellos corrían despavoridos hacia el interior del pueblo. Esta historia, varias veces repetida, solía tener dos explicaciones solamente: la más normal era que, directamente, fuera un invento de la imaginación peliculera de los críos, y la segunda, también probable, que el hombre, ciertamente, fuese real, y los llamase desde el coche, pero con la única intención, por ejemplo, de preguntarles alguna dirección dudosa en cualquier cruce de carreteras. El episodio, en cambio, se convertía en la comidilla del lugar durante largo tiempo, y algunos chavales iban inventando y añadiendo nuevos elementos fantasiosos a la historia, haciendo girar y girar la vieja rueca del morbo y la ignorancia, que acaba siendo el origen de tantas leyendas.

Siempre estaba, también, la protectora abuela que advertía al nieto con el eterno sonsonete: "No te vayah lejuh, prenda, que vieni el tíu del sebu y te cogi". La abuela lo hacía con la sana intención de tener controlado al niño, todo hay que decirlo.

Por las calles empedradas, como sacados de la edad media, llegaban a los pueblos los mendigos, harapientos y agotados del polvo y la sed de los caminos, relegados a la nada..., a la mínima condición humana, “como el guijarro humilde que en días de tormenta se hunde en el cieno de la tierra”, que diría León Felipe. Llegaban, sí, llenos de alforjas y remiendos en la ropa y en la vida; llegaban con la miseria a cuestas, a pedir las sobras de la propia miseria, a reclamar las migajas de las escasas viandas y andrajos de los lugareños, que en un gesto de lástima les daban un mendrugo de pan, alguna perra gorda y ropa vieja. A los mendigos, en los pueblos, se les conocía con el nombre de "Loh pobrih". Entre aquella corte desaliñada de la indigencia, que eran "loh pobrih", los niños volvían a añadir nuevas piezas al extenso inventario del temor. Pocos eran los críos que no tuvieran miedo a tal o cual mendigo. Me cuentan, aunque apenas lo conocí, que por el pueblo aparecía, de tarde en tarde, un pordiosero llamado Poldo, grande de estatura, desgarbado, con alforjas y sombrerón viejo de paño, que, además, no articulaba casi palabra, llamando siempre a las puertas con dos o tres golpes y una voz misteriosa y profunda que decía algo así como: "Ataaaa yooooo", que una vez descifrado, significaba "Alabado sea dios". Los niños, a Poldo, no le tenían miedo... le tenían pánico, pavor, terror... Cuentan que en cierta ocasión unos chavales subían alegres calle arriba, y, al ver a Poldo en lo alto del barrio, presos del pánico, se metieron en un corral y estuvieron escondidos, acurrucados y temblando, hasta el atardecer, cuando al fin aparecieron, llenos de pulgas, para dar la razón al título de este blog. Poldo, sin embargo, era un alma de dios, inofensivo, inocentón y un tanto retrasado. En Poldo podemos ver la injusticia y torpeza de este mundo, que reputa a los buenos por malos, y a los mismísimos psicópatas por hombres de bien.

Entre el gran elenco de fantasmas y temores, también nos atormentaban con aquellos relativos a la salud. Cada vez que sangrabas por una herida, aparecía siempre, como de la nada, un malicioso palurdo que, con gesto de Neandertal reciclado, te espetaba una cruel y manida frase que oímos de niños hasta la saciedad: "Pol esa jería se te va la vía" (por esa herida se te va la vida). En este tipo de anécdotas recuerdo, de muy niño, haberme tragado un chicle, y llorar amargamente, pues, la información previa que manejaba al respecto, era que los chicles se pegaban a las tripas, provocando la muerte segura en pocas horas. Ante mi desolación, esperaba ansiosamente que alguien me aliviara y desmintiera mis temores, pero sólo encontré a unos muchachones mayores que, con socarrona mueca de asombro, se limitaron a confirmar mi funesto desenlace.

Los miedos infantiles, como ya hemos dicho, abarcaban un amplio espectro de cosas (perdón por lo de espectro). Se tenía miedo de casi todo, de lo real y de lo imaginario; del tétrico hombre de negro, con abrigo largo y sombrero, que te aguardaba al fondo de la estancia, y era tan sólo la sombra proyectada del abrigo y el sombrero del abuelo, colgados en la percha; o de unos pasos sigilosos, que en el silencio de la noche se oían en el desván, y eran los de un felino que vagaba por ahí, en su noche gatuna y arbitraria..., o, quizá, la cabra del vecino, que aprovechó la puerta abierta para subir a la troje a comerse las bellotas, provocando en la familia una escena de película de Hitchcock, con el hombre de la casa subiendo en tensión las escaleras, armado con "calaboza" o escopeta.

Algunas veces los personajes imaginarios eran de cosecha propia, como el vino de pitarra que alegraba la vida de los rústicos vecinos. Mi abuelo, con gran imaginación y afición a las bromas, inventó un personaje al que llamó “Pedrón el de Mohedas”; este tal Pedrón era casi un gigante bíblico..., una suerte de Goliat extremeño con boina y una enorme y sospechosa talega al hombro.

Las piedras eran la defensa económica y accesible de los niños; íbamos provistos de ellas para todas partes, como arma y reminiscencia de la Atapuerca que aún sentíamos cercana. Con frecuencia inventábamos la presencia de brujas que habitaban en corralones a las afueras del pueblo, y procedíamos a bombardearlos con munición de guijarro, sin acabar con ninguna bruja, claro, pero sí con una ración considerable de goteras en el tejado del pobre paisano, que para nada sospechó nunca la presencia de tan espantosas viejas de hechizos y calderos. Cuando un día descubrí los aquelarres y las brujas en las pinturas de Goya, me sorprendió que era todo muy similar a como yo lo imaginé de pequeño, como si, el inconsciente colectivo del que hablara Jung, nos hubiera llevado, a Goya y a un servidor, a comprar en la misma tienda ancestral de los horrores.

En fin, el tema daría para un libro, pero, lo que sí podemos concluir, y en ello estaréis conmigo, es que el miedo, a lo largo de la historia, ha sido muy rentable para unas minorías que nos han mantenido siempre en esa baja vibración que interesa a sus designios, aderezado todo con una buena dosis de engaño e injusticia. Decía el genial Quevedo aquello de: “Vinieron la verdad y la justicia a la tierra; la una no halló comodidad por desnuda, ni la otra la halló por rigurosa”.

Ya al atardecer, entre la niebla del invierno, las brujas cerraban los portones de lúgubres corrales de piedra vieja y musgo, y se perdían para siempre en las calderas y trébedes del tiempo, dejando paso a nuevos miedos, a miedos más sofisticados y eficaces, a miedos más de este tiempo, apoyado también, como siempre, en la mentira y la ignorancia.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com

viernes, 29 de noviembre de 2013

Los vigilantes del melonar


Nada que ver con ninguna serie hortera de la todopoderosa industria televisiva americana, con bellezas exuberantes y plastificadas, sino más bien con la marginal y “nadapoderosa” industria extremeña de la indigencia, que nos hacía custodiar los escasos bienes agropecuarios, en una dura batalla existencial propia de aquellas tierras de surco, cebolla, patatal y melonar.

Pues sí, como bien habéis adivinado, estos otros vigilantes nativos eran, mayormente, de porte aldeano, de boina pasada por tierra de cortinal, de pantalón de pana zurcido en solana invernal, y colillas de Celtas Cortos, o Ideales, en la comisura de los labios. Vigilaban, sí, el melonar, el sandial, el patatal, el trigal, el huerto, la viña, los higos…, y se vigilaban los unos a los otros, en un estado natural siempre en guardia, que es el estado que nace del polvo viciado de la desconfianza.

Algunas noches los campesinos dormían a campo, y no por el placer al uso en nuestro tiempo, sino, una vez más (y ya tan remachado aquí), por simple y pura necesidad. Casi todo en aquel tiempo era por necesidad, excepto algunas pocas y pequeñas cosas que, por tanto, se disfrutaban con el júbilo que brota de lo excepcional. En verano se dormía en el melonar, para preservarlo de los hurtos que nacían, a veces, de la pura rapiña, pero otras, las más, de la propia penuria, casi idéntica entre el raterillo y el dueño de tan parcos bienes. Era una lucha de remiendo compartido, donde no hurtaban pobres a ricos, sino pobres a menos pobres; eran los Rinconete y Cortadillo de Cervantes, frente al minifundista de la nada; los pobres de los cuadros de Murillo frente al recto labrador de la pena y la quimera, enfrentados en la áspera soledad de un surco provinciano; eran, entre todos, el Carpanta de José Escobar comiendo el muslo de pollo bajo el puente de los sueños y el deseo.

En alguna ocasión, sin embargo, el dueño del fruto tenía un cierto grado de empatía con la necesidad de sus semejantes. Contaba mi abuelo, con ironía magistral, que cierto paisano de su tiempo (cuyo nombre omitiré), un buen día descubrió a un par de famélicos hombres de posguerra comiéndole los higos de una higuera. Este buen lugareño, sabio y genial en muchos de sus lances, decidió permanecer oculto y en silencio, sabedor, ciertamente, de que el hambre se repartía entre las personas de aquel tiempo con la misma "generosidad" que la opulencia en los sacos de la usura.  Allí, escondido, observó cómo los comensales disfrutaban de su improvisado trofeo de saqueo estival y silencio de siesta. El hombre, oculto, con sonrisa cómplice, disfrutaba al ver a aquellos pobres diablos saciarse en detrimento propio. Pero, hete aquí, que una vez ahítos del preciado fruto, los raterillos comenzaron a comer y a tirar los pellejos de los higos de manera rápida y desordenada, con lo cual, el ponderado y virtuoso hombre, salió al encuentro y les gritó: “¡Alto ahí!, hasta ahora he visto que habéis comido limpio y bien, y me hago cargo, pero este derroche ya no lo puedo consentir”.

En los días de mayo se cuidaban los campos de cebada y trigo, pero esta vez no del hurto sigiloso del humano, sino del expolio inocente y frugal de los pájaros, aquellos denostados duendecillos del aire, que bajaban, también, a compartir la fiesta antagónica de la supervivencia. Esta otra suerte de custodia solía tocar a niños y mujeres, mientras los hombres se afanaban en tareas de más envergadura. Ahuyentar a los pájaros, en extremeño, se llamaba “Joseal pájaros”. El término “joseal” provenía de "oxear": espantar aves domésticas. A los pájaros se los “joseaba” con gritos, tocando palos en “calambucos de lata”, moviendo campanillos y con toda clase de artilugios de percusión rural. En algunos casos se intentaba disuadir a tan esquivos personajes mediante el uso de espantapájaros, pero con poco éxito. El espantapájaros extremeño, como podéis imaginar, nada tenía que ver con su homónimo del cine americano, grande y bien alimentado, que simulaba a un robusto granjero, o al mismísimo tío Sam. El espantapájaros nuestro, era un triste y flaco muñeco local, desnutrido, “renegrío”, famélico y taciturno; quizá por eso los pájaros, al final, se posaban en él como en una rama más de tantas, dejándole su consiguiente regalo excremental. Nuestro muñeco labriego estaba hecho tan sólo con un par de palos en forma de cruz, un pantalón de catorce remiendos y un saco roto de esparto como vestimenta, junto a un humilde y ajado sombrero de paja, que había sufrido el paso de varias eras… eras de trilla y parva, se entiende. Era un muñeco, en fin, crucificado al sol, como una clara metáfora de la inclemencia de aquel tiempo.

En la batalla sin cuartel frente a los pájaros, algunos campesinos, incluso, optaban por colocar una especie de pequeño cañón, que sonaba a lo lejos tímido y tembloroso, y que apenas espantaba a los pájaros, sino más bien a los burros que iban por los caminos, o a las mujeres con el baño de ropa a la cabeza, cuyo baño, ante el susto, acababa por los suelos en no pocas ocasiones.

Por las hermosas tardes de aquellas primaveras de trigales y espigas, se escuchaba un festival de ruidos aleatorios y gritos descompasados: ¡¡Ojooooo, pájaruh revolanderuh, que soh coméih la cebá de mi agüeeeeluuuuu!!; ¡¡Ojooooo, pájaruh culonih, que soh coméih la cebá y moh dejáih loh troncoooonihhhhh!!  Y realmente era así, los pájaros dejaban los troncones a los pobres paisanos, los troncones figurados de la miseria, los del rigor mortificante de la desesperanza.

Los niños corrían gritando a los pájaros, los pájaros volaban y volvían, la primavera era una romería convulsa y contradictoria, un festejo de flores, belleza y escasez. Los niños, como siempre, revertían todo aquello en jolgorio y alegría. No hurtaré unas espigas, no, pero sí unos versos a Juan Ramón Jiménez que dicen: “Yerra la primavera, es la fiesta del que corre y del que vuela”.

La primera noche que un niño duerme al raso en nuestros días, suele ser en campamentos de verano, en cambio, en aquel tiempo, la primera vez, era más bien una noche con el abuelo en la era, o en el melonar. En la segunda opción fue mi caso. Allí, también, fue la primera vez que quedé absorto, instantes antes de dormir, mirando boca arriba el firmamento. ¡Qué inmensidad inalcanzable!; parecía estar flotando por entre las galaxias y no podía entender muy bien, aún desde el prisma limitado de un niño de pueblo, que nosotros, allí, tan a ras de la nada, pudiéramos preocuparnos de un simple melonar; nosotros, sí, pendientes de dos o tres melones arriba o abajo, mientras en lo más alto se debatía la distancia sideral de los astros. ¿Cómo creer que aquello fuera tan sólo fruto de la casualidad? Ante aquella inconmensurable y abrumadora magnitud estelar, cabía pensar, tal vez, que el creador de todo aquello, en su afán de magisterio, nos quisiera mostrar (entonces y ahora) la altura exacta de nuestra ridícula soberbia.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com


sábado, 16 de noviembre de 2013

Agua poco corriente



En algunos pueblos, de los tiempos aquí relatados, no hubo agua corriente hasta principios de los ochenta. Es algo que pudiera parecer increíble, sonrojante o hilarante, pero a la sufrida gente de aquella misérrima época, le parecía de lo más normal: qué remedio. Ya los mismísimos romanos, dos mil años atrás, hicieron canalizaciones para llevar el agua a las viviendas, y hasta letrinas para sus momentos más íntimos. Hasta los Vikingos, famosos por su escasa devoción hacia la higiene, colocaban al lado de las casas de madera, una especie de pequeñas casetillas a modo de cuarto de baño. Desconozco los hábitos de lusitanos y vetones, por citar pueblos que habitaron antaño estas latitudes; pero nosotros, una vez más, éramos más chulos que nadie, desafiando la lógica evolución cronológica de la historia. Nosotros, sí, que no éramos romanos, sino más bien espartanos, pero de esparto de “serón y aguaera”; nosotros, sí, que hasta hace poco, conseguimos subvertir el curso normal del tiempo, instalados en una suerte de Pleistoceno tardío, o “Tardopleistoceno”, que resulta más culto.

La carencia de tan vital elemento en las casas, se resolvía de manera poco delicada, pues ya hemos convenido aquí que las delicadezas… y esas tonterías, eran un “bocatto di cardinale” poco frecuente y de mala prensa local.

El agua se acarreaba hacia las casas desde pozos cercanos al pueblo, en una escena puramente bíblica, que recordaba a los paisajes y figuras que podíamos ver en los nacimientos navideños. Por los caminos del agua se cruzaban burros con aguaderas, carretos con bombonas de plástico, mujeres con cántaros en la cadera o la cabeza, portados con “rodilla”, que así se llamaba la almohadilla colocada en la testa de las “jerrizas” y enlutadas mujeres rurales.

En los hogares había una pequeña tinaja de barro, de boca ancha, cubierta con un plato y, encima de éste, un puchero de porcelana, despostillado, que servía para coger el agua y beber todos… ¡sí, sí, todos por el mismo recipiente, faltaría más! Los niños algo más escrupulosos, bebíamos por la parte menos usada del puchero, como, por ejemplo, la zona más próxima al agarradero, aún a riesgo de que algún abuelo te llamase señorito, sarnoso o “tiquihmiqui”, o te dijese cosas como: “Cuandu vayah a la mili te van a quital lah tonteríah”.

La parte más escatológica de todo esto, como podéis imaginar, resultaba, cómo no, a la hora de hacer aguas menores y, sobre todo, mayores. Para estas últimas, los hombres usaban el eufemismo de “ir a tirar los pantalones”, cosa harto difícil, pues en aquel tiempo de estrechez y economía bajo mínimos, no se tiraba absolutamente nada.

Los corrales cumplían la función de letrina sólo para casos excepcionales: niños muy pequeños, mujeres en las noches de lluvia… y para de contar. El resto del personal tenía que aceptar el exilio a las zonas periféricas del pueblo reservadas al efecto. No es que hubiera una adaptación municipal sobre el asunto, ni nada parecido, sino que, estos amplios y desordenados retretes campestres, se establecían de manera tácita por los vecinos de los distintos barrios. Digamos que, cada zona del pueblo, tenía un “defecódromo” próximo, al cuál se acudía por una razón meramente geográfica. Estas zonas tenían nombres del tipo: “El arroyo de los perales”, “Los charcones”, “La cañá”, etc. 

Los lugares anteriormente referidos, solían estar en arroyos con higueras y cierta espesura, para preservar la intimidad de la clientela. El usuario del mencionado sitio excremental, acudía por allí, no sin cierta vergüenza, y la escena era más o menos la siguiente: Se llegaba disimulando, como si no fueras a lo que realmente ibas, sino tal vez a coger... unos higos... o a tapar un portillo de un cortinal, pues se corría el riesgo de que el servicio estuviera ocupado, y, en tal caso, te quedabas en las proximidades, disimulando, como si no fuera contigo la cosa.

La gente un poco más fina solía llevar en el bolsillo, a modo de papel higiénico, una hoja del periódico “Abc”, al que estaba suscrito el abuelo. Pero, una amplia mayoría, solía emplear un útil más común en la naturaleza, que podríamos patentar como… “la piedra higiénica” (imagino a Los Picapiedra en tal lance). La “piedra higiénica” no siempre lo era, pues, una de las mayores preocupaciones del usuario bisoño, era observar con detenimiento el anverso y reverso del reseñado mineral de guijarro o granito, pues no era nada extraño que ésta, la piedra, fuese de uso frecuente, y hasta incluso reciente, y fuera portadora de alguna abstracta obra pictórica de estilo dadaísta. El avezado parroquiano, por contra, solía recolectar “las piedras higiénicas” a una cierta distancia del servicio; es lo que tiene la pericia que nace en las procelosas aguas de la supervivencia. Otro riesgo frecuente era… vamos a denominarlo: “el campo minado”. Había, claro está, un número indeterminado de minas antipersona, generalmente ocultas bajo las hojas de las higueras, con peligrosas deposiciones rurales, que obligaban a levantar el pie como las grullas en las lagunas, o a dar un paso hacia delante, hacia atrás, o hacia los lados, imitando al genial e irrepetible Chiquito de la Calzada. En fin, toda una serie de peripecias que hacían que, los pobres estreñidos de hoy, fueran privilegiados en aquel tiempo.

Si tu dolor de barriga, amigo lector, fruto de la risa que adivino, te deja seguir leyendo, te diré que, todo lo aquí glosado, fue tan cierto como la vida misma. Si imaginamos que, para nuestros abuelos, estos tiempos relatados no eran nada confrontados con los vividos por ellos tiempo atrás, podemos deducir que, los anteriormente mencionados romanos o vikingos, eran puros “metrosexuales” a su lado.

Un buen día, recién entrados los ochenta, se iniciaron las obras de canalización y acometida del agua corriente en los edificios, que marcaron un antes y un después en la vida de tan rudos habitantes. Aún había algunos viejos, de los más duros de pelar, que se negaban a pagar la acometida en su casa, y otros, como mucho, aceptaban la acometida, pero tan sólo instalaban un grifo y un buzón junto a la puerta de la entrada. En cambio, en la mayoría de hogares, se construyeron los primeros cuartos de baño, con numerosas bromas y chascarrillos por parte de algunos ancianos, como, por ejemplo, alguno que, al ver la bañera tan grande, decía cosas del estilo: “Ahí cabemos la mujer, la burra y yo”.

Atrás quedó el baño en el río al acabar la era, los pies lavados en la palangana, el abuelo afeitándose en el viejo palanganero, con la camiseta blanca de tirantes; atrás quedó el agua como un lujo en el exiguo gobierno rural de la pobreza. Ahora, cuando cortan el agua un sólo día, la gente se siente extraña e incómoda..., ¡qué paradoja!

Hemos tirado, metafóricamente, muy pronto de la cadena. “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”, que diría el poeta, pero no está demás reconocer con humildad este pasado reciente que nos muestra el origen de donde verdaderamente venimos.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com

martes, 29 de octubre de 2013

A la lumbre


Nos sentábamos allí, en una estampa tribal de pueblo, alrededor de una lumbre tímida, con un abuelo enyesado en tieso traje de pana, una abuela enlutada en un luto perenne, trébedes cojeando, algún gato “gagiento” y un puchero estañado, para cerrar la imagen. Aquella lumbre, aunque pobre, nos abrasaba mofletes y canillas, al tiempo que un aire inmisericorde nos fusilaba por la espalda a través de una “tallera”, o de una puerta del sereno mal cerrada: “¡¡Cerral esa puertaaa, mee cagueeen en… que entra un airi que afeita!!” Nos afeitaba el aire y nos afeitaba todo…, todo menos aquellas hojillas de afeitar Palmera, raídas de cien usos, que desollaban las caras de los hombres “chiquinos”, sufridos y “rejertes”, legítimos herederos de los venteros de barba espesa que podíamos ver en los dibujos y grabados del Quijote.

Cuántas veces quedábamos en silencio, extasiados, hipnotizados, frente a la llama de la lumbre, dejando al torpe y limitado intelecto en manos de la magia del fuego, que es fuente de calor y vida. En medio de aquel sabio silencio, trascendían los pensamientos mucho más allá de la menesterosa realidad social y cultural que nos tocaba vivir.

En ocasiones nos sorprendía la lluvia y la tormenta, y, claro está, se iba la luz…, una luz trémula, de bombilla de cuarenta vatios, que aprovechaba cualquier desliz para dejarnos. Al momento se escuchaban los truenos y aparecía, por entre las tinieblas, sigilosa, como una aparición espectral, una abuela con el candil de aceite, rezando aquella antigua oración de protección contra los truenos:

Santa Bárbara bendita,
En el cielo estás escrita,
Con papel y agua bendita.
En el ara de la cruz,
Pater noster amén Jesús.

Recuerdo, de muy niño, sentado ante aquel fuego, mirar hacia atrás y ver nuestras sombras proyectadas en la pared trasera, como enormes gigantes en movimiento, que amenazaban el sueño infantil, en aquel tiempo en que el susto estaba siempre impreso en el guión. Allí entendí aquello de tener miedo hasta de tu propia sombra.

La chimenea recibía el nombre de “chupón”, que a veces no chupaba, y se formaba una abundante humareda, en extremeño llamada “zorrera”: “¡¡Abril toah lah puertah, que menúa zorrera se ha formau, meee cagueeen toaaa laaaa…!!” Y en efecto, la zorrera obligaba a abrir todas las puertas, por las cuales, de paso, se iba el poco calor que nos quedaba, como un lujo imposible de retener, como un injusto y obligado diezmo a los cuatro vientos, que hace siempre, a los pobres, entregar lo poco que les queda. Así parece haber sido desde la noche de los tiempos.

Quizá no estábamos tan lejos (ni lo estamos ahora) de aquel Homo Erectus que descubrió el fuego, y al que apenas permitieron evolucionar, hasta nuestros días, mucho más allá de lo puramente tecnológico, sustituyendo el resplandor del fuego en la cara por el reflejo de una pantalla de móvil, ordenador o tv, en una clara e involutiva conversión hacia nuestra actual y ovina condición de Homo Estupidensis.

En la noche de San Juan, se hacía en las calles una gran hoguera llamada "Sarna". Saltábamos a la Sarna para purificarnos, de no se sabe qué, de no se sabe quién, pero saltábamos alegres en uno de los pocos ratos de distensión que podíamos vivir, en medio de tanta escasez de recursos y, sobre todo, de espíritu. Una vez más, la lumbre, en este caso grande y generosa, nos daba ese hálito necesario de vida. ¡¡Sarna aquí, sarna allí, sarna en casa de tío Fermín!!

A la lumbre descubrimos el calor necesario, el calor más humano, el calor de la gente; ese calor que, al fin, nos usurparon falsos dioses mundanos, apartándonos pronto de lo más verdadero, y vendiéndonos siempre una alquimia invertida, que nos cambia nuestro oro por un plomo de nada, pero claro, eso sí, muy bien publicitado. Desde aquí clamo y pido por las cosas cercanas, esas que no nos cuestan, ni nos dan frustración a cambio de dinero. Y así vamos pagando a precio de diamante la escoria más vulgar. Valga el sabio refrán que viene tan al pelo a estas lumbres por aquí retratadas, y que a la letra dice: “El que va a por leña verde, cuanto más anda, más pierde”.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com

viernes, 4 de octubre de 2013

Gatos por los tejados


Aún nos queda en la retina de la infancia la imagen de los gatos por los tejados; aquellos tristes personajes sarnosos y escuálidos que deambulaban indiferentes entre las chimeneas, como pequeños diosecillos paganos de un desaliñado Olimpo de tejas.

Nacer gato en aquel tiempo no era nada aconsejable. Era una corta vida expuesta a no pocas tribulaciones, de una aguerrida Extremadura de remiendo de pana y rostro curtido, que aún atisbaba cerca el hambre de posguerra en una triste mueca de supervivencia.

En aquel tiempo de agresividad, donde la mala leche se cuajaba en el aire y se podía tocar con las manos, los frágiles felinos encontraban en los tejados su particular  burladero. El gato en el tejado se sentía en un plano superior al humano, y divisaba las batallas de las tierras bajas, sabedor de su inmunidad de teja y canalón. Tan sólo, de tarde en tarde, la piedra de algún travieso infante volaba hacia el tejado, pero, acto seguido, una eléctrica abuela, de mandil y alpargata, hacía correr los Sanfermines al intrépido nieto, dejándole el culo tan rojo como el crepúsculo que al atardecer dibujaba la silueta del gato en las alturas.

Los gatos, aunque parezca mentira, en un alarde de fidelidad, pertenecían a casas y dueños que los miraban con indiferencia, y le alternaban la tripa de una morcilla con un puntapié por acto reflejo, sin venir a cuento, en ese absurdo instinto donde el más débil paga siempre la frustración del fuerte.

El gato encontraba su escasa felicidad tumbado a la bartola de un sol otoñal, sobre las tejas rotas de aquel terreno reservado a su estirpe, entre botes de lata oxidados y macizas pelotas verdes de zapatos Gorila.

El estado natural del gato extremeño era triste y azul, como la canción, sin derecho a filiación ni un nombre que le sacase del anonimato, lejos de la Zapaquilda de Lope de Vega, o el televisivo gato Isidoro. Era un gato anónimo, indigente, con una vida, en cambio, rica en aventuras y sorpresas…, sobresaltos, mayormente. Aquel gato, contraviniendo a Ortega, no era ni siquiera él, sino tan sólo su circunstancia.

Cada vez que el gato descendía a las virulentas calles rurales, a través de una ventanilla de piedra, encontraba un amplio abanico de percances: un palo criminal proyectado desde una esquina, una piedra voladora inesperada, unos botes de lata atados al rabo,  un zapatazo de bordeguín cosido y engrasado por zapatero rural, o, la peor de las pesadillas, la persecución de un famélico perro que hacía correr al gato hacia una parra cercana, previamente localizada, que daba acceso inmediato a su reino apacible de barro y chimenea. Se diría que la parra era el cordón umbilical entre el cielo y el infierno.

Había una época del año en la que el gato estaba obligado a frecuentar más a menudo la cruel tierra baja, y era la época de las matanzas. Aquellos días eran su temporada alta de desperdicio por alimento, con riesgo asumido. El gato firmaba una cláusula en la que aceptaba jugarse el pellejo a cambio de algún cacho de resto porcino que hiciese cambiar, aunque sólo por un tiempo, su pelo de tiña.

Los gatos eran esquivos, ¡cómo no iban a serlo!, con tantas sinrazones en su entorno. En alguna ocasión recibían una breve y amigable caricia en su lomo, pero los gatos no bajaban la guardia, sabedores de que aquello era una excepción en un mundo de lucha y acechanza rural.

Pero un día, como tiene que ser, las cosas cambiaron. Aquella inhóspita tierra baja se tornó en tierra media de Tolkien, y fue girando poco a poco a tierra amable; las calles se fueron asfaltando horteramente, y los palos y las piedras no hallaron ya lugar. La mala leche se fue dulcificando hacia leche merengada y,  por si fuera poco, los perros fueron confinados al extrarradio, en enormes naves poligoneras, donde pasaron a canalizar su cólera como desafinados tenores en interminables noches de luna llena, interpretando obras del inédito autor ruso “Porsakoski”.

Un buen día aparecieron por el pueblo unos extraños personajes gordos, de porte altivo, perezosos y bien acicalados, que alguien denominó gatos siameses. Eran felinos aristócratas, de monóculo y ropa de marca, que apenas inquietaban al gato autóctono, pues, los citados siameses, no tenían interés en las cosas rurales y mundanas, ni agilidad para usurpar el espacio atávico del gato de tejado.

Aún quedan gatos castizos por las alturas, herederos descafeinados de un linaje que entregó su pellejo, en un tiempo en que sus coetáneos humanos tan sólo vivían ligeramente mejor que ellos.

Valga este homenaje al gato sin pedigrí, gato extremeño de teja y musgo, de mirada evasiva, de pelo sucio chamuscado al tizón invernal, de tarde de lluvia triste e inspiración machadiana: “Gatos de las márgenes del Alagón, conmigo vais, mi corazón os lleva”.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com

miércoles, 2 de octubre de 2013

A boti boti


Bellas eran las tardes rurales de aquella infancia de los 70, donde los niños vivíamos la calle entre piedras, palos y numerosos juegos de imaginación y contacto humano. Vivencias todas muy distantes de la actual propuesta de gasto y fasto para el divertimento. Pero no todo era trigo limpio, cierto es. Debajo de aquellos juegos subyacía una violencia antigua y rayana en lo brutal y primitivo; heredera de aquella España celtíbera, de aquella Lusitania ruda y pastoril, que hace pensar por qué Viriato, quién sabe, pudiera haber surgido de estas tierras y no de otras.

Los niños éramos muchos. Fuimos los hijos de la gran natalidad promovida por el régimen y la iglesia, con películas de Paco Martínez Soria o Pepe Isbert  (tenían su gracia, hay que decirlo) aunque a los pueblos apenas llegaba la tele ni el incipiente y gris aperturismo de los exiguos “planes de desarrollo”, con horteras de playa y suecas en Benidorm. En medio de aquella vorágine muchachil, la diversión se resolvía, con frecuencia, en una descarnada y frontal lucha de supervivencia. Los juegos eran bruscos: desde “Mosca parió mi burra”, donde muchachones mayores saltaban sin compasión sobre la espalda de niños (niños-burra), con la clara intención de derribar y hacer daño. “El marro”, donde una cadena humana cerraba las calles al último náufrago con el único propósito de atraparlo y lincharlo a golpes y patadas. “Reliqui reliqui, si te pica que te piqui”, en el cuál la víctima que se la quedaba, era objeto de toda una secuencia de espuelas, culadas o derribos: “¡¡ La primera sin topal, la segunda culá que te junda, la tercera se da lo que se quiera, la cuarta culá que te parta, la quinta reliqui reliqui si te pica que te piqui, la sehta puñuh en cehta,!!” etc. Otra serie de juegos similares como “El corchu y la tapaera” o “A contrabandu”, completaban la agresividad ancestral transmitida de generación a generación.

Los roles estaban perfectamente definidos. Mientras los niños se empleaban en rudezas varias, las niñas saltaban a la comba o cantaban, muy femeninas, canciones de corte amoroso y comprometedor: “¡¡Si piensa en fulanita, fulanita no lo quiere, y el pobre fulanito de pena se muere!!” Y el citado fulanito, “roju comu un berruecu”, la emprendía a patadas con las niñas cantoras en un sobrado alarde de supremacía varonil.

Por contra estaba la alternativa de algunos juegos digamos... unisex, claramente mal vistos por el ala dura de los muchachones más representativos del grupo.

En numerosos juegos rurales había un denominador común que era “la majá” (la majada), lugar de refugio de los participantes, que dejaba entrever el marcado origen pastoril de los juegos. En “la majá” nos refugiábamos entusiasmados como lo hicieron  antaño los hijos de pastores y cabreros, o como lo hacen ahora los hijos de médicos o informáticos cada vez que les enseñas estos mismos juegos en campamentos o colegios. Hay cosas que son impermeables al tiempo, siempre y cuando tengamos la intención de preservarlas. Seguramente la industria del juguete y los grandes almacenes tengan una idea divergente y claramente interesada al respecto.

Me vienen a la memoria juegos especialmente entrañables, como “Manda quitali”: “Manda quitali, manda el fraili; que ha dichu el padri San Francihcu que vayáih a tocal el canalón de tíu Tomáh”... En fin, “La bombilla”, “Ehcondi correa”, “Treh marinuh a la mal”, etc. Pero, si tuviera que citar un juego recurrente y participativo de aquellas tardes ásperas y a la vez hermosas, ese sería, sin duda "Boti boti" (Bote botero); y no sólo por el juego, sino por el bote en sí y lo que éste representaba en aquella  Extremadura de palo y barril.

Encontrar un bote era tarea relativamente fácil. El bote de lata era todo un símbolo, un icono rural, polivalente y mísero, que lo mismo servía de azucarera o recipiente de legumbres, como depositario de bellotas y cebada..., o improvisada caja de herramientas oxidadas. El bote era algo, era alguien. No resultaba extraño ver a  niños por las calles pregonando botes nuevos como el que pregona lechugas: “¡¡A loh bueeeenuh booootihhhhhhhh!! Y alguno vendían, si.

El bote, en última instancia, era pasto de la calle. Lo buscabas para jugar a "Boti boti” y lo encontrabas allí, abollado, entre ortigas y cagadas de perro secas. Lo cogías con la emoción del argonauta que encuentra el vellocino, y lo mostrabas triunfante, pero, acto seguido, tu gozo en un pozo: aparecía siempre otro niño con un bote mejor que el tuyo, pues los botes brotaban del suelo por generación espontánea, al tiempo que destellaban rutilantes en los tejados, con los rayos del sol, junto a chimeneas y gatos secos.

El bote de la calle era un bote que había dado su carrera. Era echado del hogar como un hijo bastardo de lata al que no se quiere, y deambulaba por las calles de patada en patada, o atado al rabo de algún gato que corría despavorido.

El deterioro del bote te daba la medida de su bagaje callejero. Lo mismo se llevaba patadas en “Boti boti”, que de cualquier niño transeúnte, que, quizá, viendo al bote aún más débil que él (qué paradoja) le daba una patada más de tantas, cambiando la ubicación de su destierro, mientras el bote se vengaba, a la vez, despertando de siesta al propio y rudo campesino que lo echó a la calle, en un extraño y cerrado círculo de iras y resentimientos. Y así, de esta manera, íbamos sobreviviendo y dando carpetazo a unos años tan literarios y bellos como duros y difíciles, aunque, quizá, menos que los actuales, qué ironía.

Cuando las tardes y los juegos terminaban, el bote se quedaba en la calle, huérfano de corral, y los niños nos íbamos a casa entre olor de cabra y humo de chimenea, con la luz crepuscular colgada en los tejados.

Cuantas veces, al recordar esas tardes de dureza encarnada y belleza contenida, me vienen a la mente unos versos de Machado (“Por tierras de España”), de marcado entorno rural, que dicen:

Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta,
- no fue por estos campos el bíblico jardín-:
Son tierras para el águila, un trozo de planeta
por donde cruza errante la sombra de Caín.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com

Dando la matraca


Ser monaguillo no era cualquier cosa, era otro nivel infantil en aquella Extremadura puesta en la sima de la propia España profunda. Un buen día, un amigo tuyo hablaba con el cura, y ya está, así de fácil; a partir de ahí pasabas a formar parte de una especie de logia rodeada de ritos, atuendos, olor a cera y humedad de piedra centenaria. En fin, grandiosidades que para un niño marcaban, de golpe, un antes y un después, un punto de inflexión que subía la autoestima de una infancia menoscabada, donde cualquiera podía darte un capón en plena calle con el beneplácito de tus progenitores.

La fe, a decir verdad, era un tanto confusa, pero el hecho de verte por allí arriba, en las inmediaciones del altar, formando casi parte de lo sagrado, te daba un no sé qué de importancia y vanidad, que te hacía sentir sensaciones nunca más repetidas el resto de tu vida. El monaguillo, no obstante, era un personajillo irreverente que se burlaba de casi todo, y su principal preocupación era controlar en todo momento la risa, ante tanta ampulosidad y respeto circundantes, o ante un señor gordo, con papada, que sacaba la lengua con cara de chiste al comulgar.

El monaguillo vivía su aventura en aquel gran parque temático que era la vieja iglesia de piedra raída por los siglos: se tocaban las campanas subiendo escaleras de caracol a oscuras; se recreaban leyendas de un tal San Botón, que cobraba vida y te daba un cachete al pasar; se vivían grandes misas de Semana Santa, con olores y parafernalias imposibles de olvidar... Todo era grandioso; aunque en más de un caso el monaguillo era víctima de un sacerdote con vocación de karateca, que la pegaba con el acólito en la sacristía, por no haber tocado la esquila así o asá. Pero no importaba, todo lo superaba el hecho ser tuerto en el país de los ciegos, de ser alguien en el país de "los nadies", que diría E. Galeano.

Las misas, en los setenta, aún eran multitudinarias, y el cura del pueblo representaba todavía una alta personalidad en la escala social del momento. El monaguillo intuía todo esto, y sabía que el hecho de estar al lado del cura (ser una especie de valido suyo), le otorgaba un halo de protección que él percibía perfectamente, por muy niño que fuese.

El cura, en un extraño afán de equidad divina, repartía hostias consagradas de la misma manera que sin consagrar. Los beneficiarios de las primeras eran los adultos, los de las segundas, éramos nosotros, los monaguillos. Pero ese riesgo era algo que formaba parte del juego, y que nosotros estábamos dispuestos a aceptar, como acepta el montañero el riesgo de la cima.

En los días de Semana Santa, quedaban mudas las campanas, dando paso a “las matracas”: artilugio rústico construido con tres tablas que percutían entre sí, y que servían para que nosotros, por las calles, anunciásemos los distintos oficios y misas, cosa que era lo que menos nos preocupaba, pues la emoción real era el hecho en sí de hacer ruido y “dar la matraca” (de ahí la expresión). La iglesia y la ceremonia alcanzaban el cénit, y nosotros la máxima realización personal como apócrifos personajes de una doctrina que, de alguna manera, secundábamos por tradición y rutina, sitos a la diestra y la siniestra de un sacerdote que, en algún caso, para nada se esforzaba en seguir los “caminos del Señor”.

Pero felices, realmente éramos felices. La felicidad, pienso ahora, es una simple lotería ajena a toda lógica, que te toca, o no, en el rincón más inesperado.

Mientras tanto, las cigüeñas crotoraban en el campanario, la iglesia renacentista añadía unos años más a su longeva piel añeja, y los monaguillos iban dando paso a otras generaciones de acólitos, cada vez más menguadas en número y vocación, en un lento transcurrir de años anodinos.

Ahora mismo, es casi una quimera encontrar un monaguillo. La actual sociedad, apuesta por un ateísmo falto de contenido, acicalado de tarots y esoterismos variados como alternativa, y una absoluta idolatría hacia el dinero. Nos quitaron la espiritualidad, y no nos dieron nada a cambio. Ahora andamos por ahí, como modernos monaguillos del vacío existencial. En algunos libros, como "San Manuel Bueno Mártir", de Unamuno, se entiende bien todo esto.

En fin, el que suscribe, fue monaguillo tres años y feliz otros tantos, en una época mísera, donde la gente suplía con imaginación y entusiasmo la falta de medios, la falta de tele... y de “tela”; donde los niños, sin Playstation ni smartphones, saltábamos paredes de campo y vivíamos plenamente el color y el olor de las cosas. Podéis ir en paz.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com

martes, 1 de octubre de 2013

La solana


Aún anda por ahí un vídeo de un sainete de ambiente rural que realizamos, en los años 80, un grupo, ya entonces anacrónico, de jóvenes entusiastas, preocupados por el tipismo y esas cosas. Se titulaba “Un rato en la solana”, e intentaba reflejar exactamente eso: un extracto de apenas quince minutos representativos de lo que en una solana de la época acontecía. Pues, en los años 80, aún quedaban algunas solanas de las de siempre, de aquellas de toda la vida. Ahora es difícil verlas. La solana tradicional, era una pared de piedra, más bien alta, con una cara resguardada del aire cierzo, que daba cobijo a una hilera de mujeres hacendosas, o ancianas de luto, zurciendo medias sobre bombillas fundidas, o remendando la posguerra en forma de retal de pana. La solana era, sin duda, la cara amable del invierno, una forma natural y simple de burlar el frío y abrirse a la hospitalidad de un sol que, ajeno a todo, se repartía generoso como el pan de los pobres.

 A veces, junto a aquellas mujeres, se secaba al sol un viejo nonagenario, padre, a su vez, de alguna “joven anciana”, junto a un tontillo del pueblo, cuarentón, asustadizo y entregado a los designios de una madre zaragatera. Para completar el cuadro, no faltaba un perro seco, aletargado al sol, y un niño barrigudo, de “jarapal salíu”, comiendo migajones de pan, entre moscas y mocos a la par, y la mirada atenta de su abuela. Todos ellos, desde por la mañana, maduraban al oriente en una antigua relación de piedra, sol y vida.

Detrás de la pared, solía haber una higuera, con un gato “sarnosu” buscando pájaros y langostos como única alternativa a la exigua ración de tripa de chorizo.

Las mujeres decían en extremeño cosas del tipo: “Voy a tenel que ili aviandu la comía a ehti hombri, que ehtará al venil ca y cuandu”. O bien: “No sé, paeci que barruntu demuación”. O quizá: “Antiel llamó la muchacha, y dici: ‘¡Mu bien mama!, la señora moh tieni una llavi a ca una, pa que entrémuh y salgámuh cuandu querámuh...’, así que dici que ehtá bien contenta”. 

A veces un silencio total inundaba la solana, y era sutilmente roto por una “mujerina” que decía algo así como: “¡Hay que vel cómu rejundin ya lah tardih!” Y en efecto, las tardes “rejundían”, al contrario que la vida y el tiempo, que tienen un crédito demasiado corto para mantener en pie solanas y tradiciones varias.

Aquellas solanas que tú y yo conocimos, ya apenas existen. Su estampa costumbrista (antítesis de “Las meninas” de Velázquez), se hizo soluble en el tiempo y acabó desapareciendo, incluidas la pared de piedra y la higuera, suplantadas por la casa de ladrillos de colores y jardineras blancas con motivos egipcios. Las antiguas solanas, siempre me recordaron aquel poema de Juan Ramón Jiménez de “El viaje definitivo”, que decía aquello de: “Y yo me iré, y se quedarán los pájaros cantando; y se quedará mi huerto con su verde árbol y con su pozo blanco.” O también: “Se morirán aquellos que me amaron, y el pueblo se hará nuevo cada año (...); ... y tocarán, como esta tarde están tocando, las campanas del campanario”.

Decía Don Quijote (sabio Cervantes) que: “En los nidos de antaño, no hay pájaros hogaño”. Por eso, es cierto, que todo lo que se va no vuelve, y, seguramente, tenga que ser así. Pero los incorregibles nostálgicos que aún cantamos al recuerdo, tenemos la obligación moral de guardar una memoria y un espacio de aquellas cosas que, por encima de las miserias del pasado, tuvieron también una lírica (y a veces una épica), y merecen, sí, un humilde sitio en la intrahistoria de nuestras vidas.

Ahora, los ancianos, se sientan en sofisticados bancos municipales, en una suerte de nuevos mentideros al uso, que nadie calculó teniendo en cuenta los aires del norte, mira tú.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com

lunes, 30 de septiembre de 2013

Las bombillas de plato


Estaban allí, como la versión rural y “jerriza” de un “Art Nouveau parisino” sobre la esquina de un corral extremeño. Alumbraban poco, cierto es, pero su luz tenue dejaba un halo de romanticismo decimonónico en aquellas calles de pulgas, perros, puertas de hojalata y niños con pocas tonterías.

Eran, claro está, “las bombillas de plato”. Un plato de porcelana y una castiza bombilla, colgando ambos de un simple tubo sinuoso. Para qué más. El plato de porcelana simbolizaba, tal vez, el plato familiar y único donde se arrebañaban con pan los restos paupérrimos de la posguerra, aquí traducidos a la mínima expresión de luz.

Nunca faltaron unos padres que colocaban, como límite horario, el regreso a casa “Al encendelsi lah lucih”. Las luces marcaban un antes y un después entre el casto día y la noche prohibida, en un tiempo austero donde los relojes eran un lujo aún lejos de suplir los alevosos campanazos del reloj del campanario.

Bajo la luz de estas bombillas pasaron burros enanos montados por viejos con vardasca y semblante adusto; mujeres de negro con la imagen de San Antonio al costado, de paso corto y vivo, como unas "rejiletas"; hombres rudos con cigarro en mano y cabeza gacha, que saludaban, sin mirar, con un entrecortado y seco golpe gutural; niños “renegríos” llenos de remiendos, provistos de “tiraol” (tirachinas) y una mueca por sonrisa, en un entorno donde la sonrisa se vendía cara y hasta estaba mal vista. Bajo aquella luz pasó, no hace tantos años, toda una forma de vida y de miseria, y las luces eran pobres como pobre era la vida.

Al “pardeal” (atardecer), a la vez que las luces, venían las cabras, buscando sabias su corral, y el pueblo se tornaba en un fluir de vida, con niños, perros, garrapatas, burros, gentes..., como si la vida, siempre, pugnara por salir a flote de entre todas las penurias. Cuando volvían las cabras, “rejollaban” los cercos de las casas y se comían los geranios de las mujeres distraídas que, al salir a la puerta, gritaban: ¡¡ Alalma quien lah crioooooo!!, comprendiendo, quizá, que el geranio era demasiado bello y frágil para salir indemne en aquella vorágine de supervivencia.

En las largas “invernah” (ahora llamadas temporal), las luces se iban con la misma facilidad que volvían. Nunca faltaba en esas noches un hombre viniendo del “tinao” con un gran paraguas de familia numerosa, guiado por la tímida luz de la bombilla de plato, cuya luz se iba y, al instante, éste, “trompicaba” en una piedra y metía el pie restante en un charco, al tiempo que, en ininteligible graznido, se defecaba en el supremo creador... haciéndose la luz nuevamente.

En las noches de verano, cuando la tele aún no era tele, la gente salía al fresco bajo estas mismas luces, y los novios buscaban la oscuridad abundante entre los grandes trechos de bombilla a bombilla. Los abuelos te contaban cuentos de lobos, y al hacerse el silencio, llegaba al pueblo el ruido de las ranas en las lagunas. El encanto estaba servido. Qué fácil, pienso ahora, sería conjugar el progreso con lo bello perdido.

Un día, como sin avisar, empezaron a brotar de las paredes, cual punta de galeones, unos enormes focos metálicos y fríos, que irrumpieron con arrogancia hortera y funcional, dándole al pueblo una excesiva y gélida luminaria de polígono industrial. Mosquitos y “saltarrostros” hicieron sus maletas y, en una diáspora imprevista y noctámbula, se mudaron de luz. Allí quedaron las bombillas desnudas y apagadas para siempre. Por no acordarse, no se acordaron (por fortuna) ni de quitarlas. Aguantaron a los años, como olvidadas gárgolas de catedral pagana. Causaron baja al mismo tiempo que el corral o la casa, sin que nadie se percatara de su última presencia en el derrumbe o “farrungue” del sentenciado edificio. Podían haber sido víctimas de la brava puntería de algún “tiraol” canalla, pero éstos, los “tiraoles”, se fueron de la mano de las bombillas, fumando la pipa de la paz y el olvido.

Ellas fueron, ya veis, nuestras luces de candilejas, las luces breves y amarillas de un pasado de hambre y esperanza. Aún queda alguna por ahí, como reliquias marginales en la esquina de algún antiguo corralón. Si veis alguna, miradla con disimulo, que no note que la miráis y sabéis que está ahí. Miradlas de reojo y no digáis a nadie nada. No vaya a ser que a algún moderno concejal de urbanismo se le ocurra decir con “sutileza”: ¡¡Quital esu de ahí a tomal por culu!!

Yo, lo confieso, las quise un poco y las quiero, pues alumbraron tiempo atrás lo que ahora, en fin, ya solamente son recuerdos.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com