sábado, 27 de mayo de 2017

Pobreza y dignidad



Sonaban dos golpes en la puerta, y un niño corría presto a la llamada..., el niño se frenaba en seco, y regresaba entre asustado y sorprendido, gritando a los presentes: "¡¡Eeeeeh un pooobri...!!" La madre buscaba en la alacena algún trozo de pan, y caminaba hacia la puerta con paso vivo y actitud resuelta, a depositar el pan, acompañado de una moneda de dos reales, sobre la mano temblorosa del mendigo, que respondía con voz ronca y gesto de ternura: “Dios se lo pague”.

Los personajes protagonistas de este texto, ya hicieron acto de presencia en relatos anteriores, de manera fugaz y como actores secundarios, pero merecen un recuerdo especial y detallado. Eran ellos, sí, aquellos que la gente de las aldeas norteñas llamaban "loh póbrih", y algunos más castizos en el habla, lo dejaban directamente en "loh próbih..."

Los pobres eran ya como un poco nuestros, formaban parte del paisaje callejero, y con cierta periodicidad aparecían en escena por los pueblos. A los niños, como ya contamos en alguna ocasión, nos daban miedo por su aspecto desaliñado, la barba impropia de aquel tiempo, y el semblante en penumbra bajo el sombrero, que les daba un toque tenebroso. Por otro lado, sus ropas andrajosas y puestas de cualquier manera, les conferían un aspecto entre cómico y grotesco. Al margen de todo lo anterior, los pobres nos tansmitían una extraña y serena inocencia... Con ellos aprendimos, más bien pronto que tarde, que la indumentaria y el aspecto físico no son garantía de nada, y aún menos de bondad u honradez. En cualquier caso, mirándolos bien, sus caras no contrastaban en exceso con las caras curtidas de aquel tiempo, caras con pátina de bronce y sudor, de aquella gente “renegría” que poblaba las calles, con esa peculiar mueca trágica dibujada en el rostro, propia de la España a garrotazos que tan bien plasmase Goya en sus Pinturas Negras.

Vestían ropas desechadas (qué sarcasmo) por los menesterosos campesinos que apenas desechaban nada; generalmente ropas de tallas grandes o pequeñas para sus cuerpos: zapatos rotos, por donde entraba el agua de los charcos; pantalones llenos de remiendos, que podíamos ver puestos a los espantapájaros de los trigales; chaquetas grises y zurcidas, de mangas largas que tapaban sus manos; mugrientos sombreros viejos de paño, de ala redonda y caída, que algún labriego les entregó...; y las alforjas, claro está, portadoras de “regojos” de pan y perras gordas de aluminio..., pues ellos, sí, para aquel viaje necesitaban siempre alforjas.

Eran mendigos de puerta en puerta. Algunos llamaban con el propio “palitroqui” que usaban para el camino. Sonaban los golpes sobre las maderas deslucidas, acostumbradas a recibir leñazos de toda procedencia... Solían llamar a la hora de comer, que era tal vez cuando los paisanos más andaban trasteando por casa... Extendían sus manos agrietadas, negras, sucias de tierra y limpias de codicia, y recibían en ellas alguna perra chica, o un “zalico” de pan, puede que acompañado de una tajada de tocino, o un trocillo de morcilla, en el mejor de los casos.

Apenas eran muy distintos de los mendigos medievales que llamaban a las puertas de los conventos franciscanos... Parecía como si aquellos mismos pobres se hubiesen perpetuado en el tiempo, y aún estuviesen llamando a nuestras casas.

Desde la rama de una higuera, un gato escuálido y famélico observaba el paso del mendigo, y ambos cruzaban una mirada cómplice, una mirada entre iguales, propia de dos destinos condenados a la misma suerte de fríos y penurias, como dos miembros de un mismo club, el club de los desheredados de un tiempo ya de por sí pobre y limosnero.

Los pobres que conocimos, salvo alguna excepción, eran poco pícaros, pues la necesidad era tan evidente, tan verdadera, que no necesitaban recurrir a sofisticadas artimañas; tan sólo alguna excepción había, como en todo..., tal vez de algún conocido borrachín pedigüeño, aficionado a humildes vinos taberneros, vinos peleones capaces de hacerle olvidar su desarraigo vital, su soledad de palo y camino... Nada que ver, por tanto, con algunos granujas actuales que han hecho de la falsa mendicidad una forma de vida, hasta con mafias y redes organizadas en algún caso, ni con aquel "Guzmán de Alfarache" y demás ingeniosos truhanes y mendigos de la picaresca española del Siglo de Oro.

Nuestros pobres eran vagabundos comarcales de corto recorrido. Procedían de pueblos cercanos, de manera que en el mismo día podían regresar a casa..., ¿he dicho a casa?, qué ironía, pues muchos de ellos apenas tenían un techo donde meterse. Algunos se alojaban en chozas o “caserucos” medio caídos, con tejas rotas y agujeros generosos en el techo, por cuya pantalla tridimensional aparecían rutilantes las estrellas, esas que, a buen seguro, tanto añoraban visitar un día.

Los pobres evaluaban las puertas de las casas, recordándolas de un año para otro, y en sus bases de datos probablemente aparecían las puertas más generosas, así como aquellas otras donde resultaba en vano perder el tiempo golpeando.

Algunos mendigos tartamudeaban..., les faltaban brazos, dedos, ojos..., padecían cojeras..., y arrastraban taras de lo más variado..., incluso retrasos mentales que les permitían cumplir el papel de bufones, conscientes, quizá, de que así despertaban mayor simpatía entre los aldeanos, a la vez que lástima, claro, pues de esta última dependía su propia subsistencia... Deambulaban por las calles a trancas y barrancas, entre rollos, barros, langostos, gallinas y gorrinos que comían en las pilas de granito el “verbajo” que en más de un caso hubiese sido un plato suculento para el propio indigente... También encontraban al paso mujeres de negro junto a la cortina de la puerta, que se disculpaban ante ellos con un escueto y avergonzado "perdone usted por dios..."; aunque a veces era tal la estrechez de algunas casas, ciertamente, que no había razón casi para la disculpa.

Tal vez muchos de los pobres estaban tan necesitados de afecto como de comida, que ya es decir..., pues es bien sabido que el ser humano ha sido mendicante de cariño tanto o más que de viandas.

No resultaba extraño ver a niños de la mano de los pobres, pues los niños siempre despertaban en mayor medida el lado caritativo de la gente. Luego algunos de estos hijos de mendigo se quedaron acogidos en familias de las localidades visitadas, en calidad de "aporijáuh" (prohijados), que para la gente de la época era un tipo de adopción menor, sin perder los apellidos originales. En más de un caso estos niños pasaban a jugar un papel de sirvientes más que de hijos propiamente dichos, realizando tareas domésticas, en el caso de las niñas, o tareas agropecuarias, en el caso de los niños. Algunos de estos pequeños, con los años, encontraron el afecto necesario y se ganaron la condición de hijos, heredando los escasos edificios y minifundios de sus segundos padres...; otros hallaron hostilidad en los hogares de acogida, y su vida tan sólo cambió para bien el día que se casaron con alguna moza o mozo, de aquellos coetáneos suyos de piel trigueña, y llenaron de espigas y panes el futuro de sus hijos, borrando el estigma del pasado.

Algunos pobres eran parcos en palabras, otros eran dicharacheros, y se ganaban al personal a fuerza de halagos y cumplidos. La gente a menudo los llamaba por sobrenombres, y los muchachones (grandes popes de las calles de la burla) los llamaban desde lejos por motes que desataban la ira de los mendigos más irascibles, o el gesto cabizbajo y humilde de los mansos.

Eran “pobres” almas de dios que nunca hicieron daño a nadie; algunos no hurtaban ni siquiera las hortalizas sitas en los márgenes de los caminos... Si alguno, ocasionalmente, cortaba una sandía o un melón, los campesinos no lo consideraban ni siquiera un hurto, sino más bien un acto de suprema justicia, pues tomaban algo que en conciencia les correspondía.

Sus miradas transmitían una paz inusual, raramente encontrada en el resto de la gente, dejándonos claro, como nos contase Lope de Vega: "Que más vale pobreza en paz, que en guerra mísera riqueza".

La pobreza estaba mal vista en aquellos pueblos nuestros. Eran pocos los que apreciaban la gran lección de dignidad que conlleva ser pobre y honrado a un tiempo, y una gran mayoría intentaba huir de la pobreza. Por desgracia la única fórmula posible de huida, era esconder la propia pobreza; pero la pobreza era como un caballo apocalíptico que cabalgaba a sus anchas por los andurriales..., y emergía desde el fondo de los pozos..., o se filtraba como lluvia por las tejas de los corrales..., o se colaba por cualquier grieta, como el viento invernal por las “talleras” de las puertas viejas. En el momento en que el apocado aldeano bajaba un poco la guardia, zas, allí estaba la pobreza dejándolo en evidencia, asomando la pata por debajo de la puerta... Era un tiempo preñado de ridículos complejos que surgen cuando no se acepta el valor intrínseco de las cosas. Hasta incluso el poco lujo que en ocasiones se exhibía en aquellos ambientes campesinos, no era sino la pobreza edulcorada, maquillada con afeites caseros y disfrazada de noños oropeles. La pobreza era dueña y señora de todos los espacios interiores y exteriores, y caminaba por las calles con la insolencia propia de saberse dueña de aquellos reinos.

Aún quedan personas de cierta edad en los pueblos que recogen de los contenedores de la basura todo lo que encuentran sospechosamente útil, incluidas numerosas cajas de cartón que apilan en las casas, en ese afán de guardarlo todo, como hormigas previsoras, afectados aún por el fantasma de una posguerra tardía, casi crónica, siempre con esa fiel aplicación del refrán tantas veces escuchado a nuestros mayores de: “El que guarda jalla”, y que ahora lo llaman Síndrome de Diógenes.

Fueron tantas y tan largas las miserias vividas, que la gente se apresuró a sacar pecho sobre finales de los setenta, “jaciendu fanfarria” y ostentación de pequeñas cosas materiales, justo cuando apenas empezábamos a salir de "gajeras", con la imagen aún reciente de la leche en polvo americana, servida a la puerta de las escuelas, o la mano debajo del pan para salvar las migas susceptibles de caer al suelo tras el mordisco.

El ser humano ha sido siempre rácano para con sus semejantes, en casi todo, no sólo en lo material. Aquellos que eran portadores de un conocimiento, lo guardaban celosamente; así lo vimos en los secretos de los gremios medievales, y así lo hemos visto en todo orden de cosas. Todos hemos sido mendigos de algo, y en menor medida dadivosos. El mundo ha sido siempre una rueda de entregas y demandas. Tal vez ahora seamos más pobres, si cabe, que aquellos pobres de antes, pues vivimos abrumados por nuevas e imperiosas necesidades, astutamente diseñadas, y carecemos, en cambio, de lo más esencial...

"Loh próbih" vagaban por los pueblos y los caminos, llenos de cicatrices en el alma y remiendos en la chaqueta. Al año siguiente, con el buen tiempo, volvían a sorprendernos por nuestras calles de la infancia, y alguna vez que otra faltaba uno de ellos, uno cualquiera, del que apenas se sabía..., si acaso algún rumor llegaba de que, seguramente, había dejado ya este valle de lágrimas. Iban causando baja con los años, dejando felizmente atrás un mundo hostil que no tuvo con ellos la más mínima conmiseración..., pero quizá con la esperanza, como alguien algún día les contase en cualquier esquina, de que ellos, siendo pobres y honrados, serían los primeros en el reino de los cielos.

Aquellos pordioseros, quién sabe, quizá estaban allí puestos adrede para probar nuestra conciencia, como instrumentos del magisterio de una insospechada escuela de almas, destinada a examinar y poner en la balanza los claroscuros de la débil condición humana.

Por carreteras de tierra y gravilla, entre árboles y collados, en los atardeceres se alejaban los mendigos, sobre un fondo de horizontes extremeños, rociados de lloviznas traicioneras, e ignorando flores y paisajes que no sirvieron para adornar sus vidas... Marchaban renqueantes, con sus cuerpos contrahechos y cojeras, ya tan suyas, que a veces era lo único que tenían. Iban dejando un rastro de pisadas desiguales sobre la tierra en polvo de los caminos. Los pobres se perdían a lo lejos, como sombras errantes que a nadie importaban..., como puntos negros de un microcosmos rural y mísero, llenos de jirones en la ropa, y las alforjas cargadas de pobreza y dignidad.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS


jsmpombal@gmail.com

domingo, 2 de abril de 2017

Abuelos de pana y alcanfor


Los abuelos eran sabios, pero no lo sabían. Acumulaban enciclopedias de los más variopintos saberes, y unas espaldas anchas que soportaron guerras y posguerras, y salieron a flote de todas las odiseas, con total dignidad, resignados, y con los mínimos rencores posibles hacia la vida, quizá sabedores de estar sujetos a un orden desconocido, aunque no obstante, se pasaron los años esperando el advenimiento de un tiempo mejor.

Había abuelos tranquilos y pacientes, y había abuelos nerviosos y "barquinos", había abuelos recortados de estatura (la mayoría) y había abuelos flacos y espigados, había abuelos risueños y abuelos taciturnos..., abuelos leguleyos y abuelos ágrafos..., abuelos “muchacheros” y abuelos ariscos e inaccesibles... Todos nosotros guardábamos cosas, rasgos..., no sé..., andares y gestos heredados de los abuelos, pero no lo sabíamos hasta que un buen día alguien nos lo comentaba, y era ahí, en ese preciso instante, cuando éramos conscientes del linaje que nos había tocado en suerte, descubridores de los vínculos que nos unían a ellos.

En las tardes de domingo, los nietos íbamos a casa de los abuelos, y hallábamos a la abuela sentada en un poyo hablando con las vecinas, y la ausencia del abuelo nos llevaba a buscarlo a la taberna, entre una muchedumbre de boinas y sombreros de paño, jugando la partida. Nos acercábamos a él, sigilosos, a darle un beso, y el abuelo, sin perder de vista las cartas, nos daba la peseta del domingo, de una de aquellas que tenía encima de la mesa. Nosotros, sin más dilación, salíamos flechados hacia la calle a comprarnos un chicle Bazooka, que nos duraba toda la tarde haciendo pompas y fardando de modernidad... Otras veces encontrábamos al abuelo jugando a la rayuela en las calles de tierra, o en las cercanías de una ermita, tal vez después de algún viacrucis, en las primaverales e interminables tardes de abril, lanzando la moneda a la navaja clavada en la tierra, en un gesto seco y recortado, como quien lanza algo de lo que no quiere desprenderse. Todos los hombres allí, con sus camisas blancas arremangadas y los botines recién embetunados. Al acercarnos a ellos, sus ropas festivas olían inevitablemente al alcanfor de los baúles..., porque los abuelos, sí, cuando se "remuaban," olían a alcanfor.

Las abuelas eran acogedoras, acunadoras y amansadoras de miedos infantiles. Las abuelas eran unas segundas madres con pañuelo a la cabeza y manos tiritonas, amorosas hasta la extenuación, cuya palabra favorita era "prenda..." Las abuelas, en fin, constituyeron un impagable apoyo vital y emocional en nuestras vidas infantiles.

Aquellos abuelos fueron los grandes portadores de una tradición oral que hundía sus raíces en lo más hondo de un antiguo legado que tocó a su fin con ellos. Podían contarnos chascarrillos de su tiempo, anécdotas de hombres que se comían serones de pepinos en apuestas varoniles, hazañas que desafiaban las leyes de la naturaleza..., o tal vez historias de batallas perdidas donde todos perdieron... Las abuelas conocían antiguas canciones de bodas y alboradas, que cantaron antaño en los plácidos amaneceres extremeños, y que algunos entusiastas folcloristas de los ochenta recogieron en un último suspiro, ya casi al borde de llevárselas con ellas para siempre: "El novio le dio a la novia un anillo de oro fino, y ella le dio su palabra que vale más que el anillo..."

Las tecnologías estaban reñidas con nuestros abuelos, faltaría más... A pesar de todo, algunos llegaron a batirse el cobre con aquellas antiguas teles de un solo canal (a los pueblos no llegaba el UHF), y tenían que levantarse de la mesa camilla para subir o bajar el volumen, desperezando el esqueleto, en una lenta aproximación de reumáticos andares. Eran aquellas teles donde Basilio cantaba lo del “Cisne cuello negro”, y se oían otras "bobadas modernas" que a nuestros abuelos les quedaban muy lejos, y donde el colmo de los colmos era escuchar, incluso, canciones en inglés, idioma popularmente conocido en los pueblos como "guachi guachi..." Tan sólo las corridas taurinas, las obras de teatro cómicas y alguna coplilla flamenca, encendían sus ojillos llorosos de expectante alegría.

Si curtidas estaban las caras de las personas de edad mediana, las caras de los abuelos acumulaban ya soles y vientos de varias décadas. Eran caras acartonadas, ásperas, de profundas y marcadas arrugas, como máscaras africanas con sombrero o pañuelo; pero desprendían una ternura difícilmente hallable en las caras hidratadas de nuestros días, esas caras publicitarias de colágenos distantes y sonrisas impostadas, que nos miran desde el papel couché de las revistas. Sus rostros tenían la inocencia de un niño, la humildad asumida después de una larga lucha sin tregua, sin ruido, como meros figurantes que pasaron de puntillas por el teatro de la vida; vidas que, incluso, en algunos casos, cumplían todas las bienaventuranzas bíblicas, sin dejarse una sola en el tintero.

Allá por los ochenta, cuando llegó el agua corriente a nuestros pueblos norteños, a los abuelos les costó mucho entender nuestras duchas diarias, nuestros lavados de dientes después de las comidas, y ese lujo incomprensible de arrinconar las ropas pasadas de moda, aún sin romper..., hasta el punto de que ellos, los abuelos, fueron receptores de las modernas ropas abandonadas por hijos y nietos. De esta forma, podíamos verlos en los ochenta con una sudadera de Sandokán..., una camisa de amebas ochentera, donde cabían dos abuelos..., un enorme impermeable amarillo de pescador cantábrico, o unas botas de faena heredadas de un hijo que trabajaba tal vez en Abengoa. Fueron prendas que vinieron a subvertir sus ropajes antiguos, su imagen del pasado, de camisas blancas sin cuello (con pechera), y chaleco aterciopelado, que lucían en aquellas fotos de los cuarenta y cincuenta, con un reloj de bolsillo, sujeto con cadena, y guardado en el pantalón de pana, al que olvidaban darle cuerda por falta de costumbre. 

Nuestras abuelas eran devotas de las imágenes sagradas que circulaban por las casas dentro de una pequeña urna de madera, con una hucha incorporada, y una lista parroquial pegada en el interior de la puertecilla... Colocaban lamparillas de aceite flotando sobre un vaso de agua, y un “poquinu” de aceite en la superficie (para ahorrar), y rezaban por unos y por otros con verdadera devoción...; tal vez por los nietos que, en la lejanía, vivían sus vidas ignorantes de las rogativas que la abuela lanzaba postrada delante del Sagrado Corazón de Jesús, colocado en una mesa camilla del patio. Las imágenes quedaban luego a solas en la oscuridad de la madrugada, con la lamparilla parpadeante alumbrando tenuemente la cara del santo, como una humilde y hogareña luz intermitente de las estrellas. 

Antiguamente las abuelas tenían también reclinatorios que permanecían en las iglesias, flanqueados por “tarasquillos” de madera sobre las paredes, bien surtidos de velas... Luego llegaron los bancos que nosotros conocimos, y los reclinatorios volvieron a las casas, ya con su "terciopelo ajado" (que diría el poeta), quedando relegados en la habitación de los abuelos, y haciendo las veces de galán de noche sobre un suelo de lanchas de granito.

Abuelos y abuelas mostraban sin complejos sus bocas desdentadas, en un reino medieval sin dientes, donde las dentaduras aún eran un lujo de viejos señoritos, y no había, por tanto, de qué avergonzarse. Un abuelo con más dientes de la cuenta, no parecía un auténtico abuelo. Así vimos siempre sus caras de bocas cóncavas, y las miradas imprecisas desde sus empañados ojos de cataratas ignoradas.

Las abuelas aún tenían mucho de aquella televisiva Doña Rogelia, que hizo las delicias de los españoles setenteros y ochenteros, con una voz entre aflautada y quebrada. Las abuelas llevaban pañuelo a la cabeza, y una faldiquera, que era una especie de gran bolsillo de tela oculto bajo la saya, donde guardaban botones, pañuelos, perras gordas...; era como el cajón de sastre donde iba a parar todo lo que la abuela se encontraba. Usaban gafas de cerca, reparadas con esparadrapo, que les servían para coser, y eran las mismas gafas que utilizaban los abuelos para leer la correspondencia esporádica, o tal vez la hoja parroquial que repartían los monaguillos por las casas después de la misa dominical.

Nos llevaban al campo de niños, y nos iban mostrando cada cercado, cada cortinal, con el nombre del dueño o los herederos... Lo conocían todo con precisión. Nos iban pronunciando los nombres antiguos de los parajes, que no venían ni siquiera en los planos del catastro, y los nombres de las fuentes que aparecían ante nuestros ojos de repente, transportándonos a un mundo mágico de hechizos ancestrales: fuente labrada, fuente “jerrera”, fuente de Marcos...

Tenían un burro, generalmente pequeño, al que subían desde un poyo de granito, con su calderilla dispuesta para los higos, y los veíamos venir luego en lontananza, en los atardeceres, como unos sanchos sin Quijote, al trasluz del crepúsculo estival.

Nietos y abuelos éramos besucones; los abuelos más bien eran receptores de los besos infantiles, con sus caras de lija raspándonos la cara, y las abuelas más bien emisoras de besos estridentes. Aprendimos a disimular para limpiarnos la cara con la manga del jersey, sabiendo que este gesto podía suponer un enfado considerable si nos pillaban: "Qué ehcrupulosinu y ahquerosinu se ha vueltu", nos decían. En aquellos abrazos los abuelos nos olían a pana rancia, y las abuelas nos olían a ajo. Eran olores ya un tanto nuestros, que teníamos interiorizados, y asociados a aquella bella cultura de los afectos.

Nuestros abuelos conocían cientos de historias y leyendas, pero contaban siempre las mismas, las dos o tres de siempre, con el mismo gesto en cada lance, y la misma carcajada en cada momento; pero nos gustaba oírlas mil veces repetidas, a veces acompañados de amigos a los que invitábamos al evento; amigos que a su vez nos llevaban donde sus respectivos abuelos (también muchacheros), que nos relataban sus otras historias, igualmente repetidas... Otras veces tocaba el turno a las abuelas, que nos ensimismaban con leyendas de misterios atávicos, de lobos..., de brujillas rurales, y de tenebrosos hombres del saco que acabarían siendo condenados al ostracismo, por falta de maldad, en el mundo psicopático y siniestro que fue llegando años más tarde.

Las casas de los abuelos tenía olores propios, y paredes de adobe encaladas, que iban soltando pequeñas postillas blancas sobre el suelo húmedo de cantería. Abríamos la tranca por la noche, y escuchábamos al gato maullar, y acto seguido, después de unos metros de temerosa oscuridad, aparecía ante nuestros ojos la escena tantas veces vista de los abuelos sentados a la lumbre, ya medio adormecidos, en un silencio sepulcral..., si acaso el ruido de alguna vieja radio, silboteando entre emisoras portuguesas que iban y venían como el anticiclón de las Azores. Y allí nos sentábamos un rato junto a ellos, en un "tajino" de corcha, apto para nuestras diminutas posaderas, pasando a ser partícipes de un escenario humilde, pero mágico y rebosante de ternura, junto al misterio de las llamas hipnóticas, aún no superadas por pantalla de plasma alguna. ¡Cuánto daríamos ahora por un breve instante de aquellos!

Se guiaban por el reloj del campanario, no más; reloj que no les servía para gran cosa cuando iban perdiendo oído; pero tampoco les preocupaba, pues conocían la hora por la altura del sol, y la sombra proyectada por la pared de una caseta vieja, o los álamos de un arroyo cercano, que les marcaban la hora de volver. Sabían la hora, sí, con un margen de error de escasos minutos.

Nuestros abuelos eran muy apañados y usaban mondadientes de fabricación propia, pelados a navaja..., alambres para atarlo todo..., puntas y tablas que sujetaban mil cosas..., y adaptaciones y chapucillas surrealistas de aquí y de allá. A veces, también, una pequeña rama de albahaca colocada en la oreja, les hacía las veces de perfume, y por la comisura de sus labios asomaban ramillas de presta, a modo de elixir natural, que ellos se procuraban en sus andares campestres.

Una de nuestras aficiones frustradas era meter la mano en el bolsillo de la chaqueta del abuelo, esperando encontrar un caramelo, y, para nuestra decepción, encontrar una bellota, como un símbolo de la tierra que aparecía por todas partes, y que nosotros aún no apreciábamos en su justa medida.

Los abuelos eran infalibles hombres del tiempo, conocían con precisión las lluvias venideras por la procedencia del aire, y a veces barruntaban la “demuación” con sus articulaciones... Sus refranes favoritos estaban ligados a la climatología: “Febrero engañó a su madre en el lavadero...” “En marzo calienta el sol como un pelmazo...” “En mayo quemó la vieja el escaño, y en junio porque no lo tuvo...” Se pasaron la vida barruntando cosas; barruntaban no sólo el cambio de tiempo, sino también los ruidos a lo lejos, los engaños escondidos, los fracasos venideros... Barruntaron, seguramente, muchas más cosas de las que hubieran deseado, entregados a una vida de la que salieron más veces trasquilados que triunfantes.

Olían a naftalina, a romero, a las fragantes hierbas de los regatos, al poleo de las fuentes y a sudores añejos de naturaleza viva... Los abuelos olían a cosas verdaderas, y así también se fueron un día, dejándonos un rastro de verdades y un saco de ingratitudes impagadas. Nos estarán esperando, quizá, junto a las aguas de algún arroyo cristalino en las alturas, o en algún prado colmado de flores, de primaveras que nunca se terminan..., en un trozo de ese cielo que tantas veces vieron desde la puerta de casa o del corral, y que se habrán ganado a pulso, a fuerza de heroicos sufrimientos.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com


sábado, 25 de febrero de 2017

Calles de fantasía




Las calles parecían una proyección de la propia naturaleza, tal vez como si ésta entrase en el casco urbano sin permiso, reclamando algo propio. Se diría que aquellas calles eran la naturaleza misma ligeramente ordenada, en un intento fallido de geometrías arbitrarias. Podíamos ver elementos naturales llenando todos los espacios: calles de rollos y tierra..., adobes de barro y paja..., tejas preñadas de yerbajos..., parras cubriendo las fachadas y apoderándose de ventanillas de trojes..., pozos de cantería toscamente pulida..., canchales que asomaban en la base de los edificios, sirviéndonos de sentadero..., lanchas y poyos asimétricos a la entrada de las casas..., paredes de piedra medio caídas, que custodiaban pequeños serenos..., monolitos de granito solitarios, de un portal que quedó por construir..., y algún tronco de encina, manchado de gallinazas, olvidado en un rincón sin salida.

Las estaciones del año eran fácilmente identificables en aquellas calles nuestras, flanqueadas de hierbas verdes en invierno, ornamentadas de amapolas y margaritas en primavera, o revestidas de pasto seco, achicharrado de soles estivales. Las calles, por tanto, tenían también olores: el olor propio de cada estación, unido al recio olor a "vicio" y Zotal, que escapaba de los corrales, o, por contra, el aromático jazmín que asomaba por las paredes altas del patio de una maestra jubilada, que otrora fuese la maestra de nuestras madres.

Fueron calles que esperaron pacientes a nuestro nacimiento, para acogernos en su seno de riesgo y aventura, como antes sirvieron de escenario inigualable a nuestros antepasados. Eran calles que no sufrieron grandes transformaciones hasta llegados los años setenta y ochenta. Se mantuvieron, punto arriba o punto abajo, con la misma apariencia durante largo tiempo, por lo cual, se podría decir que nuestra niñez transcurrió en un entorno afín al de nuestros mayores.

Casas y calles estrechaban sus lazos en perfecta hermandad. La calle y la casa, por momentos, eran una cosa misma; de repente íbamos de una pieza a otra de la casa, y la puerta de la calle, (semiabierta), daba paso a la estancia principal, que era la propia calle, como si fuese una prolongación del edificio... La casa, de esta forma, pasaba a ser un mero apoyo logístico de nuestra vida en el exterior, donde transcurrían la mayor parte de nuestras horas infantiles. Apenas entrábamos raudos a comer, o a beber agua de la tinaja, y ya estábamos nuevamente fuera. La casa no nos servía ni siquiera de wáter, como quedó sobradamente relatado por aquí. Eran viviendas incómodas, y no estaban pensadas para el descanso ni el disfrute de las mismas, con sofás, teles y calefacciones al uso en nuestros días. Esta circunstancia le otorgaba a la calle un plus de habitabilidad. Ni siquiera el frío o la lluvia mermaban nuestro espíritu infantil y callejero. La lluvia era transformada en un nuevo elemento lúdico, con canciones, charcos pisoteados por sorpresa, arcoiris que tocábamos con los dedos, goterones de las tejas que nos mojaban la “cotorina” entre risas y broncas al llegar a casa con el pelo empapado... Charcos de nuestra niñez que fueron lagos para nuestros barcos de papel, que abarcábamos de orilla a orilla, de una zancada, como gigantes mitológicos con botas katiuskas. No conocíamos adversidades: aprovechábamos la inercia misma de las cosas para llevarlo todo a nuestro mundo de ficción, siempre entre risas y algarabía; quién da más.

Al mirar hacia arriba encontrábamos al señor don gato sentadito en su tejado, junto a chimeneas ofrecidas a las nubes, que nos dejaban puestas de sol difícilmente superables.

Corríamos por plazas de tierra que antaño vieron bailar a mozas con trajes regionales y pañuelos de ramos; mozas y mozos que hollaron el suelo con jotas extremeñas, llenando de alegría el eco de las tardes de domingo: "Las de la calle Caleros se lavan con aguardiente, las de Caminito Llano con agüita de la fuente..."

Las viviendas cohabitaban con corrales y huertos que dejaban asomar ramas de higueras por sus paredes de piedra, reventonas, que a menudo amenazaban nuestra integridad física, y que dejaban el suelo alfombrado de higos y hojas a los pies de los viandantes. Por aquellas mismas paredes, nuestros amigos felinos accedían a la calle de la misma forma que escapaban de ella. Para los gatos, su seguridad quedaba a tiro de un simple salto hacia la pared de un huerto, o hacia la gatera de una puerta, donde dejaban siempre, como pago, algún que otro pelo.

Las viejas enlutadas en las solanas destacaban como puntos negros edulcorados por sombreros de paja, en medio de fuertes colores y contrastes provocados por un sol tan intenso que parecía cambiar la naturaleza misma de las cosas; ellas allí, zurciendo y rezurciendo cien veces las mismas medias y calcetines, en una imagen propia de un cuadro fauvista.

En las horas de la siesta veraniega, las calles quedaban derretidas de fuegos planetarios, y una luz cegadora nos obligaba a "atacuñar" (entornar fuertemente) los ojos, mientras una paz de chicharras acunaba a los lugareños, como en una canción de cuna milenaria que algún buen día adormeciese también a los antiguos lusitanos y vetones, por estas mismas latitudes, allá por los tiempos del astuto y despiadado Escipión.

En cierta ocasión, como sin pedir permiso, empezaron a aparecer las primeras antenas de televisión en las alturas, como aguijones de modernidad clavados en la piel de los tejados, dándonos un ligero anticipo de la degradación de nuestra arquitectura popular, y la inminente plastificación de un mundo exultante que llamaba a la puerta con arrogante insistencia. Nadie apostó ya más por aquella estética de siempre, que fue muriendo por inanición. Aquellas antenas fueron la punta del iceberg de una invasión alienígena que poco a poco iría demoliendo la magia de nuestras calles de cuentos de hadas.

Los abrevaderos para las bestias en medio de los pueblos, nos daban estampas de posguerra, junto a grandes pozos con gente inclinada sobre el brocal de granito, sumergiendo calderillas de zinc, que dejaban un reguero de agua sobre los rollos de guijarro... En aquellos pozos nos asomábamos también los niños, temerosos y asombrados, y lanzábamos nuestra voz infantil que retumbaba majestuosa, como salida del propio pozo, al tiempo que mirábamos nuestra imagen en el espejo del agua, que quedaba borrada con la siguiente calderilla sumergida. Teníamos miedo de asomarnos solos, no fuera a ser que la “mora” del pozo nos tragase repentinamente, como nos habían contado nuestras abuelas que les pasaba a los niños que osaban asomarse a los pozos por cuenta propia.

Las calles eran un jolgorio de ruidos y presencias que iban y venían, en una gran obra teatral donde cada cual tenía perfectamente asumido su papel. La vida transitaba de lo macro a lo micro: burros, vacas, perros, cabras, gallinas, hormigas, pulgas... y personas; todos interactuando constantemente sin ningún rubor..., directos a la vena; no había vida virtual, pero sí vida virtuosa, pues sólo de honestidades grandes levantaron su humanidad aquellos heroicos extremeños.

El sol provocaba destellos en la ropa tendida, y también en los vestidos blancos de las niñas, que cantaban en corro, o a la comba, canciones ya casi olvidadas: "Pañuelito pañuelito, quién te pudiera tener guardadito en el bolsillo como un pliego de papel..."

Los rebaños de cabras atravesaban frecuentemente los pueblos, interrumpiendo nuestros juegos cada dos por tres. Eran cabriales con ruidos de campanillos y fuerte olor cabruno, que parecían no acabar de pasar nunca, con dos o tres cabras rezagadas que espantábamos para despejar nuevamente nuestro terreno de juego, por un instante arrebatado. Los rebaños de ovejas cansinas cruzaban por espacios grandes de tierra, y los paisanos montados en burros, mulos y caballos, nos obligaban a recoger la pelota ante el temor de que ésta fuese hacia las patas de las bestias, y diese con los huesos del jinete en tierra. Después quedaba un rastro de cagalutas, plastas y cagajones, que algunos paisanos se encargaban de recolectar para el consiguiente estiércol, barriéndolo todo con escobas de baleo, como quien recoge fresas o cualquier otro fruto preciado. Eran los únicos barrenderos de nuestras calles agropecuarias, de un sistema de vida ecológico y verdaderamente sostenible.

Los propios juegos que desplegábamos por las calles, eran juegos apoyados en elementos naturales: a las tabas, que eran pequeños huesos de animales..., a los chinos, con diminutas piedrecillas abundantes en el terreno... Los palos, de mil tamaños y formas, se transformaban en rifles o espadas..., y hasta los palos más largos, incluso, en caballos que corrían al galope metidos entre nuestras piernas. De la calle cogíamos la materia prima de los juegos, que luego era devuelta hacia la calle misma, como en un préstamo natural, barato y reciclable. Palos y piedras quedaban nuevamente esparcidos por las calles, dispuestos a cobrar nuevas vidas, nuevos papeles, allí donde fuesen requeridos.

Salir al campo nos llevaba poco más de dos o tres minutos, cambiando calles por callejas. El contraste no era grande, ciertamente, pues tan sólo cambiábamos una naturaleza menor por otra mayor, con presencia humana igualmente abundante por caminos, huertos y cortinales, con gente canturreando y silboteando en sus oficios, que sonreían a nuestro paso con más o menos simpatía, o malicia, según el caso.

A la vuelta de cualquier esquina nos podía pillar por sorpresa una palangana de agua sucia, lanzada al exterior desde cualquier puerta, que era esquivada de un salto repentino, o un frenazo en seco, en un acto reflejo al que estábamos acostumbrados, pues el instinto de aquel tiempo estaba sobradamente desarrollado. Claro que este riesgo era pequeño en contraste con el pasado, pues me cuentan que antiguamente lo que volaba hacia las calles eran los orinales, desde un balcón cualquiera, con orines que en más de una ocasión hicieron diana sobre algún pobre viandante con boina, o algún distraído campesino que pasaba plácidamente a lomos de un burro cárdeno.

Las macetas de flores estaban en lo alto de los balcones, pues a ras de tierra eran muchos los enemigos de cuatro patas que daban buena cuenta de toda forma de vida vegetal que osase lucir palmito.

La soledad era una extraña figura a la que no se le daban grandes oportunidades. Si alguien se sentía solo, bastaba con asomar las narices a la puerta, y la soledad quedaba fulminada en un instante. La conversación, sí, saltaba inevitablemente, como de un manantial inesperado: ¿Poh querráh creelti que el otru día, según iba pal corral, vieni una ventolera y me tira el jaci de forraji encima, que por pocu me atorta sobre el canchu...?, y las risas brotaban alegrando el semblante al vecino taciturno, que no tuvo que hacer grandes esfuerzos para recomponer nuevamente la figura.

Las paredes de piedra contenían ventanillas que eran pequeñas oquedades protegidas por rejas de hierro oxidado, que daban acceso a lóbregas cocinas con olor a ajo, morcilla y humo. Uno de nuestros juegos preferidos consistía en "asompinarnos" (ponernos de puntilla) sobre el ventanuco de marras, a gritar tonterías y salir corriendo... Por aquellas ventanillas veíamos a viejos soplando la lumbre con un fuelle, viejecillas moviendo el puchero sobre las brasas, sillas de nea desvencijadas, cántaros en el suelo, alguna máquina de coser Singer, cubierta con un viejo pañuelo de cien colores..., o tal vez una quesera de madera, de tres patas, sobre un rincón marginada.

A nuestro paso por las calles encontrábamos pozos pequeños junto a la entrada..., parras que daban más sombra que uvas..., poyos apuntalados por pedruscos, sobre suelos desnivelados..., portales con tejadillos apoyados en columnas de granito..., lanchas de cantería, o de pizarra, como únicas aceras..., puertas de madera sin tratar, con cerrojos oxidados que chirriaban sin piedad..., y algún anciano tiritón a la puerta, que apenas se percataba de nuestra presencia.

Por la noche las calles se tornaban difíciles de transitar; tan sólo una bombilla de plato cada muchos metros alumbraba sutilmente el vagar de los labriegos, provistos de farolas de petaca, en sus nocturnos quehaceres. Estas mismas calles se nos mostraban pletóricas de gente en el verano, con poyos y chácharas que se oían como un rumor en la lejanía. Los perros callejeros deambulaban también por las calles nocturnas, amenazando la paz de los gatos y el sueño de los aldeanos. Antiguamente no había ni siquiera bombillas de plato; me hablaba mi abuelo de oscuridades tenebrosas, y gente caminando con faroles de aceite, entre pedruscos y charcos invernales, algo que yo imaginaba como una escena fantasmal de luces misteriosas cruzando de un lado para otro, como espectros luminosos de antepasados que nunca conocimos.

Correr de noche, por lo tanto, tenía sus riesgos, pero nos adaptábamos a la orografía del terreno con bastante destreza, de hecho los esguinces de tobillo eran una "rara avis": ni siquiera el nombre era conocido. Todo lo más podía ser que un infante se "jiriera" un pie, pisando mal en cualquier rollo, que luego algún “pastor curandero”, de reconocido prestigio, le sanaba a base de friegas de vinagre, como si fuera la pata de una oveja... Corríamos como bailarinas entre piedras y ortigas que nos picaban a traición, saliendo prácticamente indemnes de todas las amenazas, no más allá de alguna matadura en las rodillas, que nos curaban en casa con alcohol, a grito vivo y sin contemplaciones.

Las calles eran escenario de juegos infantiles heredados de nuestros mayores: juegos pastoriles que acababan en “majadas” salvadoras, que eran un refugio inconsciente de nuestros miedos. La propia anarquía de las calles desataba nuestra imaginación: de esta forma, podíamos usar una gran piedra negra de pizarra, vertical, como un esbelto caballo sobre el que montábamos en nuestras correrías por el oeste..., o un cancho de granito pulido, en forma de resbaladera, como el tobogán de los Picapiedras, que destrozaba nuestros calzones cortos, al igual que destrozó los vestidos de nuestras madres en su infancia... Las calles eran parques temáticos sin fecha de caducidad, que se heredaban sin solución de continuidad de una generación a otra.

A la par de nuestros juegos, la vida continuaba por las calles, y pasaban las mujeres con cántaros a la cadera, o portando la imagen de la Virgen de Fátima... Mientras tanto, en cualquier sitio, un hombre de gesto rudo y tos perruna, ataba las bestias a los ganchos de hierro clavados en las paredes, sin dejar la conversación con su interlocutor: "Hogañu paeci que vieni la cosa algu máh atrasá...”

La tormenta repentina declinaba el tono luminoso de las calles hacia un gris inopinado, y las calles corrían como abruptas cataratas... Aquí es donde pasaban a escena las pontecillas, pasarelas y arroyos que cruzaban los pueblos. Arroyos malolientes en verano, transformados por las lluvias invernales en ríos menores, armados de corrientes que todo lo arrastraban: botes de lata, como naves a la deriva..., yerbajos enrollados a un zapato negro..., y hasta un viejo pantalón de pana sembrado de remiendos, que navegaba con los restos del naufragio. Por aquellas corrientes broncas, aguas abajo se iban también las penas, con la clara esperanza de que nunca más volvieran.

El atardecer hacía su puesta de largo por calles y travesías, y nos llegaba el aroma a sofritos que escapaba de las cocinas, mezclado con olor a leña quemada... El sol se despedía tras los tejados, y los niños marchábamos a casa por aquellos modestos bulevares que eran las calles principales de los pueblos, con pequeñas acacias a los lados, que alguien, con buena intención, plantó para dar un toque de avenida capitalina a nuestras calles, que fueron concebidas para ser humildemente bellas.

En las fotos color sepia, vemos aquellas calles del pasado, y jugamos a entrar en ellas como Alicia en el espejo, y deambular por cada recoveco, y volver a cada instante vivido, reencontrando a la gente del pasado, estática, muda, junto a puertas y cortinas; y de repente se nos agolpan los recuerdos, dejándonos un gesto contrariado, alternando una sonrisa y una mueca de tristeza... Todo quedó allí, en las crónicas de un tiempo plebeyo más noble que ninguno.

Ahora se intentan recrear pueblos antiguos por aquí y por allá, simulando entornos rurales y tipismos que antaño fueron la sal de la vida. Tarde nos dimos cuenta del valor de las cosas perdidas, como tarde nos damos cuenta de casi todo.

Calles de nuestra infancia, alejadas en la bruma del tiempo, deformidades bellas que tuvisteis a bien dejarnos los más gratos momentos, que ahora pasan fugaces por el cristal empañado de la historia. Calles de nuestra infancia, que fuisteis depositarias de nuestras risas permanentes, de nuestros juegos alocados, de nuestras cuitas y alegrías... Calles de fantasía, que cobijasteis en el hueco de las manos nuestras horas más dichosas.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS


sábado, 21 de enero de 2017

Con pan




Todo se comía con pan, y a veces el pan solo; pan con tocino, pan con aceite, pan con hambre. El pan era más que un alimento, era todo un emblema, venerado hasta el punto de aprender desde niños a besarlo cada vez que caía al suelo. Era un amigo benefactor, cercano y omnipresente, que hasta los tiempos de nuestra infancia aún mantuvo intacta su sacralidad.

La ausencia de pan en la posguerra llevó al pan a unos niveles de leyenda nunca alcanzados por alimento alguno. Había buscadores de trigo como hubo buscadores de oro. Bien lo supieron aquellos antepasados nuestros; tal es el caso de mi bisabuelo, que en los años de sequía partía con dos mulos hacia tierras de Castilla, buscando unas pocas fanegas de trigo (en trueque de productos), aún a riesgo de ser requisado por los carabineros.

Más tarde el pan empezó a ser habitual en la vida campesina, pero siempre con un halo de respeto alrededor. Dentro de cualquier casa podíamos ver escenas de este tipo: un niño pequeño sentado en la jalda de la madre, rechazando una cucharada de sopa de fideos, con mueca de asco, mientras el resto de la tropa comía a la disputa en una sola fuente de porcelana despostillada, sabiendo bien que a cada golpe de cuchara encontrarían más baja la marea en las menguadas aguas del gazpacho extremeño. Para el segundo plato, tres cuartos de lo mismo, las tajadas de tocino en el centro, y cada cual ensartándolas con el tenedor para llevarlas hacia el pan propio. Las migas caídas sobre el mantel de hule eran barridas con la mano hacia la boca, o rescatadas con la yema de los dedos, para no dejar resquicios del honorable pan, ni siquiera en su expresión mínima. Cada comida era como librar una batalla.

En muchas casas tardaron en llegar los platos individuales. Esta llegada supuso toda una revolución en los hábitos domésticos, cambiando el concepto competitivo de aquellas comidas de supervivencia por un relajado deleite nunca visto, aunque siempre en un ambiente de pocas tonterías, faltaría más.

Desde pequeño escuché una anécdota en mi entorno, sobre un niño de ciudad, de familia acomodada, que visitaba el pueblo en vacaciones, y en cierta ocasión, al entrar con un amigo en casa de los abuelos de este último, los encontró a todos comiendo del mismo caldero, ante lo cual, el delicado infante, exclamó asombrado: "¡Comen como los cerdos, todos en la misma pila!" El anciano de la casa, famoso en el barrio por su humor fino, guardó silencio unos segundos y contestó con sorna: "¿Y vusótruh comeréih comu loh búrruh, ca unu en el su pilón?

Tiempo atrás una sola servilleta de trapo servía para todos los comensales, y la bebida consistía en levantarse a echar un trago en la tinaja de barro comunitaria, tapada por un plato y un puchero (ambos de porcelana), puchero del que bebía también furtivamente el gato, aprovechando la soledad de la estancia. Tan sólo algún varón cerrado en barba cambiaba el agua por el vino peleón.

Al levantarnos de la mesa quedaba todo reciclado; todo era materia orgánica apta para ser devorada por los distintos y famélicos animalillos domésticos que habitaban casas y corrales, salvo algún coscurrillo de pan duro que escapaba por la puerta a beneficio de los “perrinos” callejeros, o a las alforjas de los pordioseros con aspecto de mendigos medievales, que aún transitaban las calles de nuestra niñez.

Antiguamente, me cuentan que se hacía el pan en casa: se dejaba fermentar tapado con sábanas y mantas (como a otro humano cualquiera), luego pasaba por las casas la “jornera” (mujer del horno) con su tablero a la cabeza, para llevarse los panes a cocer. Eran los tiempos de la “maquila” (el cobro de un pan por cada arroba masada). Después volvía la “jornera” nuevamente a entregar aquellos panes de tres libras, por un instante arrebatados... Estos panes de ida y vuelta, se iban tan sólo un instante con la firme esperanza de volver, sabedores, quizá, de lo necesarios que eran en aquellos hogares de tez quemada y pómulos marcados... Aquellos panes redondos se guardaban en tinajas de barro, en la bodega, con tapadera de corcho; de esta forma el pan no estaba nunca duro, sino tan sólo correoso, lo cual suponía un mal menor, en un tiempo en que los males menores sabían a gloria. También había préstamo de panes entre familiares y allegados, en una permuta de solidaridades ya un tanto anacrónica en nuestros días: "Dejálnuh un pan, que mañana masámuh nusótruh y oh lo devolvémuh..."

Las madres y abuelas tenían toda una colección de frases recurrentes para con nosotros, los pequeños comensales: "Comi dehpaciu, que te vah a añurgal..."; "Ponti pa lanti, que te mánchah..."; "No ehpúlguih, comi a jechu..."; "Deja de miral lah musaráñah..."; pero ante todo: "Comi con pan, que te va a jacel dañu..."

Cuando algo no nos gustaba, por ejemplo, las escamas del pescado, siempre quedaba la “jugada maestra” de echárselas al gato, que de manera cansina daba la tabarra alrededor de la mesa, restregándose sobre nuestras piernas y maullando con insistente reivindicación gatuna. Claro que nuestra inocencia no tenía límites, pues nada más dejar caer el manjar al suelo, el silencio del gato nos delataba, y una vez ya descubiertos, es cuando venía la frase lapidaria de la abuela, tantas veces escuchada: "¡¡Qué jambri de quinci díah que tuviérah...!!" Las abuelas eran tremendamente generosas, pues nos maldecían tan sólo por un corto espacio de tiempo, sabedoras de que el hambre pasada duró considerablemente más. Por tanto, no nos deseaban ningún mal, sino tan sólo un pequeño periodo de necesidad pedagógica, perfectamente delimitado en quince días.

Otro recurso, no siempre eficaz, para superar el rechazo alimentario, era "engañar" la comida con alguna cosa de mayor aceptación. Cuando, por ejemplo, los garbanzos del cocido no nos entraban ni a tiros, nos obsequiaban con un par de uvas para “engañar” (además del pan, siempre el pan), pero a veces ni por esas colaba; y aquí volvía la abuela a la carga, tachándonos de "micos", "sarnosos", "gajientos"..., y el abuelo dándonos la puntilla con el eterno sonsonete: "Cuandu váyah a la mili te van a ehpabilal..."

Otra perla de aquellos lances infantiles con la gastronomía rural, eran nuestras manifestaciones de hambre a madres y abuelas: “Mama, tengu jambri...", a lo que la madre contestaba: "¿Jambri...?, sí, jambri golosa..."; o bien: "Abuela, tengu jambri"; y la abuela respondía: "Poh alza la pata y lambi..."

Algunos adornillos en la repisa de la chimenea y paredes aledañas, daban un ligero toque de amabilidad a la sobria decoración, y entretenían nuestras distraídas miradas infantiles durante las comidas soporíferas: un antiguo molinillo de café..., algún candil al uso..., pucheros de barro…, o almanaques de San Antonio bendito, el amado santo de las causas imposibles.

Si la comida en el hogar resultaba austera, la comida a campo era rayana con la vida en las cavernas, todo sin delicadezas, y a mano…, todo a mano, pegando tirones de un lado a otro, como remotos homínidos de ropas remendadas, con grasa en los hocicos y los ojos entornados frente a soles y cierzos, pero siempre con el pan al lado, el sagrado pan.

Como ya hemos comentado alguna vez  por aquí, el hedonismo era un fulano encorsetado y relamido, que nunca fue bien recibido en aquellas aldeas, aún casi celtíberas, de la alta Extremadura, y era echado a patadas de la mayoría de las casas, donde los placeres eran habas contadas, reservados para momentos especiales.

Los viejos masticaban sin dientes, todo a golpe de encías; apenas un diente solitario y burlón asomaba al descuido de una mueca o sonrisa, mientras mordisqueaban el pan con  goce y dedicación. Siempre el pan, el sagrado pan.

En algunas casas había ausencia total de comedor (menudo lujo). Se comía directamente en las cocinas, al lado del "chupón" (chimenea). Los que comían de espaldas a la lumbre, se achicharraban por detrás, y el resto de comensales pegaban tiritones fusilados por las corrientes despiadadas de las viejas casas espartanas. No había término medio para casi nada. Tan sólo a los ancianos se les reservaba el pequeño privilegio de sentarse en el escaño, cerca del fuego, con las manos “rejilonas” (tiritonas), deformadas de artrosis y trabajos costosos hasta edad avanzada; y allí, sentados, miraban abstraídos las amorosas llamas de la hoguera, mientras guardaban en la mano un trocillo de pan blanco, como un tesoro al que no estaban dispuestos a renunciar ni siquiera en el último instante de sus vidas.

El pan de aquellos días, sin química, se compraba en las tahonas, con aquellos olores a cosas verdaderas, y un trajín de gente, grande y menuda, saliendo y entrando por los portones salpicados de harina, y parándose a hablar con el pan bajo el sobaco, sobre la brisa perfumada y campesina de aquellas plácidas mañanas de amapolas, soles y espigas.

Y así, siempre presente el pan en los platos extremeños de aquellos días: Migas, sopas de patatas, repollo con huesos de la matanza, cocido extremeño con sapillos, patatas “revolcás”, cuchifritos de carne, aceitunas “arracás”, morcillas finas..., y el pan blanco de migajón, tan apreciado, que acababa luego en las sopas de leche nocturnas, y en las plingadas mañaneras. Ahora, cuando los viejos ven a la gente comer pan integral a precio superior al pan blanco (tan idolatrado tiempo atrás), sonríen, haciéndonos saber que el pan integral era el pan de las antiguas "perrunas" que echaban a los mastines del ganado, allá en aquellos años donde perros y humanos compartían estrecheces, y el hambre se repartía generosa, sin hacer distingos. Estas personas mayores, si ven un trozo de pan desperdigado por ahí, intentan comérselo, aún sin hambre, como en una deuda permanente y no resuelta con lo más arcano y menesteroso de su pasado.

En materia de comida estaban los comedidos y los “ajechones”, que era el nombre que recibían los que aprovechaban cualquier circunstancia para zampar sin miramientos ante la generosidad de la pobre gente que humildemente ofrecía lo que tenía. En bastantes ocasiones los “ajechones” no eran los más necesitados, como parece repetirse en tantas cosas.

Distintas fueron las frases que escuchamos referidas a la gente o animales tenidos con escasez de alimentos: "A matajambri..., a trónchuh y bérzah..., a grílluh..." Pero siempre había un trozo de pan misericordioso, aunque fuese duro o correoso, no importa. Incluso en las mayores penitencias, la gente quedaba a pan y agua, como dos elementos capitales que se daban la mano en una última y extrema alianza a favor de la vida.

Había todo un vocabulario aldeano para referirse al pan en sus distintos tamaños y formas: "coscurro", para el trozo de pan duro...; "zalico", para el cacho de pan arrancado caprichosamente...; "regojos", para las sobras de pan destinadas a sopas, gazpachos, o a los animales cercanos en última instancia…

En las “sardinadas” organizadas en los pueblos recientemente, con las multitudes comiendo pan con sardinas, revivimos el milagro de los panes y los peces, la necesidad milenaria de la gente  por lo más elemental y cercano; ese eterno consorcio entre lo humano y lo divino donde nunca falta el pan, como un lazo atávico con la trascendencia, que ha sobrevivido a culturas y generaciones a lo largo de los siglos.

Nuestra infancia fue una infancia con pan y migajones, migajones que al caer al suelo eran picoteados por las gallinas, y las hormigas laboriosas los transportaban al hormiguero más cercano, sito bajo un poyo de cantería, donde un anciano sentado al sol acunaba en paz sus pensamientos.

En el azaroso inventario de recuerdos que la memoria casquivana nos procura, nos quedan los trigales al viento…, las extensiones ocres maduradas de soles y paciencia..., los sacos apilados, contenedores de harinas y deseos... Y el pan, siempre el pan.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com

domingo, 11 de diciembre de 2016

Paisanos de ida y vuelta



Noches de llanto y despedida, de cajas de cartón llenas de casi todo y casi nada, noches de mudanza pobre y equipaje minimalista, con cuatro sillas de palo y un televisor en blanco y negro... Diáspora de pana y sandalia de material, en un destartalado camión de mudanzas... Otras veces, despedidas bajo la imponente cubierta acristalada de alguna estación de tren, o en un pequeño y modesto apeadero ferroviario…

El paisano cogía los "bártulos" y "estarmaba" (huía) del terruño improductivo y trabajoso. Los bártulos no eran más que cuatro cosas de escasa valía, los enseres de la menesterosa existencia pueblerina, que portaba el paisano marchando a la aventura en un viaje incierto, que ni el mismísimo Ulises hubiese emprendido sin previa garantía.

Así, de repente, el paisano cambiaba el sacho por la llave inglesa..., la zurriaga por la manivela..., la segureja por la paleta..., el terrón por el mortero..., el sol achicharrante de los surcos, por los altos hornos…, y el vino de pitarra por el gin tonic canalla de algún moderno "pub" con nombre anglosajón. Cambiaba, en fin, las alforjas por el bolso de viaje..., el farol de aceite por las luces de neón..., y el aire perfumado de los campos extremeños, por la gasolina esnifada en el asfalto espeso y gris de los madriles. Un contraste brutal que nos costaba tanto metabolizar, aunque los niños siempre nos adaptábamos mejor a las novedades que los adultos; teníamos esa cosa maleable de la infancia, capaz de sonreír contra viento y marea, encontrando nuevos amigos a la vuelta de cualquier esquina, y jugando en los sitios más insospechados, como si nada importante hubiera pasado en nuestras vidas.

Los niños que tuvimos una infancia rural a la vez que urbanita, nunca fuimos completamente de pueblo, ni enteramente de ciudad; tuvimos el alma dividida y un tanto confusa: una sensación de estar incompletos, pero, a un tiempo, enriquecidos de un eclecticismo necesario que nos hacía sobrevivir a las modas de las grandes urbes, sin perder el olor del pasto mojado por la tormenta, armonizando la arrogancia capitalina con la modestia aldeana. Así, de esta forma, fuimos un híbrido involuntario, una nueva e inédita generación urbano-rural…, pequeños paisanillos de ida y vuelta, aunque algunos se quedaron en la ida total y absoluta, tan sólo ya recordados en las melancólicas y nocturnas tertulias veraniegas, donde se repasan los años perdidos de un pasado añejo que conspira contra nosotros en forma de nostalgia: "¿Te acuérdah de Ramón el de tía Engracia?...; no le he vueltu a vel el pelu dehdi que éramuh chícuh.../ Creu que acabó pa Getafi..., o pa esi lau".

A nuestros abuelos les tocó lidiar con una emigración trasatlántica, aún mucho más traumática que la nuestra. Aquellos antiguos paisanos se marchaban hacia Argentina, con separaciones que no eran otra cosa que una suerte de muertes recíprocas entre familiares y allegados, que se despedían con la certeza de no volver a verse nunca más. Luego vino la partida a Alemania, allá por los sesenta, y el éxodo masivo a los principales destinos industriales, receptores de extremeños “jerrizos”, capaces de trabajar en las condiciones más adversas sin rechistar. En los pueblos se quedaban los abuelos sufriendo las ausencias; aquellos abuelos que lloraban con la canción de "El emigrante" de Juanito Valderrama, abuelos perfumados de alcanfor, que por recuerdo llevaban un rosario de marfil..., tan sentimentales, tan apegados aún a la cultura de los afectos (en crisis en este tiempo de compraventa). Fueron abuelos que trabajaron de sol a luna, para ver todo su proyecto de vida sin continuidad en el tiempo, viendo a los hijos partir, escapando del mísero minifundio largamente labrado y sufrido. Así reprochaban luego algunas abuelas a los abuelos, cosas como ésta: "¿Te dah cuenta, tantu plantal olivuh... y máh olivuh, que toh te paecían pocuh...?; ahora loh tiénih toh pa tiiiiii..., pa metéltiluh por ondi te quepan..."

Las calamidades de la vida campesina pasada, obligaban a los paisanos a volver al pueblo ofreciendo una imagen triunfadora, aunque no fuese cierto (en muchos casos no lo era), regresando, claro está, con algún coche flamante, superprotegido por toda la familia, que en ocasiones se turnaba haciendo guardia a la puerta de casa, para salvaguardar al reluciente Renault 12 (en el que habían gastado gran parte del presupuesto familiar) del amplio elenco de amenazas rurales: los roces de las cabras al pasar, el haz de tarmas de los burros callejeros, o los balonazos y piedras volanderas de la chiquillería, aún abundante por aquellos años setenta y ochenta. El coche era un personajillo mimado y apócrifo, que escondía los fantasmas interiores, y se convertía en el secreto epicentro de todas las carencias.  

Entre el variado repertorio de paisanos aquí glosados, se daban los dos extremos, como en todas las cosas. Estaban, por un lado, los paisanos que volvieron definitivamente al pueblo, sin apenas dejar estela en el asfalto urbano, frente a los que nunca más volvieron, quedando un poco desarraigados de por vida, perdiendo las raíces del lugar de nacencia, que era perder un claro referente vital.

En las conversaciones infantiles que teníamos los niños en las ciudades, los chavales sin pueblo se quedaban callados, como si fueran niños con una infancia mutilada, con menos cosas que contar. Una infancia sin pueblo en vacaciones no era lo mismo, por más sustitutos que se buscasen luego, a través de granjas escuela, campamentos en la naturaleza, y otros sucedáneos similares que no pasaban de ser sofisticadas y pobres imitaciones del entorno rural.

Los niños urbanícolas sorprendíamos a los infantes locales con algún cachivache recién traído de la ciudad, por ejemplo, un caleidoscopio hecho en un taller del colegio..., y cosas así. Mientras nuestros amigos del pueblo le daban vueltas al artilugio, viendo las bellas formas geométricas del cromatismo exuberante de los vidrios, nosotros mirábamos al cielo extremeño, y la panorámica del paisaje que se abría ante nuestros ojos, nos hacía comprender la clara hegemonía de la belleza real sobre la virtual...

Siempre traíamos alguna historia para contar a nuestros rústicos camaradas, de nuestra vida metropolitana..., de nuestras correrías de semáforo y humareda..., pero lo que nuestros amigos del pueblo desconocían, es que nosotros, los paisanillos emigrados, hablábamos constantemente a los amigos urbanitas de nuestras vivencias rurales: de la libertad de movimiento..., de las salidas campestres…, de las costumbres bizarras..., y así constantemente hasta el hartazgo, hasta aburrirlos, incluso exagerando cosas, fruto de la emoción que nos embargaba, siempre con la morriña de la tierra a cuestas.

Los recuerdos a fulanito o citanito, estaban a la orden del día. Era tanta la gente dispersa por la amplia geografía nacional, que en cualquier ciudad podía vivir un familiar, o un allegado, que fuese receptor de los citados recuerdos: "Dali recuérduh de mi parti a Juhti...; y de toh nusótruh..." En ocasiones el recuerdo llevaba aparejado algún chorizo de la matanza, con lo cual el recuerdo cobraba una naturaleza organoléptica, que siempre era de agradecer.

El pueblo representaba una referencia insustituible en la vida del paisano emigrado. Sobre el pueblo giraba toda la existencia. Podíamos vivir en distintas demarcaciones geográficas, pero el pueblo natal era siempre el núcleo inconsciente de nuestra vida. Allí estaba nuestra genealogía, y nuestros recuerdos grabados a cincel. La propia anatomía de las calles, edificios locales y parajes campestres, afloraban en los sueños como arquetipos oníricos que volvían una y otra vez, de manera recurrente, a modo de carrusel de imágenes y emociones, girando a nuestro alrededor.

Por el puente de los Santos, los niños volvíamos al pueblo con la belleza del verdor otoñal, la lluvia chirimiri, los primeros humos de chimeneas, y la "chiquitía" (merienda campestre infantil, en otros sitios llamada “chaquetía”), subidos en canchales alfombrados de líquenes, con la “bolsina” de la merienda, donde no faltaba la granada de turno, las nueces y los higos secos casados con castañas; y algún inevitable radio cassette con música de la época: Umberto Tozzi, las Grecas, o la gloriosa Ramona de Fernando Esteso...

¿Quién de vosotros no vivió alguna vez la emoción al regresar después de largo tiempo al pueblo, por primavera, y ya, desde la ventanilla abierta del coche, ir percibiendo el olor de las jaras…, de las escobas…, los vientos serranos…, los cielos diáfanos, las plácidas cigüeñas sobrevolando majestuosas los campanarios, y las vacas pastando en las dehesas verdes, con un fondo de montañas nevadas...? Seguramente gran parte de los que ojeáis estos renglones, habéis vivido sensaciones similares.

Pero, si había una fecha mayoritaria para el regreso a las raíces (y aún sigue siendo así), eran las fiestas locales veraniegas. Los paisanos se encontraban en la barra del bar, y los vinillos y cervezas dejaban paso a los recuerdos infantiles, con hazañas y "facatúas" incluidas: "¿Te acuérdah cuandu noh cahtigarun en la ehcuela por tirali piédrah al tejáu del maehtru?

Y cómo no hablar de la inevitable lucha entre el acento castellano y el extremeño, que se enfrentaban en un duelo breve, rápidamente inclinado a favor del segundo. A veces un castellano cheli del Madrid periférico, y otras un castellano “fisno”, se escapaban de la boca del paisano, y a medida que la conversación se iba haciendo distendida, el acento local se imponía poco a poco, sin apenas despeinarse. Este último, como una madreselva sutil, iba anulando y envolviendo al débil y alambicado castellano, con la ayuda inestimable del garrafón verbenero. El paisano capitalino, al final, quedaba desnudo, en su esencia aldeana, hablando extremeño sin complejos, tal y como si no hubiese salido nunca del lugar. Y al final, acababan todos juntos rematando la madrugada, con los bailes finales de la orquesta ochentera, cogidos por los hombros, con los ojillos brillantes, dando trompicones desde Santurce a Bilbao.

Capítulo aparte merecen aquellos paisanos que vivían en Alemania, y volvían con un volkswagen nuevo, hablando un alemán pedestre, pero suficiente para alucinar a los lugareños, que, embelesados, comentaban sobre el "germano-bellotero": "¡¡Habla alemán comu si llevara allí toa la vida...!!"

El primer regreso infantil al pueblo, se hacía especialmente emotivo: La ilusión de los niños cuando marchaban por primera vez fuera, era sobradamente superada por la emoción que representaba el regreso. Ese primer regreso, después de mucho tiempo, era indescriptible... Podía ser, por ejemplo, en verano, con los amigos esperando, y las pandillas preadolescentes ya dibujándose de cara a los próximos años. Estas pandillas marcaron un antes y un después en la vida pueril del paisanillo, con aquellas algazaras en bicicleta, camino de los baños pantaneros, al estilo de "Verano Azul..." Las pandillas se iban disipando sobre los veintipocos años de edad, a la par que en las veraniegas calles rurales, se iban perfilando nuevas hornadas pandilleras, en un oportuno relevo generacional que siguió su curso hasta nuestros días.

Entre las distintas circunstancias migratorias, estaba el paisano que nunca más volvió, por falta de vínculos familiares, o simplemente por falta de una mísera casa heredada donde alojarse... Estaba el paisano que perdió contacto con el pueblo, pero un buen día regresó y construyó una casa nueva, recuperando sus raíces… Estaba el paisano que volvía con frecuencia a casa de los padres, con niños pequeños que se hicieron devotos de la libertad rural y callejera... Estaba el paisano que se jubiló y decidió repartir su vida entre el pueblo y la ciudad… Estaba el paisano que aparecía sorpresivamente después de varias décadas, y la gente aún lo reconocía “por la pinta”, a pesar de volver orondo y calvo, con la frente marchita, como dice el tango que se suele volver... Y estaba, también, el paisano que volvía de escapada, con los hijos mayores, ya señoritos de ciudad, a visitar a los afectuosos abuelos, que esperaban con los ojos llorosos de alegría y el beso sonoro y tiritón de la abuela... En fin, y así un amplio catálogo de paisanos y circunstancias, que nos daría para muchos relatos de esta naturaleza.

Un contraste especialmente pintoresco, era el de la chica del pueblo que estudiaba una carrera fuera, y alternaba su vida entre aulas universitarias, y la imagen del padre ordeñando las vacas, con las botas katiuskas hundidas en el estiércol mojado y gélido de enero...

El paisano volvía por las matanzas navideñas..., por la Semana Santa de colores y fragancias..., por "el puenti de la Pura”, y sobre todo, en verano; pero a diferencia de los señoritos veraniegos, ya tocados por aquí en un relato anterior, el paisano emigrado llegaba ávido de tareas, y se agarraba a la cincha del burro del padre campesino, o a dar unas vueltas con la trilla en la era, como en una deuda inconsciente con sus mayores, o un cierto cargo de conciencia, quizá, que le impedía romper el eslabón del pasado vivido en las abruptas tierras.

Frecuente también era la escena de los paisanos que se encontraban en el metro de Madrid, y charlaban de manera precipitada, comunicándose las últimas novedades del pueblo, con defunciones incluidas, ante la inminente voz en off de la megafonía, que de golpe sentenciaba: "Próxima estación, Diego de León"..., poniendo fin, repentinamente, al encuentro esporádico de dos paisanos en la villa.

Igualmente habitual era el paisano que marchaba fuera, por una corta temporada, con billete de ida y vuelta, a la vendimia, a los hoteles, a la mili, a estudiar a Salamanca, etc. Eran marchas menos dolorosas, marchas que dejaban un pequeño pellizco de temporalidad, liviano y llevadero.

De aquel exilio rural, y los retornos vacacionales, nos quedaron las fotos desenfocadas de las primeras máquinas fotográficas propias…, las fiestas locales, las verbenas, las terrazas veraniegas, los baños en el río…, y nos quedaron, un poco, sí, los complejos, a veces superados, a veces no.

"Un día cambió todo, nuevos paisajes y los mismos dolores; las manos tienen callos, pero no de espigas...", cantaba el cantautor extremeño allá por los setenta, en la mítica sala Olympia de París, recordando la diáspora extremeña en Alemania.

Muchos fuimos los paisanos de ida y vuelta..., unos más de ida, y otros más de vuelta. Partimos un buen día a la deriva, como las aves migratorias que trazan bellas formas en los cielos, siempre en manos del destino, sujetos a un orden que no pudimos subvertir, sujetos a un tiempo que nos tocó en suerte, y sujetos al vínculo emocional con un pueblecillo del alma que nos marcó para siempre; un pueblecillo en ocasiones pequeño, destartalado, austero, baldío..., sí, pero grabado a fuego en nuestro corazón.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS


miércoles, 19 de octubre de 2016

Se hace saber


De pronto se hacía el silencio en cualquier esquina, en cualquier plazuela o espacio abierto, previamente designado al efecto, y sonaba un largo toque de corneta. Los niños éramos invitados a guardar silencio: "Callálsuh yaaa, me cagüen tooo laaa..." Acto seguido el alguacil iniciaba el pregón con un gesto circunspecto y severo: " ¡¡De orden del señor alcalde, se hace saber...!!" Los presentes mostraban una expresión entre asombro y mueca de dolor, paralizados, como estatuas de sal, sudor y mugre, con rostros curtidos de grietas y negruras solares; hasta los perros callejeros detenían su camino con mirada perruna y triste (propia de los perros de aquel tiempo), correspondiendo a la solemnidad que rodeaba al pregón, que casi siempre era el anuncio de juntas, reuniones y cosas por el estilo, que tanto nos aburrían a los chavales.

Al acabar el pregón, siempre había un despistado que pasaba por allí, sin haberse enterado de nada: “¿De qué ha siu el bandu...?”; y no faltaba tampoco el que contestaba sin estar enterado del todo: “No sé..., creu queeeeee de alguna juntaaa... o alguna hohtia de ésah... me paeci habel oíu." Por último, aparecía un tercero, con voz grave y firme, que disolvía toda duda: "Junta a lah dieh de la nochi, pa' la corchera, en la cámara agraria..."

El pregonero recitaba tanto de memoria como leyendo un papel municipal cogido con ambas manos, con la corneta colgando del brazo por un cordón, en una estampa harto representativa de aquellas calles espartanas de nuestros días.

Pregoneros éramos todos en mayor o menor medida, vociferando noticias a los cuatro vientos, por aquí o por allá, pero los pregoneros oficiales eran los alguaciles; ellos gozaban de un grado de atención superior, que nadie osaba usurpar. Eran los divulgadores de la noticia fresca y vecinal..., las cuerdas vocales al servicio del aviso cercano..., las gacetillas callejeras de parra, cal y cantería... Los alguaciles respondían a todas las tipologías humanas, por tanto, podíamos encontrar alguaciles regordetes, “rejertes”, estirados y extrovertidos, de la misma manera que alguaciles de carácter más reservado, con chepa, flacos, fumadores compulsivos, con cierto toque leptosomático, que dejaban escapar una tosecilla nerviosa justo antes de pregonar.

El pregonero se cruzaba por las calles empedradas con el cartero, mensajero también de las cosas cotidianas, y ambos, a su vez, se cruzaban con algún alcahuete de reconocido prestigio, mensajero igualmente de la cotidianidad. Entre los tres departían en cualquier esquina, nerviosos, gesticulando al sol y al viento, y las noticias corrían sin freno, como broncos arroyos de antiguas primaveras rurales.

Los primeros alguaciles lucieron la clásica boina negra de paño, y después se nos fueron presentando con gorra de plato, que en algunos casos les daba un aire seco y marcial, ligeramente autoritario... De esta forma, los niños más pequeños, al ver a aquellos hombres con sus gorras de plato, gritando por las calles con tono sentencioso, teníamos la impresión de que los alguaciles eran los hombres que mandaban en los pueblos. Así lo pensé yo durante algún tiempo, y costó mucho quitarme la idea de la cabeza.

La corneta (que viene de cuerno) era siempre la misma: una especie de cuerno de vaca, metálico, entre color cobre y dorado, abollada por el tiempo y "loh cahcarinachih" recibidos..., con un pequeño cordón de extremo a extremo, tal vez de color granate. El toque de cuernos, cornetas y demás instrumentos de aire al servicio de avisos y reclamos de los parroquianos, lo podemos ver a lo largo de la historia y la geografía, en numerosas civilizaciones, aunque seguramente a nosotros (de raíz judeocristiana) nos viniese de la antigua cultura hebrea. El cuerno estaba muy presente en la vida campesina, y en el inconsciente de aquella gente, puede que simbolizase los proyectos truncados, ilusiones arrasadas..., sueños evaporados..., y todo aquello que, en fin, se iba literalmente al “cuerno”, que no eran pocas cosas.

Los vendedores pregonaban por las calles sus mercancías, y las mujeres abrían ligeramente las cortinas, a la espera de alguna ganga. “¡¡Hay peeeeceeeessss!!", se escuchaba por las calles. Con relativa frecuencia los niños gastábamos bromas anunciando mercancías inexistentes a grito pelado, escondiéndonos detrás de alguna parra, o agazapados detrás de un poyo de cantería, esperando a la mujer de turno asomada a la puerta con cara de sorpresa, y nosotros allí, partiéndonos de risa... "¡¡A loh bueeeenuh meloooonih...!!", gritábamos por última vez, antes de salir corriendo, con dolor de barriga después de largo tiempo de risas contenidas. Nuestra maldad no pasaba más allá de pequeñas cosas como esas.

Algo que me sorprendió desde niño, es el hecho de apreciar que, en todo lo tocante a temas oficiales, aquella gente de los pueblos, que habitualmente hablaba un extremeño cerrado, de repente pasaba a un castellano impostado, más propio del mismísimo Valladolid. Así, en aquellos pregones rurales, lo propio hubiera sido escuchar: “Con permisu del señol alcaldi, se jaci sabel...” En esto, como en otras cosas, asomaba el fantasma del complejo de inferioridad, que nos precipitaba al subsuelo del terrón extremeño. El habla local, estaba claro, no nos servía para las cosas serías; quedaba relegada a las cosas ordinarias, la vida a pie de obra y los improperios a pie de corral.

Los niños, por supuesto, nos subíamos en los poyos con un canuto de papel a modo de corneta (también llamada turuta), o incluso con algún cuerno de cabra, o vaca, encontrado en el corral (o a veces tirado por la calle), y simulábamos los pregones municipales con total formalidad, sin perder la compostura, acompañados de un inexplicable silencio como respuesta por parte de la chiquillería que, curiosamente, adoptaba el mismo gesto facial que los adultos, escuchando, en este caso, la frívola improvisación, que llevábamos sin miramientos a nuestro terreno infantil, con golosinas y demás temas de nuestra aceptación: "Con permiso del señor alcalde, se hace saber, que en casa de tía Isidora se venden confites a perra gorda el kilo"; exactamente en el mismo castellano "fisno" que procedía usar en estos casos, faltaría más... También ejercíamos de alocados pregoneros berreando por calles y espacios abiertos de tierra, donde jugaban las multitudes infantiles, avisando al resto de rapaces de cualquier acontecimiento, en ocasiones inventado: "¡¡Hay un perru rabiosu pa' la cercaaaaa!!"; el problema radicaba en la dificultad para escuchar el mensaje, con la mezcla de voces que se atropellaban entre sí, en un histérico griterío que retumbaba por los rojizos atardeceres extremeños.

Recuerdo especialmente el clásico pregón de sardinas (pescado que odié desde niño). Era un pregón que me dejaba la moral por los suelos, pues era sabedor de que esa tarde-noche el pueblo cobraba un empalagoso olor a sardinas, que hasta las trancas de las puertas, una vez las tocabas, te dejaban impregnado el efluvio sardinero en las manos... Los gatos, esa noche, como ya comenté por aquí en alguna ocasión, tenían un estrés fuera de lo normal.

Desde el principio de los tiempos hubo pregoneros, cornetas y trompetas anunciando cosas. En las tribus de medio mundo usaban (y usan) distintos instrumentos de aire para llamar a sus miembros..., los porqueros antiguos tocaban cuernos para reclamo de los gorrinos..., los militares se levantaban bruscamente al toque de corneta..., y hasta el Apocalipsis nos presenta el final de los tiempos con presencia de trompetas tocadas por ángeles, abriéndose paso entre las nubes del cielo... Nada más fiable que oír directamente al pregonero, pues las cosas que se oyen de primera mano, tienen un plus de credibilidad.

Los pregoneros perdieron su privilegio de mensajeros de la actualidad. Ahora puede ser pregonero cualquiera: son pregoneros los cantantes y famosos que, desde el balcón de un ayuntamiento, sueltan un pequeño discurso aprendido, a cambio de un pingüe beneficio económico... Pregoneros son los guías turísticos que, rodeados de guiris japoneses, cuentan por un megáfono las excelencias culturales de tal o cual ciudad... Pregonero es todo el mundo, cierto es, pero aquellos pregoneros de nuestra infancia tenían un punto de piedra y polvo callejero, de sainete negro rural, que se hundía en lo más arcano de la Extremadura profunda, dejándonos un recuerdo melancólico de aquellas estampas agrestes, pero hermosas, que ahora pasan fugaces por nuestra perezosa memoria.

Desde la implantación de la megafonía en los ayuntamientos, los pregones, al igual que ocurrió siempre con las campanas del reloj, se empezaron a escuchar desde el campo y lugares lejanos. Los modernos pregones, sí, hace años que se oyen desde lejos, con un timbre metálico y frío, pero a pesar de todo siguen teniendo su aquel. En el caso más cercano que conozco, aún se toca por el micro la antigua corneta abollada, que aumenta decibelios desde su nueva condición de corneta de oficina. Al oír su toque, en las calles del pueblo se detiene momentáneamente el tiempo, y la gente parece quedar petrificada: el uno, con el cigarro a la puerta del bar, el otro, doblando la esquina con las recetas del médico, la otra, sacudiendo la alfombra a la puerta, el otro, con la barra de pan bajo el sobaco...

“Se hace saber”, que en estos tiempos preñados de noticias por doquier, vivimos sobreinformados, que es la manera más eficaz de no informar... Se echa de menos la noticia directa, de persona a persona, de mirada a mirada...; aquella noticia que rozaba la piel, y que ahora se nos torna huera y abigarrada, con los disfraces oportunos y los brindis al sol que tiene siempre la mentira..., con gran ruido de muchedumbre que nos impide escuchar al pregonero... Una voz, políticamente incorrecta, hace muchos años, nos profetizó aquello de: “Un día conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres"; y ahí andamos esperando a saberla. Mientras tanto, hemos ido conociendo increíbles avances de ciencia, física cuántica, microchips, nanotecnología del mismísimo demonio..., no sé..., la velocidad de la luz, la del sonido, la plomiza oveja Dolly..., y hasta el puñetero "bosón de Higgs"..., pero no la verdad, mira tú.

Así, como todas las cosas, se nos fueron los antiguos pregoneros, que andarán de voceros en las ágoras celestiales, por esos planos livianos y desconocidos de las alturas. Quizá no sea difícil encontrarlos al mirar hacia arriba, confundidos entre las nubes, con sus boinas hechas de cúmulos y sus cornetas de cirros, pregonando cosas sencillas y verdaderas, de las que, a buen seguro, ya serán conocedores.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com