sábado, 17 de septiembre de 2016

Madrugadas


Entre gallos y media noche pasaba de puntillas la madrugada, alternando silencios absolutos con ronquidos descompasados. Tan sólo la siesta se ofrecía como una fugaz y luminosa franquicia de la madrugada, pero era en esta última donde el tiempo parecía dar una tregua suficiente, capaz de mitigar los excesos del día. La madrugada nos cubría con su manto negro y estrellado; era, sin duda, una aliada perfecta e infalible..., una madre amorosa, reparadora de fatigas y “descalientos”..., de “aginos” y cuitas campesinas.

Eran noches de colchones de lana, carraspera senil y tos perruna...; madrugadas de orinal de porcelana, alfombras de corcha sobre suelos helados de cantería, y meadas a golpe intermitente de próstata, con ventosidad incontrolada, que irrumpía como un trueno repentino, salido del interior de un pijama de patera larga. Después, un largo bostezo y rechinar de dientes ante el frío, reintegraban nuevamente al viejo lugareño en su lecho antiguo, que era como una madriguera frente a todas las hostilidades del día.

Al levantarse, los habitantes de aquellas guaridas de adobe, descubrían, no con mucha sorpresa, que habían sido pasto de pulgas, chinches, mosquitos, violeros y toda una fauna nocturna y sutil de bebedores empedernidos, que a menudo daban buena cuenta de la sangre labriega, que, generosa, se entregaba a otras formas de vida. Y así amanecían marcados de "borrunchus" (ronchas) en la piel, y compulsivas “picañas” mañaneras durante el corto desayuno de "plingá" de aceite y café de puchero... Era el precio que se pagaba por un descanso necesario, que, claro está, no podía resultar gratis. “La madri que loh parió... me han acribillau de arriba abaju”.

En algunas casas, las pequeñas “lamparillas de mariposa” lucían toda la noche, en honor de los difuntos de la familia, a veces junto a imágenes de santos, en sus hornacinas, que se transportaban cada veinticuatro horas de casa en casa (aún se sigue haciendo).

Nos relataban los abuelos que en otros tiempos los lobos se acercaban a los pueblos de madrugada, en busca de desperdicios matanceros, aprovechando las tenebrosas noches y el silencio de aquellas aldeas. Tan sólo los perros alertaban de su presencia a través de temerosos ladridos. El lobo aparecía en la tradición oral como uno de los dueños de la noche, un siniestro personaje de mirada profunda.

La madrugada de la noche de San Juan, nos llenaba a los niños de inquietud, con historias de brujas y aquelarres en los valles cercanos, que nos relataban algunas ancianas con gesto también de brujillas y alcahuetas. Los más chicos teníamos la convicción absoluta de que esa noche las brujas pululaban por las calles a sus anchas, arrastrando faldones, con pelos encrespados, y que en las casas protegidas no osaban entrar. A pesar de todo, el ruido de las maderas del piso de arriba, en sus contracciones y dilataciones, nos provocaba un intenso terror nocturno, advirtiéndonos de la presencia de duendes inquietos, con algún sobresalto inesperado a veces, que fácilmente podía ser cualquier gato de la casa tirando un puchero de barro en la troje.

El incansable reloj del campanario, y el rebuzno de algún burro del vecindario, de tarde en tarde alteraban la paz de la madrugada, dejando paso, nuevamente, al silencio sideral que todo lo cubría.

Nada había más misterioso que una noche cerrada de invierno en uno de aquellos pueblecillos nuestros: la lluvia machacona sobre las tejas..., las goteras incesantes en los barreños..., el viento silbando melodías inacabadas..., y azotando canalones de lata..., o planchas de hojalata desprendidas de portones de “tinaos” y corrales... Era un mundo de hojalata, una sinfonía de hojalata pobre y nocturna.

Las lechuzas sobrevolaban majestuosas los tejados, como un rayo blanquecino sobre la oscuridad, y tal vez entraban en las iglesias a beber de algún velón de aceite, tal y como recitábamos en los versos escolares, donde un tal San Cristobalón se apresuraba siempre a espantarlas.

Las mujeres, al punto de acostarse, rezaban la oración de San Antonio para recuperar la cabra perdida, la oveja perdida, el anillo perdido..., la esperanza perdida: “El mar sosiega su ira, / redímense encarcelados. / Miembros y bienes perdidos / recobran mozos y ancianos...”

Las madrugadas de nuestros ancestros supimos que transcurrían sin luces en las calles, no más allá de algún farol de aceite en noches cerradas, llevado por un hombre en sus nocturnos quehaceres, o la generosa luna llena iluminando las frescas madrugadas otoñales..., o tal vez las luciérnagas poniendo su encanto lumínico en medio de la oscuridad. Por unas horas el mundo quedaba libre de la actividad humana. En su libro de poemas "Mundo a solas", especulaba Aleixandre con un mundo anterior a la aparición del hombre en la tierra, y la esperanzadora fantasía de que nunca apareciese: "Humano, nunca nazcas", pedía sin éxito. No obstante, en aquellas noches, nos envolvía un silencio antiguo y primigenio, que, por momentos, ponía en duda la propia existencia humana, donde lo más humano que portaba la madrugada, eran las estatuas de bronce de las plazas, o las huellas de pisadas en las calles de tierra.

Me cuentan que, allá por la posguerra, en el pueblo había un pequeño transformador de luz (de escasa capacidad) junto al río, de tal manera que no estaban permitídas más de dos bombillas de cuarenta vatios por hogar, a riesgo de cortarte la luz por el plazo de un mes, en caso de excederte. Así le aconteció a mis abuelos en cierta ocasión, condenados a estar un mes a base de candil de aceite y trompicones en las baldosas levantadas, por osar encender tres bombillas... Algunos, de manera ingeniosa, colgaban la misma bombilla en sitios diversos a través de un largo cable, con distintos ganchos en vigas, marcos de puertas o cuarterones de corrales, y así multiplicaban la miseria haciéndola parecer menos miseria.

Las calurosas madrugadas veraniegas nos invitaban a abrir todos los agujeros posibles de nuestros edificios rurales; puertas y ventanas dejaban pasar el aire, cuando al aire burlón le daba la gana pasar, pues no siempre el aire se dignaba en ello. Los que sí pasaban sin permiso eran los saltarrostros, que, como inesperados justicieros, eliminaban a los insectos que nos vampirizaban. En las noches más tórridas, la gente dormía con la puerta principal abierta, en ocasiones encima de una manta vieja, con la cabeza junto al umbral de la entrada, y los sueños, de esta forma, quedaban al borde de las calles de rollos..., aquellas calles de tierra y rollos, que hacían más llevadero el verano, frente al cemento achicharrante de nuestros días.

Cuántas veces oímos de niños aquello de: "Entre las doce y la una, corre la mala fortuna..."; y así nos afanábamos en quedar dormidos antes de la hora indicada. Claro que después venía "la hora bruja", sobre las tres de la madrugada, opuesta a la hora nona de la tarde. En esa terrorífica hora, afortunadamente, éramos ya clientes de Morfeo.., y el ángel de la guarda había escuchado sobradamente nuestros ruegos desde algún cuadro torcido, que, frente a nosotros, colgaba de una vieja pared encalada.

Podíamos imaginar a los pastores de otro tiempo en chozas y majadas, mirando el firmamento poco antes de acostarse, entre coros de grillos, ladridos de mastines y el canto del cárabo desde lejanas encinas.

Por unas horas se paraba el mundo, igualando riquezas y pobrezas. Cuánta de aquella humilde gente esperaba que la madrugada les diese unas horas de cortesía, que la madrugada fuese, incluso, interminable; pero la madrugada, como un Pedro Simón temeroso, siempre los negaba antes de cantar el gallo, y los entregaba, cabizbajos, al implacable sanedrín del día, que despuntaba con una luz voraz y decidida, con todos los quehaceres y tormentos por delante.

Hemos prostituidos la mística de la madrugada, robándole el componente trascendental que siempre tuvo, en favor de alocadas noches frívolas y etílicas, zascandileando la oscuridad de un mundo vacío y consumista.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com

jueves, 23 de junio de 2016

La empresa




Cuando un día oí hablar de “la empresa”, como "unidad productiva dedicada a la actividad económica," me sorprendió que hubiese otro tipo de empresa distinta a la que había conocido desde niño, que no era otra que aquel autobús para viajeros de economía precaria, que nuestros mayores llamaban también "la empresa", y que transitaba por los pueblos transportando a los campesinos rumbo hacia los núcleos urbanos más próximos.

Aquella única empresa que conocí, aparecía en las mañanas gélidas por las aldeas, salvando una esquina de cantería con lenta y majestuosa llegada, mientras los recios viajeros esperaban firmes, dando tiritones de frío, a la vez que el aliento dibujaba figuras imprecisas en el aire. Entre aquella gente era habitual la presencia de algún niño, con la emoción a flor de piel en su primer viaje a Plasencia; tal vez para comprar en almacenes "Daza" el traje de la comunión, y hacerse la foto en el estudio de enfrente... De aquellos primeros viajes infantiles a Plasencia, me quedó grabado el olor a churros del casco antiguo, los motocarros circulando por las estrechas calles del centro, o la cantidad de gente nunca vista por un niño rural; pero sobre todo, y por encima de todo, la emoción del viaje de ida y vuelta en la empresa.

A través de la empresa, Plasencia irrumpía de golpe en nuestras vidas. Era la Nueva York de la Alta Extremadura, aunque mucho más pequeña, bella y entrañable, donde a menudo encontrabas a gente de tu pueblo por las calles del centro, con una extraña sensación de hallarlos fuera del entorno habitual, entre burros y perros escuálidos alrededor. La vida de aquellos pueblecillos gravitaba, sí, en torno a Plasencia, como centro neurálgico de cualquier necesidad extraordinaria, que tampoco eran muchas.

La empresa, a los niños, nos parecía enorme, alta y mastodóntica; claro que nunca conocimos los autobuses de dos pisos de los que hablaban los niños urbanitas que nos llegaban en verano de Madrid. A nosotros, en cambio, todo nos resultaba gigantesco, acostumbrados a una vida a ras de tierra, donde un pequeño salto nos permitía tocar las tejas de los corrales, o alcanzar las brevas de las higueras.

Nuestra protagonista se fue afianzando poco a poco por aquellas latitudes. En los pueblos de las comarcas norteñas se hizo célebre una empresa denominada popularmente como "Empresa Charranguina", con ruidos varios y descompasados, para hacer honor a su apodo. No era extraño el cuadro de alguna de estas empresas averiadas, echando humo junto a cualquier cuneta, con los pobres pasajeros en el arcén, rodeados de equipajes rudimentarios, a la espera de alguna otra empresa que tuviese a bien pasar a recogerlos... Era gente acostumbrada a sufrir y a esperar; quizá su vida había sido una constante espera, y aquello no les suponía más allá de una pequeña penitencia entre tantas otras. Más tarde fueron llegando empresas con nombres de más empaque, como "Los tres pilares" y otros por el estilo, donde el nombre en sí parecía albergar una mayor garantía para los viajeros, con un aspecto mejorado y un tamaño mayor que sus antecesoras. La gente de avanzada edad gateaba los escalones de estos nuevos autobuses como dios les daba a entender, y bajaban con sumo cuidado, por miedo a las caídas: “Baji usté con cuidau, no sea cuántu ajociqui y salga apitanáu (magullado).”

Al entrar en aquellas arcaicas empresas, sorprendía inmediatamente el inconfundible olor a skay de los asientos, entremezclado con el olor a tortilla de patatas, morcilla de calabaza o tajadas de tocino, que escapaba de las viejas merenderas de aluminio y las cestas de mimbre que los paisanos portaban cogidas del brazo, a la par que algún botijo en los tórridos meses de verano. Eran viandas que la gente llevaba para la jornada placentina, dejándolo todo impregnado de un olor gastronómico a materias verdaderas, austeras y mínimas, sin envoltorios ni aditivos; olores que entroncaban, inconscientemente, con el hambre que todavía amenazaba como un fantasma del pasado. A la vuelta de la ciudad los olores se ampliaban con ristras de ajos o salchichas frescas compradas en el mercado central, sin menoscabo del olor a “pezuños” (a pies), o a “sologrio” (sudor rancio), que aquella gente dulcificaba bajo el eufemismo de: "olor a humanidad."

La modernidad de Plasencia nos quedaba aún muy lejos, era un contraste demasiado fuerte para digerir de golpe. Oí contar varias veces la anécdota de un par de niños cercanos a mi entorno que, una vez en Plasencia, fueron a orinar en el sitio que les habían indicado, sobre una cosa extraña, amorfa y amenazante, llamada "water", sin información previa al respecto. Tiraron de la cadena, más por curiosidad que otra cosa, y ante el estruendo formado por la cisterna, salieron corriendo despavoridos, pensando que habían hecho algún "azurzu" (trastada), con la promesa de no decir nada a nadie y guardar rigurosamente el secreto..., cosa que no cumplieron.

La primera vez que subíamos a la empresa era una sensación inigualable. Los niños pugnábamos por sentarnos en los asientos delanteros, cerca del conductor, para ver el asfalto absorbido por la reumática empresa, que a nuestros ojos infantiles era como un Concorde terrestre, comiéndose las flores de las jaras que secundaban las bucólicas carreteras de las dehesas.

La empresa recorría los pueblos a través de carreteras que se integraban en el paisaje sin grandes estridencias; carreteras estrechas, con baches llenos de agua (donde las ranas entraban y salían), y yerbajos acariciando la chapa de los coches. Estas vías, medio rupestres, podían formar parte de un cuadro paisajista sin resultar un elemento discordante. Los rebaños de cabras y ovejas invadían durante largo tiempo el asfalto, sin ser molestadas, llenando el alquitrán de cagalutas, y comiendo plácidamente la hierba de las cunetas sin vehículos al acecho, donde el ruido más parecido a un motor, era el ruido de algún moscón solitario, o de alguna libélula sobrevolando los humedales.

La antigua Estación de autobuses de "Félix Sánchez" se mostraba como un hervidero de alforjas y chaquetas de pana, y las esperas se hacían interminables, con gente sentada por aquí o por allá dándose todo tipo de explicaciones entre sí, con esa cosa tan extremeña de hacer una larga exposición de tus asuntos, explicando a dónde vas..., qué vas a comprar..., para qué lo quieres... El legendario y cercano bar placentino de "La Cepa de Oro," daba también un respiro a los viajeros de aquellas comarcas belloteras, en cuyo interior podían sentarse a comer el almuerzo, a cambio de tomarse una limonada, un helado al corte, o quizá alguna cerveza, que ya las iba habiendo por aquellos años, a pesar del ambiente de chalequino y boina, que dejaba en el aire la impronta de un cuadro costumbrista.

Al volver al pueblo con la empresa, los niños teníamos la sensación de regresar de un mundo lejano, cargado de aventuras y embeleso capitalino, que nos hacía volver un poco aturdidos por tanta grandiosidad. Íbamos luego esa tarde por el pueblo, con el chupa chups placentino en la boca (que era más grande que el chupa chups local), degustándolo entre los demás infantes, y esperando impacientes la pregunta de rigor: ¿Dóndi lo hah comprau...?, para acto seguido espetarles: "En Plasencia...", con un tono altanero, como quien está en otro nivel, hablando con el chupa chups a modo de flemón intercambiable de moflete a moflete; aunque en ese mismo instante, el inconfundible ruido de la tranca de un corral cercano, nos devolvía a la realidad, esa misma que con los años, en cambio, fuimos reconociendo tan nuestra y verdadera.

Después de estos viajes placenteros y placentinos, había niños que jugaban, cómo no, a ser conductores de empresa: cogían alguna tapadera vieja de corcha, a modo de volante, colocaban varias filas de sillas, o banquetas, por detrás, y sentaban en ellas a numerosos amigos de juegos, con sus cestas de mimbre, que se disponían a emprender el viaje por imaginarias carreteras angostas, entre encinas, alcornoques y vacas moruchas. A este juego se sumaba también alguna abuela, que con buen humor tomaba asiento en la infantil y viajera empresa de los sueños.

A los lugares más lejanos nos seguía llevando el tren. Recuerdo aún los últimos estertores de la ferroviaria Vía de la Plata (antigua línea Madrid-Astorga)... Un día, siendo adolescente, aún tuve ocasión de coger un tren hacia Madrid, en los primeros ochenta, acompañado de mi abuelo materno. Salimos muy temprano con la empresa, para llegar a la estación de El Villar. Fue una mañana nublada de invierno, y nos tocó esperar allí hasta por la tarde, que pasaba un tren de aquellos trenes oscuros, acorazados, que rebosaban hierro por todos los poros de su piel..., quizá un ferrobús..., creo recordar. Estábamos en total soledad, en aquella estación ya fenecida. Me fui a dar un paseo hasta el cercano pueblo de El Villar, y al regresar a la estación, contemplé desde lejos la figura estática de mi abuelo, junto a las vías, con abrigo, sombrero de paño y maletas en el suelo, como esas esculturas de viajeros de bronce que ahora presiden las salas de espera de las modernas estaciones; y recibí como un flash que me hizo comprender de golpe que todo aquel mundo tocaba ya a su fin. Por aquellos entonces empezaba yo mis primeras lecturas poéticas, con poemas del romanticismo español, como aquel de Campoamor, titulado “El tren expreso”:

"Corría en tanto el tren, con tal premura,
que el monte abandonó por la ladera,
la colina dejó por la llanura,
y la llanura, en fin, por la ribera..."

Mi abuelo paterno, al que no llegué a conocer, fue factor de Renfe en la mencionada estación de El Villar, y cuentan que relataba con cierta gracia los episodios tragicómicos de aquellas pequeñas estaciones en los tristes años de la guerra.

En los años de posguerra, a las tres de la tarde, pasaba por los pueblos el viejo y destartalado coche de correos, y no volvía hasta el día siguiente, obligando a hacer noche en Plasencia a los estoicos viajeros.

Maletas viejas rodeadas por correas de material, agrietadas, a punto de romperse, y cajas de cartón atadas con cordeles del corral, eran mayormente los equipajes de aquellos misérrimos héroes extremeños, que tanto entregaron a cambio de casi nada.

Allá por los años sesenta comenzaron a aparecer por los pueblos los primeros taxis rurales, con taxistas que bien podían tener un taxi al mismo tiempo que una pescadería, o una frutería. Este tipo de taxis eran contratados por las familias, de manera esporádica, para viajes o celebraciones puntuales. Iban a bodas y comuniones lejanas, y el taxista partía como un invitado más de la familia durante toda la jornada. Aparecían luego en las fotos, al fondo, sonrientes, y al cabo de los años, cuando alguien miraba la imagen y preguntaba por el parentesco de un hombre desconocido que no encajaba en el evento, con frecuencia era el taxista. Aquellos taxis eran coches aparentemente normales: Seat 124 ó Seat 1500, cuya única particularidad consistía en una diminuta placa de Servicio Público (SP) impregnada de mosquitos. Incluso recuerdo de niño un enorme “Dodge dart” del pueblo vecino, que los críos veíamos como uno de esos grandes coches americanos de las primeras series de tv, y que los lugareños llamaban "dogi." A este Dodge dart, o "Dogi", lo vimos luego hacer de extra en una película surrealista titulada “Gulliver”, rodada en el poblado de Granadilla a mediados de los setenta, con Fernán Gómez y unos enanos sacados del bombero torero.

Más tarde, por los ochenta, los taxis rurales se profesionalizaron al máximo, y se agruparon en pequeñas cooperativas que viajaban a diario a Madrid. La gente aún pretendía meter en estos taxis equipajes onerosos de todo lo que daba la tierra: cajas llenas de chorizos, patatas, perrunillas..., y toda suerte de materias autóctonas (y hasta algún gallo para llevarse a los madriles por navidad), creándole un problema al taxista, que con buenas maneras intentaba disuadir del empeño a los pujantes viajeros castizos, aunque no siempre con éxito.

Por los cincuenta, y primeros sesenta, algunos hombres emprendedores se aventuraban a transportar viajeros con vehículos que estaban a caballo entre el taxi y la empresa: coches antiguos, antediluvianos, de no más de nueve o diez plazas, que parecían sacados del cine mudo, y que hacían viajes a Plasencia en días puntuales de la semana, como una especie de limusina de los pobres. Desde pequeño oí la historia de uno de estos coches públicos que la gente del pueblo llamaba familiarmente "La Rubia de tío..." Eran aquellos coches que necesitaban ser empujados para arrancar, y sofocados con agua para no quemarse. La citada "Rubia" arrancaba siempre cuesta abajo, aprovechando oportunamente la misma calle empinada, de tal forma que una vez iniciado el arranque ya no había posibilidad de parada. Siempre escuché la anécdota de una vecina del pueblo que, al montar un día en La Rubia, se dejó la cesta en el suelo, y una vez arrancó el vehículo cuesta abajo, se percató del descuido, gritando: ¡¡La cestaaaaaa!!, pero su grito resultó en vano, como grito en el desierto, ante las risas del vecindario. Eran anécdotas episódicas, que de tarde en tarde daban un punto de alegría a la estampa en blanco y negro de nuestro pasado..., una guinda en las calles grises que por momentos se tornaban de colores.

Ya por los ochenta empezaron aquellos autobuses modernos, con tele incorporada, que nos ponían a menudo la película de "Sor Citroen", con Gracita Morales todo el rato chillando y sin dejarnos pegar una cabezada, ni leer unos versos de Cernuda, o de Salinas, de aquellos libros de poemas que aún se leían por los ochenta y noventa, cuando no había tanta pantallita lobotomizante.

Antiguamente, en los años de posguerra, la gente de aquellos pueblos iba en bestias hasta la mencionada estación ferroviaria de El Villar. Allí dejaban las bestias en el corralón de la señora Soledad (llevando los viajeros la comida de los propios animales), de tal forma que a la vuelta de Plasencia, o Béjar, retomaban mulos y pollinos debidamente cobijados. En uno de esos viajes combinados entre burro y tren, cuenta mi madre el miedo que pasó de niña al ver a la primera locomotora acercarse a la estación, como un ogro metálico, de mirada cruel, dispuesto a engullir niños sin miramientos... Cuenta también que un día de viento y frío invernal, el guardagujas los acogió en la fogata de su humilde casa (cuando la gente aún compartía lo que tenía) y allí pasaron varias horas en espera, al calor humano de la candela. Al regresar de la ciudad, mi abuelo les trajo una bolsa de caramelos a los niños del guardagujas, en justa reciprocidad.

Los medios de transporte de nuestro tiempo son rápidos (como no podía ser de otra forma), ligeros, cómodos, inteligentes, y están pensados para llevarnos raudos hacia cualquier lugar... Los trenes son de alta velocidad..., los coches también veloces..., veloces son las transmisiones, y hasta las modas son veloces. Todo nos lleva velozmente a todas partes, aunque, eso sí, nunca sabremos, ni nos cuentan, hacia dónde. Y así vamos, mirando atónitos por la ventanilla, y escribiendo en el vaho del cristal nuestros sueños y nuestra historia, aquella historia que empezamos en la lejana infancia que se oculta entre las bambalinas de un tiempo que aquí trazo, a golpe de memoria, en estos pliegos cibernéticos. Buen viaje.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com

lunes, 9 de mayo de 2016

Cartas de ayer


Una niña con trenzas y andares pizpiretos, dando saltos cadenciosos, se acercaba a la puerta del correo, que era una casa como otra cualquiera, y apartando la cortina de palillos, echaba por la ranura de la vieja puerta la carta para su amiga de Madrid. Al cabo de un mes, una buena mañana, aparecía en el suelo de su casa un sobre con matasellos madrileño, al lado de una escoba de baleo. Los ojillos de la niña se encendían de alegría, y abriendo el sobre, delante de su rostro iluminado, se mostraba un texto circundado por dibujos de flores y promesas de verse ya pronto, en el verano, que no andaba muy lejos, ya con las flores de mayo llenando de perfumes y versos las tardes aldeanas.

Eran escenas de un tiempo epistolar, cargado de romanticismo, donde las cartas iban y venían, portadoras de pensamientos viajeros, como parte de unas vidas prestadas, con el remite marcado a fuego en el alma. Las cartas nos conectaban con el mundo exterior, como un dilatado cordón umbilical de papel y esperanza.

El cartero marchaba por las calles, con su bolso de piel marrón, como la Penélope de la canción. No necesitaba mirar la dirección de sobres ni edificios, tan sólo con el nombre del destinatario le bastaba para dar en la diana. Iba a tiro hecho a cada casa, sita en cualquier recoveco o rincón escondido, o en la trasera de extrañas edificaciones, de las que había por cualquier sitio desafiando toda lógica arquitectónica.

En las casas no había buzones, las puertas estaban llenas de “talleras” (rendijas), y las cartas y el frío entraban a placer cogidos de la mano. Las cartas aparecían en el suelo, junto a la puerta, como si tuvieran vida propia, y una ductilidad que les permitiese acomodarse a las rendijas mínimas, que en muchos casos eran máximas. A veces se mostraban humedecidas en el suelo, sobre una cantería calada por el agua que se filtraba con el hostigo invernal. El cartero no sólo conocía las direcciones, sino que también sabía la puerta exacta por la que echar cada sobre, y la grieta más indicada en cada una de ellas. Lo hacía con tal discreción, que nunca advertíamos su presencia; parecía como si las cartas se materializaran de la nada en cualquier momento: ahora mirabas y no estaban, y volvías a mirar y ya estaban allí, como en una suerte de magia necesaria para nuestras vidas.

Los niños escribíamos al dictado las cartas de los viejos ágrafos..., quizá alguna vecina que el destino no tuvo a bien alfabetizar, trabajando de niñera desde niña, qué paradoja. Pero el destino no pudo privarlos de la sabiduría en tantas materias de la vida misma, ni evitó que nos dieran mil lecciones como curtidos profesores del magisterio vital. Más de una vez me tocó hacer de escribano por aquí o por allá, y recuerdo sentirme como un personajillo útil, resolviendo problemas a personas que para mi eran todo un referente: “Ehhh, bonitu, ven pa cá, a vel si me puédih ehcribil únah létrah pa una carta...”

En las cartas predominaba el lenguaje formal, aprendido de muchos años atrás. Expresiones como: "Supimos por la presente..., a la espera de una pronta respuesta..., sin otro particular...”, etc., abundaban en los textos. Costaba creer cómo personas de confianza, que habitualmente hablaban sin tapujos entre ellos, pudieran usar tanto formalismo en los escritos que se enviaban. Era algo que nos chocaba un poco a los niños, y nos hacía incluso cierta gracia.

En aquellos pueblos extremeños no se usaba el término "dirección", por tanto los lugareños lo que se daban eran "las señas". Se daban las señas, sí, unos a otros, como el que daba lo poco y mejor que tenía, que era la ubicación exacta de piedra y adobe donde moraban sus cuerpos serranos, achicados a la mínima expresión biológica del universo. Había una especial preocupación en los más viejos por poner bien las señas en las cartas. Cuando salías por la puerta de la calle para echar la carta, los abuelos te volvían a insistir una última vez, con esa desconfianza de quien ha perdido tanto y ha visto perderse tantas cosas: "¿Hah miráu si ehtán bien puéhtah lah séñah...?, no sea cuantu no llegui..."

Por las calles, los niños en corro jugaban al Cartero del Rey: “Soy el cartero del Rey, y traigo una carta para todo el que lleve una prenda de color... verde”. “Las niñas cantaban a la comba: “Ya viene el cartero, qué cartas traerá, traiga las que traiga se recibirán...”

El cartero podía ser también peluquero, barbero, albardero..., y a la vez, no sé, sellar quinielas de fútbol. Podía ejecutarlo todo con el mismo esmero y buen hacer, como ya vimos en el relato de los “Oficios perdidos”, con aquellos irrepetibles artistas multidisciplinares, de un tiempo donde la honradez estaba a mesa y mantel en casi todas las casas.

La verdadera preocupación de la gente de la época, era la buena caligrafía; las personas mayores escribían con renglones rectos, con preciosa letra, y despacio, con la paciencia artesanal de las cosas bien hechas. Recuerdo a mi abuelo, como un intelectual de pueblo, con sus gafas caídas y el gesto trascendente que ponía cada vez que abordaba el noble acto de trazar unos renglones. Eso sí, la ortografía era una intrusa poco considerada; claro que ahora lo sigue siendo, hasta en mayor medida que antes, y con un agravante aún mayor, pues entonces era tan sólo por desconocimiento, y ahora lo es por desidia.

Las niñas portaban mensajes amorosos en papeles cuadriculados. La amiga de la enamorada entregaba el papel doblado al afortunado, que generalmente lo recibía entre rubor, desplante y chulería, y se negaba a cogerlo ante el cachondeo generalizado de la tropa. Me cuentan que en una antigua escuela de posguerra, la clase de las niñas estaba en el piso alto, y a través de las ranuras de las tablas, dejaban caer sutilmente papelillos con mensajes que irrumpían tablas abajo, como solitarios copos de nieve mensajeros, que caían hacia el piso inferior en el que se encontraban los muchachos.

Las cartas de aquel tiempo tardaban en llegar, pero llegaban contra viento y marea. De niño conocí la anécdota de una carta que le llegó a un vecino cercano, proveniente de un amigo de la mili, que con la buena intención de poner Guijo de Granadilla, a todo lo más que llegó es a poner “Carijo de Cromachilla”, y la misiva, inesperadamente, llegó a su destino, burlando toda lógica y demostrando un insospechado sentido del humor.

Cartas de novios desde la mili, cartas de familiares emigrados, cartas de postales veraniegas, cartas de la hija sirviendo en Madrid, cartas de niños y amigos estivales, cartas a los Reyes Magos... Las cartas iban y venían por todas partes. Y cómo no, aquellas cartas trasatlánticas, desde Argentina, con sobres especiales de avión con aquellos bordes rojos y azules, y el sello de Eva Perón... Quien más y quien menos aún guarda por ahí esas cartas del pasado, en el cajón de alguna vieja mesilla, o en alguna caja de cartón en la troje. Son esas cartas de ayer que nos devuelven sin piedad a las mismas sensaciones, alegrías y tristezas, del tiempo al que pertenecieron; cartas que están ahí, fosilizadas, con toda la emotividad larvada que se clava como un puñal al instante mismo de ver la luz.

Los carteros iban por la tarde a esperar al "coche correo", para recoger las sacas de cartas que luego clasificaban minuciosamente por la noche. Cuando esperábamos alguna carta con impaciencia, no dábamos lugar al reparto de la mañana, sino que íbamos la noche anterior a casa del cartero a ver si teníamos ya correspondencia. Acudíamos varias noches seguidas, hasta que al fin, a fuerza de insistir, la carta aparecía por aburrimiento, y esa noche, el cartero, con una sonrisilla confidencial, nos tenía ya colocado el sobre en un extremo de la mesa camilla, al tiempo que echaban en la tele en blanco y negro aquella serie de Antonio Mercero, titulada “Crónicas de un pueblo”, donde un cartero rural, llamado Braulio, repartía las cartas en bicicleta.

Antiguamente, una vez a la semana, los carteros tenían que desplazarse con las bestias a la estación de tren más cercana, a recoger la correspondencia, y las cartas se acercaban a golpe de pezuña, piedra y polvo del camino, hasta aquellas aldeas septentrionales de la depauperada Extremadura de posguerra.

La única competencia al correo era el teléfono, pero en la mayoría de las casas no había este artilugio; tan sólo en casa del médico, del cura, el boticario... y poco más. La gente acudía al locutorio (que al igual que el correo, era una casa corriente), generalmente atendido por alguna mujer que tampoco se dedicaba íntegramente al asunto. A finales de los setenta empezaron a llegar las primeras cabinas, que se instalaron en las plazas de los pueblos. Eran como aquella del célebre cortometraje de "La Cabina", donde López Vázquez entraba en una de ellas, y quedaba encerrado para siempre, con angustioso y terrorífico final, como una metáfora, o quizá profecía, de lo que las tecnologías acabarían haciéndonos en el futuro. Más de un autóctono también tuvo problemas con las puertas de aquellos dichosos armatostes de aluminio, claro que ellos lo resolvían con un rústico empujón, acompañado de algún seco estallido extremeño: “¡¡Mee caaaguen toa laaaa...!!”

Toda la historia de la humanidad estuvo llena de mensajes llevados por carteros que adoptaron las más diversas formas: carteros fueron los ángeles (significa mensajeros) que llevaron noticias aladas con sellos celestiales...; y las palomas mensajeras que acudían a ventanales de doncellas abatidas por desamores...; y los halcones que portaron pergaminos medievales...; y cartero fue aquel Filípides griego, que corrió de Maratón a Atenas para llevar el mensaje a tiempo de salvar a los suyos de la quema. Carteros, en fin, hemos sido todos sin saberlo.

El correo físico ha quedado relegado a postales navideñas, y el resto del año tan sólo a correspondencia bancaria y a publicidad, tomando el relevo modernos sistemas, con correos electrónicos, mensajerías instantáneas y demás inventos sin solución de continuidad, que han pasado a jugar un nuevo “papel” en nuestras vidas; todo con la urgencia de un tiempo acelerado, donde las cosas suceden de manera vertiginosa, no vaya a ser que nos quede un pequeño resquicio de tiempo para pensar..., ufff, qué miedo. Algún día, amigo lector, cuando vuelvas a releer estos relatos, un sofisticado sistema de comunicación, nos permitirá ya emitir pensamientos que serán captados por algún cachivache de última generación; pensamientos que alguien, desde algún sitio, manejará a placer, aunque claro, siempre con nuestro beneplácito, que otorgaremos a través de leoninas condiciones de privacidad que nadie osará cuestionar, al albur de irresistibles tecnologías punteras de las que seremos..., ya lo somos, felices y compulsivos súbditos.

Un buen día las cartas, como en una fábula propia de Samaniego, hicieron un congreso entre ellas, y decidieron no mostrarse más a los humanos, después de milenios a su lado. Convinieron que era mucho más oportuno dejarlos abandonados a su suerte, probando las mieses robóticas del progreso, como irredentos personajes de un nuevo mundo digital.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jspombal@gmail.com

sábado, 9 de abril de 2016

El pueblo de al lado


Desde lo alto de un monte, podíamos contemplar pequeños pueblos, casi medievales, con sus tejados, sus chimeneas humeantes y sus verdores periféricos, como sacados de los cuentos que nos contaron a la lumbre. Eran pueblos próximos, pueblos de al lado los unos de los otros, pueblos que compartieron los mismos claroscuros y las mismas inquietudes..., que compartieron, también, los mismos azotes de la historia, las mismas hambrunas y la misma cosmovisión provinciana del mundo. Pueblos, en fin, que vivieron condenados a una estrecha relación de amor y odio.

El pueblo de al lado tenía, básicamente, las mismas calles que el nuestro, los mismos soportales, las mismas caras curtidas a las puertas de las casas; los mismos niños con las mismas piernas flacas, llenas de cascarrias y mataduras; los mismos tábanos acosándonos en verano, y seguramente los mismos corrales con el mismo número de pulgas. En el pueblo de al lado veíamos nuestros defectos, que nos resultaba más cómodo verlos en el pueblo de al lado, que reconocerlos en nosotros mismos, como suele ocurrir en todo orden de cosas, cuando entra en juego la torpe condición humana. Lo que realmente veíamos en el pueblo de al lado, sí, era lo que menos nos gustaba de nosotros, pues, en el fondo, éramos clones de lo más básico, réplicas de aquello que nace de la escasez y deviene en temores y prejuicios. Así pues, “cagajón” arriba o garrapata abajo, compartíamos también las mismas cuitas y las mismas alegrías.

El primer contacto de un niño de aquellas aldeas con el mundo exterior, podía ser, tal vez, la entrada con el abuelo, a lomos de un burro, en alguno de aquellos pueblos cercanos. En la entrada siempre había algún anciano sentado al sol, viendo la vida pasar, o alguna persona deficiente, que nos miraba fijamente con sonrisa ingenua, y nuestra reacción era siempre temerosa, con esos miedos irracionales e infantiles hacia todo lo desconocido.

A la entrada de los pueblos era frecuente encontrar una cruz de piedra, humilladero de antiguos caminantes, y alguna pequeña ermita con nombres de santos o santas habituales luego en los nombres de los vecinos. A los pueblos de al lado se podía llegar igualmente por caminos silvestres, que daban entrada al casco urbano a través de andurriales y accesos secundarios, llenos de burros, cabras, gallinas y demás fauna local..., haciéndonos comprender, aún más si cabe, la similitud con todo lo propio, que era también de naturaleza menesterosa.

En el pueblo de al lado había un acento ligeramente distinto al nuestro, que incluso nos hacía cierta gracia y enriquecía aún más ese gran acervo lingüístico propio de aquellas comarcas. Lo del Castúo (que nadie se me enfade), no existió nunca como lengua o dialecto extremeño; fue un invento nacido al calor de la fiebre identitaria de los ochenta, con bellotas en pegatinas de coches (o en llaveros de bar de carretera), y otras muestras del extremeñismo exacerbado que nos fascinó repentinamente. Lo que por allí se hablaba (y en menor medida se sigue hablando) era “el extremeño”, sin más; ese dialecto nuestro, o tal vez lengua (en opinión de algunos expertos) con diferencias en las “hablas” según la ubicación geográfica, “hablas” condimentadas con localismos propios de cada aldea; todo ello sobre la base imponente del castellano antiguo. Cuando de adolescente cayeron en mis manos versos de Góngora, Quevedo, Arcipreste de Hita..., o libros como La Celestina o El Lazarillo de Tormes, pude descubrir el origen de aquella manera nuestra de hablar, y comprender, gratamente, que no estábamos tan alejados de la cultura, como lo estamos ahora. Nadábamos en la abundancia de un léxico generoso, ya fagocitado por un lenguaje pobre y superficial, abigarrado de anglicismos, neologismos y complejos de toda índole, mientras nos suministran por los medios la alfalfa necesaria para implantar la cultura de la incultura, que acaba siempre elevada en los altares de la mediocridad.

Las rivalidades juveniles entre pueblos vecinos, solían reducirse a lo más primario: estaba mal visto zurrarse la badana entre los mozos del propio pueblo, pero había una cierta aquiescencia entre el personal masculino, si el enfrentamiento era con forasteros (siempre los malvados forasteros). Eran disputas todavía propias de tribus prerromanas, cuando la desconfianza a invasiones por aquí o por allá estaba a flor de piel.

Las muchachas de los años 40 y 50 de los pueblos cercanos, en cambio, me cuentan que algunas eran amigas entre sí, y se juntaban en las zonas limítrofes para charlar entre ellas de sus cosas de entonces, sentadas sobre piedras de granito, en tardes primaverales de domingo, viacrucis, flores y mariposas blancas revoloteando alrededor.

Nuestros antepasados se trataron con vecinos de los pueblos cercanos mucho más que nosotros, que tuvimos una relación menor y un tanto hostil. Los tratos en las ferias de ganado, o el intercambio de productos de la tierra, mutuamente demandados, abrían las puertas al contacto social, con una relación bastante jovial, convirtiéndose en una especie de fenicios con alforjas y banastas de castaño.

Todo un clásico eran (y aún siguen siendo) las pintadas en las señales de carretera, contenedoras de topónimos cercanos, siempre con letras tachadas aquí o allá, buscando el chiste facilón y grotesco hacia el pueblo vecino. De la misma naturaleza conflictiva eran las líneas divisorias entre municipios, que podían ser ríos, arroyos, paredes de granito, una piedra de gran tamaño o una cruz de madera colocada junto a un camino. Eran lugar de encuentro para las pueriles disputas fronterizas. Allí, los chavales, artificialmente envalentonados, nos llamábamos de "nombri" (nos insultábamos), “jaciéndunuh muécah” (burlas). Frente a frente, las hordas muchachiles llamadas a la contienda peliculera, se citaban en las fronteras, y al final todo quedaba en improperios de trinchera a trinchera, y unas cuantas piedras lanzadas hacia algún sitio indefinido del espacio. Una vez curados de la mostrenca e impulsiva pubertad, nuestra relación con los habitantes cercanos iba mejorando con el tiempo, en la medida en que íbamos comprendiendo que, al igual que aconsejara Don Quijote a Sancho: “Sobre el cimiento de la necedad no asienta ningún discreto edificio”.

Un buen día, incluso, descubrías que algunos de los chavales del pueblo de al lado te caían bien, y que, a nada que hubiera una mínima predisposición por ambas partes, era tan fácil hacer buena gavilla con ellos como con cualquiera de tus paisanos. Allí empezabas a entender lo absurdo de las barreras que nos imponemos, o nos imponen, y que con frecuencia nos arrastran hacia el fango viscoso del espíritu gregario.

Cuando ocurría cualquier "azurzu" (trastada, gamberrada) perpetrado por infantes o jovenzuelos, y aparecía, verbigracia, una puerta rayada, pintada, meada..., o un canalón roto, sin encontrar al culpable, siempre había algún vecino que, con gesto trascendente y cara de alcahuete, se aventuraba a especular con supuestos visitantes furtivos de tal o cual pueblo, que fulanito vio pasar con malévolas intenciones; pero al final, los culpables, como ocurre casi siempre, estaban mucho más cerca de lo esperado.

Ni que decir tiene que los varones jóvenes de cada pueblo no tenían el más mínimo interés en presumir de educación o sapiencia; por el contrario, estaba mucho más cotizado ser grandes bebedores y valerosos contendientes frente a las tropas forasteras... Tener a los mozos que más trasegaran, y a los más guerreros, era todo un orgullo para el mocerío local. En las noches parranderas retumbaban en las tabernas gritos y proclamas cavernarias de autoafirmación: “¡¡No hay naidi que beba máh que musotruh, ni naidi con máh güevuh que loh del nuehtru pueblu...!!” En cada pueblo había algún mozo especialmente grande y forzudo, como sacado del Capoulicán de Rubén Darío, capaz de arrastrar troncos o cargar costales de trigo como el que coge pañuelos de seda, desatando la admiración del resto del batallón, y siendo siempre uno de los baluartes exhibidos en las trifulcas vecinas. Luego la rivalidad acabó canalizándose a través de partidos de fútbol entre aldeas, donde la fuerza fue declinando en favor de la maña, aunque los gritos y expresiones “barquinas” seguían resonando en el eco aldeano de la tarde extremeña.

Los tamborileros y músicos de aquellos lares, conocieron a gente de muchos pueblos diferentes. Supieron relacionarse con gran tacto y diplomacia, a pesar de ser conocedores de las luces y sombras de cada lugar... Nos contaban luego infinidad de historias y anécdotas, y nos hacían descripciones muy certeras de los habitantes de cada sitio, con sus hábitos más pintorescos y sus pecados inconfesables.

Eran también habituales las canciones ofensivas con rudimentarias adaptaciones de músicas populares y absurdas rimas simplonas sobre los pueblos cercanos. También surgían por doquier los chascarrillos, a veces un tanto escatológicos, donde tu pueblo salía siempre bien parado en detrimento de los otros, que acababan en estercoleros y sitios parecidos. De la misma forma, los gentilicios eran cambiados por otros términos malsonantes, y circulaban también los tópicos peyorativos sobre la gente de aquí o de allá, aunque mucho había de mito en todo aquello: “Loh del pueblu de... son mu bebeorih...; loh de... son algu jaraganih...; loh de... han siu to la vía mu jorruñuh... bla bla bla. También había, aunque en menor medida, tópicos de admiración: “En... hubu siempri mu güenuh segaórih...; loh de... han siu siempri mu jerrízuh y trabajaorih...; loh de... liaban mu bien el páhtu...”

Las fiestas del pueblo de al lado eran como propias. Al calor de la cerveza, o del cubata ochentero, podían pasar dos cosas: que se ablandaran los ánimos y todo acabara en concordia, con palmadas y abrazos borrachiles, o que el encuentro acabase como el rosario de la aurora, y nunca mejor dicho, pues era habitual que el lucero del alba empezara a dar señales luminosas en aquellas horas terminales y surrealistas, al olor inconfundible de los churros verbeneros.

Muchas fueron las parejas mixtas formadas entre pueblos vecinos, a cuyos mozos foráneos los quintos cobraban el consiguiente peaje por llevarse a las mozas locales. Los abuelos se quejaban a los nietos por dejarse escapar a las jóvenes lugareñas en favor de forasteros, y así, entre cara de asco y rabia contenida, arremetían contra los dóciles efebos rurales: “¡No tenéih albeliá pa ná... soh dejáih quital lah mózah comu unuh mansioluh..., no valéih pa na..., paaa naaaaaaa!”

No sabíamos muy bien si era una percepción subjetiva, o era real, pero a veces los rasgos de la gente de un mismo pueblo, resultaban asombrosamente parecidos. Quizá no era una sospecha tan descabellada, teniendo en cuenta la escasa población de algunas aldeas, con pocas familias en sus orígenes, y una cierta endogamia durante siglos, corroborada por apellidos predominantes en cada localidad. De esta manera, en algunos pueblos era más común encontrar... no sé..., gente de tez muy morena, con caras achatadas..., o tal vez de cuencas profundas y ceño cejijunto..., o quizá gente de ojos claros y cara sonrosada, quemada por el sol, como de un ancestral origen indoeuropeo, o quizá celta, no apto para estas tierras abrasadoras..., y así otros muchos rasgos de antiguas mezcolanzas celtíberas, árabes, godas..., y de todo el enorme crisol de culturas que se arrastraron tiempo atrás por estas tierras de pizarra y olvido. En cualquier caso, parecía tener una parte de verdad esta sospecha. Cuando llegaba algún forastero de otro pueblo, no era extraño que algún viejo, al verlo pasar, comentara: "Pol la pintaaaa, debi sel... comu del Casal... o de pa esi lau..."

La merma en la población infantil de algunos pueblos, allá por los setenta y ochenta, acabó dando lugar al traslado de escolares hacia el pueblo de al lado, de mayor tamaño. Íbamos en aquellas grandes bicicletas con guardabarros, faro y bobina, con la cartera en el portamaletas, fijada con ganchos y gomas elásticas, y metida en una bolsa de plástico los días de lluvia. Avanzábamos alegres por carreteras bucólicas, escasamente transitadas, entre eucaliptos centenarios que a nuestros ojos infantiles se antojaban como secuoyas gigantescas de un pasado que ya casi se nos pierde en la memoria.

En el pueblo de al lado la gente se sentaba también al fresco veraniego, y murmuraba al paso de los desconocidos que no estaban registrados en las bases de datos. Cuando entrábamos en conversación con la gente mayor de esos lugares, inmediatamente nos preguntaban: “¿De pa ondi sóih...?”, y al revelarles la procedencia, acto seguido nos mencionaban a fulanito, de nuestro pueblo, con el que hicieron amistad después de gastarse tres años de mili juntos en el Sahara (dices tú de mili...), o con otro que tuvieron mucho trato cuando "dámbuh a doh" (ambos dos) fueron chalanes..., o te hablaban de una taberna ya desaparecida, en tu propio pueblo, donde ellos se mocearon en los carnavales, o en los cristos de septiembre, en otros tiempos grises de boinas de paño, blusas de dril y cabezones vinos taberneros.

Allá por los ochenta empezaron a hacerse habituales los paseos veraniegos nocturnos, con gente de ambos pueblos encontrándose a la ida y a la vuelta, ya cuando los asfaltos y las luminarias transformaron los caminos, perdiéndose, en gran parte, el encanto de aquellas oscuras carreteras arboladas en las noches estrelladas de grillos y misterios.

Así hemos ido siempre de tópico en tópico, de prejuicio en prejuicio, a lomos de rivalidades inducidas hacia el pueblo de al lado, el país de al lado, la provincia de al lado, el barrio de al lado..., y hasta el planeta de al lado si hubiera vida en él; con aversión a todo lo de al lado, que no es, sino en el fondo, la aversión al lado oscuro de nosotros mismos.

Al pueblo de al lado, y al nuestro, nos azotaban los mismos vientos y tormentas, nos agostaban los mismos soles, nos acunaban las mismas lunas y nos llegaban puntuales las mismas cigüeñas por San Blas. Al pueblo de al lado, y al nuestro, nos quedaban a la misma distancia kilométrica los sueños imposibles, y nos sacaban las mismas sonrisas las ilusiones puestas en un futuro que nunca sabíamos si estaba por llegar.

Decía Pío Baroja que los nacionalismos se quitan viajando, y lo nuestro no era otra cosa sino una suerte de micronacionalismos rígidos y anquilosantes, que no hacía falta ni siquiera viajar para quitarlos, sino tan sólo andar unos pocos pasos por algún camino, y en cuatro “abarcones” mal dados entrar en el alma de aquellas gentes cercanas, para sentirnos uno con ellos, en nuestra pobre y azarosa vida pueblerina..., en nuestra insoportable levedad del ser (que nos recordase un tal Kundera), y así, de esta manera, abrir las “engarillas” extremeñas que dan acceso al prado verde y fértil de la imprescindible relación humana.

Ahora, los de los pueblos de al lado sois lectores también de estos relatos; estos relatos de al lado, que son vuestros, como vuestro y nuestro fue el mundo en el que ahora nos reencontramos y nos reconocemos, donde hallamos las mismas pulgas y las mismas esperanzas, que andaban por ahí agazapadas y escondidas en las ventanillas oscuras de algún viejo corral. Bienvenidos seáis a esta casa común de la nostalgia.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com


domingo, 28 de febrero de 2016

La penícula



Se abre el telón y aparecemos nosotros, con caras de panolis, extasiados, petrificados... mirando una pantalla en blanco y negro; tal vez en uno de aquellos Teleclubs de principios de los 70. Ya en aquel tiempo el advenimiento de las pantallas empezó a gestar, con bastante éxito, un proceso hipnótico sobre la población, que luego culminaría con pantallas de todos los tamaños, adaptadas a las distintas necesidades de idiotización. En los pueblos todo llegaba más tarde, pero llegaba. A través de aquellas primeras películas se nos fue descubriendo un mundo nuevo, desconocido, de una cursilería alambicada, que no cuadraba mucho con el mundo de zurriagazo y tentetieso al que veníamos acostumbrados por aquellos lares.

La modernidad, que no paraba de martillear y abrirse paso, cada dos por tres nos sorprendía con palabras nuevas que para nosotros eran neologismos del mismísimo demonio, difíciles de pronunciar, y que algunos niños adaptaban como Dios les daba a entender a la jerga muchachil usada en las calles salvajes y arbitrarias... Así pues, un buen día, algún muchachuelo cualquiera, incapacitado para pronunciar la palabra "película", a todo lo más que llegó es a pronunciar la palabra "penícula", y el resto de la tropa, cómo no, se lanzó a difundirlo, entre risas y choteo (véase "Las calles de la burla"). Esta palabra se introdujo en el acervo lingüístico local, como pieza de museo. A partir de ahí, las “penículas" y sus derivados, pasaron a formar parte de nuestras vidas.

Las películas de pistoleros jugaron un papel hegemónico entre los toscos varones extremeños, que empezaban a degustar las mieles del Séptimo Arte, con especial atracción hacia el Spaghetti Western, que tenía un aura de chulería imposible de ignorar, con un tal Sartana, que era un elegante pistolero de gabardina y corbata, con cigarro adosado a la boca..., o el mítico Clint Eastwood, con aquella especie de poncho de los Andes, poniéndole precio a la muerte...; todo ello aderezado con las músicas de un tal Morricone, y ese silboteo del oeste que se puso de moda, que escuchábamos luego en la soledad de los campos extremeños, o en la calma chicha de la siesta, cuando alguno de los hermanos Jones rurales pasaba por las calles a lomos de un pollino. Todo eran escopetas y pistolas, reales o imaginarias. Siempre estábamos por allí, apostados en algún lugar, apuntando con un palo a todo lo que se movía, o jugando con aquellos indios y vaqueros de plástico, que colocábamos delicadamente entre las canchos, o escondidos en ventanillas de corrales... Estos pequeños personajes cobraban vida delante de nosotros, y disparaban desde las piedras salientes de las paredes, o desde un montón de tarmas, a modo de montaña. Aún duermen por ahí en cajas de galletas María, en las trojes, y hace poco, al descubrirlos, después de décadas ocultos, me miraron, como si me conociesen de algo, desde su oscura y artrósica soledad de plástico a punto de quebrarse. Allí quedaron, con ellos, ya en la lejanía, aquellas continuas onomatopeyas de disparos, pañu pañu... piñu piñu..., que no eran sino un inconsciente mecanismo de defensa frente a los miedos infantiles que nos acechaban por todas partes.

El oeste peliculero marcó no sólo a niños, sino también a varones de una cierta edad. Algunos hombres y mozuelos leían desaforadamente novelas de pistoleros en la plácida y silente hora de la siesta. Un tal Silver Cane y otro tal Keith Luger, eran los autores más demandados por los lectores aldeanos; autores que sospechábamos americanos, y que resultaron ser españoles con el nombre en inglés...; para más señas, Francisco González Ledesma y Miguel Oliveros, respectivamente. El que sí era español, y con nombre propio, era Marcial Lafuente Estefanía, pero en aquellos pueblos era menos apreciado; tal vez por no usar un seudónimo en inglés, quedó relegado al ostracismo en aquellas horas veraniegas de sol y moscas... Entre las películas y las citadas novelas, los varones locales adoptaron un estilo chulesco y “westeriano”, asimilado del ambiente pistoleril, con el cigarro colgando de la comisura de los labios, la forma de entornar los ojos jugando a las cartas, y un tono, en general, displicente y matonil, que reinaba por calles y tabernas, y que tuvimos que sufrir desde la más tierna infancia, siempre en tensión, sin osar bajar nunca la guardia. El oeste nuestro, más que un oeste de película, estaba más próximo al “Cristo Versus Arizona”, de Camilo José Cela.

En verano nos llegaba el cine ambulante, donde las películas se proyectaban al aire libre, en grandes telas almidonadas, o en paredes blancas, sin más... Luego, las cobradoras (generalmente eran mujeres), pasaban la gorra al personal, excepto a los chavales, que se quedaban rezagados haciéndose el tonto en la lejanía. La megafonía era muy pobre, tan pobre que en ocasiones escuchábamos con más fuerza el ruido de los grillos (que indiferentes cantaban en los yerbajos próximos), que los propios diálogos de la película, que por otra parte tampoco nos importaban mucho, siempre que hubiese tiroteos de por medio y galopes de caballos por aquí o por allá.

Las mujeres buscaban emociones y lágrimas, y se inclinaban más por las antiguas películas sensibleras. Las llantinas estaban garantizadas con “Marcelino pan y vino” o “Genoveva de Brabante”, entre otras cintas, y con grandes actrices lacrimógenas, con Aurora Bautista a la cabeza..., o tal vez se embelesaban con el cine romántico de “Sissi Emperatriz...” Los hombres gustaban más del cine de cante y gorgoritos, tan demandado en aquellas tierras flamenqueras, con Juanito Valderrama, Antonio Molina y el incombustible Manolo Escobar, sin olvidar a los niños prodigio, Marisol y Joselito, con tómbolas y campaneras, que luego fueron la banda sonora de la vida rural, canturreadas hasta la saciedad por los caminos campestres, entre aguaderas, haces de trigo y cántaros de agua.

A falta de salas específicas para las proyecciones, el cine se abrió paso en salones de baile, con la bandera nacional pintada en lo alto, a modo de coso taurino, y unas banquetas de madera, generalmente cojas, para sentarse. La emoción estaba servida al comenzar el NODO, que a los niños se nos hacía interminable, con aquellas madrinas bautizando barcos y estrellando botellas contra el casco, mientras esperábamos impacientes la aparición fulgurante de nuestros ídolos macarrillas, pegando puñetazos y tiros por doquier. Así nos fueron sorprendiendo las primeras películas horteras de kárate y kun fu, con chinos saltando de tejado en tejado, emitiendo alaridos felinos y dándose una “tollina” detrás de otra. Los niños, al salir del cine, sufríamos una manifiesta incontinencia peliculera, que nos llevaba a imitar compulsivamente todo lo visto, a veces sin ser conscientes de nuestras limitaciones, con riesgo para la integridad física propia y ajena.

Delante de nuestros ojos pasaron caballos al galope..., pistoleros “farraguas” en posición de duelo..., apaches de rostro broncíneo..., romanos inmisericordes y espadachines de la más variada gama...; y cómo no, Tarzán, nuestro ídolo de aventuras. Con permiso de Tarzán nos pasamos la infancia “repicolgados” de todas partes, inventando selvas y lianas donde no había más que olivos, vigas carcomidas de corrales o cuerdas para tocar campanas.

Recordamos también aquellas películas un tanto surrealistas, del estilo de “El zorro contra Maciste”, o aquellas otras de temática bíblica, con Sansón derribando las columnas del templo, o la legendaria Ben-Hur, donde alguien siempre comentaba que fulanito, del pueblo de al lado, estuvo allí de extra, aguantando firme el sol impiadoso entre las huestes romanas; seguramente un sol bastante llevadero, puesto en balanza con el sol extremeño de la era.

Cuando no podíamos tener acceso al cine, por cuestión de rombos o por falta de presupuesto, los niños intentábamos asomarnos por las “talleras” que dejaban las ventanas de madera entreabiertas, pero, una vez más, los muchachones mayores nos desplazaban, privándonos de la furtiva ración de rendija cinematográfica, mientras apenas nos daba tiempo a ver, quizá, cómo algún pobre centinela era abatido desde lo alto de un fuerte. Luego, al salir los adultos del cine, preguntábamos emocionados: “¿Quiénih han ganáu, loh buénuh o loh máluh...?”, y reaccionábamos perplejos y sonrientes al comprobar que, ¡oh sorpresa!, habían ganado los buenos, lo cual era un bálsamo para nuestras vidas, en las que casi siempre (y en eso nada ha cambiado) ganaban los malos.

Al llegar el cine al pueblo, había un revuelo importante entre la población menuda, y siempre aparecía algún niño preguntando emocionado por el título de la película que iba a proyectarse, y en ese momento, un mozo socarrón, de sonrisa etílica y canalla, solía contestar: “La perseguida hasta el catre”, con las inevitables carcajadas cromañonescas del resto del mocerío, apurando la copa de Sol y Sombra, “sostribados” en la barra del bar, absorbiendo con el codo las manchas de vino peleón sobre el mármol raído.

El Teleclub era un lugar de encuentro, con tele, juegos de mesa y relación social, tal vez como única alternativa a los bares en las noches invernales, donde las calles quedaban desiertas. La sala del Teleclub, en cambio, se mostraba repleta contemplando a Don Juan Tenorio, en la fecha de Todos los Santos..., o las obras de Estudio 1: “Vamos a contar mentiras”, de Alfonso Paso..., “Maribel y la extraña familia”, de Mihura..., “Eloísa está debajo de un almendro”, de Jardiel Poncela..., o aquellos “Doce hombres sin piedad”, con Fernando Delgado, Jesús Puente, José Bódalo y otros actores de enjundia ahora más difíciles de encontrar.

Un paisano de aquellas tierras, apodado Cachibola, se hizo célebre llevando el cine por los pueblos norteños; cine que se proyectaba en las salas habilitadas al efecto. Portaba un viejo cinematógrafo de segunda mano, y a los niños más pequeños, si iban acompañados por adultos, a veces los dejaba entrar de “baldi”. Cachibola proyectaba “Un indiano en Moratilla”, y otros filmes de la época. Las cintas eran viejas y un tanto usadas, y las películas se cortaban cada dos por tres, casi siempre, cómo no, en el momento más inoportuno.

A partir de los 60, en los pueblos más grandes, empezaron a aparecer los primeros cines propiamente dichos, con el ambiente típico de los cines de ciudad, provistos de butacas aterciopeladas y cáscaras de pipas Churruca cayéndote por todas partes. Allí acudían los cinéfilos de los pueblos colindantes a pasar las soporíferas tardes dominicales de quiniela y cerveza El Gavilán.

Mi abuelo tuvo taberna y salón de baile. Desde niño escuché que en el citado salón, muy de tarde en tarde, proyectaban cine mudo, allá por los años cuarenta, sobre una pared encalada entre dos viejos ventanales. A mi madre, pequeña niña de posguerra, le quitaba el sueño una tal Doña Concordia, que debía de estar a caballo entre la bruja Agripina y la Rottenmeier de Heidi.

La fiebre pantallera hizo que algunos niños ingeniosos reinventaran el cine en cajas de zapatos, con un elemental mecanismo, consistente en dos palos taladrando los extremos, y una tira larga de papel encolado, con imágenes de tebeos: El Jabato, Capitán Trueno, Rompetechos... La luz del cinematógrafo era una linterna de petaca colocada por detrás de la tira de papel. El cine se proyectaba normalmente en alguno de aquellos corrales adosados a las casas labriegas. A la puerta estaba un pequeño taquillero, cobrando una perra chica a los espectadores infantiles, que pasaban con cara de asombro, sin saber muy bien el magno espectáculo que iban a contemplar. Una voz de pito, en extremeño, iba relatando las aventuras y desventuras de los protagonistas, con alguna que otra aportación de cosecha propia.

Primas hermanas del cine eran las actuaciones variadas que venían de tarde en tarde. La palabra “títarih” aglutinaba a un amplio espectro de este tipo de funciones. Comediantes, circos y magos se daban cita por allí de manera ocasional. Desde los años de posguerras, los comediantes fueron habituales por los pueblos, como en “El Viaje a ninguna parte”, de Fernán Gómez. Se alojaban en alguna de aquellas improvisadas posadas rurales, sin agua corriente, con derecho a cama y palanganero. La gente llevaba sillas para cualquier acontecimiento, callejero o cubierto. Según pude saber, antiguamente había gente que llevaba las sillas por la tarde, antes de la actuación, y las dejaban juntas, atadas con una cuerda. Me cuentan también de unos comediantes de posguerra, que estuvieron un mes entero en el pueblo, con repertorio distinto para cada noche... algo verdaderamente meritorio. Estos comediantes inspiraron luego a los autóctonos en una fiebre posterior por el teatro y las comedias locales... El término “títarih” (en plural), tenía también una acepción rural menos amable, referida a discrepancias y trifulcas variadas: “Han teníu títarih ehta tardi.”

Luego, ya por los 70, las teles se fueron adueñando de los hogares, poco a poco, en una suerte de invasión alienígena controlada, y las "penículas" entraron dentro de las casas, a usurpar las tertulias familiares; y de esta forma, la tele, como un vampiro sutil, consiguió monopolizar el ambiente de los hogares, en un perfecto plan de atontolinamiento trazado a largo plazo, con esa paciencia sibilina que siempre tienen los malos para urdir sus trampas. Desde entonces las pantallas pasaron a ser herramienta imprescindible para el ingenioso tocomocho de las libertades tuteladas.

Al acabar la película, después de haber visto rugir al león de la "Metru Goldin Mayi", salíamos a la calle, y mirábamos a la puerta de cualquier corral; allí encontrábamos a un burro asomando la cabeza (y tal vez rebuznando). Entonces comprendíamos cuál era nuestro sitio real, tan digno o más que cualquier otro... Nuestro sitio estaba allí, entre higos pisados por los suelos y puertas cenicientas de corrales, mientras en el cielo, un trueno repentino y algunos nubarrones de tormentas veraniegas, nos hacían volver a la realidad, y de esta forma, como sin darnos cuenta, se nos pasaba la tontería peliculera, que nos había enajenado por un rato... por un rato, no más.

Siempre tuvimos la sospecha de que los hermanos Lumière no nacieron en Extremadura, y de que todo por allí nos llegaba con retraso, salvo la fiesta de la naturaleza, que llegaba puntual, dejándonos primicias de olores y colores majestuosos, y escenarios imposibles de igualar con todos los gigabytes del mundo mundial, pantallas tridimensionales o realidades virtuales del mismísimo diablo, que para nada sirven cuando llegue la película final, esa que pasará veloz delante de nosotros, cuando un día, según los viejos más castizos, “doblemos la servilleta”.

Con estas cosas y otras muchas por aquí contadas, nos fuimos distrayendo y navegando por la España invertebrada de Ortega, entrelazando fotogramas de alegrías y tristezas, que fueron configurando las luces y las sombras de aquel tiempo que muchos conocisteis. El final de la “penícula”, todavía no está escrito.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com


sábado, 30 de enero de 2016

A una nariz pegados



Íbamos de olor en olor, detrás de la nariz... acaso “a una nariz pegados”, como aquel pobre narigón del soneto de Quevedo, sólo que nosotros más por exceso de olores que por tamaño de napia... Fueron olores tan ciertos, tan verdaderos, que al cabo del tiempo nos dejaron una huella tan marcada, que esta vez, inevitablemente, se diría que nos toca recordar por narices.

El catálogo de olores era interminable; eran tantos que me recrearé tan sólo en un breve muestrario de los mismos. Empezaba la mañana con el aroma del café de puchero puesto a la lumbre, y las “plingás” de aceite en la sartén, en aquellas mañanas invernales, donde nos llegaba también el tufillo “aguardientero” proveniente del lingotazo furtivo de algún hombrino recio y curtido, de aquellos que abundaban por nuestras tierras carpetovetónicas.

Los niños estábamos en todas partes, en todos los saraos, participando también de la fiesta de los olores..., oliéndolo todo con deleite y curiosidad, como el Grenouille de El Perfume, de Patrick Süskind, pero con intenciones menos siniestras. Nuestra vida consistía en ir experimentando aquí o allá, y de paso ir creando anticuerpos contra todo lo habido y por haber.

En aquella ruleta olfativa de nuestra infancia, no podían faltar los olores gastronómicos: el olor al puchero del cocido, el repollo, las patatas cocidas, las alubias..., o la sartén con las patatas “revolcás”, o tal vez las “tajás” de tocino... Durante siglos todo se cocinó a la lumbre, hasta que, allá por los primeros setenta, nos fuimos familiarizando con el olor a gas de aquellas pequeñas cocinas de camping que irrumpieron de golpe, con sus diminutas bombonas azules, representando toda una sorpresa tecnológica en los rudimentos del paleolítico en los que veníamos desenvolviéndonos desde siempre.

No había mayor acontecimiento de olores que los que daba el campo: poleo, romero, tomillo cabezudo (más basto), y tomillo sensero (más fino)...; la presta, y su hermana pobre, la presta de burro (siempre con los rudos nombres de la tierra)...; la flor de la jara..., la flor de la escoba..., el olor a forraje..., a heno..., a las flores de mayo... En fin. Olores campestres que disfrutamos sin medida, allí, donde “el aire se serena y viste de hermosura y luz no usada”, de un siglo de oro de las sensaciones en el que tuvimos el lujo de habitar.

La ropa se lavaba con jabón de sosa, y los cacharros de la cocina con el mismo tipo de jabón. Era un jabón casero, multiusos, que lo mismo quitaba las aguerridas zurraspas de los calzoncillos que le hacía un repaso a la leche agarrada en el cueceleche... El jabón de sosa no olía prácticamente a nada, tan sólo a limpio; cuántas veces oímos decir a nuestras madres y abuelas: “Güeli a limpiu”, sin saber muy bien a qué se referían; luego supimos que el olor a limpio era tan solo la ausencia de olor a sucio, algo tan simple como eso. Más tarde nos llegaron los polvos de lavar, que soltaban un ligero perfume, desnaturalizando, quizá, ese sencillo olor a limpio que era ya tan nuestro. En cambio siempre estuvieron presentes las pastillas de “jabón de olor” en los palanganeros de hierro o madera, tan menguadas y desgastadas, que al cogerlas se escapaban de las manos como sutiles pececillos de río... de un río sencillo y humano, accesible a las manos curtidas de la gente.

Los muchachos más gamberros cogían el carburo (de olor fuerte y un tanto desagradable) para hacerlo explotar en botes de lata, después de una meada comunitaria sobre el mismo, rodeados de niños pequeños que se espantaban ante la explosión pueblerina, con la inestimable participación del ángel de la guarda, que no daba a basto en aquel tiempo de rudeza espartana. Los pobres botes valían para todo y para nada.

La matanza era portadora de un reparto tan amplio de olores, que podían formar grupo parlamentario propio: el mondongo (o calabaza cocida)..., el adobo en la artesa, con su olor a pimentón, vino, orégano y ajo..., los chorizos colgando..., los guisos a la lumbre..., y en particular el olor a las migas, cerrando el círculo de fragancias matanceras.

Las colonias aún gozaban de poco predicamento; tan sólo alguna colonia barata que algunos autóctonos usaban de tarde en tarde en celebraciones importantes. Nuestra relación infantil con los perfumes se limitaba a la colonia que nos echaba el barbero/peluquero cuando íbamos a cortarnos los “moligaños.”

Éramos rehenes también de los malos olores, que a fuerza de un contacto reiterado con ellos, acabábamos incorporando a nuestras vidas con cierto agrado, en una extraña aceptación masoquista de todo lo que nos rodeaba, de todo lo que en alguna medida considerábamos ya como nuestro. Entre estos olores estaba el olor a vicio (estiércol) del corral, combinado con olor a Zotal y gallinaza...; o el olor de los cagajones recién puestos por los burros a la puerta de casa...; o el olor a “zahurdo y verbajo” con patatas cocidas...; o quizá el olor de los “defecódromos” sitos en las afueras de los pueblos, que a falta de retrete hacían su apaño, entre arroyos y zarzales, desde donde nos llegaban efluvios escatológicos, aumentados por un lacerante sol veraniego que nunca tuvo piedad de nosotros.

No eran pocas las veces que saltaba la duda ante olores imprecisos que inopinadamente nos sorprendían, y entonces alguien preguntaba: “¿A qué güeli...?” En estos casos el olor no solía ser especialmente agradable, pues la pregunta iba acompañada de un gesto entre asco y estreñimiento, que era una mueca bastante habitual. Finalmente una voz de cazalla sentenciaba: “¡Güeli a perruh muertuh...!”, y las caras avinagradas dejaban repentinamente paso a las risas.

Al volver el cabrial de concejo al pueblo, quedaban las calles impregnadas de un marcado olor a cabra, ligeramente mitigado por el olorcillo a humo de las chimeneas, o al guisoteo extremeño y austero que escapaba por el ventanillo de alguna humilde cocina.

Cada estancia de la casa tenía su olor propio: la bodega, la troje, la cocina, el leñar, el patio, las escaleras de cantería... Íbamos saltando entre olores, como de oca en oca, y huelo porque me toca, excepto el olor del cuarto de aseo (más bien letrina), que estaba confinado en la agreste y fría periferia del corral.

A veces los olores dejaban su propia naturaleza y se convertían en expresiones de las hablas locales: El olor a chamusquina, pues, nos mostraba una clara desconfianza ante cualquier situación: "A mi esu... me güeli a chamuhquina..." Estar atufado, dejaba palpables muestras de enfado hacia alguien, o hacia muchos: “Lleva un tiempu atufau... y pa mi que ya sé de ondi le vieni...” De la misma forma que las personas aficionadas a salir y curiosear el ambiente, eran reputadas como “goleoras”: “A mi padri no le guhta salil a ningún lau... to lo contrariu que mi madri, que ha siu siempri máh goleora...”

Muchas casas tenían un olor particular que se percibía inmediatamente al entrar por la puerta. A veces el olor de la casa nos daba una cierta información sobre los dueños, como si los olores y las personas tuviesen similitudes difíciles de explicar.

Y allí andaban los olores por todas partes, los rancios olores gratamente recordados, al abrir, por ejemplo, los armarios viejos y las arcas..., o las maletas de madera deportadas en las trojes..., las alacenas..., la naftalina de los baúles y las ropas después de largo tiempo guardadas... Y así también el olor de las iglesias, los cirios y el incienso..., o el olor a lumbre y brasero..., a jalbiego..., a las sillas recién pintadas secándose a la brisa y al sol callejero de las tardes de mayo.

Luego estaban, cómo no, los olores particulares..., tan de cada uno; aquellos que nos llevaban sin medida a lo más sublime de los sentidos. En la parte que me toca, recuerdo con especial gozo el olor de la hierba recién segada, pero sobre todo, y por encima de todos, ese olor a ozono que precede a las tormentas, y el posterior olor a “sequío” de la tierra mojada por la lluvia, después de largos meses de soles abrasadores y chicharras cantarinas.

Los niños sentíamos atracción por olores fuertes y sofisticados, y corríamos como posesos detrás del olor a gasolina que desprendían las motos y los coches al pasar por las calles. Lo dejábamos todo, juegos y aventuras, por correr en tropel detrás de cualquier maquinaria quemadora de combustible, quizá ya en alguna extraña prefiguración borreguil del tiempo que estaba por venir. De la misma manera nos aplicábamos al pegamento “Imedio” que algunos críos portaban en la cartera, hasta el punto de pedirle al compañero que nos pasara el tubo, para echarle una olfatadita, como el que te pasa la bolsa de pipas.

Estaban también los ambientadores indirectos, que sin tener tal cometido, dejaban su fragancia en los hogares aldeanos. Entre ellos, los melones, las zamboas, y sobre todo las manzanas, que perfumaban los hogares colocadas sobre trapos en el suelo, y me cuentan, “que otrah vecih” (tiempo atrás) se quemaba azúcar en las casas a modo de ambientador.

Los objetos de cuero, que en nuestros pueblos se llamaba “material” (y los de menor calidad, “badana”)... dejaban un olor tosco y de pura humanidad, como también la ropa de pana de los hombres, o los sombreros de paja, curtidos de sudor..., o los abrigos de los abuelos en las perchas, que los niños más pequeños olíamos, incluso escondidos detrás de ellos, metiendo sin éxito la mano en el bolsillo de la prenda, esperando encontrar algún despistado caramelo, aunque a veces tan sólo encontrábamos el papel del mismo, un tanto “engarrabuñáu”, y nos conformábamos con el olor goloso que desprendía.

Olores inolvidables fueron también los olores de los hornos en las tahonas, con el pan de hogaza recién hecho, el olor de las perrunillas recién sacadas, las tortas de la matanza, los pimientos asados, y los dulces en general salidos de aquellos hornos comunitarios, con sus redes sociales tan bellas y cercanas, siempre conectadas a los cinco sentidos.

La albahaca cumplía dos cometidos: como ambientador y como repelente de moscas y mosquitos, aunque algunas personas mayores aún guardan mal recuerdo de este olor, asociado a las grandes mortandades infantiles de posguerra. Nos relatan que llevaban a los niños con la cara descubierta, rodeados de albahaca, de forma que la albahaca cubría al difunto y tan sólo quedaba a la vista la cara de éste, y tímidamente, entre las hojas, las manecillas cruzadas. La albahaca marchaba por las calles dejando un insospechado aroma de tristeza.

Y así, todo lo entonces vivido nos fue dejando una larga retahíla de memorias asociadas, y emociones que aún saltan como un resorte ante el solo recuerdo de aquellos pequeños duendes que fueron los olores, que aún se cuelan por las rendijas del pasado hasta llegar fugazmente a nuestras vidas. Ahora, desde las barandas del presente, los vemos alejarse aguas abajo, como indefensos náufragos, ignorantes de que un día nos pertenecieron.

Nos han canjeado los olores gratuitos, naturales, legítimos... por carísimos perfumes con sofisticados anuncios publicitarios donde el modelo, o la modelo (de movimientos biónicos), ponen gesto desganado y hablan con voz de asco, evidenciando así el hastío de un lujo de compraventa que nunca tuvo alma, y dejándonos subliminalmente el mensaje de que el olfato más apreciado de este tiempo, es el de los negocios.

Los olores que me faltan, colocadlos minuciosamente, por orden, con cada sensación que os evoquen, con cada recuerdo al que vayan aparejados. Seguramente están ahí, dormidos, acurrucados, esperando pacientes para llevaros de la mano hacia las moradas de un reino aún no burlado, donde un día habitaron vuestros sueños, donde, seguramente, no anduvo muy lejos vuestra felicidad.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS

jsmpombal@gmail.com