domingo, 2 de abril de 2017

Abuelos de pana y alcanfor


Los abuelos eran sabios, pero no lo sabían. Acumulaban enciclopedias de los más variopintos saberes, y unas espaldas anchas que soportaron guerras y posguerras, y salieron a flote de todas las odiseas, con total dignidad, resignados, y con los mínimos rencores posibles hacia la vida, quizá sabedores de estar sujetos a un orden desconocido, aunque no obstante, se pasaron los años esperando el advenimiento de un tiempo mejor.

Había abuelos tranquilos y pacientes, y había abuelos nerviosos y "barquinos", había abuelos recortados de estatura (la mayoría) y había abuelos flacos y espigados, había abuelos risueños y abuelos taciturnos..., abuelos leguleyos y abuelos ágrafos..., abuelos “muchacheros” y abuelos ariscos e inaccesibles... Todos nosotros guardábamos cosas, rasgos..., no sé..., andares y gestos heredados de los abuelos, pero no lo sabíamos hasta que un buen día alguien nos lo comentaba, y era ahí, en ese preciso instante, cuando éramos conscientes del linaje que nos había tocado en suerte, descubridores de los vínculos que nos unían a ellos.

En las tardes de domingo, los nietos íbamos a casa de los abuelos, y hallábamos a la abuela sentada en un poyo hablando con las vecinas, y la ausencia del abuelo nos llevaba a buscarlo a la taberna, entre una muchedumbre de boinas y sombreros de paño, jugando la partida. Nos acercábamos a él, sigilosos, a darle un beso, y el abuelo, sin perder de vista las cartas, nos daba la peseta del domingo, de una de aquellas que tenía encima de la mesa. Nosotros, sin más dilación, salíamos flechados hacia la calle a comprarnos un chicle Bazooka, que nos duraba toda la tarde haciendo pompas y fardando de modernidad... Otras veces encontrábamos al abuelo jugando a la rayuela en las calles de tierra, o en las cercanías de una ermita, tal vez después de algún viacrucis, en las primaverales e interminables tardes de abril, lanzando la moneda a la navaja clavada en la tierra, en un gesto seco y recortado, como quien lanza algo de lo que no quiere desprenderse. Todos los hombres allí, con sus camisas blancas arremangadas y los botines recién embetunados. Al acercarnos a ellos, sus ropas festivas olían inevitablemente al alcanfor de los baúles..., porque los abuelos, sí, cuando se "remuaban," olían a alcanfor.

Las abuelas eran acogedoras, acunadoras y amansadoras de miedos infantiles. Las abuelas eran unas segundas madres con pañuelo a la cabeza y manos tiritonas, amorosas hasta la extenuación, cuya palabra favorita era "prenda..." Las abuelas, en fin, constituyeron un impagable apoyo vital y emocional en nuestras vidas infantiles.

Aquellos abuelos fueron los grandes portadores de una tradición oral que hundía sus raíces en lo más hondo de un antiguo legado que tocó a su fin con ellos. Podían contarnos chascarrillos de su tiempo, anécdotas de hombres que se comían serones de pepinos en apuestas varoniles, hazañas que desafiaban las leyes de la naturaleza..., o tal vez historias de batallas perdidas donde todos perdieron... Las abuelas conocían antiguas canciones de bodas y alboradas, que cantaron antaño en los plácidos amaneceres extremeños, y que algunos entusiastas folcloristas de los ochenta recogieron en un último suspiro, ya casi al borde de llevárselas con ellas para siempre: "El novio le dio a la novia un anillo de oro fino, y ella le dio su palabra que vale más que el anillo..."

Las tecnologías estaban reñidas con nuestros abuelos, faltaría más... A pesar de todo, algunos llegaron a batirse el cobre con aquellas antiguas teles de un solo canal (a los pueblos no llegaba el UHF), y tenían que levantarse de la mesa camilla para subir o bajar el volumen, desperezando el esqueleto, en una lenta aproximación de reumáticos andares. Eran aquellas teles donde Basilio cantaba lo del “Cisne cuello negro”, y se oían otras "bobadas modernas" que a nuestros abuelos les quedaban muy lejos, y donde el colmo de los colmos era escuchar, incluso, canciones en inglés, idioma popularmente conocido en los pueblos como "guachi guachi..." Tan sólo las corridas taurinas, las obras de teatro cómicas y alguna coplilla flamenca, encendían sus ojillos llorosos de expectante alegría.

Si curtidas estaban las caras de las personas de edad mediana, las caras de los abuelos acumulaban ya soles y vientos de varias décadas. Eran caras acartonadas, ásperas, de profundas y marcadas arrugas, como máscaras africanas con sombrero o pañuelo; pero desprendían una ternura difícilmente hallable en las caras hidratadas de nuestros días, esas caras publicitarias de colágenos distantes y sonrisas impostadas, que nos miran desde el papel couché de las revistas. Sus rostros tenían la inocencia de un niño, la humildad asumida después de una larga lucha sin tregua, sin ruido, como meros figurantes que pasaron de puntillas por el teatro de la vida; vidas que, incluso, en algunos casos, cumplían todas las bienaventuranzas bíblicas, sin dejarse una sola en el tintero.

Allá por los ochenta, cuando llegó el agua corriente a nuestros pueblos norteños, a los abuelos les costó mucho entender nuestras duchas diarias, nuestros lavados de dientes después de las comidas, y ese lujo incomprensible de arrinconar las ropas pasadas de moda, aún sin romper..., hasta el punto de que ellos, los abuelos, fueron receptores de las modernas ropas abandonadas por hijos y nietos. De esta forma, podíamos verlos en los ochenta con una sudadera de Sandokán..., una camisa de amebas ochentera, donde cabían dos abuelos..., un enorme impermeable amarillo de pescador cantábrico, o unas botas de faena heredadas de un hijo que trabajaba tal vez en Abengoa. Fueron prendas que vinieron a subvertir sus ropajes antiguos, su imagen del pasado, de camisas blancas sin cuello (con pechera), y chaleco aterciopelado, que lucían en aquellas fotos de los cuarenta y cincuenta, con un reloj de bolsillo, sujeto con cadena, y guardado en el pantalón de pana, al que olvidaban darle cuerda por falta de costumbre. 

Nuestras abuelas eran devotas de las imágenes sagradas que circulaban por las casas dentro de una pequeña urna de madera, con una hucha incorporada, y una lista parroquial pegada en el interior de la puertecilla... Colocaban lamparillas de aceite flotando sobre un vaso de agua, y un “poquinu” de aceite en la superficie (para ahorrar), y rezaban por unos y por otros con verdadera devoción...; tal vez por los nietos que, en la lejanía, vivían sus vidas ignorantes de las rogativas que la abuela lanzaba postrada delante del Sagrado Corazón de Jesús, colocado en una mesa camilla del patio. Las imágenes quedaban luego a solas en la oscuridad de la madrugada, con la lamparilla parpadeante alumbrando tenuemente la cara del santo, como una humilde y hogareña luz intermitente de las estrellas. 

Antiguamente las abuelas tenían también reclinatorios que permanecían en las iglesias, flanqueados por “tarasquillos” de madera sobre las paredes, bien surtidos de velas... Luego llegaron los bancos que nosotros conocimos, y los reclinatorios volvieron a las casas, ya con su "terciopelo ajado" (que diría el poeta), quedando relegados en la habitación de los abuelos, y haciendo las veces de galán de noche sobre un suelo de lanchas de granito.

Abuelos y abuelas mostraban sin complejos sus bocas desdentadas, en un reino medieval sin dientes, donde las dentaduras aún eran un lujo de viejos señoritos, y no había, por tanto, de qué avergonzarse. Un abuelo con más dientes de la cuenta, no parecía un auténtico abuelo. Así vimos siempre sus caras de bocas cóncavas, y las miradas imprecisas desde sus empañados ojos de cataratas ignoradas.

Las abuelas aún tenían mucho de aquella televisiva Doña Rogelia, que hizo las delicias de los españoles setenteros y ochenteros, con una voz entre aflautada y quebrada. Las abuelas llevaban pañuelo a la cabeza, y una faldiquera, que era una especie de gran bolsillo de tela oculto bajo la saya, donde guardaban botones, pañuelos, perras gordas...; era como el cajón de sastre donde iba a parar todo lo que la abuela se encontraba. Usaban gafas de cerca, reparadas con esparadrapo, que les servían para coser, y eran las mismas gafas que utilizaban los abuelos para leer la correspondencia esporádica, o tal vez la hoja parroquial que repartían los monaguillos por las casas después de la misa dominical.

Nos llevaban al campo de niños, y nos iban mostrando cada cercado, cada cortinal, con el nombre del dueño o los herederos... Lo conocían todo con precisión. Nos iban pronunciando los nombres antiguos de los parajes, que no venían ni siquiera en los planos del catastro, y los nombres de las fuentes que aparecían ante nuestros ojos de repente, transportándonos a un mundo mágico de hechizos ancestrales: fuente labrada, fuente “jerrera”, fuente de Marcos...

Tenían un burro, generalmente pequeño, al que subían desde un poyo de granito, con su calderilla dispuesta para los higos, y los veíamos venir luego en lontananza, en los atardeceres, como unos sanchos sin Quijote, al trasluz del crepúsculo estival.

Nietos y abuelos éramos besucones; los abuelos más bien eran receptores de los besos infantiles, con sus caras de lija raspándonos la cara, y las abuelas más bien emisoras de besos estridentes. Aprendimos a disimular para limpiarnos la cara con la manga del jersey, sabiendo que este gesto podía suponer un enfado considerable si nos pillaban: "Qué ehcrupulosinu y ahquerosinu se ha vueltu", nos decían. En aquellos abrazos los abuelos nos olían a pana rancia, y las abuelas nos olían a ajo. Eran olores ya un tanto nuestros, que teníamos interiorizados, y asociados a aquella bella cultura de los afectos.

Nuestros abuelos conocían cientos de historias y leyendas, pero contaban siempre las mismas, las dos o tres de siempre, con el mismo gesto en cada lance, y la misma carcajada en cada momento; pero nos gustaba oírlas mil veces repetidas, a veces acompañados de amigos a los que invitábamos al evento; amigos que a su vez nos llevaban donde sus respectivos abuelos (también muchacheros), que nos relataban sus otras historias, igualmente repetidas... Otras veces tocaba el turno a las abuelas, que nos ensimismaban con leyendas de misterios atávicos, de lobos..., de brujillas rurales, y de tenebrosos hombres del saco que acabarían siendo condenados al ostracismo, por falta de maldad, en el mundo psicopático y siniestro que fue llegando años más tarde.

Las casas de los abuelos tenía olores propios, y paredes de adobe encaladas, que iban soltando pequeñas postillas blancas sobre el suelo húmedo de cantería. Abríamos la tranca por la noche, y escuchábamos al gato maullar, y acto seguido, después de unos metros de temerosa oscuridad, aparecía ante nuestros ojos la escena tantas veces vista de los abuelos sentados a la lumbre, ya medio adormecidos, en un silencio sepulcral..., si acaso el ruido de alguna vieja radio, silboteando entre emisoras portuguesas que iban y venían como el anticiclón de las Azores. Y allí nos sentábamos un rato junto a ellos, en un "tajino" de corcha, apto para nuestras diminutas posaderas, pasando a ser partícipes de un escenario humilde, pero mágico y rebosante de ternura, junto al misterio de las llamas hipnóticas, aún no superadas por pantalla de plasma alguna. ¡Cuánto daríamos ahora por un breve instante de aquellos!

Se guiaban por el reloj del campanario, no más; reloj que no les servía para gran cosa cuando iban perdiendo oído; pero tampoco les preocupaba, pues conocían la hora por la altura del sol, y la sombra proyectada por la pared de una caseta vieja, o los álamos de un arroyo cercano, que les marcaban la hora de volver. Sabían la hora, sí, con un margen de error de escasos minutos.

Nuestros abuelos eran muy apañados y usaban mondadientes de fabricación propia, pelados a navaja..., alambres para atarlo todo..., puntas y tablas que sujetaban mil cosas..., y adaptaciones y chapucillas surrealistas de aquí y de allá. A veces, también, una pequeña rama de albahaca colocada en la oreja, les hacía las veces de perfume, y por la comisura de sus labios asomaban ramillas de presta, a modo de elixir natural, que ellos se procuraban en sus andares campestres.

Una de nuestras aficiones frustradas era meter la mano en el bolsillo de la chaqueta del abuelo, esperando encontrar un caramelo, y, para nuestra decepción, encontrar una bellota, como un símbolo de la tierra que aparecía por todas partes, y que nosotros aún no apreciábamos en su justa medida.

Los abuelos eran infalibles hombres del tiempo, conocían con precisión las lluvias venideras por la procedencia del aire, y a veces barruntaban la “demuación” con sus articulaciones... Sus refranes favoritos estaban ligados a la climatología: “Febrero engañó a su madre en el lavadero...” “En marzo calienta el sol como un pelmazo...” “En mayo quemó la vieja el escaño, y en junio porque no lo tuvo...” Se pasaron la vida barruntando cosas; barruntaban no sólo el cambio de tiempo, sino también los ruidos a lo lejos, los engaños escondidos, los fracasos venideros... Barruntaron, seguramente, muchas más cosas de las que hubieran deseado, entregados a una vida de la que salieron más veces trasquilados que triunfantes.

Olían a naftalina, a romero, a las fragantes hierbas de los regatos, al poleo de las fuentes y a sudores añejos de naturaleza viva... Los abuelos olían a cosas verdaderas, y así también se fueron un día, dejándonos un rastro de verdades y un saco de ingratitudes impagadas. Nos estarán esperando, quizá, junto a las aguas de algún arroyo cristalino en las alturas, o en algún prado colmado de flores, de primaveras que nunca se terminan..., en un trozo de ese cielo que tantas veces vieron desde la puerta de casa o del corral, y que se habrán ganado a pulso, a fuerza de heroicos sufrimientos.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com