domingo, 7 de junio de 2015

Quitando la tranca



Nos pasamos la infancia quitando y echando trancas de casas y corrales, trancas grandes y oxidadas, trancas pintadas de negro, trancas desencajadas, trancas de un tiempo igualmente vivido a trancas y barrancas, que fue conformando lo que fuimos como personas, lo que seremos de por vida hasta que echemos un día la tranca inevitable y última.

Los cierres de edificios que conocimos, eran más bien escasos en número y variedad, como casi todo en aquellos pueblos nuestros. Trancas, cerrojos y pasadores de hierro nos daban la casi totalidad de artilugios destinados al efecto. La anatomía de la tranca era tan simple, tan rudimentaria, que hasta el cerrojo, a su lado, parecía un mecanismo de alta tecnología. La tranca, pobrecilla, se iba desajustando con el tiempo, y llegaba a tener generosas holguras, girando en falso, y obligándonos a dar otra vuelta más para ejecutar el cierre con éxito, no siendo buenas consejeras las prisas.

Aquellas trancas se quitaban bruscamente, anunciando a las claras la entrada en la vivienda, a la vez que el arrastre de la puerta caída, y las bisagras chirriantes, disipaban las pocas dudas que aún pudieran quedar. Ciertamente, no eran necesarias esas figurillas de peces de metal dorado que cuelgan en las entradas de tiendas y farmacias. La tranca era noble, familiar y directa. Algunas veces, en el mismo barrio, coincidían trancazos y arrastres de distintas puertas, provocando un concierto disonante, que no era sino el concierto de la tierra misma, atrancada y arrastrada por fatigas y desgastes, que hacían mella también en la propia piel de las cosas.

Las puertas de los corrales daban acceso a un mundo espectral y lóbrego, donde las almas en pena se desplazaban sorteando pilones impregnados de estiércol y gallinaza, y los niños huían espantados recreando escenas de miedos aldeanos. Algunos muchachos mayores, a sabiendas de que otros niños asustadizos se ofrecían voluntarios a entrar de noche al corral, a por los huevos de las gallinas, se colaban previamente en el mismo, y cuando el infante, receloso, introducía su mano en la oscuridad para quitar la tranca, encontraba el tacto de una siniestra mano fría tocando la suya. El niño corría despavorido a relatar el suceso a los miembros de la casa, pero cuando estos acudían al corral, claro está, ya no había nadie, aunque tal vez el jocoso fantasma del pajar, estaba ya integrado en la propia comitiva cazafantasmas; y una abuela, con su aporte racional, sentenciaba: “Esu eh que al niñu, probecitu, se le tieni que habel figurau alguna cosa”.

En ocasiones, en el interior de las puertas de los corrales, encontrábamos a perros “cerberos” guardando, más que el infierno, el humilde inventario de las cosas mínimas. Eran siempre perros con más hambre que vergüenza, dispuestos a vender su fiereza por un pedazo de pan duro, tal como Esaú vendiese su primogenitura por un plato de lentejas.

La manera de acceder a las casas nos mostraba un código fácilmente descifrable: Cuando sonaba bruscamente la tranca de la puerta, era señal inequívoca de que alguien de la propia casa entraba, o en todo caso era persona suficientemente allegada como para tomarse la osadía de soltar trancazos en confianza. Cuando la tranca sonaba levemente, era señal de gente próxima a la familia, que se tomaba la licencia de abrir por su cuenta y riesgo, pero dejando entrever una cierta prudencia. El resto de la gente no tocaba nunca la tranca, llamaba a la puerta "torteando", osease, dando varios golpes con los nudillos en la madera. Al fondo de la casa se oía: “¿Quién va?...”, y el visitante contestaba: “Un servidor...” Algunas mujeres tradicionales, para llamar, introducían ligeramente la cabeza por la puerta, y en un tono dulce y beatífico declamaban: “Ave María Purísima”, y la mujer anfitriona acudía a través de la oscuridad, rauda como una “rejileta”, y en el mismo tono contestaba: “Sin pecado concebida.”

Conocimos puertas que daban paso a otros mundos... a mundos de oscuridades y fríos invernales, de estancias de ambiente huraño y alma de pedernal, con olor a vicio y Zotal, como perfumes bastardos de un pasado rural que nos quedó marcado a fuego en la piel.

De niños, veíamos aquellos grandes portones de madera en los “tinaos”, como murallas insalvables, que parecían más bien fortalezas de castillos, repletos de ovejas berreando y mastines ladrando a lobos, a veces imaginarios.

Cuando los cerrojos tocaban a su fin, dejaban su sitio a un palo debidamente insertado, y luego a una larga sucesión de palos que iban marcando la dilatada existencia de la puerta centenaria... o a veces, simplemente, una cuerda atada de cualquier manera salvaba el problema, a la espera del arreglo pendiente, que podía durar, probablemente, años.

Los viejos exhibían grandes llaves de hierro por las calles, que servían también para silbar por el agujero del extremo, y llevarse detrás a los niños, como renqueantes flautistas de Hamelin, con pocas ganas de tonterías. Cuando estas llaves se extraviaban, provocaban gran turbación entre los parroquianos... pues no había copias. A falta de copias, la llave era usada una y mil veces por todos. A menudo era escondida en una ventanilla de granito, o en agujeros imposibles de paredes de piedra... en la tallera de una puerta vieja... detrás de grandes tinajones de barro... en las grietas de poyos de cantería... y sobre todo, con frecuencia, en el mismo sitio donde nos dejaban la merienda con la pastilla de chocolate Kitín y el coscurro de pan de hogaza envueltos en papel de comercio, pues al papel de aluminio aún le quedaban varios lustros para ser presentado en sociedad.

La gente hablaba desde las puertas de las casas, frente a frente, mientras la lluvia ponía una cortina de fertilidad y esperanza entre las palabras. No era tampoco extraño ver a un burro asomado a la puerta del corral, como un burlesco dueño falsario del edificio, o a un hombre sexagenario, asomado a la puerta, con los antebrazos apoyados en la parte inferior, con el mechero de piedra, encendiendo un cigarro de tabaco de liar, quedándose allí, ensimismado y vacío de pensamientos. Otros viejos se sentaban abajo, en el umbral, o tal vez en el quicio de la puerta, como el abuelo de la canción, cambiando, esta vez, la vara de avellano por la vardasca de olivo.

Al acostarse la gente, en aquellas casas labriegas, la pregunta más recurrente era: ¿Habéih echau la tranca de arriba...? Efectivamente, las casas tenían puertas dobles, con dos trancas; la tranca de arriba impedía el acceso a la vivienda. Parece como si, desde siempre, las cosas de arriba nos cortasen el paso y las de abajo nos dejasen fluir tranquilamente.

En algunas casas de cierto abolengo se colocaban aldabas para llamar a la puerta... aldabas que eran grandes anillones de hierro, o manos de bronce semicerradas, con la bola adosada, que hacían un ruido estruendoso muchos metros a la redonda.

Conocimos trancas de todas las hechuras y tamaños: trancas de hierro basto y pesado... trancas de corralones... trancas de cuchitriles... trancas de alacenas... trancas clavadas con un pequeño clavo que, al caerse, dejaban a la puerta desprovista de la propia tranca.

De monaguillos nos tocó llevar pesados manojos de llaves de hierro atadas con un cordel. Eran llaves que abrían puertas de iglesias, sacristías, campanarios... puertas de coros en las alturas, y hasta puertas de antiguos cementerios adosados a iglesias.

Muchas de las casas tenían dos entradas, “la de alanti y la de atráh”, que permanecían abiertas sin miedo al hurto de indeseables, pues, salvo excepciones, la honradez era moneda corriente, y el afán de enriquecerse con lo ajeno, aún no estaba suficientemente enquistado en la sociedad, a pesar de la pobreza. La puerta principal (o de “alanti”), en algunas casas sólo se abría en ocasiones especiales, siendo la de atrás la que sufría el roce del ajetreo diario. Ambas puertas daban a calles distintas, y a barrios distantes. El contacto más frecuente se tenía con los vecinos de la puerta de atrás; los vecinos eran más vecinos por las puertas de atrás, donde la vida transcurría en confianza, diálogo, poyos compartidos, risas y algarabías cotidianas.

Ahora las únicas trancas que nos van quedando son las de algunos jóvenes en los botellones contemporáneos... aunque antiguamente el vino tabernero, y el de pitarra, también nos dejaron generosas trancas para la historia, pero aquellas melopeas recibían nombres más propios del lugar, como “filuseras” y otros por el estilo.

Luego, ya por los ochenta, empezaron a extenderse los candados y llaveras modernas con abundantes llaves de bolsillo, portadas en aquellos llaveros horteras que te regalaban en todas partes... Escudos y relieves de una España setentera que se afanaba en abrir puertas por doquier, aunque algunas nunca supimos muy bien a dónde daban. Manojos de llaves, en fin, que los padres de familia movían en el bolsillo las tardes aburridas de domingo, paseando con la mujer y el niño de la mano, mientras un romántico olor a jazmín embriagaba el final de la tarde.

Y así fuimos por la vida encontrando más trancas cerradas que abiertas, llamando a puertas que nunca nos abrieron... sabiendo de llaves escondidas en lugares inaccesibles, remotos y profundos. Mientras de niños cantábamos por las calles: “Dónde están las llaves, matarile rile rile...”, de adultos supimos que estaban, como no podía ser de otra manera, en el fondo del mar.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com