domingo, 19 de julio de 2015

La calleja



Era la hermana pobre, la cenicienta de las calles, estrecha y oscura, pequeña y olvidada, a menudo con gallinas picando hierba, y de tarde en tarde la aparición esporádica de algún transeúnte afanado en los quehaceres de la tierra.

La calleja, en el casco urbano, daba más bien a las afueras del pueblo, y nos llevaba a espacios secundarios, relegados a la nada, donde nuestra protagonista perdía su estatus de calleja en favor de algo más pequeño y humilde todavía, como era la vereda, a menudo invadida por yerbajos y ortigas, y la presencia intimidatoria de excrementos de animales domésticos... y de sus propios dueños.

La calleja era estrecha, como una metáfora de la vida, aunque, sin embargo, la estrechez no representaba problema alguno, pues formaba parte de la propia dinámica de la tierra, donde todo era estrecho y pequeño. La calleja estaba pensada para el paso de animales y personas, cuando aún las maquinarias no demandaban espacios más holgados.

A veces la calleja se mostraba en su versión mínima, y se quedaba tan sólo en “callejina”. La callejina era hijastra de la propia calleja, y por ella pasaban, claro está, burrinos, hombrinos, mujerinas... y toda la fauna menguante de aquellos reinos de Liliput. Todo era tan diminuto, que tal vez por esa razón encontraban su hábitat natural las pulgas, que campaban a sus anchas, cogiéndose a las canillas de las piernas para viajar de un lado a otro, como el que coge un taxi aquí o allá; viajaban a placer surtiéndose de la sangre que, con escasez, recorría las venas de los pobres habitantes de aquel pequeño planeta gris de las cascarrias.

Al llegar la noche, las callejas quedaban desprovistas de luz, ni siquiera la luz pobre de las bombillas de plato les llegaba; así pues, la calleja era pacto de las tinieblas, y de su oscuridad tan sólo aparecía, de tarde en tarde, algún viejo campesino con un farol de aceite, o una “moderna” linterna de petaca... o tal vez algún borrachín de reconocida solera, canturreando aquella canción sesentera de: “Tres cosas hay en la vida, salud, dinero y amor...”, aunque en su vida, lo más probable, es que no hubiese ninguna de las tres.

Nuestra amiga, la calleja, no tenía derecho a ventanas, si acaso a algún ventanillo diminuto en lo alto de una troje, o en la parte baja de un corral. Los niños nos asomábamos a las ventanillas de los corrales, esperando encontrar un mundo mágico de emoción y misterio, pero tan sólo nos llegaba la imagen en penumbra de un burro comiendo paja en el pilón, y un marcado e inconfundible olor a corral. El resto, como siempre, lo ponía nuestra imaginación.

Las callejas, a pesar de su escaso protagonismo, tenían también sus nombres propios, humildes, como ellas, a la vez que bellos y literarios: “Calleja de los pinchos, calleja de las tenerías, calleja de los palomares...” La hechura de las callejas era informe y arbitraria; cada una era distinta, con sus señas de identidad, alejadas de un molde frío e impersonal, tan propio de las cosas de hoy, casi todas similares en apariencia y engaño.

Ni que decir tiene que la calleja no era recomendable para juegos de persecución: la escapatoria era improbable, dada su angosta anatomía, y algunas eran callejas ciegas, sin salida; cuando encontrabas refugio en la calleja, sabías que tu destino como jugador estaba sentenciado, y en no pocas ocasiones te tocaba escapar espoleado por puntapiés, vardascazos o capones.

A la pobre calleja se le perdía el respeto con suma facilidad, llegando a convertirse en improvisado meadero en las fiestas populares, donde también se hacían aguas mayores si el apretón no daba otra oportunidad. Al terminar las fiestas, las callejas desprendían un fuerte olor a orín que algún vecino intentaba mitigar a golpe de manguera... Todo esto, es cierto, sí, aún sigue ocurriendo a día de hoy.

Dada su ubicación, las callejas fueron las últimas calles del pueblo en ser asfaltadas, conservando intacto su encanto centenario, y las piedras primigenias que algún antepasado colocó en siglos precedentes; piedras irregulares que dejaron “trompicones” de la más variada plasticidad artística... todo al más puro estilo del cine mudo, sólo que aquel cine nuestro se proyectaba con una amplia sonoridad de tacos e improperios.

El rincón era pariente cercano de la calleja, y en más de una ocasión las callejas terminaban en rincones, que albergaban escenarios surrealistas, con pozos de piedra ocultos en carcomidas y ajadas puertas de madera, donde nadie sospechaba su presencia. Rincones donde sólo habitaban cabras, cerdos o gallinas, sin rastro de vida humana, con la excepción, quizá, de algún mozo viejo con cierta vocación de ermitaño, que vivía apartado del mundo en su rincón. Aún quedan algunos rincones por los pueblos, con distinta fisonomía, ya encementados en su mayoría, y con la presencia esporádica de forasteros despistados que acaban en los rincones pensando que la calle continúa, aunque nunca falta una mujerina samaritana para indicarles: “Eeeeee, señol, que esa calli no va a ningún lau”; y efectivamente, algunas de aquellas calles parecían no ir a ningún lado, en el sentido más estricto.

En invierno, las callejas de piedra se llenaban de musgo y basilios, que los niños reventábamos con los dedos para sentir el agua verdosa, que a veces nos manchaba la ropa, y hurgábamos en los huecos húmedos de las paredes para extraer caracolillos... Cuántas veces los críos nos pasábamos las horas muertas jugando en aquellas concavidades de magia y naturaleza viva.

A la calleja, normalmente, no daban las puertas de las casas, más bien encontrábamos corrales con puertas rotas, olor a estiércol y garrapatas dispuestas a darnos la bienvenida, a la par que algún gorrino asomando el hocico por la puerta rota del corral, nervioso y estresado por el hambre, y con aquella mirada triste y porcina que tantas veces vimos de niños, mendigando algún trozo de cualquier cosa... tal vez la cáscara de un melón rodeada de moscas, que los críos acercábamos a la puerta temerosos de quedarnos sin dedos.

También estaba la calleja de campo, que daba a pozos pequeños, a entradas rústicas y portillos de los que tanto hemos hablado por aquí... callejas flanqueadas por paredes de granito, ahora ya derruidas... callejas que morían en la entrada de un cortinal... callejas que daban a otras callejas, que a su vez daban a más callejas, en un maravilloso y anárquico laberinto, donde el mismísimo Minotauro hubiese dejado escapar a sus víctimas por aburrimiento.

Bastaba salir a pasear por aquellas callejas asilvestradas para encontrar la paz y el sosiego ahora tan solicitados. No hacían falta técnicas orientales de relajación, tan demandadas por esta sociedad pueril y desnortada, dispuesta a pagar hasta por el aire que respira. Bastaba, decía, salir al campo y sentir, con el gran Garcilaso de la Vega, aquello de: “Y en el silencio sólo escuchaba un susurro de abejas que sonaban...”

Algunas de aquellas vías agropecuarias estaban atravesadas por arroyos o regatos que nos obligaban a realizar saltos de longitud, yendo a parar nuestro pie al agua, o al barro, con relativa frecuencia. También hallábamos abundantes zarzales y comíamos directamente las moras, sin miedo alguno, pues estábamos a salvo de este mundo actual de química y basura que nos trajo el mismísimo demonio de la mano de sus adoradores.

Callejas, en fin, que fueron un homenaje a la humildad, callejas tomadas por la maleza, que aún siguen ocultando formas de vida de un pasado del que ya no quedan ni siquiera cronistas, de aquellos de boina y reposada cháchara, que tanto echamos de menos, pues al igual que las callejas, quedaron ya asfaltados en cemento y olvido.

Contemplando una calleja, se me ocurrió pensar en la grandeza inveterada de las pequeñas cosas de siempre, las cosas que no reclaman su presencia, ni necesitan ser vistas para existir. La calleja nos enseñó a rebajar nuestras pulsiones megalómanas, a saber que las cosas auxiliares tienen también su dignidad, sin grandes aspavientos para llamar la atención, como las cosas de nuestro tiempo, cargadas de embustes y oropeles.

Así también, un buen día, despojados ya de vanidades que a nada nos llevaron, de orgullos y pretensiones vacuas... diremos, pues, con el poeta: “Como tú, calleja humilde, como tú”. Comprenderemos, sí, que al final estuvimos hechos como aquella piedra pequeña de León Felipe, que no sirvió para piedra de una lonja, ni piedra de una audiencia, sino tan sólo para ser lanzada por una honda, para ser precipitada por barrancos y hondonadas, hasta acabar en las simas profundas de la tierra.


JORGE SÁNCHEZ MOHEDAS
jsmpombal@gmail.com